Googleo a alguien, a la doctora R03: la encuentro en Facebook y tengo ganas de escribirle, de intentar la comunicación y decirle “estuvo bueno lo que hiciste, ayudó, me hizo sentir mejor”. O, más asépticamente, crear un usuario falso y avisarle: “En este blog hablan –bien– de vos”.
Lo más probable es que le chupe un huevo. Además, yo no soy quien escribe: esto es todo ficción, una ficción mosaica creada por un personaje multicefálico, y explicarle eso sería un engorro. O que lea ciertas cosas… No tengo ganas de exponerme ante quien no soy anónimx. Va contra la ideología de este blog. Y hace chirriar mi vergüenza.
Busco a otra persona, de nombre más común. Encuentro a alguien cuya foto, por lo lejano de la toma y por los anteojos oscuros que tiene, no me permite identificarla. ¿Le escribo y le pregunto si es ella? ¿Le escribo o no le escribo? ¿Si no es? ¿Y si es? ¿Qué le digo? ¿Le digo quién soy? ¿Y si no se acuerda de mí? ¿Y si no tiene el recuerdo que yo tengo de ella? ¿Si aquel momento de empatía que para mí es un hito para ella no es ni un recuerdo?
Mejor no.
Me resulta incómodo y hasta urticante meterme en la vida ajena, caer de golpe, de la nada. Aunque hayan abierto la puerta del Facebook. Porque se supone que esperás que te encuentre un compañero de colegio, un amigo de la infancia, y no alguien tan descolgado. Porque ya lo hice, sin tecnología, y fui molesto siempre. Y fue un bajón. Un dolor.
Además, la palabra “amigo” me distancia. No quiero ofrecerme como amigo. Quiero establecer una comunicación, reeditar la empatía…
Y las imágenes de sus amigos me intimidan. Me hacen sentir afuera. No es entre ella y yo, como la conocí, sino con todos los demás.
No. Mejor no.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Jugando a Montoneros
Cuando era chico me regalaron dos ómnibus de juguete, bastante grandes, como de 40 centímetros de largo. Eran de chapa, con las ventanillas y los asientos de plástico, y las ruedas eran de goma, con los bandalines pintados de blanco. Tenían los colores de Chevallier y el modelo era de esos doble camello propios de los 70.
Cuando se agotó la atracción de la novedad (eran más bonitos como objeto que entretenidos como juguete, y no era mucho lo que se me ocurría hacer con ellos), decidí jugar a Montoneros: les escribí la ve y la pe con marcador en los costados y les prendí fuego. Pero no agarró demasiado, no quedaban como esos colectivos que uno veía en las fotos de las revistas de la época, todos quemados, con un color marrón óxido.
Escribiendo esto entiendo por qué: en mi inocencia/desconocimiento, sólo usaba fósforos; ni alcohol ni nafta u otro elemento inflamable…
Dudas
No pasa nada en esta ciudad…
Es tan difícil poder decir la verdad.
Nadie responde, todos se esconden,
se disimula, nadie se apura.
No sé hasta cuándo seguir tratando
de cambiar la realidad.
No sé si pueda ser como quiera,
no sé si no aguanto más.
No pasa nada en esta ciudad…
Hay mucha gente, pero una gran soledad.
Todo se sabe, pero se evade;
todo se siente, pero se miente.
No sé hasta cuándo seguir tratando
de cambiar la realidad.
No creo que pueda ser lo que quiera
en esta triste ciudad.
Nada, nada, nada,
no pasa nada, nada, nada,
no pasa nada en esta ciudad...
(No pasa nada en esta ciudad * Riff)
Es tan difícil poder decir la verdad.
Nadie responde, todos se esconden,
se disimula, nadie se apura.
No sé hasta cuándo seguir tratando
de cambiar la realidad.
No sé si pueda ser como quiera,
no sé si no aguanto más.
No pasa nada en esta ciudad…
Hay mucha gente, pero una gran soledad.
Todo se sabe, pero se evade;
todo se siente, pero se miente.
No sé hasta cuándo seguir tratando
de cambiar la realidad.
No creo que pueda ser lo que quiera
en esta triste ciudad.
Nada, nada, nada,
no pasa nada, nada, nada,
no pasa nada en esta ciudad...
(No pasa nada en esta ciudad * Riff)
Roturas
A los 14 me di cuenta de que estaba todo mal. En mí y en mi entorno.
Antes lo intuía: me acuerdo de hacerle bromas a mi madre con que tenía otro, con que le gustaba otro, este o aquel, Rómulo Berrutti entre ellos. ¡Y tenía otro, nomás!
Me veo hablándole de eso, dos o tres años antes, sentadx en la cama matrimonial que aún compartía con mi padre.
Lo que no sé es cuándo se rompió. O si vino (vine) falladx de fábrica. No sé cuándo ni cómo ni por qué. Ni qué. Pero algo no anda. Y aunque la gente sea insoportable, e incomprensible, no da echarle la culpa de todo.
Ya no es lo que podría darle a alguien, a los demás; o lo que alguien, los demás, podría darme. Esta vez me choqué con que yo no pude darme ni un mínimo algo. No salió…
Tendría que tener el UltraCompare para confrontarme con una normalidad que solo es ideal. Al menos, con la versión personalizada de normalidad que me gustaría. Así, sabría dónde están las líneas de código que faltan, las que están jodidas.
Encima, cuando mirás lo negro, lo ves más negro, ves todo negro. Porque quiero creer que hay algo que no está negro, que si viene esa ola, tal vez esa única ola, podría correrla. Reconocerla y correrla. Y terminar caminando en la arena, con la vida cambiada. Con la tranquilidad de que si se me pasa una ola, vendrá otra, y si no puedo correr esa, será la siguiente, o la otra.
