¡Puta que lo parió!
¡Otra vez se pasó el año!
sábado, 31 de octubre de 2009
Puño
Con el puño cerrado no se puede escribir. Y lo tengo cerrado.
No es una metáfora. Camino, me descubro caminando, por la calle con el puño cerrado, apretado.
No es el gesto de festejo que cierra el puño y pone el antebrazo casi vertical, y empuja el codo hacia abajo. No. Es el comienzo de un cross que no puede salir, que no encuentra destinatario.
Y no puedo escribir. Me cuesta mucho.
Calculo –lo he visto– que es algo habitual en los blogs. Se te fue la inspiración. No fluye, no libera, no sale... Pasó el berretín, surgen otras cosas donde poner esa energía. Ya dijiste lo que querías, las palabras deflagraron, quedaron consumidas, inertes, y los sentidos no aparecieron.
Igual, este no es el blog de Cuparito, no es un gran blog. Pero releyendo posts viejos, del año pasado, encontré cosas que me gustaron. Mirala vos a Olga, lo que escribió. Lo que pudo escribir. Lo que ahora no puede.
Así que, en vez de pasar rápidamente al blog siguiente, pueden darse una vuelta aleatoria por el archivo de este blog y quizá encuentren algún encadenamiento de palabras que justifique el intento. Entre 500 posts alguno tiene que haber… Pero nadie –¡ja!– va a leer todos los posts… Que el azar los lleve, que el azar los traiga.
No obstante, es raro. Porque la búsqueda de palabras no cesa. Es más: no puede parar. Esa palabra que alivie, libere, acerque, cambie una vida, dé un pie para cambiarla… Quiero romper el mundo a palabras. El mundo, estos mundos, la asfixia y el encierro. A precisas palabras.
La cabeza queda encendida por horas, y al final pierdo otro día, cansado, sin encontrar nada de lo que busco en ella para buscar mejor fuera de ella.
Y hoy no quiero más. No tengo ganas. Nunca llego. No veo cómo podría.
Nunca alcanzo. Nunca alcanza.
A veces, en casa, también me veo con el puño cerrado, yendo y viniendo por el pasillo que lleva a las habitaciones, en el espejo, en mi pieza, encerrado para que no me vean así. In fury.
A veces, en casa, la liga una pared. La ligan mis nudillos, que están hechos bosta de tantas piñas.
Entonces, las palabras se vuelven inapropiadas: el ¿psiquiatra?, ¿psicólogo?, ¿disfrazado? de la otra vuelta quiso volver dos o tres veces sobre mi mención de una trompada a la pared tiempo atrás. Y me hizo ver que de eso no se puede hablar en ese lugar. Tampoco de la muerte autoprovocada (lo sabemos hace mucho). Y tampoco de otra gente: ¿qué mierda tengo que contar-le lo que otra persona me contó de su vida y cómo me paro con respecto a eso?
Silencio. Sin palabras. El antebrazo tenso.
Las palabras no salen. No aparecen. Se olvidan. No llegan a destino.
Con el puño cerrado sólo se pueden hacer garabatos como los de los nenes de 4 años, que agarran la birome y le dan con fuerza, hasta que queda la marca en las hojas de abajo del cuaderno, en varias hojas.
Las letras quedan sueltas, en renglones diferentes; las palabras, incompletas.
Y la voluntad de construir un mundo a palabras se derrumba al comprobar su insuficiencia para ese propósito, al asomar debajo de ellas, entre abundantes conectores y una sintaxis impecable, la hilacha reveladora.
No es una metáfora. Camino, me descubro caminando, por la calle con el puño cerrado, apretado.
No es el gesto de festejo que cierra el puño y pone el antebrazo casi vertical, y empuja el codo hacia abajo. No. Es el comienzo de un cross que no puede salir, que no encuentra destinatario.
Y no puedo escribir. Me cuesta mucho.
Calculo –lo he visto– que es algo habitual en los blogs. Se te fue la inspiración. No fluye, no libera, no sale... Pasó el berretín, surgen otras cosas donde poner esa energía. Ya dijiste lo que querías, las palabras deflagraron, quedaron consumidas, inertes, y los sentidos no aparecieron.
