viernes, 27 de febrero de 2009

Plantilla

Cuando empecé este blog, la plantilla la elegí sin razón. En ese entonces, en el margen izquierdo aparecía el título de los últimos posts publicados con su debido enlace. A medida que el tiempo fue pasando, se fueron agrupando mensualmente, con un link a la página correspondiente a cada mes. Las entradas del año anterior habían quedado en una página correspondiente a ese año, lo que no era inarmónico porque el blog comenzó en diciembre.
Pero con este cambio de año, se reunieron todos los posts de 2008, más de 300, en una sola página. Encima del enlace que llevaba a ella estaban los títulos de los últimos artículos posteados y debajo quedó el de la página que reúne los de 2007.
Como quería volver al formato anterior, me adentré en las opciones que permiten modificar este tipo de cosas, y resulta que son excluyentes: si querés los títulos con el link, tenés que bancarte que las entradas viejas se agrupen por año; si los querés por mes, no te pone los títulos. (Podría poner los títulos en el espacio que Blogger deja para poner boludeces, y tratar de poner los enlaces, si admite HTML, e ir renovándolos cada vez que posteo, pero sería un gasto de energía y tiempo que no voy a hacer).
La razón por la que prefería los títulos en la parte izquierda es porque imagino que alguno de ellos puede resultarle atractivo a un circunstancial transeúnte y tentarlo a leer. Así, supongo, hay más probabilidades de que lea que si tiene que empezar por el primer post y luego debe avanzar página. Aparte, refuerza esa idea que trato de construir que vincula a este lugar, a la llegada a este lugar, con el azar. Te trajo de pedo Google, o saben los bits cómo caíste acá, como cayó la gallega pro-lifer esa que me dejó un comentario en el que me manda al psiquiatra.
Como no creo que nadie haga clic en una página con 300 posts, que promete ser muuuuuuuy larga y pesada, elijo la alternativa mensual, que presenta más de una docena de opciones para cliquear y cuyas páginas son más breves porque solo tienen una veintena de artículos.
Cuestión que no puedo tener mi blog como me gustaría, aunque cada vez que me logueo Mr. Blogger me ofrece unos “widgets para darle vida a mi blog”. Suficiente vida tiene si leés, flaco. Suficiente pulsión vital para no claudicar frente una realidad aplastante.
Además, no quiero widgets; quiero el encabezado con los títulos de los posts y abajo la presentación mes por mes. Mirá qué simple.

Olor a faso

El otro día fui a un recital, y en un momento me di cuenta de que no había olor a faso.
No sé si lo tapaba la neblina choripanesca, o el humo que exhalaba la pareja que delante de mí, y a contraviento, fumaba caretas mientras sus hijas se aburrían; o si estar en el lugar más vigilado de la ciudad amedrentaba al público.
Como que faltaba algo. No porque el recital fuese a estar mejor: esto no es Creamfields, que si no estás puesto, te aburrís y/o enloquecés con el martilleo neumático. Pero me sorprendió.
Y al notarlo me sentí como Homero Simpson cuando lo obligan a ir a la universidad para no perder su empleo, y en una fiesta pone alcohol en la bebida, se obstina en tomar como enemigo al rector cool y termina secuestrando al chancho que es la mascota de la universidad vecina.
El rock ya no es lo que era... Igual, te digo que mejor, porque algunos se fuman medio porro y ya se creen que son una mezcla de Pity Álvarez y Ozzy Osbourne, y con todo el humo que tienen acumulado se ponen insoportables.

Despertar sonriente

Estábamos con Maby Wells acá, en el sillón del living. Ella estaba sentada a horcajadas sobre mis muslos, frente a mí. Recorríamos la deliberada sinuosidad de la seducción entre quienes ya se conocen: parece que antes habíamos tenido una historia, y ahora estábamos por volver.
Hasta que Maby, que tenía puesto mi buzo turquesa con cuello en ve, decide que ya está bien de vueltas y juegos, y me muestra su mano, donde falta el anillo que descubría su relación anterior. Ahí las miradas encuentran el punto profundo, el aire cambia y nuestras bocas entreabiertas se acercan.
Mi inconsciente, o quien rija mi sueño, resulta ser muy conservador, porque me despierto antes de que nos comamos la boca. Tengo las manos sobre el pecho, los tapones en los oídos y una sonrisa.