Pero está todo negro. El cielo y el mar. Y vienen olas asesinas.
La enfermedad atrae enfermedad. Por eso, aposté a que se viera el lado sano, para que atrajera algo que fuese sanando al resto. A mantener la compostura, a no sonar desesperadx porque eso es espantagente. Y una garcha patética.
Y condiciona todo lo demás.
Tampoco salió.
Lo único que conseguí es la tranquilidad de mis padres, y la de sus amigos, como la compañera de laburo de mi vieja que se alegraba de mi “recuperación”. Esa vez me paré de manos y le dije: “¿De qué recuperación me hablás? Los enfermos eran los otros. Yo estoy igual, sólo que tengo algún recurso más para manejarlo”. No le cayó bien, y la conversación terminó rápido.
Hace un tiempo encontré un certificado del colegio, de primer grado, que decía que mis dientes estaban okey. En dos o tres años se destrozaron, y aún cargo con eso, incapaz de soportar la tensión de tener al dentista llevándose un pedazo de mí.
Por ahí se rompió todo simultáneamente. Por ahí no, pero hay una analogía evidente entre una rotura y otra. Tengo que arreglarme el comedor, pero me demanda DEMASIADA energía. Tengo que arreglarme a mí, y es impensable. Imposible en esta incompletud.
Arreglar todo lo que está roto es una quimera. La zanahoria que te muestra el psicólogo para que sigas pagándole, para que no te salgas del estándar, de su normalidad, que, como toda la medicina, tiene a la vida por el principal valor. No importa cuánto sufras, cuán improbable sea tu paz. La vida ante todo. Y si la cuestionás, si te cree el cuestionamiento, cuidate de que no te deje adentro.
La voluntad está, empecinada, y tratás de sostener lo insostenible, de levantar lo ilevantable. Pero una parte de tu cabeza se impone –¿realista?– y baja los brazos, te baja las defensas, y hasta el cuerpo te abandona. Te traiciona, te enferma, no quiere.
Esta rajadura no se arregla con Fastix. Y aunque la arregles, después hay que arreglar todos los destrozos que se produjeron como consecuencia de la rajadura.
Se pasa la vida, cada día perdido, y jugamos a que es un manantial inagotable. Se pasa demasiada vida doliendo para llegar a ¿dónde?
Tengo una pared acá adelante, que no es la pared de ladrillos huecos de mi pieza, esa que los vecinos de arriba hacen vibrar a diario. Es una pared de 30, un muro, la añosa y sólida fachada de la esquina sudoeste de Junín y Perón.
Y toda la bronca, y la frustración, y la insatisfacción, y la necesidad, se agolpan en mi puño derecho, vienen desde el antebrazo, llegan desde el codo, desde el bíceps cansado de pajas. Y no alcanzan para tirarla abajo. Si le pego una trompada me voy a romper la mano en mil pedazos. Otra vez. Me la voy a joder para siempre.
Entonces, me contengo y espero. No sé qué.
Antes lo intuía: me acuerdo de hacerle bromas a mi madre con que tenía otro, con que le gustaba otro, este o aquel, Rómulo Berrutti entre ellos. ¡Y tenía otro, nomás!
Me veo hablándole de eso, dos o tres años antes, sentadx en la cama matrimonial que aún compartía con mi padre.
Lo que no sé es cuándo se rompió. O si vino (vine) falladx de fábrica. No sé cuándo ni cómo ni por qué. Ni qué. Pero algo no anda. Y aunque la gente sea insoportable, e incomprensible, no da echarle la culpa de todo.
Ya no es lo que podría darle a alguien, a los demás; o lo que alguien, los demás, podría darme. Esta vez me choqué con que yo no pude darme ni un mínimo algo. No salió…
Tendría que tener el UltraCompare para confrontarme con una normalidad que solo es ideal. Al menos, con la versión personalizada de normalidad que me gustaría. Así, sabría dónde están las líneas de código que faltan, las que están jodidas.
Encima, cuando mirás lo negro, lo ves más negro, ves todo negro. Porque quiero creer que hay algo que no está negro, que si viene esa ola, tal vez esa única ola, podría correrla. Reconocerla y correrla. Y terminar caminando en la arena, con la vida cambiada. Con la tranquilidad de que si se me pasa una ola, vendrá otra, y si no puedo correr esa, será la siguiente, o la otra.
Pero está todo negro. El cielo y el mar. Y vienen olas asesinas.
La enfermedad atrae enfermedad. Por eso, aposté a que se viera el lado sano, para que atrajera algo que fuese sanando al resto. A mantener la compostura, a no sonar desesperadx porque eso es espantagente. Y una garcha patética.
Y condiciona todo lo demás.
Tampoco salió.
Lo único que conseguí es la tranquilidad de mis padres, y la de sus amigos, como la compañera de laburo de mi vieja que se alegraba de mi “recuperación”. Esa vez me paré de manos y le dije: “¿De qué recuperación me hablás? Los enfermos eran los otros. Yo estoy igual, sólo que tengo algún recurso más para manejarlo”. No le cayó bien, y la conversación terminó rápido.
Hace un tiempo encontré un certificado del colegio, de primer grado, que decía que mis dientes estaban okey. En dos o tres años se destrozaron, y aún cargo con eso, incapaz de soportar la tensión de tener al dentista llevándose un pedazo de mí.
