domingo, 17 de mayo de 2009

Psicólogos (II) * ¿No alcanzaba o no era lo que necesitaba?

Alguna vez me peguntaba, más bien retóricamente, si con 20 minutos por semana de psicólogo en el hospital público (me) alcanzaba. A mí me parecía que no, pero, bueno, tal vez la visión del quía, profesional, le permitía tomar una distancia de mi angustia y mi realidad que yo no podía tomar, y ver así que no necesitaba más que eso.
(Algo interesante con respecto a ese lugar es que cada uno de los cuatro profesionales que me entrevistaron se interesó en una cosa distinta de lo que dije cuando me preguntaban por qué había ido ahí. Eso estuvo bueno ya que permitió poner en perspectiva lo que pudiera decir cada uno de ellos, el que me atendió más tiempo o cualquiera de los otros).
A la misma hora que yo, iba una mina, paraguaya, cuya conversación con el psicólogo que la atendía traspasaba las débiles mamparas que separan los cubículos. Así, una vez escuché que el chabón pasó a atenderla dos veces por semana porque lo consideró conveniente. De todas formas, nada asegura que más de 20 minutos por semana pudieran brindarme contención o lo que fuera que necesitaba.
Acá surge la pregunta: ¿qué buscaba yo? Y otras más: ¿qué se puede encontrar allí?, ¿cómo funciona?, ¿cuál es su lógica? Se supone que es el chabón quien tiene que darse cuenta de qué necesito en ese ámbito. Y se supone que uno tiene que hablar, pero todo se maneja con sobreentendidos. Onda que necesitaría un manual de instrucciones para su uso correcto y provechoso…
Yo sólo podría intentar responder la primera: manejar el ruido, lo más explosivo y notorio cuando fui (que, en cuanto a perder el control del propio tiempo, fue una nada comparado con lo que vino después). O tener una mirada otra, que ayudara a cambiar esa perspectiva repetida de la frente contra la pared, y tratar de evitar que la circularidad de mi cotidianidad me secara la lengua y, por ende, la cabeza. O simplemente quedar en paz con mi conciencia y con la mirada ajena al haberlo intentado.
El chabón me dijo un día que en el hospital los tratamientos duraban cuatro meses y que ese lapso había pasado, y decidió que las entrevistas fuesen quincenales. Nunca antes me había hablado de eso, ni me lo habían dicho los otros tres profesionales que me entrevistaron, ni la secretaria… Pudo haberlo hecho, por ejemplo, cuando hablé de que –hace muuuuucho– había tenido ataques de pánico y de que trataba de no acordarme de eso. Pero sólo sugirió charlarlo más adelante, sin forzar la cosa.
Un mes más tarde internaron a un familiar directo mío, y nos vimos dos o tres semanas seguidas. La última vez, el clon de Emmanuel Horvilleur me dijo: “Te espero el miércoles a las 10.30”. Fui, no estaba. No me había avisado por teléfono, como solía hacerlo cuando suspendía la sesión.
Nunca más llamó.
La semana siguiente me enfermé, y, cuando me recuperé, no lo llamé. No sé si correspondía o si afectaba la distancia óptima entre el paciente y el terapeuta…
Quizá haya sido, simplemente, su forma de dar por concluido el tratamiento, como cuando saltaba de la silla y decía “lo dejamos acá” para terminar la sesión, y lo que quedaba interruptus nunca se retomaba. Yo no estaba seguro de si se acordaba o no, porque unas veces me preguntaba cosas que ya le había dicho en varios encuentros, y otras recordaba algo sólo mencionado una vez y de refilón.
Quizá esa discontinuidad sea lo habitual en esto.
Una vez me preguntó: “¿Creés que te puedo ayudar?”. Y no supe muy bien qué decirle: apenas un “sin fórceps”, “que fluya”. Y otra mañana dijo: “Tenés que ayudarme a pensarlo”. Pero ¿qué tiene que fluir?, ¿qué hay que pensar? ¿Qué quiere decir eso?
Como sea, no me parece que me haya ayudado mucho. No me parece que me haya ayudado. No creo que ayude que el chabón lea SMS mientras yo hablo, o que los mande de queruza, sin blanquear que tiene que mandar un mensaje. O que se ría y desestime el tema cuando le planteo que la proximidad de la muerte en gente cercana me hace pensar en cómo será mi propia muerte, o lo previo a ella.
Ni contribuía esa dinámica que se había creado, en la que cada uno ocupaba su rol, para usar esa palabra tan propia de su profesión, y que parecía haberse cristalizado. Y menos propicia aún era esa teatralidad del orden de lo prostibulario que se ejercitaba cada vez: el saludo, sentarme en la silla aún caliente donde se había sentado el paciente anterior (bueno, eso cuando no había que buscar un cubículo libre); a veces, el “esperame, que voy al baño”; esos silencios que ponían en mí las blancas y creaban un hielo más difícil de romper que el de los prostíbulos, donde uno, como aquí, es una pieza de una línea de producción fordista arrojada a la intimidad sin pasos previos. (Si ves que no arranco, arranca vos, boludo, porque “los silencios son clásicos” debido a que no sé quién empieza a hablar ni de qué…).
Y no creo que ayude la desigualdad; desigualdad que, por ejemplo, lleva a no compartir la idea de mí que se formó, que impide lograr esa referencia. No es lo que necesito: no vine sólo a hablar, quiero escuchar también. Ni la desigualdad, ni ser cliente/paciente, ni pasar por la vida de la gente fugazmente. En todo caso, para desigualdad prefiero una puta que me blackisee de lo lindo.

