martes, 29 de julio de 2008

Parte de la desmembrada grey

Más allá de que me gustó la frase –de que me sentí reconocido/interpelado, lo asumo–, no sé si debería reivindicar ser parte de algo; en especial si está referido a meros consumos culturales compartidos. Y mucho menos si la palabra en cuestión originalmente tenía el significado de “rebaño”.
Por lo demás, reafirmo mi deseo de que una de mis bandas favoritas, Don Cornelio, no se junte de nuevo. El pasado no vuelve: no nos engañemos. No vamos a volver a tenerlo –no volveremos a ser los que fuimos–, y es mejor conservar aquel recuerdo que cambiarlo por uno amargo, embarcándonos en un viaje hechizo en el tiempo huyendo hacia la idealización.
A contramano de lo que decía Benjamin, encuentro más autenticidad en un disco, tomado como la captación y construcción de una obra, petrificado, multiplicable e inalterable, que en ese aquí y ahora oficinesco que suelen ofrecer los grupos que se reúnen, en hechos que no son más que un gran ejercicio de marketing basado en los conocimientos de la neurobiología.
Me dice más la reproducción fonográfica/digital de “Prófugos” (¡mirá el ejemplo que te pongo!) que unos tipos en un escenario, simulando que pasa algo, y otros miles, abajo, creyendo que pasa algo porque pagaron una suma de tres cifras. En esa irrepetibilidad no hay aura, Walter; hay un vacío como el que sentía Bart Simpson cuando vendió su alma.
Ni que decir del desengaño que me golpeaba cuando la magia que parecía cuajarse aquella noche de Vélez se cortaba en el instante en que, por ejemplo, Manzarek ponía el pie derecho sobre su tecladito, remedando a Jerry Lee Lewis. Y la sentencia de Mollo era más que un juego de palabras, porque de verdad que a esos Doors les faltaba el picaporte.
Así que griten todos, ¡que no vuelvan los Redondos! Ni Sumo. Ni Don Cornelio.

Por lo demás, este tema del nuevo disco de Palo me gustó cuando lo vi en la tele, en un recital que pasaron. ¡Y justo cuando saca el disco nuevo empieza a hablar de que Cornelio podría volver! La vida es lo que te pasa mientras estás acordándote de lo que te pasó…

jueves, 24 de julio de 2008

Piso 20

La otra vez, mi encarnación cadeta me llevó a una lujosa torre de la calle Coronel Díaz a entregar un sobre. El edificio está retirado unos cuantos metros de la línea municipal y no se apoya en otra construcción. En la calzada semicircular que traspone esa línea hay un segurata que te pregunta a dónde vas. Le digo, y el chabón le hace un gesto a su compañero que está adentro, quien abre la puerta electrónicamente y, cuando me tiene enfrente, tras el mostrador, me pregunta a dónde voy. Le digo, y se comunica con ese depto, donde le dicen que me están esperando.
Subo, llego al piso 20, me reciben y me piden que aguarde un momento. En eso estoy, impresionado por lo chiquito que se ve todo a través de los ventanales y por cómo pega el sol pese al toldo verde, cuando noto que el edificio se mueve. ¿¡Está temblando en Buenos Aires!?
Entra la persona a la que tenía que ver, nota la inquietud en mi rostro, y me tranquiliza, con una sonrisa suficiente: “Es el viento”.
Yo no pagaría –y menos, una considerable suma– para vivir, antinaturalmente, en el epicentro de un terremoto cotidiano, obligando a mi instinto, a lo más profundo de mí, a tomar como normal semejante anomalía.