Por ahí se rompió todo simultáneamente. Por ahí no, pero hay una analogía evidente entre una rotura y otra. Tengo que arreglarme el comedor, pero me demanda DEMASIADA energía. Tengo que arreglarme a mí, y es impensable. Imposible en esta incompletud.
Arreglar todo lo que está roto es una quimera. La zanahoria que te muestra el psicólogo para que sigas pagándole, para que no te salgas del estándar, de su normalidad, que, como toda la medicina, tiene a la vida por el principal valor. No importa cuánto sufras, cuán improbable sea tu paz. La vida ante todo. Y si la cuestionás, si te cree el cuestionamiento, cuidate de que no te deje adentro.
La voluntad está, empecinada, y tratás de sostener lo insostenible, de levantar lo ilevantable. Pero una parte de tu cabeza se impone –¿realista?– y baja los brazos, te baja las defensas, y hasta el cuerpo te abandona. Te traiciona, te enferma, no quiere.
Esta rajadura no se arregla con Fastix. Y aunque la arregles, después hay que arreglar todos los destrozos que se produjeron como consecuencia de la rajadura.
Se pasa la vida, cada día perdido, y jugamos a que es un manantial inagotable. Se pasa demasiada vida doliendo para llegar a ¿dónde?
Tengo una pared acá adelante, que no es la pared de ladrillos huecos de mi pieza, esa que los vecinos de arriba hacen vibrar a diario. Es una pared de 30, un muro, la añosa y sólida fachada de la esquina sudoeste de Junín y Perón.
Y toda la bronca, y la frustración, y la insatisfacción, y la necesidad, se agolpan en mi puño derecho, vienen desde el antebrazo, llegan desde el codo, desde el bíceps cansado de pajas. Y no alcanzan para tirarla abajo. Si le pego una trompada me voy a romper la mano en mil pedazos. Otra vez. Me la voy a joder para siempre.
Entonces, me contengo y espero. No sé qué.
Some can't; others don't care. None of them do it.
Well, I've been down so goddamn long
that it looks like up to me.
Well, I've been down so very damn long
that it looks like up to me.
Yeah, why don't one of you people
c'mon and set me free?
I said, warden, warden, warden…
Won't you break your lock and key?
I said, warden, warden, warden…
Won't you break your lock and key?
Yeah, come along here, mister,
c'mon and let the poor boy be.
Baby, baby, baby,
won't you get down on your knees?
Baby, baby, baby,
won't you get down on your knees?
C'mon little darlin',
c'mon and give your love to me…
Well, I've been down so goddamn long
that it looks like up to me.
Well, I've been down so very damn long
that it looks like up to me.
Yeah, why don't one of you people…
c'mon…
c'mon…
c'mon and set me free?
(Been down so long * The Doors)
that it looks like up to me.
Well, I've been down so very damn long
that it looks like up to me.
Yeah, why don't one of you people
c'mon and set me free?
I said, warden, warden, warden…
Won't you break your lock and key?
I said, warden, warden, warden…
Won't you break your lock and key?
Yeah, come along here, mister,
c'mon and let the poor boy be.
Baby, baby, baby,
won't you get down on your knees?
Baby, baby, baby,
won't you get down on your knees?
C'mon little darlin',
c'mon and give your love to me…
Well, I've been down so goddamn long
that it looks like up to me.
Well, I've been down so very damn long
that it looks like up to me.
Yeah, why don't one of you people…
c'mon…
c'mon…
c'mon and set me free?
(Been down so long * The Doors)
lunes, 3 de agosto de 2009
Fuera del mundo
La vida se me presenta como un espectáculo en el que no tengo parte. Pasa como un continuo frente a mí, pétrea e inaccesible, y no puedo penetrar en su pantalla ni me reserva lugar en su guion. Como los viejos dibujos animados, donde el personaje está en un plano, moviéndose sobre el fondo, que permanece fijo detrás. A la vista, conforman una unidad, pero están cada uno por su lado.
Ya sabemos que en muchas situaciones no vamos a encontrar ni un indicio de empatía, de posibilidad de comunicación. Incluso en lugares en los que me conocen, donde, como el otro día, tengo que ir y saludar, y hasta besar tipos. Donde me saludan y me preguntan cómo estoy… sin que les importe, sin que noten lo evidente, que estoy hecho percha después de una semana de faringitis y ahogos nocturnos. Y sin esperar una respuesta verdadera.
Si corto la paralela y digo algo real, se produce ruido y descolocación. Como el pasado me enseñó esa consecuencia, la evito. Aunque eso no impide que se me revuelva la piel ante tanta caretez, ante tanta inexistencia.
Pero fuera del mundo, de esa convención llamada realidad, no hay nada, no puede pintar nada. Entonces, con los medios de que dispongo, tratando de ser lo más natural y lo menos desesperado que puedo, lo más tranquilo y lo menos discordante, busco una conexión, una empatía, una reciprocidad. Busco un lugar en cada señal que percibo. En una llamada larga distancia internacional de dos horas o en un chat de cuatro horas con un módem de 56. Pero mi decodificador falla, o mis recursos son insuficientes…
Es como si nadie viera mis destellos, como si todas mis emisiones fuesen opacas ondas apenas perceptibles por la visión periférica de los demás y útiles únicamente para no tropezar conmigo. (Y si algunx descubre algo más, tiene una vida en la cual es más cómodo confinarme a este ámbito, porque le alcanza con que esté acá (sic), como la otra pretendía que fuera su “hijo”).
A veces parece que entro, al fin, por un rato; pero en realidad seguimos en paralelo. No hay intersección, y la coincidencia se desintegra al chocar fatalmente, desubicado y torpe, contra la pantalla. Contra las pantallas.