SMS

Pero no quiero estar acá porque son 12 horas diarias estando parada, de lunes a sábados y un sueldo de 900. Y cuando llego a casa vengo con fuertes dolores de espalda y de pierna, muerta de hambre, y me impide tirar currículum a otros lados porque estoy encerrada todo el día. Permanezco ahí porque de algo ayuda en casa, aunque sea miserable.

Roy Buchanan

Roy Buchanan (pronúnciese “biucanan”) fue un guitarrista de blues estadounidense. Tal vez sea relevante hacer un comentario racial y señalar que era blanco (bueno, “blanco” es Johnny Winter, pero vos sabés qué se quiere decir con “blanco” en casos como este).
La cosa es que tuvo una carrera despareja, grabó para compañías grandes en los 70, se lo llamó “el mejor guitarrista desconocido del mundo” según dice Wikipedia; pero nunca trascendió especialmente a nivel masivo.
A mediados de los 80 firmó con el sello Alligator, y algunos de esos discos se consiguieron en Buenos Aires en la época en que podía gastarme 300 dólares en una tarde comprándome CDs. También, pero con más dificultad, los de los años 70. Una vez encontré un doble recopilatorio en una disquería de Once, por Rivadavia: no lo compré, y fue la única vez que lo vi.
Hace ya más de 20 años, en agosto de 1988, casi cincuentón, parece que una noche estaba un poco descontrolado, y se rompieron algunas cosas, con la facilidad que ciertas cosas tienen a veces para romperse –parece mentira lo frágiles que son–, y vino la yuta y lo encanastaron. Y parece que le hicieron la “gran Bulacio”, porque horas después apareció ahorcado en su celda.
Lo conocí poco después de su muerte, cuando uno de esos iniciados que podían hallarse en FMs de baja potencia, conocedores de tipos como Buchanan, Jan Hammer o Rory Gallagher, usó algunas de estas palabras y pasó “You’re killing my love”.
Una buena forma de recordarlo/homenajearlo/conocerlo es escuchar de nuevo esa canción, o la versión que hizo de “Hey, Joe”, o “My baby says she’s gonna leave me”.
Háganlo.
(Y si pueden poner los enlaces en un comment, mejor).

