domingo, 14 de febrero de 2016
El paso del tiempo
Nada tan contundente para marcar el paso del tiempo en el corto plazo.
Una semana no dormís bien, otra semana medio que tampoco. Un día se te rompe un diente de adelante… Y nunca más la vas a ver así. (¿Y nunca más la vas a ver?).
Ni a tocar.
martes, 5 de enero de 2016
Cinco pesos (I)
Como estaban controlando boleto, decidí volverme de esa excursión conurbana en colectivo y no en tren. Iba a tardar más, pero iba a gastar menos y me dejaba a cuatro cuadras de casa, sin la tentación ahorrativa de volverme caminando de la estación, que le habría quitado energías a mi intento de running nocturno.
Tardé un poco en encontrar la parada del bondi. El bondi tardó un poco más en llegar, y en la tediosa espera que resulta cuando cae la tarde en el segundo cordón comencé a beber el jugo Ades que siempre llevo por si mi cuerpo empieza a pedirme azúcar súbitamente, como acostumbra.
Pasando la mitad del viaje, se me terminó el jugo y necesitaba más azúcar. Me iba sintiendo cada vez peor y faltaba más de media hora de viaje. Encima, ese bondi se mete por adentro, por un lugar casi sin negocios, y doblando demasiadas veces como para que un forastero se oriente. Si me bajaba iba a ser difícil encontrar un kiosco y quizá más difícil ubicarme para tomar el colectivo siguiente. Aparte de que iba a terminar gastando bastante más de lo previsto.
Por ahí subió una pareja veinteañera, bastante cool para el suburbio, sobre todo ella. Irían a una cena por las fiestas, ya que llevaban una pizza grande, cuya caja se adivinaba dentro de una bolsa negra. La bolsa no era nada cool. El vestidito de ella, con volados tipo enagua, sí. Seguro que la mire intenso –a la pizza– porque el pibe me dijo: “Resiste la tentación”, o algo así, y hubo risas.
Mi energía (presión, azúcar, lo que sea) seguía bajando, y no llegábamos nunca a la avenida que desemboca en Capital. Yo no paraba de pensar en cuántas cuadras faltaban para esa avenida, cuántas va por esa avenida, cuántas en Capital… Los de la pizza se bajaron antes de que saliera a la avenida, después de que fantaseara con pedirles una aceituna, a ver si ese mínimo combustible me hacía sentir un poco mejor.
Finalmente cruzamos la General Paz. Hacía rato que era de noche y los puestos del GCBA donde te toman la presión y, a veces, si tienen ganas, te pinchan el dedo para medirte el azúcar ya estaban cerrados. Faltando unas diez o quince cuadras para llegar, me moví en el asiento y sentí los brazos especialmente flojos, como dos fosforitos de un dibujo. Y no dio para más.
La próxima vez, en lugar del esfuerzo que significa pensar posibles acciones, y del que significaría levantarse, bajarse del bondi, caminar hasta el kiosco que viste por la ventanilla, hablar con el kioskero, creo que sería mejor desmayarme, y que se hagan cargo los demás de mí.
Pude pararme y tocar el timbre, pero eludió la parada, seguramente porque había una larga fila de bondis ocupando la cuadra, y dobló hasta la siguiente, que queda más lejos de casa. Me bajé y sentí que caminaba como un robot, con una rigidez y una tensión que trataban de contrarrestar la flojera física y el sopor neblinoso de mi cabeza. Un par de cuadras así, mientras no encontraba un kiosco. Y después… me fui sintiendo mejor. No sé si la brisa fresca, si el movimiento, pero, paso a paso, llegué a casa.
Rápidamente quise comer, pero no había pan. Tampoco bananas. Ni nada ya hecho. Así que rescaté el poquito de arroz con ensalada que había quedado del almuerzo. Al segundo o tercer bocado sentí que mordí algo duro, y, de inmediato, surgieron un grito y la imposibilidad de cerrar la boca.
El diente que tengo con un perno y una corona se había torcido. No se cayó: sólo quedó tan torcido que impedía el contacto de los dientes de arriba con los de abajo. De pronto, tenía en una mano el bocado de arroz que estaba comiendo, mientras con la otra toqueteaba en vano: no lograba acomodar el diente ni sacarlo.
Mi madre me dijo que llamara a su amiga dentista, que me atiende gratis, pero yo tampoco podía hablar normalmente. Apenas balbucear con la boca entreabierta. Después de forcejear un rato, el diente se salió, y seguí comiendo. Al final llamó ella. Me pasó el teléfono y la doctora me dijo que se iba de vacaciones, que había atendido a su último paciente hacía media hora.
Me habló de su tío internado, de la incertidumbre de horarios que eso le producía, y me dijo que podía atenderme el 31 a la once de la mañana. Para lo cual yo tenía que salir de casa antes de las nueve. Y levantarme antes de las ocho. Percibí que su tono de voz cansado viró al fastidio cuando le dije que entre descansar y tener el diente elegía descansar.
(La gente no entiende lo que significa descansar mal para mí, lo mal que me siento, y que en general no es por un día. A veces son dos semanas seguidas sintiéndome como si hubiera dormido seis horas cada día. Bah, si un profesional psi no lo entiende, menos chance de que entienda un odontólogo).
Traté de descomprimir bromeando sobre si no hay dentistas que atiendan de madrugada. “Ya no –me respondió–, en otro momento lo hacía”. Cuando te contestan en serio un chiste quiere decir que fue un mal chiste.
No fue broma, en cambio, su invitación a pasar el fin de año con ella y su amplia familia. Apenas falta de registro, buena educación automática y desconectada que no repara en que no tengo auto ni en la hora a la que el tren empieza a circular un primero de año. Rechacé la invitación gentilmente, sin detenerme en estas consideraciones (¿habrá sido broma cuando fui un viernes y como tenía que volver el lunes me dijo que me invitaría a almorzar? Contaba con eso, pero cuando estuve allá no dijo una palabra, y tuve que comprarme tres empanadas en el Morita de la vuelta).
“Es lo que te puedo ofrecer”, dijo, o algo así. Las opciones son la guardia de la Facultad o verla en diez días, cuando vuelva de sus vacaciones, un sábado a la mañana… Perfecto, gracias, feliz cumpleaños atrasado, nos vemos, chau.
Al día siguiente dormí mal y me levanté tarde, como siempre. Después de comer iba a ir a la guardia, pero el diente, que mi madre había dejado sobre la mesa, envuelto en una servilleta de papel junto a la computadora, no estaba más. Mi madre tampoco estaba. Y no tiene teléfono. Así que debí esperar que volviera e hiciera reaparecer el diente (que no sé dónde lo había puesto ni para qué), y emprendí el viaje.
En la ventanilla me atiende una hiperobesa de guardapolvo verdecito y bigotes que, sin dejar de hablar con su compañera, me pide el documento. No el número de documento: el documento. No lo tengo. No salgo a la calle con el DNI desde que the police dejó de pedirme documentos (cosa que solía ser frecuente en un tiempo) y, en especial, desde que saqué el nuevo, esa tarjeta con mucha más pinta de perdible que la vieja libretita verde.
Una forma de identificación me pide. Ni siquiera le pregunto a qué se refiere, porque sólo llevé 50 pesos y la SUBE, que no le sirve porque no identifica. Finalmente me pregunta si alguna vez me atendí allí, y sí. Me pide los datos, no sé si corrobora con lo que le devuelve el sistema o si actúa, y me dice que son quince pesos. Pago y, antes de tomar asiento, el doctor se asoma y me llama. Le cuento qué pasó y le doy el diente que llevé en la cajita de los tapones para los oídos. Mira y me dice que hay cementar. Son cuarenta pesos.
Malacostumbrado por mi dentista, que no me cobra, no sabía que había que pagar. Tampoco sabía, ni imaginé, que en los lugares públicos te cobran. En el hospital municipal de odontología, ahí en Almagro, ¿cobrarán también?
Digo “uh, no sé si me alcanza” cuando ya sé que no me alcanza. Saco la plata, la cuento, se me escapa un “voy a tener que volver mañana”. Creo que me dice que me fije tranquilo mientras pongo los treinta y cinco pesos en el sillón reclinable donde estaba sentado y meto la mano en los otros bolsillos buscando algo que no existe.
“Bueno, volveré mañana, pasaré el fin de año con un diente menos”, le digo. “Bueno”, responde el doctor, con menos empatía que una pared. “Felicidades”, le digo para no señalarle su carencia de sensibilidad, y me voy.
Si los dos doctores que vi, la gorda, su compañera y el de seguridad ponían un peso cada uno, yo pasaba el 31 con el comedor delantero mostrable. Pero no. Son castrillistas del dinero. (Yo también, pero yo soy pobre :p).
Por esas calles que me traen memorias de mis tiempos universitarios pienso en ponerme a laburar de trapito, un trapito de oferta, cinco mangos te cobro, pero no pasa nadie con auto. ¿Y si pido en Santa Fe y Pueyrredón? Un pesito pa’ la birra, dos pesitos pa’l vicio. ¿Cinco para que me peguen el diente? No, no me da pedir. Yo puedo cartonear, pero pedir no me sale.
En Larrea llama mi atención la tasa desprendida de una llanta, entera, original. La levanto, la miro y la vuelvo a tirar en el medio de la calzada. Me gusta cuando los autos pasan y revientan botellas u otras cosas… En sentido inverso camina un adolescente judío laico que me reprocha “no la tires ahí”. Un par de pasos después salgo de mi sorpresa y me doy vuelta para decirle: “No me digas lo que tengo que hacer”. Él ya la levantó y la está poniendo en un tacho de basura. En vez de reaccionar para el lado pendenciero, debería haberle pedido los cinco pesos…
El colectivo llega pronto y, como hace rápido, saco la cuenta: si voy de nuevo, antes de las diez puedo estar en casa con el diente pegado. Como algo, porque el cuerpo pide energía otra vez: un poco de pan, creo que algo de queso (después me quejo de mi peso); agarro la guita que me falta, más quince mangos, por si me cobran la consulta de nuevo, y vuelvo.
Estoy gastando siete pesos de bondi, una suma mayor que la que me hizo viajar. La gorda no está, sino una señora más amable, que todas las veces me llama por mi nombre, y no por mi apellido. Pago los cuarenta del cemento y tengo que esperar un rato, aunque no haya nadie. Habría que avisarles de la emergencia energética a los de la facultad, porque tienen una iluminación que enceguece. Tanto, que la mayor parte del tiempo la paso con los ojos cerrados en la sala de espera vacía.
Por fin, reaparece el doctor NoEmpathy. Me pregunta cosas irrelevantes para una pegada de diente: si tengo hiv, si me operaron, si no sé qué… Flaco, me vas a pegar un tedién, no hay sangre de por medio… ¿Podría el Estado por esta vez disimular su asfixiante voluntad de saber intimidades?
Me lo pega, me dice que posiblemente se despegue pronto pues está deteriorado y que entonces convendrá más un implante que un nuevo conducto, un nuevo perno y una nueva corona. No sólo no habrá conducto porque no conviene, sino porque no tengo quien me acompañe el largo viaje para hacérmelo, quien me ponga la mano en el pecho, sobre el buzo de Georgetown, antes de entrar al consultorio mientras apura su cigarrillo, ni quien me convide en la estación de vuelta un alfajor Vauquita, que me manchará la cara anestesiada con chocolate. Ni habrá un niño que nazca mientras estemos volviendo. No, conductos no.
Por la luz blanquísima de salina que hay en el recinto, o por el recuerdo de algo que no se repetirá o por la disposición laberíntica de los cubículos-consultorios, pierdo un poco el rumbo cuando tengo que irme, tras los saludos educados de rigor. Al fin acierto la puerta, luego de manotear justo la opuesta.
Ya estoy en condiciones para el repetido ejercicio de sociabilidad de la noche del 31, del que no sé desmarcarme, en el cual juego a que soy normal, ellxs juegan a que soy normal, y a todos se nos nota que no sabemos jugar.
Tardé un poco en encontrar la parada del bondi. El bondi tardó un poco más en llegar, y en la tediosa espera que resulta cuando cae la tarde en el segundo cordón comencé a beber el jugo Ades que siempre llevo por si mi cuerpo empieza a pedirme azúcar súbitamente, como acostumbra.
Pasando la mitad del viaje, se me terminó el jugo y necesitaba más azúcar. Me iba sintiendo cada vez peor y faltaba más de media hora de viaje. Encima, ese bondi se mete por adentro, por un lugar casi sin negocios, y doblando demasiadas veces como para que un forastero se oriente. Si me bajaba iba a ser difícil encontrar un kiosco y quizá más difícil ubicarme para tomar el colectivo siguiente. Aparte de que iba a terminar gastando bastante más de lo previsto.
Por ahí subió una pareja veinteañera, bastante cool para el suburbio, sobre todo ella. Irían a una cena por las fiestas, ya que llevaban una pizza grande, cuya caja se adivinaba dentro de una bolsa negra. La bolsa no era nada cool. El vestidito de ella, con volados tipo enagua, sí. Seguro que la mire intenso –a la pizza– porque el pibe me dijo: “Resiste la tentación”, o algo así, y hubo risas.
Mi energía (presión, azúcar, lo que sea) seguía bajando, y no llegábamos nunca a la avenida que desemboca en Capital. Yo no paraba de pensar en cuántas cuadras faltaban para esa avenida, cuántas va por esa avenida, cuántas en Capital… Los de la pizza se bajaron antes de que saliera a la avenida, después de que fantaseara con pedirles una aceituna, a ver si ese mínimo combustible me hacía sentir un poco mejor.
Finalmente cruzamos la General Paz. Hacía rato que era de noche y los puestos del GCBA donde te toman la presión y, a veces, si tienen ganas, te pinchan el dedo para medirte el azúcar ya estaban cerrados. Faltando unas diez o quince cuadras para llegar, me moví en el asiento y sentí los brazos especialmente flojos, como dos fosforitos de un dibujo. Y no dio para más.