Y ya creo que es mejor no entrar, porque hay situaciones peores. Se repite el encuentro, la chance de seguir viéndonos, aproximándonos, y finalmente me convierto en una piedra en el zapato ajeno, entorpeciendo el camino de los demás. Hasta que se deshacen de mí con mayor o menor sutileza.
Del ridículo no sólo no se vuelve: tampoco se sale de allí. Una vez que te encenegaste, no te podés zafar, y todo lo que hacés son variantes trasnochadas y necesariamente ineficaces de lo mismo. Los stickers pegados en la puerta de un prostíbulo reclamando el regreso de la chica que me miró como ninguna otra me miró jamás, todas las cartas nunca contestadas, el SMS desde un teléfono prestado que no tuvo respuesta.
Todo es inútil, a juzgar por el resultado, por el solipsismo que me empareda.
Y chocarse con ciertas formas de ese fracaso es una patada en los huevos. Porque es un recordatorio, una comprobación, de que ninguno de esos intentos errantes podía fructificar, de lo absurdo de imaginar que era posible reeditar algo de la comunicación que surgió con la doctora R03 dejando huellas en Google para que llegara hasta acá si tipeaba su nombre completo.
Seguir este blog es obligarme a seguir siendo (eso que creo que soy) yo. A no dejar de pensar ni de tratar de poner en palabras esta historia, a ver si descifro algo de todo esto. A seguir emitiendo signos vitales, a seguir atento por si es posible un encuentro.
Aunque este fin de semana, como nunca antes, tuve ganas de tomarme todas las pastillas necesarias para dormir todo el día –salvo las infaltables despertadas que me obsequian los vecinos–, para que no importe si me despiertan con sus ruidos porque me voy a quedar en la cama todo el tiempo, hasta volverme a dormir.
Tomé unas cuantas, pero me despertaron igual, e igual me costó dormirme de nuevo. Hasta que me levanté, cansado como siempre.
Otro día se va, signado por la somnolencia y la repetición. Ahora tengo ganas de vomitar. Y miedo de fabricarme un cáncer.
Ya sabemos que en muchas situaciones no vamos a encontrar ni un indicio de empatía, de posibilidad de comunicación. Incluso en lugares en los que me conocen, donde, como el otro día, tengo que ir y saludar, y hasta besar tipos. Donde me saludan y me preguntan cómo estoy… sin que les importe, sin que noten lo evidente, que estoy hecho percha después de una semana de faringitis y ahogos nocturnos. Y sin esperar una respuesta verdadera.
Si corto la paralela y digo algo real, se produce ruido y descolocación. Como el pasado me enseñó esa consecuencia, la evito. Aunque eso no impide que se me revuelva la piel ante tanta caretez, ante tanta inexistencia.
Pero fuera del mundo, de esa convención llamada realidad, no hay nada, no puede pintar nada. Entonces, con los medios de que dispongo, tratando de ser lo más natural y lo menos desesperado que puedo, lo más tranquilo y lo menos discordante, busco una conexión, una empatía, una reciprocidad. Busco un lugar en cada señal que percibo. En una llamada larga distancia internacional de dos horas o en un chat de cuatro horas con un módem de 56. Pero mi decodificador falla, o mis recursos son insuficientes…
Es como si nadie viera mis destellos, como si todas mis emisiones fuesen opacas ondas apenas perceptibles por la visión periférica de los demás y útiles únicamente para no tropezar conmigo. (Y si algunx descubre algo más, tiene una vida en la cual es más cómodo confinarme a este ámbito, porque le alcanza con que esté acá (sic), como la otra pretendía que fuera su “hijo”).
A veces parece que entro, al fin, por un rato; pero en realidad seguimos en paralelo. No hay intersección, y la coincidencia se desintegra al chocar fatalmente, desubicado y torpe, contra la pantalla. Contra las pantallas.
Y ya creo que es mejor no entrar, porque hay situaciones peores. Se repite el encuentro, la chance de seguir viéndonos, aproximándonos, y finalmente me convierto en una piedra en el zapato ajeno, entorpeciendo el camino de los demás. Hasta que se deshacen de mí con mayor o menor sutileza.
Del ridículo no sólo no se vuelve: tampoco se sale de allí. Una vez que te encenegaste, no te podés zafar, y todo lo que hacés son variantes trasnochadas y necesariamente ineficaces de lo mismo. Los stickers pegados en la puerta de un prostíbulo reclamando el regreso de la chica que me miró como ninguna otra me miró jamás, todas las cartas nunca contestadas, el SMS desde un teléfono prestado que no tuvo respuesta.
Todo es inútil, a juzgar por el resultado, por el solipsismo que me empareda.
Y chocarse con ciertas formas de ese fracaso es una patada en los huevos. Porque es un recordatorio, una comprobación, de que ninguno de esos intentos errantes podía fructificar, de lo absurdo de imaginar que era posible reeditar algo de la comunicación que surgió con la doctora R03 dejando huellas en Google para que llegara hasta acá si tipeaba su nombre completo.
Seguir este blog es obligarme a seguir siendo (eso que creo que soy) yo. A no dejar de pensar ni de tratar de poner en palabras esta historia, a ver si descifro algo de todo esto. A seguir emitiendo signos vitales, a seguir atento por si es posible un encuentro.
Aunque este fin de semana, como nunca antes, tuve ganas de tomarme todas las pastillas necesarias para dormir todo el día –salvo las infaltables despertadas que me obsequian los vecinos–, para que no importe si me despiertan con sus ruidos porque me voy a quedar en la cama todo el tiempo, hasta volverme a dormir.
