No todos tenemos plata para pagar la cuota del gimnasio (y correr aburridamente en la cinta), no todos tenemos la energía constante o el tiempo o las ganas para correr con una frecuencia preestablecida, los días tal y tal a la hora tal. Entonces, cuando concurren las condiciones necesarias, vamos a correr a la plaza. A la que tenemos cerca.
Y correr en la plaza es un decir. Primero, porque las plazas macristas cierran a las ocho de la tarde en noviembre (y a las nueve en verano...). Después, porque hay gente que, razonablemente, realiza otras actividades. Y hay niños, hay perros, hay carritos de bebé, hay viejos, hay bicicletas, hay caca de perro...
Entonces, para evitarlos, uno corre por la vereda; pero allí, además de todo aquello, y del horrible cemento alisado de las veredas nuevas, hay, razonablemente, transeúntes. Transeúntes que caminan a diferentes velocidades, en sus propios mundos, en distintas direcciones. Y uno debe esquivarlos, cambiando el ritmo de la marcha, cambiando la dirección, frenando, deteniéndose casi en seco, casi a cero; haciendo sonar la llave como si fuese un cencerro o una bocina para llamar su atención y conseguir paso.
Mientras corro, o mientras miro correr desde la ventanilla del bondi, me pregunto por qué las remodelaciones de las plazas macristas no incluyen un circuito pedestre para que podamos correr sin ir a los bosques de Palermo o no sé a qué otro lugar lejano e inhóspito.
Si se diseñan espacios para los omnipresentes perros –espacios que no se respetan, y cuyo irrespeto redunda en la algazara de canes sin correa ni bozal y con los esfínteres deseosos de liberación–; digo, si hay caniles, ¿por qué mierda no hay un lugar para correr? ¿Eh? ¿Porque los perros son más importantes que las personas? ¿Es por eso? ¿Es por eso, la puta que lo parió?
domingo, 31 de enero de 2010
Autoimposición de manos
Reparé en el gesto, en su repetición, en la sensación de mis manos en el pecho –en las leves variantes de la posición que toman–, últimamente. Desde que casi a diario duermo con tapones en los oídos buscando amortiguar los sonidos invasores que provienen de los departamentos cercanos.
Tengo que dormir boca arriba porque si giro y quedo de costado, lo que me resultaría mucho más cómodo, me clavo dolorosamente los tapones. Y duermo como una momia, entonces. (Unas horas, porque, finalmente, el cuerpo necesita relajarse, dejar de lado la tensión de una posición obligada y abandonarse a una mayor inconsciencia, a un poco de descanso profundo. De hecho, a veces me quito los tapones dormido, o me despierto con ellos –al menos, con uno de ellos– en la mano sin recordar cuándo ni cómo me los saqué).
En esa posición que me resulta antinatural, tengo que reacomodar todo el cuerpo, buscar un lugar cómodo para los brazos, una torsión de la columna que evite forzar la espalda hasta el dolor lumbar, un ladeamiento de la cabeza que no agarrote aún más el cuello.
Los brazos suelen quedar a los costados del cuerpo, pero generalmente una mano termina apoyándose sobre el pecho. La palma abierta, a veces toda sobre el esternón; a veces una parte, la del dedo gordo, sobre el hueso y otra sobre el lugar donde el torso se ablanda (que tal vez se llame ángulo de Louis); a veces más a la izquierda, a veces más a la derecha; a veces, la izquierda; a veces, la derecha.
Pensaba alguna vez en que quizá hubiera una intención de aplacar, de calmar el movimiento interno, de evitar que las moléculas de mi pecho, de todo mi interior, se disgreguen, de procurar mantenerlas unidas con el campo magnético de mi mano. O de buscar en una mano abierta cierta calma y serenidad que faciliten el descanso.
Pero no ocurre sólo cuando duermo. A veces, varias veces, por la calle, caminando, me descubro con la mano sobre el pecho. No importa si ando en cueros o si tengo puesta una remera: me toco el pecho, como las embarazadas se tocan la panza, como sujetándolo, y noto que presiono un poco con la parte superior de la palma, casi donde comienzan los dedos.
(Otras veces, pocas, creo que cuando tengo pilas, la mano va más arriba, y algunos dedos se apoyan en el cuello. Si tengo poca energía, en cambio, la parte opuesta a los nudillos casi no hace contacto, y la presión queda en las yemas de los dedos, casi en las uñas; en el borde de la mano –en la continuidad del meñique–, que suele apoyarse en el comienzo de la busarda, y en algún músculo del antebrazo, que se tensa como si me aferrara a mí mismo).
Y entonces, en la calle, donde uno está más descontenido que en su cama, pienso que tal vez lo que busco es recordarme dónde termino, que tengo un límite físico, y que si lo tengo es porque existo.
