viernes, 11 de julio de 2008
Practicando para el futuro
Ya hace calorcito, digamos octubre, y en la vereda de cualquier kiosco que hay al lado de un colegio, o enfrente, está una pendejita con su guardapolvo blanco, ponele de sexto grado, dándole de acá al Naranjú.
domingo, 6 de julio de 2008
Las celdas de San Carlos
En la columna de la última página del Sí, José Bellas contaba su visita al psiquiátrico donde está legalmente privado de su libertad Charly García.
La descripción que hizo de la zona, como si atravesara un cráter lunar o una región amazónica, revelaba que el Sur de la ciudad no es el territorio más frecuentado por este muchacho (aunque por ahí vive, o vivía, Arnedo, y más allá, Vicentico y Ariel Minimal), y alguien que no la conozca podrá imaginársela a mitad de camino entre lo pintorescou y lo vishero.
Bellas cuenta que dio la vuelta a la manzana buscando los fondos de la clínica, presumiendo que se trataba de un lugar tan grande como para tener salida a dos calles. No es así, y en su recorrido por esa manzana trapezoidal tuvo suerte de no cruzarse con Ciclón, el perro de la familia que vive en Salcedo 3383 aproximadamente (la plaquita con el número junto a la puerta está ausente), y de no ser atacado por él (ambos verbos son equivalentes en este caso).
Tampoco se encontró con la onírica imagen de seis ruedas, unos tubos, una columna de transmisión y un motor conducidos por un tipo con casco, asombrosa forma que tienen los colectivos cuando están desnudos, apenas con unos listones de madera soportando precariamente las luces de posición. Ocurre que junto a la clínica, y con salida a dos calles, hay una concesionaria donde se venden chasis de colectivos.
Por lo demás, García está secuestrado legalmente allí debido a que se lo considera peligroso para sí y para terceros, y permanecerá en ese centro de detención hasta que se lo traslade a otro donde deberá tratar su adicción a las drogas. No muchas décadas atrás podría haber sido enviado a un centro reeducacional similar quien fuese puto, por ejemplo. De hecho, en algunos países aún pasa eso.
Los perseguidos de hoy, aquí, son los que consumen ciertas sustancias y, por un hado aciago, se despistan, y el choque llama la atención de la yuta de azul y de la yuta de blanco.
El Estado, que no protege en miles de otros casos en los que debería proteger (salí a la calle y mirá), se hace presente con toda su fuerza coactiva y, sólo porque algo te pegó mal, te encierra en esos lugares donde la picana eléctrica es legal bajo la forma de electroshock, y donde uno encuentra cualquier cosa menos lo que necesita.
“Lo protegen de sí mismo”, dirá un psi; “no puede tomar decisiones”, mentirá otro, únicamente porque esas decisiones no son las que él quiere o aprueba. Mientras, en esa prisión están chochos con la publicidad gratuita que les da el quía, y el cholulismo de su vocera, bien teñida de peluquería y maquillada para salir en la tele, que se refiere al paciente como “Charly”, con una confianza y una familiaridad que no sé quién le dio, revela las características de la normalidad que allí impera.
Free García, NOW. Y tráiganme unos rivaldos. Un whiskacho, no, que me cae mal (lamentablemente, porque era tan rico…).
La descripción que hizo de la zona, como si atravesara un cráter lunar o una región amazónica, revelaba que el Sur de la ciudad no es el territorio más frecuentado por este muchacho (aunque por ahí vive, o vivía, Arnedo, y más allá, Vicentico y Ariel Minimal), y alguien que no la conozca podrá imaginársela a mitad de camino entre lo pintorescou y lo vishero.
Bellas cuenta que dio la vuelta a la manzana buscando los fondos de la clínica, presumiendo que se trataba de un lugar tan grande como para tener salida a dos calles. No es así, y en su recorrido por esa manzana trapezoidal tuvo suerte de no cruzarse con Ciclón, el perro de la familia que vive en Salcedo 3383 aproximadamente (la plaquita con el número junto a la puerta está ausente), y de no ser atacado por él (ambos verbos son equivalentes en este caso).
Tampoco se encontró con la onírica imagen de seis ruedas, unos tubos, una columna de transmisión y un motor conducidos por un tipo con casco, asombrosa forma que tienen los colectivos cuando están desnudos, apenas con unos listones de madera soportando precariamente las luces de posición. Ocurre que junto a la clínica, y con salida a dos calles, hay una concesionaria donde se venden chasis de colectivos.
