Frente
a los restos de mi padre, fijo la vista en ningún lado, como siempre,
como antes, para no mirarlo. (Nunca me salió mirar a mis padres, y
delante de ellos siempre miro un punto impreciso y desenfocado). Su
brazo cadavérico sale de la cobija y, tembloroso, lleva su mano
cadavérica, sus dedos cadavéricos con uñas cadavéricas, hacia el vaso
con tapa que le alcanza la persona que lo cuida.
Pienso, entonces, o
durante el viaje de vuelta, o después, o ahora, en algo que ya me
interpeló varias veces. ¿Cuándo la vida deja de ser vida?
Recuerdo
que hace unos meses, justo antes de su última internación,
pese a no poder salir de la cama, aún estaba mentalmente activo y me
mencionó su intención de encontrar a alguien que fuera a su casa por un
par de horas y le
alcanzara libros o le buscara datos en su biblioteca. Recuerdo que en
esa mención vi una oferta laboral hacia mí, de la cual no me hice cargo
porque no quiero repetir lo que ya pasé –que un sueldo sirva para que yo
esté más en contacto–, y menos aún en una situación que fácilmente
derivaría al trabajo de enfermería, para el cual no tengo vocación ni
habilidad.
Hago un poco de memoria, y noto que pasaron unos cuantos meses. Más de los que parecen. Ocho.
Ahora,
desde que retomé las visitas para las cuales no tuve motivos durante el
verano, esa mínima vitalidad quedó lejos. Ya no es la postración,
únicamente, sino la dificultad para comprender lo que uno dice, sea por
la sordera, sea por un deterioro mental (sea por ambas cosas). Y la
dificultad para hablar, que deja las frases a medio decir, y, de nuevo,
la duda sobre el deterioro mental, el cual parece confirmarse cuando las
historias que ya contó cincuenta veces se empalman
con otras, alineando segmentos de distintos relatos que construyen un
sinsentido apabullante. Un sinsentido que parece no ver la persona que
lo cuida, para quien "mentalmente está hecho una luz", aun cuando es
capaz de decir que "lo mejor que le puede pasar a [mi madre] es que yo
me muera", según me hizo saber esa misma persona.
Ya no me alcanza la
excusa de que está cansado o de que le pegó el Rivotril. Y si bien
siempre hablamos poco, y los largos silencios son una constante que me
hacen acordar a las cenas de los sábados, veinte años atrás, esos
relatos anfractuosos como un rayo me sumen en algo que es más que
desaliento.
Ya no lee, ya no dicta, ya no recibe gente. Sólo la letanía de Radio 10, siempre encendida. Siempre noticias.
¿Cuándo
la rana deja de estar en condiciones de saltar de la sartén? ¿Cuándo
dejamos de ser y nos transformamos en casi una cosa? ¿Cuándo la vida es
lo que decide un psiquiatra a partir de lo que
habla con él, pero también, y sobre todo, a partir de la versión que da
la persona que lo cuida?
Siempre que pensé en enfermedades graves,
siempre que veo a gente padeciéndolas, imaginé que me negaría a
embarcarme en tratamientos muy agresivos. (Y la debilidad total que
manifestó mi cuerpo la única vez que debí enfrentar un tratamiento duro
me hace pensar que la cosa va más allá de mi voluntad o no).
Pienso
entonces que el dolor físico podría ser un límite. Y lo imagino como un
límite férreo. Ojalá uno pueda poder bajarse de una situación así, y no
"vivir" unos meses más en un estado de no persona, arrasado por
tratamientos feroces y, finalmente, muchas veces, vanos. (Ojalá nunca
pase por una situación así).
Otra clase de dolores, los que provienen
de la incomunicación y el abandono, los que provienen de no poder, de
no haber podido, de no saber (los que provienen de hace quién sabe
cuánto tiempo), parecen ser más
maleables. Dan margen para que uno se invente cosas que permitan
sobrellevarlos por un tiempo, anestesiándolos o dejándolos en un segundo
plano. Hasta que se agota el efecto evasivo, y automática e
instintivamente intento reemplazarlas con algo nuevo.
Cada vez menos,
porque tengo cada vez más conciencia de esa dinámica, que no resuelve
nada y que siempre termina igual: conmigo en el mismo lugar y con todo
lo que causa dolor, intacto y poderoso.
Y entonces me pregunto,
ahora, acá, y también, a veces –lo que me pega mucho peor–, en la calle
(sobre todo, cuando voy a correr a la plaza y paso por la cortada que
lleva al lugar donde suele haber expos de ciertos objetos, y me vienen a
la mente todos los años que pasé por allí sin poder compartir lo que me
gusta), dónde estará el límite para estos dolores de décadas. Y cómo se
manifestará.
lunes, 29 de abril de 2013
Nada más queda
No tenés nada más que palabras
y decir esto
y decir que eliminaste los límites
entre el ser y no tener
es casi decir lo mismo.
Trabajás con nada.
Escribís sobre el vacío.
Frente a la rugosa realidad
tus herramientas se deshacen.
Asomado a una noche extraña
arrasada por los vientos
poblada de estrellas furiosas
que una vez dictaron a otros hombres
los nombres de fuego de Arturo
la Osa y el Centauro:
tu lengua sin cielo
tiembla
y se retuerce.
(Juan Manuel Inchauspe * "No tenés nada más")
y decir esto
y decir que eliminaste los límites
entre el ser y no tener
es casi decir lo mismo.
Trabajás con nada.
Escribís sobre el vacío.
Frente a la rugosa realidad
tus herramientas se deshacen.
Asomado a una noche extraña
arrasada por los vientos
poblada de estrellas furiosas
que una vez dictaron a otros hombres
los nombres de fuego de Arturo
la Osa y el Centauro:
tu lengua sin cielo
tiembla
y se retuerce.
(Juan Manuel Inchauspe * "No tenés nada más")
Mínimas empatías –que no se reeditan–
Porque vuelvo tarde a
casa, porque se me pasa la hora haciendo otras
cosas, porque decido esperar a que se prepare la cena para llenar más
la bolsa o por lo que sea, a veces no saco la basura para que el portero
la embolse y la lleve a la vereda. Entonces, antes de la hora en que
más o menos sé que pasa el camión, bajo y la saco yo.
