En un lugar donde laburé, ciertos días había actos, y la gente empezaba a llegar antes de que se hubiera cumplido mi horario. Al entrar, ya fuera que yo les abriera la puerta o no, saludaban individualmente tanto a mí como a la otra persona que atendía al público. Luego se dedicaban a lo suyo: a esperar sentados, a leer algo, a mirar un cuadro, a charlar con un conocido que también había llegado temprano…
Mi jornada laboral terminaba media hora antes del comienzo del acto, y el problema para mí surgía cuando se hacía la hora de irme y había cinco, siete, diez, quince personas que me habían saludado. ¿Debía despedirme de ellos uno por uno? ¿Debía interrumpir sus actividades, incluso las conversaciones que pudieran estar manteniendo, sólo para despedirme? De verdad que nunca supe qué hacer. Y entonces me iba sin saludar, ja ja… Bueno, no tan así: si había pocas personas, dos o tres, trataba de saludar, pero a veces se (me) pasaba bastante tiempo esperando que sus atrapantes menesteres les permitieran registrar el entorno y, con él, a mí.
Me acordaba de esto porque el mes pasado visité a una persona conocida en un lugar donde también había gente vinculada a ella, todos muy ocupados en sus diversos quehaceres. Estas personas me fueron presentadas una a una, a medida que nos cruzábamos con ellas o que se acercaban a mi anfitriona y a mí.
Cuando llegó el momento de irme, también llegó la duda acerca de si los saludaba desde lejos, si debía acercarme a ellos, interrumpiéndolos, para despedirme o si me iba sin saludarlos. Y se lo comenté a mi amiga. No recuerdo su respuesta exacta, pero la cosa es que me acerqué a cada uno de ellos, habré improvisado un “bueno, me voy” en una esforzada voz alta, tal vez ella haya hecho la segunda, e intercambiamos unos besos y unas cuasi palabras que me hicieron sentir como un mosquito revoloteando junto a la oreja de alguien que está por dormirse…
Me gustaría que este post tuviera una utilidad concreta. Para mí. Así que pregunto, por si alguien pasa y lee y quiere comentar, ¿qué hay que hacer en esos casos? ¿Hay un protocolo? ¿Hay que improvisar, según venga la mano, o según uno la perciba? ¿Hay que no ver a nadie y mandar a toda la gente a la concha de sus respectivas madres? ¿Eh? ¿Qué hay que hacer?
sábado, 25 de enero de 2014
Pensando en comer
¿Qué le falta a mi cuerpo?,
que me lo pide tan dramáticamente
Hace un par de meses, en una entrevista radial, Gabo Ferro se refería a sus shows y a la conexión con el público: “El concierto está bueno sólo si del otro lado alguien está jugando con vos. (…) Si del otro lado tenés a alguien que está pensando que tiene hambre y que se va a comer unos ravioles cuando se vaya de ahí, del concierto, es difícil que eso se complete. Vos podés hacer muy bien tu laburo, pero si del otro lado no hay alguien que está jugando con vos y que está pegando ese mismo viaje, la cosa no está resultando. Entonces, sin duda, el concierto se hace con todo lo que está sucediendo ahí. También con el contexto: por ejemplo, si voy a tocar a un lugar donde tienen una barra al costado, siempre pido que no se sirva nada durante el concierto porque, obvio… Y, aparte, yo me disperso muy fácilmente”.
El entrevistador señalaba lo común que se ha hecho en los últimos años tocar en lugares donde se sirven comidas y bebidas y se escuchan ruidos propios de un restorán, y Gabo agregó: “Y el perfume… Más bien, el olor”.
Sus palabras, como flechas, o misiles intercontinentales, me interpelaron desde diversos sentidos. El más directo tiene que ver con que yo suelo comer en los recitales, incluso en los de Gabo, donde considero imprescindible el silencio, tanto que recuerdo cuánto me perturbó el sonido de los espectadores acomodando sus culos en las butacas de un teatro, antes o durante “Dios me ha pedido un techo”.
Disclaimer: siempre tuve la precaución de comer entre tema y tema, mientras la gente aplaude, para que cualquier probable sonido pase inadvertido.
Y, quiero aclararlo, no pienso en lo que voy a comer dentro de un rato y no como porque tengo hambre. Como ahora porque si no me desmayo. O casi. No sé por qué, pero mi cuerpo desde hace años funciona así (de mal), y me tiene la paciencia colmada y el ánimo horadado. Yo como lo mismo que comés vos, o tal vez más, y de golpe, a las dos horas, en cinco minutos, me asalta una sensación propia de estar horas y horas en ayunas, como si viniera sin comer desde el desayuno y fuesen las cinco de la tarde. Y me convierto en el conejito de Duracell no; en el otro, el que palma.
Es como si mi cuerpo no acumulara la energía, como si esta desapareciera una que vez la comida se va del estómago. O no acumula o no manda señal de que acumuló. O si la manda, alguien no la lee, porque –caso extremo, pero cierto– hace una hora y media comí treinta y seis (36) ravioles, y no es razonable que me sienta así de mal, con la presión y/o el azúcar bajo cero, la cabeza que se me empieza a apagar y el (resto del) cuerpo que deja de responderme normalmente… Y el jugo Ades que llevé sólo me da autonomía para media hora más…
(Dicho sea de paso, los que sí se acumulan son los kilos de más en mi abdomen). Así, voy por la vida con un montón de comestibles en los bolsillos (y ahora, en verano, que no se usan camperas y hay menos bolsillos disponibles, los llevo en una patética y frustrante bolsita), con la banana en un bolsillo del pantalón, con la bolsa de pasas de uva, con el jugo, con plata para comprar algo si mis previsiones y mis provisiones no alcanzan…
Cada uno de los médicos que consulté durante estos años fue incapaz de descubrir las razones de esta situación. Y literalmente me cansé de que me manden análisis cuyos resultados siempre están razonablemente bien, me cansé de pagar un prepago al pedo, de la energía, el tiempo y la expectativa (y la guita) que conllevan una visita al médico para que me diga que estoy bien. Y de que Su Palabra tenga más valor que la mía o que mis sensaciones. De que si los análisis que se le ocurrieron dan bien, estoy bien, aunque yo me sienta mal.
(Un recuerdo especial para la nutricionista que, cuando le hablé de mi vegetarianismo, me dijo que en vez de comer tostadas comiera pan, para que me llenara más. Lo curioso fue que en ningún momento le dije que comía tostadas. Y, señora, de paso, años más tarde, le digo: vivo a harinas –en especial harinas con miga– con ese fin. No hace falta que me lo diga usted. Es más: últimamente evalúo vivir comiendo pizza y nada más).
Durante bastante tiempo no hablé de esto con ningún médico porque más o menos lo manejaba –al menos, dentro de mi vida versión restringida, que acepté casi naturalmente, tal vez porque nunca tuve otra, no una que sintiese propia y fuese grata– y, sobre todo, porque cuando lo hice no sólo no encontré resultados satisfactorios, sino que sumaba frustración la incomprensión de parte de ellos respecto de lo que trataba de decirles. La falta de resultados se repitió el año pasado, cuando lo intenté con una médica que al menos me escuchó, pero que me dijo que estoy sanx y que fuera al psicólogo. O que hiciera terapia hipnótica regresiva con ella… Sin embargo, en estos últimos dos o tres años noté que la demanda de combustible es mayor. Mi referencia son los recitales, en donde solía alcanzarme con comer mucho antes de salir de casa y con unas pasas en el bolsillo. Ya no. Ahora es pasas, jugo, tal vez una banana, y saber que es bien probable que termine comprando unas empanadas o algo similar en la barra. Y en estos últimos meses es aún mayor, y son varias las veces que me despierto sintiéndome así de mal, y tengo que ir a la cocina en busca de la banana, el jugo, un pan o lo que encuentre en la heladera para cargar la energía que me permita seguir durmiendo (!).
Tal vez este post sirva de entrenamiento para un nuevo intento.