Por lo demás, García está secuestrado legalmente allí debido a que se lo considera peligroso para sí y para terceros, y permanecerá en ese centro de detención hasta que se lo traslade a otro donde deberá tratar su adicción a las drogas. No muchas décadas atrás podría haber sido enviado a un centro reeducacional similar quien fuese puto, por ejemplo. De hecho, en algunos países aún pasa eso.
Los perseguidos de hoy, aquí, son los que consumen ciertas sustancias y, por un hado aciago, se despistan, y el choque llama la atención de la yuta de azul y de la yuta de blanco.
El Estado, que no protege en miles de otros casos en los que debería proteger (salí a la calle y mirá), se hace presente con toda su fuerza coactiva y, sólo porque algo te pegó mal, te encierra en esos lugares donde la picana eléctrica es legal bajo la forma de electroshock, y donde uno encuentra cualquier cosa menos lo que necesita.
“Lo protegen de sí mismo”, dirá un psi; “no puede tomar decisiones”, mentirá otro, únicamente porque esas decisiones no son las que él quiere o aprueba. Mientras, en esa prisión están chochos con la publicidad gratuita que les da el quía, y el cholulismo de su vocera, bien teñida de peluquería y maquillada para salir en la tele, que se refiere al paciente como “Charly”, con una confianza y una familiaridad que no sé quién le dio, revela las características de la normalidad que allí impera.
Free García, NOW. Y tráiganme unos rivaldos. Un whiskacho, no, que me cae mal (lamentablemente, porque era tan rico…).
No te va a gustar
Si algún día caés por acá y te gusta algo de lo que leés, sabé que inexorablemente vas a encontrar, muy pronto, otra cosa que te va a indignar, aburrir, asquear, o simplemente va a hacer que busques el siguiente blog.
Más que para advertirte, calculo que lo escribo para recordármelo.
Más que para advertirte, calculo que lo escribo para recordármelo.
Jazz
Hace muuuuucho que quiero escuchar jazz. Claro que el jazz, como el rock, tiene infinidad de épocas, estilos, subgéneros; así, intuitivamente, estoy cerca de lo que decían en un programa de La Tribu, que les gustaba el jazz moderno, salvo cuando pierde la belleza de la melodía.
Como en tantos aspectos de mi vida –¿cómo en toda mi vida?–, nunca encontré a nadie que tirara una onda iluminadora que me acercara a un lugar grato. Y la autodidaxia es desgastante, onerosa y no siempre funciona: sabías de la grositud de Miles Davis, habías escuchado un par de temas copados en el programa de Casero o en no sé qué radio. Y te gustaba, y te gastabas 15 o 20 mangos en Musimundo comprándote un disco del quía, y por ahí tenías la mala suerte de que era un disco “eléctrico”, o medio funky, o cualquier otra garcha.
Claro, entonces no había Internet: ahora los discos (las canciones, en realidad, porque el concepto de disco también quedo obsoleto) se bajan de la web.
Según una nota de la revista cultural de La Nación, con respecto a Monk debería probar con “Thelonious Monk with John Coltrane”, “Monk’s dream”, “Genius of modern music” y “Brilliant corners”.
De Davis, una vez me compré una recopilación de ocho temas llamada “Ballads”, de los cuales cuatro son una bazofia melosa onda Kenny G, y los otros cuatro están realmente buenos.
Como en tantos aspectos de mi vida –¿cómo en toda mi vida?–, nunca encontré a nadie que tirara una onda iluminadora que me acercara a un lugar grato. Y la autodidaxia es desgastante, onerosa y no siempre funciona: sabías de la grositud de Miles Davis, habías escuchado un par de temas copados en el programa de Casero o en no sé qué radio. Y te gustaba, y te gastabas 15 o 20 mangos en Musimundo comprándote un disco del quía, y por ahí tenías la mala suerte de que era un disco “eléctrico”, o medio funky, o cualquier otra garcha.
Claro, entonces no había Internet: ahora los discos (las canciones, en realidad, porque el concepto de disco también quedo obsoleto) se bajan de la web.
Según una nota de la revista cultural de La Nación, con respecto a Monk debería probar con “Thelonious Monk with John Coltrane”, “Monk’s dream”, “Genius of modern music” y “Brilliant corners”.
