miércoles, 19 de agosto de 2009

Some can't; others don't care. None of them do it.

Well, I've been down so goddamn long
that it looks like up to me.
Well, I've been down so very damn long
that it looks like up to me.
Yeah, why don't one of you people
c'mon and set me free?

I said, warden, warden, warden…
Won't you break your lock and key?
I said, warden, warden, warden…
Won't you break your lock and key?
Yeah, come along here, mister,
c'mon and let the poor boy be.

Baby, baby, baby,
won't you get down on your knees?
Baby, baby, baby,
won't you get down on your knees?
C'mon little darlin',
c'mon and give your love to me…

Well, I've been down so goddamn long
that it looks like up to me.
Well, I've been down so very damn long
that it looks like up to me.
Yeah, why don't one of you people…
c'mon…
c'mon…
c'mon and set me free?

(Been down so long * The Doors)

lunes, 3 de agosto de 2009

Fuera del mundo

La vida se me presenta como un espectáculo en el que no tengo parte. Pasa como un continuo frente a mí, pétrea e inaccesible, y no puedo penetrar en su pantalla ni me reserva lugar en su guion. Como los viejos dibujos animados, donde el personaje está en un plano, moviéndose sobre el fondo, que permanece fijo detrás. A la vista, conforman una unidad, pero están cada uno por su lado.
Ya sabemos que en muchas situaciones no vamos a encontrar ni un indicio de empatía, de posibilidad de comunicación. Incluso en lugares en los que me conocen, donde, como el otro día, tengo que ir y saludar, y hasta besar tipos. Donde me saludan y me preguntan cómo estoy… sin que les importe, sin que noten lo evidente, que estoy hecho percha después de una semana de faringitis y ahogos nocturnos. Y sin esperar una respuesta verdadera.
Si corto la paralela y digo algo real, se produce ruido y descolocación. Como el pasado me enseñó esa consecuencia, la evito. Aunque eso no impide que se me revuelva la piel ante tanta caretez, ante tanta inexistencia.
Pero fuera del mundo, de esa convención llamada realidad, no hay nada, no puede pintar nada. Entonces, con los medios de que dispongo, tratando de ser lo más natural y lo menos desesperado que puedo, lo más tranquilo y lo menos discordante, busco una conexión, una empatía, una reciprocidad. Busco un lugar en cada señal que percibo. En una llamada larga distancia internacional de dos horas o en un chat de cuatro horas con un módem de 56. Pero mi decodificador falla, o mis recursos son insuficientes…
Es como si nadie viera mis destellos, como si todas mis emisiones fuesen opacas ondas apenas perceptibles por la visión periférica de los demás y útiles únicamente para no tropezar conmigo. (Y si algunx descubre algo más, tiene una vida en la cual es más cómodo confinarme a este ámbito, porque le alcanza con que esté acá (sic), como la otra pretendía que fuera su “hijo”).
A veces parece que entro, al fin, por un rato; pero en realidad seguimos en paralelo. No hay intersección, y la coincidencia se desintegra al chocar fatalmente, desubicado y torpe, contra la pantalla. Contra las pantallas.
Y ya creo que es mejor no entrar, porque hay situaciones peores. Se repite el encuentro, la chance de seguir viéndonos, aproximándonos, y finalmente me convierto en una piedra en el zapato ajeno, entorpeciendo el camino de los demás. Hasta que se deshacen de mí con mayor o menor sutileza.
Del ridículo no sólo no se vuelve: tampoco se sale de allí. Una vez que te encenegaste, no te podés zafar, y todo lo que hacés son variantes trasnochadas y necesariamente ineficaces de lo mismo. Los stickers pegados en la puerta de un prostíbulo reclamando el regreso de la chica que me miró como ninguna otra me miró jamás, todas las cartas nunca contestadas, el SMS desde un teléfono prestado que no tuvo respuesta.
Todo es inútil, a juzgar por el resultado, por el solipsismo que me empareda.
Y chocarse con ciertas formas de ese fracaso es una patada en los huevos. Porque es un recordatorio, una comprobación, de que ninguno de esos intentos errantes podía fructificar, de lo absurdo de imaginar que era posible reeditar algo de la comunicación que surgió con la doctora R03 dejando huellas en Google para que llegara hasta acá si tipeaba su nombre completo.
Seguir este blog es obligarme a seguir siendo (eso que creo que soy) yo. A no dejar de pensar ni de tratar de poner en palabras esta historia, a ver si descifro algo de todo esto. A seguir emitiendo signos vitales, a seguir atento por si es posible un encuentro.
Aunque este fin de semana, como nunca antes, tuve ganas de tomarme todas las pastillas necesarias para dormir todo el día –salvo las infaltables despertadas que me obsequian los vecinos–, para que no importe si me despiertan con sus ruidos porque me voy a quedar en la cama todo el tiempo, hasta volverme a dormir.
Tomé unas cuantas, pero me despertaron igual, e igual me costó dormirme de nuevo. Hasta que me levanté, cansado como siempre.
Otro día se va, signado por la somnolencia y la repetición. Ahora tengo ganas de vomitar. Y miedo de fabricarme un cáncer.

