viernes, 22 de agosto de 2008

Revalam

Camino por calles que llevo más de 16 años sin pisar. Pendiente de los perros, de los ratis, de los rochos, voy por la que corre junto a la vía. Pese a la paranoia, que me hace mirar para todos lados, y a la oscuridad –a la luz que no los ilumina– puedo percibir los árboles, que supongo pinos, altísimos, y los grillos suburbanos.
Cuando paso por la estación, veo su nombre desde la vereda. Desde allí se lee al revés. El del andén de enfrente, que debería leerse al derecho, no se ve: o lo tapa la estación, o pasa el tren, o me distrae la marcha pidiendo se gu ri da se gu ri da.
Me pregunto por qué fui: si únicamente porque se cumplen 17 años de que allí superé mi pánico invalidante o por/para otra cosa. Lo que entiendo es que en un lugar profundo de mí soy la misma persona de entonces.
Y me digo que sólo volveré el día que haya construido algo.
El día que pueda verlo al derecho.

11:39 ST 4°6

Doce menos veinte del mediodía del jueves. Llueve incansablemente y las sonoras ráfagas de viento hacen imaginar el ofri, ya no en la calle, sino a un metro, en el patio.
Y yo NO tengo que salir a la calle.
Y me encanta.
(Aunque el repiqueteo de pasos sobre mi cabeza me recuerda esa presencia funesta alterando el aire que me rodea y me impide disfrutar plenamente de la que quizá sea la última vez que podré no salir a la calle en esas condiciones).

Vértigo

Tengo vértigo. Me paralizan las alturas, en especial si no hay barandas altas, muy altas, de preferencia tan altas que formen un techo; en especial si los escalones carecen de la parte vertical entre peldaño y peldaño (que se llama contrahuella).
Sin embargo, no tuve ese desasosiego inmanejable cuando viajé en avión. Pero para cruzar el puente peatonal sobre la costanera… ¡me tenían que arrastrar! El mismo temor irracional lo padecí en el puente que cruza la 9 de Julio a la altura de Cochabamba, o en el que está sobre las vías del Sarmiento, a la altura de Bustamante (pero no en el de Billinghurst, ni en el de Mario Bravo, ni en otros como estos).
Incluso me he propuesto cruzarlos, y lo logré; pero sufrí tanto que la próxima vez elegí dar un rodeo, como siempre.
Supongo que el origen de esta fobia se remonta a cuando visitaba el departamento de mi abuela, que vivía en un noveno piso a la calle. Calculo que me habrán dicho: “Si salís al balcón, te vas a caer”, o alguna otra de esas amenazas que se les hacen a los niños y que los trauman de por vida.

8.8.91

El 78 llegó justo cuando me había bajado del otro bondi y aún no comenzaba a buscar dónde paraba. Tomé el que tenía que tomar (un 1114, interno 17), el del “cartel de Boca”, o azul o amarillo (el rojo no), y cuando cruzó un túnel, el único túnel que cruza, me bajé.
Apenas me asomé por la esquina, vi la torre de la antena, y supe que era ahí.
Después, no fue ahí, como no fue en ningún lugar.
Pero ese día fue importante.

A esta hora matan a las vacas

A esta hora matan a las vacas.
Enfiladas en el brete final,
para ellas no habrá una nueva madrugada.
Palpitan el mazazo, el golpazo: lo ven venir.

Retumban al caer
y ese sismo vacuno signa la zona.
Se atiborra con sus almas
ya sin cuerpo

y su energía
no se disipa:
se acumula
y pesa en la atmósfera.
Como el cadmio, como el cromo,
como el plomo
en el arroyo,
en el aire, en el suelo.
En las miradas.

A cualquier hora matan a la gente.
Y entonces los ojos se afilan,
buscan prever la bala,
el auto, el cuchillo.
Pero rápidamente se agotan,
y adormilan la realidad
en la hipnosis
de la tele y de la cumbia,
en el piercing en el bozo, en la ceja, en la nariz,
en el pelo teñido de amarillo huevo,
en el celular.

Más allá, resignifican la palabra barrio.
Por acá, La Paz es una paradoja.