miércoles, 29 de abril de 2009

Ayrton

Recuerdo perfectamente que ese domingo entré a la cocina pasado el mediodía y prendí la radio –el radiograbador– que estaba en la mesada. Al toque, con el tono de lo que ya se sabe, De la Puente dijo que había habido un accidente y que había muerto. Pensé que era una joda, como la de Phil Collins, o la primera, menos recordada, la de Rick Astley. Una joda inspirada por la piña fatal del novato Ratzenberger ese fin de semana.
Fui al living y puse la tele, a ver qué onda. En ese tiempo canal 11 pasaba las carreras en diferido. La primera imagen que mostró el televisor fue una toma aérea del Williams rodeado de gente, y el quía aún adentro. Creo que agarré el famoso momento en que se mueve, e ilusiona con que no está tan grave.
Sabía que no era en directo, pero no se me ocurrió hacer zapping para ver si en otro canal decían algo. Y no. No era una joda. Me di cuenta en cámara lenta, como si la comprensión fuera pasando por sucesivas esclusas. No quedaba margen para el error, para un anticipo ansioso y equivocado: era en diferido, el chabón se había pegado el palo varias horas antes, y se había matado.
Podría decir que era hincha suyo, pero eso no aporta nada. Otros fueron hinchas de Prost, de Schumacher, de Lauda o de Patrick Tambay cuando corría con Theodore (¿podría existir un equipo alemán llamado “Adolf”?).
Cambia la cosa decir que el propio Fangio tomó partido por él en la pelea con Prost diciendo que quería que fuese Ayrton quien superara el récord de los cinco campeonatos.
Se mató antes.
Y lo hizo ese alemán maquinal y mala leche.
Quince años pasaron.

Yo quería ser otro

Más o menos sé cómo son las cosas. O lo intuyo, y armo en mi cabeza una realidad cubriendo las partes faltantes con otras que considero aproximadas. Y ando.
Pero a veces la realidad real se me impone, aplastante. Más contundente que cualquier mirada en el espejo.
Y me anonada. Me deja ahí tirado, y me quiero ir a la mierda.
Y no sé si seguir buscando –malamente- la forma de ser ese que quería ser, o si es inútil, y debo aceptar esto que soy.

Tampoco sé por qué quería ser ese otro, pero ese no es el tema. No ahora.

Twitteando desde el bondi

Lo primero que hace la gente cuando se sienta en el bondi es leer en el teléfono.

Encalló un colectivo en el chapón que cubre los baches del puente. 45 minutos para cruzar.

Un joven mendicante aprovecha la demora y sube. Dice que lo operaron, que no tiene laburo, que tiene mujer e hija. Nadie le da nada.

En su speech habla de cómo es pedir pan, pedir comida por primera vez. Y yo pajeándome con esto. No le sirve desinvisibilizarse así.

Sube una preggo. Pancita preciosa en un suéter negro. Y de cara ¡es igual a Majo! ¿Es o no es? La miro. Demasiado. Es, no es, es, no es…

¿Es o no es? El pantalón de vestir, los zapatos... Ya sé: las uñas. No las tiene pintadas. No debe ser. Basta de mirarla. Llegamos, me bajo.

Cuatro cuadras entre las vías y la avenida. Cuatro cuadras y una sola persona en las veredas. Yo.

