La imagen es la de una tarde de remera con el sol pegando sobre la pared verde de la vidriería de Constitución y Luca, donde tienen suelto ese perro agresivo del orto. No sé por qué es allí, porque el sol va a seguir entibiando esa vereda durante el invierno a través del espacio que deja la canchita.
Tal vez porque en la cuadra siguiente la arboleda y la reaparición de las construcciones a mano izquierda configuran el comienzo de un túnel, el mismo que se ve desde lo alto de la barranca. Y porque en esa esquina concluye el declive y el túnel es cuesta arriba.
O tal vez porque en esa esquina flasheé con las lucecitas navideñas un primero de enero cuando el sol iluminaba sin ensombrecer, y un rato después quedaba fuera de circulación por un mes, cortesía de una enfermedad infectocontagiosa.
Lo que sé es que no se trata del verano, que volverá dentro de unos meses. Y que, si no me voy o no los mato, volverá a ser un padecimiento, volverán a ser dos meses y medio perdidos por culpa de mis vecinos terrenalmente infernales.
Lo que se va es la adolescencia. Se va por tercera vez. Por última vez.
La primera fue una garcha sin destino. La segunda, tardía, la desperdicié poniendo la energía en lugares equivocados. La tercera surgió de una enfermedad, que es la misma de ahora, diez años después. Y esa enfermedad surgió entonces por poner la energía en lugares equivocados.
En realidad, si las adolescencias fueron un lugar desagradable, veamos con buenos ojos que se vayan por última vez y tratemos de que lo próximo sea mejor.
Pero estas son palabras vacías. Es una garcha total que se vaya, y más garcha aún es esa sensación de que se va sin haberla podido disfrutar, como si me la estuvieran robando. Como me roban el tiempo, y la vida, los vecinos del orto. Como me robaron la energía, y se cagaron en mí, algun@s enferm@s y/o miserables. Como me robaron la posibilidad de otra vida, y me marcaron para siempre, los que me rodeaban con su enfermedad cuando tenía 13, 14, 8…
Leonor Silvestri dice que hace siete años que tiene 25 y que espera poder quedarse allí otros siete. “Después me fijo si pego otro estirón”, anuncia. El problema es cuando se hace insostenible la diferencia entre lo que muestra el espejo y lo que uno siente. Cuando te fijás, y no querés, o no podés, o no te sentís en condiciones de pegar ese estirón. Pero se impone. No es el afuera el que lo hace, ni la mirada ajena, sino la propia en el espejo.
La pérdida definitiva de una imagen que me represente, la pérdida definitiva de la correlación entre la imagen y lo que soy, o siento. Será eso.
Seguro que ya perdí muchas otras cosas definitivamente, pero esta es tan notoria. Y, todavía, en lo simbólico, depende evidentemente de mí. Y la alargo, la estiro, me aferro a ella hasta la exageración (¿hasta la patología?). Y cuanto más la postergo, y cuanto más pienso en ella, más peso gana y más duro va a ser el contraste.
Podés parecer más chico, podés mentir la edad y que la mentira pase, pero en un punto la cosa no da para más. En este punto. Y aunque me sienta adolescente, lo cual a veces será bueno y a veces, una cagada, me echan.
Me echa el tiempo, que no para ni cuando escribo esto, cuando trato de explicármelo. Me echa el cuerpo, que no es el mismo. Y me pisan los dedos con los que me aferro a la cornisa los soretes mal cagados que me robaron casi todos los días de los últimos dos años.
Me echan de un lugar que sigue siendo mi lugar, el que me representa, aquel en el cual me siento cómodo y perteneciente. Del único lugar del que tengo memoria.
Una forma de la muerte. Será eso. Lo definitivo.
jueves, 16 de abril de 2009
The Doors
¿Será posible que no encuentre una pendeja a la que le gusten los Doors?
Escuchan Radiohead, o Keane, o no sé qué modernidad. Eso, si les cabe el rock. Porque si no te salen con un Luis Miguel que me hace huir despavorido. O les da lo mismo cualquier música, “la que pasan en la radio”. O son cumbieras.
No te digo una a la cual decirle “you make me real”, pero un “love me two times”, un “we could be so good together”…
Estas pendejas no entienden…
Escuchan Radiohead, o Keane, o no sé qué modernidad. Eso, si les cabe el rock. Porque si no te salen con un Luis Miguel que me hace huir despavorido. O les da lo mismo cualquier música, “la que pasan en la radio”. O son cumbieras.