La próxima vez, en lugar del esfuerzo que significa pensar posibles acciones, y del que significaría levantarse, bajarse del bondi, caminar hasta el kiosco que viste por la ventanilla, hablar con el kioskero, creo que sería mejor desmayarme, y que se hagan cargo los demás de mí.
Pude pararme y tocar el timbre, pero eludió la parada, seguramente porque había una larga fila de bondis ocupando la cuadra, y dobló hasta la siguiente, que queda más lejos de casa. Me bajé y sentí que caminaba como un robot, con una rigidez y una tensión que trataban de contrarrestar la flojera física y el sopor neblinoso de mi cabeza. Un par de cuadras así, mientras no encontraba un kiosco. Y después… me fui sintiendo mejor. No sé si la brisa fresca, si el movimiento, pero, paso a paso, llegué a casa.
Rápidamente quise comer, pero no había pan. Tampoco bananas. Ni nada ya hecho. Así que rescaté el poquito de arroz con ensalada que había quedado del almuerzo. Al segundo o tercer bocado sentí que mordí algo duro, y, de inmediato, surgieron un grito y la imposibilidad de cerrar la boca.
El diente que tengo con un perno y una corona se había torcido. No se cayó: sólo quedó tan torcido que impedía el contacto de los dientes de arriba con los de abajo. De pronto, tenía en una mano el bocado de arroz que estaba comiendo, mientras con la otra toqueteaba en vano: no lograba acomodar el diente ni sacarlo.
Mi madre me dijo que llamara a su amiga dentista, que me atiende gratis, pero yo tampoco podía hablar normalmente. Apenas balbucear con la boca entreabierta. Después de forcejear un rato, el diente se salió, y seguí comiendo. Al final llamó ella. Me pasó el teléfono y la doctora me dijo que se iba de vacaciones, que había atendido a su último paciente hacía media hora.
Me habló de su tío internado, de la incertidumbre de horarios que eso le producía, y me dijo que podía atenderme el 31 a la once de la mañana. Para lo cual yo tenía que salir de casa antes de las nueve. Y levantarme antes de las ocho. Percibí que su tono de voz cansado viró al fastidio cuando le dije que entre descansar y tener el diente elegía descansar.
(La gente no entiende lo que significa descansar mal para mí, lo mal que me siento, y que en general no es por un día. A veces son dos semanas seguidas sintiéndome como si hubiera dormido seis horas cada día. Bah, si un profesional psi no lo entiende, menos chance de que entienda un odontólogo).
Traté de descomprimir bromeando sobre si no hay dentistas que atiendan de madrugada. “Ya no –me respondió–, en otro momento lo hacía”. Cuando te contestan en serio un chiste quiere decir que fue un mal chiste.
No fue broma, en cambio, su invitación a pasar el fin de año con ella y su amplia familia. Apenas falta de registro, buena educación automática y desconectada que no repara en que no tengo auto ni en la hora a la que el tren empieza a circular un primero de año. Rechacé la invitación gentilmente, sin detenerme en estas consideraciones (¿habrá sido broma cuando fui un viernes y como tenía que volver el lunes me dijo que me invitaría a almorzar? Contaba con eso, pero cuando estuve allá no dijo una palabra, y tuve que comprarme tres empanadas en el Morita de la vuelta).
“Es lo que te puedo ofrecer”, dijo, o algo así. Las opciones son la guardia de la Facultad o verla en diez días, cuando vuelva de sus vacaciones, un sábado a la mañana… Perfecto, gracias, feliz cumpleaños atrasado, nos vemos, chau.
Al día siguiente dormí mal y me levanté tarde, como siempre. Después de comer iba a ir a la guardia, pero el diente, que mi madre había dejado sobre la mesa, envuelto en una servilleta de papel junto a la computadora, no estaba más. Mi madre tampoco estaba. Y no tiene teléfono. Así que debí esperar que volviera e hiciera reaparecer el diente (que no sé dónde lo había puesto ni para qué), y emprendí el viaje.
En la ventanilla me atiende una hiperobesa de guardapolvo verdecito y bigotes que, sin dejar de hablar con su compañera, me pide el documento. No el número de documento: el documento. No lo tengo. No salgo a la calle con el DNI desde que the police dejó de pedirme documentos (cosa que solía ser frecuente en un tiempo) y, en especial, desde que saqué el nuevo, esa tarjeta con mucha más pinta de perdible que la vieja libretita verde.
Una forma de identificación me pide. Ni siquiera le pregunto a qué se refiere, porque sólo llevé 50 pesos y la SUBE, que no le sirve porque no identifica. Finalmente me pregunta si alguna vez me atendí allí, y sí. Me pide los datos, no sé si corrobora con lo que le devuelve el sistema o si actúa, y me dice que son quince pesos. Pago y, antes de tomar asiento, el doctor se asoma y me llama. Le cuento qué pasó y le doy el diente que llevé en la cajita de los tapones para los oídos. Mira y me dice que hay cementar. Son cuarenta pesos.
Malacostumbrado por mi dentista, que no me cobra, no sabía que había que pagar. Tampoco sabía, ni imaginé, que en los lugares públicos te cobran. En el hospital municipal de odontología, ahí en Almagro, ¿cobrarán también?
Digo “uh, no sé si me alcanza” cuando ya sé que no me alcanza. Saco la plata, la cuento, se me escapa un “voy a tener que volver mañana”. Creo que me dice que me fije tranquilo mientras pongo los treinta y cinco pesos en el sillón reclinable donde estaba sentado y meto la mano en los otros bolsillos buscando algo que no existe.
“Bueno, volveré mañana, pasaré el fin de año con un diente menos”, le digo. “Bueno”, responde el doctor, con menos empatía que una pared. “Felicidades”, le digo para no señalarle su carencia de sensibilidad, y me voy.
Si los dos doctores que vi, la gorda, su compañera y el de seguridad ponían un peso cada uno, yo pasaba el 31 con el comedor delantero mostrable. Pero no. Son castrillistas del dinero. (Yo también, pero yo soy pobre :p).
Por esas calles que me traen memorias de mis tiempos universitarios pienso en ponerme a laburar de trapito, un trapito de oferta, cinco mangos te cobro, pero no pasa nadie con auto. ¿Y si pido en Santa Fe y Pueyrredón? Un pesito pa’ la birra, dos pesitos pa’l vicio. ¿Cinco para que me peguen el diente? No, no me da pedir. Yo puedo cartonear, pero pedir no me sale.
En Larrea llama mi atención la tasa desprendida de una llanta, entera, original. La levanto, la miro y la vuelvo a tirar en el medio de la calzada. Me gusta cuando los autos pasan y revientan botellas u otras cosas… En sentido inverso camina un adolescente judío laico que me reprocha “no la tires ahí”. Un par de pasos después salgo de mi sorpresa y me doy vuelta para decirle: “No me digas lo que tengo que hacer”. Él ya la levantó y la está poniendo en un tacho de basura. En vez de reaccionar para el lado pendenciero, debería haberle pedido los cinco pesos…
El colectivo llega pronto y, como hace rápido, saco la cuenta: si voy de nuevo, antes de las diez puedo estar en casa con el diente pegado. Como algo, porque el cuerpo pide energía otra vez: un poco de pan, creo que algo de queso (después me quejo de mi peso); agarro la guita que me falta, más quince mangos, por si me cobran la consulta de nuevo, y vuelvo.
Estoy gastando siete pesos de bondi, una suma mayor que la que me hizo viajar. La gorda no está, sino una señora más amable, que todas las veces me llama por mi nombre, y no por mi apellido. Pago los cuarenta del cemento y tengo que esperar un rato, aunque no haya nadie. Habría que avisarles de la emergencia energética a los de la facultad, porque tienen una iluminación que enceguece. Tanto, que la mayor parte del tiempo la paso con los ojos cerrados en la sala de espera vacía.
Por fin, reaparece el doctor NoEmpathy. Me pregunta cosas irrelevantes para una pegada de diente: si tengo hiv, si me operaron, si no sé qué… Flaco, me vas a pegar un tedién, no hay sangre de por medio… ¿Podría el Estado por esta vez disimular su asfixiante voluntad de saber intimidades?
Me lo pega, me dice que posiblemente se despegue pronto pues está deteriorado y que entonces convendrá más un implante que un nuevo conducto, un nuevo perno y una nueva corona. No sólo no habrá conducto porque no conviene, sino porque no tengo quien me acompañe el largo viaje para hacérmelo, quien me ponga la mano en el pecho, sobre el buzo de Georgetown, antes de entrar al consultorio mientras apura su cigarrillo, ni quien me convide en la estación de vuelta un alfajor Vauquita, que me manchará la cara anestesiada con chocolate. Ni habrá un niño que nazca mientras estemos volviendo. No, conductos no.
Por la luz blanquísima de salina que hay en el recinto, o por el recuerdo de algo que no se repetirá o por la disposición laberíntica de los cubículos-consultorios, pierdo un poco el rumbo cuando tengo que irme, tras los saludos educados de rigor. Al fin acierto la puerta, luego de manotear justo la opuesta.
Ya estoy en condiciones para el repetido ejercicio de sociabilidad de la noche del 31, del que no sé desmarcarme, en el cual juego a que soy normal, ellxs juegan a que soy normal, y a todos se nos nota que no sabemos jugar.
Despedidas unilaterales
Eran los tiempos del correo postal y de la larga distancia internacional. Los mails no existieron siempre. El Skype, menos. Hay foto mental: yo en la cocina, en la silla que da espaldas al patio, la luz amarillenta iluminando la mesa… No sé qué hora sería acá, ni sé qué hora sería allá, pero el recuerdo me dice que afuera estaba oscuro. No me precisa, en cambio, de qué hablamos ni cómo le dije “che, quiero leerte algo”.
“Debe ser maravilloso tener amigos, sean buenos o malos; simplemente eso, un punto en un lugar del mundo. Un nombre, una dirección para enviar una carta, para caer una noche de sorpresa y sufrir esa agitación de los encuentros sorpresivos, donde la poesía ama de los hombres, en los grandes encuentros, sus pequeñas palabras temblorosas. Espero siempre carta tuya, como se esperan las cartas de los amigos, en cualquier momento”.
En una palabra quebré. No recuerdo en cuál, pero no pude no llorar. Traté de recomponerme rápido y continuar: no daba caerle a otro con eso. Leyendo algo pensás en alguien y querés compartirlo, pero en el intento de tirar una buena se escapa este montón de angustia al que apenas quería aludir. Porque sí, esperaba carta suya en cualquier momento.
Cuando vino de vacaciones a Buenos Aires, no respondió mis llamados, y no nos vimos. Entonces supe dónde estaba: en un margen de su vida, en la virtualidad del papel y la tinta, en la posibilidad de transitar el castellano un rato mientras le decía a uno de su laburo “adesso, adesso”, en el vínculo con su finiquitada experiencia docente, pero no en el mundo real de sus amigas y su familia, un territorio al que no me habilitaba el acceso.
A su regreso a Italia, ese ruido insalvable me siguió sonando bajito. Y cuando reapareció en su vida una persona a la que ambos conocíamos y le reclamé por qué, ella también, me había desaparecido de su vida sin mediar palabra, la respuesta no vino de Parque Chacabuco, sino de las afueras de Milán: “Si me entero de que le escribiste otra vez, no te escribo más. Me das lástima, sos como Glenn Close en Atracción Fatal”, y los adjetivos “injusto” y “demoníaco”.
La comunicación, claro, mermó drásticamente después de eso. En frecuencia y en palabras. Hasta que pronto, sin declaraciones explícitas, se agotó.
Un par de veces le chusmeé el Facebook en estos años. Y el otro día, al encontrar en un cajón la página esa, suelta, con su nombre escrito verticalmente en el margen, la memoria me trajo el recuerdo de los catorce dígitos de su número de teléfono. Releo de nuevo el post que habla de ella, y vuelven algunos recuerdos gratos de ese tiempo prometedor, hasta que aparece la olvidada palabra “demoníaco”, y de pronto sólo quiero decirle que se vaya a demonizar a la concha de su hermana.
Ya que dijiste que debía darme cuenta de que la otra no me iba a responder, contestame lo que te pregunté: ¿después de cuánto tiempo sin que te respondan hay que interpretar que no quieren responderte? (y qué onda con ese tiempo de asimetría). Contestame eso y después andá a maltratar a otro.
La última imagen, la que quedó cristalizada, es esa, y cada vez pesa más. Cada vez más el recuerdo de ella, cuando aparece, es eso y no lo anterior.
Aquella vez se disolvió en un mutuo acuerdo tácito: a ninguno de los dos nos dio para tratar de continuar la comunicación, o para preguntar o entender o nada. Sólo esa pregunta mía, que no respondió. Y el silencio. Pero a veces el distanciamiento no es así de recíproco. Entonces uno pregunta, insiste, trata de saber, de entender, de mejorar. Sobre todo, trato de que esa imagen del orto no sea la que quede prevaleciendo una vez más. Esta vez.
Podría reformular la pregunta que mi ex amiga italiana no me contestó y decir ¿después de cuántos mails sin que te respondan hay que interpretar que no quieren responderte? Son unos cuantos esta vez, como quince, desperdigados en dos años. Largo tiempo en que el silencio me dice que no me quieren, que ya no soy una persona para su destinataria, que no merezco una palabra (mucho menos una mirada). Ey, puedo notarlo. No es que no me doy cuenta. Pero después me olvido, prevalecen otras sinapsis, se juntan dos palabras y renuevan la ilusión de que esta vez sí haya una respuesta. O quizá sea la ilusión la que surge y es ella quien renueva las palabras. Y también los números redondos, los aniversarios, algún cumpleaños, algún aniversario de muerte. O una canción que habla de cuánto quisiera ver lo que ves, de que quisiera sentarme con vos. Cualquier excusa es buena.