¡Qué ojos tiene la flaca esa! Espera el bondi lejos de la calzada. ¿Serán naturales? Igual, ni bola. Una moneda me llama desde el asfalto.

Un clon de Alejandro Medina descansa en un banco de la plaza de la estación.

El negocio de la esquina de la estación parece trasplantado de cualquier ciudad turística. Solo faltan los caracoles que dicen "Recuerdo de".

La paralela a las vías no deja de vibrar con los autos tuneados. Me hace recordar este post.

Algún jardín huele como en mi memoria olía caminar por la Villa Díaz Vélez de noche. Más de uno.

El 186 no funciona más. Un poco tarde me entero... ¡Señor Compumap, tome nota!

La vibración es constante y no permite la calma que podría esperarse. Si no son los autos lanzados, son las garitas de seguridad privada.

Encontré dos monedas de 10 en la calle. Pero no están en ningún bolsillo. Si las perdí, ¿cómo no perdí las otras?

Más de cinco horas de viaje, y la invisibilidad, inalterable. Previsible. Ni duele, ya. Ni vale la pena comentarla.

La ciudad de los perros

Salgo a la calle cualquier día y es necesario caminar cabizbajo para no pisar un sorete de perro. A menudo pienso en contarlos, pero la verdad es que nunca lo hice. Estoy seguro de que puedo encontrar un mínimo de cinco por cuadra. Eso, en términos generales: en la vereda de algún lugar abandonado los perros declaran de hecho la zona liberada y la transforman en el garcódromo barrial. Ni hablemos de la plaza: de sus veredas, de sus senderos, de su césped raleado…
De noche, en veredas poco iluminadas, prefiero caminar por la calzada para evitar un soruyo imposible de distinguir en la oscuridad. Pero los dueños de algunos perros hacen cagar a sus mascotas en la calle, por lo que tampoco en el asfalto se está a salvo de la caca de perro.
A los que a veces cuento es a los perros sueltos. La otra vez caminé quince cuadras y encontré ocho. Y uno tiene que frenar, ver qué onda, si hay que cruzar la calle o no, si el dueño está cerca o no. Así, todas las veces que lo ves desde lejos. Pero cuando se te aparece de pronto, tenés que repentizar, acordarte de no demostrar temor, de simular indiferencia, pero también de hacerle frente si te empieza a chumbar.
Como peatón consuetudinario, tengo decenas de anécdotas con perros. Me mordieron tres veces, aunque solo una llegó a la piel: las otras dos fueron tarascones de perros chiquitos que no traspasaron la zapatilla en un caso ni el ruedo del pantalón en el restante. Me corrieron media docena de perros fácil, pisé mierda no sé cuántas veces, y desde la vez de la mordida me quedó una reacción de profundo terror cuando oigo sus patas hollando las baldosas en una vereda silenciosa.
Estoy harto de vivir en una ciudad donde los perros parecen tener más derechos que las personas. Si mi próstata apremia a mi vejiga y tengo ganas de hacer pis, y meo en la calle, me hacen historia. En cambio, un rope puede mear y cagar, salir a mear y cagar, y está aceptado. Puede venir un asesino en potencia, suelto, sin correa ni bozal, y está aceptado. Puede haber más perros que personas en una vereda, no porque venga un paseador, sino porque hay gente que tiene dos o tres perros, y dale que va. Puede venir un paseador con su jauría multirraza y obligarte a bajar a la calzada, y está todo bien.
Pueden poner el cartelito "Cuidado. Perro peligroso", y parece que quedan a salvo de consecuencias legales. Pueden darle un pico al perro, que un rato antes estuvo lamiéndose las partes, o lamiendo y olisqueando meo de otro perro en la vereda; y pueden darte un beso un rato después, y nadie se sorprende por esa zoofilia apenas encubierta. Puede ladrarte agresivamente un perro, y el dueño mirar impávido, sin siquiera sosegar al bicho, y seguir leyendo en su teléfono. Pueden decirle "venga con mamá", "vaya con papá", pueden ponerle un nombre de persona, generalmente cool, y a nadie se le ocurre sugerirles una visita al psicólogo.
Y qué decir de los que no solo se creen dueños de un corazón generoso por tener un animalito, sino que tienen un animal minusválido. Ellos creen tener unos sentimientos aún más nobles, creen ganarse el cielo con cada sorete que deja el bicho en la vereda. La otra vez, en la plaza, un perro grande y suelto no responde a los chistidos de su dueño y baja a la calzada detrás de otro perro. Al fin, endereza su camino, por la vereda, y viene detrás de mí. Trato de esquivarlo, y el dueño me dice que me quede tranquilo, que no hace nada, y que es ciego. Considero que es una razón extra para llevarlo atado, pero no se lo digo, mientras dejo que me husmee.