No te digo una a la cual decirle “you make me real”, pero un “love me two times”, un “we could be so good together”…
Estas pendejas no entienden…
Fibroscopio+blog
No compré ninguno de los remedios que me dijo, y, sin embargo, me sentí mejor. Como si la empatía profesional que esa noche encontré en ella me hubiera aliviado. Porque parece que es así la cosa: estudian no sé cuántos años, uno va, les cree, les garpa… y termina aceptando la sugerencia del empleado de la farmacia.
Le puso ganas, atención, pila. Me escuchó. Escuchó el racconto de mi peripecia, me dijo que ya me habían dado todo lo que suele recetarse en casos como este, me pidió que la espere, y por un momento me dejó solo. Calculo que fue a revisar los apuntes…
Después volvió, me llevó a otro consultorio y me desvirgó la ventana derecha con el fibroscopio. Yo bromeaba (oh, mis bromas) con que el otro médico me había dado un remedio en polvo para inhalar, y ahora me metían un coso en la nariz. “No sé qué me quieren decir”, dije, mientras ella trataba de embocarme el aparato en el agujero. Yo abría las narinas, pero me dijo que era inútil, y sonreímos.
Al fin, entró, como ocurre siempre. Y se dedicó a mirarme por dentro. Me pidió que no hablara. Porque yo hablo cuando me siento mal, o cuando estoy nervioso. Y que me quedara derecho. Yo la miraba, la tenía muy cerca, a la distancia que mis viejos anteojos aún me devuelven una imagen nítida. Con la mano derecha sostenía la varilla flexible; con la otra cambiaba el aumento. Miraba su ojo cerrado de cazadora de catarros, su mano derecha, el vello que brota en su falange intermedia (ese que yo me depilo), una cutícula, o una uña, no me acuerdo, medio maltrecha.
Hubo algo allí, entonces, que resonó fuertemente en mí. Alguien tan cerca y pendiente de mí, haciendo algo por mí, y con ganas. Aunque fuesen meramente profesionales. Tal vez sea eso. O quizá fueron los anteojos, que me presentaban un mundo más reducido que el que veo habitualmente. Ese cambio de la percepción revelaba cosas que en otro momento pasarían de largo, como esos detalles propios de la intimidad. Y resaltaba su cercanía, su concentración, en un primer plano que se imponía ante la borrosidad cercana.
Me sacó el aparato. Parece mentira todo lo que entró. Como ocurre siempre. No hice ni un comentario sobre eso, ni sobre las palabras con que me alentaba (“tiene que entrar”, “yo sé que es horrible”), ni cuando me puso la anestesia en gotas.
Volvimos al otro consultorio, me hizo la receta. Las recetas. Me dijo que además del catarro encontraba reflujo gástrico, y me prohibió un montón de cosas que no como ni tomo. Lo único relevante fue el alcohol y las verduras crudas a la noche. Queda poco margen para mejorar si la mayoría de las cosas que hay que evitar ya las estás evitando. De hecho, finalmente tiró el papel donde había anotado las restricciones y la recomendación de tomar dos litros de agua por día. No lo anotó, pero me quedó grabado su otro consejo al respecto: “Dentro de lo posible, bajar las revoluciones”. ¡Ja! ¡Con estos vecinos destrozando mi reloj biológico! I think it’ll be just a little bit difficult, baby…
Y me dijo que lo del asma, que había dicho el otro médico, quedaba stand by. Que para diagnosticar eso hay que hacer una espirometría. Tampoco me había quedado claro si el tipo había dicho que tengo asma o si habló de una “crisis asmática”, pero sí de una disminución del ingreso de aire, o de mi capacidad respiratoria.
Escribió en la compu la historia clínica. Bromeó con que no sabía cómo iba a escribir todo lo que le había contado, bromeé con que le iba mandar lo que publicara en mi blog. Sonrió, otra vez, mientras tipeaba. Seguro que yo pensaba que podría escribir algo que me gustara más. Al final, miró en la pantalla mi nombre, y comenzó a dar por terminada la consulta diciéndome: “Bueno, Xxxxxx…”. Y yo, que creo que ya había registrado cómo se llamaba, miré notoriamente la receta, su firma y su sello, y dije su nombre. Y logré una sonrisa más. Me dijo que volviera el sábado, o antes, si la cosa no mejoraba. Primero dijo el viernes o el sábado, y al toque confirmó el sábado.
Aunque era una guardia, en ningún momento mostró apuro o impaciencia. De eso me di cuenta después, porque entonces todo ocurrió como si no se pudiera atender de otra manera. Nos despedimos: me dio la mano sin levantarse de su silla, enfilé hacia la puerta, y con el picaporte en la mano giré para estirar la comunicación y preguntarle cómo se llamaba el aparato. Me respondió, y le dije que iba a alardear con eso. Me dio la última sonrisa, y no la vi más. Hasta que, googleada mediante, días después encontré la foto de su perfil de Facebook, en la que está con un chabón, mostrando, contentos, las entradas a un recital de Manu Chao.