Otra de las cosas que suman a esa interpelación es que me recuerda las dos o tres veces que en estos últimos tiempos pasé por diversas aulas de diversos establecimientos educativos (bah, por los pasillos pasé, junto a la puerta del aula) y vi carteles que recordaban la prohibición de consumir alimentos y bebidas en ellas. Me acordé de eso y de la vez, el año pasado, en que fantaseé con hacer un curso de cierta actividad que a veces me permite ganar unos pesos, la cual, en un alarde de autodidaxia, desarrollo sin haber estudiado en ningún lugar. Lo cual me dificulta conseguir nuevos laburos porque “¿dónde estudiaste?”…
La primera inquietud que me acechó, antes de pensar en cómo juntaba los 400 mangos por mes, y antes de leer la parte en donde descubrí que mis saberes no calificaban para el curso, fue ¿aguantaré? ¿Se molestará el-la docente si como en clase? ¿Comprenderá mi explicación? ¿Se bancará un “elegí: tenés un alumno comiendo o tenés una alumna desmayada”?
(Recién ahora, escribiendo esto, registro la posibilidad de la educación a distancia. Sin embargo, con ella también viene el recuerdo de cuánto me costaba estudiar algo de una clase a la que había faltado –y por eso trataba de no faltar– y, sobre todo, que ir por ese lado sería una forma de aceptar la discapacidad, de aceptarme como discapacitada. Y sin subsidio, ja).
Y la tercera de las interpelaciones remite a eso de que quien está pensando en comer no está plenamente donde está, sea en un recital o donde fuere, sino en un viaje distinto, que impide que las cosas se completen… ¡Todo el tiempo me pasa eso! Todo el puto tiempo tengo que estar donde estoy y, a la vez, pendiente de cómo me siento o cómo me voy a sentir en breve y de cómo manejar la situación llegado el caso de una crisis. Y manejarla sin que los demás se den cuenta, porque no tengo ganas de explicarles, ni de que se preocupen más de la cuenta ni nada.
(Así, el 24 a la noche ya 25, en un lugar donde no sé para qué voy ni para qué me invitan –salvo para ser lo freak de la reunión, según (me) siento a veces–, había pasado el tiempo de la comida, la mesa había quedado lejos, y yo empecé a flaquear. El vaso vacío me dio la excusa de ir a la cocina a servirme agua, y en la heladera encontré algún sánguche de miga que quedaba. Comí un par de bocados, y como no daba dejarlo ahí, mordido, y no me dio volver con el chegusán en la mano, como una muerta de hambre que va solo a comer, ni tampoco quise estar en una situación donde había que ponerse a explicar, me lo guardé en el bolsillo del pantalón para comerlo en cuanto pudiera. Ponele).
Es como vivir en estado de supervivencia, sin poder ir más allá. Sin poder darle una dedicación exclusiva a lo que hago, sino, más bien, regulando la energía para que dure más –y así, por ejemplo, no aplaudo en los recitales cuando termina una canción– y regulando los comestibles que llevé, los cuales, por cierto, no solucionan el asunto, sino que únicamente me permiten aguantar, estirar la cosa sin tocar fondo hasta llegar a un lugar que sólo será un poco menos provisorio.
Una forma de no vida, de vida a medias, incompleta. E interminable. Un tercio de mi vida así…
Despedida (I) * Yo me bajo acá
bueno.
muchas veces ya te dije que me parecía que esto estaba mal y que me hacía mal. y como sigue igual, esencialmente igual, aunque esa charla telefónica del mes pasado haya estado bien, aunque aquel encuentro en ramos haya estado bien –el otro no, pero, bueno, sabés cómo es mi cuerpo–, y como los pedidos de un final explícito y sano no tuvieron aceptación, y como es absurdo, iluso y negador seguir esperando que esto cambie, dejar de ser impresentable, etc., elijo bajarme de esta relación.
me hace bastante ruido terminar siempre igual, poner siempre la energía en lugares que no prosperan, donde no puede construirse nada, donde nada queda de lo dicho, salvo unos mails que prefiero no releer, que prefiero no citar, que prefiero no ver como agitadores.
(Tengo que buscar este, tengo que citarlo textual: “Un beso grande.Cuidate.Si me dejas yo sigo poniendo ladrillos(firmes)Firmes como mis manos aferrandote”). bueno, igual pasó mucho tiempo desde entonces….
todo, o casi todo; todo lo esencial, digamos, ya te lo dije. y este no es el mejor momento para escribir porque a mi padre deben operarlo, y teniendo en cuenta que está anticoagulado y todas sus otras cuestiones, las perspectivas no son nada buenas. y mi madre…
por eso también me apuro a escribir esto. el otro día te dije que no quería especular con postergar esto buscando no estar tan desamparado en este futuro que se viene. y como parece que se viene ya, mejor apurarse.
vos elegís estar con los pobres niños de Hiroshima, que seguro tienen otrxs que levanten sus carteles y luchen por sus derechos. yo, en cambio, no tengo eso. tal vez sea lo que merezco, habida cuenta de que nada es porque sí, y de que son muchos años de nada, de vacío, de fracaso, de esa canción de los doors, looking for a home in every face i see.
no sé qué más.
lo que se me ocurre decirte que hagas con la plata que me debés, me lo guardo, no sé para qué en realidad.
chau.
y gracias por haberme visto. aunque sea un rato. elijo –tal vez no lo elija, tal vez simplemente no pueda ver lo otro– quedarme con eso y no con el silencio y todo esto último, dentro de lo cual está incluida esta despedida virtual.
capaz que ese “haberme visto” es muy poco, pero creo que nunca tuve tanto como eso.
y ahora cierro los ojos, mojados, y aprieto “enviar”.
muchas veces ya te dije que me parecía que esto estaba mal y que me hacía mal. y como sigue igual, esencialmente igual, aunque esa charla telefónica del mes pasado haya estado bien, aunque aquel encuentro en ramos haya estado bien –el otro no, pero, bueno, sabés cómo es mi cuerpo–, y como los pedidos de un final explícito y sano no tuvieron aceptación, y como es absurdo, iluso y negador seguir esperando que esto cambie, dejar de ser impresentable, etc., elijo bajarme de esta relación.
me hace bastante ruido terminar siempre igual, poner siempre la energía en lugares que no prosperan, donde no puede construirse nada, donde nada queda de lo dicho, salvo unos mails que prefiero no releer, que prefiero no citar, que prefiero no ver como agitadores.
(Tengo que buscar este, tengo que citarlo textual: “Un beso grande.Cuidate.Si me dejas yo sigo poniendo ladrillos(firmes)Firmes como mis manos aferrandote”). bueno, igual pasó mucho tiempo desde entonces….
todo, o casi todo; todo lo esencial, digamos, ya te lo dije. y este no es el mejor momento para escribir porque a mi padre deben operarlo, y teniendo en cuenta que está anticoagulado y todas sus otras cuestiones, las perspectivas no son nada buenas. y mi madre…
por eso también me apuro a escribir esto. el otro día te dije que no quería especular con postergar esto buscando no estar tan desamparado en este futuro que se viene. y como parece que se viene ya, mejor apurarse.
vos elegís estar con los pobres niños de Hiroshima, que seguro tienen otrxs que levanten sus carteles y luchen por sus derechos. yo, en cambio, no tengo eso. tal vez sea lo que merezco, habida cuenta de que nada es porque sí, y de que son muchos años de nada, de vacío, de fracaso, de esa canción de los doors, looking for a home in every face i see.
no sé qué más.
lo que se me ocurre decirte que hagas con la plata que me debés, me lo guardo, no sé para qué en realidad.
chau.
y gracias por haberme visto. aunque sea un rato. elijo –tal vez no lo elija, tal vez simplemente no pueda ver lo otro– quedarme con eso y no con el silencio y todo esto último, dentro de lo cual está incluida esta despedida virtual.
capaz que ese “haberme visto” es muy poco, pero creo que nunca tuve tanto como eso.
y ahora cierro los ojos, mojados, y aprieto “enviar”.