Al doblar la esquina, el perro ciego, que ya se olvidó de mí, deja un soruyo de grueso calibre partido en tres, como una decoración en altura del chef Borja Blázquez, y a su dueño no le importan las personas ciegas que podrían pisarlo, porque aún no se inventaron los bastones para ciegos con detectores de teresos. Tampoco las que no son ciegas, que igualmente podrían llevárselo por delante si no caminan todo el tiempo mirando hacia abajo.
A veces parece que están por todos lados, que no hay casa donde no haya un perro. Pensaba en eso la otra noche, cuando, a cada paso que daba, por cada casa, PH o edificio que pasaba, descubría un perro. En el edificio pueden ladrar a la hora que se les cante el orto sin que uno pueda hacer demasiado, olfatearte en el ascensor, hurgar en la bolsa que traés del súper... Los de las casas, en el medio de la noche, empiezan a ladrar por cualquier cosa, y sus dueños ya ni les dan bola, pero otros perros sí, y entablan un diálogo retumbante e ininteligible. O aúllan horas y horas cuando los dejan solos, rompiendo la paciencia en infinitos fragmentos.
Entre tanto pelotudo suelto que idolatra a estos bicharracos, hay unos que armaron un blog con el fin de juntar donaciones para una perrita, así, en diminutivo, que fue maltratada por una persona, quien la dejó tullida y con otras secuelas. Cuando me enteré, pensé que se trataba de juntar unos mangos para el Dogui. Pero no. También le compran pañales de bebé y remedios, incluso un complejo vitamínico similar al que estuve tomando.
Me resultó bastante chocante que juntaran pañales y remedios para un perro cuando un montón de gente no tiene guita para eso. Y les dejé un comment donde decía que todo bien con ayudar a la perrita, pero por qué no poner toda esa energía en ayudar a las tantísimas personas que "viven" en condiciones espantosas. Y preguntaba si no lo hacían porque es más fácil y lineal relacionarse con un perro que con una persona. (No les pedí que hicieran una colecta para comprarme las vitaminas porque aún no había llegado al post que habla de eso).
Y los imbéciles saltaron mal. Una mina dice que "nuestro diezmo lo damos a todos los seres indefensos", lo que me hace pensar que son evangélicos practicantes. Entonces, dejan que dios y sus franquicias autootorgadas ayuden a la gente pobre mientras ellos se encargan de los animalitos, que es más sencillo.
Y otro pelotudo contesta mostrando una hilacha que de desagradable tira a discriminadora, de una manera que me produce mucha violencia: "Sos digna de toda mi lástima. ¿Qué estará pasando en tu oscura y triste vida para expresarte de esa manera? Quizá seas una mujer golpeada, alcohólica, quizá tus propios hijos te abandonaron y quedaste sola, o quizá ni siquiera los perros se te acercan. Que dios te ayude, porque si yo paso por tu lado, te dejo tirada y me llevo al perro". (Le arreglé la puntuación para que se entienda más fácilmente).
Es decir, los magnánimos solidarios dejan en banda a un alcohólico, a una mujer golpeada, y eligen cuidar al perro. Impresionante.
Por lo demás, chabón, el problema es cuando los perros se me acercan. Cuando se me acercan y me estorban el paso, o cuando se me acercan agresivamente…
La verdad, la pelotudez militante es peligrosa. Y estos tipos son unos forros notables, capaces de escribir: "Esta semana empieza con acupuntura, continúa con natación. Los neurólogos me dijeron que no la haga sufrir con sesiones de rehabilitación ya que descartan cualquier esperanza de que pueda caminar....... Vamos a intentarlo!!!". Y revelan de este modo que no les importa la perra, ni lo que digan los profesionales. Solo les interesa lo que ellos ponen en la perra.
Me gustaría vivir en una ciudad sin perros. Sin mierda de perro, sin perros de mierda, que reproducen a sus dueños de mierda, histéricos y escandalosos, o fanfarrones y pendencieros.
Y sin boludos que a falta de perros los reemplacen por otra cosa.

