lunes, 7 de septiembre de 2009

Olas

La primera imagen es la de un niño (10, 11 años) en la playa, en Necochea. Parado en la orilla, mira el mar. Espera que rompa la ola, y, cuando lo supera, mojándole las rodillas (porque creció, y se anima a meterse hasta esa altura), él siente que quisiera atajarla, agarrarla.
La otra es del mes pasado, en Catamarca y Moreno, pero puede ser en cualquier lado. Abrió el semáforo y la gente comenzó a cruzar. De aquel lado venía mucha más gente que de este (siempre voy a contramano). Todos pasaron a mis lados, esquivándome, apurados para llegar a la plaza, entre ellos un par de chicas oncemente atractivas.
Cerca del cordón, una mina se deja agarrar por los brazos de un chabón. Y ella también agarra. Del otro lado, más rezagada, una nena se suelta de la mano de su madre y, junto a la puerta del locutorio, se zambulle en el pecho de un señor que seguramente será su padre, quien la ataja sonriente.
Yo, que soy aquel niño veinticinco años después, me limpio el garzo espeso y marrón que el destino me acertó en el medio de los ojos y sigo caminando, como si nada. Siendo nada. Como siempre.

……………………………

Los ojos de la gente
me disuelven la cara
con su láser.

El breve haz no precisa hacer foco.
Deja su huella de carne fundida
y se redirige.

Cada rayo afianza la forma
que la piel ha adquirido
a fuerza de miradas.

Treinta y
tantos años de huesos derretidos,
úlceras y jirones superpuestos
–los despojos incesantes de una vigilia abandonada–
soportan su mensaje.

(Yo no puedo verme.
Perdí las referencias.
No hay manos que me recuerden
el contorno de mi cara).

Seguro que dice NO.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Soy mujer. Deseo ser tu hombre.

La obsesión rotuladora de la medicina ha trascendido masivamente a la sociedad. Un ejemplo frecuente es la discusión, más o menos risueña, acerca de si un consumidor de servicios de prostitución ofrecidos por travestis es homosexual o no.
En esa línea se encuadra una columna escrita por el psiquiatra Juan Carlos Kusnetzoff, quien da el punto de vista profesional en una nota periodística sobre la prostitución ejercida por travestis que trata de responder preguntas tales como “¿quiénes los buscan?” o “¿por qué los prefieren a las mujeres?”.
La primera oración de la columna del papá de Andy contiene la expresión “disfunciones de género”…
Después glosa la explicación freudiana y señala que a los tres o cuatro años el niño descubre la “diferencia sexual anatómica”, es decir, que las personas con pene se llaman hombres y las personas sin pene, mujeres. Algunos niños se vuelcan por creer que hay mujeres con pene, lo que constituye “una proyección de su genitalidad y el taponamiento al acceso al conocimiento de una verdad que les resulta dolorosa”.
Estos niños se sentirían amenazados al suponer que la ausencia de pene se debe a que se lo han quitado, y ver que las cosas no son así los enfrentaría a una doble castración: la de ese genital sin pene y la de su fantasía, que era una proyección de su propio genital.
Kusnetzoff concluye que “el hombre que busca satisfacerse con un travesti pone de manifiesto que una parte de su psiquismo se encuentra fijada en esa etapa infantil, y no entiende: para él la mujer existe, pero tiene pene”.
Termina diciéndolo explícitamente, y dos veces: “Cuando [el hombre] tiene relación sexual con esa ‘mujer’, la tiene homosexualmente. En definitiva: las relaciones de los hombres con travestis son relaciones homosexuales donde la fantasía infantil de la no existencia de la diferencia se satisface en toda su plenitud”.
Es decir, para el normativismo progre del Dr. K, no solo se trata de una disfunción, de una inmadurez psíquica, sino que amerita el rótulo estigmatizador: un tipo que le hace el orto a un trava es puto. Nada dice, en cambio, de los hombres que gozan al ser penetrados por una mujer que usa un aparato de cintura, de los que a veces se visten con ropas femeninas o se maquillan, etc. Calculo que escapan a esa categorización, y pueden quedarse tranquilos si alguna duda los aquejaba: cogen con una mujer; ergo no son homosexuales. Como mucho, parafílicos, pero nadie sabe muy bien qué es eso.
A partir de la referencia al texto de Freud, imagino otra fantasía infantil del mismo tenor: la de la niña que cree que la maternidad puede prescindir del embarazo. La veo, tantas veces, transformada en adulta, deseosa de tener un hijo, pasando por alto los pasos naturales, es decir, abrir las piernas, que un tipo la coja sin forro, le acabe adentro y la embarace. Parir (vale la cesárea, que tiene al menos dos milenios de existencia)… y criarlo. Ella. No la madre, ni la suegra, ni la niñera, ni la chica que la “ayuda” porque tiene que trabajar. Eso también forma parte de la maternidad.
A la institución de la adopción, fácilmente trocada en la compra de niños, y de la cual solo se diferencia por la ausencia de la transacción, se suman los adelantos tecnológicos y el corrimiento de la línea ética: la concepción in vitro, la fertilización asistida, el alquiler de vientres, los bancos de semen. Todos ellos permiten saltear uno o varios de aquellos pasos y vuelven realidad la fantasía infantil: la concepción sin coito, la maternidad sin embarazo.
Claro que nadie habla de inmadurez psíquica ni –salvo la compra explícita de bebés– objeta estas prácticas. Se trata simplemente de instinto maternal.