De Davis, una vez me compré una recopilación de ocho temas llamada “Ballads”, de los cuales cuatro son una bazofia melosa onda Kenny G, y los otros cuatro están realmente buenos.
“El periodista y escritor Rodolfo Walsh”
En varios medios he leído y escuchado que se menciona de esa forma a Walsh, como parte de la noticia del procesamiento del represor Cavallo.
Prolijamente se omite su condición de guerrillero; más precisamente, la de jefe de inteligencia de Montoneros. Y esa omisión es una manera de ningunear su decisión de tomar las armas y estar dispuesto a matar y a morir por sus ideas o por lo que fuera que lo motivara a la acción armada.
Las causas de la omisión, que, ciertamente, no es casual, me resultan desconocidas. En cambio, me parece evidente que mientras el pasado sea referido de modo sesgado e incompleto, no podrá analizárselo ni comprendérselo cabalmente, y seguiremos sometidos a la manipulación que de él se hace a diario.
Prolijamente se omite su condición de guerrillero; más precisamente, la de jefe de inteligencia de Montoneros. Y esa omisión es una manera de ningunear su decisión de tomar las armas y estar dispuesto a matar y a morir por sus ideas o por lo que fuera que lo motivara a la acción armada.
Las causas de la omisión, que, ciertamente, no es casual, me resultan desconocidas. En cambio, me parece evidente que mientras el pasado sea referido de modo sesgado e incompleto, no podrá analizárselo ni comprendérselo cabalmente, y seguiremos sometidos a la manipulación que de él se hace a diario.
La invasión de lo privado en lo público
Asistimos, inermes, a la invasión de lo público en lo privado, al entrometimiento del Estado –y los particulares– en nuestras vidas, filmados, espiados, controlados, hackeados…
Pero aun más atroz, ante todo por la poca conciencia que hay de ella, es la invasión de lo privado en lo público: estoy podrido de escuchar conversaciones ajenas por celular, harto de los ringtones “originales”; especialmente intolerante con los desconsiderados que ponen el celular como handy, de modo que se escucha lo que dice el otro (cuando salen al balcón a buscar mejor señal… uffff); impresionado por los que hablan solos por la calle, que no sé si son locos comunes o locos con bluetooth; hastiado de escuchar conversaciones y discusiones de vecinos, con las bolas llenas de los que me obligan a escuchar su música desde el departamento, desde el auto, desde el walkman/mp3.
¡Ni hablar de la caca de perro en todas las calles! ¡Ni hablar de los rottweilers sueltos, sin correa ni bozal! Como en el living de casa, pero en el medio de la calle. “No, si no hace nada”, dice el forro del dueño, y avanza ese dóberman inflado a anabólicos…
¿Será de dios que, como los nenes de 4 años, no registren que hay un mundo alrededor de ellos?
“Estoy en mi casa y hago lo que quiero”, dice. Pedazo de imbécil, tu “casa” es un departamento, está pared de por medio con el otro; es como si estuvieses en la habitación de al lado. Si vos podés poner la música a ese volumen, todos podemos poner la música a ese volumen. Y si todos ponemos la música a ese volumen, el edificio sale volando…
Harto de la polución sonora, insto a los ingenieros y desarrolladores de edificios de departamentos a que, en vez de dotar a sus nuevos proyectos de instalaciones y servicios que favorecen esta dilución, como el fucking SUM, la pileta o la parrilla –gracias, no uso–, se encaminen a asegurarle al morador el descanso y la tranquilidad que desea.
No me vendan verde, ni luz, ni categoría: ¡¡denme silencio!!
No sólo es el ruido; es la pérdida (o la carencia lisa y llana) de la noción de privacidad, que implica, a su vez, la idea de lo público; y la idea de lo que es privado, pero no mío, sino del otro. La famosa frase de que mi libertad termina donde empieza la de los demás…
Lo público, en lugar de ser tenido como lugar común, de intersección, es apropiado siguiendo una lógica –carcelaria, guerrillera o la que sea– que lleva (obliga) a ocupar los lugares que se ven como vacíos. ¡Pero no están vacíos! ¡Son de todos! O, mejor, son PARA todos. La vereda es para todos, aunque en ese momento no pase nadie.
