martes, 29 de diciembre de 2009

Felicidades

Pan dulce en Nochebuena… No. (Y qué bueno que al menos no hubo el humillante pan dulce del año pasado, o del anteaño, que no tenía pasas, ni frutos secos, ni nada, salvo cinco trocitos de frutas abrillantadas). Sanguchitos de miga en el cumpleaños… Tampoco. Regalos en Navidad, cero. Regalos en el cumple, cero. Llamados relevantes, nop. (¡Ey!, los relevantes ocurren a menudo, no un día por año) .
El 24 a la noche me voy a dar una vuelta por acá, huyendo del aire petrificado que se respira en casa para estas noches, del aire agitado que llega por las ventanas, que termina agitándome y haciendo que anhele lo que detesto. En el pasillo tengo que escuchar las gastadas palabras decembrinas en boca de vecinas cordiales que me saludan, me preguntan por mi familia, me desean felicidades y tienen el buen tino de no preguntarme dónde paso las fiestas.
Escucho esas palabras, como hace 3x años que las escucho, y ya no me suenan cada vez más vacías porque no hay espacio para más vacío. Igualmente, practico la cortesía –seguro que torpemente– y hasta trato de pronunciar alguna reciprocidad. Sé bien que no hay margen para decir nada de lo que pensaba comentar, para ver si me ven, en los lugares donde, iluso, creí que iba a poder estar en estos días… Aun así se me escapa –¡todo se me escapa!– un bufido irónico ante una pregunta de circunstancias que tengo ganas de contestar en serio aunque refuerce el statu quo y quede como un freak desubicado desequilibrado. El bufido es mi manera, incompleta, de decir algo yo. No importa si no les importa. Y al final no soy un salvaje diciendo todo ni un simulador 100% careta. Y quedo mal igual.
Cerca de las diez, la gente está viajando o llegando a su destino: niños excitados, viejas producidas, adultos con la satisfacción del polvo consumista en el ceño. Manos malabaristas se encargan de las fuentes, las botellas, los tuppers, los sacan con cuidado del asiento de atrás, del baúl, tocan el timbre mientras su dueño sostiene los presentes entre el pecho y la pared para liberarlas. Los equilibristas prefieren ir caminando, con las fuentes en la mano, con los regalos en las bolsas de cartón que anuncian la marca, con los chicos que se alejan y se acercan corriendo como un yoyó irritante. Otros hasta llevan al perro.
Los stops de los autos y las balizas remedan las luces de un árbol de Navidad en la avenida. Los linyeras que duermen bajo la autopista arman su asado en la vereda de la esquina. Alguien espera un bondi, y el bondi todavía pasa. Junto al portón del colegio, un homeless se desinfla sentado en un banquito, apoyado contra su carro de cartonero repleto.
Menos de una hora más tarde, retorno al mismo lugar, y no solo las calles interiores están desiertas. Por la avenida vienen no más de cinco autos cada vez que abre el semáforo, por la perpendicular un Ka cruza en rojo y casi me atropella…
