jueves, 7 de agosto de 2025

¿Tendrá diagnóstico Leo?

Raíces cuadradas

Algún vecino entra o sale del ascensor con su hijo preadolescente, que, en voz notablemente alta, va repasando las raíces cuadradas. No recuerdo hasta dónde llega, si alcanza el diez por diez, cien. No lo recuerdo porque mi voz –mental– se superpone y sigue de largo: once por once, ciento veintiuno; doce por doce, ciento cuarenta y cuatro; trece por trece, ciento sesenta y nueve; catorce por catorce, no sé; quince por quince, doscientos veinticinco; dieciséis por dieciséis, doscientos cincuenta y seis.
Entonces, quiero sacarme la espina del catorce por catorce, y algo en la cabeza se me acomoda de forma que puedo notar que sumando trece y luego catorce al radicando anterior, que en este caso es ciento sesenta y nueve, llego a ciento noventa y seis, que es el número que estaría buscando. Pruebo con otros números, con quince y con dieciséis, que es más fácil, y funciona: ciento noventa y seis más catorce más quince es igual a doscientos veinticinco, y doscientos veinticinco más quince más dieciséis es igual a doscientos cincuenta y seis.
Otro día me vuelvo a acordar del asunto y empiezo a probar desde números de una cifra y sigo hasta que me aburro, pasando el treinta, comprobando la precisión de mi descubrimiento. Seguro que es re básico, pero se me ocurrió a mí sin siquiera la ayuda de un lápiz y un papel; seguro que hay más de un video en Youtube explicándolo, pero ni lo busqué…
Ahora que, años más tarde, vuelvo a repasar esto para no publicar cosas que están mal, ratifico que está bien y a la carrera veo que catorce por catorce también es igual a siete al cuadrado por cuatro. Pruebo con otros números y ¡funciona! Con los números pares es fácil de comprobar: doce por doce es igual a seis al cuadrado por cuatro; diez por diez es igual a cinco al cuadrado por cuatro; dieciséis por dieciséis, a ocho al cuadrado por cuatro. Con los impares tuve que recurrir a la calculadora, pero también funciona: cinco coma cinco al cuadrado por cuatro es igual a once al cuadrado. Y así con todos: seis coma cinco para el trece, siete coma cinco para el quince, etc.

Se me rompieron las zapas (las amarillas)

Supongo que las saqué del armario cuando dejé las Pulse para lavar. Esas cosas que uno hace pero no registra con la minuciosidad funesiana que más tarde preferiría haber ejercitado. La idea era –o habrá sido– cubrir la necesidad de recorridos caminados, quizá correr alguna vez, sobre todo días post-lluvia, o cosas así, tipo suplencias, ya que los dos pares de Cumulus tienen las suelas destrozadas, pero son tan cómodas que no quiero darlas de baja, y entonces tengo que maximizar cada uso que les doy.
Poco después de haberlas vuelto a la rotación, una noche llegué a casa y para sacármelas hice lo de siempre: desarmé el nudo del cordón y apoyé la mitad trasera de un pie contra el otro haciendo fuerza. Pero esta vez sentí un crac, o un plop, más un cambio en la resistencia que un sonido. Lo que fuera reveló que algo inesperado había ocurrido. Y eso fue que el formotion se despegó antes de que la zapatilla derecha saliera de mi pie, o mientras salía. Se despegó por completo y quedó colgando apenas sostenido por una de las dos tiras de goma de la suela que se extienden hasta allí en una especie de puente que lo une con el resto de la media suela.
Lo pegué con poxi, pero el arreglo no duró mucho. Volví a pegarlo con el mismo efímero y desalentador resultado una o dos veces más. Usarlas se redujo a probar si el poxi aguantaba, y una de las veces que salí a caminar en ese plan, la noche del primer sábado de agosto, terminé encontrándome con NJ, pero no atiné a hablarle antes de que entrara junto con sus acompañantes en la parrilla de fachada amarilla. (Eso debería ser otro post).
Tengo el recuerdo de la ida, de pisar bien fuerte con el antepié en el cordón de la vereda de la calle de la rima fácil porque en lugares así no era necesario apoyar todo el pie y, por lo tanto, tampoco lo era cuidar la fuerza de la pisada como sí lo hice durante el resto del viaje, sobre todo porque en la vuelta ya lo sentía medio suelto y desencuadrado.
La última vez el pegamento no duró ni dos cuadras. Antes de llegar a la avenida ya estaba flojo, moviéndose, a veces más, a veces menos, y había que ser consciente de la pisada para que el formotion no chancleteara más de la cuenta. Comprobada su ineficacia, las usé así unas pocas ocasiones, para viajes muy cortos, por ejemplo los que hice al banco cuando tuve que hacer un trámite. Uno de esos mediodías, mientras esperaba que me atendieran, y sólo porque había llevado los anteojos, vi que la izquierda también tenía una de las tiras de suela cortada, pero no se había despegado el formotion. Y pensé que cuando se despegara sería el momento de abandonar todo intento de prolongarles la vida.
Al poco tiempo, tal vez la siguiente tarde en que las usé, yendo a plastificar el certificado, di un paso que no llegó a ser malo, apenas un toque más fuerte del talón con el cordón de la vereda al cruzar una esquina, un mal cálculo del ángulo de la rampa, y de la nada el formotion se soltó del todo, de la tira de suela de caucho Continental, y debí renguear el resto del recorrido con el coso ese en el bolsillo, dos cuadras y media que faltaban de ida y cinco casi seis de vuelta.
Después quedaron ahí, aguardando su destino, una decisión mía que fuera su destino, hasta que opté por usarlas igual en recorridos cortos, no sé si para ahorrarles un ínfimo desgaste a las otras o como forma de estirar la despedida. Desafié la cojera en algunas caminatas breves por acá, sobre todo de noche, porque me daba vergüenza andar con la zapa rota a la luz del día, y cada vez que me las sacaba lo hacía con cuidado y notando que también se había despegado una parte de la zapatilla –la trasera– de la media suela; pero siempre me olvidaba de ponerle poxi.
Hasta esa noche, pasado fin de año, en que elegí usarlas para ir al parque a ver si el corte de luz seguía y se lo podía atravesar como la noche anterior, alumbrado sólo por los autos que pasaban. A las doce cuadras –un cuarto de viaje, aprox.– sentí algo raro en un paso cualquiera, y al mirar descubrí que se había despegado la media suela casi hasta la mitad de la zapatilla. Tuve que tomar la decisión de volver o no, y elegí continuar.
El apagón era más grande y se mostraba inaccesible desde la misma esquina del parque. Doblé las dos veces a la izquierda para retornar a casa y sentía la zapatilla cada vez más floja. De a ratos la media suela se desplazaba lateralmente hasta el límite de la incomodidad. Llegando al último cuarto del viaje, esto ya era muy notorio, tanto que pensé en venir saltando en una pata, total eran cerca de las doce y no había nadie en la calle. O arrancar la media suela y pisar apoyando la zapatilla desnuda esas diez o doce cuadras. La otra opción era caminar casi arrastrando el pie para que no se desencuadrara.
Dos o tres cuadras más adelante, de alguna forma la situación se me hizo insostenible, y sí: decidí arrancar la media suela. Tuve que hacer bastante fuerza a la altura de los dedos chiquitos, el último bastión del pegamento que en todo el resto había cedido sin dejar huellas. Miré la altura de la calle para saber cuánto me faltaba y seguí rengueando, esperando llegar con la media suela en la mano, pero sin (otra) novedad. En la mitad de ese último cuarto tuve que desviarme porque había otro apagón. Agarré por la avenida, donde al comienzo no era tan cerrada la oscuridad por los autos que pasaban y por algunas luces que sobrevivían, pero el panorama fue cambiando a medida que avanzaba.
Más pendiente de adivinar en lontananza dónde estaba el límite de la luz, si más allá o más acá de la calle de mi casa, que de la zapatilla sin media suela y la cojera que me producía, el normal funcionamiento del semáforo en la esquina de las avenidas me dio alguna ilusión. Pero los edificios como sombras más oscuras en la oscuridad, sin una lamparita que sirviera como signo vital, contrapesaron con creces aquella expectativa.
En el bar de la esquina, una chica de lejos atractivo esperaba teléfono en mano algo o a alguien apoyada en el alféizar de una ventana. Llegué a mi calle y era literalmente imposible caminar si no pasaba un auto. Y no pasaba ninguno. Entonces volví sobre mis pasos –rengos– hasta la otra avenida para acercarme a mi casa por allí. Pensé en cruzar de nuevo para pasar cerca de la chica, pero no era mi mejor versión la de una media zapatilla en la mano. Y mi mejor versión tampoco conseguiría nada. Nunca consiguió nada. Retomé la avenida y al llegar a la próxima esquina volvió la luz. Algunos automovilistas festejaron haciendo sonar bocinas. Y yo caminé las dos cuadras y media que me faltaban con luz. (Mi madre, quejosa, abrió la puerta antes de que yo encontrara la llave correcta, onda que estaba mirando por la cerradura, y después me recriminó que a dónde salgo y no sé qué más).