El paso del tiempo en un pastillero

Hoy terminé de tomar los treinta comprimidos vitamínicos que me recetó el médico, a razón de uno por día. El frasquito naranja, su tapa con una torre Eiffel sobre una bandera ¿holandesa?, ¿luxemburguesa? (con los colores de Francia dispuestos equivocadamente), el algodón que los cubre, esa esperanzadora repetición nocturna solo sobrevivirán en este post.
El incesante vaciamiento, cada día una pastilla naranja menos, marca, impiadoso, el paso del tiempo. Fue ayer, hace un mes y medio, cuando me tomé el bondi en un largo viaje, como ayer, hace nueve años, la otra vez que mi cuerpo y mi cabeza no soportaron y me desarmaron la vida. De nuevo, como entonces, recurriendo a limosnas médicas, a favores y buenas voluntades carentes de empatía.
Lo venía palpitando. La necesidad de suspender el tiempo hasta que algo parezca mejorar hizo que dejara de tomarlas cuando quedaban una o dos; pero fue previsiblemente inútil. Empecinados en pantomimas y simulaciones, nos parece que el tiempo no pasa, pero en realidad no para.
No para, y me deja atrás, en el mismo lugar. Sólo que mucho más angustiado. Y sigo hecho mierda, sin recuperar mi peso ni mi energía, mal descansado, agotado por estos vecinos de mierda, cánceres caminantes, que avasallan y golpean con cada partícula de aire que desplazan.
(Si no digo vencido es porque no me van a vencer).
Fue ayer, hace cuatro meses, cuando quise contarlo, y sólo tuve hasta ahí. Y me angustié tanto que lloré. Igual, las lágrimas son un fetiche: la angustia corrosiva, con o sin llanto, me está socavando.
Ahora lo publico porque junté algunas palabras. Es lo único que cambió.

No se lo conté a nadie

Ayer fui a la óptica. (A propósito: en el camino vi cíbers que están cobrando 75 centavos los 15 minutos…). A la hora de pagar, miré todos los Rocas que tuve que sacar de la billetera, y hasta la chica, de empatía y verborragia profesionales, dijo “pusiste una cara…”. “No sabés cómo me duele”, le contesté, y traté de consolidar el diálogo diciéndole que aún no me habían pagado, pero tuve que intentarlo tres veces porque ella ya iba por el capítulo siguiente del manual del vendedor.
Por teléfono me dijeron que estos lentes son el nuevo modelo y duran un mes, y “te los dejamos al precio de los viejos, que duran quince días, y además los van a discontinuar y quedan pocos en stock”. Cuando llego, la chica me dice que la gente suele descartarlos a los 20 o 25 días, pero que no me los deje puestos mientras duermo. Recién en casa miro la cajita, y dice “8.7 - 14”, igual que los otros…
A la vuelta me agarró el diluvio. En Once, justo antes de que se largara, parecía una peli de efectos especiales: sobre la plaza, cerrada por reparaciones, con menos luces, y las paradas de colectivos semivacías, veía cómo se desperdigaban los rayos por un cielo violeta oscuro sin tener que alzar la vista.
Al cruzar Rivadavia noté que las suelas de las zapas, lo que queda de ellas, reanudaron su desprendimiento: ahora, atrás a la izquierda, y calculo que dieron sus hurras tras casi 11 años de acompañarme. (Y Adidas las reemplazó por otras que son una garcha de incómodas y cuestan mucho más).
Cuando el agua y el viento se me hicieron fragosos, me guarecí, junto a una trabajadora sexual (cuyos cromosomas no pude identificar a simple vista), bajo el toldo de una pizzería. Rápidamente, ella siguió su rumbo, tal vez para subirse a un auto que paró allí.
Yo esperé, aunque la cosa no mejoraba. Tras un par de cambios de semáforos, el agua empezó a acercarse a los cordones, y entones decidí continuar mi viaje, temiendo que la incipiente inundación se consolidara. Mala decisión.
A las tres cuadras, oigo un ruido distinto: el reflejo me lleva a mirar a mi alrededor, a donde lo sentí, y en una vereda sin baldosas de ese barrio mugriento lleno de peruanos veo desparramados el folleto de los lentes, las revistas de Farmacity que le había juntado a mi encarnación cartonera y las cajitas de los lentes. Y el neceser azul con el limpiador. Y el seguro.
La bolsita de cartón se desfondó, y me quedé con ella en la mano, vacía. Rescaté los lentes, de pedo reparé en el limpiador –al que no había registrado porque fue un “obsequio”–, y los papeles quedaron en el piso. Decí que ellos tienen copia del seguro. Con el pantalón empapado de las rodillas para abajo, proseguí mi camino luego de acomodar lo recuperado en los bolsillos.
Un par de cuadras después el diluvio se hizo lluvia leve. Ya no daba tomar un bondi, ni mucho menos un taxi, y seguí a patas los kilómetros que me faltaban. En todo ese trayecto nadie me vio; tampoco cuando llegué a casa.
Tal vez esta sea una de las cosas buenas de un blog. Que no tenés que joder a la gente que te rodea contándole estas pelotudeces, pero a la vez podés decirlas, lo que a veces es ¿casi? una necesidad, por nimias que sean.

Aspiradoras Kirchner

Hablábamos la otra vez del hijo presidencial y protodirigente político, Máximo “Aspiradora” Kirchner.
Bueno, parece que es cuestión de familia, porque ya van varias veces que veo a Jorge Asís insinuar las razones del desencajamiento del ex presidente en el último acto “en defensa de la democracia”.

Mantra

Estaré.
Estaré donde salga el Sol.
Beberé.
Beberé la luz de todos los colores cantando.

Un diálogo tipo Jay Sherman

–Señor, la función terminó.
–Ya lo sé; pero no tengo a dónde ir.

–¿Por qué no tenés celular?
–Porque no tengo con quién hablar.