Igual, este no es el blog de Cuparito, no es un gran blog. Pero releyendo posts viejos, del año pasado, encontré cosas que me gustaron. Mirala vos a Olga, lo que escribió. Lo que pudo escribir. Lo que ahora no puede.
Así que, en vez de pasar rápidamente al blog siguiente, pueden darse una vuelta aleatoria por el archivo de este blog y quizá encuentren algún encadenamiento de palabras que justifique el intento. Entre 500 posts alguno tiene que haber… Pero nadie –¡ja!– va a leer todos los posts… Que el azar los lleve, que el azar los traiga.
No obstante, es raro. Porque la búsqueda de palabras no cesa. Es más: no puede parar. Esa palabra que alivie, libere, acerque, cambie una vida, dé un pie para cambiarla… Quiero romper el mundo a palabras. El mundo, estos mundos, la asfixia y el encierro. A precisas palabras.
La cabeza queda encendida por horas, y al final pierdo otro día, cansado, sin encontrar nada de lo que busco en ella para buscar mejor fuera de ella.
Y hoy no quiero más. No tengo ganas. Nunca llego. No veo cómo podría.
Nunca alcanzo. Nunca alcanza.
A veces, en casa, también me veo con el puño cerrado, yendo y viniendo por el pasillo que lleva a las habitaciones, en el espejo, en mi pieza, encerrado para que no me vean así. In fury.
A veces, en casa, la liga una pared. La ligan mis nudillos, que están hechos bosta de tantas piñas.
Entonces, las palabras se vuelven inapropiadas: el ¿psiquiatra?, ¿psicólogo?, ¿disfrazado? de la otra vuelta quiso volver dos o tres veces sobre mi mención de una trompada a la pared tiempo atrás. Y me hizo ver que de eso no se puede hablar en ese lugar. Tampoco de la muerte autoprovocada (lo sabemos hace mucho). Y tampoco de otra gente: ¿qué mierda tengo que contar-le lo que otra persona me contó de su vida y cómo me paro con respecto a eso?
Silencio. Sin palabras. El antebrazo tenso.
Las palabras no salen. No aparecen. Se olvidan. No llegan a destino.
Con el puño cerrado sólo se pueden hacer garabatos como los de los nenes de 4 años, que agarran la birome y le dan con fuerza, hasta que queda la marca en las hojas de abajo del cuaderno, en varias hojas.
Las letras quedan sueltas, en renglones diferentes; las palabras, incompletas.
Y la voluntad de construir un mundo a palabras se derrumba al comprobar su insuficiencia para ese propósito, al asomar debajo de ellas, entre abundantes conectores y una sintaxis impecable, la hilacha reveladora.
Todo
Como Pessoa, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Y también tengo en mí todos los fracasos que puedo aguantar.
Y también tengo en mí todos los fracasos que puedo aguantar.
De todo esto no te vas a enterar hasta que suceda
Estuve charlando con tu verdugo.
Un hombre pulcro, amable.
Me dijo que, por ser yo,
podía elegir la forma en que te irías.
Los esquimales, explicó, cuando llegan a viejos
se pierden por los caminos
para que se los coma el oso.
Otros prefieren terapia intensiva,
médicos corriendo alrededor, caños, oxígeno
e incluso un cura a los pies de la cama
haciendo señas como una azafata.
“¿Es inevitable?”, le pregunté.
“No hubiera venido hasta acá con esta lluvia”, me replicó.
Después habló del ciclo de los hombres, los aniversarios,
la dialéctica estéril del fútbol, la infancia
y sus galpones inmensos con olor a neumáticos.
“Pero –dijo sonriendo–
las ambulancias terminan devorándose todo”.
Así que firmé los papeles
y le pregunté cuándo iba a suceder...
“¡Ahora!”, dijo.
Ahora
tengo en mis brazos tu envase retornable.
Y trato de no llorar,
de no hacer ruido,
para que desde lo alto
puedas hallar
la mano alzada de tu halconero.
(“Los ciclos” * Fabián Casas)
Un hombre pulcro, amable.
Me dijo que, por ser yo,
podía elegir la forma en que te irías.
Los esquimales, explicó, cuando llegan a viejos
se pierden por los caminos
para que se los coma el oso.
Otros prefieren terapia intensiva,
médicos corriendo alrededor, caños, oxígeno
e incluso un cura a los pies de la cama
haciendo señas como una azafata.