En su momento, habían perdido la final de mi consideración con las Asics Pulse, tal vez por el hype de esta marca y su gel. Pero siguieron tentándome desde la vidriera del Solo Deportes de Pueyrredón durante dos o tres meses en los que no aumentaron de precio, y también desde Foroatletismo, donde las consideraban aptas para ser zapatillas de entrenamiento y utilizadas prácticamente para todo por gente de mi peso (de entonces), aun cuando mis tiempos eran más de un minuto más lentos que los indicados en el post.
Cuando tuve plata de nuevo, a fines de diciembre de 2015, las compré por 1270 pesos, la mitad de lo que costaban las Supernova Glide última generación. Fueron las últimas Adidas que compré, las últimas zapas blancas que compré… (las últimas zapas que me compré en casi tres años). Antes de abandonar el local, la vendedora me dio un almanaque del negocio, con algún motivo de corazones y animalitos de peluche, y me dijo “para tu señora” (?).
Fueron las menos robustas de todas las que tuve, más livianas –casi un 15% menos peso que las Cumulus–, más finas, más angostas, más ceñidas, con (las) paredes (del upper) de durlock; pero se la bancaron impecablemente y no tuvieron ni una rotura, salvo el formotion, que la otra también lo tiene cerca de la despegada, pero en la mitad inferior, no la pieza entera. Si hubiera tenido más precaución a la hora de sacármelas, quizá podría haberlas usado un tiempo más, aunque sea como *zapas de vestir*. (O si hubiera mezquinado un poco los talonazos que metía para sentir cómo acomodaba la pisada al pegar con el formotion).
Eran sobriamente lindas. Había algo relacionado con la elegancia en sus líneas, y estas tenían la combinación de colores más atractiva de las que veo en la web ahora que googleo para averiguar su peso. Voy a extrañar ese blanco con vivos negros y algo de amarillo en las tres tiras.
El problema mayor fue su ajuste, que pasaba de muy flojo a dolorosamente prieto en un mínimo movimiento de cordón. No sé si por el material de los (larguísimos) cordones, por su ojetera, por su ancho o por qué. Tal vez esa fue la razón por las que no llegaron a desbancar de mi preferencia a las Adidas azules. Y luego compré las Cumulus, que se fueron ganando mi amor hasta convertirlo en devoción. Por eso pasaron parte del tiempo en el placar, siendo suplentes de los dos pares de Cumulus.

Forman parte de un tiempo borroso, y no tengo muchos recuerdos de ellas, salvo el más vívido, ese mediodía que esperábamos al escribano que tardaba y tardaba, y decidimos irnos del banco a un lugar más tranquilo, a los asientos de la parada del colectivo frente a la Kentucky de plaza Italia. Ahí, llenando el tiempo muerto, encontré restos de arena en ellas, arena del cajón de salto en largo de la pista, de cuando unos días antes quise saltar y me resultó mentalmente imposible romper la fuerza de gravedad. Y fue como unir dos mundos.
Y el de la mojada en el parque frente al Garrahan en el charco de la vereda de cemento (mal) alisado. Yo corriendo con la confianza de que si no hay baldosas no hay baldosas flojas que salpiquen, y el espíritu de un tercerizado municipal desmintiéndome con su trabajo mal hecho… Después las encontré en las fotos del club la noche de la entrega de diplomas, cuando no entrábamos en cuadro por ser muchos, y me hinqué cual número 9, propiciando la fila de los agachados, y en dos filas sí cupimos. Y también en primer plano en una foto frustrada una tarde que fui a Ramos.
Todos esos, algunos más que otros, y el lugar donde las compré, son las opciones que tengo para dejarlas cumpliendo el ritual de las zapas cuando mueren (que también incluye este post). Tal vez sean cuatro, uno para el formotion, otro para la media suela, otro para el resto de la zapa y un cuarto para la zapa que quedó entera, que será seguramente la pista del parque, más bien el cajón de salto en largo.

Algunos nacen con estrella y otrxs nacimos estrelladxs

Había habido saqueos, había estado de sitio y tocaba Don Cornelio en el Parakultural. Unos pibes, aún menores, se vinieron a verlos desde Bernal, en el Roca o en colectivo, y no los paró la cana en la madrugada de San Telmo, y se volvieron sin problemas a su casa en algún bondi que pasara toda la noche.
Y a mí la yuta me paraba en la esquina de mi casa a las cuatro de la tarde.

Exposición de vehículos antiguos

El colectivo tarda mucho en venir. Tampoco pasa el que va para el otro lado y empiezo a pensar si no hay un paro repentino. Finalmente, cruza uno que va para la estación, señal de que funciona. Y de que hay que seguir esperando.
Hasta que llega, más de veinticinco minutos después llega, recontra repleto llega. Somos cuatro los que subimos, yo en último lugar, y no cabe nadie más: tardé varias cuadras en sacar el boleto porque no podía salir del espacio entre el parabrisas y los primeros asientos, donde los colectivos de provincia aún tienen escalones. De hecho, quienes esperaban en las dos paradas siguientes debieron seguir esperando porque no les paró. Vamos tan apretados que varias personas bajan por adelante cuando les llega el momento porque la puerta del medio es casi inaccesible; entre ellas, la señora del primer asiento, donde aprovecho para sentarme. El coche se va vaciando hasta niveles normales, en alguna esquina se desvía porque la calle está cortada debido a un choque, y cuando varios pasajeros le preguntan si va a retomar o si sigue derecho hasta (ex) Humaitá, el chofer, joven y pretendidamente fachero, decide ignorarlos una y otra vez.
La próxima escena sucede luego de cruzar el puente. En la primera parada sube una chica llegando a sus treintas y le pregunta si es el 160. De inmediato se siente en la necesidad de aclarar que preguntó porque el reflejo del sol no le dejaba ver el número. El chofer sonríe bajo sus anteojos oscuros y le dice que sí. Ella menciona la calle San Juan, para saber si llega hasta ahí y/o para pedir el boleto, y se queda parada junto al lector de la Sube, pese a que al fondo hay espacio. Teléfono en mano, habla o mira mensajes. En un momento retoma el diálogo para decirle que tardó mucho, y el conductor admite que sí, que están andando “más distanciados”. Después le hace otra pregunta: cuánto tardará en llegar a San Juan. “Diez minutos, más o menos”, responde él, que se fija en la planilla antes de contestar, aunque debe de saber los tiempos de memoria. Entonces ella vuelve al teléfono para dejar un mensaje diciendo que en diez minutos llega.
La tengo a medio metro y la miro de reojo, pero sin mirar mucho, y/porque es claramente atractiva. Atractiva por su presencia y por lo que irradia, no por tener curvas o piel al descubierto, salvo la de la cara, despejada completamente por una vincha color rosa viejo, la cual deja ver unos trazos circulares de total armonía. Más sencillo es ver su pelo oscuro atado en una especie de moño sobre la nuca y reparar en unas canas cerca de la frente que se podrían contar con los dedos de las manos. Más fugaz es la mirada que distingue la cicatriz de un piercing en el bozo.
Nunca se mueve de mi lado, pero claramente, y aunque el pasillo tenga el ancho de un pasillo de bondi, elige estar mucho más cerca del chofer que de mí. Al rato vuelve a preguntarle algo: ahora quiere saber si va por Boedo. Él le explica que no, que es la primera “para allá”, que la deja a una cuadra. Faltando dos paradas suben unas viejas. Les dejo el asiento y cuando una de ellas me dice que no es necesario, respondo, fuerte y claro, justo al lado de la chica atractiva, que bajo en San Juan. Pero ella no se hace cargo, prefiere quedarse junto al chofer, y pienso que si no fuese así de linda sería un incordio. Me paro junto a la puerta del medio y quedan al alcance de mi vista los mensajes de Whatsapp que manda una pasajera mientras sus hijos (6 y 3 años aprox.) terminan una bolsa de papas fritas y tiran al suelo las migas (algunas grandes) de las papas que quedaron sobre sus ropas. Le escribe a “Yesi vesina” diciéndole que tiene pastillas para que venda si le sirve, pero Yesi no contesta antes de San Juan, así que me quedo sin saber qué pastillas son o cómo las consiguió.
Llegamos y la chica baja por adelante; yo, por el medio cuando el chabón abre la puerta, que tarda un toque. Una vez en la vereda la busco con la mirada para ver si está yendo en la dirección correcta, pero no la encuentro. Empiezo a caminar lento, empiezo a pensar en otra cosa, hasta que la reconozco casi llegando a la siguiente esquina y no entiendo cómo se alejó tanto. Cambio de velocidad para estar cerca de ella nuevamente, a ver si me pregunta algo y le puedo responder, pero no: se detiene para prestarle atención al teléfono, y yo con el impulso ya estoy cruzando Boedo. Ahí mismo debo girar a la izquierda y cruzar San Juan, pero justo cambia el semáforo y me tengo que comer toda la onda verde, mientras noto que otra vez la perdí de vista y presumo que cruzó hacia el norte cuando yo cruzaba hacia el este.
La avenida está cortada por la exposición de vehículos antiguos. Lo primero que se ve es un Impala rojo, luego un par de rat-rods, después el gazebo donde los organizadores anuncian el comienzo de la expo y piden a los visitantes que cuiden los coches. Pero yo miro hacia la vereda de enfrente, exprimiendo el aumento de mis anteojos para buscarla con la mirada, hasta que finalmente reencuentro su imagen y la voy observando desde unos veinte metros de distancia. Llegando a Carlos Calvo cambia el paso, baja a la calzada y va a encontrarse con el tipo que la esperaba. Se saludan con un beso estándar y se quedan hablando allí mientras doblo y me doy vuelta para verla por última vez, semioculta por el chabón.
Me vuelvo pensando en las formas de la comunicación (o de la incomunicación), en la indudable atracción que había con el bondidriver, que quedó ahí, sin que nadie moviera para atravesar la distancia; en lo ajena que me resulta esa energía y en lo movilizador que es verla en primera fila, y en que aun cuando sucede nada asegura que no se agote en sí misma. Y en lo afortunado del tipo que la esperaba, que puede invitar a alguien a una exposición de vehículos antiguos.
Y en que cuando puedo responder algo útil, no me lo preguntan; en que si me hubiera preguntado a mí como le preguntó al fercho habría revolucionado mi cotidianidad, pero no habría pasado de ahí; en que no sirvió de nada estar en primera fila porque no me llevé nada útil para aplicar en hipotéticas –improbables– situaciones similares, en cómo (siento que) tengo que medir mi mirada, en cómo se habrán despedido, en si el chofer demoró en abrir la puerta del medio porque hablaron algo más en el momento en que ella estaba por bajar o incluso en si lo hizo para que ella pudiera tomar distancia de mí.
Los de la expo habían puesto unos parlantes y de fondo sonaba Suzi Q, de Creedence.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Crossfit

Los crossfiteros (y las crossfiteras) entrenan estimulados por el punchi punchi que sale del parlante que llevaron al parque con las pesas, las colchonetas y el reloj de pie con números led que les dice cuánto tiempo de esfuerzo les queda por delante.
A tres metros, bajo la autopista, una mujer tiende la bolsa de consorcio sobre el banco donde va a dormir esta noche de siete grados.
Todos proceden como si los otros no existieran, y la única conexión entre ellos son mis ojos, que los registran sucesivamente y necesitan contarlo (contar que ven). Mis ojos, que ven pero son invisibles. Que se vuelven a preguntar si existe la mirada cuando nadie ve a los ojos que miran.