Tomé unas cuantas, pero me despertaron igual, e igual me costó dormirme de nuevo. Hasta que me levanté, cansado como siempre.
Otro día se va, signado por la somnolencia y la repetición. Ahora tengo ganas de vomitar. Y miedo de fabricarme un cáncer.
Ensalada de frutas deconstruida
Cuando me levanto, como fruta. Un par de naranjas, algún kiwi, o mandarinas. Un poco de melón en verano. Lo que haya.
Y si hay bastante, suelo hacerme una ensalada. El problema es que cortar toda la fruta es un poco cansador, más si estás en ayunas, más si tenés que dominar el hambre y la ansiedad ante todo el morfi provocador. De hecho, las domino poco, y siempre picoteo algo mientras la preparo.
Cinco minutos para trozar la manzana, pese a que le dejo la cáscara. La banana, en cambio, se corta rápido, lo mismo que el melón. El durazno, más o menos, como la pera. Las ciruelas van enteras. El kiwi es el más complicado: si no está muy maduro, tendría que probar con un pelapapas; pero no tengo, y con el cuchillo tardo bastante. Pelar la mandarina o quitar las uvas del racimo también toma tiempo, aunque no les saque las semillas. Y exprimir las naranjas, además de llevar un rato, es un esfuerzo físico.
Así, a veces me decanto por lo más sencillo de comer, o por una sola fruta, en lugar de hacer una ensalada. Y así, a veces, algunas se van deteriorando.
Hoy no tenía ganas de cortar fruta, pero había que comer la banana y la manzana sí o sí. Entonces agarré tres platitos: uno para la manzana, otro para la banana y otro para las mandarinas. Y mientras hojeaba el diario armé la ensalada dentro de mi estómago. Un mordisco a la manzana, otro a la banana, unos gajos de mandarina. Otro poco de banana, más gajos de mandarina, otro bocado de manzana…
Y si hay bastante, suelo hacerme una ensalada. El problema es que cortar toda la fruta es un poco cansador, más si estás en ayunas, más si tenés que dominar el hambre y la ansiedad ante todo el morfi provocador. De hecho, las domino poco, y siempre picoteo algo mientras la preparo.
Cinco minutos para trozar la manzana, pese a que le dejo la cáscara. La banana, en cambio, se corta rápido, lo mismo que el melón. El durazno, más o menos, como la pera. Las ciruelas van enteras. El kiwi es el más complicado: si no está muy maduro, tendría que probar con un pelapapas; pero no tengo, y con el cuchillo tardo bastante. Pelar la mandarina o quitar las uvas del racimo también toma tiempo, aunque no les saque las semillas. Y exprimir las naranjas, además de llevar un rato, es un esfuerzo físico.
Así, a veces me decanto por lo más sencillo de comer, o por una sola fruta, en lugar de hacer una ensalada. Y así, a veces, algunas se van deteriorando.
Hoy no tenía ganas de cortar fruta, pero había que comer la banana y la manzana sí o sí. Entonces agarré tres platitos: uno para la manzana, otro para la banana y otro para las mandarinas. Y mientras hojeaba el diario armé la ensalada dentro de mi estómago. Un mordisco a la manzana, otro a la banana, unos gajos de mandarina. Otro poco de banana, más gajos de mandarina, otro bocado de manzana…
Lo que me falta aprender para ser pobre
Me chistó desde el medio de la calle. Cuando me di vuelta, me pidió que lo ayudara a empujar el auto porque tenía un problema “en los carbones” de no sé dónde y no arrancaba.
De unos sesenta y pico de años, enseguida me cayó mal el tipo, pero no encontré con la suficiente rapidez una excusa para negarme. Salía de Coto, según informaban las bolsas en la mano. Unas compras ligeras.
La única distancia que pude marcar fue decirle: “Bueno, sólo porque el auto es chiquito…”. Era un Fiat 800 cupé gris muy cuidado, aunque parecía tener polvo en la pequeña tapa del baúl, que en realidad creo que es la tapa del motor trasero. Pero no polvo de andar por la calle, sino del que se junta en una casa, como si no lo hubieran plumereado en semanas.
Puso las bolsas en un asiento mientras me explicaba otra vez el problema de los carbones, y había algo en su manera de hablar, de moverse, de estar, hasta de agradecer, que me resultaba chocante. Como una familiaridad impostada, dentro de la cual no había margen para decir “no”. Ni siquiera le elogié el estado de conservación del coche, aunque lo ameritaba.
Finalmente, cortó el semáforo de Rivadavia, y comenzamos a empujar, exponiéndonos a los que doblaban en Castro Barros. El auto se movía tan fácil que me sentía forzudo. Cuando tomó cierta velocidad, se subió de un salto, y al toque el motor tosió un poco y empezó a andar. Cerró la puerta, pegó un par de bocinazos como agradecimiento, y creo que saludó con la mano, pero no vi bien porque ya había abierto de nuevo el semáforo, y los autos que cruzaban la avenida se acercaban rápida y peligrosamente.
Y se fue. Como preví desde el primer momento.
En cambio, si yo fuese evidentemente pobre, si fuese un cuidacoches, o un fantasma de los que acampan en la puerta de la FAB, no sólo me habría tirado dos, cuatro, cinco mangos, sino que me habría dado un extra por ayudarlo. Si yo, además de tener los ingresos de un pobre, tuviese el know how de los pobres, habría sabido pedirle unos mangos.