“¿Es inevitable?”, le pregunté.
“No hubiera venido hasta acá con esta lluvia”, me replicó.
Después habló del ciclo de los hombres, los aniversarios,
la dialéctica estéril del fútbol, la infancia
y sus galpones inmensos con olor a neumáticos.
“Pero –dijo sonriendo–
las ambulancias terminan devorándose todo”.
Así que firmé los papeles
y le pregunté cuándo iba a suceder...
“¡Ahora!”, dijo.
Ahora
tengo en mis brazos tu envase retornable.
Y trato de no llorar,
de no hacer ruido,
para que desde lo alto
puedas hallar
la mano alzada de tu halconero.
(“Los ciclos” * Fabián Casas)
Enojo por partida doble, en los dos lados de la cama, de la casa, de la vida
Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque, aunque no firmemos nada
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz,
pensamos que es para toda la vida,
y así seguimos.
Botes que durante la noche
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.
(“Despertarte” * Fabián Casas)
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque, aunque no firmemos nada
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz,
pensamos que es para toda la vida,
y así seguimos.
Botes que durante la noche
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.
(“Despertarte” * Fabián Casas)
Banco a los tanos
En las múltiples entrevistas promocionales que ofreció (¿o se trata de una sola, multiplicada hasta el cansancio?), el best-seller’s writer Roberto Saviano, autor de “Gomorra”, habla del ejercicio de la sexualidad por parte de los mafiosos del sur de Italia.
El pasaje que más llama la atención, y que más se copia y pega en la Red, es el que describe ciertos imperativos acerca del trato con las mujeres que rigen en aquel submundo. Desde las posiciones (“Nunca ir abajo”) hasta las prácticas (“Nunca dar sexo oral, cosa propia de perros”), pasando por la elección de la esposa (una vecina del pueblo a la que se conoce desde la infancia), todo está fuertemente preestablecido, y no queda mucho margen para esquivar ese deber ser.
Por supuesto que la descripción conlleva un trasfondo de crítica, y que los múltiples copypasteos lo subrayan. ¡Qué machistas, qué primitivos, qué desconsiderados! ¡Cómo no le van a chupar la concha a la chica!
El sexo oral integra el repertorio estándar de cualquiera que coge por aquí, y se lo da casi por descontado. Hay otras prácticas que están en el límite de lo tabú (hacerle el culo a una mina, por ejemplo), y unas cuantas van desde lo inconfesable hasta los motes de “parafilia”, “fetichismo”, etc.
Pero siempre que uno mira con esa distancia crítica puede ser mirado con distancia crítica. ¿Cuántos de los que se asombran por la no chupada de concha se dejan meter un dedo en el orto, por ejemplo?
Al fin y al cabo, es un mandato ajeno que se te mete en la cama. Lo hacés porque tenés que hacerlo, como te negás a otras cosas por esa mirada ajena más que por el placer o displacer que te causen. (¡Cuántas minas hay a las que les gusta por el orto, pero dicen que no mil veces, a ver si el chabón las toma por trolas!).
Yo, por mi parte, re banco a los tanos que no pesebrean. (Siempre me ponen cara, y me ven como un freak, cuando trato de esquivarlo. Pasa que no soy religioso, no celebro Navidad, y entonces el pesebre me es ajeno…). Aunque tal vez lo mío sea deformación profesional, producto de tanto gateo, porque no es lo mismo –no para mí– pesebrear un felpudo desconocido y de alto tránsito, que darle al de tu chica… que también puede ser de alto tránsito. ¡Chan!
Bueno, para empezar a hablar, depilate toda.
El pasaje que más llama la atención, y que más se copia y pega en la Red, es el que describe ciertos imperativos acerca del trato con las mujeres que rigen en aquel submundo. Desde las posiciones (“Nunca ir abajo”) hasta las prácticas (“Nunca dar sexo oral, cosa propia de perros”), pasando por la elección de la esposa (una vecina del pueblo a la que se conoce desde la infancia), todo está fuertemente preestablecido, y no queda mucho margen para esquivar ese deber ser.
Por supuesto que la descripción conlleva un trasfondo de crítica, y que los múltiples copypasteos lo subrayan. ¡Qué machistas, qué primitivos, qué desconsiderados! ¡Cómo no le van a chupar la concha a la chica!