Mandela
Ya que están tan sensibles con la muerte de Mandela, y los medios dicen con toda naturalidad “Tata Madiba”, y Obama dice cuán importante e inspirador fue para él, y hablan de los 27 años que pasó en prisión, y se consternan los representantes de los mismos países que avalaron el apartheid y pusieron al CNA en la lista de organizaciones terroristas, y muchos olvidan o callan que Mandela y los suyos practicaron la lucha armada contra el régimen racista, y se publican las fotos de todos los figurones en su celda, aprovecho para recordarles que Marwan Barghouti, el Mandela palestino, lleva 11 años preso en las cárceles del Estado Siongenocida de Israel.
Ilegítimamente capturado, fue sometido a una parodia de juicio en la que se lo acusó y condenó por terrorismo. Como a Mandela.
Bueno, decir “el Mandela palestino” tal vez sea un exceso de optimismo. Es suponer que no lo van a matar –ni los sionistas ni los palestinos ni nadie–, que no se va a morir, que habrá un Estado palestino, que Occidente finalmente va a reconocerlo (es decir, que Israel va a aceptarlo), que las condiciones de su creación y aceptación no sean ignominiosas, que…
Ilegítimamente capturado, fue sometido a una parodia de juicio en la que se lo acusó y condenó por terrorismo. Como a Mandela.
Bueno, decir “el Mandela palestino” tal vez sea un exceso de optimismo. Es suponer que no lo van a matar –ni los sionistas ni los palestinos ni nadie–, que no se va a morir, que habrá un Estado palestino, que Occidente finalmente va a reconocerlo (es decir, que Israel va a aceptarlo), que las condiciones de su creación y aceptación no sean ignominiosas, que…
sábado, 30 de noviembre de 2013
Un gesto
Pasó en marzo no porque los jazmines de mi jardín sólo estén en flor durante octubre y noviembre, sino porque alguna razón que nunca comprendí le impedía venir a mi casa. (Una razón tan incomprensible, para mí, como la que finalmente la trajo una tarde, un verano más tarde).
Estábamos en la heladería y le pregunté si quería ir a oler los jazmines de una casa que hay por acá, cuyas flores duran más tiempo y cuyo perfume es más intenso que el de los jazmines de mi casa. Unos jazmines que a veces voy a oler y que me hacen acordar a los que teníamos en el jardín durante parte de mi infancia. Aceptó, y caminamos las tres o cuatro cuadras hasta la calle de la rima fácil.
Llegamos al lugar y le presenté los jazmines. En no más de un minuto –oler jazmines en la calle, junto a la reja de una casa ajena, es algo que se hace rápidamente– nos volvimos. Recuerdo que le conté mi deseo de tener jazmines como esos cuando tenga una casa que sea mía. Recuerdo que tuvo un gesto inolvidable: me tocó la cabeza, como acariciándola, brevemente, y una semisonrisa asomó bajo sus gafas de sol. Algo que nombro como una semisonrisa y que quizá haya sido alguna de esas fugaces combinaciones de músculos faciales que se decodifican inconscientemente, capaz, tal vez, de calmar la ansiedad de aquella búsqueda de Jim Morrison.
Recuerdo el edificio abandonado en la otra cuadra, recuerdo el beso que le di después de cruzar la avenida: un beso en la cabeza, que le dejó en el pelo un par de gotas del helado de dulce de leche. Recuerdo que tiempo después, ya en invierno, me advirtió acerca de mis demostraciones de afecto. (Recuerdo que nunca quiso probar el helado de Bahía, recuerdo que se reía de cómo le mandaba lengua al pote de telgopor de un cuarto mientras caminábamos).
Como siempre repito lo que funcionó una vez, seguramente hice varias cosas cuyo fin inconsciente fue la reedición de ese gesto: volver a encontrar una mano tocándome con lo que podría llamar cariño o ternura. Fue en vano. Y las veces que me salió a mí un gesto similar también fue inútil: nunca me dejaron llegar a destino.
Pienso, mientras la carencia de esos gestos lleva años, en todas las otras carencias. Y, de pronto, cuando, al pasar por un bar y girar la cabeza, veo a dos personas aceptablemente atractivas sentadas, charlando, pienso en quién podría verme, en quién podría hablarme. Y cuándo. Y cómo. Y con qué ojos. Y con qué palabras.
Y en qué llevaría a alguien a estar en una situación así conmigo. Y a elegir quedarse.
(Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, no puedo terminar de anular el impulso de escribir en este blog).
Estábamos en la heladería y le pregunté si quería ir a oler los jazmines de una casa que hay por acá, cuyas flores duran más tiempo y cuyo perfume es más intenso que el de los jazmines de mi casa. Unos jazmines que a veces voy a oler y que me hacen acordar a los que teníamos en el jardín durante parte de mi infancia. Aceptó, y caminamos las tres o cuatro cuadras hasta la calle de la rima fácil.
Llegamos al lugar y le presenté los jazmines. En no más de un minuto –oler jazmines en la calle, junto a la reja de una casa ajena, es algo que se hace rápidamente– nos volvimos. Recuerdo que le conté mi deseo de tener jazmines como esos cuando tenga una casa que sea mía. Recuerdo que tuvo un gesto inolvidable: me tocó la cabeza, como acariciándola, brevemente, y una semisonrisa asomó bajo sus gafas de sol. Algo que nombro como una semisonrisa y que quizá haya sido alguna de esas fugaces combinaciones de músculos faciales que se decodifican inconscientemente, capaz, tal vez, de calmar la ansiedad de aquella búsqueda de Jim Morrison.
Recuerdo el edificio abandonado en la otra cuadra, recuerdo el beso que le di después de cruzar la avenida: un beso en la cabeza, que le dejó en el pelo un par de gotas del helado de dulce de leche. Recuerdo que tiempo después, ya en invierno, me advirtió acerca de mis demostraciones de afecto. (Recuerdo que nunca quiso probar el helado de Bahía, recuerdo que se reía de cómo le mandaba lengua al pote de telgopor de un cuarto mientras caminábamos).
Como siempre repito lo que funcionó una vez, seguramente hice varias cosas cuyo fin inconsciente fue la reedición de ese gesto: volver a encontrar una mano tocándome con lo que podría llamar cariño o ternura. Fue en vano. Y las veces que me salió a mí un gesto similar también fue inútil: nunca me dejaron llegar a destino.
Pienso, mientras la carencia de esos gestos lleva años, en todas las otras carencias. Y, de pronto, cuando, al pasar por un bar y girar la cabeza, veo a dos personas aceptablemente atractivas sentadas, charlando, pienso en quién podría verme, en quién podría hablarme. Y cuándo. Y cómo. Y con qué ojos. Y con qué palabras.
Y en qué llevaría a alguien a estar en una situación así conmigo. Y a elegir quedarse.
(Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, no puedo terminar de anular el impulso de escribir en este blog).
Alguien tendría que escribir sobre esto
La escena under de los 80, el punk, el post punk. Un baterista que tocaba parado. Una banda que llega a jugar en Primera y se va al descenso rápidamente. Unas canciones incantables, un disco de nombre premonitorio nunca editado en CD. La movida de la segunda mitad de los 80 en zona Sur (vía Temperley). “Un grupo horrible llamado El Lado Salvaje”. Un tema inédito de nombre aún más premonitorio. Una historia de amor. Una madre rica que no quiere a la novia de su único hijo por pobre. Una avioneta desaparecida en la Amazonia con la pareja a bordo. Un padre (dos padres) buscándolos seis meses en la selva. Un final que no es el de los uruguayos de la cordillera.
Alguien tendría que escribir estas historias. Ponerlas en contexto, articular sus intersecciones y ajustarse lo más posible a los hechos (a lo que de ellos pueda reconstruir, y sólo con una buena reconstrucción podría emprenderse la tarea), sin especular ni perderse en fabulaciones, que ya los hechos son fabulosos por sí mismos.