Ensalada de frutas deconstruida

Cuando me levanto, como fruta. Un par de naranjas, algún kiwi, o mandarinas. Un poco de melón en verano. Lo que haya.
Y si hay bastante, suelo hacerme una ensalada. El problema es que cortar toda la fruta es un poco cansador, más si estás en ayunas, más si tenés que dominar el hambre y la ansiedad ante todo el morfi provocador. De hecho, las domino poco, y siempre picoteo algo mientras la preparo.
Cinco minutos para trozar la manzana, pese a que le dejo la cáscara. La banana, en cambio, se corta rápido, lo mismo que el melón. El durazno, más o menos, como la pera. Las ciruelas van enteras. El kiwi es el más complicado: si no está muy maduro, tendría que probar con un pelapapas; pero no tengo, y con el cuchillo tardo bastante. Pelar la mandarina o quitar las uvas del racimo también toma tiempo, aunque no les saque las semillas. Y exprimir las naranjas, además de llevar un rato, es un esfuerzo físico.
Así, a veces me decanto por lo más sencillo de comer, o por una sola fruta, en lugar de hacer una ensalada. Y así, a veces, algunas se van deteriorando.
Hoy no tenía ganas de cortar fruta, pero había que comer la banana y la manzana sí o sí. Entonces agarré tres platitos: uno para la manzana, otro para la banana y otro para las mandarinas. Y mientras hojeaba el diario armé la ensalada dentro de mi estómago. Un mordisco a la manzana, otro a la banana, unos gajos de mandarina. Otro poco de banana, más gajos de mandarina, otro bocado de manzana…

