viernes, 24 de octubre de 2008

Pa qué mierda me preguntaaaás????

Voy por una Almafuerte desierta y tenuemente soleada. Un tipo cincuentón viene medio dubitativo por la perpendicular, y me pregunta dónde queda el Churruca. Aunque no soy del barrio, mi GPS mental se ubica bastante rápido: sólo tiene la duda de cuál está primero, si el Penna o el Churruca. Le digo que vaya hasta Caseros y por esta hasta Pepirí, que yendo por esa calle lo va a encontrar.
En el acto me doy cuenta de que algo de mi explicación no le queda claro; entonces, lo intento de nuevo: le aclaro que Caseros es la primera y que no tendría que dar todo ese rodeo si no estuviera el obrador del subte. Ahí me parece que le resulté más convincente: me agradece, “no, de nada”, “chau”.
Unos metros más allá, quizá al cruzar la avenida, me doy vuelta… y lo veo al tipo hablando con otra persona. ¡La concha de la lora, pedazo de boludo! Sentí un poco de frustración ante la revelación de que mi esfuerzo y mi buena voluntad habían sido inútiles. En el puente de madera sobre la futura estación comencé a repasar mentalmente el diálogo, buscando encontrar la falla en la comunicación. ¿Tuve poca convicción, poca explicitud? ¿No se lo expliqué bien pese a tenerlo bastante claro en mi cabeza? ¿Y si sólo creía tenerlo claro, pero lo mandé a cualquier lado? No; muy lejos no lo mandé: tal vez hubiera un camino más corto sin ir hasta Caseros, pero entonces sí mi indicación habría sido confusa porque no sé qué calles están cortadas.
Seguí con eso en la mente hasta que una nueva vicisitud urbana le puso un “clear”. No recuerdo si fue una persona igual a mí tirada junto a la puerta de un bar, o un perro con la cola peluda, o la pelea entre un tahúr (y su séquito) y su víctima (y su mujer embarazada) en Sáenz, ¡guarda que le pega con el cajón!, o un Puma en la 42.
Cuando llegué a casa, la Filcar me hizo recordar la situación desde el estante y, tras una breve búsqueda, me confirmó que mi indicación era correcta. En ese momento se me ocurrió pensar que tal vez el tipo quisiera una segunda opinión, pero rápidamente deseché la idea: demasiado sofisticada.
Y entonces resurgió la primera reacción, la que me sobrevino cuando giré la cabeza para ver si iba bien encaminado: ¿para qué mierda me preguntás, boludo, si no me vas a creer, si no te resulto creíble? Tras que me siento mal, me obligás a hablar, a pensar, a ser cordial, a tratar de ser claro, a empatizar y darme cuenta de que no te cierra mi explicación y, por lo tanto, a reformularla, y aun así no entendés… La falla en la comunicación existió porque sos un boludo que ni siquiera repregunta si algo no le queda claro.
Hay una cosa del orden de la subestimación ahí, que te la podés meter bien en el culo, y después andate a la concha de tu madre, seguro que alguien mejor vestido te es más creíble.
Y encima sos amigo de la yuta…

Más recuerdos de la fuck

Cuando la novedad fue decreciendo y empezamos a reconocer caras y espacios en ese lugar, comenzó a llamarnos la atención ese chabón que se sentaba al margen, sin tomar apuntes y sin integrarse con nosotros, con el resto de los alumnos.
Antes o después de la clase, solía charlar con los profesores, ya fuesen los titulares o los ayudantes que daban los prácticos, intercambiando citas y acaparándolos de modo que tuviésemos que esperar si queríamos consultar una novatada sobre béber o emil durkéim.
No recuerdo cómo, pero el tiempo nos hizo saber su nombre, Justo Ibarra, y que era un alumno adelantado. Una vez, una cátedra nos dio un cuestionario donde, entre otras cosas, nos preguntaban si profesábamos alguna religión, y, en ese caso, cuál. Yo contesté que era una pregunta propia de regímenes totalitarios, y clases después escuché al que daba el práctico, el prof. Tragedia, comentar mi respuesta con Justo I., burlándose de ella. “¿Todo lo respondió así?”. “No, solo esa pregunta”.
Era el prototipo del engreído desdeñoso estudiante aventajado que ninguneaba a los demás, exhibiendo familiaridad y confianza en el trato con la Cátedra, y así se ganó un lugar en mi memoria, junto a otros seres también repugnantes con los que tuve la desdicha de cruzarme en esas habitaciones reconvertidas en aulas.
Entre los inadaptados con los que nos dábamos bola, aventurábamos que en dos años se recibía, en cinco era titular de cátedra y en diez, decano. A decano no llegó por haberse dedicado a actividades más rentables: Google me devuelve su nombre completo, Juan Justo Ibarra, en una búsqueda sobre otro asunto. Y hurgando apenas nos enteramos de que se recibió recién en 2002, que luego hizo un máster en Tres de Febrero, que sólo comenzó a trabajar después de recibirse y que exhibe un orgulloso palmarés en campos como el análisis estadístico, la inteligencia empresarial, el diseño de muestras y la consultoría en “webanalytics”. Y que integra el grupo Palermo Valley. Con gente como él, seguro.

jueves, 23 de octubre de 2008

¡Una bomba!