Branding

Tengo un branding
en la cabeza
–encima de la oreja derecha–
que dice WRONG.
El cráneo fue tallado
y la piel se adhirió
al bajorrelieve.

Arriba, en la coronilla,
hay unos símbolos
–¿aztecas?, ¿extraterrestres?–
aún indescifrables.
(Kilómetros de piel marcada).

Será por eso que no quiero cortarme el pelo.

Fluidez (@ the psi)

–Yo puedo bancarme que alguien no me dé bola. Me banco que Clon DM no me dé bola, que la chica que viajaba en el 181 no me dé bola. Me banco que Carla Conte no me dé bola… Me banco cada “no”. Me abruma, sí, la unanimidad del “no”. Pero, bueno, si no me desea, si no quiere amamantarme, qué le voy a hacer, no me voy a enojar con ella…
–¿Amamantar?
–Sí. Me cabe la lluvia blanca.
–…
–Y la dorada, también.
–…
–Tengo una cosa con los fluidos…
–Con la fluidez.

Mojo

Carla Conte, sus tetas y su panza visitaban el programa de Rozín. Él, tan agudo como de costumbre, le preguntó qué característica de su marido/novio no quería que heredara su primogénita, y Carlita respondió al instante: “¡¡Ese bipolar de mierda!!”. Antes de que el conductor dijera algo, suavizó: “Pero lo amo con todo mi corazón”, y agregó que seguramente no lo querría si él no fuese así; pero que en un momento está allá arriba, muy demostrativo y amoroso, y al rato, de pésimo humor, intratable.
La escucho y me acuerdo de algo que ya sé: no importa que uno sea el mejor que pueda ser porque siempre hay otro mejor que uno. Pero, en realidad, se trata de otra cosa, de algo que pertenece a otra dimensión, y que lo tenés o no. La terminología del blues lo llama “mojo”.
Ellas pueden reconocerlo. Lo saben, lo intuyen. Y entonces vienen preacabadas.
Después, el chabón hace lo suyo, y acaban como una catarata (y van a contárselo a su mejor amiga). Esos orgasmos no son producto exclusivo del garche: comenzaron antes, con la mirada, con la presencia del tipo; cuando se subyugó y vio en él al macho hipervital y poderoso que encastra con la imagen mental que tiene, o que la eleva a un nivel superior.
No estoy adentro de Carla (¡ya lo querría!), no sé qué le pasa con su novio, ni tampoco sé a qué llama amor. Así que no sé si es su caso; pero hay –mucha– gente que confunde buena cama con amor. Y eso le compensa todas las cosas insoportables del otro. Viene un tipo, te coge bien; viene una mina, te entrega el orto, y te enamorás. Hay piel y creés que es otra cosa. Más grosa según sus valores. Tomatelas.
Igual, todo bien con eso si podés reconocerlo. Es mejor que engancharte con un re buen pibe, con alguien que haya podido construir el chamuyo y la cáscara que lo lleva, más o menos arduamente, al fuego, pero que nunca va a poder hacerte acabar como una perra en celo. Es mejor que estar con una mina que no puede competir con Manuela. Es mejor que tener que coger con alguien que no puede hacerte olvidar que te estás perdiendo algo.
Es mucho mejor que encontrarse con el personaje de la canción de Lily Allen, que la trata bien, le dice que la quiere, se preocupa por ella, la hace sentir bien –y ella sabe que no conoció a otro chabón así, que los demás parecen unos boludos comparados con él–, pero que no dura nada en la cama…
Algunos, sin embargo, creen que a partir de ese buen sexo, de ese presunto amor, pueden construir una historia (familia, lo llamarán ellos), irse a vivir juntos, tener hijos, bancarse a los hijos del matrimonio anterior…
Todo porque su pija te ensancha la conchita hasta que no queden pliegues, idiota, todo porque hace tope un milímetro antes de que te duela. Y eso te lleva a suspender el casting que hacés para encontrar al coprotagonista del guion que ya aceptaste para tu vida (lo que llamás “proyectos”), y te empecinás en que sea él.
A menudo tengo que oír las discusiones de algunos que viven en esa confusión, el vozarrón casi cuarentón con inflexiones adolescentes de él, la voz chillona y quejosa de ella, y, un rato después, el rítmico zarandeo de la cama sobre mi cabeza, que anuncia la nueva reconciliación. Porque es así: toda diferencia se salda entre las sábanas. Hasta la próxima, inminente, diferencia.

Cambio de roles

Habla con el operario:
–¿En cuánto me lo dejás?
–En 350.

Al rato, habla con la esposa.
–Aceptó hacerlo por 350.