Okey, las cosas se pueden hacer de onda también. Pero yo no tenía ganas de hacerlo de onda. Porque no me cayó bien el tipo, porque no me cae bien no tener un mango, porque había caminado cien cuadras bombardeado por el consumo sin gastar un centavo, porque hasta en la vidriera de Corti me muestran un culo que no tendré (verbigracia, el de Yessica Bopp).
Habría encabezado la apelación con el vocativo “amigo” y le habría pedido unos mangos. Para darle de comer a mi hijito, para el vicio, para pagarme el ciber y actualizar este blog…
Habría reclamado más firmemente cuando la chica del depósito donde vendo elementos reciclables me pagó apenas $ 2,50 por un kilo de aluminio y dos y medio de blanco. Anotó en su cuaderno, y me pareció que anotaba $ 2,80, que era el precio del aluminio la última vez, y después anotó lo del papel. Sin embargo, solo agarró un billete de dos y una moneda de cincuenta, y me los dio, ya no recuerdo si con el gruñido habitual o directamente en silencio. Dije en voz alta “dos con cincuenta”, esperanzado en que mis palabras le hicieran advertir que me estaba pagando de menos. Pero no se hizo cargo.
Le habría preguntado si bajó el precio, cuánto pagan el aluminio ahora, le caería mejor tal vez. Y sabría dónde mierda averiguar si mi condición de desocupado en negro enfermo momentáneamente incapacitado me hace acreedor de algún subsidio, plan u otra forma de ayuda económica estatal.
Pero no sólo soy pobre de ingresos. Soy, como los nuevos pobres, pobre de recursos que me permitan desenvolverme mejor en esa pobreza. Porque el pobre experimentado sabe dónde reclamar cuando se le quemó la casilla, y va a Pavón y Entre Ríos, y corta la calle, y habla por celular o escucha cumbia y reggaetón en su MP3 mientras reclama una casa.
Yo también quiero una casa. ¿Te sobra una con vecinos silenciosos, Mauricio? Y quiero que me atiendan en el hospital público sin forrearme como el año pasado, que me dijeron “vení mañana” y mañana había paro.
Y también quiero cortar la calle y reclamar. No por el incendio programado de la villa, no para que hagan la plaza en el barrio. Quiero reclamar contra el ruido, contra los perros, contra la gente desconsiderada, contra toda la gente que no soporto.
No lo intento porque no me reconocerían como pobre y me sacarían a patadas a los dos minutos por no ser pobre, por no infundir el temor que infunden los pobres. O me sacarían a patadas por ser pobre, aunque entonces alguno se solidarizaría conmigo por el maltrato recibido. Eso, si resultara convincentemente pobre. Pero no parezco pobre, no tengo los saberes de la pobreza.
De unos sesenta y pico de años, enseguida me cayó mal el tipo, pero no encontré con la suficiente rapidez una excusa para negarme. Salía de Coto, según informaban las bolsas en la mano. Unas compras ligeras.
La única distancia que pude marcar fue decirle: “Bueno, sólo porque el auto es chiquito…”. Era un Fiat 800 cupé gris muy cuidado, aunque parecía tener polvo en la pequeña tapa del baúl, que en realidad creo que es la tapa del motor trasero. Pero no polvo de andar por la calle, sino del que se junta en una casa, como si no lo hubieran plumereado en semanas.
Puso las bolsas en un asiento mientras me explicaba otra vez el problema de los carbones, y había algo en su manera de hablar, de moverse, de estar, hasta de agradecer, que me resultaba chocante. Como una familiaridad impostada, dentro de la cual no había margen para decir “no”. Ni siquiera le elogié el estado de conservación del coche, aunque lo ameritaba.
Finalmente, cortó el semáforo de Rivadavia, y comenzamos a empujar, exponiéndonos a los que doblaban en Castro Barros. El auto se movía tan fácil que me sentía forzudo. Cuando tomó cierta velocidad, se subió de un salto, y al toque el motor tosió un poco y empezó a andar. Cerró la puerta, pegó un par de bocinazos como agradecimiento, y creo que saludó con la mano, pero no vi bien porque ya había abierto de nuevo el semáforo, y los autos que cruzaban la avenida se acercaban rápida y peligrosamente.
Y se fue. Como preví desde el primer momento.
En cambio, si yo fuese evidentemente pobre, si fuese un cuidacoches, o un fantasma de los que acampan en la puerta de la FAB, no sólo me habría tirado dos, cuatro, cinco mangos, sino que me habría dado un extra por ayudarlo. Si yo, además de tener los ingresos de un pobre, tuviese el know how de los pobres, habría sabido pedirle unos mangos.
Okey, las cosas se pueden hacer de onda también. Pero yo no tenía ganas de hacerlo de onda. Porque no me cayó bien el tipo, porque no me cae bien no tener un mango, porque había caminado cien cuadras bombardeado por el consumo sin gastar un centavo, porque hasta en la vidriera de Corti me muestran un culo que no tendré (verbigracia, el de Yessica Bopp).
Habría encabezado la apelación con el vocativo “amigo” y le habría pedido unos mangos. Para darle de comer a mi hijito, para el vicio, para pagarme el ciber y actualizar este blog…
Habría reclamado más firmemente cuando la chica del depósito donde vendo elementos reciclables me pagó apenas $ 2,50 por un kilo de aluminio y dos y medio de blanco. Anotó en su cuaderno, y me pareció que anotaba $ 2,80, que era el precio del aluminio la última vez, y después anotó lo del papel. Sin embargo, solo agarró un billete de dos y una moneda de cincuenta, y me los dio, ya no recuerdo si con el gruñido habitual o directamente en silencio. Dije en voz alta “dos con cincuenta”, esperanzado en que mis palabras le hicieran advertir que me estaba pagando de menos. Pero no se hizo cargo.