Alguien tendría que escribir estas historias. Ponerlas en contexto, articular sus intersecciones y ajustarse lo más posible a los hechos (a lo que de ellos pueda reconstruir, y sólo con una buena reconstrucción podría emprenderse la tarea), sin especular ni perderse en fabulaciones, que ya los hechos son fabulosos por sí mismos.
Tratando de explicar-me
Acá te mando el cuento ese del que se hablaba la semana pasada.
Aprovecho para explicar un par de cosas que el otro día seguramente quedaron poco claras: no era el tema central de la conversación, y no daba que yo explicara demasiado (y aunque traté de explicar, sentí que mis palabras fueron arrastradas por la dinámica de los hechos y de las palabras ajenas); ni daba que nadie profundizara-repreguntara-tratara de entender qué quería decir yo, o qué estaba diciendo, y finalmente todo queda en un lugar que termina incomodándome mucho. Mientras sucede, y más aún después, cuando lo repaso en la memoria.
Así que, aunque sea por escrito y sin la inmediatez y la espontaneidad de la respuesta verbal (que tanto me gustaría lograr alguna vez :p ¡una respuesta verbal, espontánea y precisa!), trato de construir un lugar un poco más firme donde decir lo mío.
Había un concurso de cuentos: (…) había que presentarlo con seudónimo. Como te dije, y no es chiste, me tomé el laburo de pensarlo y escribirlo tentado por el premio de 1000 pesos. (Consideré que mil mangos eran una compensación aceptable para el revuelo que se iba a armar si ganaba. Pero perdí y se armó revuelo igual, jajaj grrrrrrrrrr).
Nadie sabía que lo hice, eso está claro.
Mi padre era uno de los jurados. Inexorablemente, chusmeé la carpeta donde estaban todos los cuentos y vi que en el mío había anotado, al margen, “poco claro”, “no es claro” o algo así. (Chau guita, pensé, jaja).
El día que se reunió el jurado yo estaba en la oficina terminando un trabajo, y fue entonces cuando escuché a otra integrante del jurado decir eso de que “tenemos que elegir tres premios. Ellos después les dan menciones a todos para que todo el mundo se quede contento”. Mi cuento obtuvo unas de esas menciones para “todo el mundo”.
En realidad, no era para que se quedaran contentos, sino para que compraran el libro. Porque se publicó un librito con todos los cuentos premiados, y a cada uno de los autores le obsequiaban un ejemplar. Pero la intención era que todos se entusiasmaran al ser premiados y compraran más libros para regalárselos a familiares, amigos, etc.
Pensé que mi descargo iba a ser más breve, ja. Por lo demás, no me sale hacer las cosas para que se enteren los demás. No el laburo que hice o el que hago allí, al menos. Si alguien lo valora –si percibo que lo valoran–, bien: una estudiante francoargentina que consulta la biblioteca y habla de mi pinta de traga, hace 15 años, por ejemplo (y no más de media docena de personas en los 8 o 9 años que estuve ahí). Y si no, como dijo Diego, que la chupen.
Lo que ven o no los demás me dice algo de ellos. Por ejemplo, siempre tengo la impresión de que nadie nota el laburo que hago corrigiendo las publicaciones de ese lugar. Que si solo le pasaran el corrector de Word, alcanzaría. Que si mando a la imprenta un artículo tal como me lo dan en papel o por mail nadie se va a dar cuenta.
No fue nuestra conversación ni nada de lo que dijiste lo que me incomodó. En todo caso, es una situación que resulta más bien inevitable cuando el extraño –para calificarlo levemente– statu quo establecido allí se topa con alguien de afuera: una palabra, una observación, una presencia apenas, y todo comienza a chirriar.
Más aún si yo tengo que decir algo, si se me pregunta algo. Quedo tironeado entre responder con naderías, o decir algo mío y negarme a la forma de invisibilidad que sería callar, pero expuesto a que eso sea llevado por la dinámica de la conversación o de las personas, a los que oyen lo que quieren oír o a cierta incomprensión, porque a veces es necesario más contexto del que permite una conversación fugaz, y uno queda pagando, incompleto, incomprensible.
Y sobre todo porque no me sale decir cosas mías frente a gente que también conoce a mis viejos… Me resulta muy difícil ser yo ahí, ante ellos, y eso también tiene un alcance más amplio, seguramente.
Es decir, es demasiado enredado, y va más allá de vos o de cualquier otra persona.
Respecto de tu ironía, todo trabajo es importante, pero no todo trabajo es mencionado. Es importante que el local esté limpio, pero nadie conoce el nombre de quien limpia.
Tal vez yo haya tomado siempre así mi participación allí, sea una visión apropiada o no. Tal vez porque no tuviera ninguna expectativa con ese lugar (al que entré por tres meses, porque me había quedado sin guita para comprarme cd’s, cuando los discos se compraban y esas cosas tan lejanas, jaja), o como una forma de evitarme más lugares incómodos, expectativas ajenas, muchas veces construidas a partir de una lectura de la realidad tan lejana de la mía que me resulta exasperante.
No es lo mío, lo que me sale, lo que me hace sentir cómodo, poner mi nombre, exponerme, casi diría exhibirme, sobre todo cuando se trata de cosas que me parece que no lo justifican.
Si ya con estar ahí tuve que escuchar tantas preguntas, dirigidas a mí o no, sobre si me interesaba eso, si me iba a dedicar a eso, el posible heredero y blablabla. Si ya con el cuento este se armó el módico revuelo que se armó (mi padre hablando de que publique, mi madre mangándole libros a la organizadora del concurso, jajjajaja)… No quiero imaginarme lo engorroso que me resultaría si apareciera mi nombre por algún motivo.
Es un tema, seguramente, todo lo que uno deja de hacer para evitar pasar por situaciones irritantes. En ese ámbito y más allá.
Todo esto es más para hablarlo en terapia que en otro lugar… :D
Te agradezco tus palabras sobre el cuento. Creo que le debe mucho más a “El fantasma” de Anderson Imbert que a cualquier otro de los pocos cuentos que he leído, sea de Cortázar (recién este año leí un libro de cuentos suyos: tomé prestado Todos los fuegos… de la biblioteca, y la otra semana me regalaron una antología que incluye cuentos de ese y de otros libros, y que espera turno en la mesita de luz), sea de quien fuere.
Y sí, el comienzo es lo mejor. Lo sé. Jaja. Supongo que eso también hizo que tratara de desarrollarlo.
Veremos qué hago con eso de escribir, y qué da mostrar y cómo, o ante quién. Tratar con gente se me hace difícil, a veces. Es lo mejor que puedo decirlo, después de una semana, o más, jajajaj. Así que lo del taller literario no creo, pero andá a saber. Capaz que algo hago.
El tema respecto de crear el propio camino y emanciparse es con qué elementos cuenta uno para hacerlo. Y sí, puede no ser nunca el momento apropiado, la circunstancia favorable –al menos, no de manera evidente-, y el tiempo pasa, viste…
Te mando un saludo grande, y gracias por tu tiempo.
Aprovecho para explicar un par de cosas que el otro día seguramente quedaron poco claras: no era el tema central de la conversación, y no daba que yo explicara demasiado (y aunque traté de explicar, sentí que mis palabras fueron arrastradas por la dinámica de los hechos y de las palabras ajenas); ni daba que nadie profundizara-repreguntara-tratara de entender qué quería decir yo, o qué estaba diciendo, y finalmente todo queda en un lugar que termina incomodándome mucho. Mientras sucede, y más aún después, cuando lo repaso en la memoria.
Así que, aunque sea por escrito y sin la inmediatez y la espontaneidad de la respuesta verbal (que tanto me gustaría lograr alguna vez :p ¡una respuesta verbal, espontánea y precisa!), trato de construir un lugar un poco más firme donde decir lo mío.
Había un concurso de cuentos: (…) había que presentarlo con seudónimo. Como te dije, y no es chiste, me tomé el laburo de pensarlo y escribirlo tentado por el premio de 1000 pesos. (Consideré que mil mangos eran una compensación aceptable para el revuelo que se iba a armar si ganaba. Pero perdí y se armó revuelo igual, jajaj grrrrrrrrrr).