Por mail, ya que es menos invasivo que un llamado telefónico. El mail lo abrís cuando querés, lo contestás cuando querés, o no lo contestás. De paso, me evito el posible mal momento de sentir en el tono de la voz, en el aire un milímetro más allá o acá de una cuerda vocal, que no soy bienvenidx. Tengo mucha receptividad a esos tonos de la voz. Me dicen mucho más que las palabras. Y me pegan mal.
Ni hablar si se corta después de la primera palabra, y no sabés si anda mal el celular o si no quisieron hablar con vos. Conmigo. Ni hablar si al tomar el teléfono se hacen presentes varios recuerdos de momentos horribles en los que llamaste y tantas personas te hicieron sentir rápidamente que no querían hablar con vos. Conmigo. Y no podés llamar. No puedo. No quiero. Eso no. Mail.
Todo por la ilusión de reencontrar la conexión que pareció haber y que uno desearía invulnerable al tiempo, a las ideologías o a los vaivenes de las vidas. Como un olor querido, una mirada o una mano en el pecho. Y por la obstinación en intentar que esta vez no sea como tantas, que no haya una persona más en esa lista de gente de mierda que me desapareció de sus vidas y se fue.
Cuando, muy ocasionalmente o casi todos los días, me acuerdo de gente que estuvo más o menos cerca y de pronto dejó de estarlo, me impresiona mucho. Tanta energía, tanto tiempo, tanto cariño disueltos. Evaporados. Inexistentes. Quizá ni siquiera recordados. ¿Habrá sido un error? ¿Se arrepentirán de haberse acercado? ¿Habrán formateado ese disco, la partición oculta en la que me confinaban?
¿Cómo no están más, cómo no hay más lugares en el mundo? ¿Cuándo se rompió? ¿Fue de golpe? ¿Debí darme cuenta? ¿Cuándo? ¿Los inconvenientes (mirá cómo eufemizo, ja) no se habían saldado esta vez? ¿Las diferencias no estaban superadas? ¿O soy yo el continuo error a lo largo de estos años?
Cuando llamé a alguien cercano a quien le habían hecho un electroencefalograma para preguntarle cómo era, porque tenían que hacerme uno a mí, y no me contestó, y después me dijo que no se acordaba, ¿debí haberlo leído como un equivalente al silencio de aquel viaje? ¿O es ponerse a buscar la palabra "shotgun" en las canciones de Nirvana en 1996? La historia del pibito del fotolog con el que se comunicaba a menudo, y después ya no, ¿debió ser leída como un anticipo?
¿Qué sucedió para pasar de 10000 caracteres por día o cada dos días al silencio hiriente, de seis horas por teléfono o 40 cuadras caminadas una tarde después de un temporal a la nada? ¿Fue un malentendido? ¿Una manipulación, la necesidad de llenar algunos agujeros? ¿Será obvio? ¿O lo obvio será que nunca lo sabremos, que ya fue, y nunca se podrá profundizar ni un poco de todo lo necesario para acercarse a una claridad? ¿O será que la forma en que se van no puede ser otra porque simplemente es la continuación de la forma en la que estuvieron? ¿Eh?
Despedirse de quien eligió transformarse en un fantasma no es sencillo. Igual, debería acelerar mi parte, unilateral, de la despedida. Quizá la vengo postergando para ir haciéndome a la idea, para acostumbrarme paulatinamente a la nueva dosis de los neurotransmisores disparados por la desazón y el vacío. Y a la ineludible repetición de un destino al que sigo atado. O quizá tarde tanto porque me resisto a sumar más gente en esa lista de personas que se fueron de un modo humillante, hiriente, despreciando o diciendo, en el que fue el último mail, "no admito una despedida" (?).
Pero ¿hasta qué cumpleaños voy a escribir un mail? ¿Hasta que cumpla 55 voy a esperar un mail de alguien que ese día prefiere compartir en Facebook no sé qué noticia de su militancia y la lucha de los trabajadores de La Poronga? Demasiada tolerancia con gente a la que no le importa dejar un buen recuerdo, que prefiere irse desgarrando en vez de tratar de cicatrizar y mitigar la herida del adiós.
Pasó demasiado tiempo sin pasar como para seguir pensando que podría pasar. Tratar de hacerme cargo de eso me duele muchísimo más que las muertes que conozco.
“Debe ser maravilloso tener amigos, sean buenos o malos; simplemente eso, un punto en un lugar del mundo. Un nombre, una dirección para enviar una carta, para caer una noche de sorpresa y sufrir esa agitación de los encuentros sorpresivos, donde la poesía ama de los hombres, en los grandes encuentros, sus pequeñas palabras temblorosas. Espero siempre carta tuya, como se esperan las cartas de los amigos, en cualquier momento”.
En una palabra quebré. No recuerdo en cuál, pero no pude no llorar. Traté de recomponerme rápido y continuar: no daba caerle a otro con eso. Leyendo algo pensás en alguien y querés compartirlo, pero en el intento de tirar una buena se escapa este montón de angustia al que apenas quería aludir. Porque sí, esperaba carta suya en cualquier momento.
Cuando vino de vacaciones a Buenos Aires, no respondió mis llamados, y no nos vimos. Entonces supe dónde estaba: en un margen de su vida, en la virtualidad del papel y la tinta, en la posibilidad de transitar el castellano un rato mientras le decía a uno de su laburo “adesso, adesso”, en el vínculo con su finiquitada experiencia docente, pero no en el mundo real de sus amigas y su familia, un territorio al que no me habilitaba el acceso.
A su regreso a Italia, ese ruido insalvable me siguió sonando bajito. Y cuando reapareció en su vida una persona a la que ambos conocíamos y le reclamé por qué, ella también, me había desaparecido de su vida sin mediar palabra, la respuesta no vino de Parque Chacabuco, sino de las afueras de Milán: “Si me entero de que le escribiste otra vez, no te escribo más. Me das lástima, sos como Glenn Close en Atracción Fatal”, y los adjetivos “injusto” y “demoníaco”.
La comunicación, claro, mermó drásticamente después de eso. En frecuencia y en palabras. Hasta que pronto, sin declaraciones explícitas, se agotó.
Un par de veces le chusmeé el Facebook en estos años. Y el otro día, al encontrar en un cajón la página esa, suelta, con su nombre escrito verticalmente en el margen, la memoria me trajo el recuerdo de los catorce dígitos de su número de teléfono. Releo de nuevo el post que habla de ella, y vuelven algunos recuerdos gratos de ese tiempo prometedor, hasta que aparece la olvidada palabra “demoníaco”, y de pronto sólo quiero decirle que se vaya a demonizar a la concha de su hermana.
Ya que dijiste que debía darme cuenta de que la otra no me iba a responder, contestame lo que te pregunté: ¿después de cuánto tiempo sin que te respondan hay que interpretar que no quieren responderte? (y qué onda con ese tiempo de asimetría). Contestame eso y después andá a maltratar a otro.
La última imagen, la que quedó cristalizada, es esa, y cada vez pesa más. Cada vez más el recuerdo de ella, cuando aparece, es eso y no lo anterior.
Aquella vez se disolvió en un mutuo acuerdo tácito: a ninguno de los dos nos dio para tratar de continuar la comunicación, o para preguntar o entender o nada. Sólo esa pregunta mía, que no respondió. Y el silencio. Pero a veces el distanciamiento no es así de recíproco. Entonces uno pregunta, insiste, trata de saber, de entender, de mejorar. Sobre todo, trato de que esa imagen del orto no sea la que quede prevaleciendo una vez más. Esta vez.
Podría reformular la pregunta que mi ex amiga italiana no me contestó y decir ¿después de cuántos mails sin que te respondan hay que interpretar que no quieren responderte? Son unos cuantos esta vez, como quince, desperdigados en dos años. Largo tiempo en que el silencio me dice que no me quieren, que ya no soy una persona para su destinataria, que no merezco una palabra (mucho menos una mirada). Ey, puedo notarlo. No es que no me doy cuenta. Pero después me olvido, prevalecen otras sinapsis, se juntan dos palabras y renuevan la ilusión de que esta vez sí haya una respuesta. O quizá sea la ilusión la que surge y es ella quien renueva las palabras. Y también los números redondos, los aniversarios, algún cumpleaños, algún aniversario de muerte. O una canción que habla de cuánto quisiera ver lo que ves, de que quisiera sentarme con vos. Cualquier excusa es buena.
Por mail, ya que es menos invasivo que un llamado telefónico. El mail lo abrís cuando querés, lo contestás cuando querés, o no lo contestás. De paso, me evito el posible mal momento de sentir en el tono de la voz, en el aire un milímetro más allá o acá de una cuerda vocal, que no soy bienvenidx. Tengo mucha receptividad a esos tonos de la voz. Me dicen mucho más que las palabras. Y me pegan mal.
Ni hablar si se corta después de la primera palabra, y no sabés si anda mal el celular o si no quisieron hablar con vos. Conmigo. Ni hablar si al tomar el teléfono se hacen presentes varios recuerdos de momentos horribles en los que llamaste y tantas personas te hicieron sentir rápidamente que no querían hablar con vos. Conmigo. Y no podés llamar. No puedo. No quiero. Eso no. Mail.
Todo por la ilusión de reencontrar la conexión que pareció haber y que uno desearía invulnerable al tiempo, a las ideologías o a los vaivenes de las vidas. Como un olor querido, una mirada o una mano en el pecho. Y por la obstinación en intentar que esta vez no sea como tantas, que no haya una persona más en esa lista de gente de mierda que me desapareció de sus vidas y se fue.
Cuando, muy ocasionalmente o casi todos los días, me acuerdo de gente que estuvo más o menos cerca y de pronto dejó de estarlo, me impresiona mucho. Tanta energía, tanto tiempo, tanto cariño disueltos. Evaporados. Inexistentes. Quizá ni siquiera recordados. ¿Habrá sido un error? ¿Se arrepentirán de haberse acercado? ¿Habrán formateado ese disco, la partición oculta en la que me confinaban?
¿Cómo no están más, cómo no hay más lugares en el mundo? ¿Cuándo se rompió? ¿Fue de golpe? ¿Debí darme cuenta? ¿Cuándo? ¿Los inconvenientes (mirá cómo eufemizo, ja) no se habían saldado esta vez? ¿Las diferencias no estaban superadas? ¿O soy yo el continuo error a lo largo de estos años?
Cuando llamé a alguien cercano a quien le habían hecho un electroencefalograma para preguntarle cómo era, porque tenían que hacerme uno a mí, y no me contestó, y después me dijo que no se acordaba, ¿debí haberlo leído como un equivalente al silencio de aquel viaje? ¿O es ponerse a buscar la palabra "shotgun" en las canciones de Nirvana en 1996? La historia del pibito del fotolog con el que se comunicaba a menudo, y después ya no, ¿debió ser leída como un anticipo?
¿Qué sucedió para pasar de 10000 caracteres por día o cada dos días al silencio hiriente, de seis horas por teléfono o 40 cuadras caminadas una tarde después de un temporal a la nada? ¿Fue un malentendido? ¿Una manipulación, la necesidad de llenar algunos agujeros? ¿Será obvio? ¿O lo obvio será que nunca lo sabremos, que ya fue, y nunca se podrá profundizar ni un poco de todo lo necesario para acercarse a una claridad? ¿O será que la forma en que se van no puede ser otra porque simplemente es la continuación de la forma en la que estuvieron? ¿Eh?
Despedirse de quien eligió transformarse en un fantasma no es sencillo. Igual, debería acelerar mi parte, unilateral, de la despedida. Quizá la vengo postergando para ir haciéndome a la idea, para acostumbrarme paulatinamente a la nueva dosis de los neurotransmisores disparados por la desazón y el vacío. Y a la ineludible repetición de un destino al que sigo atado. O quizá tarde tanto porque me resisto a sumar más gente en esa lista de personas que se fueron de un modo humillante, hiriente, despreciando o diciendo, en el que fue el último mail, "no admito una despedida" (?).
Pero ¿hasta qué cumpleaños voy a escribir un mail? ¿Hasta que cumpla 55 voy a esperar un mail de alguien que ese día prefiere compartir en Facebook no sé qué noticia de su militancia y la lucha de los trabajadores de La Poronga? Demasiada tolerancia con gente a la que no le importa dejar un buen recuerdo, que prefiere irse desgarrando en vez de tratar de cicatrizar y mitigar la herida del adiós.
Pasó demasiado tiempo sin pasar como para seguir pensando que podría pasar. Tratar de hacerme cargo de eso me duele muchísimo más que las muertes que conozco.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Después de correr hay que elongar
Estiro los gemelos en un umbral propicio. A veinte metros de la esquina, a veinte centímetros de mis ojos, el vidrio opaco de la farmacia refleja las luces del viernes a la noche.
Rojas, blancas, verdes, azules, se derraman por los bordes del rectángulo. Escapan por la avenida perpendicular como un pinball multibola al que nunca aprendí a jugar.
Vuelven, hipnóticas e inabarcables, y cada secuencia me dice en su morse de luces algo que no puedo traducir.
Revés al noche la viendo.
Y me vuelvo las dos cuadras a casa por la calle oscura.
Rojas, blancas, verdes, azules, se derraman por los bordes del rectángulo. Escapan por la avenida perpendicular como un pinball multibola al que nunca aprendí a jugar.
Vuelven, hipnóticas e inabarcables, y cada secuencia me dice en su morse de luces algo que no puedo traducir.
Revés al noche la viendo.
Y me vuelvo las dos cuadras a casa por la calle oscura.
Me cerraron el Face (dos veces)
El año pasado, a pedido de una persona que conocí por acá, me hice un Facebook pues a ella le resultaba más práctica la comunicación por ese medio que por email. Así nos mantuvimos en contacto, con los altibajos atribuibles a nuestras timideces, a sus ocupaciones, a mi falta de cosas interesantes para decir o a lo que quizá no sea timidez, sino alguna otra limitación de mi parte.