Así, cada lugar público es visto como un espacio a ocupar con el interés privado: la playa; las plazas, con los recitales y las movidas culturales movidas por cuatro gatos locos, y la venta de chucherías de los artesanos; la vereda, para que cague el perro o pongan una garita “pagada por los vecinos”; los árboles, para que mee el perro o para poner las placas al pie, recordando a los “detenidos-desaparecidos”; las mesas de los bares; el mismísimo aire, contaminado, envenenado, o sacudido y estremecido por el botellero con megáfono, por el Pomelo que se gastó su módica fortuna en el equipo de audio del auto o por el vecino que pone la música a todo volumen, no para escuchar música él, sino para que todos nos enteremos de que escucha música/de qué música escucha. La música como bandera, los ringtones como banderas que se clavan en el aire, en mis tímpanos, conquistados por el invasor…
Y vos, Tati, y tu amiga Tota, y tu otro amigo, con los que hablaste durante todo el viaje en el 168, obligándome a escuchar tu baldía conversación con esas personas ¡a las que ibas a ver dentro de 20 minutos!, la concha de tu madre y la pelotuda que te educó.
Pero aun más atroz, ante todo por la poca conciencia que hay de ella, es la invasión de lo privado en lo público: estoy podrido de escuchar conversaciones ajenas por celular, harto de los ringtones “originales”; especialmente intolerante con los desconsiderados que ponen el celular como handy, de modo que se escucha lo que dice el otro (cuando salen al balcón a buscar mejor señal… uffff); impresionado por los que hablan solos por la calle, que no sé si son locos comunes o locos con bluetooth; hastiado de escuchar conversaciones y discusiones de vecinos, con las bolas llenas de los que me obligan a escuchar su música desde el departamento, desde el auto, desde el walkman/mp3.
¡Ni hablar de la caca de perro en todas las calles! ¡Ni hablar de los rottweilers sueltos, sin correa ni bozal! Como en el living de casa, pero en el medio de la calle. “No, si no hace nada”, dice el forro del dueño, y avanza ese dóberman inflado a anabólicos…
¿Será de dios que, como los nenes de 4 años, no registren que hay un mundo alrededor de ellos?
“Estoy en mi casa y hago lo que quiero”, dice. Pedazo de imbécil, tu “casa” es un departamento, está pared de por medio con el otro; es como si estuvieses en la habitación de al lado. Si vos podés poner la música a ese volumen, todos podemos poner la música a ese volumen. Y si todos ponemos la música a ese volumen, el edificio sale volando…
Harto de la polución sonora, insto a los ingenieros y desarrolladores de edificios de departamentos a que, en vez de dotar a sus nuevos proyectos de instalaciones y servicios que favorecen esta dilución, como el fucking SUM, la pileta o la parrilla –gracias, no uso–, se encaminen a asegurarle al morador el descanso y la tranquilidad que desea.
No me vendan verde, ni luz, ni categoría: ¡¡denme silencio!!
No sólo es el ruido; es la pérdida (o la carencia lisa y llana) de la noción de privacidad, que implica, a su vez, la idea de lo público; y la idea de lo que es privado, pero no mío, sino del otro. La famosa frase de que mi libertad termina donde empieza la de los demás…
Lo público, en lugar de ser tenido como lugar común, de intersección, es apropiado siguiendo una lógica –carcelaria, guerrillera o la que sea– que lleva (obliga) a ocupar los lugares que se ven como vacíos. ¡Pero no están vacíos! ¡Son de todos! O, mejor, son PARA todos. La vereda es para todos, aunque en ese momento no pase nadie.
Así, cada lugar público es visto como un espacio a ocupar con el interés privado: la playa; las plazas, con los recitales y las movidas culturales movidas por cuatro gatos locos, y la venta de chucherías de los artesanos; la vereda, para que cague el perro o pongan una garita “pagada por los vecinos”; los árboles, para que mee el perro o para poner las placas al pie, recordando a los “detenidos-desaparecidos”; las mesas de los bares; el mismísimo aire, contaminado, envenenado, o sacudido y estremecido por el botellero con megáfono, por el Pomelo que se gastó su módica fortuna en el equipo de audio del auto o por el vecino que pone la música a todo volumen, no para escuchar música él, sino para que todos nos enteremos de que escucha música/de qué música escucha. La música como bandera, los ringtones como banderas que se clavan en el aire, en mis tímpanos, conquistados por el invasor…
Y vos, Tati, y tu amiga Tota, y tu otro amigo, con los que hablaste durante todo el viaje en el 168, obligándome a escuchar tu baldía conversación con esas personas ¡a las que ibas a ver dentro de 20 minutos!, la concha de tu madre y la pelotuda que te educó.