Nadie sabía que lo hice, eso está claro.
Mi padre era uno de los jurados. Inexorablemente, chusmeé la carpeta donde estaban todos los cuentos y vi que en el mío había anotado, al margen, “poco claro”, “no es claro” o algo así. (Chau guita, pensé, jaja).
El día que se reunió el jurado yo estaba en la oficina terminando un trabajo, y fue entonces cuando escuché a otra integrante del jurado decir eso de que “tenemos que elegir tres premios. Ellos después les dan menciones a todos para que todo el mundo se quede contento”. Mi cuento obtuvo unas de esas menciones para “todo el mundo”.
En realidad, no era para que se quedaran contentos, sino para que compraran el libro. Porque se publicó un librito con todos los cuentos premiados, y a cada uno de los autores le obsequiaban un ejemplar. Pero la intención era que todos se entusiasmaran al ser premiados y compraran más libros para regalárselos a familiares, amigos, etc.
Pensé que mi descargo iba a ser más breve, ja. Por lo demás, no me sale hacer las cosas para que se enteren los demás. No el laburo que hice o el que hago allí, al menos. Si alguien lo valora –si percibo que lo valoran–, bien: una estudiante francoargentina que consulta la biblioteca y habla de mi pinta de traga, hace 15 años, por ejemplo (y no más de media docena de personas en los 8 o 9 años que estuve ahí). Y si no, como dijo Diego, que la chupen.
Lo que ven o no los demás me dice algo de ellos. Por ejemplo, siempre tengo la impresión de que nadie nota el laburo que hago corrigiendo las publicaciones de ese lugar. Que si solo le pasaran el corrector de Word, alcanzaría. Que si mando a la imprenta un artículo tal como me lo dan en papel o por mail nadie se va a dar cuenta.
No fue nuestra conversación ni nada de lo que dijiste lo que me incomodó. En todo caso, es una situación que resulta más bien inevitable cuando el extraño –para calificarlo levemente– statu quo establecido allí se topa con alguien de afuera: una palabra, una observación, una presencia apenas, y todo comienza a chirriar.
Más aún si yo tengo que decir algo, si se me pregunta algo. Quedo tironeado entre responder con naderías, o decir algo mío y negarme a la forma de invisibilidad que sería callar, pero expuesto a que eso sea llevado por la dinámica de la conversación o de las personas, a los que oyen lo que quieren oír o a cierta incomprensión, porque a veces es necesario más contexto del que permite una conversación fugaz, y uno queda pagando, incompleto, incomprensible.
Y sobre todo porque no me sale decir cosas mías frente a gente que también conoce a mis viejos… Me resulta muy difícil ser yo ahí, ante ellos, y eso también tiene un alcance más amplio, seguramente.
Es decir, es demasiado enredado, y va más allá de vos o de cualquier otra persona.
Respecto de tu ironía, todo trabajo es importante, pero no todo trabajo es mencionado. Es importante que el local esté limpio, pero nadie conoce el nombre de quien limpia.
Tal vez yo haya tomado siempre así mi participación allí, sea una visión apropiada o no. Tal vez porque no tuviera ninguna expectativa con ese lugar (al que entré por tres meses, porque me había quedado sin guita para comprarme cd’s, cuando los discos se compraban y esas cosas tan lejanas, jaja), o como una forma de evitarme más lugares incómodos, expectativas ajenas, muchas veces construidas a partir de una lectura de la realidad tan lejana de la mía que me resulta exasperante.
No es lo mío, lo que me sale, lo que me hace sentir cómodo, poner mi nombre, exponerme, casi diría exhibirme, sobre todo cuando se trata de cosas que me parece que no lo justifican.
Si ya con estar ahí tuve que escuchar tantas preguntas, dirigidas a mí o no, sobre si me interesaba eso, si me iba a dedicar a eso, el posible heredero y blablabla. Si ya con el cuento este se armó el módico revuelo que se armó (mi padre hablando de que publique, mi madre mangándole libros a la organizadora del concurso, jajjajaja)… No quiero imaginarme lo engorroso que me resultaría si apareciera mi nombre por algún motivo.
Es un tema, seguramente, todo lo que uno deja de hacer para evitar pasar por situaciones irritantes. En ese ámbito y más allá.
Todo esto es más para hablarlo en terapia que en otro lugar… :D
Te agradezco tus palabras sobre el cuento. Creo que le debe mucho más a “El fantasma” de Anderson Imbert que a cualquier otro de los pocos cuentos que he leído, sea de Cortázar (recién este año leí un libro de cuentos suyos: tomé prestado Todos los fuegos… de la biblioteca, y la otra semana me regalaron una antología que incluye cuentos de ese y de otros libros, y que espera turno en la mesita de luz), sea de quien fuere.
Y sí, el comienzo es lo mejor. Lo sé. Jaja. Supongo que eso también hizo que tratara de desarrollarlo.
Veremos qué hago con eso de escribir, y qué da mostrar y cómo, o ante quién. Tratar con gente se me hace difícil, a veces. Es lo mejor que puedo decirlo, después de una semana, o más, jajajaj. Así que lo del taller literario no creo, pero andá a saber. Capaz que algo hago.
El tema respecto de crear el propio camino y emanciparse es con qué elementos cuenta uno para hacerlo. Y sí, puede no ser nunca el momento apropiado, la circunstancia favorable –al menos, no de manera evidente-, y el tiempo pasa, viste…
Te mando un saludo grande, y gracias por tu tiempo.
Ideal para gente que en todo ve señales
leí
el cuento ese de casas que dice
boedo esta donde estemos nosotros
-o algo así-
y me acordé de vos
como estas?
Uno de estos días póstumos me acordé de un mail que le mandé a una persona que solía comentar en este blog, la costurera bailarina. Su padre había muerto hacía unos días, o unas pocas semanas, y mencionar el asunto de la orfandad era inevitable. Y, como casi siempre que quiero hablarles a los otros sobre lo que les pasa, termino refiriéndome a mí, en ese mail le decía, premonitoriamente, que mi viejo se iba a morir de una obstrucción intestinal: “El viernes imaginaba que ya sé de qué se va a morir, de una obstrucción intestinal. Que ya tuvo dos”.
Me acordaba de ese mail porque, en efecto, fue decisiva la cuestión intestinal en el proceso que llevó a su muerte. Nada… No me voy a creer que tengo poderes adivinatorios; ni siquiera que soy particularmente sagaz y que mis lecturas de la realidad son gran cosa. Apenas me pareció que el resto de las cuestiones, sobre todo la cardíaca y la hipertensión, podían seguir controladas farmacológicamente con éxito, como hasta ese entonces. En cambio, el tránsito intestinal, por más dieta restringida, laxantes y enemas, se mostraba indómito y, para mí, amenazante. Más aún si consideramos el altísimo riesgo que implicaba una cirugía para una persona en su condición.
Lo que me llamó más la atención, sin embargo, no fue la comprobación de mi intuición –ni lo incomodísima que es la nueva interfaz de Yahoo, sobre todo para buscar mensajes viejos–. Me sorprendió, y me hizo detenerme por la sorpresa, ver la fecha en que envié ese mail. Exactamente dos años antes del día en que mi padre murió. De nuevo, nada. Casualidad, supongo. O ni siquiera eso. Claro que si uno quiere interpretar todo lo que sucede, esta puede ser una buena ocasión. Aunque, lo pienso ahora, las personas que en casi todo ven relaciones, señales y mensajes de un más allá bastante difuso, como mi madre, no necesitan buenas ocasiones: les alcanza con su propia necesidad.
Esa fecha también me sorprende porque brinda una referencia temporal objetiva sobre hechos que me parecían más lejanos o más cercanos en el tiempo. Pensaba que había sido el año pasado la tarde en que mi padre, yaciente, extendió su brazo derecho, ofreciéndomela al contacto. Algo que para muchos será común y que, habida cuenta de la relación nada corporal que tengo con mis padres (no los toco, no los beso, no me sale), para mí marcó una referencia. La tarde en que me dio la mano, en que brevemente correspondí el gesto, en que no pude evitar pensar en si eso era una despedida. No lo fue. (No la hubo).