O capaz que es más simple, que es para no perder del todo la memoria, para acordarme de cómo es una mano tocándome.
Tengo que dormir boca arriba porque si giro y quedo de costado, lo que me resultaría mucho más cómodo, me clavo dolorosamente los tapones. Y duermo como una momia, entonces. (Unas horas, porque, finalmente, el cuerpo necesita relajarse, dejar de lado la tensión de una posición obligada y abandonarse a una mayor inconsciencia, a un poco de descanso profundo. De hecho, a veces me quito los tapones dormido, o me despierto con ellos –al menos, con uno de ellos– en la mano sin recordar cuándo ni cómo me los saqué).
En esa posición que me resulta antinatural, tengo que reacomodar todo el cuerpo, buscar un lugar cómodo para los brazos, una torsión de la columna que evite forzar la espalda hasta el dolor lumbar, un ladeamiento de la cabeza que no agarrote aún más el cuello.
Los brazos suelen quedar a los costados del cuerpo, pero generalmente una mano termina apoyándose sobre el pecho. La palma abierta, a veces toda sobre el esternón; a veces una parte, la del dedo gordo, sobre el hueso y otra sobre el lugar donde el torso se ablanda (que tal vez se llame ángulo de Louis); a veces más a la izquierda, a veces más a la derecha; a veces, la izquierda; a veces, la derecha.
Pensaba alguna vez en que quizá hubiera una intención de aplacar, de calmar el movimiento interno, de evitar que las moléculas de mi pecho, de todo mi interior, se disgreguen, de procurar mantenerlas unidas con el campo magnético de mi mano. O de buscar en una mano abierta cierta calma y serenidad que faciliten el descanso.
Pero no ocurre sólo cuando duermo. A veces, varias veces, por la calle, caminando, me descubro con la mano sobre el pecho. No importa si ando en cueros o si tengo puesta una remera: me toco el pecho, como las embarazadas se tocan la panza, como sujetándolo, y noto que presiono un poco con la parte superior de la palma, casi donde comienzan los dedos.
(Otras veces, pocas, creo que cuando tengo pilas, la mano va más arriba, y algunos dedos se apoyan en el cuello. Si tengo poca energía, en cambio, la parte opuesta a los nudillos casi no hace contacto, y la presión queda en las yemas de los dedos, casi en las uñas; en el borde de la mano –en la continuidad del meñique–, que suele apoyarse en el comienzo de la busarda, y en algún músculo del antebrazo, que se tensa como si me aferrara a mí mismo).
Y entonces, en la calle, donde uno está más descontenido que en su cama, pienso que tal vez lo que busco es recordarme dónde termino, que tengo un límite físico, y que si lo tengo es porque existo.
O capaz que es más simple, que es para no perder del todo la memoria, para acordarme de cómo es una mano tocándome.
jueves, 14 de enero de 2010
¡Estás de vacaciones, pelotudo!
Hay gente tan infeliz que aun estando de vacaciones se levanta a las 8 de la mañana. Que un domingo, o un feriado, no llega a las 9 durmiendo. Ese no es el problema, en realidad. Lo insoportable es que todos los demás nos enteremos de que se levantaron. Y entonces la cuestión no se limita a un domingo o a un día de vacaciones, sino que se extiende a cada vez que nos participan de su vida.
La voz tenebrosa del vecino X me sobresalta tajeando el aire calmo de la primera mañana al escapar por el ventanal abierto. Apenas son las 8 de un día de verano, y se mete en mi pieza, en mi cama, en mi cabeza con palabras sobre su viaje a Córdoba y las rutas inundadas.
Un rato después es su mano violenta la que me despierta estremecido cuando golpea la pared. La onda expansiva recorre un par de pisos, hasta donde se transforma en mi pared. A los golpes les siguen palabras. “¡Despierténse, carajo!”, “¡vamos, arriba!”, “son las 9” (¡mentira!, ¡son menos diez!), “¡abran los ojos, carajo!”. Golpes y palabras son la bienvenida al nuevo día que les da a sus pequeños hijos, de 12 y 8 años.
Está de vacaciones, pero su deber ser no descansa. Y su ser profundo, tampoco. No está enojado, no se le amontonan las palabras en la mandíbula ni amenaza con romperle la boca a su hija de 8 años. Seguramente extraña el trato con las veinticinco personas que tiene a su cargo en el laburo, y se dedica full time a los chicos.
Ellos reproducirán sus formas un rato después, como todos los días, como todas las vacaciones, como todo el año.
La voz tenebrosa del vecino X me sobresalta tajeando el aire calmo de la primera mañana al escapar por el ventanal abierto. Apenas son las 8 de un día de verano, y se mete en mi pieza, en mi cama, en mi cabeza con palabras sobre su viaje a Córdoba y las rutas inundadas.