Supongo que fueron un aburrimiento importante y una agobiante carencia de palabras los que me llevaron a ejercitarlas en el FB del evento “Amor sí, Macri no”, respondiendo algunos de los delirios allí expresados por tal secta de neomilenaristas. Sin agresiones, porque soy una persona muy educada, me divertí señalando sus contradicciones, sus confusiones y sus mentiras.
Un par de veces me acusaron de ser un troll, pero no me importó demasiado ya que lo más grave que podía pasar, según imaginaba, era que me bloquearan de esa página. Sin embargo, un día, el segundo o tercero de este divertimento, quise entrar a Facebook y me encontré con la mala novedad de que no podía hacerlo: me habían inhabilitado la cuenta por no usar mi nombre verdadero.
Para tratar de recuperarla debía mandar una imagen de mi DNI o alguna otra forma de identificación, cosa que no haría ni siquiera si usase mi nombre real.
Pasada la sorpresa y disuelto un poco el sinsabor que me produjo, lamenté perder el intercambio con aquella persona, del cual creía poder rescatar –aun tiempo después– alguna palabra propia o ajena encontrándole otra potencia o simplemente para reutilizarla en algún otro lugar.
Si bien casi no usé la cuenta, salvo para algún juego, a medida que pasó el tiempo fui notando que me molestaba perder algunas cosas más: un par de borradores que tal vez podrían haberse transformado en posts de este blog, links a algunos videos y a un poema –al cual pude rescatar, Google mediante– o mis vanos comentarios sobre el precio de las entradas del último show de mi nueva banda favorita.
Perdí, además, el violento intercambio con un pelotudo de Ivanoff, boliche en cuya página había dejado un mensaje señalando el caos de tránsito que produjo una tarde en la esquina más transitada de Ramos cuando estacionó allí un auto más un tráiler para hacer publicidad. Y el agobiante estridor del parlante con el que anunció su show durante más de una hora seguida, en un loop tan interminable y desquiciante como salpicado de bocinazos.
Siempre quise hacer un post con eso, pero ya no podré hacerlo con la literalidad que quería. Apenas queda el recuerdo de su grueso cuello, de sus tatuajes y de su desprecio por el prójimo. De la violencia que se podía intuir en su imagen y en su proceder, y de la violencia concreta, verbal, que me dispensó por mensaje privado, la cual incluía un “chupala, pelotudo”.
También lamenté perder la interacción con Leticia Lee –amiga del Face a su pedido, consecuencia del marketing de las bandas nuevas–, en donde reciclé unas palabras que había escrito sobre ella en un blog que frecuento, las cuales fueron gratamente recibidas. Igual, su respuesta sobrevive en la notificación que llegó por mail: que bien me hace leer esto!muchas gracias. Me encanta leer y releer cuando alguien responde bien a una que tiro. Resonó, cayó bien, sumó. ¡Bien!
De todos modos, esta experiencia me mostró que Facebook sólo sirve para mirar. Para chusmear las fotos de gente del pasado, para ver lo mal que Diana llegó a los 45, para saber que alguna se casó, que otro tuvo una hija hace mucho, que otra quiere tener una relación, y que todos sonríen y muestran su mejor cara. La comunicación, en cambio, solo se da con quien te dice que le escribas ahí: de los mensajes que mandé, nadie me respondió, salvo los que esperaban mis mensajes.
La pérdida de la cuenta activó una neurona lejana, y recordé que dos o tres años atrás me había hecho un FB con la intención de comunicarme cuasi anónimamente con el vecino adolescente insoportable para sugerirle que se iniciara en los placeres de Onán, así se dejaba de hincharnos las pelotas a quienes tenemos la desgracia de vivir cerca de él. Recordé ese Face, la cuenta y hasta la contraseña, y rápidamente pude entrar. Lo cual me sirvió para recordar lo infructuoso de aquel intento.
Como esta cuenta tenía un nombre “real”, supuse que no iba a tener problemas por ese lado. Y volví a matar el aburrimiento y el insomnio recordándoles a los que dicen que Macri es la derecha, e incluso la ultraderecha (¡!), logros de la gestión Scioli como la tortura y la desaparición de Luciano Arruga y el encubrimiento que hizo de ellas, o promesas de campaña, como la que realizó su probable canciller Urtubey acerca del pago a los “fondos buitres”. Y conquistas del actual gobierno como la suba del dólar del 200% en cuatro años, la dilapidación de reservas o la ampliación de derechos que, tristemente, no llegó al útero.
De paso, denuncié las cuentas de varios militantes del amor (?) por tener nombres notoriamente falsos. Pero no tuve el éxito que ellos tuvieron conmigo.
También dejé un par de mensajes. A la escritora que un sábado publicó en Clarín ese artículo sobre su padecimiento escolar debido a las burlas y agresiones que le propinaban sus compañeros, en especial un rubio de ojos azules, le mandé un mensaje en el que incluía un enlace a un post donde hablaba de otro rubio despreciable, uno al que padecí en mi efímero secundario. No sé si lo leyó, sospecho que no. Anyway, la comunicación quedó en quimera.
Un docente universitario que ha mutado de anarcolibertario a kirchnerista y, ahora, a sciolista más o menos desgarrado, insiste con las plagas que padeceremos si el Mal, así, con mayúsculas, gana el balotaje. Entre tantos artilugios verbales, intrincados y elípticos, dice que uno es lo incierto, pero que la otra opción, la incorrecta, es el Mal, bien cierto y conocido.
Bastante harta de su insistencia, casi laboral, y de su desprecio por la “mayoría suicida” de “caperucitas rojas que caminan como zombis”, verbigracia, los votantes de Macri, le recuerdo la certidumbre del que felicita a la policía que reprimió en el Encuentro de Mujeres, oculta muertos o miente a los familiares de niños abusados en un colegio.
Desde su ínclita soberbia de eminencia de las ciencias sociales, me concede apenas tres palabras: “Entendiste al revés”. No, forro, vos entendiste al revés. O no quisiste entender para, muy cómodo en la desgastada demonización de Macri, que atrasa ocho años, hacerte el gil y omitir el pasado noventoso, el pasado y el presente como gobernador y el hipotético futuro presidencial de tu candidato, cuya diferencia sustancial con el otro quizá sea, únicamente, tu continuidad laboral.
La comunicación, claramente, no sucederá. No da insistir ni explicar. Ni recordarle sus juegos de palabras con Jorge (Bergoglio) y Jorge Rafael (Videla) cuando recién habían coronado al monarca teocrático o sus comentarios favorables sobre el Metrobús, bits que, precavido, ha hecho desaparecer.
También alcancé a comentar en la página de una oscura banda de los 80, rescatada tardíamente en este último tiempo. Ya lo había hecho con la cuenta que me cerraron, a raíz de una impactante serie de fotos de aquellos años que estaban publicando. Esta vez, aprovechando una imagen en la que solo aparecen el baterista y el bajista, quienes, luego, al separarse esta banda, formaron otra, pregunto si hay fotos de esa banda ulterior. Y agrego que, si hubiera, estaría bueno hacer un Face de esa banda y subirlas. Tengo la precaución de sugerir subirlas a otro Face, no a este.
Pero el pelotudo fascista intolerante del cantante, que es quien lo maneja, borra mi comentario y, en lugar de decir “no, acá hablamos solo de esta banda” o lo que sea, reacciona con reveladora destemplanza. Publica una airada diatriba en la que dice que “este no es un sitio anárquico donde cada uno puede decir lo quiere” y que los mensajes “fuera de tema serán borrados inmediatamente”.
Menos de un día después lo borra, y nadie, o casi nadie, sabrá por qué lo escribió. Ni podrá sumarse a mi pedido. Cuando quiero escribirle por privado, descubro que me bloqueó. Entonces le escribo a su cuenta personal y le digo que es un fascista y que el fascismo y la intolerancia se le notan más en la palabra “inmediatamente” que en los videos de bandas Oi! o en los discursos de Primo de Rivera que sube a sus cuentas en las redes sociales. Un fascista y un egoísta que no se banca la referencia a dos personas que están en una foto porque quiere que solo su banda permanezca. A las otras, el olvido. Aunque sea la banda de sus compañeros.
No alcanzo a decirle que es un soberbio que desprecia a otras bandas coetáneas por haber tenido hits o llamándolas “una banda horrible” pues me ganan mis ganas de hacer referencia a su condición ochentosa de punk virgen, casi un Bichi Borghi del under, aunque no llego a mencionar la actual, de militante cristiano, un Ned Flanders postpostpunk… Tampoco sé si lo leyó. Creo que sí. Ojalá. Por forro.
Pero el renovado intento de comunicación, que esta vez quiso fundarse en el conocimiento de alguna banda recóndita, ya fracasó. Más bien, se estrelló contra una ciénaga de mierda. La vez siguiente que quise entrar me encontré con la cuenta inhabilitada. De nuevo. El motivo ahora son unas fotos publicadas en aquella ocasión de estimular el onanismo del vecinito para que se entretuviera de ese modo en lugar de jugar a la Play y tener sonoros ataques de nervios cada vez que perdía.
Esta vez me pegó peor que la otra. Quizá por el rotundo fracaso de las módicas formas de comunicación que intenté. Y, seguro, sobre todo, por el repugnante nivel de santurronería y de autoritarismo orwelliano de ese sitio. De verdad, no comprendo cómo tanta gente le da sus datos y sus fotos (hola, software de reconocimiento de caras) y su IP, entre tanta información. O cómo a nadie le pica el culito cuando, de casualidad, hace clic en el “registro de actividad” o cuando te propone como amigos a todos aquellos a los que estás stalkeando.
Supongo que fueron un aburrimiento importante y una agobiante carencia de palabras los que me llevaron a ejercitarlas en el FB del evento “Amor sí, Macri no”, respondiendo algunos de los delirios allí expresados por tal secta de neomilenaristas. Sin agresiones, porque soy una persona muy educada, me divertí señalando sus contradicciones, sus confusiones y sus mentiras.
Un par de veces me acusaron de ser un troll, pero no me importó demasiado ya que lo más grave que podía pasar, según imaginaba, era que me bloquearan de esa página. Sin embargo, un día, el segundo o tercero de este divertimento, quise entrar a Facebook y me encontré con la mala novedad de que no podía hacerlo: me habían inhabilitado la cuenta por no usar mi nombre verdadero.
Para tratar de recuperarla debía mandar una imagen de mi DNI o alguna otra forma de identificación, cosa que no haría ni siquiera si usase mi nombre real.
Pasada la sorpresa y disuelto un poco el sinsabor que me produjo, lamenté perder el intercambio con aquella persona, del cual creía poder rescatar –aun tiempo después– alguna palabra propia o ajena encontrándole otra potencia o simplemente para reutilizarla en algún otro lugar.
Si bien casi no usé la cuenta, salvo para algún juego, a medida que pasó el tiempo fui notando que me molestaba perder algunas cosas más: un par de borradores que tal vez podrían haberse transformado en posts de este blog, links a algunos videos y a un poema –al cual pude rescatar, Google mediante– o mis vanos comentarios sobre el precio de las entradas del último show de mi nueva banda favorita.
Perdí, además, el violento intercambio con un pelotudo de Ivanoff, boliche en cuya página había dejado un mensaje señalando el caos de tránsito que produjo una tarde en la esquina más transitada de Ramos cuando estacionó allí un auto más un tráiler para hacer publicidad. Y el agobiante estridor del parlante con el que anunció su show durante más de una hora seguida, en un loop tan interminable y desquiciante como salpicado de bocinazos.
Siempre quise hacer un post con eso, pero ya no podré hacerlo con la literalidad que quería. Apenas queda el recuerdo de su grueso cuello, de sus tatuajes y de su desprecio por el prójimo. De la violencia que se podía intuir en su imagen y en su proceder, y de la violencia concreta, verbal, que me dispensó por mensaje privado, la cual incluía un “chupala, pelotudo”.
También lamenté perder la interacción con Leticia Lee –amiga del Face a su pedido, consecuencia del marketing de las bandas nuevas–, en donde reciclé unas palabras que había escrito sobre ella en un blog que frecuento, las cuales fueron gratamente recibidas. Igual, su respuesta sobrevive en la notificación que llegó por mail: que bien me hace leer esto!muchas gracias. Me encanta leer y releer cuando alguien responde bien a una que tiro. Resonó, cayó bien, sumó. ¡Bien!
De todos modos, esta experiencia me mostró que Facebook sólo sirve para mirar. Para chusmear las fotos de gente del pasado, para ver lo mal que Diana llegó a los 45, para saber que alguna se casó, que otro tuvo una hija hace mucho, que otra quiere tener una relación, y que todos sonríen y muestran su mejor cara. La comunicación, en cambio, solo se da con quien te dice que le escribas ahí: de los mensajes que mandé, nadie me respondió, salvo los que esperaban mis mensajes.
La pérdida de la cuenta activó una neurona lejana, y recordé que dos o tres años atrás me había hecho un FB con la intención de comunicarme cuasi anónimamente con el vecino adolescente insoportable para sugerirle que se iniciara en los placeres de Onán, así se dejaba de hincharnos las pelotas a quienes tenemos la desgracia de vivir cerca de él. Recordé ese Face, la cuenta y hasta la contraseña, y rápidamente pude entrar. Lo cual me sirvió para recordar lo infructuoso de aquel intento.
Como esta cuenta tenía un nombre “real”, supuse que no iba a tener problemas por ese lado. Y volví a matar el aburrimiento y el insomnio recordándoles a los que dicen que Macri es la derecha, e incluso la ultraderecha (¡!), logros de la gestión Scioli como la tortura y la desaparición de Luciano Arruga y el encubrimiento que hizo de ellas, o promesas de campaña, como la que realizó su probable canciller Urtubey acerca del pago a los “fondos buitres”. Y conquistas del actual gobierno como la suba del dólar del 200% en cuatro años, la dilapidación de reservas o la ampliación de derechos que, tristemente, no llegó al útero.
De paso, denuncié las cuentas de varios militantes del amor (?) por tener nombres notoriamente falsos. Pero no tuve el éxito que ellos tuvieron conmigo.