Fui al cine (la película de Don Cornelio)

Después de décadas fui al cine. A ver la película de los Cornelio. Después de un par de intentos fallidos, porque las entradas para el Bafici se habían agotado y porque el 78 tardó una banda, aun cuando ahora hay “metrobús” en la avenida San Martín, y llegué tarde a la función en el cine de San Martín, lugar que volví a pisar también después de décadas. Habría sido una especie de guiño a mi historia ver la película en un lugar donde, por el aire de la radio cercana, sonaba Don Cornelio cada vez que yo operaba y había margen para poner un tema que me gustara.
Corte que ahora encontré otra función gratuita y fui. En el CC Borges, cerca de Florida. Corte que medio medio la película, de a ratos mejor, de a ratos peor…
Son dos grandes grupos de cosas, cuya articulación no siempre es fluida. O coherente y cohesiva. Por un lado, el material de archivo, que también se puede dividir en dos: recitales y boludeces en la sala de ensayo (la parte de los recitales obviamente es la mejor, la más interesante; las boludeces en la sala de ensayo sobran: no me aporta demasiado verlo a Claudio con una cacerola en la cabeza). Por el otro, el material actual, que, a diferencia de películas similares, documentales, etc., donde hay gente entrevistada hablando a cámara, se presenta en una reunión/ágape con muchos asistentes en un lugar de La Boca al que concurren los músicos y otras personas de las que nunca se dice quiénes son: hay que (re)conocerlos o ignorarlo hasta el final, cuando salen en los créditos. Así, aparece la exmujer de Palo, y si nunca viste a Los Visitantes o no sabés quién es, es una mina a la que invitaron y nada más.
Esa parte es un poco desprolija, y a la vez permite que sea un poco emotiva también, lo cual de otra manera no habría sucedido, y la hace ganar en puntos: por ejemplo, cuando Colombo se emociona hasta las lágrimas hablando de “Ella vendrá, la mejor canción de la historia”. Aunque justamente esa espontaneidad hace que la cámara tarde en reconocer lo que pasa y llegar a un buen plano porque estaba prestando atención a sus interlocutores. Alguna cosa que dice Varela también va para la columna de lo emotivo, pero el resto no suma demasiado. Y lo que gana por un lado lo pierde por el otro: están hablando entre ellos, y no al público, y sus palabras no ordenan o enmarcan la historia.
Dentro de las imágenes actuales, también hay otro segmento, que son cosas que no entiendo. A veces son escenas casi de relleno (del mismo modo que en la parte de archivo también hay relleno, v. gr., las imágenes de los músicos yendo en auto a un recital), como la del comienzo, con una murga haciendo sus ruidos frente al lugar donde los invitados van llegando a la reunión. No sé qué quiere decir, y consume unos cuantos, demasiados, segundos. Salvo que quiera expresar por contraste la decadencia cultural acaecida en estos años, ahí bancaría (?). La escena del señor con el instrumento de percusión que tocan los bagualeros, o la de la persona andrógina al final, mientras suena un hit de la banda, eso tampoco lo entendí. Lo mismo la escena de Claudio barriendo la terraza de la casa/sala de ensayo.
Entre la gente que participa en la reunión hay personas que compartieron la época: Graciela Mescalina, Aranosky y otra gente que no reconocí, pero no sé hasta dónde tienen especialmente que ver con los Cornelio, salvo por la contemporaneidad. En cambio, no aparecen músicos de bandas que compartieron gigs con D.C. (Los Muertos, Los Guarros, Los Pillos). Cada uno de los invitados tiene su momento para hacer su numerito, como justificando por qué está ahí, pero no aportan demasiado para mí, salvo Graciela Mescalina, que canta una canción, que no sé cuál es ni por qué ni nada, pero la escuchás y decís “ah, sí”. La mina canta, Claudio la acompaña con una especie de cajón peruano, y es de esos momentos en que algo sucede, algo que está bien. No tendrá mucho que ver, pero se justifica porque está bien.
Una cosa que me llamó la atención fue el uso de un audio de Palo contando sobre la creación de Ella vendrá, que me sonaba conocido, y claro, está tomado de una entrevista que se puede ver en Youtube. Lo raro es que no aparece la imagen, como material de archivo ponele, ni dicen de dónde lo sacaron: sólo está la voz del chabón, sin más contexto. No sé si es una cuestión de derechos o qué.
Después, lógicamente, lo más emotivo, lo más impactante, es ver a Palo en escena otra vez. Volver a ver a la banda para quienes los vieron en los 80 o volver a ver Palo para quienes lo vimos durante los años posteriores. Lo curioso sobre el ítem recitales es que la reunión de Martínez fue totalmente omitida, no hay ni una imagen de ese show (y, por ende, ni una imagen mía en el público, ja).
Otra escena medio descolgada, pero que sí aporta, es el casamiento de Claudio: es algo más familiar, de la esfera íntima, pero al mismo tiempo tiene una trascendencia hacia lo general, porque toca la banda y también porque se puede ver que el vínculo entre los músicos excede por mucho lo profesional. Lo mismo vale para la escena de un ensayo, o una zapada, donde Varela toca algo más propio de King Size que de Cornelio, y me sorprendió para bien. Fue algo distinto y me gustó.
El ritmo de la película a veces se hace lento, a veces pensás “esto lo pusieron para sumar minutos”; de hecho, por la mitad se fueron varias personas del público, y hasta yo pensé en irme, pero, como siempre, en mi caso influyó sentir que la glucemia se me estaba yendo al descenso. Había veinticinco personas aproximadamente, de las cuales se fueron seis durante la proyección, y de esas veinticinco no sé cuántas eran público y cuántas eran de la organización o del lugar. Y yo pensaba “atrapame (atrapanos) con canciones, atrapame (atrapanos) con imágenes de los recitales, dale”.
Otra cosa que me pareció desacertada es que la película termine con Celebration, de Kool and the Gang, sobre imágenes del casamiento de Claudio, los asistentes haciendo trencito y cosas así. Terminá con un tema de Cornelio. Con dos temas de Cornelio en Medio Mundo, terminá arriba y dejame bien manija, la concha de la lora. Pero no.
En resumen, y como dije, de a ratos mejor, de a ratos peor. Lo mejor son las canciones… y cuando te enganchás con una canción la cortan antes de que termine. (No hubo público agitando ni gritando por Palo en esta función: yo en un momento pensé en gritar algo, pero no percibí que hubiera quórum).
Como sea, no pagaría por ver la película. Y no volvería a verla gratis, creo. Y no invitaría a alguien (si eso fuese posible, ja) aunque fuese gratis. Le doy 5 puntos. Porque soy fan. Lo cual no sé si hace la mirada más generosa con la puntuación o más exigente.

Lo no dicho sale (décadas después)

Cuando salís con alguien con quien no vas a coger –porque no te gusta, porque tiene 14 años, porque es una amiga, porque se revela un plomazo– no andás levantándote tipos enfrente de esa persona. Si aceptaste salir, o lo despachás o te lo fumás hasta que termine la velada. Salvo que tengas el elástico de la bombacha inconteniblemente flojo. Y que seas una irrespetuosa que se caga en los demás. Eso fuiste vos.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Las zapatillas Asics son una porquería (las industria argentina)