Sucedió una vez, hace varios años, que llegué a la vereda simultáneamente con los muchachos de Moyano, de modo que colocar mi bolsita de supermercado en la vereda hubiera entorpecido su coreografía siempre apurada. Creo recordar que le pregunté a uno de ellos si daba que yo arrojase la bolsa a la compactadora, que no fue sugerencia suya. Como sea, tuve su okey, y emboqué fácilmente la bolsa de Norte en la boca mefítica del camión.
El recolector vio la escena, y me dijo algo así como: "¡Muy bien! Te vamos a hacer un contrato". Mi falta de repentización impidió que pudiera dar una respuesta consistente a su broma, y mis palabras habrán quedado en un balbuceo, en un ruido disuelto por lo efímero de la situación más que por el estrépito del camión.
El otro día nuevamente llegué a la vereda en simultáneo con el camión. Rodeé por detrás un auto estacionado para no obstruir el paso de los basureros y cuando iba a arrojarla al camión, uno de ellos se interpuso en mi camino y me pidió que le diera mi pequeña bolsa. Eso hice, explicándole cuál era mi intención, la que desestimó mientras tomaba la bolsa cuidadosamente, con las dos manos, sosteniéndola con una por debajo y sujetándola por el nudo con la otra.
"Bueno, gracias", le dije, por decir algo, antes de dar media vuelta y volver a rodear el auto estacionado con el ruido y el vacío que me quedan cuando la empatía no se reedita, cuando después de tanto tiempo vuelve a suceder una de esas escasas chances y sólo queda menos de lo que había.
Sucedió una vez, hace varios años, que llegué a la vereda simultáneamente con los muchachos de Moyano, de modo que colocar mi bolsita de supermercado en la vereda hubiera entorpecido su coreografía siempre apurada. Creo recordar que le pregunté a uno de ellos si daba que yo arrojase la bolsa a la compactadora, que no fue sugerencia suya. Como sea, tuve su okey, y emboqué fácilmente la bolsa de Norte en la boca mefítica del camión.
El recolector vio la escena, y me dijo algo así como: "¡Muy bien! Te vamos a hacer un contrato". Mi falta de repentización impidió que pudiera dar una respuesta consistente a su broma, y mis palabras habrán quedado en un balbuceo, en un ruido disuelto por lo efímero de la situación más que por el estrépito del camión.
El otro día nuevamente llegué a la vereda en simultáneo con el camión. Rodeé por detrás un auto estacionado para no obstruir el paso de los basureros y cuando iba a arrojarla al camión, uno de ellos se interpuso en mi camino y me pidió que le diera mi pequeña bolsa. Eso hice, explicándole cuál era mi intención, la que desestimó mientras tomaba la bolsa cuidadosamente, con las dos manos, sosteniéndola con una por debajo y sujetándola por el nudo con la otra.
"Bueno, gracias", le dije, por decir algo, antes de dar media vuelta y volver a rodear el auto estacionado con el ruido y el vacío que me quedan cuando la empatía no se reedita, cuando después de tanto tiempo vuelve a suceder una de esas escasas chances y sólo queda menos de lo que había.
Intento de comunicación (en un contestador equivocado)
Hola, buenos días, este mensaje es para Eduardo M---o.
Mi nombre es A---í, de Critica… Eh… Ex Crítica.
Estaba actualizando mi agenda y quería saber si este número seguía correspondiendo a Eduardo. Bueno, en ese caso, en caso positivo, te mando un abrazo grande y espero que tus cosas estén bien. Y las de tu familia también.
Un abrazo.
A---í.
Mi nombre es A---í, de Critica… Eh… Ex Crítica.
Estaba actualizando mi agenda y quería saber si este número seguía correspondiendo a Eduardo. Bueno, en ese caso, en caso positivo, te mando un abrazo grande y espero que tus cosas estén bien. Y las de tu familia también.
Un abrazo.
A---í.
lunes, 11 de febrero de 2013
Las zapatillas Olympikus son una porquería
Se
me rompieron las zapas. Las nuevas. Las que compré hace menos de dos meses. Las
que me costaron una larga búsqueda y una más larga evaluación previa, más vanas
que nunca, finalmente. Es decir, un montón de energía dilapidada. Y la
destrucción definitiva de esa boludez que dije alguna vez, eso de que sabía
comprarme zapatillas, pero no sé comprarme pantalones: ¡no sé comprarme nada!
Me costaron todo eso y 320 mangos, también.
Me
las puse al levantarme. Supongo que me puse primero esta, que era la derecha.
Cuando tiré de la lengüeta para ajustarla, y, así, poder atar los cordones, me
quedé con ella en la mano. Con la lengüeta en la mano, mostrando los orificios
de la más que endeble costura que la unía a la zapatilla.
Se
desprendió por un movimiento que en otras zapatillas hice, sin exagerar, miles
de veces, como si en vez de cosida estuviera unida con un velcro que de tan
gastado no hace ruido ni ofrece resistencia. Además de mi zapatilla derecha,
algo quedó roto dentro de mí. Todo lo que uno pone en las cosas, en cosas como
estas, me quedó en la mano sin vuelta atrás. Como una muerte súbita, sin un
crac, sin un revoleo en un momento de enojo, sin un uso intenso o descuidado,
sin ninguna situación que la justificara.
Al
rato se me ocurrió que quizá tuvieran garantía. Me fijé en la caja, y dice que
te las cambian por fallas de producción o de calidad de los materiales (que
habrá que comprobar, claro) dentro de los 30 días. Sabiendo que había pasado
más de un mes desde la compra, busqué la factura, y, en efecto, eran algo así
como 45 días. De los cuales no todos las usé. Al principio, porque no tenía la
certeza de que me quedaran bien y evaluaba cambiarlas; después, porque siempre
empiezo de a poco, usándolas sólo en casa, y dejando las viejas para la calle.
El
precio fue una variable muy importante a la hora de elegirlas: cien mangos
menos que las Reebok. Pero, finalmente, lo barato es una mierda. Las zapatillas
Olympikus son una mierda. Una porquería, una bazofia que no volveré a comprar y
que espero que nadie compre. ¡Para eso compraba Gaelle!, capaz que duraban más.