También dejé un par de mensajes. A la escritora que un sábado publicó en Clarín ese artículo sobre su padecimiento escolar debido a las burlas y agresiones que le propinaban sus compañeros, en especial un rubio de ojos azules, le mandé un mensaje en el que incluía un enlace a un post donde hablaba de otro rubio despreciable, uno al que padecí en mi efímero secundario. No sé si lo leyó, sospecho que no. Anyway, la comunicación quedó en quimera.
Un docente universitario que ha mutado de anarcolibertario a kirchnerista y, ahora, a sciolista más o menos desgarrado, insiste con las plagas que padeceremos si el Mal, así, con mayúsculas, gana el balotaje. Entre tantos artilugios verbales, intrincados y elípticos, dice que uno es lo incierto, pero que la otra opción, la incorrecta, es el Mal, bien cierto y conocido.
Bastante harta de su insistencia, casi laboral, y de su desprecio por la “mayoría suicida” de “caperucitas rojas que caminan como zombis”, verbigracia, los votantes de Macri, le recuerdo la certidumbre del que felicita a la policía que reprimió en el Encuentro de Mujeres, oculta muertos o miente a los familiares de niños abusados en un colegio.
Desde su ínclita soberbia de eminencia de las ciencias sociales, me concede apenas tres palabras: “Entendiste al revés”. No, forro, vos entendiste al revés. O no quisiste entender para, muy cómodo en la desgastada demonización de Macri, que atrasa ocho años, hacerte el gil y omitir el pasado noventoso, el pasado y el presente como gobernador y el hipotético futuro presidencial de tu candidato, cuya diferencia sustancial con el otro quizá sea, únicamente, tu continuidad laboral.
La comunicación, claramente, no sucederá. No da insistir ni explicar. Ni recordarle sus juegos de palabras con Jorge (Bergoglio) y Jorge Rafael (Videla) cuando recién habían coronado al monarca teocrático o sus comentarios favorables sobre el Metrobús, bits que, precavido, ha hecho desaparecer.
También alcancé a comentar en la página de una oscura banda de los 80, rescatada tardíamente en este último tiempo. Ya lo había hecho con la cuenta que me cerraron, a raíz de una impactante serie de fotos de aquellos años que estaban publicando. Esta vez, aprovechando una imagen en la que solo aparecen el baterista y el bajista, quienes, luego, al separarse esta banda, formaron otra, pregunto si hay fotos de esa banda ulterior. Y agrego que, si hubiera, estaría bueno hacer un Face de esa banda y subirlas. Tengo la precaución de sugerir subirlas a otro Face, no a este.
Pero el pelotudo fascista intolerante del cantante, que es quien lo maneja, borra mi comentario y, en lugar de decir “no, acá hablamos solo de esta banda” o lo que sea, reacciona con reveladora destemplanza. Publica una airada diatriba en la que dice que “este no es un sitio anárquico donde cada uno puede decir lo quiere” y que los mensajes “fuera de tema serán borrados inmediatamente”.
Menos de un día después lo borra, y nadie, o casi nadie, sabrá por qué lo escribió. Ni podrá sumarse a mi pedido. Cuando quiero escribirle por privado, descubro que me bloqueó. Entonces le escribo a su cuenta personal y le digo que es un fascista y que el fascismo y la intolerancia se le notan más en la palabra “inmediatamente” que en los videos de bandas Oi! o en los discursos de Primo de Rivera que sube a sus cuentas en las redes sociales. Un fascista y un egoísta que no se banca la referencia a dos personas que están en una foto porque quiere que solo su banda permanezca. A las otras, el olvido. Aunque sea la banda de sus compañeros.
No alcanzo a decirle que es un soberbio que desprecia a otras bandas coetáneas por haber tenido hits o llamándolas “una banda horrible” pues me ganan mis ganas de hacer referencia a su condición ochentosa de punk virgen, casi un Bichi Borghi del under, aunque no llego a mencionar la actual, de militante cristiano, un Ned Flanders postpostpunk… Tampoco sé si lo leyó. Creo que sí. Ojalá. Por forro.
Pero el renovado intento de comunicación, que esta vez quiso fundarse en el conocimiento de alguna banda recóndita, ya fracasó. Más bien, se estrelló contra una ciénaga de mierda. La vez siguiente que quise entrar me encontré con la cuenta inhabilitada. De nuevo. El motivo ahora son unas fotos publicadas en aquella ocasión de estimular el onanismo del vecinito para que se entretuviera de ese modo en lugar de jugar a la Play y tener sonoros ataques de nervios cada vez que perdía.
Esta vez me pegó peor que la otra. Quizá por el rotundo fracaso de las módicas formas de comunicación que intenté. Y, seguro, sobre todo, por el repugnante nivel de santurronería y de autoritarismo orwelliano de ese sitio. De verdad, no comprendo cómo tanta gente le da sus datos y sus fotos (hola, software de reconocimiento de caras) y su IP, entre tanta información. O cómo a nadie le pica el culito cuando, de casualidad, hace clic en el “registro de actividad” o cuando te propone como amigos a todos aquellos a los que estás stalkeando.
martes, 29 de septiembre de 2015
Sube el nivel del mar (en mis ojos)
Un asiento vacío junto a la ventanilla y los cimbronazos del tren cuando les corre carreras a los autos de la Lugones. Cada cambio de vía me sacude el cuello y me entreabre los ojos que cerré para protegerme del tenebroso sol de la mañana.
El efímero momento "on" de la visual capta a un vendedor atravesando la puerta del vagón. Me acuerdo, de nuevo, como hace un rato –como cada vez que el sol ilumina el viaje desde ese ángulo–, pero más intenso, de un tiempo que se hizo lejano, de un viaje a estas horas, de la única vez que alguien me acompañó.
Más intenso culpa tuya, vendedor, cuando te oigo vocear que La Princesita Sofía, Violetta y El Hombre Araña protagonizan los libritos para dibujar o pintar que vas dejando en los regazos. Más intenso porque tu rutina laboral suma el recuerdo de un niño del que me habían contado que se copaba con "Maña", su versión media lengua de Spiderman.
Inesperada e incontenible como una eyaculación precoz, una forma de angustia sube hasta la garganta que no tiene con quién hablar. De ahí a los ojos hay un paso. O un par de eclisas. El calor se siente en la cara, que se descompone en pucheros, y una parte de mí se preocupa por que la mina tatuada del asiento de enfrente o alguno del otro lado del pasillo podrían darse cuenta.
Cuando se me hace evidente que los ojos rebalsaron y siento que no puedo caretearla más, llega en mi auxilio el túnel de la estación, oportuna oscuridad que me permite limpiarme libremente la cara con la mano, con el antebrazo, con la remera, y disimular esa lava cristalina que enjuaga el clímax de la nostalgia.
Ya pasó el momento, el tren vuelve al sol, y por una docena de estaciones encapsulo la ausencia con la ayuda de los múltiples vendedores siguientes, que, por suerte, se dedican únicamente a las golosinas y al chipá.
El efímero momento "on" de la visual capta a un vendedor atravesando la puerta del vagón. Me acuerdo, de nuevo, como hace un rato –como cada vez que el sol ilumina el viaje desde ese ángulo–, pero más intenso, de un tiempo que se hizo lejano, de un viaje a estas horas, de la única vez que alguien me acompañó.
Más intenso culpa tuya, vendedor, cuando te oigo vocear que La Princesita Sofía, Violetta y El Hombre Araña protagonizan los libritos para dibujar o pintar que vas dejando en los regazos. Más intenso porque tu rutina laboral suma el recuerdo de un niño del que me habían contado que se copaba con "Maña", su versión media lengua de Spiderman.
Inesperada e incontenible como una eyaculación precoz, una forma de angustia sube hasta la garganta que no tiene con quién hablar. De ahí a los ojos hay un paso. O un par de eclisas. El calor se siente en la cara, que se descompone en pucheros, y una parte de mí se preocupa por que la mina tatuada del asiento de enfrente o alguno del otro lado del pasillo podrían darse cuenta.
Cuando se me hace evidente que los ojos rebalsaron y siento que no puedo caretearla más, llega en mi auxilio el túnel de la estación, oportuna oscuridad que me permite limpiarme libremente la cara con la mano, con el antebrazo, con la remera, y disimular esa lava cristalina que enjuaga el clímax de la nostalgia.
Ya pasó el momento, el tren vuelve al sol, y por una docena de estaciones encapsulo la ausencia con la ayuda de los múltiples vendedores siguientes, que, por suerte, se dedican únicamente a las golosinas y al chipá.
Recitales
Año 2015. Agobiante proliferación de redes sociales, omnipresencia de formas de comunicación. Los recitales son “eventos” en Facebook, los músicos –cual groupies al revés– te piden “amistad” en esa red social como parte de su estrategia de marketing… Y, sin embargo, termina siendo imposible saber lo básico de un show.
El flyer publicado en su Face dice bandas, nombre del boliche, fecha y hora. El epígrafe aclara que para más datos hay que mandar un mensaje privado. Eso hago, preguntando dirección, valor de la entrada y horario real aproximado. Me responden lo único que ya sabía, la dirección, conocible googleando el nombre del lugar. El resto no lo saben, según me dicen. Ni siquiera el orden de las bandas, que a mí me resulta obvio. Agregan que me avisarán si tienen más datos, y descuento que solo son palabras de ocasión.
Tengo un cuerpo que dura poco en buen estado, que no se banca tres o cuatro horas de mucha gente, mucho humo y mucho volumen. Entonces, trato de hacer coincidir el escaso momento en que preveo que me voy a sentir bien con el acontecimiento. Y tengo problemas para dormir. Estos días, esta semana, de nuevo.
Como también tengo los genitales hipertrofiados de contar mi peripecia, como ni siquiera los médicos la entienden, no digo lo que me pasa ni por qué quiero saber el horario real. Miento. Invento que me levanto temprano y que, entonces, debo decidir si voy de una o si pego una siesta nocturna, aunque llegue más tarde y me pierda alguna de las bandas previas.
Tal vez por lo pesada y condicionante que me resulta esta historia, podría entender que algo muy importante para mí, el horario, no lo sea para otros. En verdad, creo que a los músicos les conviene decir la hora real, pues algún indeciso puede ordenar sus tiempos a último momento, o sus ganas, y terminar yendo. Quizá no sea tan así, quizá sea difícil prever los horarios, quizá haya alguna razón que torne inconveniente decirlos claramente. Pero el valor de la entrada… ¿Ni eso sabés? No soy un punk con tarjeta, como tal vez sean varios de ustedes, y no puedo ir al cajero más cercano si no tengo efectivo suficiente. Tengo que saber antes cuánto cuesta y, además, considerar todos los gastos posibles.
Desde el domingo pasado perdí el control de mi sueño. Salvo los esfínteres (¡por suerte!), en general no controlo a mi cuerpo. Él me controla a mí y hace lo que quiere conmigo. Los que dicen “ahora duermo” y duermen, los que eligen a qué hora despertarse y se despiertan descansados, los que pueden estar horas y horas sin comer, los que deciden cuándo acabar… qué notable, ¡cómo los envidio!
La semana previa estaba viviendo en horarios compatibles con los de este recital anunciado a medianoche y con los de un par más, que conformaban una trilogía de deseos para estos días. Quería ir a los tres y me preocupaba no poder sostener ese ritmo circadiano porque me estaba durmiendo cada vez más tarde sin poder hacer mucho al respecto.
El domingo, pese a los indispensables tapones en los oídos, me desperté varias veces, como de costumbre. Fue especialmente profunda la despertada que a las dos de la tarde me propinó la vecina de arriba con sus tacos, pero logré retomar el sueño. Me desperté un rato más tarde y pensé que ya estaba, que me levantaba. Pero no pude. Y seguí. Y se pasó la hora prevista para levantarme… A las seis me desperté, comí algo, y dormí una hora más, una hora aún insuficiente, pues el cuerpo me seguía reclamando más sueño. No pude satisfacerlo, y quedé en baja (y mala) frecuencia el resto del día, que en realidad fue noche.
Toda la semana estuve tratando de recuperar la cohesión de mi sueño y cierta previsibilidad de mis horarios –cosa siempre ardua– para ir acomodándolos con los de estos recitales. El día que me sentí bien y me estiré hasta las veinte horas despierto, el día que me desvelé, el día que no supe reconocer si había descansado o no… Y hasta fue una no-mala noticia la suspensión de uno de esos shows.
Llegó el viernes y me apuré para dormirme a las tres de la tarde, que se hicieron tres y media. Pero todavía estaba en hora: me levantaba una o una y media, comía y me iba. (Durmiendo menos de eso, no descanso). Me tomaba un taxi si era necesario, y estaba allí tipo dos y media.
Un par de veces me desperté para mear, de nuevo me ametralló con sus tacos la mina de arriba a las siete y media… Me costó tanto volver a dormir que decidí prender la compu: rápidamente comprobé que no había noticias del horario del recital. Igual me quedé un rato más, confiando en que los bits fuesen lo más efectivo para una pronta reconciliación del sueño. Cuando conseguí dormirme, dos horas después, los horarios ya no daban. Sin embargo, como si mi reloj interno estuviera seteado indeleblemente desde que supe de este show, me desperté con reveladora precisión a la una en punto.
De inmediato noté que el cuerpo no acompañaba. Sentía las ondas de mi cerebro, esas que el electroencefalógrafo no detectó, exigiendo más descanso, vibrando en una frecuencia incompatible no ya con un recital o con salir a la calle: con levantarme y comer. O con hablar. Aunque una parte de la cabeza y del cuerpo no arrancaban, tampoco me pude dormir. Hasta las cinco seguí, gastando las sábanas en cada vuelta que daba en la cama, gastando las teclas de la compu una vez que volví a prenderla.
Como aquella fecha del 89 o 90 con Malrecetado, que por alguna alineación neuronal indescifrable persistió en mi memoria, me quedé con las ganas. Ojalá haya sido en el 90, ya que si fue en el 89 todavía cantaba Mónica, y lógicamente lamentaría más no haberlos visto entonces.