Le habría preguntado si bajó el precio, cuánto pagan el aluminio ahora, le caería mejor tal vez. Y sabría dónde mierda averiguar si mi condición de desocupado en negro enfermo momentáneamente incapacitado me hace acreedor de algún subsidio, plan u otra forma de ayuda económica estatal.
Pero no sólo soy pobre de ingresos. Soy, como los nuevos pobres, pobre de recursos que me permitan desenvolverme mejor en esa pobreza. Porque el pobre experimentado sabe dónde reclamar cuando se le quemó la casilla, y va a Pavón y Entre Ríos, y corta la calle, y habla por celular o escucha cumbia y reggaetón en su MP3 mientras reclama una casa.
Yo también quiero una casa. ¿Te sobra una con vecinos silenciosos, Mauricio? Y quiero que me atiendan en el hospital público sin forrearme como el año pasado, que me dijeron “vení mañana” y mañana había paro.
Y también quiero cortar la calle y reclamar. No por el incendio programado de la villa, no para que hagan la plaza en el barrio. Quiero reclamar contra el ruido, contra los perros, contra la gente desconsiderada, contra toda la gente que no soporto.
No lo intento porque no me reconocerían como pobre y me sacarían a patadas a los dos minutos por no ser pobre, por no infundir el temor que infunden los pobres. O me sacarían a patadas por ser pobre, aunque entonces alguno se solidarizaría conmigo por el maltrato recibido. Eso, si resultara convincentemente pobre. Pero no parezco pobre, no tengo los saberes de la pobreza.
Brown snake
El otro día me eché un garco, y me llamaba la atención que el sorete no terminara nunca de trasponer mi esfínter. Finalmente, concluyó, y, cuando me di vuelta para embocar el papel en el inodoro, lo vi y me asombré. Era enorme.
No daba buscar una regla, pero como sé que la envergadura de mi mano está por los 20 centímetros, pude calcular que esa serpiente gruesa e inerte no medía siete millas, pero sí, fácil, 25 centímetros.
Parecía la pija de Rocco Siffredi, parecía el brazo de una criatura de cuatro años, parecía una baguette de salvado que desbordaba la placa del horno. Después de ver eso, calculo que puedo animarme al sexo anal sin mayores dolores.
No daba buscar una regla, pero como sé que la envergadura de mi mano está por los 20 centímetros, pude calcular que esa serpiente gruesa e inerte no medía siete millas, pero sí, fácil, 25 centímetros.
Parecía la pija de Rocco Siffredi, parecía el brazo de una criatura de cuatro años, parecía una baguette de salvado que desbordaba la placa del horno. Después de ver eso, calculo que puedo animarme al sexo anal sin mayores dolores.
Cerebro frito
[…]
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.
“Sin llaves y a oscuras” (fragmento) – Fabián Casas
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano.
“Sin llaves y a oscuras” (fragmento) – Fabián Casas
Tocaron el timbre, y era el cartero. No sé por qué contesté. No debí haberlo hecho. Está claro.
Dejé lo que estaba haciendo en la computadora, agarré la llave de la mesa del living, salí y cerré la puerta del departamento. Cuando llegué a la entrada del edificio, me di cuenta de que en la mano tenía las llaves del laburo de mi viejo. No sé en qué neurona, ni por qué, había registrado que mis llaves estaban sobre la mesa del living, aunque nunca las dejo ahí.
Alguien me abrió la puerta, recibí el sobre, que no era para mí, y me dediqué a esperar en el pasillo que volviera mi madre. Hora y media, calculo…
Una vez puede pasarte cualquier cosa en la vida. Podrá ser una casualidad, o una distracción, o algo inexplicable; y será una anécdota.
El martes mi madre viajó por una cuestión laboral. Mientras esperábamos que pasara un taxi libre por la puerta, me preguntó si tenía 10 pesos para prestarle. Le contesté que yo no era el banco, y que era yo el que necesitaba plata. Por ejemplo, los 300 mangos que le presté hace un mes, y que aún no me devolvió. Sufriente, y dolorida por su nueva caída en la calle, tomó los dos bolsos y se fue caminando hasta la parada del colectivo bajo la lluvia.
Volví acá, y en alguna neurona registré que puse las llaves sobre la mesa del living. No sé por qué, porque nunca las dejo ahí.
A la noche, tipo once menos algo, terminé de pelotudear con la computadora y me apuré para sacar la basura antes de que pasara el camión. Agarré las dos bolsas y una pila podrida, busqué las llaves… No sé si fue así. Seguramente, primero agarré las llaves que estaban sobre la mesa del living y después fui a la cocina a buscar las bolsas. Con todo en una mano, abrí la puerta del depto, y, sí, la cerré. Cuando llegué a la entrada y tuve que elegir la llave correspondiente, me di cuenta de que en la otra mano tenía las llaves del laburo de mi viejo.
Le golpeé la puerta al encargado y le expliqué lo que me había pasado, y le pedí que me prestara el teléfono para llamar a un cerrajero, y le pedí también el número de un cerrajero. Me dijo que no tenía el teléfono de ninguna cerrajería, que me iban a cobrar carísimo y que iba a tratar de abrir la puerta, como había intentado vanamente la vez anterior.
Probó con una tarjeta, con el culo de una botella de plástico, con no sé qué más, y no lo logró. Mientras, yo pensaba en cómo conseguir el teléfono de un cerrajero y en si me alcanzaría la plata que me quedaba. Pero esa opción no estaba en los planes del portero. Cuando se dio por vencido, me dijo de tocarle el timbre al vecino de arriba, y saltar por la ventana. Le dije que ya había ido a mirar, y que seguramente estaba durmiendo porque no se veía la luz encendida.