Como
este era un blog donde uno de los temas frecuentes eran las zapatillas, como un
buen número de visitas aún llegan buscando información sobre la equivalencia de
los números de zapatillas, trato de encontrar una redacción que agrupe las
palabras de modo que Google las vea y dé una respuesta relevante si alguien
busca algo relacionado: las zapatillas Olympikus son una porquería.
(De
paso, agrego que para Olympikus 40 de Argentina es igual a 39 de Brasil y a 10
de EE. UU., pero que, pese a eso, son más grandes que las Reebok tamaño 41
europeo (y Argentina), 40 de Brasil y 10 de EE. UU.).
Nuevamente,
como desde hace varios meses, tengo todas las zapatillas rotas: dos pares
esperando una sobrevida poxiranera; otras, irrecuperables y ya desafectadas del
servicio, y las otras, pegadas con Fastix y reservadas solo para ir a correr. Y
las Olympikus, que son una porquería, casi nuevas, y rotas, sin lengüeta.
Trataré
de coserla, para ver si puedo seguir usándolas. Y cada vez que me las pongo,
aun sin lengüeta –para andar dentro de mi casa–, tengo que recordarme que la
otra lengüeta debe manipularse con sumo cuidado, no sea que me quede también
con ella en la mano.
Mientras,
pienso en los 420 pesos que se me irán en las próximas Reebok negras, que
espero que duren más que las anteriores, unas que tenían algo así como un
revestimiento plástico, el cual se resquebrajó irremediablemente en menos de
dos años.
Doctor desmedido
Últimamente
he estado teniendo unas puntadas en la cabeza que me preocupan muchísimo. Quizá
no sean nada grave. De hecho, hasta ahora no fueron nada más que el dolor
intenso y la preocupación consiguiente. Tal vez, incluso, sean algo
relativamente común, pero cuando suceden temo estar cerca de terminar como
Carlín Calvo, y sin haberme cogido a la mejor Luisina Brando.
La
otra vez, hará unos seis meses, me desperté una noche con una puntada muy
intensa en la cabeza, lo que me inquietó sobremanera. Más o menos se me pasó y
conseguí dormirme, pero una hora después me desperté de nuevo, con otra puntada
en el mismo lugar, atrás y a la derecha. Esta vez no me inquieté, simplemente
me cagué en las patas. Llamé al SAME, y me dijeron que no tenían ambulancias y
que fuera a una guardia. Luego llamé a mi madre, no sé para qué (bueno, sí,
para preguntarle si se le ocurría qué hacer, porque yo no sabía qué hacer ni
sabía si estaba a punto de palmar). Me dijo que ya venía, creo. Poco después,
tocó el timbre una vecina, a la cual ella había llamado, para tomarme la
presión…
Finalmente,
comí algo y me fui a la guardia del hospital público más cercano. Esperé más de
dos horas y no me atendieron. En ese lapso solo ingresaron para ser atendidos
el tipo que estaba antes que yo y un peruano que llegó con la cara rota en una
riña y cuyo acompañante se mandó sin esperar su turno. A medida que iba pasando
el tiempo, fui comprendiendo que lo mío no era tan grave, que si podía estar
dos horas de pie junto al charco de sangre que había exactamente en la puerta
del consultorio y en un lugar casi irrespirable por el hedor de las personas
que usan los asientos de la guardia para dormir, no estaba teniendo un ACV.
Pasada
la una de la mañana, me empezó a bajar la presión, o el azúcar, o lo que sea,
como suele pasarme, y debí volver a casa. A los pocos días fui a pedir turno
con un neurólogo, y, cuando le conté lo que me pasaba, la doctora que hace las
derivaciones me dijo: “El agudo es la guardia. Aunque seas cefaleico, que
siempre te duela, si cambia, si aumenta, si se modifica, es la guardia porque
lo de Carlín Calvo hay que tenerlo presente”. Por cierto, conseguir turno es un
milagro, o un chiste.
Hace
un mes me pasó lo mismo, salvo que no me desperté dos veces, sino cuatro o
cinco. Y que era muy tarde y tenía mucho cansancio como para ir a la guardia en
ese momento. Cada despertada y cada puntada acrecentaban enormemente mi temor
y, obviamente, decidí ir al hospital apenas me levantara. (Noto ahora que me
preocupan más los episodios que se dan mientras duermo). Ese mediodía, cuando
comía para poder salir, tuve otra puntada, que no reafirmó mi decisión de ir a
la guardia porque era una decisión tomada que no necesitaba reafirmación. Lo
que sí reafirmó fue mi temor.
Llegué,
y había mucha gente. Esta vez daban número, cosa que nunca antes había visto.
Tenía el 51, e iban por el 34… Así que, aprovechando que vivo relativamente
cerca, opté por volver a casa y hacer la espera acá, en un lugar más
confortable y sin tanto calor. Calculé el tiempo para volver, y cuando llegué
casi no había gente esperando, tres o cuatro personas, nada más. Les pregunté a
unas señoras que estaban junto a la puerta por qué número iban, y una me dijo “por
el 52”.
¡Caramba!
¿Qué hacer? Fui hasta la ventanilla y le pregunté a la persona que entregaba
los números, y me dijo que pasara cuando abrieran la puerta, que no daba sacar
número de nuevo. Me ubiqué junto a las señoras y dejé bien a la vista el
papelito con el número para que la que tenía el 53 no protestara, aunque ya le
había explicado que tenía el 51 cuando llegué y le pregunté.
Después
de tomarme los datos, el médico me preguntó qué me pasaba, le conté, me tomó la
presión, me dijo que notaba en mí cierta agitación y me preguntó si tenía
miedo. Le contesté que más que miedo era preocupación, o inquietud. Y que la
agitación era porque había corrido para llegar.
Miento
fácil a veces. Le dije que había corrido desde el bar que está enfrente cuando
vi salir a la chica que estaba antes que yo con su hija: supongo que me dio
vergüenza decir “me fui a mi casa”. Aunque es cierto que me había apurado,
porque otra mujer, joven y seguramente extranjera, me pidió que la ayudara a
armar el cochecito de su bebé en la calle, tras bajar del colectivo, y perdí
unos minutos importantes ahí.