No me festejen los chistes

La otra vez fui con un gato, y la mina me recibe, pasa al baño, vuelve, quedamos frente a frente para comenzar la acción, y ¡no me había pedido la plata! Entonces, no encuentro mejor forma de sacar el tema que diciéndole: “Tengo que pagarte, ¿no? O sea: esto no es gratis, ¿no? No es por amor…”. Ella festeja la ocurrencia con una sonrisa y un comentario risueño, y me cobra.
La última vez que fui al médico, su locuaz secretaria estaba hablando con una señora que había llevado a su hijo, de unos 10 años, y continuó la charla luego de hacerme pasar, utilizando algunas elipsis que no sé si buscaban dejarme a mí fuera de la conversa, o al niño. Después salió una vieja del consultorio, y le tuvo que pedir un remís. Al toque salió el clon del Chocho Llop que me atiende, pasó a otra habitación y la llamó. Estuvieron un rato allí, y no interrumpieron su actividad ni para atender el teléfono las dos o tres veces que sonó.
Al fin salen. Ella me da las llaves, me pide que abra cuando venga el remís, y se va al baño por unos cuantos minutos. Él vuelve al consultorio, y pasan la madre y su hijo. Hasta que la mina reapareció, tuve que abrirle no sólo a la vieja para que saliera cuando llegó el auto, sino también a una pareja que venía a atenderse, a la que recibí con una broma/advertencia: “Soy el recepcionista suplente. Ahora los atiende la chica”. Todos sonreímos, y supe que podían quedarse tranquilos y no preguntarse “¿adónde vinimos?” ni sospechar de la capacidad del médico que tiene un recepcionista que te recibe en bermudas, zapatillas y demás características de mi aspecto.
Cuando la mina reanudó su tarea, le tomó los datos al tipo este, que era un paciente nuevo, lo que le llevó más tiempo, un tiempo al que hay que sumar el que consume su verborragia. El tema es que todavía no me había cobrado: no había hecho referencia al dinero ni había dejado margen para que yo tomara la iniciativa al respecto.
Los minutos pasaban, y yo empecé a calcular que el final de la consulta maternoinfantil estaba cercano. Entonces, me incorporé en el sillón, preparándome casi como un atleta en los tacos de salida, y cuando encontré un hueco de silencio e inactividad, me mandé: me paro, me acerco a su escritorio y le digo las mismas palabras que a aquel toga. Es así, loco: si me festejás un chiste, lo voy a repetir hasta el cansancio, hasta el ridículo, sin reparar en lugar, interlocutor, momento. “Si funcionó una vez, tiene que funcionar siempre” parece ser el lema que me guía aun inconscientemente…
Al confirmar que no aumentó, comento, aliviado, que voy a poder ir al supermercado a comprar algo y conseguir monedas para tomarme el bondi de vuelta, porque el de ida me cobró más de lo pensado y no me alcanza para volver, salvo que camine hasta el cambio de sección, que no sé dónde es. Se suceden unos comentarios de circunstancias sobre la falta de monedas, y al toque sale la madre con su hijo, y la secretaria pasa al consultorio para anunciarme. Tarda unos segundos extra en los que le dice algo al médico con voz inaudible…
A la salida, vuelvo a desentonar: me agradece que haya fungido como recepcionista, y le digo: “No te cobré”, e insisto con el tema que es mi obsesión de ese momento: la falta de monedas. Parece que soy tan pesado que ella me ofrece unas monedas, y le digo que no, que gracias. “Bueno”, dice, como un perro maltratado, como no entendiendo mi rechazo a la solución que me presenta.
En la calle cuento las monedas que llevé en una bolsita a guisa de monedero, y sí o sí tengo que conseguir: 30 centavos si el bondi me cobra lo mismo que a la ida; 5 si cuesta lo que decía el diario. En la esquina de la avenida, un pequeño sol brillando en el desnivel de la estación de servicio me alerta sobre esa moneda de 5 que puede ser mi salvación.
La levanto y me voy a tomar el bondi, al menos para preguntarle al chofer cuánto cuesta el boleto. Llega, subo, le pregunto, y ¡me alcanza! Le digo que a la ida me cobraron más por un viaje más corto, y me dice que es así, que en ese caso era tarifa de provincia, pero como este viaje es a Capital, aunque sea más largo, cuesta menos.
Saco el boleto, viajo sentado todo el trayecto y tengo la hora entera de viaje para pensar que soy un animal, que tengo que decir lo estrictamente necesario, que para decir barbaridades tengo este lugar.
(Si vamos a hablar unlimitedly y nos chupa un huevo todo, adelante. Pero si nos quedamos pensando en la imagen que dejamos, si nos atormentamos módicamente con ella, no nos chupa un huevo. Tonces, templanza, es decir, moderación, sobriedad y continencia…
Una ocasión para hablar desprejuiciadamente era el otro día, con la minita esa cuya mirada se encontró con la mía cuando la miré, cerca de donde para el 32. No era gran cosa, aunque pelaba ombliguito y estaba arregladita, y seguramente no iba a dar bola, y un sinfín de peros más; pero si la miré, y después me quedé flasheando con cómo hubiera sido decirle algo, y con qué le hubiera dicho, algo tocó en mí.
El silencio de veces como esta no es compensado por la incontinencia verbal de la otra. Y la falta de repentización de veces como esta no es compensada con la ejecución de numeritos repetidos.
Sabelo).

miércoles, 18 de febrero de 2009

Laburo en negro

Miren, a partir de ahora cada vez que me salga un laburo en negro de esos que hago a veces, le voy a decir claramente mis condiciones a la persona que me lo ofrece: la mitad me la pagás cuando me encargás el trabajo; la otra mitad, cuando yo te entrego el laburo hecho. Como hace el zapatero de la vuelta.
¿Que no te gusta?, ¿que a vos te pagan después?, ¿que nadie labura así? I’m sorry for you, baby. Puedo vivir sin tus limosnas. Y vos podés vivir sin mí: seguro que hay muchos que todavía creen la gilada esa de que tal vez en un futuro sirva como trampolín para otra cosa, o como experiencia, o para conocer gente.
Yo no sé si mi trabajo vale lo que me ofrecés; pero sé que mi ocio vale más. Y menos aún sé si finalmente me lo vas a pagar; y no tengo ganas de gastar guita y energía llamándote por teléfono mil veces para preguntarte cuándo me garpás y para hacerme el que te creo las mentiras que decís cuando no te escondés tras el contestador.
Tómalo o déjalo.