Lo que me falta aprender para ser pobre

Me chistó desde el medio de la calle. Cuando me di vuelta, me pidió que lo ayudara a empujar el auto porque tenía un problema “en los carbones” de no sé dónde y no arrancaba.
De unos sesenta y pico de años, enseguida me cayó mal el tipo, pero no encontré con la suficiente rapidez una excusa para negarme. Salía de Coto, según informaban las bolsas en la mano. Unas compras ligeras.
La única distancia que pude marcar fue decirle: “Bueno, sólo porque el auto es chiquito…”. Era un Fiat 800 cupé gris muy cuidado, aunque parecía tener polvo en la pequeña tapa del baúl, que en realidad creo que es la tapa del motor trasero. Pero no polvo de andar por la calle, sino del que se junta en una casa, como si no lo hubieran plumereado en semanas.
Puso las bolsas en un asiento mientras me explicaba otra vez el problema de los carbones, y había algo en su manera de hablar, de moverse, de estar, hasta de agradecer, que me resultaba chocante. Como una familiaridad impostada, dentro de la cual no había margen para decir “no”. Ni siquiera le elogié el estado de conservación del coche, aunque lo ameritaba.
Finalmente, cortó el semáforo de Rivadavia, y comenzamos a empujar, exponiéndonos a los que doblaban en Castro Barros. El auto se movía tan fácil que me sentía forzudo. Cuando tomó cierta velocidad, se subió de un salto, y al toque el motor tosió un poco y empezó a andar. Cerró la puerta, pegó un par de bocinazos como agradecimiento, y creo que saludó con la mano, pero no vi bien porque ya había abierto de nuevo el semáforo, y los autos que cruzaban la avenida se acercaban rápida y peligrosamente.
Y se fue. Como preví desde el primer momento.
En cambio, si yo fuese evidentemente pobre, si fuese un cuidacoches, o un fantasma de los que acampan en la puerta de la FAB, no sólo me habría tirado dos, cuatro, cinco mangos, sino que me habría dado un extra por ayudarlo. Si yo, además de tener los ingresos de un pobre, tuviese el know how de los pobres, habría sabido pedirle unos mangos.
Okey, las cosas se pueden hacer de onda también. Pero yo no tenía ganas de hacerlo de onda. Porque no me cayó bien el tipo, porque no me cae bien no tener un mango, porque había caminado cien cuadras bombardeado por el consumo sin gastar un centavo, porque hasta en la vidriera de Corti me muestran un culo que no tendré (verbigracia, el de Yessica Bopp).
Habría encabezado la apelación con el vocativo “amigo” y le habría pedido unos mangos. Para darle de comer a mi hijito, para el vicio, para pagarme el ciber y actualizar este blog…
Habría reclamado más firmemente cuando la chica del depósito donde vendo elementos reciclables me pagó apenas $ 2,50 por un kilo de aluminio y dos y medio de blanco. Anotó en su cuaderno, y me pareció que anotaba $ 2,80, que era el precio del aluminio la última vez, y después anotó lo del papel. Sin embargo, solo agarró un billete de dos y una moneda de cincuenta, y me los dio, ya no recuerdo si con el gruñido habitual o directamente en silencio. Dije en voz alta “dos con cincuenta”, esperanzado en que mis palabras le hicieran advertir que me estaba pagando de menos. Pero no se hizo cargo.
Le habría preguntado si bajó el precio, cuánto pagan el aluminio ahora, le caería mejor tal vez. Y sabría dónde mierda averiguar si mi condición de desocupado en negro enfermo momentáneamente incapacitado me hace acreedor de algún subsidio, plan u otra forma de ayuda económica estatal.
Pero no sólo soy pobre de ingresos. Soy, como los nuevos pobres, pobre de recursos que me permitan desenvolverme mejor en esa pobreza. Porque el pobre experimentado sabe dónde reclamar cuando se le quemó la casilla, y va a Pavón y Entre Ríos, y corta la calle, y habla por celular o escucha cumbia y reggaetón en su MP3 mientras reclama una casa.
Yo también quiero una casa. ¿Te sobra una con vecinos silenciosos, Mauricio? Y quiero que me atiendan en el hospital público sin forrearme como el año pasado, que me dijeron “vení mañana” y mañana había paro.
Y también quiero cortar la calle y reclamar. No por el incendio programado de la villa, no para que hagan la plaza en el barrio. Quiero reclamar contra el ruido, contra los perros, contra la gente desconsiderada, contra toda la gente que no soporto.
No lo intento porque no me reconocerían como pobre y me sacarían a patadas a los dos minutos por no ser pobre, por no infundir el temor que infunden los pobres. O me sacarían a patadas por ser pobre, aunque entonces alguno se solidarizaría conmigo por el maltrato recibido. Eso, si resultara convincentemente pobre. Pero no parezco pobre, no tengo los saberes de la pobreza.

Brown snake

El otro día me eché un garco, y me llamaba la atención que el sorete no terminara nunca de trasponer mi esfínter. Finalmente, concluyó, y, cuando me di vuelta para embocar el papel en el inodoro, lo vi y me asombré. Era enorme.
No daba buscar una regla, pero como sé que la envergadura de mi mano está por los 20 centímetros, pude calcular que esa serpiente gruesa e inerte no medía siete millas, pero sí, fácil, 25 centímetros.
Parecía la pija de Rocco Siffredi, parecía el brazo de una criatura de cuatro años, parecía una baguette de salvado que desbordaba la placa del horno. Después de ver eso, calculo que puedo animarme al sexo anal sin mayores dolores.

Cerebro frito

[…]
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.