Cinco años después de comprarme zapatillas por última vez –mi segundo par de Asics Cumulus 19, las mejores y más cómodas zapatillas que tuve y tendré–, me di cuenta de algo que ya sabía: que ellas y sus hermanas compradas en 2018 tenían toda la suela morfada a la altura del antepié, al punto de que no sólo no hay más negro suela a la vista, ni tampoco blanco mediasuela, sólo un color gris que no sé qué es. Acepté que ya no daban para más y fui al placar, donde esperaban su turno unas Mizuno Wave Legend 3 que compré en diciembre de 2018 porque había una buena reseña en Foro Atlestimo y porque coincidió que estaban a buen precio y que yo tenía unos pesos.
Ellas esperaban su turno y yo esperaba venderlas, porque las usé una vez, seis kilómetros caminados, y me resultaron muy incómodas dados su ajuste holgadísimo y su dureza, que me hace sentir como si corriera sobre hielo, o como si un ESP mental estuviera corrigiendo todo el tiempo la ubicación del pie dentro de la zapatilla.
Pero nunca supe dónde venderlas (¿en Marketplace?, no sé cómo es), y quedaron guardadas durante años. Ahora las saqué de su letargo y sentí las mismas incomodidades. Así, empecé a pensar en comprarme zapas, idea ayudada por el hecho de haber podido vender unas fotos antiguas –el comienzo de una colección que nunca fue– que había comprado hace varios años. En aquel entonces saqué la cuenta y vi que había gastado el equivalente a un par de zapas caras. Y ahora, que las vendí por un precio parecido al de un par de zapas caras, quedaba servida en la cabeza esa posibilidad.
Lo primero que miré fue Asics, donde encontré casi todos modelos nacionales, algunos con gel y otros sin; alguno bastante caro, como las Meteora; otros más razonables, como las Pacemaker. Y entre las importadas, de las cuales hay reseñas de sitios extranjeros, las cocolichescas Noosa, las carísimas y altísimas Nimbus 25 y las que rápidamente pasaron a ser primera opción, las Cumulus 24. Curiosamente, no hay reseña de las 24 en Foro Atletismo, pero la de las 25 muestra un mamotreto que sigue la moda de las mediasuelas enormes, y me digo que mejor comprar ahora las 24, porque las 25 seguramente serán más incómodas y sin duda son horribles para mi gusto. También consideré unas New Balance 880, prontamente descartadas al leer sobre la anchura de su horma (y por encontrar algunas diferencias visuales entre las fotos del aviso y las del test de Foro Atletismo) y unas Supernova de Adidas, que siguen viniendo con el Boost y su peligro de fascitis.
Doy por sentado que las Cumulus son importadas, el precio, 170/180 lucas, así lo indica. De hecho, son más caras que las Noosa. En algún sitio no lo mencionan, en otro sí, pero torpemente no reparé en ese dato en el momento debido, o sea, antes.
Busco lugares, comparo precios, y decido comprarlas en el Bompie de Once, donde están más caras, pero toman los dólares a un valor más alto. (Porque las fotos me las pagaron con dólares).
La pista que pasé por alto fue la sutil diferencia en la nomenclatura: no son Cumulus 24, sino Cumulus 24 SE. Y eso es importante porque a los cuatro o cinco días, cuando las saco de la caja y me las estoy por poner, veo el papelito pegado en la plantilla que dice "industria argentina". La concha de mi madre, las cobran como importadas, pero son nacionales.
Me las pongo y la izquierda me ajusta más tight que la derecha. Supongo que se debe a que esta última es la que estaba en exposición y seguramente alguna persona la probó y aflojó los cordones para ponérsela. Cuando las miro de cerca y sin anteojos veo que la izquierda venía notoriamente sucia en el gel a la altura del talón, como si hubiera estado mucho tiempo fuera de la caja, y tuve que pasarle un dedo húmedo para limpiarla. También noto que las terminaciones son un poco toscas, lo que contribuye a generarme poca confianza sobre su calidad. Miro un poco más y descubro que la izquierda tiene tres pinchazos, como si le hubieran clavado un alfiler en la media suela a la altura de los dedos en el lado exterior del pie. Una mierda total eso. En menos de dos minutos me arrepiento de haberlas comprado en ese lugar. Pero el Solo Deportes de Once cerró, el de Acoyte no tenía nada interesante, y no había otros lugares cerca.
Me las pongo y ratifico la sensación que tuve en el negocio: el ajuste es muy bueno, aunque no tanto como el de las 19, que dan más sensación de sujeción a la altura de los alrededores del tobillo. Salgo a caminar un rato y el pie viaja enguantado, pero en la zapa izquierda empiezo a notar una molestia, como si tuviera algo bajo la plantilla –una moneda, ponele (?)–, en el antepié, apenas detrás del comienzo del dedo mayor.
En ese primer uso, de unos cuatro kilómetros caminados, fue mermando la molestia, y también, promediando el recorrido, vi dónde se van a romper. El upper, a la altura de la uña del dedo gordo del pie derecho, tiene escrita su sentencia de muerte: es notable cómo sobresale el dedo elevándose en cada paso. En verdad, esa revelación tiene una contendiente: lo flojito que parece el contrafuerte, y cómo siento que sufre cuando me calzo y me descalzo debido a lo angosto de la boca: habrá que tener cuidado con eso y no sacarlas haciendo fuerza y sin aflojar los cordones para evitar lo que me pasó con las Boston 3, que me quedé con el ForMotion en la mano. Dos puntos de duda para la durabilidad, aparte del tercero, prejuicioso, de la nacionalidad. Y un cuarto, los cordones no parece que vayan a bancarse muchas estiradas en busca de un ajuste fuerte.
Después de días y días de cansancio y mal dormir, una mañana temprano me siento en condiciones para correr y decido estrenarlas en carrera. Se repiten las sensaciones buenas al ponerlas, pero al segundo paso, aún en mi habitación, reaparece la molestia en el pie izquierdo, que no cesará durante los tres o cuatro kilómetros que corrí. Ahí me acuerdo, y toma otra dimensión el hecho, de que cuando las compré me dieron una sola para probarme, la derecha, y entonces no pude notar este problema que tienen en la izquierda.
En carrera, el ajuste está bien, pero no tanto en los puntos donde a mí me gustaría que ajustaran, sino uno o dos centímetros más acá o más allá. La amortiguación se siente bárbara, sea mérito de estas zapas o sea que las comparo con unas que uso hace cinco años. Pero es hermoso propulsarse por el asfalto antes de que salga el sol con el grado justo de rebote.
Al terminar, siento que casi no hay espacio para que los dedos se muevan, para despegarlos de las medias húmedas de sudor subiendo el dedo gordo encima del mayor, por ejemplo. Pero no es algo que moleste, salvo en esa única situación.
Llego a casa, ya no con molestia sino con dolor en la planta del pie, y me fijo si hay algo raro en la zapatilla, pero no. Ni a la vista ni al tacto: paso el dedo, aprieto y todo está literalmente liso. Pero me las pongo y siento esa presión. El pie me seguirá doliendo/molestando horas, y pienso en cambiarlas, pero no se ve que tengan nada malo, y además ya están sucias por el uso de estos kilómetros.
Otro día vuelvo a usarlas caminando unas veinte cuadras y sigue apareciendo la molestia. Merma cuando camino en una calle cuesta abajo, tipo la cuesta de Centenera, y de pronto pienso en que tal vez lo que molesta es el punto donde flexiona la zapa, los pedazos horizontales y discontinuos de suela pegados sobre la media suela, la cual no es plana, sino que tiene una ondulación longitudinal. No sé si es ahí donde me jode, no entiendo por qué me molesta una y no las dos, pero lamento haber comprado estas Asics industria argentina.
Ahora vengo de darles un uso más intenso, corriendo seis kilómetros en asfalto y pista. Y ¡me duele el pie izquierdo! A veces parece una moneda, a veces, un grumo de FlyteFoam; otras, un lomo de burro; de a ratos, un apelotonamiento de la media (a veces, un tumor plantar (?)). Pero no es ninguna de esas cosas. No sé qué es. Sólo sé que usarlas es como ponerse un cilicio. Y que tiré 125 dólares a la basura.
Y que me cago en la industria argentina.

Lo no dicho sale (décadas después)

Qué sorete hay que ser para poner un 3 en el boletín en una materia de mierda como Dibujo: ponele Lengua, ponele Matemática, te la tomo. Pero ¿en Dibujo? Hay que ser sorete o hay que creerse demasiado importante, vos o tu materia.
Aparte, vos no sabías qué consecuencias podía tener un 3 en un boletín. Pero te chupó un huevo; te importó más cumplir con tu superyo, o con tu voluntad de poder, que si me fajaban, me castigaban, o simplemente me sentía una mierda por tu puto 3.
Seis de los siete años de la primaria te padecí como docente... Digamos, hay que tener un talento muy especial para lograr que los chicos detesten la materia Dibujo. Vos lo tenías. Lamentablemente no pude decírtelo en vida, pero al menos me saco la ganas de decirlo ahora.
Ojalá hayas sufrido mucho antes de morirte, ojalá algún otro ex alumno te haya dicho algo de esto.

La médica

Después de años, volví a mencionarle a unx médicx mi asunto con el azúcar o lo que sea que me hace sentir que flaqueo –aunque haya engordado mucho, ja–. Fue en vano, no dijo nada significativo, y lo único que me quedó fue la forma en que pateó las cosas para adelante con su frase “en seis meses vemos” y la sensación de que desestimó lo que le conté que me pasa.
Ahora quise escuchar la grabación (yo grabo las consultas, sorry) para saber qué me dijo exactamente, y aprovechar para desgrabarlo y hacer un post, ya que volvía a publicar acá. Pero no pude. Me hace mal. Realmente mal. Apenas llegué a escuchar un tercio del diálogo, o un poquito más, la parte donde, a raíz de mi colesterol alto, me pregunta si hago actividad física, y cuánta, y le respondo que corro, tres o cuatro kilómetros tres o cuatro veces por semana, y ella me dice que los días restantes salga a caminar o que ande en bicicleta. Y que controle la dieta: “En general, uno baja las grasas animales –no como grasas animales, acoto–, lácteos descremados, la pastelería tiene mucha manteca o crema –no uso, le replico– ”…
Para no interrumpirla más, espero que termine y entonces le resumo que “básicamente, de esto lo único que como son Cerealitas, o sea, galletitas que tienen grasa”. Ella no puede salirse del guion y responde “por eso, ver las etiquetas, los hexágonos”.
Me habla como si yo fuera una persona sedentaria que come alfajores y toma *jugo* en polvo. Lo cual me resulta bastante irritante. Insiste con el tema de la dieta, me dice que coma “vegetales y frutas, cereales, legumbres, pescado”. Trato de decirle que eso (y las harinas) son el noventa por ciento de mi dieta. Entonces agrega que “podemos hacer una consulta también con Nutrición si quiere…”. Ya hice, le respondo.
Okey, puede ser que yo sea un plomazo, que soy el último turno del día y te querés ir, pero no es mi problema. Mi problema es de salud y vos no me lo resolvés, y ya sé que no me lo vas a resolver porque ni siquiera lo estás intentando. Sos una oficinista de ambo que me habla como si lo que yo digo no existiera.
“Ahora abordamos eso” es la frase que usa para detenerme cuando quiero dejar de hablar de la dieta y el colesterol y decirle que a veces como mucho porque mi cuerpo me lo pide. Cuando finalmente acepta ir para ese lado, habla de “pensar qué es este síntoma que tiene, cada cuánto le pasa, cuánto dura, en qué contexto le pasa. Necesitamos entender un poquitito mejor esta sensación que usted tiene”. No sé por qué habla en plural y ahora que escucho de nuevo puedo ver que la concatenación de preguntas sin darme tiempo a responder ni una de ellas enfila el diálogo hacia la improductividad, hacia no llegar a un lugar claro. Para no hablar del diminutivo que mete en el medio…
Después, escuché partes sueltas: por ejemplo, cuando dice que a veces lo funcional y lo operativo nos sirve más que profundizar. La interrumpo para decirle que a mí me gustaría tener más libertad, un cuerpo con el cual contar, y ella continúa con su versito como si yo no hubiera dicho nada: “Por ahí se generó este sistema y por ahí le funciona y me dice ‘yo estoy bien y no quiero andar revolviendo otras cosas’, por ahí uno le mete ruido y empieza a ver si no es ansiedad, si no es esto o lo otro. Con que usted funcione es suficiente”. Señora: no estoy funcionando. Esto no se lo dije. Bueno ahí veo que al final le dije que puedo funcionar en ciertos ámbitos, pero que a veces uno sale con gente y tiene que estar más pendiente, y es un problema.
“Si cree que puede ser ansiedad, veinticinco años de ansiedad es raro”, le comento tratando de bajar a lo concreto las vaguedades que dice. Y ella responde que a veces nos tenemos que amigar con la ansiedad. “No le quiero meter ruido a algo que tiene más o menos organizado”, insiste. Hace veinticinco años que no tengo trabajo fijo por culpa de esto, que no puedo vivir sin pensar en esto, pero ella habla de que todo siga así, “organizado”. FUCK. Se lo digo, ahora escucho que algo así le digo, y ella sigue hablando sin detenerse en mi interrupción.
“No es nada grave, vamos a la calidad de vida, hasta dónde metemos ruido y hasta dónde no. Pienseló, no tenemos que hacer nada ahora ni mucho menos”. ¿En qué quiere piense? Deme una propuesta concreta para pensarla… Bueno, no tengo reflejos para preguntárselo así de claro. “Empezar a pensar otra opción”, repite, pero, ¡de nuevo!, no me dice cuál.
En la despedida, ya junto a la puerta, le digo “nos vemos en… algún momento”, y ella responde que “los cambios de la dieta no son cambios inmediatos, no son dos meses, a veces son seis, ocho”. Genial, seguiré perdiendo vida en una espera infinita, doctora R.
Lástima grande que I Ain't Superstitious, si no ya habría consultado a más de unx curanderx.