Como peatón, encuentro la soledad de la madrugada en veredas y calzadas, pero desde las casas llegan sonidos únicos, que ningún otro día, a ninguna otra hora, se oyen con esa unanimidad. Salvo, claro, en exactamente una semana. Por las ventanas se ven mesas largas, fuentes, botellas de sidra, gente reunida, adornos encendiéndose y apagándose convulsivamente. Las voces viran al grito con facilidad, con insistencia. Rodrigo recuerda que es cordobés desde un balcón repetido, con un arbolito y una tele encendida asomando. El único bondi que pasa va totalmente vacío, y llegará a la terminal después de las 12.
En la esquina del colegio, un tipo que tal vez espera para cruzar me dice algo con dicción arrastrada. Le pregunto qué porque no entendí, y me desea felicidades, feliz Navidad, mientras lucha con el viento para prender su pucho. Le retribuyo el deseo. No le pregunto por qué me lo dice a mí, que camino con los brazos cruzados por el fresquete y para que el torso no se termine de derrumbar, y no al tipo mejor vestido y de paso más decidido que finalmente entra en el edificio que está antes de la cortada.
Enfrente, el homeless se acostó sobre unos cartones, pegado a la pared, cubierto por una cobija multicolor, la cabeza casi debajo del carro. Cerca del cordón hay unas galletitas redondas tiradas en la vereda. A veinte metros, una combi para en la estación de servicio a cargar nafta, y a veinte metros en otra dirección, el seguridad de la torre donde vive Clon de Emme apura su cena navideña mientras relojea los múltiples monitores.
Doce menos cuarto empiezan a sonar cada vez más cohetes, y hay que caminar mirando para todos lados porque algunos se disparan casi a ras del suelo, y otros, hacia arriba, y otros caen desde los balcones y las terrazas. Ya no da para más seguir yirando. El cansancio y el viento sur hicieron lo suyo. Tanta gente teniendo, también.
Me molesta la exhibición obscena de todo lo que parecen tener, de quienes lo tienen. Me pega mal. No porque desee especialmente lo que tienen: me la soban el arbolito que no tengo, la obligatoriedad de la alegría, la sociabilización compulsiva y toda esa parafernalia. Me molesta porque me recuerda lo que no tengo, porque me recuerda que las cosas pasan en otro lado, están pasando ahora, y yo estoy afuera. No estoy.
Y aunque me importe nada el árbol de Navidad, recojo un adorno que encuentro tirado en la vereda, y me choreo otro que se cayó del arbolito que pusieron en la entrada del edificio. No sé muy bien para qué, pero quedan por días en el alféizar de mi ventana, una bola brillante, azul, y una roja, opaca.
Me vuelvo a casa y me encuentro de nuevo con esos canelones insípidos que no tengo ganas de comer y con la misma realidad que dejé cuando me fui, que me dispara esta aplastante combinación neuroquímica. Si pudiera, a estos días les metería fast forward hasta agosto. (Y, la verdad, a veces creo que toda mi vida pasó en fast forward) .
Prendo la tele, y en TyC pasan un resumen de las jugadas espectaculares del año: golazos, patadones, pifias… La musicalización no es la que uno esperaría para esas imágenes, no es la que los medios te presentarían un 24/12. No pusieron “Walk of life” ni ningún rocangol argento: eligieron “People are strange”, de los Doors. Y lo que sonaba en mi cabeza ahora está en el aire.