“Sin llaves y a oscuras” (fragmento) – Fabián Casas


Tocaron el timbre, y era el cartero. No sé por qué contesté. No debí haberlo hecho. Está claro.
Dejé lo que estaba haciendo en la computadora, agarré la llave de la mesa del living, salí y cerré la puerta del departamento. Cuando llegué a la entrada del edificio, me di cuenta de que en la mano tenía las llaves del laburo de mi viejo. No sé en qué neurona, ni por qué, había registrado que mis llaves estaban sobre la mesa del living, aunque nunca las dejo ahí.
Alguien me abrió la puerta, recibí el sobre, que no era para mí, y me dediqué a esperar en el pasillo que volviera mi madre. Hora y media, calculo…
Una vez puede pasarte cualquier cosa en la vida. Podrá ser una casualidad, o una distracción, o algo inexplicable; y será una anécdota.
El martes mi madre viajó por una cuestión laboral. Mientras esperábamos que pasara un taxi libre por la puerta, me preguntó si tenía 10 pesos para prestarle. Le contesté que yo no era el banco, y que era yo el que necesitaba plata. Por ejemplo, los 300 mangos que le presté hace un mes, y que aún no me devolvió. Sufriente, y dolorida por su nueva caída en la calle, tomó los dos bolsos y se fue caminando hasta la parada del colectivo bajo la lluvia.
Volví acá, y en alguna neurona registré que puse las llaves sobre la mesa del living. No sé por qué, porque nunca las dejo ahí.
A la noche, tipo once menos algo, terminé de pelotudear con la computadora y me apuré para sacar la basura antes de que pasara el camión. Agarré las dos bolsas y una pila podrida, busqué las llaves… No sé si fue así. Seguramente, primero agarré las llaves que estaban sobre la mesa del living y después fui a la cocina a buscar las bolsas. Con todo en una mano, abrí la puerta del depto, y, sí, la cerré. Cuando llegué a la entrada y tuve que elegir la llave correspondiente, me di cuenta de que en la otra mano tenía las llaves del laburo de mi viejo.
Le golpeé la puerta al encargado y le expliqué lo que me había pasado, y le pedí que me prestara el teléfono para llamar a un cerrajero, y le pedí también el número de un cerrajero. Me dijo que no tenía el teléfono de ninguna cerrajería, que me iban a cobrar carísimo y que iba a tratar de abrir la puerta, como había intentado vanamente la vez anterior.
Probó con una tarjeta, con el culo de una botella de plástico, con no sé qué más, y no lo logró. Mientras, yo pensaba en cómo conseguir el teléfono de un cerrajero y en si me alcanzaría la plata que me quedaba. Pero esa opción no estaba en los planes del portero. Cuando se dio por vencido, me dijo de tocarle el timbre al vecino de arriba, y saltar por la ventana. Le dije que ya había ido a mirar, y que seguramente estaba durmiendo porque no se veía la luz encendida.
Lo intentó una vez más con un plástico duro, y se decidió a despertar al señor de arriba, que no es ninguno de los vecinos ruidosos que a menudo menciono –y maldigo– en este blog. Se despertó al tercer timbrazo, nos dejó pasar luego de vestirse, y descubrimos que tenía una reja en la ventana de la habitación…
Cuando me enfrenté al vacío oscuro y lluvioso que se abría bajo el ventanal de su living, decidí que los 80 pesos que supuestamente me cobraría un cerrajero eran más baratos que el riesgo de romperme una pierna. Entonces, el portero dijo que saltaba él. Cruzó una pata por encima de la baranda, la otra, se tomó de la reja de la habitación, y finalmente llegó a mi casa.
Y salió con la llave en la mano. Con la llave, que estaba en el picaporte. Con las tres llaves, más livianas que las cinco Trabex que yo había agarrado sin notar la diferencia.
Le pedí disculpas al vecino por la despertada, al portero por molestarlo, y me quedé aturdido. Por horas, por días ya. Por mi cagazo, que quizá haya sido preservación; porque fue más evidente cuando el tipo hizo lo que no me animé a hacer; por molestar cuando vivo maldiciendo a los que me molestan; por mi torpeza, distracción, lo que sea.
Y por lo que la causó. Porque me volvió a pasar lo mismo de la otra vez.
Cuando te pasa lo mismo dos veces, es para preocuparse. Cuando te pasa lo mismo dos veces en dos años, te preocupás. Y buscás una explicación. Y cuando recordé que hace unos meses me perdí en la calle, y por media cuadra no supe dónde estaba, me preocupé más. Porque no me pasó en Parque Chas, sino en un lugar por el que caminé más de ochocientas veces.
No creo que tenga Alzheimer, que sean las primeras manifestaciones de una enfermedad degenerativa. Además, consultar a un médico por este asunto sería mucho más caro que las últimas visitas, ya de por sí dolorosas para mi bolsillo. Así que me conformo con atribuírselo al agotamiento radical al que me condenan el mal descanso, la imposibilidad de divisar su final y la infructuosidad de la búsqueda de otra forma de ver todo mi rollo, o, mejor, más que verlo, de otra manera de atravesarlo y dejarlo atrás. Y me agoto en el ajedrez inútil de tratar de encontrarle una vuelta que no me estrelle ni me lleve de nuevo a un psiquiátrico o a la comisaría.
No creo que tengo Alzheimer cuando pierdo con el Pinball del Windows, y se me escurre la bola tontamente entre los impulsores del centro, que quedan aleteando como un colibrí sin cuerpo. Estoy cansando, con menos reflejos, y pierdo rápido. Punto. Se me escapa la bola, pierdo la bola extra y no llego ni a un millón de puntos. Y no me torturo con eso.
Sin embargo, en algún lugar profundo me afectó. Desde esa vez, salgo lo menos posible a la calle, aunque eso debe de ser por el frío. Y miro cinco veces la llave, si tengo la llave, si tengo la llave correcta. Y hasta la pruebo, haciendo girar la cerradura con la puerta abierta. Aun así, al cerrarla se me dispara una sensación horrenda, y tengo que recordarme que está todo bien. Estoy en el pasillo, rumbo a la entrada, y sé que tengo la llave correcta, y disparo adrenalina igual, y dudo si estoy adentro o afuera, si tengo la llave que sé que tengo o no. Estoy en la ducha, y dudo si estoy en casa o no. ¿Dónde voy a estar?, me dirás. Pero me pasa eso: ¿estoy o no estoy?, ¿soy o no soy? Sí, boludo, ¿no ves que estás duchándote?, me tranquilizo; pero es como si una neurona, más de una, me vieran desde afuera.

