viernes, 4 de abril de 2008

Hablando por fonética

El otro día paso junto a una cancha de papi fútbol a la vera de la autopista. Un gato blanco, todo blanco, el único habitante de la cancha a esa hora de la tarde, se arrima lentamente hacia el alambrado que la separa de la vereda. Yo maúllo, como suelo hacer cuando me encuentro con un gato: ellos, entonces, se acercan, o miran y mueven las orejas, a veces me contestan los maullidos y hasta me siguen.
El gato blanco de paso majestuoso se acerca al alambre, hincha el lomo, se frota contra las cuadrículas de la cerca, deja que le haga una breve cosquilla.
Como siempre que hablo el idioma gatuno por fonética (como siempre que en la calle le devuelvo la sonrisa a un bebé, o se la busco), rápidamente la comunicación se choca contra su misma imposibilidad; entonces, comienzo a caminar, y él me sigue, separados, los dos, por el tejido. Sigo maullando mientras caminamos en paralelo. Al final, se acaba la alambrada, hincha de nuevo su lomo y lo pierdo de vista siguiendo mi camino hacia la nada.
Esto iba a ser otro post, pero tiene que ver: el día después del primer cacerolazo leo un blog que suelo leer, y su autora lo critica con argumentos que me resultan tan lejanos, cuando no absurdos (“patriciado terrateniente”, “la gente defiende al campo y sus latifundistas”). Hay un enlace en un comentario, y en el blog enlazado no solo se lo critica, sino que se cae en el maniqueísmo y la puerilidad: “conmovedor cacerolazo careta”, “los barrios opulentos de la capital” y la cantinela de asociarlo con los que golpeaban las puertas de los cuarteles. (Faltaba que hablen del “paro extorsivo”, como C5N).
Basta para mí.
Unos días antes, la autora de aquel blog responde un comentario mío escribiendo su comment en un post que no escribí yo, en la transcripción de una canción…
Y este blog, que carece de etiquetas, de imágenes y de lectores (al menos, de lectores que dejen comentarios, salvo la gentil susodicha), tan al pedo y tan pelotudo, o no, pero siempre invisible, me hace sentir muy solo, muy incomunicado, hablando por fonética…
Mientras, escribo esto una mañana en la que no me despierto sobresaltado por los ladridos del perro de la vecina únicamente porque no pude dormir por la angustia y la opresión en el pecho que me produce la certeza de que me van a despertar todas las veces que sean necesarias hasta que ya no pueda volverme a dormir. (Y también son fonética las palabras con las que me quejo de esa reventada gorda de mierda y su cancerígeno séquito).
La intersección (la mímesis) de lo formal da lugar a un atisbo de comunicación que termina diluyéndose inexorable y repetidamente, agobiadoramente, en su propia ajenidad.

Cuando yo me propongo algo

Nunca lo consigo.
Hincho las pelotas, termino molestando y dando lástima. O vergüenza.
Pero conseguirlo, never…

Plaza 9 de Julio, Posadas

La tarefa sucede en cualquier parte.
De voz en voz circula la noticia
y en camiones sin baranda,
en carro, a pie,
va la familia entera
con los trastos a cuestas.
El sol ya los sorprende con las manos
en los gajos, las hojas
de la yerba,
cuando no es el tabaco,
la carpida
o lo que venga.
Duermen bajo el sobrado
y a puro tereré, mate y reviro
desgranan las jornadas.
Suerte de pobres, dicen.
Sin infancia, los hijos.

Y como no hay cosecha
–los piquetes, los cortes de la ruta–,
se han venido a la plaza, en este invierno
tan crudo y cruel y despiadado
como en el monte o en el campo.
Sólo que allá ya no tenían qué comer.
Ni qué ponerse.

La gran ciudad los mira,
pero no los quiere ver.

Y por si fuera poco el sufrimiento,
la fatiga y el hambre,
esta mañana gélida una niña
ha dado a luz.
Es una beba, dicen.
(¿Del Yasí, del Pombero?).
La niña madre acuna a esta otra niña
que habrá de repetir la misma historia
de su madre y su abuela.

Si es que llega.

