martes, 7 de agosto de 2018

No voy a salir más a la calle (Sué Mon Mont en Roseti)

El otro día, quizá el domingo, pasé después de un tiempo por el Facebook de Sué Mon Mont y con sorpresa vi que tenían fecha en Capital: la primera y, dicen, tal vez la única del año, este sábado en Chacarita. La descarga de neurotransmisores no puede medirse, pero doy fe de que fue intensa en el momento y, lo más importante, de que perduró en el tiempo y se consolidó en ganas de ir, aunque no hubiera con quién compartir la salida.
Pasó la semana y el asunto fue creciendo en importancia hasta transformarse en el faro de mis días estos días. Ahora me doy cuenta de que esta semana salí a la calle tres veces: el lunes, para correr un poco, justo cuando se cumplían cuatro semanas sin correr; el jueves, para ir a cobrar el laburo que hago para el lugar donde antes trabajaba diariamente (eran dos meses, 800 pesos, porque estuve todo un mes sin ir a cobrar lo de julio) y hoy, recién, para ir al recital.
Como siempre, el asunto fundamental era descansar. Esta semana ya no hubo vacaciones de invierno, con su consecuencia de niños 24x7 (sí, es un pijazo) en los departamentos cercanos, no hubo cumpleaños de adultos –como el del sábado pasado, que me obligó a salir a la calle, dos horas y media caminando bajo la llovizna y el frío para evitar el quilombo que hacían arriba de mi cabeza, el cual terminó a las 2.15 a. m.–, no hubo pijama party de los nenes. Pero era sábado, niños que no van al colegio, adultos que, si no hacen quilombo hasta tarde, se levantan antes de las ocho de la mañana. Y me desperté varias veces pese a los tapones en los oídos que uso cada vez que duermo. Incluso la despertada pasó a nivel desvelo, y hasta prendí la computadora y boludeé un poco.
Es tan difícil explicar esto, me siento tan freak refiriendo mis capacidades diferentes para descansar. Si los propios profesionales de la salud especializados me hacen sentir freak, ¿cómo quedaré en la mirada de alguien que no se dedica a eso?
Finalmente, pude dormirme de nuevo, entre las tres y las cinco de la tarde, y cuando me desperté me sentía razonablemente bien. Gran noticia. Y gran consecuencia: voy esta noche a ver a SMM. Miré el Facebook de nuevo, por las dudas, a ver si había info exacta sobre el horario de comienzo. Y no, nada significativo: solo decían que daban puerta 21:30 aunque el flyer anunciara a las 21.
Una vez me tuve que fumar una hora y media de espera en Niceto, un martes que estaba anunciado a las 20 y la banda previa comenzó a las 22 (y SMM a las 23). Otra vez, el año pasado, plena madrugada de invierno, fueron tan deliberadamente imprecisos para hablar de la hora del show que directamente no fui. Imprecisos y desconsiderados para con la gente que decide cagarse de frío para verlos y en especial para con la gente que, por el motivo que sea (desde tener un cumpleaños hasta problemas de salud… adiviná qué opción me corresponde), no puede quedarse tres o cuatro horas en un lugar.
Si esta vez anuncian a las nueve, o a las nueve y media, empezarán a las once, supuse. Ni siquiera pregunté por Facebook ya que cuando pregunté, aquella vez de Niceto, no obtuve respuesta ni por el horario ni por el valor de la entrada, que no era el mismo en el FB de la banda que en la boletería.
Quise salir a las diez de casa, pero me demoró la última empanada, y salí diez y diez. El colectivo que me lleva a Chacarita no venía, y pronto decidí la combinación de varios subtes, que no fue mi primera opción porque justo ayer aumentó y porque prefería viajar sentado en el bondi y sin tener que caminar ni subir y bajar escaleras.