También descubrí una cosa que me llamó la atención: la página que da los resultados de las evaluaciones para entrar a laburar en el lugar donde la conocí. Tenía un buen promedio en la fuck, en el examen escrito le fue más o menos, pero en la entrevista tuvo un 10, lo que la dejó segunda en el ránking. A partir de esto deduje que la empatía con el interlocutor es uno de sus puntos fuertes. Aunque quizá haya sido casualidad, o sólo se trate de una conjetura basada en datos circunstanciales.
El sábado, por supuesto, no estaba. No cuando fui. Pero eso era previsible. Igual, con el médico que me atendió busqué la excusa para mencionarla y para decir que, casualidad o no, me sentí mejor desde la madrugada siguiente. Aunque un remedio no lo compré porque el tipo de la farmacia sugirió uno más barato, y el otro quedó para el día siguiente, cuando ya parecía no necesitarlo. Y el del reflujo sigue esperando, porque a veces creo que tengo que comprarlo, y a veces no…
Decírselo a ella mandándole un mensaje en el Face me parece tan descolgado como imaginar que se acordaría de que tengo un blog, de la pregunta por el nombre del aparato, y que escribiría en Google el criterio de búsqueda que titula este post.
Pero como este blog sirve, entre otras cosas, para decir lo que no puedo decir de otra forma…
Le puso ganas, atención, pila. Me escuchó. Escuchó el racconto de mi peripecia, me dijo que ya me habían dado todo lo que suele recetarse en casos como este, me pidió que la espere, y por un momento me dejó solo. Calculo que fue a revisar los apuntes…
Después volvió, me llevó a otro consultorio y me desvirgó la ventana derecha con el fibroscopio. Yo bromeaba (oh, mis bromas) con que el otro médico me había dado un remedio en polvo para inhalar, y ahora me metían un coso en la nariz. “No sé qué me quieren decir”, dije, mientras ella trataba de embocarme el aparato en el agujero. Yo abría las narinas, pero me dijo que era inútil, y sonreímos.
Al fin, entró, como ocurre siempre. Y se dedicó a mirarme por dentro. Me pidió que no hablara. Porque yo hablo cuando me siento mal, o cuando estoy nervioso. Y que me quedara derecho. Yo la miraba, la tenía muy cerca, a la distancia que mis viejos anteojos aún me devuelven una imagen nítida. Con la mano derecha sostenía la varilla flexible; con la otra cambiaba el aumento. Miraba su ojo cerrado de cazadora de catarros, su mano derecha, el vello que brota en su falange intermedia (ese que yo me depilo), una cutícula, o una uña, no me acuerdo, medio maltrecha.
Hubo algo allí, entonces, que resonó fuertemente en mí. Alguien tan cerca y pendiente de mí, haciendo algo por mí, y con ganas. Aunque fuesen meramente profesionales. Tal vez sea eso. O quizá fueron los anteojos, que me presentaban un mundo más reducido que el que veo habitualmente. Ese cambio de la percepción revelaba cosas que en otro momento pasarían de largo, como esos detalles propios de la intimidad. Y resaltaba su cercanía, su concentración, en un primer plano que se imponía ante la borrosidad cercana.
Me sacó el aparato. Parece mentira todo lo que entró. Como ocurre siempre. No hice ni un comentario sobre eso, ni sobre las palabras con que me alentaba (“tiene que entrar”, “yo sé que es horrible”), ni cuando me puso la anestesia en gotas.
Volvimos al otro consultorio, me hizo la receta. Las recetas. Me dijo que además del catarro encontraba reflujo gástrico, y me prohibió un montón de cosas que no como ni tomo. Lo único relevante fue el alcohol y las verduras crudas a la noche. Queda poco margen para mejorar si la mayoría de las cosas que hay que evitar ya las estás evitando. De hecho, finalmente tiró el papel donde había anotado las restricciones y la recomendación de tomar dos litros de agua por día. No lo anotó, pero me quedó grabado su otro consejo al respecto: “Dentro de lo posible, bajar las revoluciones”. ¡Ja! ¡Con estos vecinos destrozando mi reloj biológico! I think it’ll be just a little bit difficult, baby…
Y me dijo que lo del asma, que había dicho el otro médico, quedaba stand by. Que para diagnosticar eso hay que hacer una espirometría. Tampoco me había quedado claro si el tipo había dicho que tengo asma o si habló de una “crisis asmática”, pero sí de una disminución del ingreso de aire, o de mi capacidad respiratoria.