Un rato después es su mano violenta la que me despierta estremecido cuando golpea la pared. La onda expansiva recorre un par de pisos, hasta donde se transforma en mi pared. A los golpes les siguen palabras. “¡Despierténse, carajo!”, “¡vamos, arriba!”, “son las 9” (¡mentira!, ¡son menos diez!), “¡abran los ojos, carajo!”. Golpes y palabras son la bienvenida al nuevo día que les da a sus pequeños hijos, de 12 y 8 años.
Está de vacaciones, pero su deber ser no descansa. Y su ser profundo, tampoco. No está enojado, no se le amontonan las palabras en la mandíbula ni amenaza con romperle la boca a su hija de 8 años. Seguramente extraña el trato con las veinticinco personas que tiene a su cargo en el laburo, y se dedica full time a los chicos.
Ellos reproducirán sus formas un rato después, como todos los días, como todas las vacaciones, como todo el año.
Descoordinados
Era como la tercera vez que salíamos juntos de cursar, charlando, y encarábamos por una calle para doblar y doblar, y terminar yendo para el otro lado. Caminábamos lentamente, más a lo ancho de la vereda que a lo largo, entorpeciendo el paso de los apurados transeúntes de Córdoba casi al mediodía.
La fruta amenazaba con pudrirse en el árbol, pero en un semáforo pude repentizar de esa forma que repentizo a veces, que nunca sé si está bueno lo que digo o si es una gilada cósmica: “¿Es acá cuando tengo que comerte la boca?”. Su primera respuesta gestual, que interpreté de estupefacción, me hizo pensar que le había parecido una boludez irrecuperable; pero ella también repentizó: “Te la puedo comer yo a vos”.
Las bocas, sonrientes, se acercaron, y, por la ansiedad o por la sonrisa, el primer contacto fue el de nuestros dientes chocándose.
Un rato después, los cuerpos mediante, volvimos a ejercitar la descoordinación.
Definitiva, fatalmente.
La fruta amenazaba con pudrirse en el árbol, pero en un semáforo pude repentizar de esa forma que repentizo a veces, que nunca sé si está bueno lo que digo o si es una gilada cósmica: “¿Es acá cuando tengo que comerte la boca?”. Su primera respuesta gestual, que interpreté de estupefacción, me hizo pensar que le había parecido una boludez irrecuperable; pero ella también repentizó: “Te la puedo comer yo a vos”.
Las bocas, sonrientes, se acercaron, y, por la ansiedad o por la sonrisa, el primer contacto fue el de nuestros dientes chocándose.
Un rato después, los cuerpos mediante, volvimos a ejercitar la descoordinación.
Definitiva, fatalmente.
Alma de gorda
Después de un par de cosas que no me salieron bien, que me salieron mal, que me salieron como siempre, terminé en la panadería, comprándome media docena de sánguches de miga; en el súper, aprovechando las ofertas en cervezas, o en la heladería, comprándome un cuarto, y un rato después otro cuarto más.
Y descubrí mi alma de gorda que busca en el morfi un paliativo para la frustración.
Después me acordé de cuando, postadolescente, me reventaba una buena parte programada de mi sueldo en una rotation ansiosa por disquerías comprándome CDs nuevos.
Y comprobé con amargura que en realidad tengo alma de consumista.
Y descubrí mi alma de gorda que busca en el morfi un paliativo para la frustración.
Después me acordé de cuando, postadolescente, me reventaba una buena parte programada de mi sueldo en una rotation ansiosa por disquerías comprándome CDs nuevos.
Y comprobé con amargura que en realidad tengo alma de consumista.
Porro
Todos insisten en que la marihuana produce pérdida de memoria.
Voy a tener que conseguir faso, entonces. Para olvidarme de todo lo que me acuerdo. Y de lo que no me acuerdo también, porque me signa desde su intangibilidad, desde su invisibilidad, desde mi profundo e insondable más allá.
Pedro Juan Caballero va a quedar desforestada, me parece.
Voy a tener que conseguir faso, entonces. Para olvidarme de todo lo que me acuerdo. Y de lo que no me acuerdo también, porque me signa desde su intangibilidad, desde su invisibilidad, desde mi profundo e insondable más allá.
Pedro Juan Caballero va a quedar desforestada, me parece.
“El amante de Bárbara La Mar”
Al iluminarse en la tiniebla la pantalla de un cine de barrio, el piano asmático y sin recursos carraspea un vals del que ya solo los viejos se acuerdan. Clavado en su butaca por una ingénita pereza, el cansancio de Máximo Pérez abre su alforja como un bostezo para guardar la provisión de sueño, lubrificante espiritual que lo arrastra hacia el suicidio del olvido.
Cuatro linternas rojas, como cuatro manchas de sangre, cuelgan en las sombras protectoras de ingenuidades, respirando débilmente.
Por primera vez, los ojos de Máximo Pérez, extenuados de filmar monotonías en las horas tristes como una agencia de colocación, fijan su media luz en la tela habitada del cinematógrafo.