El
doctor me hizo la orden para una radiografía de cuello y cabeza, y me dijo que
cuando la tuviera lo esperara junto a uno de los consultorios del hall
principal. Eso hice, y pasado un rato me atendió. Miró la placa, me dijo que mi
cuello era un desastre, o algo así (no llevé el grabador para tener registro
textual de lo que me iban a decir, cosa que veo como un síntoma elocuente del
cagazo que tenía), que tenía artrosis, y tal vez algo más, quizá que las
cervicales maltratadas presionan un nervio y eso provoca el dolor (“mirá que el
dolor no es en el cuello, es en la cabeza arriba, cerca de la coronilla”,
consideré necesario aclararle).
Me
indicó que me sentara en la camilla, creo que me preguntó cómo me sentía, me
tomó la presión nuevamente, la cual ya estaba en niveles normales, y mi
explicación a todas sus palabras, a las que recuerdo y a las que no, fue que
seguramente la mejoría se debía a que antes había llegado casi corriendo y a
que esta sala de espera era mucho más confortable que la de la guardia.
Me
dijo que me acostara boca abajo, y entonces empezó a tocarme el cuello y la
zona superior de la espalda. Supuse que buscaba comprobar táctilmente lo que se
veía en la radiografía. Siguió tocándome la espalda, un poco más abajo cada
vez, y ya no era un tacto exploratorio, sino algo parecido a una sesión de
masajes. El poder médico reveló nuevamente su incuestionabilidad porque no dije
nada. Pero yo notaba que iba bajando, y, a medida que descendía, mi sorpresa y
mi incomodidad crecían. “¿Cuándo se detiene?”, me preguntaba. Más bien, “¿dónde?”.
Y “¿qué hago?”. Obviamente, no encontré respuestas, salvo los hechos consumados
por el doctor, que, cuando llegó a mis nalgas, continuó con su tarea sobre mi
malla.
Lamento
no haberlo grabado, para recordar si me pidió que me sacara la remera, por
ejemplo (creo que sí), y sobre todo para saber si decía algo mientras hacía lo
suyo. Algo más que referirse a mis tremendas contracturas, en especial las de
las piernas, lugar de mi cuerpo al que también se dedicó. Para ese momento ya
me había indicado que me diera vuelta, e iba ascendiendo con sus dedos desde
mis pantorrillas. Pasó la altura de las rodillas, y, de nuevo, yo no podía
parar de pensar qué hacer y cuándo. (Sip, finalmente no hice nada, sólo aceptar
lo que pasaba).
Siguió
subiendo por mis muslos hasta la cadera a través de la malla, y entonces me
bajó levemente el short, y mis genitales quedaron a merced de su vista. Lo sé,
aunque no lo vi, porque mi posición no me permitía verlo. Pero la sensación fue
inequívoca. Es más: si la bajó, la bajó un toque, pero lo relevante fue que la
separó. Eso sentí, el elástico considerablemente despegado de mi piel, y,
seguramente, el doctor mirando.
Muy
poco después dio por terminada su acción, llamémosla masajes, llamémosla
manoseo, me dijo que tenía que ir a un traumatólogo, me dio el papelito
correspondiente, me habló de un kinesiólogo también, y me hizo la receta para
que comprara un analgésico.
Decidí
simular naturalidad, interpretar todo como buena onda y no como una forma de
abuso, y me volví a casa, ya sin dolor, pero con el ruido en la cabeza que deja
una situación tan anómala, que sólo pude manifestarle con un “qué buenos los
masajes del hospital público”, o algo parecido.
Aún
hoy sigo sin poder calificar claramente lo que pasó. Pienso en que el no decir
nada sobre lo que iba a hacer pone la acción del doctor Acuña (MN 99583) en el terreno de lo fuera de lugar; pero recuerdo que ese silencio es habitual en los médicos, y
entonces sólo me quedó con mi sensación imprecisa, que, al mismo tiempo, no
abandona la casi certeza de haber pasado por una situación desmedida.
Tocando el aire
Siempre
traté de tomar distancia de las fiestas de fin de año, pero fue cuando llegaba el
2000, con toda su carga simbólica y la amenaza del 2YK –eficientemente
desactivada por Claudia Bello (?)–, que pude ver la imagen y decirla: me
encantaría agarrar un auto e irme por una ruta hasta el punto donde no se oiga
la pirotecnia y quede atrás toda la parafernalia de, por ejemplo, llamar al 113
para saber exactamente la hora en la que hay que brindar. Como si no existiera.
Fuera de la existencia, para mí.
Ese año unas vecinas nos invitaron a pasar el 31 con ellas, y no encontré una forma de negarme sin rozar la descortesía o exponerme al “viste cómo es”, y, en vez de la improbable ruta –no sé manejar–, hubo una mesa, las anfitrionas, el novio –y su padre– de una de ellas, mi madre, yo, la comida y el ritual vacío, como todos los rituales, del brindis y los deseos que generalmente no se cumplen. Que en mi caso no se cumplen.
Desde entonces, algunos años, en especial estos últimos, los comenzamos allí. Lo cual evidencia que: a) en todo este tiempo no pude encontrar una forma que no me sonara descortés para negarme; b) ni siquiera pude decir, como tenía ganas esta vez, “no, prefiero no ir, no tengo ganas de compartir nada con mi madre”; c) lo más importante, aunque no lo haya visto, aunque tenga que decirlo ahora, editando, tres años después: la apabullante y enfermiza repetición que manifiesta cómo nunca pude encontrar ni construir una puta ocasión distinta para empezar el año (la cual, de paso, me habría permitido decirles “no, gracias, tengo otra cosa que hacer” y salirme del lugar donde me pone su mirada, la cual percibo como lindera con lo despectiva).
Yo puedo ser muy sociable. Al menos, puedo intentarlo. En un cumpleaños en esa misma casa, parece que no lo estaba siendo, y la cumpleañera dijo: “Hablemos del edificio, así se integra”. Pero más allá de una noche desafortunada o de una mirada de mí muy pobre –que habla más de quien mira que de mí–, te puedo hablar de la tele. De tele y de fútbol. Esos temas siempre garpan y no pueden faltar en ninguna reunión de este tipo. (Ni ellos ni Google, para saber quién tiene razón).