Escribió en la compu la historia clínica. Bromeó con que no sabía cómo iba a escribir todo lo que le había contado, bromeé con que le iba mandar lo que publicara en mi blog. Sonrió, otra vez, mientras tipeaba. Seguro que yo pensaba que podría escribir algo que me gustara más. Al final, miró en la pantalla mi nombre, y comenzó a dar por terminada la consulta diciéndome: “Bueno, Xxxxxx…”. Y yo, que creo que ya había registrado cómo se llamaba, miré notoriamente la receta, su firma y su sello, y dije su nombre. Y logré una sonrisa más. Me dijo que volviera el sábado, o antes, si la cosa no mejoraba. Primero dijo el viernes o el sábado, y al toque confirmó el sábado.
Aunque era una guardia, en ningún momento mostró apuro o impaciencia. De eso me di cuenta después, porque entonces todo ocurrió como si no se pudiera atender de otra manera. Nos despedimos: me dio la mano sin levantarse de su silla, enfilé hacia la puerta, y con el picaporte en la mano giré para estirar la comunicación y preguntarle cómo se llamaba el aparato. Me respondió, y le dije que iba a alardear con eso. Me dio la última sonrisa, y no la vi más. Hasta que, googleada mediante, días después encontré la foto de su perfil de Facebook, en la que está con un chabón, mostrando, contentos, las entradas a un recital de Manu Chao.
También descubrí una cosa que me llamó la atención: la página que da los resultados de las evaluaciones para entrar a laburar en el lugar donde la conocí. Tenía un buen promedio en la fuck, en el examen escrito le fue más o menos, pero en la entrevista tuvo un 10, lo que la dejó segunda en el ránking. A partir de esto deduje que la empatía con el interlocutor es uno de sus puntos fuertes. Aunque quizá haya sido casualidad, o sólo se trate de una conjetura basada en datos circunstanciales.
El sábado, por supuesto, no estaba. No cuando fui. Pero eso era previsible. Igual, con el médico que me atendió busqué la excusa para mencionarla y para decir que, casualidad o no, me sentí mejor desde la madrugada siguiente. Aunque un remedio no lo compré porque el tipo de la farmacia sugirió uno más barato, y el otro quedó para el día siguiente, cuando ya parecía no necesitarlo. Y el del reflujo sigue esperando, porque a veces creo que tengo que comprarlo, y a veces no…
Decírselo a ella mandándole un mensaje en el Face me parece tan descolgado como imaginar que se acordaría de que tengo un blog, de la pregunta por el nombre del aparato, y que escribiría en Google el criterio de búsqueda que titula este post.
Pero como este blog sirve, entre otras cosas, para decir lo que no puedo decir de otra forma…
Llanto
Con motivo del 24 de marzo se realizó una marcha hacia/en Plaza de Mayo, que dejó como consecuencia previsible innumerables pintadas con consignas ad hoc en las paredes cercanas.
Desde la ventanilla del bondi me llamó la atención una, sobre la recova del Cabildo, que decía: “A los compañeros caídos no se los llora, se los reemplaza en la lucha”. Y me parece una mierda eso, me parece propio de un totalitarismo radical y absoluto que me digan incluso qué debo sentir.
Venían a mi mente las hormigas cuya formación arrasaba en mi niñez con una moneda, o con un cartoncito, en el patio de casa. Las sobrevivientes se dispersaban, y, al cabo de unos minutos, recomponían su columna reemplazando a las caídas sin llorarlas.
Desde la ventanilla del bondi me llamó la atención una, sobre la recova del Cabildo, que decía: “A los compañeros caídos no se los llora, se los reemplaza en la lucha”. Y me parece una mierda eso, me parece propio de un totalitarismo radical y absoluto que me digan incluso qué debo sentir.
Venían a mi mente las hormigas cuya formación arrasaba en mi niñez con una moneda, o con un cartoncito, en el patio de casa. Las sobrevivientes se dispersaban, y, al cabo de unos minutos, recomponían su columna reemplazando a las caídas sin llorarlas.
Paradoja putañera
A veces, pagando explícitamente por sexo, uno termina cogiéndose una mina fulera de verdad. Una mina a la que “gratis” no sólo no la tocaría ni con un palo, sino que ni siquiera la miraría.
Doble pared
Messi toca para Tévez. Tévez se la devuelve, y el as de Adidas y del Barcelona define con sutileza, pero el arquero boliviano se estira y tapa el empate.
Un periodista de un canal deportivo, no recuerdo cuál, habla de la “doble pared” entre los jugadores argentinos mientras corren las highlights del partido. Aunque eso no es una doble pared, sino, simplemente, una pared.