Crisis energética

Se me viene un tsunami de la concha de la lora, enorme e ineludible, y no tengo energía para enfrentarlo.
La falta de energía (el agotamiento psicofísico y todos los soretes que me lo generan) forma parte de ese tsunami. En lugar de haberme recuperado para correr esa ola con fuerza y lucidez, me sigo hundiendo en el mal descanso, en la sangre negra y en esto, que cada vez se parece menos a la vida.
Me va a dejar tirada quién sabe dónde. Por ahí es en un lugar mejor.

Vélez

El quinto grande.
¿No me creés? Fijate en las estadísticas, en los títulos, en la tabla histórica.
Y decí que no tengo ganas de discutir, porque si no ponía "el cuarto grande".

Otro médico

Mi capacidad de intuición e/o inferencia funciona muy bien cuando se acerca esa señora treintañera. Bajo de la pequeña entrada del edificio dando dos pasos hacia la vereda y dejo que sea ella quien toque el timbre e interrumpa la consulta. El médico responde, como de costumbre, con un estentóreo “¡ya bajan!”, y ambos, sin hablarnos, comenzamos a esperar.
La mina me hace escuchar la música de su mp3 sin sacarse los auriculares. Bebe un sorbo de una botella de Coca, después otro. La espera se hace llamativamente larga. Minutos más tarde llega una chica, quizá un poco rellenita, pero bastante atractiva. Tiene la piel blanca, el pelo castaño atado, un piercing en la nariz y otro en el labio, un pulóver rojo ajustado que le resalta las tetas, chupines y zapas negras con cordones rojos. Viene con un chabón que en la cara también tiene un piercing, y muchas marcas de un acné cruel. Toca el timbre y “¡ya bajan!”.
Pero la secretaria, que además es la octogenaria suegra del doctor, no baja. En un momento sale una vecina, y la chica del piercing abaraja la puerta antes de que se cierre, y se manda. La otra mina la increpa con un: “Disculpame. Yo estoy antes para el médico”. La pendeja suelta la puerta, pide disculpas y encuentra tardíamente el remate de su réplica: “Podríamos haber entrado todos”.
Seguimos esperando de pie, hasta que la pareja decide sentarse en el umbral contiguo. Tendrán veintipocos, y algo de humo residual en el cuerpo. Él tiene una campera de jean, la costumbre de apoyar una zapatilla sobre la otra, pisándola, y un pantalón que revela que no tiene nada de culo, salvo el necesario para levantarse a una flaca así. Llega otro chabón más, alto, vestido con ropa informal marrón, y ya somos cinco en la vereda.
Al fin, la secretaria baja. Se acerca, apoyándose en su bastón, abre la puerta, no le llama la atención la pequeña manifestación en la vereda, y se va sin que nadie atine a interceptarla. A la portera sí le llamamos la atención: nos pregunta si esperamos al médico y nos dice que toquemos de nuevo, “a ver si quiere atenderlos, porque atiende hasta las 6”. Cuando pasé por el bar de la esquina, su reloj decía que eran menos diez, y llevamos fácil un cuarto de hora de plantón.
La chica sexy habla de la mala onda de la portera, y yo sonrío, buscando un contacto. Ella repite el “sí, mala onda” y rápidamente vuelve con su chico. La otra mina, mientras, había tocado el timbre y logrado que nos atendieran. Avanzamos por el estrechísimo pasillo, que obliga a caminar en fila, hasta el ascensor. En él cabemos solo tres personas, y la pareja, que reaccionó tarde desde el umbral, elige quedarse abajo.
Llegamos. La puerta del departamento, como siempre, está abierta, y se oye música fuerte. Esta vez son unos tangos. El tipo estaba cambiándose para irse, pero dice que “no hay problema”. Apenas entro me sorprende el edificio en construcción de la calle transversal, que ya alcanzó la altura de la ventana, y está tan cerca que queda a tiro de gargajo. La mina del mp3 otra vez gana la iniciativa: salió primero del ascensor (oh, la cortesía), lo saluda y, aprovechando mi distracción, pasa.
En el silencio del disco se escuchan las voces del especialista y la paciente en la habitación contigua, que funge de consultorio. El living es la sala de espera: tiene tres sillas tipo director de cine de un lado, otras dos enfrente, junto a la puerta, y, contra una pared, un sofá donde caben tres personas.
Llega la pareja, eligen dónde sentarse mientras caminan, y el chabón del acné se ubica en el sofá, en el medio, junto al otro pibe, aun más invisible que yo, que estaba en la punta más lejana. Su chica se sienta a su derecha, y quedan dos sillas vacías separándonos. La próxima mirada me muestra que ella colocó su pierna izquierda sobre el muslo de él, de modo que las dos rodillas se flexionan superpuestas. Ninguno parece sentirse mal; no todo lo mal que me siento yo cuando voy al médico. En esas ocasiones, no tengo voluntad de pavonearme, ni de escuchar música, ni menos de esperar de pie y en la calle.
En menos de cinco minutos salen del consultorio. El doctor se sorprende de que cada vez haya más gente. Le recalco que llegamos menos diez, y paso. Atiende sin turno, y nunca le vi una ficha de historia clínica o cualquier otra cosa de las que relaciono con un consultorio, salvo la camilla. Tiene una biblioteca armada con ladrillos en la que se ven libros que no son de medicina y un escritorio donde están el teléfono y el portero eléctrico. Bajo su vidrio hay algunos recortes de chistes del diario.
Mi derrotero médico de este último tiempo, especialmente de estos últimos días, hace inevitable la comparación, y celebro no ser su paciente. La informalidad organizativa seguramente tendrá un correlato en la atención: me es imposible imaginar un instante de empatía profesional con este tipo.
Le muestro lo que me había pedido: uno ya lo tiene (el que me pidió a último momento, y por el que tuve, literalmente, que correr para ir a buscarlo y no llegar tarde). Compra el otro, me paga (cinco mangos menos, que no le reclamo), y me dice que en estos casos lo llame al consultorio o a la casa. La otra vez, para no gastar de más, en vez de llamarlo al celular, lo llamé a la casa, y me hizo historia, me dijo que no, que no sé qué con la mujer, que lo llame al celular. Ahora lo llamo al celular y no recibió el mensaje, y repite que lo llame al consultorio o a la casa.
Saca el tema de los libros y dice: “Yo tengo más libros que tu viejo”. No dice: “A mí también me gustan los libros”, o “yo también tengo muchos libros”, ni “yo también soy bibliófilo”. No. Establece, a cuento de nada, la comparación, y su preeminencia en la comparación.
Movido inconscientemente por la voluntad de no hacerles perder tiempo, o, tal vez, por la de rajar de ahí lo más rápido posible, me despido y me voy, sin guardar la guita en la billetera, solo en el bolsillo roto, y sin darle una última mirada a la chica de lenguaje corporal arrogante.
Los tangos estridentes siguen de fondo mientras espero el ascensor y reparo en la estrechez del edificio y en una tablita de madera con una inscripción en hebreo junto a la puerta del otro departamento. Tengo que bajar con un viejo grandote, y es difícil evitar rozarnos. Recién en la calle encuentro el alivio del fresco, que reemplaza al de no tener que compartir la salida con él, su charla incómoda en el ascensor y su cara de asombro cuando le digo que me voy caminando a casa.