Vivienda social (Bereterbide y sus apologistas)

El otro día interrumpía mi zapping un programa del canal Encuentro sobre “viviendas sociales” en el que se mostraba como ejemplos de diseño orientado a la comunidad al Barrio Parque Los Andes, a Ciudad Evita y al Barrio Simón Bolívar, unos monobloques que están cerca del Parque Chacabuco, en la avenida Eva Perón.
Se entrevistaba a vecinos de cada uno de ellos, a un arquitecto, a un artista plástico que ha hecho del peronismo el leit motiv de su obra; todo con la narración vacilante de una chica que actuaba de estudiante de arquitectura, o algo así.
Los vecinos hablaban maravillas de sus respectivos barrios. El arquitecto decía que Bereterbide había ubicado en el eje central del Barrio Parque lo común, en lugar del habitual uso que ese espacio tenía para el rey, el príncipe, etc.; y que así había un patio en el centro, lo que se debía a sus ideas socialistas. Una vecina decía ¡favorablemente! que eso remitía al conventillo, donde también eran comunes los lugares centrales, como la cocina y, sobre todo, el patio.
El bloque dedicado a los monobloques exhibe esas moles, y el arquitecto se declara aliviado al ver que no han puesto rejas que protejan el parque que rodea los edificios. Muestran esa opresiva entrada con gruesas y asfixiantes columnas, y el tipo dice ¡favorablemente! que “todo pasa por la planta baja”. En todos los edificios la planta baja es un punto de encuentro, pero parece que en estos monobloques eso es tan notorio que amerita el comentario del profesional.
Y en realidad no se trata sino de otra forma de control social, de una forma que tal vez sea propia del socialismo. Si quiero entrar con tres terribles travas, o con tres tremendas trolas, todos se van a enterar, y no es lo que estoy buscando, ¿sabés? En vez de vigilarme el portero, el de seguridad o la cámara con circuito cerrado, me vigila el mismo edificio… (Bueno, en Barrio Parque Los Andes también hay vigilancia privada nocturna, y ya se parece a un country en PH, urbano y cool).
Tampoco tengo ganas de sociabilizar plantando un pino en el parque para que los chicos tengan un árbol de Navidad natural (mucho menos, de festejar la Navidad) ni de que usen el patio central de Bereterbide como canchita de fútbol.
Además de realzar y valorar esto, y de mostrar qué bien se llevan los vecinos, entrevistan a una señora que vive en Los Andes, quien dice, junto a dos de sus amigas, que parecen clones de la vieja conchuda que padecí un año y medio just above my head: “Si no te gusta que los vecinos se metan en tu vida, andate a otro lado”. Así de sencillo: ellas te echan, ellas se han adueñado del lugar, hecho favorecido tal vez por el propio Bereterbide y su concepción socialista de la arquitectura, donde todos estamos en contacto con todos y sabemos qué le pasa a cada vecino. No por chusmas, sino por solidarios, claro.
Si eso es la “vivienda social”, tal vez yo necesite la vivienda antisocial. Una donde el único espacio común sea aquel en el que se exhiben las cabezas de quienes hablaron por teléfono en el balcón, antes de su inmediata detención, del juicio sumarísimo y de la consiguiente decapitación.
Otras formas de vivienda social, en cambio, no son abordadas por el programa: los countries, los megaemprendimientos o las torres, que propician la sociabilización con parrilla, pileta, SUM, solárium y hasta con canchas de fútbol 5. No son progres ni sus arquitectos son socialistas… pero igualmente diluyen la privacidad, exponiéndote ante todos los vecinos en el circuito cerrado de televisión, obligándote a escuchar los pedidos de aplausos para el asador un domingo al mediodía o a encontrar a los vecinos en patas y a los gritos en el palier porque van a tomar sol al espacio verde, donde hablarán por celular o mandarán mensajes de texto con ese mínimo y tan molesto tono de cada presión sobre el teclado.

Deseo

Recuerdo la vez que más encendí el deseo en una mina. Esa tarde doblé por Callao desde Santa Fe con el cuarto de helado que acababa de comprarme en Freddo. La chica, de unos veintitantos, me miró, y le dijo a su amiga: “Vamos a tomar un helado”.