Estados Unidos 1238

Demolieron un poco, e incluso hicieron una puerta a través del muro que linda con el lote contiguo; pintaron la fachada de blanco y pusieron un portón de hierro vidriado.
Ahora es un estacionamiento de la dependencia del GCBA que está al lado.

Asomarse a las ventanas del portón y tratar de reconocer algo a pesar de los reflejos en el vidrio es una visita autoguiada al pasado, una arqueología de nuestra juventud, es como armar un rompecabezas de recuerdos.

No tengo MP3 (y la música está en el aire… y en la cabeza)

Sobre el camino, de Gabo Ferro, cualquier atardecer de ventanillas abiertas yendo a Tierras Altas en el Belgrano, cuando cruza el río. O volviendo, de noche, tarde, en un vagón casi vacío, cuando el sonido ensordece al chocar el aire que desplaza el tren contra las barandas del puente.
Lonely days, de Mimi Maura, en Constitución y Castro, o Castro Barros, un anochecer de diciembre, hace un par de años, no más.
Lo mejor del amor, de Rodrigo, en la esquina de Saavedra y Humberto, un domingo a la tarde, esperando a F/Y, que hacía horas extras.
Gangsta’s Paradise, por Coolio, cada madrugada en el 126 yendo a PuTan. (¡Qué preciosa que era Michelle Pfeiffer! Qué linda que sigue siendo a los 50…).
Black dog, de Led Zeppelin, por Córdoba y San Martín, en el walkman de mi encarnación cadeta, hace mucho ya, en la esquina de un edificio al que iba siempre a llevar sobres. (Esa vez no llevaba nada: sólo iba a mear en el baño que había descubierto en ese piso).
El Blues de Cris, de Pescado Rabioso, entrando al colegio por ese largo pasillo que retornaba después de doblar. Ella iba delante de mí, ninguneándome como me ninguneó todo ese año, y entonces comprendí lo de “atado a mi destino / al borde del camino / volveré”.
Te quiero llevar, de Palo, en el 165, cuando el bondi le apuntaba al puente en Pompeya una tardecita nublada de este mes. Igual, yo no puedo llevar a nadie a ningún lado… (Hasta ahora no pude, al menos).
I’ll be your mirror, de la Velvet, en tu cabeza, leyéndome.

Estados generales

Básicamente, reconozco en mí dos estados: “quietud” e “inercia”. Cuando ambos concurren, se potencian de un modo casi irrompible.
A veces, muy de vez en cuando, pinta el estado “expectativa”, que aún más de vez en cuando alcanza el estado “satisfacción”. El nivel superior de “satisfacción” es “¡gritalo, Gordo, gritalo!”, pero se trata de una anomalía inhallable.
Lo que ocurre generalmente es que de “expectativa” se pasa a “fibrilación”.
Ese es una cagada. Lo arruina todo.

En el cordón de la vereda

Le pregunto explícitamente si me deja que le agarre la mano. Y me dice que sí.
Con mi mano derecha tomo su mano izquierda. La reencuentro, la palpo, la miro, la aprieto, la siento, la acaricio, la beso. Al fin, la llevo contra mi pecho, contra mi remera negra. Nuestras palmas juntas, perpendiculares; el dorso de su mano apoyado sobre mi esternón.
Entonces, estremecedor, imponente, ella realiza un gesto inesperado: flexiona la última articulación de los dedos, casi como un comatoso recobrando la conciencia, y aprieta mi mano, mis dedos con los suyos.
Después no sé qué pasó, pero supongo que aluciné, porque me acuerdo de la boca del Guasón riéndose mucho, de dunas en movimiento, de camioneros gritando, de unos ojos japoneses viéndome, de un relámpago agrietando un muro altísimo y negro.
Y del puto bondi llegando finalmente a la parada. Eso seguramente ocurrió, porque ella se fue y yo me volví solo a casa.

Agitado. Por el recuerdo de la vida que me impuso, que se ve tan cercana, que me hace pensar en cómo sería yo si eso hubiera sido, si fuera, algo frecuente. Por entrever la vida que dice que no me puede dar. Por el temor de que mostrarme tan flasheado por un gesto como ese, tan expuesto, haga que no lo vuelva a repetir.