Me dormí todavía abrumado esa noche. En un momento soñé con dos minas que probaban armas en un polígono. Tiraban con pistolas de calibre .50. De pronto, me despertó algo parecido a un pito sordo y breve. Repetido. Y me sobresaltó más que un pájaro revoloteara.
No podía establecer si se producía cuando soplaba fuerte el viento, tal vez haciendo sonar algo, raspándolo, o arrastrándolo, o si se debía a otra cosa. De hecho, a veces me parecía oír un ruidito metálico, como si alguien apoyara una herramienta sobre una superficie dura.
Rápidamente encontré una similitud entre el sonido aquel y la chicharra del timer que usa el instructor de tiro práctico que aparece en algunos programas de caza y pesca. Reconocí el pitido y lo asocié con el sueño de las pistolas. Y me asombró –y me desmoralizó– que aun en el sueño se me metan cosas de la vigilia. Me pasa a veces con los vecinos estrepitosos, con sus perros, con sus voces. Pero que ocurriera de un modo tan oblicuo me terminó de vencer.
La quemazón de mi cabeza se me revela más profunda que lo esperado. Y eso vuelve a preocuparme. Mucho. No se des-cansa ni durmiendo, y no encuentro un puto margen para aflojar esta tensión, una manera de parar esta pelota… Y siento mi cerebro más frito y arrugado que las fetas de panceta que saqué del freezer la otra noche y calenté en el horno. Salieron secas, fruncidas, cocidas en su propia grasa, cadáveres para un cadáver.
Estuve despierto dos horas, hasta que se levantó el chabón de arriba y el paso del tiempo me convenció de que no eran chorros o algo por el estilo. Pero perdí otro día, viviéndolo somnoliento y exhausto. Otro más.

jueves, 30 de julio de 2009

No se muere más gente (Ceaucescu vive)