Por el contrario, me resultaba más lejana en el tiempo la interrupción de la correspondencia con la costurera bailarina, vencida –la correspondencia y, de consiguiente, la comunicación– por nuestras respectivas timideces. Por lo que ella reconoce como su timidez. Por lo que yo nombro así tal vez para no profundizar, porque no sé (y tal vez nunca sabré ciertamente) si lo que de mi lado hace insalvables las distancias es timidez o una evidente carencia de cosas interesantes, atrayentes, apropiadas, etc. Eso, para no decir pelotudez o insignificancia, palabras que encontrarían asidero en la unanimidad de la desconexión.
Cuándo llegará el día
Siempre me digo "voy a irme de casa" y no puedo.
Siempre la idea de ir al campo, el oeste y un tero, pero
va pasando el tiempo y no me muevo.
Sigo atormentada por el yerro.
Sé que el día en que decida partir seré libre,
pero unas patas como anclas que son invisibles,
agarradas con tornillos firmes,
son las que hacen que no pueda irme.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo soltar las garras.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no hay fuerza que pueda soltarlas.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo levar las anclas
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo con esta labor.
Sin dudar, sin demora,
sin dudar, sin memoria,
sin dudar, como ahora,
sin dudar, abandono.
¿Cuándo va a venir el día?
¿Cuándo va a llegar?
¿Cuándo va a venir el día?
¿Cuándo va a llegar?
¡Ah, qué miedo, todavía!
Pero el día ya va a llegar.
Veo que esto se termina
y que un día me voy a cagar.
(Cuándo llegará el día * Juana Molina)
Siempre la idea de ir al campo, el oeste y un tero, pero
va pasando el tiempo y no me muevo.
Sigo atormentada por el yerro.
Sé que el día en que decida partir seré libre,
pero unas patas como anclas que son invisibles,
agarradas con tornillos firmes,
son las que hacen que no pueda irme.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo soltar las garras.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no hay fuerza que pueda soltarlas.
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo levar las anclas
Sin guía, no;
si no hay guía, no,
no puedo con esta labor.
Sin dudar, sin demora,
sin dudar, sin memoria,
sin dudar, como ahora,
sin dudar, abandono.
¿Cuándo va a venir el día?
¿Cuándo va a llegar?
¿Cuándo va a venir el día?
¿Cuándo va a llegar?
¡Ah, qué miedo, todavía!
Pero el día ya va a llegar.
Veo que esto se termina
y que un día me voy a cagar.
(Cuándo llegará el día * Juana Molina)
Sin clientes no hay trata
Este eslogan, falaz y pelotudo, es repetido acrítica y agobiantemente por un sinfín de bienpensantes que, de pronto, todxs juntxs, intentan asociar (casi) identitariamente prostitución y trata de personas. Es curioso: hace cinco años, cuando el gobierno municipal de Macri pretendió prohibir la oferta callejera de sexo, fue progre defenderla. Ahora, en cambio, es progre condenar toda oferta de sexo. Y con unos argumentos tan endebles que no deberían ser tenidos en cuenta por nadie que se animara a analizarlos.
Uno de los agitadores de estas ideas lamentables es el ahora legislador porteño Vera, gran amigo del nuevo monarca teocrático de Occidente. Al nabo ese, Vera, lo escuché decir en la tele: "De la puerta de su casa para adentro, no estamos contra la prostitución". Algunas –y algunos– no logran alquilar para vivir, ¡y el payaso este quiere que, además, alquilen para laburar (lo cual, encima, es mucho más caro)!
En esa línea también van lxs imbéciles mesiánicxs moralistas que arrancan los papelitos con que se ofrecen servicios sexuales en la vía pública sin importarles el perjuicio económico que les causan a las personas por las que supuestamente se preocupan. Por cierto, una de las ideólogas de esa boludez es una mina que también fue elegida legisladora porteña en las últimas elecciones. Por el PRO, el partido de Michetti, otro partido donde el monarca teocrático tiene injerencia.
Pero, más allá de esxs idiotas, de verdad no entiendo qué carajo quiere decir la frase esa. Es como decir que sin autos no habría accidentes de tránsito, por ejemplo. O que sin motos no habría motochorros.
Detrás del eslogan, pero junto con él, viene la relación que procuran establecer entre trata y prostitución, dando a entender que las personas que no se prostituyen por su cuenta son víctimas de trata. Lo cual es una gran mentira. El proxenetismo, que es un delito (y que, tal vez, debería dejar de serlo; o, al menos, permitir preguntarse por qué tantas chicas laburan en esas condiciones y no como independientes), no conlleva el secuestro y la esclavitud de las personas.
Pelotudas (y pelotudos) antipija que gastan ciertas aulas, y gastan también saliva repitiendo giladas y creyéndose revolucionarios o no sé qué mierda, compran ropa sin que les importe si fue confeccionada por trabajadores cuasi esclavizados, toman mate sin que les importe si la yerba fue recolectada por trabajadores cuasi esclavizados (incluyendo niños, niñas y adolescentes), fuman cigarrillos sin que les importe si el tabaco fue cosechado por trabajadores cuasi esclavizados (incluyendo niños, niñas y adolescentes)...
Sin embargo, son bien rápidos para agitar cuando se trata de interferir en la sexualidad de adultos que dan su consentimiento. Porque no les interesa terminar con la trata, la esclavitud, etc., sino meterse en la cama de la gente. Como hacía el comisario Margaride, como quiere hacer –bah, seguir haciendo– la iglesia católica (y las otras religiones también, ja). Pero con el progresísimo argumento de luchar contra el patriarcado.
Y pretenden que la penalización al cliente supla la incapacidad del Estado de combatir el delito. De paso, culpabilizando al insensible y desalmado cliente (y callando la existencia de clientas, mujeres sin conciencia de género quizá), silencian cualquier observación sobre las condiciones que llevan a las personas a prostituirse, que, más allá de cada singularidad, muestran algunos elementos comunes, entre los cuales se destaca la maternidad: la gran mayoría de las prostitutas son madres. Madres a las que no les alcanzan los 400 o 500 mangos de la AUH. No comparados con los 4000 que puede ganar una chica "gasolera" en un privado (para no hablar de cuánto gana una chica que cobra 400 la hora, para no hablar de cuánto gana una chica que cobra 700 la hora, para no hablar de casos excepcionales como Jessica Cirio o Natacha Jaitt). Porque se trata de personas que, razonablemente, quieren estar cerca de los ingresos de la clase media, y no de la clase baja.
(Eso en Capital, claro. En las whiskerías junto a las rutas es bien probable que haya privaciones ilegítimas de la libertad. En esas zonas, como en la Patagonia o en el norte del país, impera una lógica totalmente diferente a la que se puede imaginar desde Buenos Aires, porque la cultura es inimaginablemente diferente).
Si se despenalizara el aborto, ¿cuántas prostitutas menos habría? (¿Y cuánta pobreza menos habría? ¿Y cuántas muertes menos habría?...). Pero, claro, este gobierno, que tantos derechos se jacta de haber ampliado, no amplía el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Bueno, convengamos que no es el único. El tan progre –y tan sexy– presidente ecuatoriano Correa, el que se enfrenta a Chevron, el ex boy scout, también se opone a la despenalización del aborto.
Volviendo al tema, lxs que quieren penalizar al cliente, ¿no ven que persiguiéndolo perjudican radicalmente la fuente de ingresos de las personas que ejercen la prostitución? No sé si no lo ven o no les importa, enceguecidxs por su teoría y bien lejos de la gente. Y que no venga ningún/a bienpensante a hablarme de capacitaciones, inserción laboral, talleres, ayuda estatal, bla bla bla, como la panacea. Son bienvenidas, pero es imposible que abarquen a todxs. Como las cooperativas de cartoneros reconocidas por el GCBA –que incluso les pone colectivos 0 km para trasladarlos– no abarcan a todos los cartoneros y no quitaron de las calles los carros tirados por tracción a sangre, sea equina o humana. (Es imposible que abarquen a todxs y es imposible que todxs quieran ser abarcadxs, pero la voluntad de imponer obligatoriedades que tienen estxs militantes es agobiante).