Mi falta de oído me da vergüenza y me impide cualquier juicio musical, cualquier cosa que no sea un “me gusta”. Así, por ejemplo, no puedo decir que la cantante de mi nueva banda favorita desafina. Pero algo raro le noto a veces cuando escucho el disco, algo que me deja con las ganas de comentárselo a alguien que sepa para quitarme la duda. En cambio, a la voz de Mónica, registrada en un tiempo donde no existía el Autotune, no le encuentro esos deslices.
Mientras matizo el (mal) rato con la computadora y pienso “ahora, justo ahora, está pasando, y me lo estoy perdiendo”, busco en la web y encuentro cero información no sólo sobre el horario real, sino sobre la mera existencia de este show reunión al que le tengo ganas desde que me enteré, hace como dos meses. Ni siquiera lo menciona el periodista al que tanto le gusta la banda, que se jacta de tener grabaciones inéditas (que no compartirá con nadie, según aclara) de esta y de otras bandas surgidas a la vera de un Roca que derramaba su flamante electricidad por garajes y bares de la zona.
Hoy o nunca, decía el epígrafe del último flyer. Será nunca. Como tantas otras cosas que me fui perdiendo en la vida sin que tuvieran esa tajante advertencia.
Al final duermo una hora más, apenas una hora, y un poco mejor estoy. Creo que no del todo, que daría intentar una hora extra, pero son casi las siete, el entorno amenaza con agitarse, el vecino ya se está por levantar, el botellero con parlante pasa en un rato, y el cuerpo pide dormir despatarrado, no con la tensión a la que lo obligan las posiciones antinaturales necesarias para que no se salgan los tapones en los oídos. Y ya no puedo. Y otro día se irá en tres cilindros.
Antes o después de esa hora extra me pregunto sobre el uso de las redes sociales para informar de algo. Y, sobre todo, pienso en para qué quiero ir a un recital. ¿Para que un médico deseche la idea de depresión a la segunda vez que le menciono un reci? ¿Para tener un tema de charla, sea en una conversación cara a cara –cada vez más improbable, pues hace diez días que no hablo con nadie– o para decirlo en algún lugar de la web? ¿Qué busco? ¿A quién busco? Si, a fin de cuentas, como en el siglo pasado, siempre vuelvo siendo la misma persona que fue.
Me lo vuelvo a preguntar unos días más tarde, cuando, con los horarios bajo control, voy a sacar la entrada para el último de los recitales en cuestión, para el único al que, parece, podré asistir. 60 mangos la anticipada, dice el Facebook del evento, que no informa cuánto sale en puerta y que tiene un link a Ticketek cuya página dice “desde 60 pesos”.
Voy bajo la llovizna, me atiende un chabón con nada de onda, y, tras un tiempo que se hace más largo de lo esperable, tiempo en el que anota cosas y le da al touchpad, me dice: “Ochenta”. Sorpresa. Mala sorpresa. Le digo que en el Face de la banda dice sesenta; toma la notebook, la acerca a la ventanilla, y en la web del lugar dice “anticipadas 80, en puerta 100”.
Bueno.
Pago. Y me voy. Con mala vibra. A la media cuadra miro la entrada y es una entrada genérica en la cual el pibe escribió la hora, el día y el nombre del show. Ni siquiera el valor. Vuelvo y le pido que, al menos, me escriba cuánto pagué. Llego a casa y lo primero que hago es encender la computadora para dejar un comentario en el Face de la banda mencionando esto. Cero me gusta, cero respuestas.
En la prueba de sonido, una hora y media antes del horario anunciado, suben dos fotos y dicen que “en unas horas estaremos tocando”. Al minuto, alguien pregunta a qué hora tocan. Nadie responde. Y vuelvo a preguntarme sobre el uso que hacen de las redes sociales. ¿Querrán informar y no saben hacerlo, o simplemente buscan figurar, posicionarse y sumar “me gusta”?
El show estaba anunciado para las ocho, y mi intención era estar allí antes de nueve y media, pues no era un problema perderme a la banda previa. Llegué perfecto. Pero la banda previa empezó a las diez, y no tocó unas pocas canciones, como supuse, sino cerca de una hora. La banda a la que fui a ver largó a eso de las once.
Me tuve que fumar una hora y media de condiciones desgastantes para mi triste cuerpo, y esa amansadora me pasó factura cuando antes de la mitad del recital empecé a sentirme un toque mal, como si tuviera las piernas flojas o algo así. Algo difícil de identificar, que no parecía ser mi habitual necesidad de combustible en forma de comida, pero que me obligó a retirarme a la parte trasera del recinto, un poco más protegida del poderoso volumen.
Cuando te ponés a contar las canciones, a ver cuántas faltan, no es síntoma de disfrute, sino de supervivencia. Igual, para las dos últimas volví adelante y canté y grité con la tranquilidad del corredor que echa el resto porque sabe que faltan apenas cien metros.
Y si bien el ansiado comienzo, el primer golpe en el pecho del volumen, la canción que tantas veces canté por la calle últimamente, el duende hipnótico de la chica que canta (que se lleva todas las miradas todo el tiempo, pese a su feo corte de pelo y a que a su lado están un guitarrista que vale por dos y el baterista que toca sonriendo) desvanecieron el fastidio, no fue suficiente.
Las ganas de decirles que se metan en el orto el Facebook –y los datos que allí dan o no dan– persistieron, pero se manifestaron de forma invisible, con la decisión de no comprarme el disco. Aunque estuve meses esperando que tocaran no sólo para verlos tocar, sino, también, para poder comprarlo.
Update: para uno de estos tres shows había que reservar las entradas gratuitas con anticipación, por teléfono o por internet, dejándole tus datos al Estado. El día del recital, el propio músico le responde por redes sociales a un chabón del conurbano lejano que le pregunta cómo conseguir entradas y le dice: "ey ! era x Internet : se agotaron ! la proxima".
Leo eso y desisto de ir, lo cual no me jode tanto porque no descansé, porque lo que más me jode es no haber podido descansar. Sigo buscando, y encuentro que lo pasan por la web. Viendo el show on line, cada plano del público muestra amplios claros, unas cuantas butacas vacías. Unos cuantos que reservaron y no fueron, seguramente.
Después me entero de que eso suele ocurrir y de que conviene ir igual, sin reserva, para acceder a una de esas entradas que nadie retiró. Tiene su lógica. Lo incomprensible es que el músico no esté al tanto, que nadie le avise, que sin querer termine boicoteando la asistencia a su espectáculo.
El flyer publicado en su Face dice bandas, nombre del boliche, fecha y hora. El epígrafe aclara que para más datos hay que mandar un mensaje privado. Eso hago, preguntando dirección, valor de la entrada y horario real aproximado. Me responden lo único que ya sabía, la dirección, conocible googleando el nombre del lugar. El resto no lo saben, según me dicen. Ni siquiera el orden de las bandas, que a mí me resulta obvio. Agregan que me avisarán si tienen más datos, y descuento que solo son palabras de ocasión.
Tengo un cuerpo que dura poco en buen estado, que no se banca tres o cuatro horas de mucha gente, mucho humo y mucho volumen. Entonces, trato de hacer coincidir el escaso momento en que preveo que me voy a sentir bien con el acontecimiento. Y tengo problemas para dormir. Estos días, esta semana, de nuevo.
Como también tengo los genitales hipertrofiados de contar mi peripecia, como ni siquiera los médicos la entienden, no digo lo que me pasa ni por qué quiero saber el horario real. Miento. Invento que me levanto temprano y que, entonces, debo decidir si voy de una o si pego una siesta nocturna, aunque llegue más tarde y me pierda alguna de las bandas previas.
Tal vez por lo pesada y condicionante que me resulta esta historia, podría entender que algo muy importante para mí, el horario, no lo sea para otros. En verdad, creo que a los músicos les conviene decir la hora real, pues algún indeciso puede ordenar sus tiempos a último momento, o sus ganas, y terminar yendo. Quizá no sea tan así, quizá sea difícil prever los horarios, quizá haya alguna razón que torne inconveniente decirlos claramente. Pero el valor de la entrada… ¿Ni eso sabés? No soy un punk con tarjeta, como tal vez sean varios de ustedes, y no puedo ir al cajero más cercano si no tengo efectivo suficiente. Tengo que saber antes cuánto cuesta y, además, considerar todos los gastos posibles.
Desde el domingo pasado perdí el control de mi sueño. Salvo los esfínteres (¡por suerte!), en general no controlo a mi cuerpo. Él me controla a mí y hace lo que quiere conmigo. Los que dicen “ahora duermo” y duermen, los que eligen a qué hora despertarse y se despiertan descansados, los que pueden estar horas y horas sin comer, los que deciden cuándo acabar… qué notable, ¡cómo los envidio!
La semana previa estaba viviendo en horarios compatibles con los de este recital anunciado a medianoche y con los de un par más, que conformaban una trilogía de deseos para estos días. Quería ir a los tres y me preocupaba no poder sostener ese ritmo circadiano porque me estaba durmiendo cada vez más tarde sin poder hacer mucho al respecto.
El domingo, pese a los indispensables tapones en los oídos, me desperté varias veces, como de costumbre. Fue especialmente profunda la despertada que a las dos de la tarde me propinó la vecina de arriba con sus tacos, pero logré retomar el sueño. Me desperté un rato más tarde y pensé que ya estaba, que me levantaba. Pero no pude. Y seguí. Y se pasó la hora prevista para levantarme… A las seis me desperté, comí algo, y dormí una hora más, una hora aún insuficiente, pues el cuerpo me seguía reclamando más sueño. No pude satisfacerlo, y quedé en baja (y mala) frecuencia el resto del día, que en realidad fue noche.
Toda la semana estuve tratando de recuperar la cohesión de mi sueño y cierta previsibilidad de mis horarios –cosa siempre ardua– para ir acomodándolos con los de estos recitales. El día que me sentí bien y me estiré hasta las veinte horas despierto, el día que me desvelé, el día que no supe reconocer si había descansado o no… Y hasta fue una no-mala noticia la suspensión de uno de esos shows.
Llegó el viernes y me apuré para dormirme a las tres de la tarde, que se hicieron tres y media. Pero todavía estaba en hora: me levantaba una o una y media, comía y me iba. (Durmiendo menos de eso, no descanso). Me tomaba un taxi si era necesario, y estaba allí tipo dos y media.
Un par de veces me desperté para mear, de nuevo me ametralló con sus tacos la mina de arriba a las siete y media… Me costó tanto volver a dormir que decidí prender la compu: rápidamente comprobé que no había noticias del horario del recital. Igual me quedé un rato más, confiando en que los bits fuesen lo más efectivo para una pronta reconciliación del sueño. Cuando conseguí dormirme, dos horas después, los horarios ya no daban. Sin embargo, como si mi reloj interno estuviera seteado indeleblemente desde que supe de este show, me desperté con reveladora precisión a la una en punto.
De inmediato noté que el cuerpo no acompañaba. Sentía las ondas de mi cerebro, esas que el electroencefalógrafo no detectó, exigiendo más descanso, vibrando en una frecuencia incompatible no ya con un recital o con salir a la calle: con levantarme y comer. O con hablar. Aunque una parte de la cabeza y del cuerpo no arrancaban, tampoco me pude dormir. Hasta las cinco seguí, gastando las sábanas en cada vuelta que daba en la cama, gastando las teclas de la compu una vez que volví a prenderla.
Como aquella fecha del 89 o 90 con Malrecetado, que por alguna alineación neuronal indescifrable persistió en mi memoria, me quedé con las ganas. Ojalá haya sido en el 90, ya que si fue en el 89 todavía cantaba Mónica, y lógicamente lamentaría más no haberlos visto entonces.
Mi falta de oído me da vergüenza y me impide cualquier juicio musical, cualquier cosa que no sea un “me gusta”. Así, por ejemplo, no puedo decir que la cantante de mi nueva banda favorita desafina. Pero algo raro le noto a veces cuando escucho el disco, algo que me deja con las ganas de comentárselo a alguien que sepa para quitarme la duda. En cambio, a la voz de Mónica, registrada en un tiempo donde no existía el Autotune, no le encuentro esos deslices.
Mientras matizo el (mal) rato con la computadora y pienso “ahora, justo ahora, está pasando, y me lo estoy perdiendo”, busco en la web y encuentro cero información no sólo sobre el horario real, sino sobre la mera existencia de este show reunión al que le tengo ganas desde que me enteré, hace como dos meses. Ni siquiera lo menciona el periodista al que tanto le gusta la banda, que se jacta de tener grabaciones inéditas (que no compartirá con nadie, según aclara) de esta y de otras bandas surgidas a la vera de un Roca que derramaba su flamante electricidad por garajes y bares de la zona.
Hoy o nunca, decía el epígrafe del último flyer. Será nunca. Como tantas otras cosas que me fui perdiendo en la vida sin que tuvieran esa tajante advertencia.
Al final duermo una hora más, apenas una hora, y un poco mejor estoy. Creo que no del todo, que daría intentar una hora extra, pero son casi las siete, el entorno amenaza con agitarse, el vecino ya se está por levantar, el botellero con parlante pasa en un rato, y el cuerpo pide dormir despatarrado, no con la tensión a la que lo obligan las posiciones antinaturales necesarias para que no se salgan los tapones en los oídos. Y ya no puedo. Y otro día se irá en tres cilindros.
Antes o después de esa hora extra me pregunto sobre el uso de las redes sociales para informar de algo. Y, sobre todo, pienso en para qué quiero ir a un recital. ¿Para que un médico deseche la idea de depresión a la segunda vez que le menciono un reci? ¿Para tener un tema de charla, sea en una conversación cara a cara –cada vez más improbable, pues hace diez días que no hablo con nadie– o para decirlo en algún lugar de la web? ¿Qué busco? ¿A quién busco? Si, a fin de cuentas, como en el siglo pasado, siempre vuelvo siendo la misma persona que fue.