Lo intentó una vez más con un plástico duro, y se decidió a despertar al señor de arriba, que no es ninguno de los vecinos ruidosos que a menudo menciono –y maldigo– en este blog. Se despertó al tercer timbrazo, nos dejó pasar luego de vestirse, y descubrimos que tenía una reja en la ventana de la habitación…
Cuando me enfrenté al vacío oscuro y lluvioso que se abría bajo el ventanal de su living, decidí que los 80 pesos que supuestamente me cobraría un cerrajero eran más baratos que el riesgo de romperme una pierna. Entonces, el portero dijo que saltaba él. Cruzó una pata por encima de la baranda, la otra, se tomó de la reja de la habitación, y finalmente llegó a mi casa.
Y salió con la llave en la mano. Con la llave, que estaba en el picaporte. Con las tres llaves, más livianas que las cinco Trabex que yo había agarrado sin notar la diferencia.
Le pedí disculpas al vecino por la despertada, al portero por molestarlo, y me quedé aturdido. Por horas, por días ya. Por mi cagazo, que quizá haya sido preservación; porque fue más evidente cuando el tipo hizo lo que no me animé a hacer; por molestar cuando vivo maldiciendo a los que me molestan; por mi torpeza, distracción, lo que sea.
Y por lo que la causó. Porque me volvió a pasar lo mismo de la otra vez.
Cuando te pasa lo mismo dos veces, es para preocuparse. Cuando te pasa lo mismo dos veces en dos años, te preocupás. Y buscás una explicación. Y cuando recordé que hace unos meses me perdí en la calle, y por media cuadra no supe dónde estaba, me preocupé más. Porque no me pasó en Parque Chas, sino en un lugar por el que caminé más de ochocientas veces.
No creo que tenga Alzheimer, que sean las primeras manifestaciones de una enfermedad degenerativa. Además, consultar a un médico por este asunto sería mucho más caro que las últimas visitas, ya de por sí dolorosas para mi bolsillo. Así que me conformo con atribuírselo al agotamiento radical al que me condenan el mal descanso, la imposibilidad de divisar su final y la infructuosidad de la búsqueda de otra forma de ver todo mi rollo, o, mejor, más que verlo, de otra manera de atravesarlo y dejarlo atrás. Y me agoto en el ajedrez inútil de tratar de encontrarle una vuelta que no me estrelle ni me lleve de nuevo a un psiquiátrico o a la comisaría.
No creo que tengo Alzheimer cuando pierdo con el Pinball del Windows, y se me escurre la bola tontamente entre los impulsores del centro, que quedan aleteando como un colibrí sin cuerpo. Estoy cansando, con menos reflejos, y pierdo rápido. Punto. Se me escapa la bola, pierdo la bola extra y no llego ni a un millón de puntos. Y no me torturo con eso.
Sin embargo, en algún lugar profundo me afectó. Desde esa vez, salgo lo menos posible a la calle, aunque eso debe de ser por el frío. Y miro cinco veces la llave, si tengo la llave, si tengo la llave correcta. Y hasta la pruebo, haciendo girar la cerradura con la puerta abierta. Aun así, al cerrarla se me dispara una sensación horrenda, y tengo que recordarme que está todo bien. Estoy en el pasillo, rumbo a la entrada, y sé que tengo la llave correcta, y disparo adrenalina igual, y dudo si estoy adentro o afuera, si tengo la llave que sé que tengo o no. Estoy en la ducha, y dudo si estoy en casa o no. ¿Dónde voy a estar?, me dirás. Pero me pasa eso: ¿estoy o no estoy?, ¿soy o no soy? Sí, boludo, ¿no ves que estás duchándote?, me tranquilizo; pero es como si una neurona, más de una, me vieran desde afuera.
Me dormí todavía abrumado esa noche. En un momento soñé con dos minas que probaban armas en un polígono. Tiraban con pistolas de calibre .50. De pronto, me despertó algo parecido a un pito sordo y breve. Repetido. Y me sobresaltó más que un pájaro revoloteara.
No podía establecer si se producía cuando soplaba fuerte el viento, tal vez haciendo sonar algo, raspándolo, o arrastrándolo, o si se debía a otra cosa. De hecho, a veces me parecía oír un ruidito metálico, como si alguien apoyara una herramienta sobre una superficie dura.
Rápidamente encontré una similitud entre el sonido aquel y la chicharra del timer que usa el instructor de tiro práctico que aparece en algunos programas de caza y pesca. Reconocí el pitido y lo asocié con el sueño de las pistolas. Y me asombró –y me desmoralizó– que aun en el sueño se me metan cosas de la vigilia. Me pasa a veces con los vecinos estrepitosos, con sus perros, con sus voces. Pero que ocurriera de un modo tan oblicuo me terminó de vencer.
La quemazón de mi cabeza se me revela más profunda que lo esperado. Y eso vuelve a preocuparme. Mucho. No se des-cansa ni durmiendo, y no encuentro un puto margen para aflojar esta tensión, una manera de parar esta pelota… Y siento mi cerebro más frito y arrugado que las fetas de panceta que saqué del freezer la otra noche y calenté en el horno. Salieron secas, fruncidas, cocidas en su propia grasa, cadáveres para un cadáver.
Estuve despierto dos horas, hasta que se levantó el chabón de arriba y el paso del tiempo me convenció de que no eran chorros o algo por el estilo. Pero perdí otro día, viviéndolo somnoliento y exhausto. Otro más.
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