viernes, 24 de noviembre de 2023

O les terminás pegando un tiro

La Polaca

Una rubia compacta en sus early 30's no para de dar vueltas en la pista. Tal vez lo hace sin pausa, tal vez para y arranca, como yo, que ya estoy de última y no puedo completar mi tercera milla; pero a cada rato pasa sacudiendo el aire por el carril 1. En una de mis paradas para recuperar el aliento escucho la pregunta que, cuando entra en la recta de la avenida, le hacen los dos cuarentones fit que charlan cerca de la salida porque ya terminaron sus varias pasadas. “¡Polaca! ¿Cuánto hacés hoy?”. “Cincuenta”, responde ella con la voz firme pese al esfuerzo. Entiendo que se conocen, no puedo inferir si dice que va a hacer cincuenta vueltas, cincuenta series o qué cincuenta.
Yo termino mi tercera milla de a pedacitos, hago unas pasadas que cuento como parte de la cuarta, y, cuando me estoy yendo, porque todavía me faltan cuatro kilómetros hasta mi casa, los tres personajes están hablando junto al portón. La que habla es ella y está diciendo que le propuso a alguien –no sé en qué contexto– mostrarle “este cuerpo” desnudo diez minutos, sin tocar, sin teléfono ni fotos, por diez mil dólares. Y que a otro le propuso algo similar por cincuenta mil. Cuando habla de “este cuerpo” acompaña la frase extendiendo los brazos y configurando un movimiento tipo vedette o bailarina.
Dos cosas veo de inmediato en ese fragmento de diálogo. 1: que la Polaca está tan fuera de mercado que en realidad no quiere hacerlo. No quiere que ninguno de los involucrados acceda a la imagen de ese cuerpo desnudo, sólo a los metros cuadrados de piel que deja ver la ropa que usa en la pista. 2: que si saca el tema es para calentarles la pija a los cuarentones.
Ojalá yo reconociera siempre la enfermedad tan fácilmente. Las enfermedades: la que manifiestan las ganas de usar el poder real que tiene para refregárselo en la cara a otro/s, como si fuese una torta de crema de Los Tres Chiflados, y la que se ve en su necesidad de inventarse un poder aún más grande. Y ojalá también pudiera siempre ratificar ese reconocimiento con datos, como en este caso. Porque una escort puede estar cobrando 20 lucas, 30, 50 si es la gran cosa. Podés pedir 100, o 100 dólares, en honor a la redondez de los números y porque no sos profesional, lo cual, curiosamente, sube el precio. Ponele que podés pedirle 200 a un desesperado por cogerte.
El resto es ruido, Pola. Y con esa actitud, ni una paja valés. Aunque esto puede ser porque cada vez me cuesta más todo, incluso la paja.

jueves, 9 de noviembre de 2023

Escuela de abusos

Hubo un cambio importante en cómo se cursaba Educación Física a partir de quinto grado. Ya no íbamos vestidos con el equipo de gimnasia bajo el guardapolvo blanco, sino que debíamos llevar, como todos los días, camisa, corbata, zapatos y pantalón gris (regla que después se aflojó, y permitieron jeans), y el bolso con la ropa deportiva para cambiarnos en el vestuario durante los recreos anterior y posterior a la hora de gimnasia.
Recuerdo que el profesor nos dijo, cuando se refirió al asunto, probablemente en la primera clase del año, “ya son grandes, pueden verse en calzoncillos”. Lo que no dijo es que también en calzoncillos íbamos a tener que correr cuando alumnos de primaria o incluso de secundaria con los que compartíamos el vestuario se apropiaran de nuestra ropa, o de las zapatillas, o del bolso, para entretenerse haciendo un pasamanos.
Tampoco dijo que no sólo íbamos a vernos y a ser vistos en calzoncillos por nuestros compañeros, fuésemos grandes o no, tuviésemos ganas o no, sino que, además, íbamos a ser vistos por pibes de secundaria, de primer año o de quinto, de trece años o de dieciocho, y que íbamos a poder ver a esos pibes en bolas, porque ellos tenían que ducharse. No estaban literalmente al lado nuestro, nos separaba una pared –sin puerta– del sector del vestuario que estaba más cerca de las duchas, pero fácilmente alguno de ellos podía aparecer de este lado o alguno de nosotros podía tener que ir del otro lado para rescatar la ropa o la zapatilla que algún vivo nos tiraba ahí.
Esa frase del docente quedó firme en la memoria, como una de las fotos de mi paso por la primaria, y formaba parte de mi recuerdo sobre el asunto, hasta que ayer dije “NO”. Y dije “no” porque me di cuenta de que no. Anoche, varias décadas después, vi que no es así, que no importa si éramos grandes para esa situación o si alguien dictaminaba que éramos grandes (y yo diría que no: de hecho, estoy cerca de los cincuenta y no tengo ganas de ver gente en calzoncillos). Lo importante es lo demasiado cerca que está del concepto de abuso el hecho de que un adulto decida –coactivamente, desde un lugar de poder– sobre el cuerpo de un nene de diez años, sobre quién va a ver el cuerpo de ese nene de diez años y sobre lo que el nene de diez años va a (estar obligado a) ver.
Otra cosa que vislumbré ayer se relaciona con que en esa época estaba de moda usar una cebolla atada al cinturón. Y también usar slip. Pero yo, no sé por qué, seguía usando bóxers. Alguna vez, por un problema en un huevo, el médico recomendó que usara slip, y tal vez por eso, por quedar esa prenda asociada a la enfermedad, o porque era incómodo y me apretaba, seguía prefiriendo el bóxer. La cosa es que mis compañeritos, los cuales todos usaban slip, se burlaban de alguna forma –que no recuerdo– de mi ropa interior. Y alguno, este sí lo recuerdo, el boludo de Orgatxo, aprovechó la oportunidad en que sobresalía algún centímetro de tela debajo del pantalón corto para decirme “se te ven los calzones”.
Con el tiempo dejé de usar ropa interior. Tal vez del mismo modo que con el tiempo dejé de usar letra cursiva y empecé a escribir en imprenta como –muy probable– consecuencia de cuando la conchuda hija de mil putas lacra humana de la Frito se burlara de mi letra delante de todos, haciendo gestos a mis espaldas para que mis compañeros se rieran. Cuarenta años después me cae la ficha y hace mucho ruido.