Por ejemplo, te puedo tirar que Ricardo Fort tiene acromegalia porque se zarpó con la hormona del crecimiento tomándola de grande, y que eso lo deformó y lo obligó a operarse. Aunque respecto del fútbol vengo medio para atrás con las ligas europeas, de las que cada vez se habla más. Igual, en esta reunión, no era necesario…
Supongo que fue la voluntad de ejercitar la sociabilidad, de ser una persona “normal” y amena en un lugar donde me conocen fundamentalmente por el relato de otros (de mi madre), la que incluso me activó neuronas donde se alojaban los nombres de varios actores de reparto de telenovelas ochentosas –esas que veía con mi abuela–, algo muy apropiado en un lugar donde había una fanática de las novelas. La ejercité de un modo que quizá –espero– haya hecho mi presencia llevadera y amena, pero luego me di cuenta de que ese ejercicio no me sirve ni como práctica para la interacción con desconocidos.
En un momento de ese 24 ya 25, nuestras familias, no sé si deliberadamente, nos dejaron a solas, y hablamos en términos más personales, por decirlo así. Habló de su negocio, que debió cerrar, y de su actualidad, y usó las palabras fracaso y frustración. Y aun teniendo menos experiencia vital que ella, sentí una gran identificación. Y debí contenerme –al menos, traté–, porque cuando encuentro una ocasión tan propicia para hablar liberadamente de los fracasos, me subo a la moto y corro el riesgo de mostrar algunos que terminan estando más allá de lo tolerable. Que hable ella de que no quiere enterarse de si su ex tuvo un pibe y a ella le llegaron los 40 sin maternidad o de que le pidió a la hermana que borre del FB a una ex compañera suya de colegio que se transformó en una eminencia médica porque no se lo banca. Pero no yo acerca de cosas que sólo digo en este blog. Y menos de las que ni acá digo.
Lo mismo sucedió el 31. Las mismas personas, los mismos temas, las mismas búsquedas en Google. Y la misma retirada dejándonos solos con el champán, en una situación en la que yo sabía claramente que ni un beso iba a haber, que ni por un beso daba laburar. Esa vez derrapé un poco, y terminé hablando de prostitución, prostitutas, prostíbulos… De la falacia imperante que quiere equiparar toda prostitución con trata de personas, de las clientas de prostitutas, etc. Rápidamente le salió el prejuicio, y dio por sentado que esas prostitutas de las que yo hablaba eran como la mujer del encargado del edificio, que es linda de cara, según ella, pero engordada por los (casi 40) años, las maternidades y una dieta abundante en grasas y carbohidratos. Fue entonces cuando sentí necesario y posible desactivarlo y salirme de ese lugar donde me estaba poniendo… y terminé mostrándole fotos de algunas de esas chicas que conocí.
Después me di cuenta. (Y me reí). Me dejan a solas con una mina, y me pongo a hablar sobre ir de putas, o sobre la vez que cogí con una sin forro -> lo que me llevó a tomar (intentar tomar, mejor dicho, y fracasar en el intento) la medicación antiviral, que por suerte no fue necesaria; -> lo que la llevó a preguntar “¿pero vos tirás la onda de hacerlo sin preservativo?”.
No solo le salió el prejuicio con respecto a los físicos, sino que cuando hablé de la generosidad que suelen tener las paraguayas con su cuerpo, dijo “¡ay, no!, paraguayas”, o algo así. Luego preguntó por las peruanas, y por los travestis, y en un momento sentenció: “Peor es ser virgen”. No le retruqué “peor es cogerte a tu psicólogo” porque no me acordé de ese hecho. Si me hubiera acordado, tampoco lo habría dicho porque siempre tengo más límites de los que me gustaría. Y porque tampoco sé si es peor garchar con tu psicólogo…
Igualmente, esa frase ingresó en el archivo mental de frases inolvidables. Algunos días después descifré por qué me cayó tan mal. Porque para ella nadie nunca pudo/puede darme bola, nadie nunca pudo/puede tocarme si no hay 200 mangos por hora en el medio. (Lo cual no está muy lejos de la realidad, ja).
Toda esta introducción para llegar al momento en que ya amanecía, y, en el patio, de pie, casi por despedirnos, dijo que había tenido una discusión con su familia el día anterior porque en el edificio pasaban las mismas cosas que antes de irse a vivir con el que era su novio, y que en la discusión dijo: “Vendamos y denme mi parte, y me voy a cualquier lado, a un lugar donde nadie me conozca”.
Dijo esa frase que varias veces dije yo últimamente. Dijo “denme mi parte” y quedó anulado que cuando le hice escuchar una canción de Gabo en Youtube se puso a hablar encima (mentira, no fue ella, fue la hermana, la misma que tocó mi pantalla de LCD con el dedo: no señaló algo en ella, ¡la tocó!). O que cuando les hice escuchar el poema de Rafeef Ziadah que comienza con unas palabras en árabe –porque no soy sólo Silvia Kutica o Marina Skell–, primero dijo: “Ah, pensé que era una onda Carla Conte”, y luego, durante la intro en árabe, dijo “ah, bueno”, con tono de miráloquenoshacésescuchar. O que cuando mencioné –hurgando en mi escaso bagaje de temas de conversación, más escaso aún si me mido para no exponerme en demasía– que había viajado en el subte A el último día que circularon los vagones de madera, pensó que estaba llorando porque parece que me toqué un ojo mientras lo contaba (?).
Quedó todo de lado e instintivamente levanté mi brazo y lo acerqué con la intención de que nuestras manos se encontraran en un high five como se habían encontrado nuestros cerebros en la producción de esas palabras que, pensamos, pueden hacernos salir de aquí. No me parece que haya movido el cuerpo para esquivar el contacto. Tal vez un mínimo movimiento de la parte superior del torso, retirándola, al estilo del mejor Nicolino Locche, pero creo que ni eso. Que solo fue su indiferencia ante mi gesto lo que me dejó tocando el aire. Como toda la noche.
Ese año unas vecinas nos invitaron a pasar el 31 con ellas, y no encontré una forma de negarme sin rozar la descortesía o exponerme al “viste cómo es”, y, en vez de la improbable ruta –no sé manejar–, hubo una mesa, las anfitrionas, el novio –y su padre– de una de ellas, mi madre, yo, la comida y el ritual vacío, como todos los rituales, del brindis y los deseos que generalmente no se cumplen. Que en mi caso no se cumplen.