Me lo vuelvo a preguntar unos días más tarde, cuando, con los horarios bajo control, voy a sacar la entrada para el último de los recitales en cuestión, para el único al que, parece, podré asistir. 60 mangos la anticipada, dice el Facebook del evento, que no informa cuánto sale en puerta y que tiene un link a Ticketek cuya página dice “desde 60 pesos”.
Voy bajo la llovizna, me atiende un chabón con nada de onda, y, tras un tiempo que se hace más largo de lo esperable, tiempo en el que anota cosas y le da al touchpad, me dice: “Ochenta”. Sorpresa. Mala sorpresa. Le digo que en el Face de la banda dice sesenta; toma la notebook, la acerca a la ventanilla, y en la web del lugar dice “anticipadas 80, en puerta 100”.
Bueno.
Pago. Y me voy. Con mala vibra. A la media cuadra miro la entrada y es una entrada genérica en la cual el pibe escribió la hora, el día y el nombre del show. Ni siquiera el valor. Vuelvo y le pido que, al menos, me escriba cuánto pagué. Llego a casa y lo primero que hago es encender la computadora para dejar un comentario en el Face de la banda mencionando esto. Cero me gusta, cero respuestas.
En la prueba de sonido, una hora y media antes del horario anunciado, suben dos fotos y dicen que “en unas horas estaremos tocando”. Al minuto, alguien pregunta a qué hora tocan. Nadie responde. Y vuelvo a preguntarme sobre el uso que hacen de las redes sociales. ¿Querrán informar y no saben hacerlo, o simplemente buscan figurar, posicionarse y sumar “me gusta”?
El show estaba anunciado para las ocho, y mi intención era estar allí antes de nueve y media, pues no era un problema perderme a la banda previa. Llegué perfecto. Pero la banda previa empezó a las diez, y no tocó unas pocas canciones, como supuse, sino cerca de una hora. La banda a la que fui a ver largó a eso de las once.
Me tuve que fumar una hora y media de condiciones desgastantes para mi triste cuerpo, y esa amansadora me pasó factura cuando antes de la mitad del recital empecé a sentirme un toque mal, como si tuviera las piernas flojas o algo así. Algo difícil de identificar, que no parecía ser mi habitual necesidad de combustible en forma de comida, pero que me obligó a retirarme a la parte trasera del recinto, un poco más protegida del poderoso volumen.
Cuando te ponés a contar las canciones, a ver cuántas faltan, no es síntoma de disfrute, sino de supervivencia. Igual, para las dos últimas volví adelante y canté y grité con la tranquilidad del corredor que echa el resto porque sabe que faltan apenas cien metros.
Y si bien el ansiado comienzo, el primer golpe en el pecho del volumen, la canción que tantas veces canté por la calle últimamente, el duende hipnótico de la chica que canta (que se lleva todas las miradas todo el tiempo, pese a su feo corte de pelo y a que a su lado están un guitarrista que vale por dos y el baterista que toca sonriendo) desvanecieron el fastidio, no fue suficiente.
Las ganas de decirles que se metan en el orto el Facebook –y los datos que allí dan o no dan– persistieron, pero se manifestaron de forma invisible, con la decisión de no comprarme el disco. Aunque estuve meses esperando que tocaran no sólo para verlos tocar, sino, también, para poder comprarlo.
Update: para uno de estos tres shows había que reservar las entradas gratuitas con anticipación, por teléfono o por internet, dejándole tus datos al Estado. El día del recital, el propio músico le responde por redes sociales a un chabón del conurbano lejano que le pregunta cómo conseguir entradas y le dice: "ey ! era x Internet : se agotaron ! la proxima".
Leo eso y desisto de ir, lo cual no me jode tanto porque no descansé, porque lo que más me jode es no haber podido descansar. Sigo buscando, y encuentro que lo pasan por la web. Viendo el show on line, cada plano del público muestra amplios claros, unas cuantas butacas vacías. Unos cuantos que reservaron y no fueron, seguramente.
Después me entero de que eso suele ocurrir y de que conviene ir igual, sin reserva, para acceder a una de esas entradas que nadie retiró. Tiene su lógica. Lo incomprensible es que el músico no esté al tanto, que nadie le avise, que sin querer termine boicoteando la asistencia a su espectáculo.
¿Y vos me vas a corregir a mí?
Pocas cosas me desaniman más que tener como profesor a alguien que no me resulta creíble. A alguien que exhibe errores notorios, a alguien que no sabe cosas que yo sé… Y que no venga ningún seguidor de las modernidades docentes a decirme que el conocimiento se construye entre el profesor y el alumno. De ser así, que me paguen mi parte.
Si la persona a cargo se contradice, si tira líneas equivocadas, si tiene errores ortográficos o conjuga mal los verbos, si la concordancia o los pronombres relativos le resultan inextricables, me la baja, me la seca, me las saca –-> las ganas. Encima, algunos de esos docentes tienen la moral tan alta que se ponen a escribir, y te dan unos apuntes de su autoría que son un catálogo de errores ortográficos, gramaticales, sintácticos, ortotipográficos…
Cualquier cosa que lea con un error me corta el mambo, me impone un hiato en el viaje de la lectura, como esas películas viejas a las que les faltan un par de cuadros. Cuando eso se hace frecuente, lo natural es abandonar el texto. Salvo que fuera menester leerlo para un parcial. En ese caso, primero lo corregía y luego lo leía con actitud de estudiante.
Pero, a veces, hasta eso es imposible, pues el texto que nos entregó el profesor, su esmerada obra, no es más que una aglomeración de palabras que pertenecen a cierto campo semántico, pero que no conforman un sentido.
Se bardea, en general justamente, a los alumnos por sus escasas capacidades a la hora de expresarse con palabras. Pero, entonces, ¿qué queda para estos docentes ¡de la carrera de comunicación!?
No se trata de un estilo agreste, de los molestos errores de tipeo, de las palabras que suelen presentar problemas con los acentos, de algún error de ortografía, del horrísono e incorrecto si + condicional (“si vendría, si estaría”). Es la sintaxis, es el sentido, es… ¡todo! Este texto es imposible de corregir porque es imposible deducir, incluso sospechar, un sentido en tal bodoque.
Lo único que puedo intuir es que se trata de una desgrabación mal hecha, no corregida, la cual revela, de paso, lo mal que hablás y, por consiguiente, el desorden de tus ideas. Así que aprendé a escribir, aprendé a expresarte, animalito de la tierra, docente y profesional, tomá un curso –o varios– y liberanos de leer esto.
Taller de Radio
Dr. Aníbal Binasco
INTRODUCCIÓN AL PERIODISMO RADIOFÓNICO Unidad II
En la ficha anterior dijimos que la traslación de la lengua escrita para ser leída por radio es una primera aproximación que, en esa materia, se hace al medio, del uso directo del lenguaje escrito en la radio.
A poco de andar, se llegó a la conclusión de qué el sistema así no funcionaba, no alcanzaba para satisfacer las necesidades del medio conforme a su naturaleza y consecuentemente a las de la audiencia.
Es decir, no comprendía totalmente, no podía abarcar, con las leyes propias del espacio limitado de la prensa gráfica, al ámbito temporal que es el propio y específico de la radio, en su realización y difusión.
La radio es un medio del presente disparado hacia el futuro, en eso se caracteriza su producción y realización. Aún cuando se tomen discursos sonoros reconstruídos (editados) en el momento de difundirlos parte la flecha hacia el futuro que consume al presente, que es el ámbito en el que se desarrolla la puesta en el aire.
El periódico es un medio actual, generalmente construído discursivamente en el pasado inmediato y con vocación de presente y futuro que proyecta. Con realización, producción y difusión en su dimensión espacial.
Esta dimensión temporal a través de la que se difunde el discurso radiofónico, va a caracterizar y condicionar la naturaleza de la forma y el contenido de su lenguaje.
El lenguaje de la radio está medido por el tiempo y su construcción como se verá tiene que adecuarse a esta naturaleza, redactado y dicho para ser escuchado.
Por el contrartio, el lenguaje de la prensa periódica gráfica está limitado en su extensión y desarrollo por los espacios planos de sus páginas, y sus contenidos significativos son adecuados para su destino: la lectura.
El nacimiento de la radio va a dar lugar a una nueva estética: la estética radiofónica, en la que la forma en la que el medio se expresa está inseparablemente unida a sus contenidos significativos.
El contenido significativo al que vamos a prestarle atención es la palabra hablada. No cualquier palabra, no la escrita. La palabra hablada, aquella que suena en nuestros oídos cuando la pronunciamos y naturalmente en la de quienes nos escuchan: los oyentes.
Entonces, vamos a prestar particular atención a la palabra hablada, y a la palabra hablada para ser escuchada, en este caso por un tercero ausente: el oyente abstracto, ése que imaginamos como destinatario de nuestro discurso.
A esta altura habría razones para preguntarse por qué este tercero ausente (público), porque el hablante construye generalmente su discurso con el otro, que asiento o lo contradice. Lo necesita aún en los monólogos, a los que yo llamo monodiálogos, por la estructura eminentemente dialógica que tiene todo proceso discursivo y el radiofónico no es una excepción, todo lo contrario.
Para adentrarnos en el tema, comencemos por los géneros discursivos más simples y específicamente radiofónicos. Son el boletín, el flash y finalmente el noticiero, o panorama radiofónico (1).
Hasta aquí lo que queda claro es que el lenguaje radiofónico de la radio es el del sonido en término genérico. Es decir, en términos más precisos: la palabra hablada; sonidos varios/armónicos; sonidos varios/inarmónicos: ruidos; música y silencio.
Con lo que hasta aquí vimos, podemos hacer una primera aproximación a las similitudes y diferencias entre la radio y los otros medios: gráfico y televisivo.
Si la persona a cargo se contradice, si tira líneas equivocadas, si tiene errores ortográficos o conjuga mal los verbos, si la concordancia o los pronombres relativos le resultan inextricables, me la baja, me la seca, me las saca –-> las ganas. Encima, algunos de esos docentes tienen la moral tan alta que se ponen a escribir, y te dan unos apuntes de su autoría que son un catálogo de errores ortográficos, gramaticales, sintácticos, ortotipográficos…
Cualquier cosa que lea con un error me corta el mambo, me impone un hiato en el viaje de la lectura, como esas películas viejas a las que les faltan un par de cuadros. Cuando eso se hace frecuente, lo natural es abandonar el texto. Salvo que fuera menester leerlo para un parcial. En ese caso, primero lo corregía y luego lo leía con actitud de estudiante.
Pero, a veces, hasta eso es imposible, pues el texto que nos entregó el profesor, su esmerada obra, no es más que una aglomeración de palabras que pertenecen a cierto campo semántico, pero que no conforman un sentido.
Se bardea, en general justamente, a los alumnos por sus escasas capacidades a la hora de expresarse con palabras. Pero, entonces, ¿qué queda para estos docentes ¡de la carrera de comunicación!?
No se trata de un estilo agreste, de los molestos errores de tipeo, de las palabras que suelen presentar problemas con los acentos, de algún error de ortografía, del horrísono e incorrecto si + condicional (“si vendría, si estaría”). Es la sintaxis, es el sentido, es… ¡todo! Este texto es imposible de corregir porque es imposible deducir, incluso sospechar, un sentido en tal bodoque.
Lo único que puedo intuir es que se trata de una desgrabación mal hecha, no corregida, la cual revela, de paso, lo mal que hablás y, por consiguiente, el desorden de tus ideas. Así que aprendé a escribir, aprendé a expresarte, animalito de la tierra, docente y profesional, tomá un curso –o varios– y liberanos de leer esto.
Taller de Radio
Dr. Aníbal Binasco
INTRODUCCIÓN AL PERIODISMO RADIOFÓNICO Unidad II
En la ficha anterior dijimos que la traslación de la lengua escrita para ser leída por radio es una primera aproximación que, en esa materia, se hace al medio, del uso directo del lenguaje escrito en la radio.
A poco de andar, se llegó a la conclusión de qué el sistema así no funcionaba, no alcanzaba para satisfacer las necesidades del medio conforme a su naturaleza y consecuentemente a las de la audiencia.
Es decir, no comprendía totalmente, no podía abarcar, con las leyes propias del espacio limitado de la prensa gráfica, al ámbito temporal que es el propio y específico de la radio, en su realización y difusión.
La radio es un medio del presente disparado hacia el futuro, en eso se caracteriza su producción y realización. Aún cuando se tomen discursos sonoros reconstruídos (editados) en el momento de difundirlos parte la flecha hacia el futuro que consume al presente, que es el ámbito en el que se desarrolla la puesta en el aire.
El periódico es un medio actual, generalmente construído discursivamente en el pasado inmediato y con vocación de presente y futuro que proyecta. Con realización, producción y difusión en su dimensión espacial.
Esta dimensión temporal a través de la que se difunde el discurso radiofónico, va a caracterizar y condicionar la naturaleza de la forma y el contenido de su lenguaje.
El lenguaje de la radio está medido por el tiempo y su construcción como se verá tiene que adecuarse a esta naturaleza, redactado y dicho para ser escuchado.
Por el contrartio, el lenguaje de la prensa periódica gráfica está limitado en su extensión y desarrollo por los espacios planos de sus páginas, y sus contenidos significativos son adecuados para su destino: la lectura.
El nacimiento de la radio va a dar lugar a una nueva estética: la estética radiofónica, en la que la forma en la que el medio se expresa está inseparablemente unida a sus contenidos significativos.
El contenido significativo al que vamos a prestarle atención es la palabra hablada. No cualquier palabra, no la escrita. La palabra hablada, aquella que suena en nuestros oídos cuando la pronunciamos y naturalmente en la de quienes nos escuchan: los oyentes.
Entonces, vamos a prestar particular atención a la palabra hablada, y a la palabra hablada para ser escuchada, en este caso por un tercero ausente: el oyente abstracto, ése que imaginamos como destinatario de nuestro discurso.