22.50 estoy en Chacarita. Caminando por Lacroze como la empanada extra que llevé para mantener mi glucemia en condiciones. En la esquina previa me desvío unos metros y hago pis en la botella de agua, ya vacía, que traje para bajar la empanada y la dejo junto a un árbol. Antes de las once llego a Roseti. ¿Dónde es, dónde es? Ah, es una casa, un PH con un cartelito escrito a mano, de 12 x 5 cm, pegado en la puerta. No hay nadie en la vereda, se escuchan voces adentro, pero no música. Aún no empezó, imagino. Doy una vuelta manzana para hacer tiempo, para minimizar el tiempo en que voy a estar sin hablar mientras todos hablan, y, cuando vuelvo al lugar, desde la esquina veo a una chica en la puerta. ¡Bien!
Le pregunto si ya tocó el timbre, y, antes de que me responda o de que cambie su cara de nada y emita una señal de que registró mi existencia, sale un pelado con aspecto de estar caminando sobre nubes de colores. La saluda llamándola por su nombre completo, la abraza y la hace pasar. Cuando muevo el cuerpo en esa dirección, él dice que no, que no puedo entrar, que no hay lugar. Creo que usa la expresión "lugar privado" o "fiesta privada", seguro dice que había que reservar. Cual-quiera.
Supero rápido el desconcierto que me provoca saber que me está mintiendo y le pregunto retóricamente si toca Sué Mon Mont. Me contesta que no, tarda algún segundo y agrega que toca Rosario Bléfari. "Bueno, sí, es la banda de Rosario Bléfari", le digo… Líneas del diálogo se habrán perdido en la memoria, lo mismo que la precisión en la cita de las que sobreviven. Me explica que la chica entró porque es su hermana, pero que yo no puedo pasar porque la capacidad es limitada y el lugar está lleno. Incluso invoca una disposición municipal. "O sea que vine al pedo", algo así le digo. Me responde que sí, dice por segunda vez que lo lamenta y con toda cortesía me cierra la puerta en la cara.
Me quedo unos pocos segundos frente a la puerta cerrada, procesando el aturdimiento que me produjo la situación, cuando lo escucho preguntar "¿se van?". Acto seguido, abre la puerta y salen dos personas, y entonces me dice que como se van dos, puedo pasar. Bueno, gracias, qué bueno, qué suerte. Casi la misma que encontrar el subte entrando en la estación cuando yo daba mis primeros pasos por el andén.
"Ya te cobran", me dice, y me indica que espere en el zaguán del PH. Pronto viene una chica, se guarda los 200 mangos –el único registro de mi presencia– y me habilita a pasar.
En la desembocadura del zaguán hay dos minas que charlan, fuman y obstaculizan el acceso. Me quedo detrás de ellas hasta que, en menos de cinco minutos, la chica nos dice que pasemos a la sala, que ya empieza. Faaa, llegué justo, qué suerte estoy teniendo hoy, pienso. Las minas mucho no se mueven, algún otro que está ahí tampoco y tengo pedir permiso y esquivarlos. Entonces veo que se trata de un patio que es la mitad o menos del patio del departamento donde vivo, con una barra a la derecha y quizá una decena de personas allí.
Lo que habrán sido las habitaciones de la casa ahora son "la sala", que, en efecto, está colmada. Casi todos sentados en el piso porque las sillas están apiladas contra una pared, algunos sentados en la escalera y otros en un sillón que está frente al escenario. Unos diez quedamos de pie, sobre todo cerca de la puerta, a la derecha de los músicos y perpendiculares a ellos.
"Retomamos", dice Rosario, y esa será la palabra clave de lo vendrá. La versión electro-acústica incluye al guitarrista tocando el violín, y tras un silencio de aula largan con "Copiloto". La mina que tengo a mi derecha, cercana a los cuarenta, que está con otra mina, más probablemente su novia que su amiga, no para de moverse, un bailecito interminable por el que me choca varias veces. A mi izquierda, atrás, una pareja joven se da besos y, más adelante, dos cuarentones en pantalón de gimnasia y zapatillas con sus respectivas mujeres (o eso presumo) no sueltan el celular con el que graban.
Rosario canta sentada todo el tiempo, yo canto algunas canciones, otros también. Veo sus bocas moviéndose en la penumbra cuando miro hacia los costados. "A tu ritmo" suena rara y entrañable sin distorsión, podría ser una joyita de las tomas alternativas que hay en esa caja cuádruple de los Doors que compré hace mucho. En algunos temas, en algunos estribillos ("lo digo bien, lo digo bien"), la gente, aun sin zarparse de efusividad, compite contra la voz amplificada de la cantante.