En la secundaria hubo varios cambios. El primero es que se cursaba en contraturno. Y una de las dos veces por semana que teníamos Educación Física era un día que teníamos séptima hora, la cual terminaba a la una de la tarde. Si la memoria no me falla, entrábamos a gimnasia a la una (y, si no, era a la una y pico), onda que bajábamos la escalera, íbamos al vestuario, nos cambiábamos y empezaba la clase.
Haya sido una hora u otra, no había tiempo para comer nada (y ¿qué ibas a comer?, salvo la basura de alfajores o pebetes comprados en la, perdón por la palabra horrible, “cantina”). Aparte, no da comer mucho antes de hacer actividad física. Lo que más me llama la atención –tal vez porque ahora mi cuerpo me pide comida a cada rato para funcionar– es que no recuerdo que eso fuese un problema para nadie. Al menos no recuerdo que nadie lo haya mencionado: ni lo de comer un poco, ni lo de no comer de más.
Más allá de mi cuestión actual, llegar a casa a las dos y media o tres de la tarde sin haber comido desde las siete de la mañana tampoco me parece razonable. Menos aún en mi caso, que iba sin desayunar, porque éramos muy pobres y no teníamos comida.
Ah, re.
Porque quería dormir diez minutos más, y porque el café con leche ya me daba asco, tanto que nunca volví a tomar esa bebida caliente y de color fecal. Como nunca más volví a usar zapatos porque nos obligaban a usar zapatos para ir al colegio (porque una vez se me rompió el único par de zapatos que tenía y fui con –el único par de– zapatillas, y las autoridades del lugar me hicieron un escándalo).
También cambió la forma de evaluación: en la primaria el profesor decía, por ejemplo, “hagan veinte abdominales”, y cada uno hacía las que podía. Algunos harían las veinte, otros haríamos dieciséis, otros, doce, y los gordos del curso, todos colorados y agitados, llegarían a seis o siete. Y estaba todo bien. Ahora había que hacerlas individualmente delante del docente, que anotaba cuántas hacías, y delante de los cuarenta alumnos, que estaban rodeándote y se te cagaban de risa si eras el gordo.
Mi problema no era “hacer bolitas”, sino los tres postes metálicos que había para trepar, como un palo enjabonado, pero sin jabón, a los que nunca pude subir por falta de fuerza, por falta de técnica, porque tenía (y tengo) vértigo y/o porque nunca me dijeron cómo se hacía. Tal vez falté el día que explicaron, pero no creo, porque nunca explicaban nada en esa materia, y todo se manejaba como si tuviéramos que ir sabidos de casa.
Cada vez que en la primaria –por suerte, fueron pocas veces– nos formaban frente a ellos, ante la inminencia de su amenaza me “torcía un tobillo” o me pasaba algo para excusarme. Seguramente porque alguna vez no pude hacerlo y fue un momento de mierda, pero esa información no quedó en mi memoria.
Lo mismo valía para esa especie de escalera, hecha de caños y amurada a la pared, paralela a ella, a la cual había que subir valiéndose de manos y pies hasta llegar arriba para pasar encima del peldaño superior y bajar por el estrecho espacio que había entre ambas. De esta sí tengo algún recuerdo borroso de haber fracasado en mi intento y de ser objeto de reprimenda docente y/o de burlas.
Yo rezaba, literalmente rezaba, para que lloviera los días de Educación Física, así se reducían a cero las chances de que nos hicieran trepar a esos postes, que no sé cuánto medían, pero que en mi memoria aparecen muy altos, tal vez de más de tres metros. Y si era evidente que no iba a llover, rezaba, literalmente le pedía a dios, para que las chances existentes no se concretaran.
Otra de las diferencias con la primaria era que, además de cambiarnos en ese vestuario agobiante y fétido, debíamos ducharnos. No sé si el profesor dijo, parafraseando a su colega de años atrás, “ya son grandes para verse desnudos”, pero la única vez que fui dijo “hay que ducharse para tener presente”.
Con esa frase dijo sin decir que para tener presente, es decir, para estar en condiciones de aprobar, teníamos que bajarnos los pantalones. Y los calzoncillos. Y dijo sin decir que no era clase de Educación Física, sino de exhibicionismo, o de sometimiento; que no se trataba de hacer abdominales o de saber trepar un caño, sino de doblegarse ante el poder disciplinador del Estado, que decide aniquilar tu pudor y tu intimidad hasta que no te des cuenta de que están siendo aniquilados.
Así, teníamos que exponer nuestro cuerpo, incluyendo la pija, para que cualquiera los mirara y quizá hiciera comentarios, por ejemplo sobre la cantidad de vello, y teníamos que ver cuerpos ajenos, incluyendo sus pijas. Los de los compañeros de curso y, si coincidía el horario con otro curso, también los de estos otros. Y teníamos que mostrarnos desnudos frente al docente, porque cuando nos hacían el pasamanos con la ropa no había adultos para intervenir, pero ahora el adulto estaba tomando lista en el vestuario. Y si ese mediodía de verano, en el que no fue obligatorio bañarse porque no había agua caliente, alguno se duchaba igual, el adulto le iba a ver la pija a un pibe de trece años. Total normalidad.
El asunto, lo puedo ver recién ahora, no terminaba ahí, en Educación Física. Porque si tenías ausente, ya fuera por no ir, o por ir y no ducharte, tenías, también, media falta. O sea que si no ibas nunca o no te duchabas nunca, a los cuatro meses ya habías superado las quince faltas permitidas. O sea que si no te desnudabas, te quedabas libre y no podías seguir cursando.
Así como hay gente que decide no llevarse el trabajo a su casa, yo decidí no llevarme el colegio a mi casa. No hacía horas extras. Mi horario de trabajo termina a la una, permiso, me voy. Y en mi casa tampoco hacía “la tarea” ni ninguna cosa del colegio: vivía de lo que aprendía en clase, lo cual era poco, porque tenía muchas inasistencias y porque en la segunda mitad del año, cuando nos mudaron de aula, yo estaba faltando por una enfermedad, y al volver tuve que sentarme en el último banco, desde el cual era bastante improbable escuchar lo que pasaba adelante, aun cuando lo intentara.
Y entonces no fui más a Educación Física. Por una cosa, por la otra o por la tercera. O por todas. Por la certeza de que la iba a pasar muy mal en cualquiera de esas instancias o porque ya no había rezo en el cual confiar, o por mi intuición de que estaba muy mal que adultos decidieran sobre mi cuerpo. Gaudio dijo “qué mal la estoy pasando”, pero siguió jugando. Terminó ese partido y continuó su carrera. Yo no. El precio a pagar por no bajarme los lienzos y por no ser un pedazo de carne en esa picadora fue dejar el colegio. And the cost didn’t matter to me.
No recuerdo el momento en que lo decidí, tampoco recuerdo haber considerado las consecuencias, lo que tengo bien claro es que nunca evalué rectificar la decisión, ni cuando me iba transformando en un freak (más freak) por no ir a gimnasia, ni cuando aparecieron las notas (2; 1) en el boletín ni cuando se acumulaban las faltas (hasta que dejaron de computármelas).
Desde acá, ahora con estas palabras, abrazo a mi yo de trece años que decidió protegerse dentro de sus posibilidades y trató de evitar algunas formas del escarnio (aunque –lo veo ahora– con ese nivel de individualización de la exigencia me habría llevado la materia de todos modos). Y, sobre todo, no cedió a las coacciones y no convalidó esas formas nacionalsocialistas o comunistas de proceder con cuerpos de niños y adolescentes. Lástima que los docentes están muertos y no puedo decírselo.
Desde el día que vi esto, que era “ayer”, pero ahora es “hace cuatro días”, duermo muy mal, como si no poder terminar este texto mantuviera activa una parte de mi cerebro, la cual me deja en vela cada vez que me despierto luego de haber dormido cuatro o cinco horas. Y desde entonces pienso en qué distinta habría sido mi vida –no ya mi desempeño académico: mi vida– si no hubiera existido la mierda de Educación Física en el colegio (¡y sin Dibujo ni Actividades Prácticas!). Y en qué distinta habría sido mi vida si no hubiera pasado por ese colegio de mierda. Capaz que hasta consideraba tener hijos y todo.

Notas

Algunos docentes universitarios se jactan de ponerles 4 a los alumnos que hacen bien el 60% de un examen, considerando que es lo mínimo necesario para aprobar. Me surge entonces la pregunta de a quién le ponen 6. ¿No era que se califica de 1 a 10? ¿O tienen notas vedadas?
Si aceptamos su lógica por un momento, aparece otra pregunta: ¿por qué no le ponen 6 al del 60% correcto y 3 al del 55% correcto?
(Respuesta: porque son unos soretes enamorados de su poder y de emparejar para abajo).
Y sobre todo me dan ganas de saber qué hace la facultad al respecto. ¿La libertad de cátedra avala que un delirante sólo use tres números de los que hay entre 1 y 10, y califique sólo con 7, 4 y 3?
Me cago en las universidades y en los docentes que hacen eso, sobre todo en las universidades públicas con su mierdoso discurso de inclusión que se choca contra la realidad en la primera curva.

Se me rompieron las zapas (las azules)

Fueron las primeras zapas buenas que me compré. Hasta ese momento usaba las más viejas y gastadas cuando iba a correr, para terminar su vida útil dándoles kilómetros y masa hasta que se desintegraran. Y compraba las más baratas (o casi, porque me manejaba dentro de cierto rango: elegía las de marca, nunca Gaelle o Tryon).
Pero en esa época encontré una noticia sobre Mizuno en un recuadrito del suplemento económico de Clarín, googleé un poco y di con un foro español sobre atletismo. Meterme ahí me presentó un mundo desconocido, me hizo ver que a las patas hay que cuidarlas y me dio referencias a la hora de buscar zapatillas. Obviamente, no tenían información ni comentarios sobre Topper o sobre Olympikus… Y de las marcas conocidas (conocidas allá, porque algunas acá son tan raras e inconseguibles como los discos japoneses en el tiempo en que comprábamos CDs) sólo testeaban las de gama alta.
Como históricamente usé Adidas y también porque muchas de las zapas reseñadas no se encontraban en las vidrieras porteñas (el delay con que llegan las cosas de afuera…), me fui decantando por esa marca, y concretamente por dos modelos que, según los especialistas, servían para mis recorridos, modestos tanto en distancia como en tiempo: las Supernova Glide 5 y las Supernova Glide Boost 6. Estas venían con la mediasuela de nuevo compuesto, que visualmente parece telgopor, al cual catalogaban como rebotón por demás y con probabilidades de causar fascitis.
Fui recorriendo negocios para comparar precios y, de paso, ver si encontraba alguna otra que tuviera vista del foro. Con el panorama más claro, finalmente me probé las Boost en un local de Corrientes y Florida. Y en efecto sentí cómo rebotaban en el par de saltitos que pegué durante esa mini prueba. Me acordé de lo que había leído, pensé en la molestia que por entonces tenía en el talón derecho, sumé dos más dos y dije “gracias, sigo buscando”.
Un par de cuadras más allá, en la esquina de Tucumán, había visto las Supernova 5. Seguían en la vidriera cuando fui esa tarde-noche. Las probé, me parecieron bien, y las compré. Azules, con el interior verde claro; las tres tiras en un gris blanquecino reflectante, igual que una corta tira vertical en el talón; la mediasuela blanca, salvo el sector de la placa de torsión que la invadía por detrás, también en verde claro, color que se repetía en los tacos de la suela en la zona del metatarso. Y la rareza de no tener costuras, sino un termosellado que unía las distintas partes.
A poco de usarlas fui descubriendo su gran ajuste, su muy buen agarre, sobre todo en piso húmedo, cortesía del caucho Continental, y también su punto débil, que pronto apareció. Así como las Reebok mueren por la suela, estas comenzaron a morir por las líneas de flexión que se forman en el upper a cada paso, y que son más notorias cuando, por ejemplo, uno se pone en cuclillas. La primera rotura tal vez haya ocurrido antes del año, del lado exterior en la del pie derecho, y luego fueron rompiéndose los otros tres sectores análogos. Igual, las seguí usando porque el resto funcionaba perfecto, y así me acompañaron años y (cientos de) kilómetros, sobre todo por las dos plazas que están cerca de mi casa y también por algunas bicisendas.
El año siguiente me compré otras, mis primeras Asics, unas Pulse 5, y, como estaban baratas y tenía plata, un par de meses más tarde, para fin de año, unas Boston 3, que tenían una buena crítica en el foro y mantenían un precio aceptable (oh, los tiempos en que las cosas podían estar dos o tres meses sin aumentar). Pero las Supernova eran las más cómodas de las tres, y las que más usé, aunque ya iba mechando su uso con el de las nuevas.
La desintegración del upper fue creciendo, y cuando, tres años después de su compra, me compré las Cumulus 19, las más cómodas que tuve y tendré, las azules fueron quedando relegadas. Del lado externo de cada una de ellas, las rasgaduras fueron dos, en la línea de fuerza la más grande, y otra en el pequeño espacio de malla junto a la puntera. En la izquierda, esos agujeros finalmente se hicieron uno solo, lo cual terminó de hacer imposible usarlas, incluso para ir a vender papeles viejos al depósito, como intenté la otra vez, cuando quise darles un viaje de despedida y, de paso, evitar las Pulse, tan llamativas con su color verde flúo, en ese contexto.
El punto de quiebre fue la rotura de la ojetera de la derecha, de tanto hacer fuerza para que me ajusten bien tight. Entonces quedaron casi abajo de la cama, lugar del que solo salían para darme kilómetros sin desgastar tanto a las buenas si iba a caminar: a veces largos viajes, a veces –cuando ganaba peso la idea que para un recorrido largo era perjudicial ese ajuste asimétrico– paseos cortos, o, últimamente, para ir a hacer dominadas a la plaza, así el aterrizaje, al dejarme caer desde lo alto, desgastaba la suela de estas, y no la de unas buenas.
Una de esas largas caminatas fue en la cuarentena, poco después de la muerte de Rosario B. Me enteré de que algunos amigos de ella habían hecho un par de pintadas con su nombre por la zona del cementerio de Chacarita y fui a sacar fotos. Esa tarde, doblando la curva de las vías, me enganché un fierro saliente del alambrado del ferrocarril en la rotura del upper, y el tajo en la tela se duplicó, llegando casi hasta el empeine. Ese fue –casi– el final. El otro casi final fue cuando se rompió la ojetera de la izquierda, creo que muy poco después. Para ese momento ya les había cambiado los cordones, pasando los suyos a las Cumulus cuando los de estas murieron, y reemplazándolos por los de las Boston 3.
Aunque el comienzo del fin había sucedido luego de la primera rotura de la ojetera, al decidir no lavarlas más y dejarlas así hasta su deceso, pasándoles apenas un papel tissue húmedo para sacarles la mugre tras alguna jornada de running post-lluvia.
Tengo registro de otro viaje largo, la mañana-mediodía del 20 de julio de 2021, cuando fui ida y vuelta a atrás de Chacarita, pero del otro lado, y en el camino pasé por Díaz Vélez y Acoyte. Tal vez sea su último viaje pensé, mientras anotaba recuerdos para el réquiem que escribo recién ahora, veinte meses y medio más tarde. No podría afirmar que fue el último viaje largo, aunque no creo haberlas usado en otro similar más adelante. Sí recuerdo el último de todos, uno corto, el año pasado, yendo al “cyber” a actualizar el blog junto al bar de Belgrano, no sé si el posteo de abril o, más probable, alguna visita posterior para editar erratas furtivas.
El ritual de las zapas cuando mueren va incluyendo un largo tiempo bajo mi cama, postergando la despedida. Y pensando dónde completarlo, dónde dejarlas para siempre, después de agradecerles los kilómetros, después de tocarlas por última vez. Uno de esos lugares que se volvieron significativos recorriéndolos con ellas fue la esquina de la casa de la dentista, donde la (re)encontré una noche en que yo venía de correr y hacer dominadas en la plaza de Anchorena, en la época en que iba seguido ahí.
Todos los kilómetros por la bicisenda de Billinghurst cobraron sentido cuando me reconoció mientras yo miraba el semáforo para cruzar, y charlamos unos minutos en la esquina, ella con el iPhone temerariamente expuesto en una mano –y el Casancrem para la torta de cumpleaños en la otra– y yo mirando para todos lados porque la veía regaladísima para el choreo. Ahí quedamos en que me volvía a atender, ahora en su consultorio particular, no ya en la facultad. Y, lo más importante, con el correr de las palabras me di cuenta de que no estaba enojada conmigo, como temí por un par de veces que fue bastante cortante, las últimas que nos vimos en la facu.
El otro lugar, pienso, será un ámbito de lo ordinario, una de las dos plazas que más frecuenté con ellas, mientras miro por última vez el reflejo de sus tiras reflectantes en mi habitación.