Sueño que ella vendrá

Por unos días, mi ritmo circadiano encontró cierta cohesión. Claro que tengo que irme a dormir a las cinco o seis de la tarde, y que ayuda que estos hayan sido los días en que el vecino de arriba viene cerca de las once. Pronto volveremos a la enfermante normalidad de dormir a pedacitos.
La cosa es que ayer empecé durmiendo para el orto. Primero me desperté ahogado un par de veces, incluso medio taquicárdico. Después, casi transpirado por las frazadas. Después, no sé por qué. Tipo diez y media me levanté para hacer pis, y aproveché para bajar la persiana. El retorno del calorcito, cuando lo sentí en la ventana, me hizo flashear, aun semidormido, y me dije: “¡Qué buena noche para no estar durmiendo!”.
Me acomodé de nuevo en la cama como una momia, boca arriba, con las manos en el pecho y los tapones en los oídos, para evitar que la llegada del vecino impetuoso me sobresaltara. A la despertada siguiente, o a la otra, tipo doce, me saqué los tapones, y finalmente pude dormir de costado. Expuesto al crujir de la estropeada cama de Johnny Noisemaker, que sufre no solo cuando garcha, sino cuando se da vuelta y cuando se acuesta o se levanta. Expuesto al ruido, sí, pero más cómodo.
Como no hacía frío, saqué el brazo de la cobija y lo doblé de modo que una parte de mi cabeza quedara sobre él y otra parte, sobre la almohada; y la mano, en mi cabeza. Y me dormí en mi posición preferida.
Casi cada despertada me hacía recordar, aunque fuera brevemente, detalles de lo que había soñado. Detalles que no retuve, salvo aquellos que remiten a cierta ansiedad que no me deja ni cuando duermo: ramos de romero, un lavarropas roto, una chica embarazada y su compañera de trabajo; La Muerta, muerta, o catatónica, sentada en un sillón, con cara de espanto, y yo despertándome en un grito al no conseguir que reaccione.
Hasta que Palo Pandolfo se metió en mi sueño y tocó “Estaré”. Y soñé que me despertaba y cantaba el estribillo. Agitando el brazo, tal vez sentado en la cama, con una luz leve, más cálida que la del analizador de espectro del equipo, iluminando esa parte de mi cuarto.
Parece que el chabón tenía muchas ganas de tocar, porque después invitó a Alejandro Varela y pelaron una versión impresionante de “Ella vendrá”. ¡No sabés cómo sonaba esa viola! Parecía que estaba enchufada de la consola a mi cerebro.
Nunca sabré si lo soñé, pero sentía mi mano, la yema de los dedos, marcando el ritmo con golpecitos en la cabeza. Lo más probable es que lo haya soñado, porque estaba en tempo, y yo tengo menos ritmo que el electro de un cadáver.