Inadi-e dice nada

Resulta que en la tele se puede decir, casi sin parar, una frase tras otra, “travesti arrepentido”, “tenés voz de macho”, “venís porque sos travesti”, “algo hacés con tu sexo: ¿lo usás para atrás y para adelante o cómo es la historia?”, “yo no lo leí al libro: para literatura traigo escritores”, “o le está por venir o no le va a venir nunca”.
Y nadie podrá argüir que se trató de un exabrupto porque a los pocos días la misma persona “bromea” con que el director de cámaras, que “tuvo un ataque cardíaco aquí mismo”, ya está de nuevo “trabajando con nosotros, está bárbaro”, salvo porque “volvió travestido”. “Ahora volvió con el sexo cambiado”, insiste, y vuelve a enroscarse en su obsesión.
Parece que es de amianto quien dice eso, porque lo invitan a programas y ni el psicólogo televisivo se anima a sacarle la ficha. Y lo contratan un canal y una radio más políticamente correctos que los medios donde labura ahora.
La ignifugabilidad de Samuel Gelblung tiene larga data: durante el Proceso trabajó en Editorial Atlántida (lo que ayuda a desmentir el antijudaísmo que se le atribuye a ese gobierno, al igual que el apoyo que recibió del Estado de Israel). Desde allí se convirtió en uno de sus pilares mediáticos, contrarrestando la “campaña antiargentina en el exterior” con unas postales que venían en la revista Para Ti, cuyas lectoras debían enviárselas a sus conocidos en el extranjero para demostrar que acá todo era coser y cantar.
Gómez Fuentes no tuvo su fortuna.
Chiche, mutatis mutandis, y haciendo pie en el amarillismo más rabioso, salió luego a la luz catódica, desde donde cimentó una fama y un éxito que le permiten prescindir de su nombre y hasta de su apellido. Por ellos, o por no sé qué, puede administrar su (sobre)dosis diaria de reaccionarismo casi sin que llame la atención y decir las frases del comienzo, o que “en esta puta ciudad de Buenos Aires” si un chorro quiere tu anillo, se lo lleva, y “si tiene que cortarte un dedo, te lo corta”.
Sin embargo, cuando hay que defender al Estado de Israel, allí está, firme y dispuesto para darles aire a las lacras sionistas de turno y para sumarse al discurso tergiversador que enarbolan esos personajes. Entonces sí habla de discriminación y se acuerda del INADI: por teléfono saca al aire a Lubertino y denuncia la “campaña antisemita” y a uno de sus líderes, Beica, que “tiene apellido judío”, lo que constituye un comentario que si no discrimina, pone de relieve condiciones de una persona que no parecen venir a cuento.
Uno de sus invitados, un ex alto dirigente de la DAIA, o de la AMIA, se regodea con los comentarios de D’Elía para ponerlo en ridículo y los toma como letra para justificar su discurso de víctima. Ambos denuncian el escrache al miembro del Congreso Judío Mundial Elsztain diciendo que lo escracharon por judío y, envalentonados en su soflama, afirman que “esta es la peor ola de antisemitismo desde la Semana Trágica”. (No dicen que el escrache no es por su condición de judío, sino por la de miembro de una organización que hace lobby a favor del Estado masacrador. No dicen que los árabes también son semitas, apropiándose del concepto de “semita”, así como parecen querer apropiarse de ciertos apellidos).
El viudo de una muerta en la AMIA, más apasionado, toma la palabra y dice que el asimilamiento que algunos proponen en un Estado único equivale a la destrucción del judaísmo: de ahí a la idea de pureza de la raza tal vez no haya ni un paso.
Y siguen reclamándole a Lubertino, porque los discriminadores son los otros, porque “discriminan a los judíos” y porque es “lamentable el silencio del INADI”.
Me hacían recordar a otro sionista abyecto, Mauro Viale, bardeando y humillando a un locutor, amenazándolo al aire con despedirlo y diciéndole “gordito” con un tono profundamente despectivo. El mismo Viale que también repite el speech de víctima y habla de discriminación, y de antisemitismo, y más o menos solapadamente les tira mierda a los árabes y a los musulmanes en general, y a los palestinos en particular (como el 11/9, cuando deslizaba que habían sido palestinos los que tiraron las torres gemelas).