Duelos

Cuando dejé de trabajar en ese lugar vinculado con mi padre, sostuvimos cierta relación laboral, ya que me siguieron encargando el armado de las publicaciones que editaban a veces. Años más tarde a mi viejo se le ocurrió hacer una gacetilla mensual para mandar por mail y me encomendó también esa tarea. Con el tiempo, y sin aviso, dejaron de darme las publicaciones, pero lo otro se mantuvo hasta su muerte. Tras un interregno de tal vez un año, la gente que quedó a cargo retomó el asunto, y así continuamos hasta diciembre de 2019. En marzo de 2020 llegó la cuarentena, se suspendió la actividad, y durante dos años no hubo gacetilla mensual ni ninguna otra forma de contacto electrónico con la gente (al menos, no por la cuenta de mail que manejo yo, porque supe que habían creado otra con nombre similar, pero no sé para qué o quiénes).
En marzo de 2022 volvieron a organizar un acto, y el secretario del lugar me escribió para pedirme que le hiciera “el favor” de avisarles por mail a las personas que están en la lista de destinatarios de la gacetilla. Así lo hice. En junio o julio hubo otro acto y me pidió el mismo favor, al cual volví a acceder. En octubre, de nuevo un acto y de nuevo el pedido de favor: me cayó un poco mal la insistencia, pero no dije nada e hice el trabajo. En noviembre, un cuarto acto y un cuarto pedido de favor. Ahí le contesté que lo iba a hacer con más ganas si me transferían el equivalente a un cuarto de helado de mi heladería favorita, y le pasé mi CBU. No respondió.
La jodita esta de pedir “favores” en forma de envíos extra que no pagaban venía de lejos y se había desbocado en 2019, cuando también me pidió cuatro en los nueve meses de actividad que el lugar tiene por año. Nunca encontré la manera de decirles que a mí me pagaban por editar y enviar la gacetilla, no por esto, que implica revisar el texto y luego mandar siete mails separados en el tiempo lo suficiente como para que Gmail no los tome como spam, y siempre accedí. Pero ahora no hay gacetilla ni hay paga por gacetilla, la cual a alguno podría permitirle pensar que, bueno, los envíos ocasionales están incluidos en esa retribución. Y cuando menciono el tema dinero, la respuesta es el silencio.
Igual, no es la plata, es la (des)consideración por lo que hago. Naturalizar que voy a hacer algo a cambio de nada es una cagada, y pega peor en un contexto como este, en el que llevo demasiado tiempo sin un puto ingreso, y lo único que puedo hacer no me lo pagan. Es muy incómodo desmarcarse de una situación así, sobre todo con gente a la que uno conoce hace años. Pero más que en mi incapacidad para moverme en ese terreno, el otro día pensaba en la forma muy especial en que hay que tener seteada la cabeza para pedir un favor y al tiempo pedir otro, y más tarde “¿te acordás del favor que me hiciste?, ¿me hacés otro?”, y así.
De todos modos, realicé el cuarto envío y unos días después le mandé el habitual mail con las respuestas de la gente para que les agradeciera o, al menos, para que estuviera al tanto. Al contestarme, el tipo no hizo ninguna mención de lo que yo había dicho, apenas escribió un “gracias por la gestión”.
Esa semana estuve pensando mucho qué hacer, si entregarles la contraseña de la cuenta y el listado de destinatarios, hasta cuándo esperar para hacerlo, qué decirles en el texto que acompañara eso… Y comencé a actualizar un mail que tenía programado, cuya fecha de envío postergaba una y otra vez a medida que se aproximaba, donde les daba la contraseña, el listado e indicaciones sobre cómo usarlo, por si me moría de covid o de lo que fuera. Ahora no era por el temor al virus que vino de China, sino una forma de empezar a cerrar esto.
La idea era mandárselo al secretario y con copia al señor que atendía al público, para que alguien más se enterara. Decidí esperar hasta el sábado, porque ese es el día en que se reúne la comisión directiva del lugar, como última chance de que hablaran del tema y decidieran si me garpaban o no. La forma en que uno acomoda las cosas para inventarse una posibilidad…
Ese mismo sábado le mandé otro mail, con respuestas que no habían llegado inmediatamente después de mi envío, así las tenían antes de la reunión y podían agregarlas a las primeras. Entonces noté que la sesión era a la misma hora del partido del mundial, y pensé que tal vez la suspenderían. Su respuesta fue: “Te comento que la razón por la que te pido, de vez en cuando, que te ocupes de enviar invitaciones para los actos es porque no disponemos del direccionario de correos. Sería muy importante para nosotros no solamente para dejar de cargarte con cosas, sino para que la Institución disponga de esa información, si pudieras enviarnos, aunque sea de a poco, esos datos, nos sería de gran utilidad”.
Nuevamente, un silencio total respecto al asunto dinero. No dijo “no te vamos a pagar porque no tenemos plata”, aunque fuese una mentira. O sea, podés mentirme, no voy a pedir el balance para saber si es cierto. Mucho menos propuso resolverlo poniendo los 750 pesos de su bolsillo. Nothing at all.
Le mandé lo que me pidió con la explicación de cómo usarlo que ya tenía escrita y, como había percibido en sus palabras la sensación de que estaba poniéndome en el lugar de alguien que tomó de rehén esa información, le recordé que ya me la había pedido y que yo se la había mandado (después me fijé bien y fue en 2014, desde ese entonces tienen la lista de destinatarios). No le di la contraseña porque no me la pidió y porque no encontré forma de dársela sin que sonara a renuncia total. (Y no sé por qué quería evitar esa *renuncia total*).
Esto derrumbó casi por completo la fantasía que me había construido con bastante voluntad y poco sustento de que cuando volvieran a atender al público me podían ofrecer esa tarea, que es la que realicé por varios años, antes de renunciar, en ¡2002! La verdad, sería una cagada volver a ese lugar, más cagada atender al público, más en ese barrio cada vez más lumpenizado, especialmente interactuar con alguna gente, pero no tengo otra cosa, ni puedo imaginar otra cosa, y menos a esta edad y con esta experiencia y este cuerpo.
El único contacto con la realidad sobre el cual se sostenía esa idea es que cuando el octogenario que atendía al público tuvo un ACV, hace unos años, me ofrecieron el trabajo. Ahí dije que no entre otras cosas porque pretendía dar por cumplido ese ciclo, y también porque frecuentaba el lugar el heredero de mi viejo, que me ocultó durante años la existencia de un testamento en favor suyo y desmedro mío, y no tenía ganas de cruzármelo. Todo, o casi todo, sigue vigente, pero ahora medio que necesitaría tener ingresos.
Días después, en alguna intersección del desvelo con el insomnio, recordé que tenían un Facebook y me puse a mirarlo. Pronto di con el posteo donde anunciaban que habían vuelto a atender al público. Así, lo que yo pensaba que iba a suceder en marzo ya estaba ocurriendo. Y sin que me tuvieran en cuenta. Antes de poder procesar esa novedad y el duelo que implicaba, seguí scrolleando, y no mucho más tarde encontré un posteo donde informaban del fallecimiento del señor que atendía al público. Era muy mayor, tenía problemas de salud varios, pero me descolocó la noticia. No sé si su muerte o que nadie me avisara. Eso o mi desconexión de la realidad, que estuvo a punto de hacerme mandar un mail con copia a alguien que estaba muerto. Por suerte, no sucedió…
No fue la mejor situación compartir el laburo diario cinco o seis años con él, pero al menos decía valorar mi trabajo. Algo que casi nadie hizo ahí.
Me quedó dando demasiadas vueltas en la cabeza todo este asunto, más aún por no poder hablarlo con nadie, porque hace literalmente cinco días que no le dirijo ni una palabra a nadie (y que nadie me la dirige). Bueno, más que por eso, porque aun si alguien me dirigiera la palabra sería un plomazo ponerme a hablar de esto. Así, en un momento me acordé del domingo a la noche en que fui subrepticiamente a ese lugar, sabiendo que no había nadie, a tratar de usar el escáner, y de la sensación extraña que me invadió al volver a entrar al edificio y ser la única persona allí. También me acordé de que había escrito algo sobre eso en este blog, y me puse a buscarlo. Cuando lo encontré y lo leí, tuve que releerlo en voz alta.
Escribir aquel post fue una forma de tratar de despedirme de cosas que ya estaban muertas. Releerlo también: en este caso, de los restos del vínculo con la persona a la cual quería mandarle aquella foto escaneada. Y toda esta parrafada seguramente va en el mismo camino de las despedidas. Veo situaciones, personas y relaciones muertas sin que yo me hubiera enterado, y pienso en que puede aplicarse a mi vida, a mi cuerpo, a mi libido, cosas que están muertas sin que haya habido una comunicación oficial.
Unos meses más tarde, llega –finalmente llega– a una de mis cuentas alternativas, a la que dejé en el listado que les di, el primer mail de los que antes mandaba yo. Llega sin avisar del cambio de la dirección desde la cual se lo envía, que es parecida, pero si mirás bien no es la misma (y hasta podés flashear suplantación de identidad). Llega con un error de tipeo en el nombre del disertante de la conferencia que anuncian. Eso conmigo a cargo no habría pasado, pero no creo que a nadie le importe.
La duda de siempre reaparece: ¿cuánta gente se da cuenta de un error de tipeo? ¿Vale la pena pagar para minimizar –pero nunca reducir a cero– la chance de que suceda? Igual, no es cuestión de plata. Es la decisión de suprimirme paso a paso de ese lugar, por supuesto sin avisar, y por algún motivo que desconozco, el cual no es que hago mal las cosas. Pero es claro que decidieron sacarme del medio, que en alguna reunión se mencionó mi nombre y lo que yo hacía, y alguien dijo “no llamemos más a …”. Y otro u otros estuvieron de acuerdo.
El mundo sigue andando avisó Gardel, y en general presumo que funciona mejor sin mí, que esa es la razón por la cual todos (unos poquísimos todos) me van dejando fuera del mínimo espacio de sus vidas donde me permitieron asomar. Pero a veces funciona peor sin mí, y no importa. No le importa a nadie. Pasa de largo, y ni un resto queda de mí, de lo que hice y/o de lo que podría hacer.
Me quedo juntando los pedazos para organizar un nuevo duelo, a la espera del definitivo, que es el que harán otros por mí. Bueno, tal vez no, tal vez me muera y simplemente se desvanezcan los restos de energía que me constituyen, como se desvanecieron los que dejé en algunos lugares. Se desvanezca lo único que los mantiene con algo de carga, que es mi memoria. Y listo, chau.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Tenés actitudes raras