ME CAGO en la atención de la salud mental del GCBA

Hace un tiempo, con la cabeza quemada y el cuerpo extenuado por la imposibilidad de descansar apropiadamente debido a la diaria exposición al ruido, llamé a un teléfono que encontré en la guía buscando otra cosa: el de la Dirección de Salud Mental del GCBA. Recordaba el edificio, onda hospital, de mis pasos por Córdoba y Agüero.
Me atiende un tipo y le comento mi inquietud: quería saber si existía una guardia a la cual uno pudiera acudir cuando se siente desbordado, abrumado, agobiado; algo análogo a la guardia a la que uno recurre cuando no puede controlar un dolor u otro malestar físico automedicándose.
El tipo me dijo que sí, que en los hospitales Fernández y Álvarez había un servicio de estas características. E insistió en la conveniencia de iniciar un tratamiento en alguno de los hospitales públicos que tienen consultorios psicopatológicos. No le comenté que sólo unos pocos meses atrás había recurrido a ese tratamiento, calculo que vanamente.
Después de días y semanas de tenerlo en cuenta y postergarlo, el jueves me sentía muy extremada y (me convencí de que) la cosa no daba para más, y me fui a la “guardia psicológica y psiquiátrica” del Fernández. Llego tipo 3 y media de la tarde, le pregunto al de informes, que dibujaba una caricatura, dónde queda Psico, y me indica; pero me dice que atienden por la mañana y que no cree que me vayan a atender.
Encuentro el lugar, me siento y comienzo a esperar. Muy linda sala de espera, varios televisores con películas premium en el cable, confortable calefacción, pero nadie que atienda, ni a quién preguntar. Al rato largo, viendo que nadie sale, golpeo la puerta. En balde.
Llega una chica, no muy atractiva –pero, de todos modos, una chica más propia del Fernández que del Penna–, y también golpea. En balde. Se sienta a mi lado, me pregunta si están atendiendo, habla por celular, espera; esperamos. Se escuchan ruidos tras la puerta del consultorio, pero nadie sale. Comentamos la película de la tele, lúgubre y de exagerados efectos especiales computarizados. Cerca de una hora después me dice que en cinco minutos se va; yo le digo que me voy a ir “cuando termine la película”. Más de cinco minutos después se va. Antes de que la peli termine me aburro de esperar con la certeza de que nadie va a atender, golpeo una vez más, en balde, y me las tomo.
Al día siguiente voy al Ramos Mejía, donde me atendí meses atrás, por otros asuntos, con el papelito que me había dado el doctor Braguinsky, el psiquiatra al que me mandaron esa vez, quien consideró que no necesitaba medicación. La secretaria me dice que el tipo va lunes y martes a la mañana, y jueves por la tarde.
Vuelvo a casa, lamentando no haber ido el mismo jueves al Ramos en lugar de ir al Fernández. Con una solución a la vista en forma de medicación, de contención, de ilusión, confío en capear el fin de semana. Llega el lunes, voy, espero cerca de cuarenta minutos, hasta que lo reconozco, me acerco y le pregunto si me puede atender. Detiene su actividad –pegar volantes en la pared con cinta scotch– y me dice que no, que tengo que hacer el trámite de admisión nuevamente.
Un papel manuscrito, pegado en el cubículo de la secretaria, indica que las admisiones recomienzan en 15 días… Ella me aclara que no es “a partir” de ese día, sino “ese día”.
Esa tarde, o al día siguiente, encuentro un folleto del GCBA que viene con la boleta del ABL. Allí dan un número gratuito al que se puede llamar para informes. Llamo, aprieto la opción de “salud”, creo que la número 5, y le hago la misma pregunta del principio a la persona que me atiende. Me dice que ellos no tienen esa información y que tengo que ir a una guardia común.
Muy bien. Vamos a seguirla hasta el final.
Vamos a la guardia del hospital público más cercano, que no te voy a decir cuál es, y, previsible y velozmente, me derivan a los consultorios externos de un hospital que tenga servicio de psicopatología, “mañana a las 7 de la mañana”…
Con los huevos llenos y sin ganas de madrugar, opto por gastar 25 mangos en uno de esos “centros médicos” para pobres que abundan en ciertas zonas. No me atiende Chad Everett, sino un psiquiatra que me hace esperar más de media hora, que atiende antes a una persona que llegó después, y que me despacha en diez minutos, sin ponerle nombre a lo que tengo. Sólo me receta Neuryl en gotas, incluso para mis dolores en el pecho, seguramente reduciendo todo a un problema de ansiedad.