Bárbara La Mar le sonríe desde el silencio, y la mirada del pobre Máximo Pérez se empaña de agradecimiento.
En un instante se torna creyente. No hay duda, es a él, anónima unidad inadvertida en la sala, a quien Bárbara La Mar ampara con el ademán sereno de sus ojos tan negros como la fatalidad que la llevó de la mano hasta la muerte.
Nunca nadie lo ha mirado así.
Se hace la claridad y el telón blanco como un sudario amortaja la sonrisa de la actriz ausente.
Y entonces Máximo Pérez se extravía en las calles de la noche, apretando un pedazo de sol en el exhausto bolsillo de su alma.
–––––––––
La noche siguiente Bárbara La Mar le dio cita en otro cine. Y él acudió con el apresurado temor de llegar tarde.
Ahora está allí, en un número de la platea, impaciente por comenzar a vivir su extraño idilio. La cuerda de la nerviosidad lo levanta como a un muñeco de la butaca y lo obliga a girar la cabeza en dirección al foco del operador.
¡Cuánto demoran en apagar las luces!…
Ella estará esperando la oscuridad, detrás del telón blanco como un sudario. Y el miedo de que descubran el secreto que lo llevó a la esquina en sombras de la sección de cine enciende su cara pálida de fracasos.
Bárbara La Mar le arroja desde la pantalla la caridad de una sonrisa, y él cierra los ojos y la oculta fervorosamente en su corazón.
Pero en ese instante le tironea una protesta airada, y vuelve el rostro al sentir dos golpecitos en el hombro.
-Señor… el sombrero… ¿Quiere hacerme el favor?… No alcanzo a ver…
-Es cierto –tartamudea-, es cierto… No me había dado cuenta…
Se quita el sombrero y, amparando su azoramiento en la mirada de Bárbara La Mar, hilvana malhumorado y contento: “¡Torpe!… ¡Cómo si pudiera sonreírle a él!…”.
–––––––––
Bárbara La Mar rompió la soga de aburrimiento que estrangulaba su vida. Ya tiene la tabla de salvación que necesita el náufrago; ya tiene el trozo de sol para secar su alma mordida de humedad.
Sin embargo, Máximo Pérez sabe que Bárbara La Mar es una estampa.
Recién esa noche, después de haber recorrido inútilmente todos los cinematógrafos, cuando el cansancio retornó a su alma como un sobre, caminó por los muelles como un perro vagabundo, meditando en la tragedia de un amor irreal, de un amor sin consuelo.
Bárbara La Mar, que está en la pantalla, huyó al silencio definitivamente. Y él, pobre diablo en estado de suicidio, alimentó la locura de un amor muerto.
Su vida, anónima y triste como la del emigrado de un cariño, ya no tiene remedio. El frío de su pieza de hotel que lo vio llorar, el frío de las sábanas que se emocionaron con sus lágrimas, se filtró en su cuerpo y en su espíritu.
Nunca nadie le dijo una palabra cordial. Necesitó crearse un dolor para vivir, y ahora lo asesinaba el dolor de sentirse desahuciado de la esperanza. Había maniatado su alma y se entregaba a la fatalidad con su resistencia despedazada por una fuerza extraña.
–––––––––
Máximo Pérez pasea a lo largo del muelle y sus ojos se clavan en las luces de las boyas que parpadean en la espalda del Riachuelo como las cuatro manchas rojas de las linternas colgadas en las sombras de la sección de cine.
Se ha detenido en el descanso de una vista y escucha dar las doce en el reloj de su corazón.
Bárbara La Mar resucita enfocada en un rayo de luna, y entonces Máximo Pérez sumerge su vida aburrida en las aguas turbias del Riachuelo.
(“El amante de Bárbara La Mar” * Enrique González Tuñón)
Cuatro linternas rojas, como cuatro manchas de sangre, cuelgan en las sombras protectoras de ingenuidades, respirando débilmente.
Por primera vez, los ojos de Máximo Pérez, extenuados de filmar monotonías en las horas tristes como una agencia de colocación, fijan su media luz en la tela habitada del cinematógrafo.
Bárbara La Mar le sonríe desde el silencio, y la mirada del pobre Máximo Pérez se empaña de agradecimiento.
En un instante se torna creyente. No hay duda, es a él, anónima unidad inadvertida en la sala, a quien Bárbara La Mar ampara con el ademán sereno de sus ojos tan negros como la fatalidad que la llevó de la mano hasta la muerte.
Nunca nadie lo ha mirado así.
Se hace la claridad y el telón blanco como un sudario amortaja la sonrisa de la actriz ausente.
Y entonces Máximo Pérez se extravía en las calles de la noche, apretando un pedazo de sol en el exhausto bolsillo de su alma.