Cuenta la historia, y no sé si es cierto, que Ceaucescu había ordenado al organismo gubernamental ocupado de la meteorología decir que hacía menos frío que el que realmente hacía.
No sé si la finalidad era el ahorro energético o si sólo quería aliviar el estado de ánimo de sus gobernados en el crudo invierno rumano. Así, parece que hacía diez grados bajo cero, y decían que hacía seis bajo cero, o algo por el estilo.
Recordaba esto al notar el súbito estancamiento de la cantidad de muertos por la gripe A. Pero no es de extrañarse. Este gobierno nos dice que la inflación es menor que la que todos vemos, que el número de pobres es menor que el señalado por todos los otros que miden la pobreza, que los indicadores económicos son mejores que los registrados por todos los otros que se dedican a eso.
Para ser consecuente con las mentiras que nos dice en materia económica, despreocupado ya de si le creemos o no, nombra como ministro de Salud a quien truchaba los números de la mortalidad infantil cuando era funcionario en Tucumán.
¿De qué se murió? De un paro cardíaco. (No es mentira: se le paró el corazón).
¿Causa de la muerte? Insuficiencia respiratoria grave. (No es mentira: fue tan grave que dejó de respirar).

Dormir bien

El columnista de un noticiero da unos consejos extras acerca de cómo prevenir la gripe A. Los llama “plan B” y se suman a las recomendaciones de estornudar en el codo, lavarse las manos, usar alcohol, etc. Habla de abrigarse sólo lo necesario, ni de más ni de menos; de alimentarse bien y de dormir bien, “siete horas, mínimo”.
Sí, dijo “siete horas, mínimo”.
Recuerdo de mi temprana niñez que en el colegio nos dijeron, a cuento no sé de qué, que el día tenía 24 horas, y que ocho de ellas eran para trabajar; ocho, para dormir, y ocho, para descansar. En las ocho horas destinadas al descanso tenés que viajar ida y vuelta al trabajo… pero no es de eso de lo que quiero hablar.
Desde ya que cada organismo tiene sus propias características y sus propias necesidades, que se trata de un promedio, del tiempo socialmente admitido para dormir. Lo que me llama la atención es que apenas en unos pocos lustros ese tiempo haya descendido una hora.
Porque no hubo un cambio genético repentino que lo justifique, como no hubo una modificación en las características del cerebro que haga posible la realización de varias tareas simultáneas con la misma eficacia. No la hubo, aunque las madres se asombren de las capacidades de sus vástagos, que pueden estudiar, escuchar música, tener el MSN abierto y conversar al mismo tiempo, y encima ¡sacarse buenas notas!
Tampoco hubo una mutación que nos hiciera compartir los genes de Bernardo Neustadt y nos permitiera dormir solo cuatro horas. Lo que hubo es un avance del aparato productivo –no sólo el que concierne al trabajo, sino también el que nos obliga al esparcimiento– sobre nuestro ser.
Su aparato propagandístico se encarga, sutilmente, como al pasar, de recordarnos cuánto es dormir bien con una afirmación que da por sentado que solemos dormir menos, porque –nos lo remarca sin decirlo– podemos dormir incluso menos tiempo, podemos vivir durmiendo menos tiempo.
Y quienes necesitamos dormir más horas de las que establece ese promedio nos sofocamos, cada vez más arrinconados, cada vez más cerca de la muerte. Porque, como dice la frase que conocí en boca de Pancho Ibáñez a comienzos de los 80, sólo sobrevive el más apto.