A esta altura habría razones para preguntarse por qué este tercero ausente (público), porque el hablante construye generalmente su discurso con el otro, que asiento o lo contradice. Lo necesita aún en los monólogos, a los que yo llamo monodiálogos, por la estructura eminentemente dialógica que tiene todo proceso discursivo y el radiofónico no es una excepción, todo lo contrario.
Para adentrarnos en el tema, comencemos por los géneros discursivos más simples y específicamente radiofónicos. Son el boletín, el flash y finalmente el noticiero, o panorama radiofónico (1).
Hasta aquí lo que queda claro es que el lenguaje radiofónico de la radio es el del sonido en término genérico. Es decir, en términos más precisos: la palabra hablada; sonidos varios/armónicos; sonidos varios/inarmónicos: ruidos; música y silencio.
Con lo que hasta aquí vimos, podemos hacer una primera aproximación a las similitudes y diferencias entre la radio y los otros medios: gráfico y televisivo.
"El candidato bisiesto" y otras intuiciones
Varias veces en los últimos años, escuché o leí a clérigos y fieles del FIT criticando a Luis Zamora por quitarle votos a la "verdadera oposición de izquierda". El personalismo, la limitación territorial, la falta de presencia en conflictos sociales y sindicatos y, sobre todo, el oportunismo del que aparece cada dos años y obstaculiza el crecimiento de la construcción real de poder popular son los temas recurrentes de la crítica, que a veces llega a la burla lamentable.
Es justo decir que no son solo ellos quienes piensan que Zamora le resta votos al FIT. También lo hacen aquellos que desde su mirada turística de la izquierda sostienen que debe ir unida a las elecciones disolviendo o enmascarando sus diferencias programáticas, estratégicas, etc., en aras de logros que no serán más que una nota de color en los medios. Y muchas veces incluyen en su fantasía a seudoizquierdas y centroizquierdas que, a la primera oferta, pactarán con el oficialismo.
Si vemos los resultados de la última elección porteña, podríamos invertir esa temeraria afirmación y decir que el FIT le sacó votos a AyL, ya que Zamora obtuvo casi un 28% más de votos que la candidata del Frente (3,94% contra 3,09%). Y si, en vez de saber que es una chicana, lo dijéramos en serio, seríamos tan tontos como los que repiten aquella acusación.
Pocas veces tuve la oportunidad de mostrar mi discrepancia respecto de esa idea. Y ciertamente nunca tuve ocasión de notar que mi argumentación resonara en mi interlocutor, fuera este real o virtual. Pero lo que trataba de decirles, además de mostrarles un poco del fastidio que me produce su esclarecido saber, es que AyL y el FIT no comparten electorado de modo significativo. Que los votantes de Zamora no son troscos ortodoxos, acérrimos e insufribles, sino una mezcla de desencantados del sistema, horizontalistas utópicos, cierta izquierda no dogmática o ex dogmática, algo de voto bronca y mucho de reconocimiento a la trayectoria del candidato. Y que buena parte de ellos, quizá la mayoría, no creen en la lucha de clases.
Finalmente, tengo datos duros para sostener mi intuición. En las últimas elecciones primarias, AyL presentó una lista corta, con candidatos a diputados nacionales por la ciudad de Buenos Aires (y a la payasada esa del Parlasur), pero sin candidato presidencial. El FIT, en cambio, presentó lista completa. Para presidente, sin la competencia de AyL, el Frente sacó 4,55%. Para diputado, con la competencia de AyL, obtuvo 4,24 %, mientras que Zamora logró el 2,93% de los votos positivos. Es decir, una escasa pérdida de votos, apenas 0,3 puntos porcentuales, la cual me permite sustentar fácticamente mi afirmación.
Mientras, los egocéntricos enojados que quieren ser la única alternativa verdadera para que su auto-verso auto-épico les cierre perfectamente se asombran de que "sin campaña" saque los mismos votos que el Frente, y no se lo perdonan. Tal vez porque no soportan la evidencia de que empapelar la ciudad, hacer actos con proliferación de banderas y cantitos con megáfono y demás formas de su militancia evangélico-marketinera para hacer notar su presencia, no son la llave ni la clave de nada, salvo de la autocomplacencia.
Y cuando dejan de putearlo y le piden "unidad", lo hacen para… lograr objetivos del FIT, no de Zamora. Para darle otro atractivo a su kioskito electoral, que cruje cada vez que alguien pone el dedo en la llaga de las diferencias entre ambos integrantes principales, que es tan evidente en cada ninguneo a los de "la otra lista", y al que sólo mantienen para asegurarse presencia mediática y el curro de los mandatos a medias.
Dicho esto, y como obsequio, les dejo dos intuiciones cuya comprobación sólo el tiempo permitirá: que Del Caño sacará más votos que Stolbizer y que el próximo presidente, sea Scioli o Macri, no llega a 2019.
Es justo decir que no son solo ellos quienes piensan que Zamora le resta votos al FIT. También lo hacen aquellos que desde su mirada turística de la izquierda sostienen que debe ir unida a las elecciones disolviendo o enmascarando sus diferencias programáticas, estratégicas, etc., en aras de logros que no serán más que una nota de color en los medios. Y muchas veces incluyen en su fantasía a seudoizquierdas y centroizquierdas que, a la primera oferta, pactarán con el oficialismo.
Si vemos los resultados de la última elección porteña, podríamos invertir esa temeraria afirmación y decir que el FIT le sacó votos a AyL, ya que Zamora obtuvo casi un 28% más de votos que la candidata del Frente (3,94% contra 3,09%). Y si, en vez de saber que es una chicana, lo dijéramos en serio, seríamos tan tontos como los que repiten aquella acusación.
Pocas veces tuve la oportunidad de mostrar mi discrepancia respecto de esa idea. Y ciertamente nunca tuve ocasión de notar que mi argumentación resonara en mi interlocutor, fuera este real o virtual. Pero lo que trataba de decirles, además de mostrarles un poco del fastidio que me produce su esclarecido saber, es que AyL y el FIT no comparten electorado de modo significativo. Que los votantes de Zamora no son troscos ortodoxos, acérrimos e insufribles, sino una mezcla de desencantados del sistema, horizontalistas utópicos, cierta izquierda no dogmática o ex dogmática, algo de voto bronca y mucho de reconocimiento a la trayectoria del candidato. Y que buena parte de ellos, quizá la mayoría, no creen en la lucha de clases.
Finalmente, tengo datos duros para sostener mi intuición. En las últimas elecciones primarias, AyL presentó una lista corta, con candidatos a diputados nacionales por la ciudad de Buenos Aires (y a la payasada esa del Parlasur), pero sin candidato presidencial. El FIT, en cambio, presentó lista completa. Para presidente, sin la competencia de AyL, el Frente sacó 4,55%. Para diputado, con la competencia de AyL, obtuvo 4,24 %, mientras que Zamora logró el 2,93% de los votos positivos. Es decir, una escasa pérdida de votos, apenas 0,3 puntos porcentuales, la cual me permite sustentar fácticamente mi afirmación.
Mientras, los egocéntricos enojados que quieren ser la única alternativa verdadera para que su auto-verso auto-épico les cierre perfectamente se asombran de que "sin campaña" saque los mismos votos que el Frente, y no se lo perdonan. Tal vez porque no soportan la evidencia de que empapelar la ciudad, hacer actos con proliferación de banderas y cantitos con megáfono y demás formas de su militancia evangélico-marketinera para hacer notar su presencia, no son la llave ni la clave de nada, salvo de la autocomplacencia.
Y cuando dejan de putearlo y le piden "unidad", lo hacen para… lograr objetivos del FIT, no de Zamora. Para darle otro atractivo a su kioskito electoral, que cruje cada vez que alguien pone el dedo en la llaga de las diferencias entre ambos integrantes principales, que es tan evidente en cada ninguneo a los de "la otra lista", y al que sólo mantienen para asegurarse presencia mediática y el curro de los mandatos a medias.
Dicho esto, y como obsequio, les dejo dos intuiciones cuya comprobación sólo el tiempo permitirá: que Del Caño sacará más votos que Stolbizer y que el próximo presidente, sea Scioli o Macri, no llega a 2019.
lunes, 27 de julio de 2015
Feriados
Con el argumento de favorecer el turismo interno, desde hace varios años, tal vez veinte, las vacaciones de invierno se postergaron para hacerlas caer en las dos últimas semanas de julio. De ese modo, el segundo cuatrimestre de los ciclos lectivos es más corto que el primero. Más aún si consideramos que las dos últimas semanas de clases de diciembre son la nada misma.
Más o menos para la misma época se comenzó con la práctica de correr algunos feriados a los días lunes. Así, las materias que se cursan en el segundo cuatrimestre tienen menos clases que las del primero, y las de los lunes tienen dos o tres o hasta cuatro clases menos que las de otros días. Para favorecer el turismo, claro…
Durante el gobierno de Menem se reestableció el feriado religioso del 8 de diciembre, no sé si por presión del llamativamente poderoso lobby turístico o para congraciarse con la Iglesia. Como sea, en época de recuperatorios, te quita una clase y te parte al medio.
Y durante este gobierno, que mantuvo la conmemoración de la Inmaculada Concepción (un mero caso de coito inter femora), se crearon más feriados, se repusieron otros y, para coronar la fiesta, se inventó la payasada de los feriados puente.
Además, se crearon feriados por única vez para recordar los bicentenarios de las batallas de Salta y de Tucumán. Curiosamente, no se declaró feriado el día del bicentenario de la batalla de San Lorenzo. Bueno, "curiosamente" no: no lo hicieron feriado porque el gobierno de Santa Fe es de otro signo político y no quisieron darle tanta entidad al acto conmemorativo, al que la presidente no asistió.
Están bárbaros los feriados, sobre todo si uno tiene una lógica adolescente. Pura algarabía para los que tienen laburo fijo y en blanco, y para aquellos que cobran del Estado. En cambio, en la otra parte del mundo, tres o cuatro días seguidos sin trabajar, o con menos clientes, te hacen un agujero.
Los comerciantes que tienen que ganarse el mango by theirselves han comenzado a abrir sus negocios los días feriados, sobre todo en esa seguidilla absurda de 24 de marzo, 2 de abril y Semana Santa. En cambio, los empleados, generalmente en negro, que laburan por día no tienen esa posibilidad, y deben joderse sin más.
Del mismo modo que debemos jodernos cuando todo se posterga "por el fin de semana largo", pedir un turno con el médico, vender algo o entregar un trabajo (y cobrarlo)… Y cuando en vez de ir al dentista el lunes hay que ir el miércoles y vivir cuatro días con el diente flojo, te dan ganas de mandar a los creadores de feriados a las conchas de sus respectivas madres.
Luego de esta introducción, voy al punto: me encantaría saber la opinión de los (pre)candidatos presidenciales sobre este tema, leve, es cierto, pero, finalmente, revelador. ¿Cuántos y cuáles feriados dejarían?
O, dicho de otro modo, ¿seguirán siendo siervos del turismo y de la Iglesia, y promotores de la vagancia?
(Me dicen por línea privada que es una pregunta excesivamente retórica. Okey: pregúntele a Scioli, entonces, si planea hacer una versión nacional del impuesto a la herencia que aplica en la provincia).
Más o menos para la misma época se comenzó con la práctica de correr algunos feriados a los días lunes. Así, las materias que se cursan en el segundo cuatrimestre tienen menos clases que las del primero, y las de los lunes tienen dos o tres o hasta cuatro clases menos que las de otros días. Para favorecer el turismo, claro…
Durante el gobierno de Menem se reestableció el feriado religioso del 8 de diciembre, no sé si por presión del llamativamente poderoso lobby turístico o para congraciarse con la Iglesia. Como sea, en época de recuperatorios, te quita una clase y te parte al medio.
Y durante este gobierno, que mantuvo la conmemoración de la Inmaculada Concepción (un mero caso de coito inter femora), se crearon más feriados, se repusieron otros y, para coronar la fiesta, se inventó la payasada de los feriados puente.
Además, se crearon feriados por única vez para recordar los bicentenarios de las batallas de Salta y de Tucumán. Curiosamente, no se declaró feriado el día del bicentenario de la batalla de San Lorenzo. Bueno, "curiosamente" no: no lo hicieron feriado porque el gobierno de Santa Fe es de otro signo político y no quisieron darle tanta entidad al acto conmemorativo, al que la presidente no asistió.
Están bárbaros los feriados, sobre todo si uno tiene una lógica adolescente. Pura algarabía para los que tienen laburo fijo y en blanco, y para aquellos que cobran del Estado. En cambio, en la otra parte del mundo, tres o cuatro días seguidos sin trabajar, o con menos clientes, te hacen un agujero.
Los comerciantes que tienen que ganarse el mango by theirselves han comenzado a abrir sus negocios los días feriados, sobre todo en esa seguidilla absurda de 24 de marzo, 2 de abril y Semana Santa. En cambio, los empleados, generalmente en negro, que laburan por día no tienen esa posibilidad, y deben joderse sin más.
Del mismo modo que debemos jodernos cuando todo se posterga "por el fin de semana largo", pedir un turno con el médico, vender algo o entregar un trabajo (y cobrarlo)… Y cuando en vez de ir al dentista el lunes hay que ir el miércoles y vivir cuatro días con el diente flojo, te dan ganas de mandar a los creadores de feriados a las conchas de sus respectivas madres.
Luego de esta introducción, voy al punto: me encantaría saber la opinión de los (pre)candidatos presidenciales sobre este tema, leve, es cierto, pero, finalmente, revelador. ¿Cuántos y cuáles feriados dejarían?
O, dicho de otro modo, ¿seguirán siendo siervos del turismo y de la Iglesia, y promotores de la vagancia?
(Me dicen por línea privada que es una pregunta excesivamente retórica. Okey: pregúntele a Scioli, entonces, si planea hacer una versión nacional del impuesto a la herencia que aplica en la provincia).
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