Veamos.
Una pared consta de dos pases. El pase que un jugador le hace a un compañero y la devolución de este, que, en general, deja bien ubicado a aquel. Más fácil: yo se la paso a la pared (pase uno) y, si se la pasé bien, ella me la devolverá dejándome mano a mano con el arquero (pase dos). Una doble pared requiere de un pase más, es decir, de tres.
Acá hubo dos pases, y, por lo tanto, se trató de una pared. Pero el muchacho que habla parece no saber mucho de fútbol…
La verdad, no soporto cuando los tipos de los medios usan palabras y palabras sin sentido. Y más me molesta cuando son unos figurones decidores de verdades que ganan fortunas.
Tampoco soporto cuando me mienten descaradamente. En la primera respuesta de la conferencia de prensa, el técnico del seleccionado dice que la explicación de la goleada hay que buscarla en la contundencia de Bolivia, que convirtió cada vez que llegó. De inmediato agrega que Carrizo tuvo una gran actuación. Nadie le pregunta a D10S cómo es posible que el arquero haya atajado bien si cada ataque boliviano terminó en gol.
Menos aún soporto a los que se hacen los giles ante esas mentiras.
Un periodista de un canal deportivo, no recuerdo cuál, habla de la “doble pared” entre los jugadores argentinos mientras corren las highlights del partido. Aunque eso no es una doble pared, sino, simplemente, una pared.
Veamos.
Una pared consta de dos pases. El pase que un jugador le hace a un compañero y la devolución de este, que, en general, deja bien ubicado a aquel. Más fácil: yo se la paso a la pared (pase uno) y, si se la pasé bien, ella me la devolverá dejándome mano a mano con el arquero (pase dos). Una doble pared requiere de un pase más, es decir, de tres.
Acá hubo dos pases, y, por lo tanto, se trató de una pared. Pero el muchacho que habla parece no saber mucho de fútbol…
La verdad, no soporto cuando los tipos de los medios usan palabras y palabras sin sentido. Y más me molesta cuando son unos figurones decidores de verdades que ganan fortunas.
Tampoco soporto cuando me mienten descaradamente. En la primera respuesta de la conferencia de prensa, el técnico del seleccionado dice que la explicación de la goleada hay que buscarla en la contundencia de Bolivia, que convirtió cada vez que llegó. De inmediato agrega que Carrizo tuvo una gran actuación. Nadie le pregunta a D10S cómo es posible que el arquero haya atajado bien si cada ataque boliviano terminó en gol.
Menos aún soporto a los que se hacen los giles ante esas mentiras.
Un día
Después de mi último problema de salud, quedé con los horarios al revés. Poco a poco los iba acomodando, y calculaba que ese día me iba a despertar a la dos de la mañana. Me desperté más o menos a esa hora, me levanté, comí algo, pero el cansancio seguía en mí. Me acosté tipo cuatro y me dormí, tal vez inesperadamente. A las cinco y media se levantó el vecino del piso x, y sus pasos pesados me despertaron, pero de inmediato reconcilié el sueño. Diez minutos más tarde subió la persiana con fuerza, golpeó algo en el balcón, se le cayó algo en el living, y ya no pude dormir más. Y el cansancio seguía en mí.
Hice alguna de las cosas que quería hacer, me acosté de nuevo, me levanté sin haberme dormido, hice alguna otra cosa, y a las diez y pico me acosté de nuevo. El sueño revoloteaba, lo mismo que un pájaro que picoteaba el toldo y me cortaba la frecuencia previa a la pérdida de la vigilia. Y si no, algo pasaba: tenía ganas de hacer pis, atronaba un motor preparado, pasaba el botellero con parlante… Al fin, cerca de las doce, me dormí, con la decisión de dejar para la tarde el resto de lo que tenía planeado.
Un par de veces me habré despertado, pero recién a las cuatro un grito infantil fue lo suficientemente intenso como para que reparara en la hora. Pensé que me iba a levantar, y que a la noche iba a retomar un horario de sueño más “normal”, pero me dormí rápido. A las cinco ya habían llegado del colegio los chicos del piso xx, y comenzaron las disputas familiares. Además, me pareció escuchar gente en el piso x. Me levanté, ordené algunas cosas que habían quedado tiradas, me puse los tapones en los oídos, y… me volví a dormir.
Luego, me despertó la señora del piso xx, que tiene la extraña costumbre de salir al balcón para hablarle a alguien que está dentro del departamento. Un rato después, ya de noche, me despertaron los gritos de su hijo, y sus pataleos contra el piso, porque estaba perdiendo su partida con no sé qué jueguito electrónico.