Motor eterno

En el corazón de la madrugada coinciden el motor de la bomba de agua del edificio y el de mi heladera. Los dos se callan casi al unísono. Y el silencio de la noche, al que siempre anhelo, se reconfigura.
En realidad, eso era antes. Cuando era dueño de mi tiempo, y, si se apagaba el motor de la bomba, desenchufaba la heladera para sentir ese silencio en todo el cuerpo. Cuando salía a la puerta del edificio y me acodaba en la baranda, y veía el reflejo del cambio del semáforo en el revestimiento de la casa de la esquina mientras los únicos transeúntes, los gatos, paseaban orondos y despreocupados por la vereda. Cuando oía el ruido liso (Fabián Casas dixit) y apurado de los autos pasando por la avenida, y el de un bondi pedorreando a lo lejos.
El aire era más liviano, y yo mismo era más liviano, sin la angustia por mañana que hoy trae la noche.
Ahora, en cambio, aunque callen los motores, su vibración persiste en las paredes, en el aire, en mí. Desde hace un par de veranos, cuando todos los pelotudos con unos mangos de más fueron y se compraron el aire acondicionado. Y se sintieron más arraigados en la clase mierda.
Para colmo, este invierno parecen haber descubierto que también calienta… Calienta, vibra y ronca todo el puto tiempo que están en su casa. Y por la gripe algunos están más tiempo… A veces, no para ni en la madrugada: te sentás con la espalda apoyada en la pared, o cerrás los ojos en la cama tratando de dormir, y por los ladrillos baja ese trémolo incesante.
Algunas noches todos lo apagan, y el silencio cambia de tono (Dolina dixit); pero a la seis de la mañana alguien lo enciende, y me despierta. Cuando llega a la temperatura indicada, merma su potencia, pero rápidamente baja –o sube– la temperatura, y otra vez trabaja a full, y otra vez descansa, y otra vez ataca. Encima, el del vecino comólico hace mucho más ruido ahora que en verano, pero aun así no cumple mi deseo: no explota matándolo a él y a sus familias.
Entro a un edificio, o paso por la puerta, y me escupe su calor ruidoso; paso por un negocio, bajo cualquier balcón, y tengo que esquivar las gotas de su meo tecnológico. En una calle desierta de la medianoche de San Telmo se escucha esa turbina diabólica desde el aire y luz de un edificio que tiene la entrada a la vuelta, a mitad de cuadra, y los tres cuerpos de la construcción parecen el trasbordador espacial a punto de despegar.
Enfrente, la caja del cable zumba como un enjambre desvelado y furioso. Fuera de mi vista, un infeliz con escape deportivo pica en cada semáforo que se pone en verde, y frena en el siguiente, al que llega cuando aún está en rojo. Así, por media docena de cuadras. En el garaje contiguo algún auto tiene que regular un rato para vencer al frío, y su rumor de bajas frecuencias hace temblar mi ventana.
Demuelen en la otra cuadra, y el chillido esforzado de la maquinaria pesada irrita el aire desde las 8 de la mañana. De vez en cuando lo estremece un muro que cae. Y el exilio al que me condenan es tan irremediable como el edificio que construirán.
Un boludo agujerea el balcón con un taladro para poner el poner el cable (a las 8,30 a. m. del sábado), o la reja (a las 2 de la tarde), y es como si me trepanara el cráneo. Otro boludo hace latir las paredes con los graves de su equipo de audio, y otro más me obliga a oír TN y a ver los intermitentes reflejos azules de su droga catódica rebotando en la medianera.
Suena el ampuloso ringtone del celular de uno de ellos, y, como habla en el balcón, me entero de que la ex mujer le bloqueó la tarjeta o de que el auto no le arranca.
Pasa una ambulancia con su sirena, pasa el helicóptero de la yuta con su aspaviento, el tipo de al lado tiene activado el parlante de su celular y escucha algo que (no) parece música. Cada fucking moda, cada conchuda masificación de estas mierdas, me hace sentir tan desahuciado como un ludita.
Alguno más viejo recordará otra ciudad en la cual no existía la cantidad de ruido y de vibración que yo añoro. Porque no deseo un silencio total, un aire petrificado. Cuando eso ocurre, me siento intensamente perturbado e inquieto. Pero una cosa es el arrullo del siseo lejano de la noche, y otra, la invasión electromagnética que se te mete hasta en el sueño.
A veces, la única opción es elegir el ruido. O te vas a la cocina y vibrás con el motor de la heladera, o te quedás en el living y vibrás con el split del vecino. O ponés la tele o escuchás la tele del otro. O ponés música o te llega la música ajena.
Por la puerta, por la esquina, de contramano, pasan los chabones del delivery. Queda el motor atronando cuando baja a tocar el timbre… Y decí que no vivo en el deep conurbano, donde la invasión de motitos (¡¡incluso con parlantes!!) amerita una masacre de proporciones israelíes.
Vivo acá. A merced de estos motores, cuya omnipresencia agobia, y a merced del motor interno que tienen mis vecinos de mierda. Un motor tan expansivo que no deja espacio libre ni final que anhelar. Un motor cuya energía me traspasa y cuya dinámica circular me vence día a día.

Azarcón

2. m. Pint. Color anaranjado muy encendido.
Como el de la cupé Chevy, o el del Torino. (Ahora los autos son de colores como “gris Islandia”, “rojo Syrah” o “gris Dolphin”).
O como el del paquete de Cerealitas.