Drogas más fuertes, dosis más grandes

Esa es la lógica que vertebra la praxis psiquiátrica. Esa lógica y la arbitrariedad del que te juzga desde su ínclito lugar, y decide qué hacer con vos.
Hace dos años empecé con melatonina recetada por un psiquiatra de un hospital público para tratar de dormir, de recomponer la unidad de mi sueño despedazada por los vecinos del orto que padezco más o menos desde ese tiempo. Después pasamos al clonazepam, al lorazepam, volvimos al clonazepam de la mano de un médico clínico que explícitamente dijo que tenía pánico y que el lorazepam era para otra cosa. Un mes después el mismo doctor me dio alplazolam… Y ya no fui más.
Me administré las drogas a mi criterio, hasta que se acabaron. Y volvimos a empezar.
Uno me dice que nada. Otro, al día siguiente, que dos miligramos de clonazepam. Esta psiquiatra ataca con 200 mg de carbamazepina y la promesa de una dosis mayor si los 200 mg no funcionan.
Me hace la orden para un hepatograma sin decirme nada de las contraindicaciones. Ni siquiera me explica para qué ni por qué me la receta. Apenas un “para equilibrar”. ¿Qué hay que equilibrar? ¿Qué tengo que equilibrar? Encuentro razonable no estar muy equilibradx después de 17 horas de estar despiertx, de 7 horas de espera para una admisión que, ya me lo dijeron, es en vano; de llegar primerx, a las 3 y poco de la matina, y que no me atiendan primerx; de tener que sociabilizar con otros pacientes…
Encuentro comprensible reparar en una persona atractiva que pasa por la ventana porque ya no me interesa lo que me dice, ni cómo resuena lo que digo por enésima vez, por segunda vez en media hora. Es como un libro que no te atrapa: empezás a pasar las palabras, las líneas, rápidamente, en diagonal, haciendo un último intento por hallar algo que te resulte cercano. Pero es inútil. Y entonces ni le pregunto qué es lo desequilibrado.
La mina se hace cargo de mi comentario acerca de quien pasó por la ventana, y me pregunta: “¿Tenés muchas ideas al mismo tiempo en la cabeza?”. Parece que eso la lleva a recetarme su droga dura y a prever su uso prolongado.
Así, la próxima vez que me toque alguien que pregunte, como ella, si consumo drogas, podré responder “carbamazepina” en lugar de “clonazepam” (y será mentira, porque tres días me fueron suficientes). Y si es como ella, dará un par de rodeos para llegar a preguntar si consumo drogas “ilícitas”, olvidando el último fallo de la Corte Suprema al respecto. Por supuesto, no importa si consumo nicotina, como lo hacen en cantidades industriales los internados en ese hospital mientras dan unas vueltas por el parque o hablan por teléfono público.
Cuando se me escapa el nombre comercial por la sorpresa, casi por la gracia que me causa carbazepinizarme yo también, y digo “ah, Tegretol”, la mina me pregunta si lo conozco. Le cuento que sé de alguien que lo tomaba para tratar una neuralgia de trigémino, y recién ahí me dice que también se usa para la epilepsia, pero que no me preocupe porque no soy epilépticx. (Gracias por la noticia, doctora, y por la tranquilidad). En los días siguientes, una amiga de mi vieja me informará de que su hijo autista lo toma para tratar las convulsiones, y otra, de que en los hospitales a veces te dan un placebo de almidón en lugar de lo que dice la receta…
Y después –antes, en realidad–, la psicóloga termina cuchicheando con la psiquiatra delante de mí, acerca de mí. No sé qué le dice, pero evidentemente hay algo de mí que no puedo saber. Yo, en cambio, tengo que decirle todo, incuso si “tengo ideas feas”, como se refiere a la ideación suicida, o si tengo fantasías de venganza respecto de mis vecinos, y si las llevé a la práctica. Y todo eso anotado y registrado en un lugar estatal con nombre, apellido, dirección y DNI.