–––––––––
La noche siguiente Bárbara La Mar le dio cita en otro cine. Y él acudió con el apresurado temor de llegar tarde.
Ahora está allí, en un número de la platea, impaciente por comenzar a vivir su extraño idilio. La cuerda de la nerviosidad lo levanta como a un muñeco de la butaca y lo obliga a girar la cabeza en dirección al foco del operador.
¡Cuánto demoran en apagar las luces!…
Ella estará esperando la oscuridad, detrás del telón blanco como un sudario. Y el miedo de que descubran el secreto que lo llevó a la esquina en sombras de la sección de cine enciende su cara pálida de fracasos.
Bárbara La Mar le arroja desde la pantalla la caridad de una sonrisa, y él cierra los ojos y la oculta fervorosamente en su corazón.
Pero en ese instante le tironea una protesta airada, y vuelve el rostro al sentir dos golpecitos en el hombro.
-Señor… el sombrero… ¿Quiere hacerme el favor?… No alcanzo a ver…
-Es cierto –tartamudea-, es cierto… No me había dado cuenta…
Se quita el sombrero y, amparando su azoramiento en la mirada de Bárbara La Mar, hilvana malhumorado y contento: “¡Torpe!… ¡Cómo si pudiera sonreírle a él!…”.
–––––––––
Bárbara La Mar rompió la soga de aburrimiento que estrangulaba su vida. Ya tiene la tabla de salvación que necesita el náufrago; ya tiene el trozo de sol para secar su alma mordida de humedad.
Sin embargo, Máximo Pérez sabe que Bárbara La Mar es una estampa.
Recién esa noche, después de haber recorrido inútilmente todos los cinematógrafos, cuando el cansancio retornó a su alma como un sobre, caminó por los muelles como un perro vagabundo, meditando en la tragedia de un amor irreal, de un amor sin consuelo.
Bárbara La Mar, que está en la pantalla, huyó al silencio definitivamente. Y él, pobre diablo en estado de suicidio, alimentó la locura de un amor muerto.
Su vida, anónima y triste como la del emigrado de un cariño, ya no tiene remedio. El frío de su pieza de hotel que lo vio llorar, el frío de las sábanas que se emocionaron con sus lágrimas, se filtró en su cuerpo y en su espíritu.
Nunca nadie le dijo una palabra cordial. Necesitó crearse un dolor para vivir, y ahora lo asesinaba el dolor de sentirse desahuciado de la esperanza. Había maniatado su alma y se entregaba a la fatalidad con su resistencia despedazada por una fuerza extraña.
–––––––––
Máximo Pérez pasea a lo largo del muelle y sus ojos se clavan en las luces de las boyas que parpadean en la espalda del Riachuelo como las cuatro manchas rojas de las linternas colgadas en las sombras de la sección de cine.
Se ha detenido en el descanso de una vista y escucha dar las doce en el reloj de su corazón.
Bárbara La Mar resucita enfocada en un rayo de luna, y entonces Máximo Pérez sumerge su vida aburrida en las aguas turbias del Riachuelo.
(“El amante de Bárbara La Mar” * Enrique González Tuñón)
martes, 29 de diciembre de 2009
Felicidades
Pan dulce en Nochebuena… No. (Y qué bueno que al menos no hubo el humillante pan dulce del año pasado, o del anteaño, que no tenía pasas, ni frutos secos, ni nada, salvo cinco trocitos de frutas abrillantadas). Sanguchitos de miga en el cumpleaños… Tampoco. Regalos en Navidad, cero. Regalos en el cumple, cero. Llamados relevantes, nop. (¡Ey!, los relevantes ocurren a menudo, no un día por año) .
El 24 a la noche me voy a dar una vuelta por acá, huyendo del aire petrificado que se respira en casa para estas noches, del aire agitado que llega por las ventanas, que termina agitándome y haciendo que anhele lo que detesto. En el pasillo tengo que escuchar las gastadas palabras decembrinas en boca de vecinas cordiales que me saludan, me preguntan por mi familia, me desean felicidades y tienen el buen tino de no preguntarme dónde paso las fiestas.
Escucho esas palabras, como hace 3x años que las escucho, y ya no me suenan cada vez más vacías porque no hay espacio para más vacío. Igualmente, practico la cortesía –seguro que torpemente– y hasta trato de pronunciar alguna reciprocidad. Sé bien que no hay margen para decir nada de lo que pensaba comentar, para ver si me ven, en los lugares donde, iluso, creí que iba a poder estar en estos días… Aun así se me escapa –¡todo se me escapa!– un bufido irónico ante una pregunta de circunstancias que tengo ganas de contestar en serio aunque refuerce el statu quo y quede como un freak desubicado desequilibrado. El bufido es mi manera, incompleta, de decir algo yo. No importa si no les importa. Y al final no soy un salvaje diciendo todo ni un simulador 100% careta. Y quedo mal igual.