jueves, 16 de abril de 2009

Normalidad

Es normal que casi todos los días maten a una persona en Capital o en el GBA, y por eso la inseguridad es solo una sensación.
Es normal que haya decenas de miles de casos de dengue, y por eso no se vota la emergencia sanitaria.
Son normales, y plausibles, los índices de inflación, pobreza, desocupación, etc., y por eso los datos del Indec no están manipulados y son tan creíbles.

El problema es cuando se vuelve normal la violencia anómica, que brota cada vez más seguido. Surge, imprevisible por definición, acá y allá, y me hace acordar cada vez más a 2001.

Burbuja

Al final, voy a tener que irme a vivir a un cuarto de ambiente –sin balcón–, blindado con Durlock acústico, vidrios dobles y cortinas gruesas. Y en el verano seguramente tendré que comprarme el aire para no morir transformado en una pasa.
Y no quiero. Contrariamente a lo que algún despistado podría pensar, no me gustan las burbujas. No quiero aislarme de la módica expresión ciudadana de lo natural. Quiero ver cómo va pasando el sol sin que me lo tape una cortina, quiero dormir con la ventana abierta aunque haga quince grados, quiero que el aire fluya sin quedar retenido.
Quiero escuchar los pájaros, la bocina del tren en la madrugada, el arrullo de los motores a lo lejos.
Quiero dormir cuando se me canta el orto. Quiero mi casa como era antes de que vinieran estos pelotudos que tengo encima de mi cabeza.