Entre las groserías, encuentro frases que me resultan propias de un adulto, quizá de sus padres, como si les dijera a los futbolistas virtuales lo que le dicen a él cuando lo regañan: “Decime por qué hacés eso. Decime por qué”. “Me voy a volver loco”. El padre le manda que se vaya a bañar, que ya puso el agua. El niño se niega, pero acepta cuando le dice que después sigue jugando. La ducha es rápida, y antes de que me duerma están de vuelta. El padre le advierte: “No quiero escucharte llorar cuando jugás”, y la fuerza de su deseo es muy fuerte. Lo suficiente como para impedirle oír la segunda tanda de berridos, llantos y golpes contra las paredes.
Al fin se calma, al fin me duermo. Más tarde me despierta algo parecido a un tincazo en la pared, o en mi cabeza. Supongo que los tapones en los oídos me impidieron despertarme antes del golpe, o identificarlo. Pero está claro que llegaron los vecinos del piso x. Suben la persiana, y me despiertan. Bajan la persiana, y me despiertan. Empiezan a discutir, y me despiertan. Son más de la once de la noche, y, pese a los tapones de silicona, escucho sus voces, aunque no puedo identificar las palabras. En un momento, el muchacho irascible pega un grito sacado. Pero parece que la cosa no pasa a mayores. Van y vuelven del enojo violento con una facilidad asombrosa.
Me duermo. No me despiertan reconciliándose y haciendo que la cama se desvencije aún más sobre mi cabeza, como la otra vez. Tampoco me despiertan sus pasos cuando se levanta, ni lo que se le cae –algo pesado, a juzgar por el estrépito que causó en la calma de la madrugada– ni el portazo que da cuando se va. No me despiertan porque me desperté a eso de la tres, y más o menos pude echar al cansancio de mi cuerpo y fluidificar y desennegrecer mi sangre.
A los nueve, su chica levanta las persianas como si estuviera levantando pesas en el gimnasio. Por suerte, se va rápido. Durante unos minutos se oye una voz cascada entonando cantitos de hinchada. Al mediodía, de la nada, una nena se queja gritando. Su madre, que está en el balcón, pregunta qué pasa, y está a punto de reprender a su hermano, pero aquella misma voz, desencajada, comienza un rosario de gritos. No son solo gritos, porque la nena clama: “¡Me duele!”. La voz violenta protesta por que la nena tiró algo sobre la cama, por que la madre le pidió a la nena lo que causó el problema: “¿Por qué se lo tenés que pedir a ella? Tardás tres minutos más y lo hacés vos”.
La energía negra que emanan llega ondulando, a veces profunda, como una ola larga, de esas que mojan las sombrillas, a veces sin entrar en mi depto, chocando contra la ventana, haciéndola vibrar también a ella. “¡Salí de abajo de la cama! ¡Parate ahí!” es su nuevo reclamo a la nena. E insiste: “¡Salí de abajo de la cama!”. Luego, se queja del colegio porque pasa algo con el papel de calcar y de que estuvo trabajando toda la mañana.
La nueva ola presenta la aparición del niño. Discuten a cuento no sé de qué, y el pendejo suicida lo torea a su padre: en quince segundos, al tercer “¡no me contestés!”, el señor monta en una cólera desaforada, que parece estar al borde de descontrolarse, que parece poder ser asesina. Y lo amenaza: “Te voy a reventar”, o tal vez eso se lo dijo a la nena. O a los dos. No me acuerdo. De ambos dice que son “dos culo cagado”.
Y le dice al hijo que ayer le dejó pasar el insulto a la madre. Y le dice a su esposa que no se deje insultar por el chico. “A vos te digo: la próxima vez no se lo dejás pasar”.
No sé cómo siguió la cosa porque me fui a la mierda, eh, digo, de la mierda, de esta mierda, y salí a caminar un rato. Cuando volví, el niño y su amiguito repetían su letanía de “¡qué golazo!” frente a la pantalla. Era mi hora de dormir. La historia sigue, pero el post se llama “Un día”.
Hice alguna de las cosas que quería hacer, me acosté de nuevo, me levanté sin haberme dormido, hice alguna otra cosa, y a las diez y pico me acosté de nuevo. El sueño revoloteaba, lo mismo que un pájaro que picoteaba el toldo y me cortaba la frecuencia previa a la pérdida de la vigilia. Y si no, algo pasaba: tenía ganas de hacer pis, atronaba un motor preparado, pasaba el botellero con parlante… Al fin, cerca de las doce, me dormí, con la decisión de dejar para la tarde el resto de lo que tenía planeado.