Cerca de las diez, la gente está viajando o llegando a su destino: niños excitados, viejas producidas, adultos con la satisfacción del polvo consumista en el ceño. Manos malabaristas se encargan de las fuentes, las botellas, los tuppers, los sacan con cuidado del asiento de atrás, del baúl, tocan el timbre mientras su dueño sostiene los presentes entre el pecho y la pared para liberarlas. Los equilibristas prefieren ir caminando, con las fuentes en la mano, con los regalos en las bolsas de cartón que anuncian la marca, con los chicos que se alejan y se acercan corriendo como un yoyó irritante. Otros hasta llevan al perro.
Los stops de los autos y las balizas remedan las luces de un árbol de Navidad en la avenida. Los linyeras que duermen bajo la autopista arman su asado en la vereda de la esquina. Alguien espera un bondi, y el bondi todavía pasa. Junto al portón del colegio, un homeless se desinfla sentado en un banquito, apoyado contra su carro de cartonero repleto.
Menos de una hora más tarde, retorno al mismo lugar, y no solo las calles interiores están desiertas. Por la avenida vienen no más de cinco autos cada vez que abre el semáforo, por la perpendicular un Ka cruza en rojo y casi me atropella…
Como peatón, encuentro la soledad de la madrugada en veredas y calzadas, pero desde las casas llegan sonidos únicos, que ningún otro día, a ninguna otra hora, se oyen con esa unanimidad. Salvo, claro, en exactamente una semana. Por las ventanas se ven mesas largas, fuentes, botellas de sidra, gente reunida, adornos encendiéndose y apagándose convulsivamente. Las voces viran al grito con facilidad, con insistencia. Rodrigo recuerda que es cordobés desde un balcón repetido, con un arbolito y una tele encendida asomando. El único bondi que pasa va totalmente vacío, y llegará a la terminal después de las 12.
En la esquina del colegio, un tipo que tal vez espera para cruzar me dice algo con dicción arrastrada. Le pregunto qué porque no entendí, y me desea felicidades, feliz Navidad, mientras lucha con el viento para prender su pucho. Le retribuyo el deseo. No le pregunto por qué me lo dice a mí, que camino con los brazos cruzados por el fresquete y para que el torso no se termine de derrumbar, y no al tipo mejor vestido y de paso más decidido que finalmente entra en el edificio que está antes de la cortada.
Enfrente, el homeless se acostó sobre unos cartones, pegado a la pared, cubierto por una cobija multicolor, la cabeza casi debajo del carro. Cerca del cordón hay unas galletitas redondas tiradas en la vereda. A veinte metros, una combi para en la estación de servicio a cargar nafta, y a veinte metros en otra dirección, el seguridad de la torre donde vive Clon de Emme apura su cena navideña mientras relojea los múltiples monitores.
Doce menos cuarto empiezan a sonar cada vez más cohetes, y hay que caminar mirando para todos lados porque algunos se disparan casi a ras del suelo, y otros, hacia arriba, y otros caen desde los balcones y las terrazas. Ya no da para más seguir yirando. El cansancio y el viento sur hicieron lo suyo. Tanta gente teniendo, también.
Me molesta la exhibición obscena de todo lo que parecen tener, de quienes lo tienen. Me pega mal. No porque desee especialmente lo que tienen: me la soban el arbolito que no tengo, la obligatoriedad de la alegría, la sociabilización compulsiva y toda esa parafernalia. Me molesta porque me recuerda lo que no tengo, porque me recuerda que las cosas pasan en otro lado, están pasando ahora, y yo estoy afuera. No estoy.
Y aunque me importe nada el árbol de Navidad, recojo un adorno que encuentro tirado en la vereda, y me choreo otro que se cayó del arbolito que pusieron en la entrada del edificio. No sé muy bien para qué, pero quedan por días en el alféizar de mi ventana, una bola brillante, azul, y una roja, opaca.
Me vuelvo a casa y me encuentro de nuevo con esos canelones insípidos que no tengo ganas de comer y con la misma realidad que dejé cuando me fui, que me dispara esta aplastante combinación neuroquímica. Si pudiera, a estos días les metería fast forward hasta agosto. (Y, la verdad, a veces creo que toda mi vida pasó en fast forward) .
Prendo la tele, y en TyC pasan un resumen de las jugadas espectaculares del año: golazos, patadones, pifias… La musicalización no es la que uno esperaría para esas imágenes, no es la que los medios te presentarían un 24/12. No pusieron “Walk of life” ni ningún rocangol argento: eligieron “People are strange”, de los Doors. Y lo que sonaba en mi cabeza ahora está en el aire.