Aun antes, la misma psicóloga me dice que no amerito un tratamiento de los que se dan allí, que duran cuatro meses, a cuyo término te derivan a “algo más tranqui”, y no dice si eso más tranqui es pago o no. De inmediato tiene que comerse sus palabras, cuando pelo el papelito que me dieron en la guardia de ese mismo hospital prescribiendo tratamiento psicológico y psiquiátrico urgente y diagnosticándome una crisis de angustia. Entonces, me pregunta si siento angustia, y debo responderle que no sé qué se entiende técnicamente por angustia, que la que estudió Psicología es ella y no yo.
Supongo que reseño esa consulta, y cuando digo que me recetaron dos miligramos de clonazepam, la mina, descontando que me mandaron a la farmacia del hospital, me pregunta para cuántos días me dieron. “No. Me hicieron una receta”. Eso está mal para ella. No dice nada, pero lo noto en su cara.
Con su tono condescendiente, que sin duda me suena subestimador, comienza la entrevista preguntándome mis datos. Luego de preguntarme el nombre, me pregunta cómo me dicen. “¿Cómo cómo me dicen? Minombre me dicen…”. Si me dijeran Pocho, Turca o Garfio, usted, licenciada, ¿me diría Pocho, Turca o Garfio? Lo que sí me dice es “mirá vos” cada vez que le refiero algo, tal vez para ganar tiempo y poder anotar lo que le resulta relevante.
Luego, da por sentado que mi viejo tiene ingresos cuantiosos cuando le digo a qué se dedica, para admitir al instante que no sabe cuánto cobra alguien en esa condición. Y vuelve a bajar su línea ideológica preceptuando que tengo que colaborar con los gastos de la casa o afirmando que me cuesta comprometerme cuando le digo que hace tiempo que me entregué a los placeres de la prostitución. No sabe cuándo, cuánto ni por qué putañeo, pero ya cristalizó su imagen.
Todo el periplo es improductivo porque finalmente me dice que esa admisión es para ser atendidx a la mañana… El psiquiatra de la guardia no me dijo que había dos horarios de admisión distintos, uno para la mañana y otro para la tarde. Habló de las bondades de ese hospital, que incluían la atención vespertina, la entrega gratuita de medicamentos y sesiones más largas que las de veinte minutos que hay en el otro hospital público donde me atendí. Y me dijo que había que estar muy temprano, que era un sacrificio por una única vez. Cuando le consulté si a partir de las 4, me advirtió que había gente que llegaba a las 3.
Pero ahora me entero de que para ser atendidx a la tarde tengo que hacer otra admisión porque son equipos distintos. Tengo que ir el lunes 7,45 ¿y esperar hasta las 13? Eso no me lo dijo… ¿o sí? No sé si por el cansancio o por tener muchas ideas en la cabeza al mismo tiempo, pero no recuerdo qué debo decir cuando vuelva, si tengo que hacer otras entrevistas de admisión o no, si tengo que contar la historia de nuevo o no, si tengo que… Todo porque en la guardia me dieron la información equivocada, porque a la tarde “es otro equipo”, porque la guardia “es otra gente y no saben”…
Yo quiero dormir, no más. Y ninguna de estas drogas actúa sobre la parte del cerebro adecuada. Al final, termino bajando solx, siempre. Como cuando tenés un examen en la fuckultad: el examen pasa, y bajás. Como cuando tenés un bardo laboral o un familiar enfermo, y el bardo se resuelve (olvidate de que te paguen lo que te deben…) o el familiar se recupera, y bajás.
El problema es que casi siempre que bajo, cuando la adrenalina o lo que sea merman, la cabeza deja de estar en función “alerta total” y el sueño se reacomoda, mis vecinos interrumpen el descanso, y recomienza un ciclo que ya parece infinito.
El intento hospitalario seguramente procuraba desinvisibilizarme un rato y, sobre todo, que no se sequen mi cabeza ni mi lengua; hallar una mirada otra, un aire nuevo. Pero ese aire está viciado de prejuicio, de esa lógica de mierda que impera en un lugar al que no pertenezco, al que quieren hacerme pertenecer a fuerza de drogas del orto, a fuerza de tratarme como un cobayo.
No más.
Hasta que se me acabe el Rivaldo…