Un par de veces me habré despertado, pero recién a las cuatro un grito infantil fue lo suficientemente intenso como para que reparara en la hora. Pensé que me iba a levantar, y que a la noche iba a retomar un horario de sueño más “normal”, pero me dormí rápido. A las cinco ya habían llegado del colegio los chicos del piso xx, y comenzaron las disputas familiares. Además, me pareció escuchar gente en el piso x. Me levanté, ordené algunas cosas que habían quedado tiradas, me puse los tapones en los oídos, y… me volví a dormir.
Luego, me despertó la señora del piso xx, que tiene la extraña costumbre de salir al balcón para hablarle a alguien que está dentro del departamento. Un rato después, ya de noche, me despertaron los gritos de su hijo, y sus pataleos contra el piso, porque estaba perdiendo su partida con no sé qué jueguito electrónico.
Entre las groserías, encuentro frases que me resultan propias de un adulto, quizá de sus padres, como si les dijera a los futbolistas virtuales lo que le dicen a él cuando lo regañan: “Decime por qué hacés eso. Decime por qué”. “Me voy a volver loco”. El padre le manda que se vaya a bañar, que ya puso el agua. El niño se niega, pero acepta cuando le dice que después sigue jugando. La ducha es rápida, y antes de que me duerma están de vuelta. El padre le advierte: “No quiero escucharte llorar cuando jugás”, y la fuerza de su deseo es muy fuerte. Lo suficiente como para impedirle oír la segunda tanda de berridos, llantos y golpes contra las paredes.
Al fin se calma, al fin me duermo. Más tarde me despierta algo parecido a un tincazo en la pared, o en mi cabeza. Supongo que los tapones en los oídos me impidieron despertarme antes del golpe, o identificarlo. Pero está claro que llegaron los vecinos del piso x. Suben la persiana, y me despiertan. Bajan la persiana, y me despiertan. Empiezan a discutir, y me despiertan. Son más de la once de la noche, y, pese a los tapones de silicona, escucho sus voces, aunque no puedo identificar las palabras. En un momento, el muchacho irascible pega un grito sacado. Pero parece que la cosa no pasa a mayores. Van y vuelven del enojo violento con una facilidad asombrosa.
Me duermo. No me despiertan reconciliándose y haciendo que la cama se desvencije aún más sobre mi cabeza, como la otra vez. Tampoco me despiertan sus pasos cuando se levanta, ni lo que se le cae –algo pesado, a juzgar por el estrépito que causó en la calma de la madrugada– ni el portazo que da cuando se va. No me despiertan porque me desperté a eso de la tres, y más o menos pude echar al cansancio de mi cuerpo y fluidificar y desennegrecer mi sangre.
A los nueve, su chica levanta las persianas como si estuviera levantando pesas en el gimnasio. Por suerte, se va rápido. Durante unos minutos se oye una voz cascada entonando cantitos de hinchada. Al mediodía, de la nada, una nena se queja gritando. Su madre, que está en el balcón, pregunta qué pasa, y está a punto de reprender a su hermano, pero aquella misma voz, desencajada, comienza un rosario de gritos. No son solo gritos, porque la nena clama: “¡Me duele!”. La voz violenta protesta por que la nena tiró algo sobre la cama, por que la madre le pidió a la nena lo que causó el problema: “¿Por qué se lo tenés que pedir a ella? Tardás tres minutos más y lo hacés vos”.
La energía negra que emanan llega ondulando, a veces profunda, como una ola larga, de esas que mojan las sombrillas, a veces sin entrar en mi depto, chocando contra la ventana, haciéndola vibrar también a ella. “¡Salí de abajo de la cama! ¡Parate ahí!” es su nuevo reclamo a la nena. E insiste: “¡Salí de abajo de la cama!”. Luego, se queja del colegio porque pasa algo con el papel de calcar y de que estuvo trabajando toda la mañana.
La nueva ola presenta la aparición del niño. Discuten a cuento no sé de qué, y el pendejo suicida lo torea a su padre: en quince segundos, al tercer “¡no me contestés!”, el señor monta en una cólera desaforada, que parece estar al borde de descontrolarse, que parece poder ser asesina. Y lo amenaza: “Te voy a reventar”, o tal vez eso se lo dijo a la nena. O a los dos. No me acuerdo. De ambos dice que son “dos culo cagado”.
Y le dice al hijo que ayer le dejó pasar el insulto a la madre. Y le dice a su esposa que no se deje insultar por el chico. “A vos te digo: la próxima vez no se lo dejás pasar”.