Desde entonces, algunos años, en especial estos últimos, los comenzamos allí. Lo cual evidencia que: a) en todo este tiempo no pude encontrar una forma que no me sonara descortés para negarme; b) ni siquiera pude decir, como tenía ganas esta vez, “no, prefiero no ir, no tengo ganas de compartir nada con mi madre”; c) lo más importante, aunque no lo haya visto, aunque tenga que decirlo ahora, editando, tres años después: la apabullante y enfermiza repetición que manifiesta cómo nunca pude encontrar ni construir una puta ocasión distinta para empezar el año (la cual, de paso, me habría permitido decirles “no, gracias, tengo otra cosa que hacer” y salirme del lugar donde me pone su mirada, la cual percibo como lindera con lo despectiva).
Yo puedo ser muy sociable. Al menos, puedo intentarlo. En un cumpleaños en esa misma casa, parece que no lo estaba siendo, y la cumpleañera dijo: “Hablemos del edificio, así se integra”. Pero más allá de una noche desafortunada o de una mirada de mí muy pobre –que habla más de quien mira que de mí–, te puedo hablar de la tele. De tele y de fútbol. Esos temas siempre garpan y no pueden faltar en ninguna reunión de este tipo. (Ni ellos ni Google, para saber quién tiene razón).
Por ejemplo, te puedo tirar que Ricardo Fort tiene acromegalia porque se zarpó con la hormona del crecimiento tomándola de grande, y que eso lo deformó y lo obligó a operarse. Aunque respecto del fútbol vengo medio para atrás con las ligas europeas, de las que cada vez se habla más. Igual, en esta reunión, no era necesario…
Supongo que fue la voluntad de ejercitar la sociabilidad, de ser una persona “normal” y amena en un lugar donde me conocen fundamentalmente por el relato de otros (de mi madre), la que incluso me activó neuronas donde se alojaban los nombres de varios actores de reparto de telenovelas ochentosas –esas que veía con mi abuela–, algo muy apropiado en un lugar donde había una fanática de las novelas. La ejercité de un modo que quizá –espero– haya hecho mi presencia llevadera y amena, pero luego me di cuenta de que ese ejercicio no me sirve ni como práctica para la interacción con desconocidos.
En un momento de ese 24 ya 25, nuestras familias, no sé si deliberadamente, nos dejaron a solas, y hablamos en términos más personales, por decirlo así. Habló de su negocio, que debió cerrar, y de su actualidad, y usó las palabras fracaso y frustración. Y aun teniendo menos experiencia vital que ella, sentí una gran identificación. Y debí contenerme –al menos, traté–, porque cuando encuentro una ocasión tan propicia para hablar liberadamente de los fracasos, me subo a la moto y corro el riesgo de mostrar algunos que terminan estando más allá de lo tolerable. Que hable ella de que no quiere enterarse de si su ex tuvo un pibe y a ella le llegaron los 40 sin maternidad o de que le pidió a la hermana que borre del FB a una ex compañera suya de colegio que se transformó en una eminencia médica porque no se lo banca. Pero no yo acerca de cosas que sólo digo en este blog. Y menos de las que ni acá digo.
Lo mismo sucedió el 31. Las mismas personas, los mismos temas, las mismas búsquedas en Google. Y la misma retirada dejándonos solos con el champán, en una situación en la que yo sabía claramente que ni un beso iba a haber, que ni por un beso daba laburar. Esa vez derrapé un poco, y terminé hablando de prostitución, prostitutas, prostíbulos… De la falacia imperante que quiere equiparar toda prostitución con trata de personas, de las clientas de prostitutas, etc. Rápidamente le salió el prejuicio, y dio por sentado que esas prostitutas de las que yo hablaba eran como la mujer del encargado del edificio, que es linda de cara, según ella, pero engordada por los (casi 40) años, las maternidades y una dieta abundante en grasas y carbohidratos. Fue entonces cuando sentí necesario y posible desactivarlo y salirme de ese lugar donde me estaba poniendo… y terminé mostrándole fotos de algunas de esas chicas que conocí.
Después me di cuenta. (Y me reí). Me dejan a solas con una mina, y me pongo a hablar sobre ir de putas, o sobre la vez que cogí con una sin forro -> lo que me llevó a tomar (intentar tomar, mejor dicho, y fracasar en el intento) la medicación antiviral, que por suerte no fue necesaria; -> lo que la llevó a preguntar “¿pero vos tirás la onda de hacerlo sin preservativo?”.
No solo le salió el prejuicio con respecto a los físicos, sino que cuando hablé de la generosidad que suelen tener las paraguayas con su cuerpo, dijo “¡ay, no!, paraguayas”, o algo así. Luego preguntó por las peruanas, y por los travestis, y en un momento sentenció: “Peor es ser virgen”. No le retruqué “peor es cogerte a tu psicólogo” porque no me acordé de ese hecho. Si me hubiera acordado, tampoco lo habría dicho porque siempre tengo más límites de los que me gustaría. Y porque tampoco sé si es peor garchar con tu psicólogo…
Igualmente, esa frase ingresó en el archivo mental de frases inolvidables. Algunos días después descifré por qué me cayó tan mal. Porque para ella nadie nunca pudo/puede darme bola, nadie nunca pudo/puede tocarme si no hay 200 mangos por hora en el medio. (Lo cual no está muy lejos de la realidad, ja).
Toda esta introducción para llegar al momento en que ya amanecía, y, en el patio, de pie, casi por despedirnos, dijo que había tenido una discusión con su familia el día anterior porque en el edificio pasaban las mismas cosas que antes de irse a vivir con el que era su novio, y que en la discusión dijo: “Vendamos y denme mi parte, y me voy a cualquier lado, a un lugar donde nadie me conozca”.