Parece un restorán improvisado: las mesas están dispuestas al aire libre en lo que sería un estacionamiento. Es de noche y –lo noto ahora– no hay viento, porque los manteles no se mueven. Yo estoy más o menos por el medio del recinto. De pronto se oyen gritos que vienen desde la vereda: alguien habla de una bomba. Cerca de la pared de ladrillos blanqueados donde está la entrada, una mujer, que se llama Hebe y parece ser del lugar, agita y dice “que la tiren”, “que la tiren”.
Yo ya estoy cerca de la puerta, y veo que no es una bomba, sino una granada. Alguien la abaraja, pero no la puede controlar: la pasa de una mano a la otra como un jabón rebelde bajo la ducha. Finalmente logra lanzarla lejos, a una mesa individual que está ocupada, aunque no distingo al comensal. Veo el resplandor del estallido, y antes de oír la explosión me despierto: no es un “buuuummmm”, sino un “guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau”.

Crónicas burreras

San Isidro. Domingo 22 de septiembre de 1985.
Ganadores de tres y cuatro, de cuatro años, se enfrentan a lo largo de 1600 metros. Es fija Courchevel (57, Laitán) y enemigo Marble Arch (Ararás, Pascual, Valdi, 54 kilos). En los 1000 domina el Treviglio, pero en los 800 aparece el hijo de El Virtuoso, y, hasta la raya, es un festival. Al entrar a la recta, no se sacan ventajas; por los 450 Courchevel saca medio cuerpo: la carrera parecía definida. A la altura de los 300, Valdi le pide el resto a Marble Arch y empieza a descontar; en los 200 están iguales; en los 100 se insinúa el del Ararás. En los 50 ya sacó medio cuerpo. Los fanas de Valdi sacan cuentas, pero Laitán no se da por vencido, mas no alcanza: en el disco, pescuezo para el pupilo de Pascual. ¿El tercero? A varios. Valdi y Rubén, virtuosos.

jueves, 9 de octubre de 2008

Niño buscando comunicación

El pibe estaba junto a los barrotes verticales que separan la vereda del espacio descubierto del jardín. No sé si interpelaba a cada transeúnte, pero, cuando pasé junto a él, me dijo “hola”, o algo así. Le contesté –tal vez un “hola, ¿cómo estás?”–, y al toque estábamos charlando. Al fondo se veía a sus compañeritos, jugando ante la mirada persuasiva de las seños; creo que había un tobogán, u otras cosas de colores previsiblemente intensos.
Me preguntó si “¿sos papá?”, y le dije que no con una media carcajada que significa “dios me libre” o “nada más lejos de mí”. No sé si quería saber si yo tenía hijos o si era el padre de uno de sus compañeros. Como fuere, apelaba a las pocas categorías que conocía para llevar adelante el diálogo. Y yo, que no tengo nada de feeling con los chicos (ni con los adultos), traté de darle, con la mayor naturalidad posible, lo que entendí que buscaba.
Una neurona se me encendió, y le pregunté el nombre: Gonzalo. Algo más habremos hablado, y, cuando los temas se agotaban sin que otro se desprendiera de ellos, quitándole cohesión a la conversa y haciéndola avanzar a remezones, cuando veía languidecer la charla sin que se me ocurriera cómo seguirla o cómo cortarla sin brusquedad, apareció la maestra jardinera: lo alzó tomándolo de los flancos, debajo de las axilas, y, procediendo como si yo no existiese, le dijo “vamos” y se lo llevó.
Entonces me despedí, nombrándolo fuerte y claramente para que registrara que lo había registrado: “¡Chau, Gonzalo!”. Y él, ya sin verme, con los pies en el aire, me dijo “chau”.
La chica esta habrá estudiado, y le gustarán los chicos, y todo lo que quieras, pero no pudo salirse de su libreto, y no creo que se haya dado cuenta de lo que el pendejo estaba buscando.

Los Kids in the Hall

Ayer me acordaba de esta troupe canadiense, y noté que hace mucho que no los repiten en ningún canal de cable.
Ya sé, seguro que están en Youtube, pero, sepan comprender, tal vez se trate de mi edad, para mí la tele se ve en la tele.
Frases inolvidables:
I’m the Poo guy! I’m the Poo guy!
Jim Fucking Morrison told me!
Teeeeth!

P. S.: Escribiendo esto recuerdo que tenía una profesora en la fuckultad que parecía Scott Thompson caracterizado…

¿A dónde iría?