El 24 a la noche me voy a dar una vuelta por acá, huyendo del aire petrificado que se respira en casa para estas noches, del aire agitado que llega por las ventanas, que termina agitándome y haciendo que anhele lo que detesto. En el pasillo tengo que escuchar las gastadas palabras decembrinas en boca de vecinas cordiales que me saludan, me preguntan por mi familia, me desean felicidades y tienen el buen tino de no preguntarme dónde paso las fiestas.
Escucho esas palabras, como hace 3x años que las escucho, y ya no me suenan cada vez más vacías porque no hay espacio para más vacío. Igualmente, practico la cortesía –seguro que torpemente– y hasta trato de pronunciar alguna reciprocidad. Sé bien que no hay margen para decir nada de lo que pensaba comentar, para ver si me ven, en los lugares donde, iluso, creí que iba a poder estar en estos días… Aun así se me escapa –¡todo se me escapa!– un bufido irónico ante una pregunta de circunstancias que tengo ganas de contestar en serio aunque refuerce el statu quo y quede como un freak desubicado desequilibrado. El bufido es mi manera, incompleta, de decir algo yo. No importa si no les importa. Y al final no soy un salvaje diciendo todo ni un simulador 100% careta. Y quedo mal igual.
Cerca de las diez, la gente está viajando o llegando a su destino: niños excitados, viejas producidas, adultos con la satisfacción del polvo consumista en el ceño. Manos malabaristas se encargan de las fuentes, las botellas, los tuppers, los sacan con cuidado del asiento de atrás, del baúl, tocan el timbre mientras su dueño sostiene los presentes entre el pecho y la pared para liberarlas. Los equilibristas prefieren ir caminando, con las fuentes en la mano, con los regalos en las bolsas de cartón que anuncian la marca, con los chicos que se alejan y se acercan corriendo como un yoyó irritante. Otros hasta llevan al perro.
Los stops de los autos y las balizas remedan las luces de un árbol de Navidad en la avenida. Los linyeras que duermen bajo la autopista arman su asado en la vereda de la esquina. Alguien espera un bondi, y el bondi todavía pasa. Junto al portón del colegio, un homeless se desinfla sentado en un banquito, apoyado contra su carro de cartonero repleto.
Menos de una hora más tarde, retorno al mismo lugar, y no solo las calles interiores están desiertas. Por la avenida vienen no más de cinco autos cada vez que abre el semáforo, por la perpendicular un Ka cruza en rojo y casi me atropella…
Como peatón, encuentro la soledad de la madrugada en veredas y calzadas, pero desde las casas llegan sonidos únicos, que ningún otro día, a ninguna otra hora, se oyen con esa unanimidad. Salvo, claro, en exactamente una semana. Por las ventanas se ven mesas largas, fuentes, botellas de sidra, gente reunida, adornos encendiéndose y apagándose convulsivamente. Las voces viran al grito con facilidad, con insistencia. Rodrigo recuerda que es cordobés desde un balcón repetido, con un arbolito y una tele encendida asomando. El único bondi que pasa va totalmente vacío, y llegará a la terminal después de las 12.
En la esquina del colegio, un tipo que tal vez espera para cruzar me dice algo con dicción arrastrada. Le pregunto qué porque no entendí, y me desea felicidades, feliz Navidad, mientras lucha con el viento para prender su pucho. Le retribuyo el deseo. No le pregunto por qué me lo dice a mí, que camino con los brazos cruzados por el fresquete y para que el torso no se termine de derrumbar, y no al tipo mejor vestido y de paso más decidido que finalmente entra en el edificio que está antes de la cortada.
Enfrente, el homeless se acostó sobre unos cartones, pegado a la pared, cubierto por una cobija multicolor, la cabeza casi debajo del carro. Cerca del cordón hay unas galletitas redondas tiradas en la vereda. A veinte metros, una combi para en la estación de servicio a cargar nafta, y a veinte metros en otra dirección, el seguridad de la torre donde vive Clon de Emme apura su cena navideña mientras relojea los múltiples monitores.
Doce menos cuarto empiezan a sonar cada vez más cohetes, y hay que caminar mirando para todos lados porque algunos se disparan casi a ras del suelo, y otros, hacia arriba, y otros caen desde los balcones y las terrazas. Ya no da para más seguir yirando. El cansancio y el viento sur hicieron lo suyo. Tanta gente teniendo, también.
Me molesta la exhibición obscena de todo lo que parecen tener, de quienes lo tienen. Me pega mal. No porque desee especialmente lo que tienen: me la soban el arbolito que no tengo, la obligatoriedad de la alegría, la sociabilización compulsiva y toda esa parafernalia. Me molesta porque me recuerda lo que no tengo, porque me recuerda que las cosas pasan en otro lado, están pasando ahora, y yo estoy afuera. No estoy.
Y aunque me importe nada el árbol de Navidad, recojo un adorno que encuentro tirado en la vereda, y me choreo otro que se cayó del arbolito que pusieron en la entrada del edificio. No sé muy bien para qué, pero quedan por días en el alféizar de mi ventana, una bola brillante, azul, y una roja, opaca.