Caño

El patio de deportes del campo de concentración escolar al que me entregaban cuando era niño tenía tres altos –altísimos, para mi mirada niña– caños, unidos entre sí por un travesaño en la parte superior. A veces, en la clase de Educación Física, nos hacían subir a ellos, trepando. En la reputa vida que pasé allí supe cómo mierda se hacía para treparse a los caños, y, como con tantas otras cosas, jamás me/nos enseñaron. Parece que se trataba de un saber que debíamos llevar adquirido al colegio, como las letras de las canciones patrias, por ejemplo.
Fue así como cada vez que nos sentaban frente a ellos, a su pie, en tres filas, yo me descomponía, me torcía un tobillo, me golpeaba con algo… Por supuesto que si uno admitía su desconocimiento, es decir, su debilidad, alumnos y cuerpo docente se encargaban de la sanción social correspondiente.
Algo similar ocurría con un elemento parecido a una escalera amurada a la pared, a la cual había que subirse hasta lo alto, para, en la cima, cruzar un pie sobre esta, y luego el otro, y bajar por la escalera descendiendo por el estrecho espacio que quedaba entre ella y la pared. Ahí sí subí una vez, y afortunadamente no recuerdo bien qué pasó; pero la muy borrosa imagen me hace reconstruir que no pude llegar hasta arriba y que hubo risas y comentarios humillantes.
Entonces, cada mañana de los días en que había Educación Física, rezaba (literalmente) para que no tuviéramos que treparnos a los caños ni subir esa suerte de escalera. Y cada noche previa en que llovía sentía el alivio de saber que no íbamos a salir al patio donde estaban esos artefactos.
En eso pensaba cuando veía a Evangelina Paternó (mka Evangelina Anderson) sosteniéndose del caño con los manos y separando ampliamente sus piernas, casi horizontales, dirigiéndolas hacia adelante lo suficiente como para indicar el camino hacia el centro de la imagen que mostraba la pantalla.

Más soundtracks (sigo sin tener MP3)

Mi agüita amarilla, de Los Toreros Muertos, una medianoche, pasando por la puerta de un boliche en Santa Fe –que estaba cerrada–, desde Carranza hacia Pacífico.
Digamos que Kozmic Blues, de Janis Joplin, una noche, en un café de la galería que tiene salida a Mitre y a Belgrano.
Sweet Home Chicago, la versión de los Blues Brothers, por Canning y Honduras, una noche en la que hablamos del Picasso que hay en Chicago y en la que yo parecía formar parte de alguna naturalidad, pero sólo era un adorno descartable.
El farolito, de Los Piojos, en Billinghurst y Lavalle, en un taxi, de madrugada, o en una soleada tarde de invierno, buscando desesperada y vanamente a Mónica.
Miss you, de los Stones, una noche, con la Colo, en el lugar donde la conocí.
Howlin’ for my baby, de George Thorogood, en el estéreo de un Gol parado en el semáforo de Carlos Calvo y Maza, una tarde de verano, mientras yo cruzaba entre los autos.

Perro vomitando

Caminaba raro el perro ese, como si cada paso lo diera ralentizado, procurando pisar sobre seguro. No me caen nada simpáticos los perros, pero sus piernas vacilantes me llamaron la atención: pobre bicho, ¿qué le pasa?, ¿estará por palmar?, me pregunté mientras cruzaba la calle sin dejar de mirarlo, una vez que tuve la rápida certeza de que no me había registrado, de que no entrañaba peligro alguno pese a estar suelto y a su tamaño.
Cuando llegué a la otra vereda, el último de sus movimientos ondulantes no culminó en un nuevo paso: el espasmo le hizo abrir la boca y expulsar una espesa masa de diversos tonos amarillentos. Repitió la arcada y yo me perdí por la cortada, porque si seguía mirando, lanzaba ahí mismo yo también.