jueves, 17 de diciembre de 2009

Semillas en la salsa

Mi dentista me invita a su casa a cenar luego de extraerme arduamente la última muela que me quedaba. Hay fideos con salsa, que recalienta en el microondas.
Los como con mucha dificultad, sin la muela rota que me ayudaba a masticar, sintiendo que me babeo todo el tiempo, que trago los fideos casi enteros pese a que muevo las mandíbulas. Pasa un rato hasta que advierto que tengo que tomar bocados más pequeños que los habituales para no sentirme tan incómodo.
La salsa de tomate no fue colada, y tiene semillas. Muchas. Las mastico concienzudamente, haciendo coincidir los dientes de arriba con los de abajo, sintiendo su textura, el leve crujido que retumba en el cráneo cuando se parten.
Hasta que me doy cuenta de que esta no era una semilla, de que me estoy masticando el labio inferior a la altura del canino izquierdo. Y compruebo que la sensación es la misma de la anterior, que, entonces, tampoco era una semilla…
Es ahí cuando descubro que no hay que comer con la boca anestesiada.

Conozco la ley

Mi encarnación cartonera ya había tenido un par de entredichos callejeros con unos metidos que me encararon cuando sistemáticamente, y uno por uno, me llevaba todos los volantes publicitarios impresos en papel blanco que encontraba en los parabrisas de los autos o en las puertas de las casas.
Y como ella, al igual que yo, es bastante enjuta, y no le da hacerse la mala, tuvo que comerse dobladas las patoteadas sin decirles que se metan en su vida ni aceptar la pendencia que ofrecía uno de esos cabezas.
La otra tarde iba recolectando las revistas de Rodó (o Frávega, o el que fuera) que habían dejado en todas las puertas de mi barrio. No bajo la puerta, porque el volantero resultó ser fiaca, o alguien con problemas de cintura, y evitaba agacharse. Estaban a la mano, atrapadas entre la reja y la ventana, a medio meter en el buzón, sostenidas por la aldaba…
Doblo en la esquina de casa, con un buen pilón bajo el brazo, y de repente surge detrás de mí un tipo joven que me pregunta qué estoy haciendo. Antes de que le responda, antes de que le responda “¿qué te importa?”, descubre la condición retórica de su pregunta y me dice que “está mal” lo que estoy haciendo. Y desata su monserga sobre el bien y el mal.
No era un evangelizador, como ese que me abordó esta misma noche, con acento extranjero, camisa tan blanca como su piel y corbata bordó, hablándome de un libro cuya tapa me mostró sin que pudiera leerla, no sé si por la penumbra que rodea las torres de Inclán o por mi desinterés. El bien no es seguir los dictados de ese libro, el mal no es ir contra ellos. Lo que está mal para este muchacho, cuya camisa blanca tiene cuadros verdes, es lo que estoy haciendo.
Alguna de sus interpelaciones, o mi buena educación, hizo que le respondiera, que quedara retenido en la parada del bondi que él iba a tomar, argumentando con el tipo, cuyo pelo corto, muy corto, era tan revelador como sus rasgos.
Me dice que no puedo llevarme las revistas, que ese es el trabajo de otra persona y que lo estoy perjudicando. Entonces, cuando deja de hablar de lo que está bien para hablar de lo que se puede, me lo tomo más en serio y le respondo que no me estoy llevando nada de ninguna casa, sino lo que está a la deriva, lo que bien probablemente va a terminar ensuciando la calle cuando el dueño de casa, o el inquilino, o quien sea, llegue, o salga, y tire la revista a la mierda. Y le señalo todas las revistas que ya se desarman en las veredas…
Se pone pesado, y el speech y el lenguaje corporal lo botonean cuando da a entender que estoy robando correspondencia. Y me lleno los huevos de este rati del orto (expresión que constituye una tautología, lo sé). Le digo que no tienen destinatario, que no pertenecen a nadie, que no constituyen correspondencia, sino publicidad no deseada. Y como suelo repetir algo que se me ocurre y me gusta, se lo repito después de mandarle que “conozco la ley”: “Esto no es correspondencia, así que no es delito llevárselo”.
Trata de sostener la discusión, de imponer su punto de vista, pero pierde énfasis: se consume su compromiso con la moral y con la ley como una llamarada sobre un pequeño charco de alcohol. Y cambia el ángulo de ataque: me pregunta por qué lo hago, dónde lo vendo (“en la esquina, ¿querés ver?”), vuelve a hablar de “lo ajeno”… Mientras el bondi no viene y se disipa mi temor de que la conversación termine con la presencia de un patrullero, concede que está bien, que estoy trabajando, pero que el volantero también, y, finalmente, me dice que me vaya, que puedo irme (!).
En ocasiones como esta, me gustaría medir seis pies de alto y poseer una contextura temible. Pero como no es el caso, mejor no buscar quilombo.
Debo conformarme, y valorar la réplica al ángulo, inatajable para un yuta de franco. Le duele más. La tiene (que ir a buscar) adentro.