Me vuelvo a casa y me encuentro de nuevo con esos canelones insípidos que no tengo ganas de comer y con la misma realidad que dejé cuando me fui, que me dispara esta aplastante combinación neuroquímica. Si pudiera, a estos días les metería fast forward hasta agosto. (Y, la verdad, a veces creo que toda mi vida pasó en fast forward) .
Prendo la tele, y en TyC pasan un resumen de las jugadas espectaculares del año: golazos, patadones, pifias… La musicalización no es la que uno esperaría para esas imágenes, no es la que los medios te presentarían un 24/12. No pusieron “Walk of life” ni ningún rocangol argento: eligieron “People are strange”, de los Doors. Y lo que sonaba en mi cabeza ahora está en el aire.
Estados Unidos 1238
Demolieron un poco, e incluso hicieron una puerta a través del muro que linda con el lote contiguo; pintaron la fachada de blanco y pusieron un portón de hierro vidriado.
Ahora es un estacionamiento de la dependencia del GCBA que está al lado.
Asomarse a las ventanas del portón y tratar de reconocer algo a pesar de los reflejos en el vidrio es una visita autoguiada al pasado, una arqueología de nuestra juventud, es como armar un rompecabezas de recuerdos.
Ahora es un estacionamiento de la dependencia del GCBA que está al lado.
Asomarse a las ventanas del portón y tratar de reconocer algo a pesar de los reflejos en el vidrio es una visita autoguiada al pasado, una arqueología de nuestra juventud, es como armar un rompecabezas de recuerdos.
No tengo MP3 (y la música está en el aire… y en la cabeza)
Sobre el camino, de Gabo Ferro, cualquier atardecer de ventanillas abiertas yendo a Tierras Altas en el Belgrano, cuando cruza el río. O volviendo, de noche, tarde, en un vagón casi vacío, cuando el sonido ensordece al chocar el aire que desplaza el tren contra las barandas del puente.
Lonely days, de Mimi Maura, en Constitución y Castro, o Castro Barros, un anochecer de diciembre, hace un par de años, no más.
Lo mejor del amor, de Rodrigo, en la esquina de Saavedra y Humberto, un domingo a la tarde, esperando a F/Y, que hacía horas extras.
Gangsta’s Paradise, por Coolio, cada madrugada en el 126 yendo a PuTan. (¡Qué preciosa que era Michelle Pfeiffer! Qué linda que sigue siendo a los 50…).
Black dog, de Led Zeppelin, por Córdoba y San Martín, en el walkman de mi encarnación cadeta, hace mucho ya, en la esquina de un edificio al que iba siempre a llevar sobres. (Esa vez no llevaba nada: sólo iba a mear en el baño que había descubierto en ese piso).
El Blues de Cris, de Pescado Rabioso, entrando al colegio por ese largo pasillo que retornaba después de doblar. Ella iba delante de mí, ninguneándome como me ninguneó todo ese año, y entonces comprendí lo de “atado a mi destino / al borde del camino / volveré”.
Te quiero llevar, de Palo, en el 165, cuando el bondi le apuntaba al puente en Pompeya una tardecita nublada de este mes. Igual, yo no puedo llevar a nadie a ningún lado… (Hasta ahora no pude, al menos).
I’ll be your mirror, de la Velvet, en tu cabeza, leyéndome.
Lonely days, de Mimi Maura, en Constitución y Castro, o Castro Barros, un anochecer de diciembre, hace un par de años, no más.
Lo mejor del amor, de Rodrigo, en la esquina de Saavedra y Humberto, un domingo a la tarde, esperando a F/Y, que hacía horas extras.
Gangsta’s Paradise, por Coolio, cada madrugada en el 126 yendo a PuTan. (¡Qué preciosa que era Michelle Pfeiffer! Qué linda que sigue siendo a los 50…).
Black dog, de Led Zeppelin, por Córdoba y San Martín, en el walkman de mi encarnación cadeta, hace mucho ya, en la esquina de un edificio al que iba siempre a llevar sobres. (Esa vez no llevaba nada: sólo iba a mear en el baño que había descubierto en ese piso).
El Blues de Cris, de Pescado Rabioso, entrando al colegio por ese largo pasillo que retornaba después de doblar. Ella iba delante de mí, ninguneándome como me ninguneó todo ese año, y entonces comprendí lo de “atado a mi destino / al borde del camino / volveré”.
Te quiero llevar, de Palo, en el 165, cuando el bondi le apuntaba al puente en Pompeya una tardecita nublada de este mes. Igual, yo no puedo llevar a nadie a ningún lado… (Hasta ahora no pude, al menos).
I’ll be your mirror, de la Velvet, en tu cabeza, leyéndome.
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