"El último tema vamos a hacer ahora", anuncia RB antes de la séptima canción.
(?)
Sí, no tuve suerte: llegué en el intervalo. Esta vez, por una puta vez, empezaron temprano. Y yo llegué tarde. Y nadie me dijo. Ni el pelado amablemente drogado ni la chica con remera de Star Wars que me cobró los 200 pesos por siete canciones (más dos bises).
Pasan de nuevo "Copiloto" y "Besos", y chau. No salgo de mi asombro y quiero acercarme a la lista de temas que Rosario deja sobre la mesa del teclado, pero tengo que caminar contra la corriente de gente que sale, y otro la agarra antes de que yo pueda dar un paso en esa dirección. Se me ocurre pedirle que me la muestre antes de guardarla, pero desisto. Me voy sin saber cuántas canciones me perdí.
Ya está, ya terminó. La mayoría de la gente se queda en el patio, la mayoría de la gente está con alguien, yo soy una mosca atontada rebotando contra infinitos ventanales. Miro la mesa con los discos y como aquella noche de Niceto decido no darles ni un mango más. Uno pasa raudo y encara para el zaguán, lo sigue una pareja. Decido sumarme y salir yo también. Solo nosotros nos vamos. Pronuncio una palabra, "gracias", a la persona que sale antes que yo y me sostiene la puerta, no por educación, sino para comprobar que no soy un fantasma.
Todos agarramos Lacroze, el que estaba solo se pone un gorro para mitigar el frío, la pareja cruza la calle, miro la hora, son las 23.45. Toda mi expectativa de la semana disuelta en menos de 45 minutos, en media hora de show.
Decido caminar los más de siete kilómetros hasta mi casa.
La sensación de no encajar es apabullante, es esa función del viejo Paint cuyo ícono es un balde. Bueno, un balde así de neurotransmisores vinculados con el abatimiento y la decepción y el vacío y la nada misma me pinta todo el cerbero, toda la sangre, todos los órganos.
El mundo no es para mí. O yo no soy para el mundo, no importa: de una forma u otra no hay match. La (nueva) comprobación de la fugacidad con que se desintegra todo aquello en lo que uno pone –en lo que uno puede poner– la energía también apabulla. Demuele.
En un momento, las cámaras de seguridad pueden testimoniarlo (?), tuve que sentarme en los bancos que hay en algunas paradas de colectivos porque me costaba sostenerme en pie. Unos metros antes había visto unas revistas de Farmacity tiradas en la vereda. Volví, las levanté y las guardé en la bolsa donde había llevado empanada y botella, y las traje para venderlas como papel, pero sobre todo para que el cuerpo tenga que hacer alguna fuerza y cambiar así mi dinámica psicofísica.
Llego a casa y al rato empiezo a escribir esto. Mientras todos hacen cosas, yo paso y repaso y trato de ponerlo en palabras porque si no me escribo soy una inexistencia y se acrecienta el riesgo de saber si estoy o no.
Pienso no hacer más nada, no ir más a un recital (salvo que diga "puntual", como dice Dancing cuando toca en el Konex), no cortarme el pelo en la peluquería antes de ir a ver la dentista (nuevo faro de mis días por esta semana), no sumirme en la depresión infinita que implica mirar departamentos horribles que serán poco más o poco menos invivibles que este (y lo digo ahora que el vecino, Juancito Cancro, abre y cierra su placar con puerta deslizable que parece un terremoto), no comprarme una campera y seguir usando esta, remendada, con 25 años a cuestas; no ponerle ni un gramo de energía al otro blog que hago, sobre el que tuve la fantasía de que fuera más presentable que este y finalmente no mueve el amperímetro.
Pienso no salir más a la calle, no hacer nada de eso ni las cosas que ni se me ocurren porque, aunque creas que no tenés nada para perder, siempre podés estar peor, podés, incluso, perder esa creencia.

2 comentarios:

Langalay dijo...

con mucho ritmo. me encanto.

y.0. dijo...

Ritmo, ritmo...