Olor y grillos

M. está entrando al departamento cuando yo abro la puerta del edificio. El chirrido hace que se dé vuelta y me vea. Entonces, deja la puerta abierta.
Rápidamente llega un estupefaciente tsunami de aire desde el fondo del jardín. Los floripondios revientan esta noche, y por el palier avanza y avasalla su profundo olor, que me obnubila como si estuviera respirando dentro de la campana de la flor, como si estuviese todx yo dentro de una flor.
La brisa tibia trae también el contrapunto poderoso de dos grillos que no necesitan un Marshall de 100 para hacerse oír a una treintena de metros. El motor de la bomba descansa, no pasa ningún auto, y el cri cri llega nítido y cercano hasta mis oídos…
La módica expresión citadina de la naturaleza con la que crecí se revela incontenible. Invade la casa, sale de ella y alcanza la puerta de entrada. Y seguro que llega a la calle, que si alguien pasa por la vereda huele el perfume, oye a los grillos.
Y aunque todavía no me mudé, extraño anticipadamente mi casa.

12 centavos

La minibaguette me realimentó la voracidad por la harina con miga un domingo en el que mi desayuno fueron seis porciones generosas de pizza y una cerveza.
Una parte de mi cerebro, la más puta adicta reventada yonki del orto, empezó a latir tan fuerte que me fui al súper y me compré dos minibaguettes más. Me llamó la atención que no costaran $ 1,15, como la otra, sino $ 1,19; pero como había llevado $ 2,50 no me importó demasiado.
Llego a la caja, donde no hay nadie, salvo la cajera comiendo algo. La chica del piercing en la nariz articula el saludo obligatorio con la boca llena, pasa los panes por el escáner, y me dice que son $ 2,38. Le doy el billete, la moneda, y me pregunta sin mirarme si quiero donar doce centavos para Unicef.
“No”, es mi respuesta, espontánea y tajante. Pero lo tajante se diluye rápido, y me siento compelido a explicar que prefiero guardar las monedas para el colectivo, ir juntándolas de a puchitos. Me da el ticket/tique y la moneda de 10, y me dice que podía haber donado dos centavos, que ahora esos dos centavos se los queda Carrefour.
Balbuceo algo, nuevamente forzado por su interpelación. No sé qué me sale de la boca, ni si se entiende. Mucho menos, si le interesa entender: más bien, imagino que solo quiere hacerme sentir mal. Calculo que pensé algo así como: “Me cago en Unicef y en Carrefour: si no es en mi bolsillo, me chupa un huevo dónde quedan”. Cuando es para mi bolsillo, me pongo a escarbar el asfalto con las llaves para rescatar una moneda de 10, en el medio de Rivadavia a las ocho de la noche o deteniendo un 180 como el chino aquel paraba el tanque en Tienanmen.
O tal vez haya tratado de decirle que si me decía que, en vez de doce, podía donar dos, quizá hubiera podido colaborar con los niños desamparados… O que me cago en la intención de su empleador de manejar menos monedas encubriendo su ahorro operativo con la máscara de un fin solidario.
Como sea, las palabras quedan atascadas, y tengo que venir acá para tratar de soltarlas.

De vuelta en casa, al primer mordisco me doy cuenta del porqué de la diferencia de precios. Las baguettes que compré son “sin sal”…