Por suerte, la vengo piloteando
Otros criterios diagnósticos a considerar incluyen que las crisis se han seguido durante un mes o más de: a) inquietud persistente ante la posibilidad de tener nuevas crisis; b) preocupación por las implicancias de la crisis o sus consecuencias (por ejemplo, perder el control, tener un infarto de miocardio); c) cambio de conducta relacionado con la crisis.
Además, las crisis no se deben a los efectos fisiológicos directos de ninguna sustancia o enfermedad clínica y son recidivantes.
Además, las crisis no se deben a los efectos fisiológicos directos de ninguna sustancia o enfermedad clínica y son recidivantes.
Eye contact (I)
Por Colombres la luz solar ya no puede traspasar los edificios ni las copas de los árboles, y es lentamente vencida por el alumbrado público. La incipiente penumbra no me impide ver que, caminando en sentido opuesto al mío, viene una pendejita que no tendrá más de 12 años, bastante linda, y le clavo los ojos, y ella también. ¡Uy, me miró! Lástima que sea tan chiquita. Envalentonado por la imposibilidad de que me dé bola, me doy vuelta, y veo que unos metros más allá ella también se da vuelta. Y nos vemos por última vez.
HSBC libre de humo
En la esquina de Solís y Cochabamba hay una dependencia del HSBC. No es un banco ni parece haber atención al público, pero grandes carteles anuncian su pertenencia a esa multinacional.
La cosa es que allí son muy cuidadosos de la salud de sus empleados, y es un ámbito laboral libre de humo: el aire que se respira está calefaccionado, tecnificado, filtrado, enfriado, manipulado, y recibe el nombre de puro. Así, los empleados fumadores de cigarrillos legales deben salir a la calle para consumirlos, seguramente con algún tipo de condición en cuanto al tiempo y la cantidad de veces.
Uno pasa por esa esquina y ve a muchos empleados bancarios fumando, y casi no puede transitar por esas veredas, la oriental de Solís, la sur de Cochabamba, y debe avanzar a tientas, enceguecido por la neblina localizada que producen esos hombres chimenea y ahogado por su humareda cancerígena.
Y aunque hay un gran cenicero junto a la puerta, los empleados del HSBC prefieren tirar las colillas en la vereda, alfombrándola con el beige y el blanco, y a veces también el rojo labial, de los puchos, y cientos de ellos por día van a parar al sumidero o pasan a ser abono nicotínico para los árboles que flanquean la entrada del edificio.
La cosa es que allí son muy cuidadosos de la salud de sus empleados, y es un ámbito laboral libre de humo: el aire que se respira está calefaccionado, tecnificado, filtrado, enfriado, manipulado, y recibe el nombre de puro. Así, los empleados fumadores de cigarrillos legales deben salir a la calle para consumirlos, seguramente con algún tipo de condición en cuanto al tiempo y la cantidad de veces.
Uno pasa por esa esquina y ve a muchos empleados bancarios fumando, y casi no puede transitar por esas veredas, la oriental de Solís, la sur de Cochabamba, y debe avanzar a tientas, enceguecido por la neblina localizada que producen esos hombres chimenea y ahogado por su humareda cancerígena.
Y aunque hay un gran cenicero junto a la puerta, los empleados del HSBC prefieren tirar las colillas en la vereda, alfombrándola con el beige y el blanco, y a veces también el rojo labial, de los puchos, y cientos de ellos por día van a parar al sumidero o pasan a ser abono nicotínico para los árboles que flanquean la entrada del edificio.
laceci_07 (también se ríe de mí)
Fui al cíber y me tocó una máquina junto a una pendeja bastante arregladita que firmaba fotologs. Al rato se puso a hablar por celular en voz considerablemente alta, y poco después llegó al local su interlocutora, quien se sentó junto a ella.
Vestía su celu, su cámara digital (este adjetivo delata mi edad) y un piercing en la nariz, y ameritaba un pijazo más que la otra. Hablaron del cole, de sus amigos/compañeros, del pool donde paran; le sacaron fotos a su fotolog (www.fotolog.com/laceci_07) y chatearon con unos chabones pidiendo que las invitaran a tomar un helado.