Dijo esa frase que varias veces dije yo últimamente. Dijo “denme mi parte” y quedó anulado que cuando le hice escuchar una canción de Gabo en Youtube se puso a hablar encima (mentira, no fue ella, fue la hermana, la misma que tocó mi pantalla de LCD con el dedo: no señaló algo en ella, ¡la tocó!). O que cuando les hice escuchar el poema de Rafeef Ziadah que comienza con unas palabras en árabe –porque no soy sólo Silvia Kutica o Marina Skell–, primero dijo: “Ah, pensé que era una onda Carla Conte”, y luego, durante la intro en árabe, dijo “ah, bueno”, con tono de miráloquenoshacésescuchar. O que cuando mencioné –hurgando en mi escaso bagaje de temas de conversación, más escaso aún si me mido para no exponerme en demasía– que había viajado en el subte A el último día que circularon los vagones de madera, pensó que estaba llorando porque parece que me toqué un ojo mientras lo contaba (?).
Quedó todo de lado e instintivamente levanté mi brazo y lo acerqué con la intención de que nuestras manos se encontraran en un high five como se habían encontrado nuestros cerebros en la producción de esas palabras que, pensamos, pueden hacernos salir de aquí. No me parece que haya movido el cuerpo para esquivar el contacto. Tal vez un mínimo movimiento de la parte superior del torso, retirándola, al estilo del mejor Nicolino Locche, pero creo que ni eso. Que solo fue su indiferencia ante mi gesto lo que me dejó tocando el aire. Como toda la noche.
Escribo como con una pila en la mano
Buscando un espejo de agua pura para arrojarla. Con mucha fuerza.
Y si no lo encuentro, tené cuidado de que no te la tire por la cabeza.
(A quien me hable de ecología, le voy a tirar la pila por la cabeza, como no me amino a tirársela a las vidrieras de los supermercados donde unos carteles dicen que “el planeta nos pide que dejemos de usar las bolsas plásticas que están unos minutos en nuestras manos y 200 años bajo tierra”. Cuidar el medio ambiente está bueno para todos, según Coto y Ciudad Verde del GCBA, a quienes el planeta no les dice nada por el aire acondicionado que usan en sus supermercados y oficinas, pequeños, medianos o gigantes. Yo tengo que pagar 15 o 25 centavos por la bolsa, pero ellos pueden usar el aire a full, y con subsidio a la electricidad. ¡Qué selectivo es el planeta! O qué selectivos son quienes dicen escucharlo).
Por lo menos, espero que la pila no me explote en la mano.
Y si no lo encuentro, tené cuidado de que no te la tire por la cabeza.
(A quien me hable de ecología, le voy a tirar la pila por la cabeza, como no me amino a tirársela a las vidrieras de los supermercados donde unos carteles dicen que “el planeta nos pide que dejemos de usar las bolsas plásticas que están unos minutos en nuestras manos y 200 años bajo tierra”. Cuidar el medio ambiente está bueno para todos, según Coto y Ciudad Verde del GCBA, a quienes el planeta no les dice nada por el aire acondicionado que usan en sus supermercados y oficinas, pequeños, medianos o gigantes. Yo tengo que pagar 15 o 25 centavos por la bolsa, pero ellos pueden usar el aire a full, y con subsidio a la electricidad. ¡Qué selectivo es el planeta! O qué selectivos son quienes dicen escucharlo).
Por lo menos, espero que la pila no me explote en la mano.
martes, 11 de diciembre de 2012
No sirvo ni para comprarme zapatillas
Yo,
que suelo decir –que creí descubrir– que comprarme zapas me resulta más fácil
que comprarme ropa, debería revisar esa afirmación.
Tenía
que comprarme zapatillas porque no me quedó un solo par sano, y se torna incómodo
usar unas zapas en casa –las que están más rotas– y otras en la calle. Y se
torna ridículo salir con el Poxiran en el bolsillo por si se despega la suela
en la calle. Y se torna casi freak pegarlas en la sala de espera del
consultorio de la dentista.
(No
me mires así: no me drogo, no voy a compartir el pomo con un niño de los que
venden cosas en el tren. A veces quiero que se despeguen para pegarle una
respirada, pero no más. A propósito, avisame si te vas a sacar el esmalte de
las uñas).
Hice
el recorrido que suelo hacer por varias casas de deportes, buscando zapatillas
que me gusten a un precio razonable (porque hay algunas que cuestan más de una
luca). Tardé bastante en completar el circuito, y en decidirme, y en ir a
comprarlas, porque este año todo me costó aun más tiempo de lo que me costaba.
Finalmente un atardecer lluvioso fui a Once a comprarme unas Olympikus blancas
de 280 mangos que solo había encontrado en dos lugares. En uno, no tenían mi
número, sino uno más grande. En el otro, me dijeron que no eran para personas
de mi sexo: ni esas ni tampoco las de ¡190! que estaban al lado.
Me
volví con bastante frustración y con los tres billetes de cien que había
llevado (y con el Poxi) en el bolsillo, y en ese momento, o más tarde, decidí
que el plan B eran unas Nike blancas que había visto en el outlet a 320 pesos.
Mi experiencia con Nike no fue buena, pero la posibilidad de pintarlas con
sintético, como pinté a las otras, me atraía mucho.
De
nuevo, tardé mucho, quizá un mes, en ir, en sentirme bien como para ir, en que
mis horarios me permitieran ir, y cuando fui habían aumentado: 350 mangos. No
las compré y, en cambio, decidí actualizar mi recorrida. Cuando pude hacerlo,
la prioridad pasaron a ser unas Olympikus de 320 a las que vi tanto en blanco
con negro y dorado como en negro y dorado.
De
nuevo, tardé mucho, quizá un mes, en ir, en sentirme bien como para ir, en que
mis horarios me permitieran ir, y cuando fui no solo no me sentía del todo
bien, sino que no encontré las negras en ninguno de los negocios de Once donde
las había visto. Ni me dio preguntar de nuevo por las blancas de 280 de la otra
vez, ya que la velocidad con que se ensuciaron las blancas que tengo –las
únicas más o menos usables que me quedaron– después de su último lavado, me
hizo decidirme por las negras pese a la diferencia de precio.
Recordé
haberlas visto también en Pompeya y decidí ir esa misma tarde. Las ubiqué
rápidamente en la vidriera y entré al negocio, donde cuatro vendedores tatuados
de peinados nuevos y mirada sobradora hablaban junto a la puerta sin darme bola
bajo el volumen elevado de la cumbia. Entonces pregunté “¿a quién tengo que
hablarle?”, y uno dijo “a él”.