Arrugué el paquete de galletitas para dejar de ser invisible. Y funcionó.
La mujer –más bien pobre, en mi prejuicio– que en la calzada seguramente esperaba que del túnel saliera un colectivo giró la cabeza hacia la fuente del sonido.
Simulé no reparar en ella y arqueé marcadamente el torso para que viera que sólo buscaba ver si aparecía un auto; pero registré toda la escena con mi visión periférica.
Ahora supongo que era una mucama que había terminado su jornada. En la cuadra siguiente se me cruzó pensar a qué lugar de ese manchón oscuro y chato en el que estábamos iría. Conozco esa zona hasta unos límites que están muy cerca, pero teniendo en cuenta que llevaba cincuenta cuadras caminando, ninguno de los destinos del colectivo me parecía lejos.

Analistas políticos

“El oficialismo, tal vez, no tenga escollos insalvables en el Senado para sancionar las retenciones”, pronosticaba Eduardo van der Kooy en su página dominical de Clarín el 13 de julio. Y lo reafirmaba: “El problema en el Senado no son, al parecer, los números. Sucede, en cambio, que en ese ámbito asoman varios de los representantes que simbolizan la fragmentación que se está advirtiendo en el peronismo”.
Como siempre es conveniente dejar un paraguas abierto, aunque sea meramente retórico, se cubría una vez más: “La artillería oficial cesó la última semana contra Julio Cobos. El vicepresidente, salvo un imprevisto, no tendrá que afrontar con su voto un hipotético desempate en el Senado”.
Luego, se sumaba a pegarle al tantas veces renunciado Moreno (“El secretario de Comercio Interior fue enviado al Senado como expositor sobre el plan de retenciones. Se comportó como un ministro todopoderoso y desenrolló principios económicos acordes a los años 40. No fue bueno ni malo: fue desopilante”), pero consideraba un hecho el triunfo del oficialismo: “Existe otro sentido incomprensible para los Kirchner. Esa victoria política que anhelan está en la puerta, aunque esa proximidad no denota ninguna solución definitiva para el conflicto con el campo”.
Después, se me hace difícil entenderlo: “El Senado constituye también la apuesta postrera de la oposición y del campo. Eso explicaría la decisión inopinada de volver a los libretos iniciales del conflicto, regado de actos y chacareros en las rutas”. Al respecto, comenta que “habrá que convenir que en la dinámica final de las entidades rurales terminó incidiendo bastante la líder de la Coalición Cívica. Demuestra saber más de política que de campo: por eso convenció a los dirigentes agrarios [de] que sólo un enorme despliegue popular podría torcer la tendencia favorable en el Senado”. [La negrita es de Van der Kooy, al igual que el sonoro caso de queísmo].
Al final, no sé si es una crítica o un elogio (bueno, inopinada no es una palabra que se use favorablemente… y tal vez tampoco la use apropiadamente); pero, sin duda, la movilización opositora fue clave, y Carrió fue quien más la motorizó desde el discurso.
En esa misma edición, quien firma Alfredo Gutiérrez daba un resultado parcial de 35 a 30, y pronosticaba que, de los siete indecisos, cuatro votarían a favor del gobierno, en consonancia con los números que manejaba Alberto Fernández: 38 de mínima, 42 de máxima.
Tanta especulación, tanto análisis, tanto tiempo y tanta tinta para que todo sume ruido y se revele igual de vano y prescindible que los comentarios previos de los partidos de fútbol.

Yo lo intenté (II)

20 minutos. Manda SMS de keruza.
Se escucha a un oficinista separado en el cubículo de al lado.
Hablo del pánico de mi viejo -> miedo a quedarse solo/miedo a quedarse en el lugar de la casa donde tuvo el accidente.
“¿Será hereditario?”. “Contame, después te digo”. No dijo nada.
“Trato de no acordarme” de cómo fue mi problema. “Cuando te sientas cómodo”.
Aquel niño en la calle: desesperación y desamparo. “Desesperación y desamparo”, repite.
Otra vez 20’, pero más fructíferos; sin embargo, nada en claro.

Necesito descansarme

Quiero dormir doce horas seguidas por doce días seguidos.
Y, a continuación, quiero dormir once horas seguidas por once días seguidos.
Y luego, diez horas seguidas por diez días seguidos.
Después, quiero dormir lo que mi cuerpo solía pedirme para estar fresc@ y pilas, alrededor de nueve horas diarias, yéndome a dormir sin tomar pastillas y sin temer despertarme sobresaltad@ por los ruidos de los invasores que me rodean, sin que meterme en la cama y apagar la luz sea la antesala de la cámara de torturas, sin que sea la continuidad de la tortura. Sin tener que decir, o pensar, “mañana, dentro de un rato, otra vez lo mismo”.
En ese lapso, además de ponerme 0 a 0 con mi sueño atrasado, supongo que habré purgado todas las sustancias tóxicas que produce mi cuerpo debido a esta situación, y también las que le incorporo para sobrellevar aquellas.