En un momento chusmeo su pantalla para ver qué están mirando. Ellas lo notan, cuchichean un instante, lo que contrasta notablemente con la exhibición de la conversación que venían haciendo, y se cagan de risa. Mal.
De mí.
No es la primera vez que me pasa. Una tarde caminaba en cueros frente a la Rural, por Santa Fe, y una flaca sentada en un bar, en las sillas de la vereda, vomitó su risa al verme pasar, abrumándome, o avergonzándome, tanto que un par de cuadras después doblé por Darregueyra y me puse la remera. En un pasillo de PuTan, del lado de Bonifacio, me crucé dos veces en tres minutos con dos minas, cuando iba al baño y cuando volvía, y esa segunda vez, al verme, se miraron y se rieron. En la parada del colectivo, otra vio, mirando desde detrás de mí, el aumento que tenían mis anteojos y también se rio. Y otra llamó a su amiga –“vení a ver esto”– mientras yo pasaba cargando no sé qué cosa rumbo a mi ex laburo, a unas casas de distancia, y no pudieron reprimir esa risita que quizá sea consecuencia de algún daño neurológico. Y otra más le advirtió “es horrible” a su compañera cuando ambas caminaban detrás de mí, una noche, cerca de Alto Palermo, y seguramente mi pelo largo les había llamado la atención. Y hubo otra que dijo en voz alta: “Mirá, el Tío Cosa”, cuando todo el pelo me quedó en la cara, acá, cerca de casa, en la esquina donde dobla el viento. Y una pendeja con uniforme de secundario privado berreta se acercó cuando bajé de un taxi y me empujó levemente, y cuando salí de la sorpresa y giré para ver adónde había ido, o qué había pasado, la vi junto con sus compañeritas, en la vereda de enfrente, cagándose de risa.
Si aún no me convertí en un asesino serial misógino despellejador de pendejas pelotudas, bueno, calculo que nunca lo seré…
Vestía su celu, su cámara digital (este adjetivo delata mi edad) y un piercing en la nariz, y ameritaba un pijazo más que la otra. Hablaron del cole, de sus amigos/compañeros, del pool donde paran; le sacaron fotos a su fotolog (www.fotolog.com/laceci_07) y chatearon con unos chabones pidiendo que las invitaran a tomar un helado.
En un momento chusmeo su pantalla para ver qué están mirando. Ellas lo notan, cuchichean un instante, lo que contrasta notablemente con la exhibición de la conversación que venían haciendo, y se cagan de risa. Mal.
De mí.
No es la primera vez que me pasa. Una tarde caminaba en cueros frente a la Rural, por Santa Fe, y una flaca sentada en un bar, en las sillas de la vereda, vomitó su risa al verme pasar, abrumándome, o avergonzándome, tanto que un par de cuadras después doblé por Darregueyra y me puse la remera. En un pasillo de PuTan, del lado de Bonifacio, me crucé dos veces en tres minutos con dos minas, cuando iba al baño y cuando volvía, y esa segunda vez, al verme, se miraron y se rieron. En la parada del colectivo, otra vio, mirando desde detrás de mí, el aumento que tenían mis anteojos y también se rio. Y otra llamó a su amiga –“vení a ver esto”– mientras yo pasaba cargando no sé qué cosa rumbo a mi ex laburo, a unas casas de distancia, y no pudieron reprimir esa risita que quizá sea consecuencia de algún daño neurológico. Y otra más le advirtió “es horrible” a su compañera cuando ambas caminaban detrás de mí, una noche, cerca de Alto Palermo, y seguramente mi pelo largo les había llamado la atención. Y hubo otra que dijo en voz alta: “Mirá, el Tío Cosa”, cuando todo el pelo me quedó en la cara, acá, cerca de casa, en la esquina donde dobla el viento. Y una pendeja con uniforme de secundario privado berreta se acercó cuando bajé de un taxi y me empujó levemente, y cuando salí de la sorpresa y giré para ver adónde había ido, o qué había pasado, la vi junto con sus compañeritas, en la vereda de enfrente, cagándose de risa.
Si aún no me convertí en un asesino serial misógino despellejador de pendejas pelotudas, bueno, calculo que nunca lo seré…
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