(Rosita Escalada Salvo)

Macri es puto

Macri es peor, es amigo de Videla (y PRO es gatillo fácil), es racista, va a privatizar el polideportivo, es puto, tiene plata porque roba, va a aumentar el bondi, es amigo de Menem…
Todas esas cosas, y muchas más, es Macri para quienes mandaron pintar casi todas las paredes de, por lo menos, los barrios que más camino.
Extrañamente, no les resulta contradictorio que, cuando todos hablan de inseguridad –y él mismo se hace eco de las demandas vinculadas a ese tema tomando el asunto como una bandera de su discurso–, el gobierno municipal levante los corredores de seguridad que se habían establecido en inmediaciones de varias escuelas de distintos barrios.
¿A quién le vas a ir a cantar si violan a una pendeja o atropellan a un pibe? ¿A Telerman, a Ibarra o a Gardel?
Cuánto cartón pintado, Mauri. -- ¡Cuánto marketing ecuatoriano!
Te veo poca vida.

You can’t call her garca

Te da laburo en negro.
No te dice que los pagos pueden atrasarse.
Y los pagos se atrasan cada vez más, cada mes más.
Primero te da la nota desgrabada; después, tenés que desgrabarla vos: ella se ahorra pagarle la desgrabación a la otra, pero a vos no te paga más.
Te hace ir cuatro veces para garparte 200 mangos de a puchitos (100, 50, 0, 50).
Te bardea diciéndote “genio”, “le vamos a dar el premio Nobel”, etc.
Abusa de una confianza que nadie le dio.
Te paga con un billete de 50 que tiene las medidas de seguridad adulteradas y te lo da doblado en cuatro para que no te des cuenta.
No te hace firmar ni un recibo informal.
Te vende todo el tiempo la posibilidad de que surjan nuevos laburos, de los cuales se concreta solo uno, por el que te paga 15 mangos (no, no hay errata). Es decir, el equivalente a menos de dos horas de trabajo doméstico.
Para tapar las mentiras que inundan su modus operandi, decide que las notas dejan de ser anónimas, pero, inconsultamente, ella o su obesa adlátere deciden que se firman con seudónimo. (Y seguís siendo tan invisible como cuando eran anónimas, y, salvo ella y la gorda bailarina, nadie sabe que laburás ahí, y no tenés modo de reclamar judicialmente, no solo por eso, sino porque es “antieconómico” recurrir a la justicia por 400 mangos, según dice el abogado que consulté).
No te dice que va a dejar de darte trabajos, pero lo hace, sin haber pagado los trabajos realizados y sin decir cuándo va a pagarlos.
Tenés que dejarle varios mensajes en el contestador –porque nunca atiende el teléfono– preguntando qué pasa, hasta que por fin dice (en realidad, le hace decir a su obesa empleada) que “la semana que viene” va a pagarte. “La semana que viene” es la semana más larga de la historia: dura más de dos meses.
Se escuda en la fama de quien la emplea y dice que el tipo no le garpó.
Tarda dos meses en pagarte 15 pesos (sí, no hay errata).
Arguye que se confundió y por eso te pagó de menos (bueno, lo arguyó su rechoncha esbirra) cuando pagó 115 de los 415 que correspondían según lo acordado verbalmente al comienzo de la relación, aquella noche en que, mientras hablábamos por teléfono, yo veía el capítulo de los Simpson en el que van a adoptar un bebé chino y, cuando me preguntó si quería cobrar por nota o por mes, le dije “por mes”.
Te amenaza con que va a contar que le reclamaste el pago y no vas a trabajar nunca más.
Te dice –con una convicción patológica– que hizo famosos a no sé cuántos y que la llaman desesperados para pedirle que les dé aire.
Te dice “poco profesional”, pero la que escribe mal los nombres de los periodistas es ella (y vos tenés que googlear medio internet para saber cómo se llama el chabón en cuestión y su ignoto programa o para averiguar si se trata de María Esther Sánchez o de María Isabel Sánchez, porque hasta eso confunde).
Finalmente, te dice que quiere verte para pagarte, pero varias veces te cambia el lugar y la fecha y la hora.
Te hace ir a un lugar y no está.
Te dice que te llama a tal hora, y pasan más de dos horas y no llama, y pretende que estés como una novia ansiosa esperando su llamado porque se enoja cuando finalmente llama y no la atendés.
Te dice que delegó en la otra persona el pago, usando el argumento que le diste en un mail que le mandaste (¡sé más original!). Eso ocurre en una conversación telefónica que, según la abogada con la que hablé después, seguramente estaba grabando.
Te llama siete veces seguidas –pero seguidas, eh– cuando durante meses no te llamó ni para decir que el laburo terminaba o seguía o qué pasaba.
Te manda un mail firmado por un abogado, “encargado de asuntos legales” de su empesa unipersonal, amenazando con acciones legales.
Te denuncia porque inventa una historia cibernética –sí, con los mismos argumentos del mail– y tenés que ir a la comisaría, ensuciarte los dedos, etc.
No podés probar nada de lo que decís acá, salvo, quizá, la relación laboral. Y ni siquiera tengo certeza de eso porque, casualidad, el 99% de los mails fueron con la gorda que laburaba para ella, no con ella.
Y encima no podés decir que es una garca del orto.
Ni una mafiosa.
Ni una judía de mierda.