Ah, de paso, que tampoco venga nadie a preguntarme retóricamente si todas las madres pobres se prostituyen...
Más bien, las situaciones de esclavitud son la excusa con que el mesianismo de lxs militantes –que creen que su militancia va a cambiar la cultura– busca permear la conciencia social para avanzar con sus ¿ideas? Que los clientes –a los que tendenciosamente llaman prostituyentes, cuando el prostituyente es el contexto en el cual una persona se prostituye– son ¡violadores seriales! Que la prostitución no es un trabajo (me gustaría que definiéramos qué entendemos por trabajo y, antes de preguntarnos si la prostitución es trabajo, o simultáneamente, nos preguntáramos si la tarefa o el cartoneo lo son). Que si fuera un trabajo, "¿se lo recomendarías a tu hermana?". ¿Pasa por semejante subjetividad la cosa? ¿Pasa por la subjetividad religiosa de Vera, que habla de que la cultura prostibularia cosifica a las personas y las degrada?
Así, es revelador ver a lxs antipatriarcado y a lxs filorreligiosxs hablar y militar respecto de algo que se vincula con la sexualidad, pero callar ante, digamos, las mujeres (y los hombres) que limpian inodoros ajenos. ¿Les recomendarían esa tarea a sus hermanxs? ¿No degrada a nadie limpiar inodoros ajenos? ¿Nadie tiene nada que decir acerca de que la mayoría de las personas que hacen "trabajos domésticos" son mujeres? ¿No hay consecuencias del patriarcado ahí? ¿No hay nadie que pida la abolición del "trabajo doméstico"? (¿Será porque no tendría la misma repercusión en las minas de clase media que se horrorizan con la prostitución, pero que no quieren verse como explotadoras y entonces dicen "la chica que me ayuda"?).
El relato que hacen las teorías, las caras visibles de AMMAR Capital –reproductoras de esa teoría, y cuya representación me genera tantas dudas como la de todos los jerarcas sindicales– y dos o tres minas que cuentan una historia trágica, de las cuales debe desprenderse que todas las historias de prostitución son trágicas, tiene mucha más y mejor prensa en los ámbitos donde se discute el tema que otras voces, disidentes, como la de Elena Reynaga o la de Eugenia Aravena, de Ammar Córdoba. Esta última, por ejemplo, frente a la decisión judicial que cerró las whiskerías cordobesas por considerar que la prostitución no puede considerarse un trabajo pues "la explotación de la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres", manifestó: "En la sentencia se hace eje en que la prostitución no es un trabajo, afianzando la visión de las feministas abolicionistas de la prostitución. Aquí no tenemos ninguna posibilidad: ni de cambiar de trabajo ni de ser trabajadores sexuales. El trabajo sexual es un medio de vida para un montón de mujeres, hombres y transexuales. La sociedad tiene que aprender a respetar las decisiones de quienes queremos trabajar en esto".
Antes que estas voces, incluso las que encuentro más cercanas, preferiría que se prestara atención a la opinión de cualquier otrx prostitutx, a lxs que laburan en un privado, a las que van a Pampita o a Dolly's o a Cocodrilo, a los travas de Salta y Garay, al taxi boy que la otra noche me preguntó si quería un servicio cuando yo iba, vanamente, a la guardia de la facultad de Odontología. Otras voces, sin teoría, pero con mundo real. Como la de Majoh, que se había comprado todos los enseres para su casa, y lo único que le faltaba comprar ¡era la casa!; que había vuelto al privado porque le rendía mucho más que laburar de ayudante de cocina, que quería terminar el secundario, y que, también, quería dar vuelta esa página de su vida. Voces que digan algo distinto para quienes ya conocemos las voces que –hay que decirlo– aún siguen ocultas o desdeñadas por un mainstream deseoso de cumplir los mandatos de la corrección política.
Porque la puerilidad y la soberbia de las personas que vienen con este eslogan son chocantes. La soberbia de quien se arroga la palabra de muchas (otras) personas sin consultarlas, de quien pretende que la relación que otrxs tienen con los cuerpos –con el propio y con los ajenos– sea igual a la suya, de quien pretende que la relación que otrxs tienen con el dinero sea igual a la suya, por ser la única válida, o la más esclarecida... La puerilidad de pretender que si se suprime la oferta no habrá demanda o viceversa... ¿De verdad creen que prohibiendo algo va a desaparecer? ¿Son tan idiotas que no ven que seguirá sucediendo si se lo prohíbe, pero más oculto y más caro, condiciones más propicias para las organizaciones clandestinas que escapan al control del Estado?
Si de verdad hay secuestros de mujeres (nunca de tipos, nunca de chicos, solo mujeres y niñas, nunca para traficar órganos, qué cosa...) impunes, es decir, si hay grupos con semejante capacidad operativa, ¿van a dejar de funcionar sólo porque una ley pene al tipo que quiere ponerla sin historia y sin histéricas que le rompan las bolas (o a la pareja que quiere cumplir una fantasía, o al tipo que quiere que se la pongan, etc.)?
Bueno, como ya dije muchas cosas inconvenientes, y como el post se hizo muy largo y no sé cómo terminarlo, agrego una más, y pregunto: ¿el porno, para esta gente, sería una forma de prostitución? ¿Vendrán, también, por el porno?
Uno de los agitadores de estas ideas lamentables es el ahora legislador porteño Vera, gran amigo del nuevo monarca teocrático de Occidente. Al nabo ese, Vera, lo escuché decir en la tele: "De la puerta de su casa para adentro, no estamos contra la prostitución". Algunas –y algunos– no logran alquilar para vivir, ¡y el payaso este quiere que, además, alquilen para laburar (lo cual, encima, es mucho más caro)!
En esa línea también van lxs imbéciles mesiánicxs moralistas que arrancan los papelitos con que se ofrecen servicios sexuales en la vía pública sin importarles el perjuicio económico que les causan a las personas por las que supuestamente se preocupan. Por cierto, una de las ideólogas de esa boludez es una mina que también fue elegida legisladora porteña en las últimas elecciones. Por el PRO, el partido de Michetti, otro partido donde el monarca teocrático tiene injerencia.
Pero, más allá de esxs idiotas, de verdad no entiendo qué carajo quiere decir la frase esa. Es como decir que sin autos no habría accidentes de tránsito, por ejemplo. O que sin motos no habría motochorros.
Detrás del eslogan, pero junto con él, viene la relación que procuran establecer entre trata y prostitución, dando a entender que las personas que no se prostituyen por su cuenta son víctimas de trata. Lo cual es una gran mentira. El proxenetismo, que es un delito (y que, tal vez, debería dejar de serlo; o, al menos, permitir preguntarse por qué tantas chicas laburan en esas condiciones y no como independientes), no conlleva el secuestro y la esclavitud de las personas.
Pelotudas (y pelotudos) antipija que gastan ciertas aulas, y gastan también saliva repitiendo giladas y creyéndose revolucionarios o no sé qué mierda, compran ropa sin que les importe si fue confeccionada por trabajadores cuasi esclavizados, toman mate sin que les importe si la yerba fue recolectada por trabajadores cuasi esclavizados (incluyendo niños, niñas y adolescentes), fuman cigarrillos sin que les importe si el tabaco fue cosechado por trabajadores cuasi esclavizados (incluyendo niños, niñas y adolescentes)...
Sin embargo, son bien rápidos para agitar cuando se trata de interferir en la sexualidad de adultos que dan su consentimiento. Porque no les interesa terminar con la trata, la esclavitud, etc., sino meterse en la cama de la gente. Como hacía el comisario Margaride, como quiere hacer –bah, seguir haciendo– la iglesia católica (y las otras religiones también, ja). Pero con el progresísimo argumento de luchar contra el patriarcado.