Le
mostré las zapas en la vidriera y le pedí unas número 40, aclarando, como hago
siempre, que el número era tentativo, que distintas marcas usan el mismo número
para tamaños diferentes. Me las trajo y me quedaban grandes. Le pedí un número
menos y me trajo unas que me quedaban muy chicas. Como di por sentado que me
había traído un número menos, no le pedí algo intermedio, sino que simplemente
dije “necesitaría algo intermedio”. Sin ir al depósito de nuevo, como si lo
hubiera previsto, me trajo otras y me dijo que ese número sólo lo tenía en
blanco.
No
vi el número en la zapatilla (está en un lugar distinto a las Reebok o las
Adidas), no vi el número en la caja porque no me la dio… Me las probé, traté de
comparar su largo con las que tenía puestas, y, creo que más por que –supuestamente–
era el número intermedio que por cómo las sentía, dije que sí. Más para
terminar con eso, creo, y para no salir más con el Poxiran en el bolsillo, dije
que sí. Aunque eran blancas y no negras. 319 pesos.
Me
pregunto: ¿no sería más fácil si estos lugares tuvieran un “medidor de pies”,
con la correspondiente conversión a la numeración de cada marca? Onda que vos
llegás, te descalzás, te medís el pie y si mide 28 cm de inmediato sabemos que
es 43 para Adidas y 40 para Olympikus. Así, le ahorramos al vendedor dos o tres
viajes al depósito, que, si bien no son muy desgastantes físicamente, sí
parecen serlo para su entusiasmo, y sin duda lo son para la fluidez de la
relación con el posible comprador.
Otra
cosa, de paso. Es importante que me queden bien, claro. Pero también es muy
importante que me gusten. Entonces, si elegí esas zapatillas y entré a este
negocio porque las vi en la vidriera y te pedí esas zapatillas es porque quiero
esas zapatillas y no otras. Si no hay estas en ese número, y no hay esas en
este número, y me ofrecés otras, en este o en otro número, pero no las que yo
quiero… ¿para qué mierda tenés una vidriera? Si es tan complicado encontrar lo
que quiero, sería casi lo mismo entrar al tun tun y comprarme unas cualquiera,
las primeras que me ofrezcas, o casi: dame unas blancas, dame unas negras, las
quiero con resortes, las quiero sin resortes, y listo.
Yo
no tendría ningún problema en ir sabiendo que debo esperar tres o cuatro días,
hasta una semana, ponele, pero que me voy a llevar la que quiero. Como está
claro que nunca se le puede creer a un vendedor cuando te dice “esta semana
entran”, la cosa tendría que venir desde la propia marca: tendría que existir
esta alternativa para comprarse zapatillas, tendría que imponerse esta forma.
Vas, te medís en el medidor de pies, te probás unas de tu tamaño, y si no hay
en stock, las dejás encargadas.
Incluso,
para compensar el tiempo de espera, podrían personalizarse, combinando las
distintas alternativas que tiene un mismo modelo. Algo como hace Renault con el
nuevo Clio. Por ejemplo, a este modelo que me compré lo vi en blanco con la
parte de atrás en dorado y negro y la suela negra, en negro con la parte de
atrás en dorado y negro y la suela negra, y en negro con la parte de atrás en
verde agua y negro y la suela verde agua. ¿Por qué no ofrecer también una posibilidad
en blanco y verde? ¿O blancas con la goma inflada negra o viceversa? No debe
ser tan difícil para la fábrica tener en stock esas combinaciones.
Después
de algunos días en los que no salí a la calle y, entonces, no era preponderante
en mi cabeza el tema zapas-poxiran-etcétera, me las puse. ¡Y me quedaban
grandes! Toqué la punta, buscando el dedo gordo de mi pie derecho, y quedaba
bastante lejos del límite de la zapatilla. Mi estado de ánimo rápidamente
implotó al chocarme con la certeza de una mala compra. Una mala compra, encima,
de un objeto que supuestamente sé comprar. Una mala compra de un objeto que
necesitaba comprar y que estuve, fácilmente, dos meses y medio para comprar.
¡No
sirvo ni para comprarme zapatillas! (Que los vendedores no sirven, ya lo sabía:
sirven para vender lo que no sirve, en todo caso). La concha mía.
Las
medí con un centímetro: les medí el largo, les medí el contorno, traté de
descontar la parte de goma inflada (que en estas es mayor que en las Reebok),
las puse a la par guiándome con el largo de las maderas del parqué, las comparé
apoyando sus suelas una contra la otra. ¡Y eran iguales! Recién después de
medirlas y compararlas unas cuantas veces a lo largo de varios días me pareció
notar que son tres o cuatro milímetros más largas que las otras.
Las
probé en casa, usando una nueva y una vieja, pero la confusión ya me abrumaba,
y de a ratos parecía que se me re salía de lo grande que me quedaba y de a
ratos estaba bien… Igual, pensé en cambiarlas, pensé en ir y preguntar si había
un número intermedio, aunque no fuese de este color: pensé en ir a otro lugar y
repetir todo el proceso sólo para comprobar si había un número intermedio (y
para comprarme las negras, si daba, aprovechando que tengo unos pesos) y luego,
si ese experimento daba los resultados necesarios, ir y cambiarlas.
Pero
entre lo ridículo que me resultaba eso y el tiempo que siguió pasando, me
pareció que ya no daba intentar el cambio. Y el piso de casa está tan sucio que
la suela acusó bastante la caminata, y hubiera debido esforzarme bastante para
limpiarla si quería cambiarlas. Además, era bien posible que fuese inútil, que
hubiera probado los tres números consecutivos, y entonces, sin duda, volvería a
elegir estas. Es igualmente posible que no hubiera probado los tres números
consecutivos, que todo fuese parte de la puesta en escena del vendedor. Y es
aún más posible que nunca lo sepa…
Finalmente,
el otro día tuvieron su primera prueba en la calle y la pasaron airosa: caminé
casi cincuenta cuadras y no las sentí incómodas en absoluto. Sin embargo,
recién, durante el tiempo que se pasa esperando en el inodoro, volví a levantar
el dedo gordo del pie derecho y se nota que queda bien lejos de la punta de la
zapatilla, como a un centímetro.
¡No
entiendo nada!
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