(¿Ves? No se puede).

Me signan la carga y el rencor

Cuando te fuiste
y el ángel me gastó,
invencible,
conté los minutos
de ese increíble
rato de dolor.

Resistiendo el frío
y la tormenta roja,
se destruye
la ya conocida,
la que huye,
la parca que moja.

Vi ensordecido
la negación.
Guerra tras guerra
marchan tus labios
y esos ojos enredados.
Lo dicho ya está jugado.
Practico el olvido,
practico el perdón,
practico la carga y el rencor.

Practico el olvido,
practico el perdón,
me ganan la carga y el rencor.

Termino furioso,
tiempo encarnado en sal,
y rebusco
sin perder el paso.
Cayó en desuso
tu cariño, tu bien y tu mal.

Vi ensordecido
la negación.
Guerra tras guerra
marchan tus labios
y esos ojos enredados.
Lo dicho ya está jugado.
Practico el olvido,
practico el perdón,
practico la carga y el rencor.

(Los Visitantes – Guerra tras guerra)

Jack Bauer

La serie “24” ya es de culto, y Jack Bauer aparece hasta en los re conservadores Simpson (ya hablaremos de eso).
Me llama la atención que el nuevo héroe, incluso de los que buscan en la tele cierta novedad pretendidamente intelectual, sea un tipo que tortura a otro hasta que se le muere, y entonces lo revive con una inyección en la garganta para seguir torturándolo; un tipo que, atado a una silla, mata a su captor –árabe– mordiéndolo en la yugular; un tipo que por teléfono le da instrucciones a otro sobre cómo matar a un malo, cómo agarrarlo por la espalda, cómo inmovilizarlo, cómo y dónde cortarle el cuello.
(Y eso pasó sólo en los dos o tres capítulos que vi haciendo zapping cuando Fox puso en el aire veinticuatro horas consecutivas de “24”).
Aquí, un párrafo de Fabián Casas al respecto:
Algo en el pathos de la saga es similar a ver un partido de Rafael Nadal. El tipo es una máquina anatómica que llega a todas (puede jugar un partido entero sin parar de correr, como Bauer), un superhombre que se la pasa festejando hasta los tiros que envían sus adversarios a la red. Un infradotado que me hace extrañar a ese personaje beckettiano de los setenta: el sueco Björn Borg. Alguien con elegancia en el sufrimiento, como pedía Hemingway.
(El resto, en el sitio del autor).

Para torturadores y parapoliciales, prefiero a George Cowley y sus lacayos Bodie y Doyle.

Cumpleaños

¿Quién fue el pelotudo que inventó la celebración de los cumpleaños?
Ahora que vemos cómo se inventan celebraciones, tipo San Valentín, Halloween y demás boludeces, me pregunto cuándo habrá sido, y por qué mierda prendió en la gente.
Los regalos, los gritos, porque cada vez más parece que no puede festejarse sin gritar ni hacer quilombo, la alegría obligatoria…
Eh, boludo, ¿no tenías otra cosa mejor que hacer, la concha de tu madre?

Pintada

Paso por Bonifacio y Miró, y la casa de la esquina, que debe de estar abandonada, o, al menos, muy descuidada, sigue en pie entre todos los nuevos edificios.
Como siempre que la vi, su frente está colmado de pintadas. Me reencuentro con una, que está allí al menos desde 1996, y que me vuelve a interpelar, ahora doblemente: “Ando ganas… Llora mi pena por vos”.
La miuurrrda que pasa el tiempo.

Marketing

“Seasen flete”, se lee, pintado a mano, con pincel y pintura negra, en la caja de la F-100 vintage que traslada una columna de cartoneros desde el Sur del Sur del conurbano.
¡Si hubieras puesto el teléfono, te hacía la publicidad acá, master!
Pero el marketing suburbano se basa en el boca a boca.