No sé cómo siguió la cosa porque me fui a la mierda, eh, digo, de la mierda, de esta mierda, y salí a caminar un rato. Cuando volví, el niño y su amiguito repetían su letanía de “¡qué golazo!” frente a la pantalla. Era mi hora de dormir. La historia sigue, pero el post se llama “Un día”.
Pelo (II)
Pero que salga bien, no con la boca entreabierta, como balbuceante, y esa postura desgarbada.
(No me digas que siempre soy así. ¡Te lo pido por favor! Tiene que deberse al inconveniente que pareció tener el fotógrafo).
Y en jpg, please, que en Flash no la puedo guardar.
I’ve tried once again.
(Suerte).
(No me digas que siempre soy así. ¡Te lo pido por favor! Tiene que deberse al inconveniente que pareció tener el fotógrafo).
Y en jpg, please, que en Flash no la puedo guardar.
I’ve tried once again.
(Suerte).
Más de lo mismo
El mes pasado, la secretaria de Estado estadounidense, la ex senadora por Nueva York Hillary Rodham-Clinton, visitó por primera vez desde que asumió su cargo los territorios palestinos, tanto los que actualmente integran el Estado de Israel (es decir, los territorios otorgados inconsultamente por la ONU a los judíos en 1948 y los anexados por ese Estado en sucesivas guerras) como los “controlados” por la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania.
Allí insistió en la necesidad de la creación de un Estado palestino como parte de la fórmula de dos Estados para dos pueblos, y la juzgó “inevitable”. Añadió que esa solución es “lo mejor para los intereses israelíes”… En una conferencia de prensa que compartió con la canciller Livni, reafirmó, como si hiciera falta, la “alianza fundamental” entre ambos Estados sionistas, a los que llamó “buenos amigos”, y el compromiso estadounidense con la seguridad y la democracia de Israel como Estado judío, al que calificó de “fundamental, inconmovible y eternamente durable”.
Por supuesto, Clinton, quien en su campaña por la senaduría repetía que Israel no podía negociar con Arafat porque este era un “terrorista”, nada dijo acerca de qué territorios serían soberanos de ese Estado, ni qué pasará con los refugiados palestinos sobrevivientes de la limpieza étnica sionista ni con sus descendientes, ni con los miles de presos palestinos retenidos en cárceles israelíes, ni con los asentamientos, el acceso al agua y la tierra…
En síntesis, más de lo mismo. Más declaraciones voluntaristas para la ocasión, más argumentos parciales, como el que justifica las operaciones militares de la potencia ocupante diciendo que “no debería esperarse que ninguna nación se siente despreocupadamente y permita que los cohetes agredan a su población y a su territorio”. Tal vez ellos esperen que un pueblo se siente despreocupadamente a esperar el próximo misilazo en la cabeza y acepte más de sesenta años de destierro, ocupación y humillación.
Lo único novedoso, y sólo para algunos, es que nada nuevo podrá esperarse en la región de la administración Obama. Teniendo en cuenta la genuflexión del gobierno del presidente Abbas, creo que es mejor.
Allí insistió en la necesidad de la creación de un Estado palestino como parte de la fórmula de dos Estados para dos pueblos, y la juzgó “inevitable”. Añadió que esa solución es “lo mejor para los intereses israelíes”… En una conferencia de prensa que compartió con la canciller Livni, reafirmó, como si hiciera falta, la “alianza fundamental” entre ambos Estados sionistas, a los que llamó “buenos amigos”, y el compromiso estadounidense con la seguridad y la democracia de Israel como Estado judío, al que calificó de “fundamental, inconmovible y eternamente durable”.
Por supuesto, Clinton, quien en su campaña por la senaduría repetía que Israel no podía negociar con Arafat porque este era un “terrorista”, nada dijo acerca de qué territorios serían soberanos de ese Estado, ni qué pasará con los refugiados palestinos sobrevivientes de la limpieza étnica sionista ni con sus descendientes, ni con los miles de presos palestinos retenidos en cárceles israelíes, ni con los asentamientos, el acceso al agua y la tierra…
En síntesis, más de lo mismo. Más declaraciones voluntaristas para la ocasión, más argumentos parciales, como el que justifica las operaciones militares de la potencia ocupante diciendo que “no debería esperarse que ninguna nación se siente despreocupadamente y permita que los cohetes agredan a su población y a su territorio”. Tal vez ellos esperen que un pueblo se siente despreocupadamente a esperar el próximo misilazo en la cabeza y acepte más de sesenta años de destierro, ocupación y humillación.
Lo único novedoso, y sólo para algunos, es que nada nuevo podrá esperarse en la región de la administración Obama. Teniendo en cuenta la genuflexión del gobierno del presidente Abbas, creo que es mejor.
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