Ya en mis teenage years tenía un asuntito con mi nombre del documento. Y entonces buscaba otros que me representaran mejor, o, al menos, que no me generaran el malestar de aquel. Así, cuando llamaba a la radio que solía escuchar, usaba un nombre alternativo, el nombre y el barrio del actual alimentador de perros del Indio Solari.
Pasó el tiempo, los del programa de la madrugada dejaron esa radio, se mudaron, como copropietarios, a la otra punta del cono urbano, y una tarde, girando el dial, los encontré entre el ruido que los veinticinco kilómetros de distancia le agregaban a la señal de una FM de baja potencia. Llamé por teléfono, charlamos un toque, y me invitaron a que fuera.
Tuve que superar los ataques de pánico que tenía por ese tiempo para poder ir, tuve que superar el ataque de histeria de mi madre diciendo (gritando) “¿¡a dónde vas, pero a dónde vas!?” esa tarde del 8 de agosto de hace muchos años cuando vio que iba a salir. Después empecé a comprar discos para tener una excusa que me permitiera seguir yendo, porque, claramente, mis palabras no tenían mucho para decir; y para fin de año me ofrecieron operar durante el verano. (Claramente, no tenía el don para ese trabajo. Claramente, no lo tuve para ninguno).
En un momento, los dueños del lugar donde funcionaba la radio se hincharon las pelotas de la gente que entraba y salía, que incluía a locos del Borda, y pidieron/exigieron que cada día se dejara en la entrada una lista que valiera como autorización, con nombre y número de documento de la gente que iba a ir. La socia gerente estaba haciendo la lista para el día siguiente en el otro escritorio y me preguntó mis datos oficiales. De algún modo, verbalmente o con un gesto, le hice saber que le iba a alcanzar la billetera, que contenía el documento, por el aire para no levantarme de dónde estaba. No manifestó objeción. La atajó, tomó los datos, no recuerdo si me la devolvió de igual modo o no, y todo estuvo bien. Al menos, eso creí.
Como yo siempre repito lo que funcionó una vez, la siguiente tarde en que se presentó esa situación burocrática, nuevamente le alcancé la billetera por vía aérea, pero esta vez no estuvo todo bien. Estuvo todo mal. Y me lo hicieron notar acerbamente. La reprimenda incluyó la frase “tenés actitudes raras”.
La que se bañaba en colonia cuando iba a comprar sustancias (a lo de Herny de Plaza Irlanda) para que los pasajeros que compartieran con ella el viaje en el 44 o en el ramal Suárez no olieran nada raro, la que sacaba papeles del corpiño como Krusty payasos del auto, la naturista que hablaba del hombre nuevo, o como mierda se llamara, y que nunca dejó de ser rehén de Philip Morris, me dijo que yo tenía actitudes raras. Los que habían agujereado con un taladro la mínima pared que quedaba entre la puerta y la pared perpendicular a aquella para poder ver quién venía me decían que yo tenía actitudes raras, los que andaban todo el día con un frasquito de colirio a mano me decían que yo tenía actitudes raras. La socia del que tenía los brazos cortados y/o pinchados me decía que yo tenía actitudes raras. Los que no me dijeron una palabra, de aliento, crítica o lo que fuera, el primer día que operé me dijeron que yo tenía actitudes raras.
Capaz que no fue la mejor forma de alcanzarle la billetera, capaz que mi lectura de la situación no fue la correcta, capaz que el límite variable de la informalidad laboral lo ponían ellos y no importaba mi lectura de la situación, sino lo que ellos decidían según su humor, capaz que cambiarme el nombre era una gilada incomprensible, capaz que… no sé. Pero, como sea, pasá un segundo frente al espejo antes de hablar así de las actitudes de los demás.
En la primera semana del año nuevo, los dueños del lugar revocaron el comodato que habilitaba el funcionamiento de la radio, y esta quedó fuera del aire un par de meses, hasta que se encontró un nuevo lugar, se instalaron los equipos, etc. Lo único que me dijeron fue “cuando te necesitemos, te llamamos”. Lógicamente, nunca me necesitaron. Alguna vez fui a preguntar qué onda al nuevo lugar, y el empleado de ellos, el forro de Cali Spinaci, me dijo “esto no es un club, no te podés quedar acá”.
Si algún día hago el test para saber si soy autista (?), cuando el psiquiatra me pregunte qué me lleva a pensar que puedo serlo, entre las cosas que voy a referir, seguro estará aquella frase de Karín.

Una banda que se llame

K1ll Kl4us K1ll B1ll

La noche que mataron a Rabin

Ese sábado a la noche el espejo me devolvió una imagen atractiva y, sin saber qué otra cosa hacer –y sin tener la posibilidad de imaginarla–, me puse mi remera favorita y salí a caminar. Como a las cuarenta cuadras le pregunté a alguien si Canning estaba “para allá”, aunque ya sabía la respuesta. Sólo para hablar con alguien y porque el camino se hacía largo como el silencio.
Al fin llegó el momento en que la distancia o la invisibilidad ante los ojos ajenos me llevaron a pegar la vuelta. En una esquina del regreso pasé junto a un kiosco de diarios donde la sexta anunciaba el asesinato de Rabin y pensé que se iba a pudrir todo muy mal, que la represalia incluiría matar a Arafat. Con la imagen seguramente derretida por los kilómetros llegué a casa y prendí la tele. Ahí supe quién había sido, y ya sabemos: si los magnicidios los cometen los de esa tribu, no hay bombas ni invasiones ni niños muertos. Y a Abu Ammar lo mataron igual, años después, envenenado.
Agregué a mi memoria de datos al pedo el nombre de Yigal Amir y desvié la noche del sábado lejos de la respuesta del mundo exterior. Aunque a veces, desde otro siglo, viene el recuerdo de lo insignificante que fue la mejor versión de mí. Unas pocas veces tuvo la ocasión de repetirse, pero esta tuvo rasgos fundacionales. Y, como las otras, nadie lo supo. Salvo yo.