¿Socializás?

No vine acá por eso. Eso no es lo que me apremia.
Y no: no socializo, no soporto a la gente.
Y sí, quiero matarlos. Todos los putos días, desde hace 16 meses, fantaseo con matar a alguien.
Y no me des a entender que quizá sea violencia acumulada, porque si la desacumulo voy a tener problemas más graves. Legales.
Y sí, constituye un cuadro, aunque me digas que no y sólo me des Neuryl.

Cornelio (X)

Hay melodías en mis ojos,
luces en mis oídos…
Dejá de cortar los alambres con tus labios.
Dejá de cavar la tumba,
no entierres tu alma.
Ilusión doble de ayer,
conversación triple de anteayer,
monólogo con mi almohada…

Hay canciones en mis ojos,
veinte pájaros en mi sombrero…

En esta noche de traición,
en esta noche de tensión,
ataré tus manos con alambre.
En esta noche de traición,
en esta noche de pasión, nena,
cavaré la tumba de tu alma.

Para que haya canciones en tus ojos
y veinte pájaros en tu sombrero,
dejá de cortar los alambres con tus labios,
dejá de cavar la tumba,
¡ey!, dejá de cavar la fosa,
no entierres tu alma…

Ilusión doble de ayer,
conversación triple de anteayer,
monólogo con mi almohada…

Ilusión doble de ayer,
conversación triple de anteayer,
monólogo con mi almohada…

Ilusión doble de ayer,
conversación triple de anteayer,
monólogo con mi almohada…

(Conversación triple)

Aire en las venas

Mientras esperaba cruzar en Coronel Díaz y Soler, recordé aquella larga caminata por Mario Bravo, hasta la farmacia de Honduras, y que entré y recité mi speech: “Hola. Quiero una jeringa descartable… –Y agregué–: Es para la revisación médica, creo que te vacunan, y no sé si usan material descartable”.
El tipo fue a la trastienda y, mientras yo miraba no sé qué boludez, esperando, vi de reojo cómo me observaba. Fácilmente adiviné lo que estaba pensando, pero yo la quería para otra cosa. Volvió, me dio la jeringa, le pagué y me fui. (En este momento recuerdo que unos días antes, en una farmacia de cerca de casa, no me habían querido vender).
Desanduve el camino por Mario Bravo, ahora en la misma dirección que tomé entonces, una vez que el semáforo y mi temeridad me habilitaran. La farmacia sigue estando, con su disposición interna modificada, y verla me disparó el recuerdo.
Como es evidente, nunca usé la jeringa.

Aljaba

En el jardín hay una rosa china muy expansiva, que crece, y crece, y crece. Debajo de ella, contra la pared, en el confín cercano, había una aljaba, que sobrevivía arrinconada bajo el techo verde de su vecina, estirando y arqueando sus ramas en busca de luz.
De vez en cuando, sacaba unas poquitas flores, muchas menos que las de su parienta de la otra punta del jardín, y siempre más tarde que ella. Aprovechando su cercanía con el patio, aprovechando que la tenía más a mano, a veces le acomodaba las ramas: un día descubrí sus incipientes pimpollos, los tomé entre mis dedos para ver de qué se trataba y, desde esa vez, el gesto se tornó ocasional caricia.
Y ella florecía modestamente. Un año floreció por primera vez justo el día de mi cumpleaños.
Pasaron los años, no muchos, y mi madre le pagó al portero para que podara una enredadera que había trepado hasta cruzar la medianera. El muchacho parece que se entusiasmó, y tijereteó varias plantas. Entre ellas la aljaba, de la que quedó solo la raíz.
La acaricié, y algunas finas ramitas verdes salieron, pero fue en vano: al poco tiempo, se secó definitivamente.