Y pretenden que la penalización al cliente supla la incapacidad del Estado de combatir el delito. De paso, culpabilizando al insensible y desalmado cliente (y callando la existencia de clientas, mujeres sin conciencia de género quizá), silencian cualquier observación sobre las condiciones que llevan a las personas a prostituirse, que, más allá de cada singularidad, muestran algunos elementos comunes, entre los cuales se destaca la maternidad: la gran mayoría de las prostitutas son madres. Madres a las que no les alcanzan los 400 o 500 mangos de la AUH. No comparados con los 4000 que puede ganar una chica "gasolera" en un privado (para no hablar de cuánto gana una chica que cobra 400 la hora, para no hablar de cuánto gana una chica que cobra 700 la hora, para no hablar de casos excepcionales como Jessica Cirio o Natacha Jaitt). Porque se trata de personas que, razonablemente, quieren estar cerca de los ingresos de la clase media, y no de la clase baja.
(Eso en Capital, claro. En las whiskerías junto a las rutas es bien probable que haya privaciones ilegítimas de la libertad. En esas zonas, como en la Patagonia o en el norte del país, impera una lógica totalmente diferente a la que se puede imaginar desde Buenos Aires, porque la cultura es inimaginablemente diferente).
Si se despenalizara el aborto, ¿cuántas prostitutas menos habría? (¿Y cuánta pobreza menos habría? ¿Y cuántas muertes menos habría?...). Pero, claro, este gobierno, que tantos derechos se jacta de haber ampliado, no amplía el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Bueno, convengamos que no es el único. El tan progre –y tan sexy– presidente ecuatoriano Correa, el que se enfrenta a Chevron, el ex boy scout, también se opone a la despenalización del aborto.
Volviendo al tema, lxs que quieren penalizar al cliente, ¿no ven que persiguiéndolo perjudican radicalmente la fuente de ingresos de las personas que ejercen la prostitución? No sé si no lo ven o no les importa, enceguecidxs por su teoría y bien lejos de la gente. Y que no venga ningún/a bienpensante a hablarme de capacitaciones, inserción laboral, talleres, ayuda estatal, bla bla bla, como la panacea. Son bienvenidas, pero es imposible que abarquen a todxs. Como las cooperativas de cartoneros reconocidas por el GCBA –que incluso les pone colectivos 0 km para trasladarlos– no abarcan a todos los cartoneros y no quitaron de las calles los carros tirados por tracción a sangre, sea equina o humana. (Es imposible que abarquen a todxs y es imposible que todxs quieran ser abarcadxs, pero la voluntad de imponer obligatoriedades que tienen estxs militantes es agobiante).
Ah, de paso, que tampoco venga nadie a preguntarme retóricamente si todas las madres pobres se prostituyen...
Más bien, las situaciones de esclavitud son la excusa con que el mesianismo de lxs militantes –que creen que su militancia va a cambiar la cultura– busca permear la conciencia social para avanzar con sus ¿ideas? Que los clientes –a los que tendenciosamente llaman prostituyentes, cuando el prostituyente es el contexto en el cual una persona se prostituye– son ¡violadores seriales! Que la prostitución no es un trabajo (me gustaría que definiéramos qué entendemos por trabajo y, antes de preguntarnos si la prostitución es trabajo, o simultáneamente, nos preguntáramos si la tarefa o el cartoneo lo son). Que si fuera un trabajo, "¿se lo recomendarías a tu hermana?". ¿Pasa por semejante subjetividad la cosa? ¿Pasa por la subjetividad religiosa de Vera, que habla de que la cultura prostibularia cosifica a las personas y las degrada?
Así, es revelador ver a lxs antipatriarcado y a lxs filorreligiosxs hablar y militar respecto de algo que se vincula con la sexualidad, pero callar ante, digamos, las mujeres (y los hombres) que limpian inodoros ajenos. ¿Les recomendarían esa tarea a sus hermanxs? ¿No degrada a nadie limpiar inodoros ajenos? ¿Nadie tiene nada que decir acerca de que la mayoría de las personas que hacen "trabajos domésticos" son mujeres? ¿No hay consecuencias del patriarcado ahí? ¿No hay nadie que pida la abolición del "trabajo doméstico"? (¿Será porque no tendría la misma repercusión en las minas de clase media que se horrorizan con la prostitución, pero que no quieren verse como explotadoras y entonces dicen "la chica que me ayuda"?).
El relato que hacen las teorías, las caras visibles de AMMAR Capital –reproductoras de esa teoría, y cuya representación me genera tantas dudas como la de todos los jerarcas sindicales– y dos o tres minas que cuentan una historia trágica, de las cuales debe desprenderse que todas las historias de prostitución son trágicas, tiene mucha más y mejor prensa en los ámbitos donde se discute el tema que otras voces, disidentes, como la de Elena Reynaga o la de Eugenia Aravena, de Ammar Córdoba. Esta última, por ejemplo, frente a la decisión judicial que cerró las whiskerías cordobesas por considerar que la prostitución no puede considerarse un trabajo pues "la explotación de la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres", manifestó: "En la sentencia se hace eje en que la prostitución no es un trabajo, afianzando la visión de las feministas abolicionistas de la prostitución. Aquí no tenemos ninguna posibilidad: ni de cambiar de trabajo ni de ser trabajadores sexuales. El trabajo sexual es un medio de vida para un montón de mujeres, hombres y transexuales. La sociedad tiene que aprender a respetar las decisiones de quienes queremos trabajar en esto".
Antes que estas voces, incluso las que encuentro más cercanas, preferiría que se prestara atención a la opinión de cualquier otrx prostitutx, a lxs que laburan en un privado, a las que van a Pampita o a Dolly's o a Cocodrilo, a los travas de Salta y Garay, al taxi boy que la otra noche me preguntó si quería un servicio cuando yo iba, vanamente, a la guardia de la facultad de Odontología. Otras voces, sin teoría, pero con mundo real. Como la de Majoh, que se había comprado todos los enseres para su casa, y lo único que le faltaba comprar ¡era la casa!; que había vuelto al privado porque le rendía mucho más que laburar de ayudante de cocina, que quería terminar el secundario, y que, también, quería dar vuelta esa página de su vida. Voces que digan algo distinto para quienes ya conocemos las voces que –hay que decirlo– aún siguen ocultas o desdeñadas por un mainstream deseoso de cumplir los mandatos de la corrección política.
Porque la puerilidad y la soberbia de las personas que vienen con este eslogan son chocantes. La soberbia de quien se arroga la palabra de muchas (otras) personas sin consultarlas, de quien pretende que la relación que otrxs tienen con los cuerpos –con el propio y con los ajenos– sea igual a la suya, de quien pretende que la relación que otrxs tienen con el dinero sea igual a la suya, por ser la única válida, o la más esclarecida... La puerilidad de pretender que si se suprime la oferta no habrá demanda o viceversa... ¿De verdad creen que prohibiendo algo va a desaparecer? ¿Son tan idiotas que no ven que seguirá sucediendo si se lo prohíbe, pero más oculto y más caro, condiciones más propicias para las organizaciones clandestinas que escapan al control del Estado?
Si de verdad hay secuestros de mujeres (nunca de tipos, nunca de chicos, solo mujeres y niñas, nunca para traficar órganos, qué cosa...) impunes, es decir, si hay grupos con semejante capacidad operativa, ¿van a dejar de funcionar sólo porque una ley pene al tipo que quiere ponerla sin historia y sin histéricas que le rompan las bolas (o a la pareja que quiere cumplir una fantasía, o al tipo que quiere que se la pongan, etc.)?
Bueno, como ya dije muchas cosas inconvenientes, y como el post se hizo muy largo y no sé cómo terminarlo, agrego una más, y pregunto: ¿el porno, para esta gente, sería una forma de prostitución? ¿Vendrán, también, por el porno?
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