Habían hecho la mejor reunión de Don Cornelio que podían hacer, y solo para mí. Después hablaron de mi blog, pero eso se lo habrá comentado la chica de la boletería, la vez pasada.
Palo, persistente, volvió una vez más. Llegó tarde al boliche, demorado por la lluvia, con la acústica al hombro. Yo estaba acompañado esa vez.
Antes de que empezara el show me desperté sonriendo.
El mejor sueño en años.

Espejos

Escribite en la tabla de tu cama que te merecés estar bien; si no ser feliz todo el tiempo como jugando con tu sobrino, que te merecés paz.
Y ojalá la vayas encontrando para que no sean solo palabras bienintencionadas, sino que la propia realidad te la vaya dando, te lo vaya demostrando. Y realimentando.

Dilema facebookiano

Googleo a alguien, a la doctora R03: la encuentro en Facebook y tengo ganas de escribirle, de intentar la comunicación y decirle “estuvo bueno lo que hiciste, ayudó, me hizo sentir mejor”. O, más asépticamente, crear un usuario falso y avisarle: “En este blog hablan –bien– de vos”.
Lo más probable es que le chupe un huevo. Además, yo no soy quien escribe: esto es todo ficción, una ficción mosaica creada por un personaje multicefálico, y explicarle eso sería un engorro. O que lea ciertas cosas… No tengo ganas de exponerme ante quien no soy anónimx. Va contra la ideología de este blog. Y hace chirriar mi vergüenza.
Busco a otra persona, de nombre más común. Encuentro a alguien cuya foto, por lo lejano de la toma y por los anteojos oscuros que tiene, no me permite identificarla. ¿Le escribo y le pregunto si es ella? ¿Le escribo o no le escribo? ¿Si no es? ¿Y si es? ¿Qué le digo? ¿Le digo quién soy? ¿Y si no se acuerda de mí? ¿Y si no tiene el recuerdo que yo tengo de ella? ¿Si aquel momento de empatía que para mí es un hito para ella no es ni un recuerdo?
Mejor no.
Me resulta incómodo y hasta urticante meterme en la vida ajena, caer de golpe, de la nada. Aunque hayan abierto la puerta del Facebook. Porque se supone que esperás que te encuentre un compañero de colegio, un amigo de la infancia, y no alguien tan descolgado. Porque ya lo hice, sin tecnología, y fui molesto siempre. Y fue un bajón. Un dolor.
Además, la palabra “amigo” me distancia. No quiero ofrecerme como amigo. Quiero establecer una comunicación, reeditar la empatía…
Y las imágenes de sus amigos me intimidan. Me hacen sentir afuera. No es entre ella y yo, como la conocí, sino con todos los demás.
No. Mejor no.