El sexo oral integra el repertorio estándar de cualquiera que coge por aquí, y se lo da casi por descontado. Hay otras prácticas que están en el límite de lo tabú (hacerle el culo a una mina, por ejemplo), y unas cuantas van desde lo inconfesable hasta los motes de “parafilia”, “fetichismo”, etc.
Pero siempre que uno mira con esa distancia crítica puede ser mirado con distancia crítica. ¿Cuántos de los que se asombran por la no chupada de concha se dejan meter un dedo en el orto, por ejemplo?
Al fin y al cabo, es un mandato ajeno que se te mete en la cama. Lo hacés porque tenés que hacerlo, como te negás a otras cosas por esa mirada ajena más que por el placer o displacer que te causen. (¡Cuántas minas hay a las que les gusta por el orto, pero dicen que no mil veces, a ver si el chabón las toma por trolas!).
Yo, por mi parte, re banco a los tanos que no pesebrean. (Siempre me ponen cara, y me ven como un freak, cuando trato de esquivarlo. Pasa que no soy religioso, no celebro Navidad, y entonces el pesebre me es ajeno…). Aunque tal vez lo mío sea deformación profesional, producto de tanto gateo, porque no es lo mismo –no para mí– pesebrear un felpudo desconocido y de alto tránsito, que darle al de tu chica… que también puede ser de alto tránsito. ¡Chan!
Bueno, para empezar a hablar, depilate toda.
domingo, 18 de octubre de 2009
Humillante atención en la guardia del hospital Piñero
Esto nos lo manda nuestro corresponsal en Tierras Altas.
Llevaba veintiún días seguidos sin dormir bien, sin sentirme descansado. Por el vecino de arriba, por el de más arriba, por el botellero con parlante, porque me tuve que levantar muy temprano para ir al dentista, porque la espera bajo la lluvia y el viento en el Kónex me obsequió un resfrío de una semana (y un show inolvidable, digámoslo también), porque un día salí y me acosté tarde, porque otro día no salí y me acosté tarde, porque la reparación del baño del vecino tomó días, mañanas y tardes, y, también, por las cosas que ocasionalmente me quitan el sueño.
Una vez que me agarré a trompadas con la pared, y la dejé maltrecha, más que a mi mano, fui a la guardia de un hospital público, y el traumatólogo me dijo que había guardias psicológicas y psiquiátricas en algunos hospitales del GCBA, algo que yo ya sabía.
En ese momento no fui –lo de la mano había sido una cosa del momento–, pero con todo este rollo del mal descanso sin solución, opté por ir, porque ya no podía bajar. Zarpado de adrenalina, dormía dos o tres horas y me despertaba, para hacer pis, porque al vecino de arriba se le cayó algo pesado a las 4 de la mañana o porque un niño y su madre discutían a la hora de la siesta; y estaba otras dos o tres horas para dormirme de nuevo, y a las dos o tres horas una nueva despertada recomenzaba el ciclo.
Averigüé que esas guardias ahora funcionan en el Piñero y en el Alvear, y elegí el primero porque me queda más o menos lejos, y no terrible y casi inaccesiblemente lejos, como el otro.
Tuve que esperar tres horas para que me atendieran. Tres horas por reloj. Cada vez que yo o la chica que acompañaba al otro paciente que requería ese servicio (un clon joven y flaco del Máquina Giampietri) nos acercábamos al mostrador donde nos habían tomado los datos y preguntábamos si estaban atendiendo, nos contestaban que sí. Incluso nos dijeron que a veces tardaban mucho porque consideraban realmente la situación del paciente.
En el ínterin, sucedió algo muy desagradable. Una chica joven, que no llegaría a los 20 años, seguramente extranjera o descendiente directa de extranjeros, con un bebé en brazos, se acerca al mostrador. En ese momento no había nadie atendiendo al público, sólo un rati sin chapa junto al vidrio que separa al paciente de quien atiende.
La chica le pregunta por la guardia de Pediatría, y el cana no levanta la vista ni le contesta. La chica le pregunta de nuevo por la guardia de Pediatría, y el rati del orto no le contesta y sigue resolviendo el crucigrama del diario Clarín sin levantar la vista.
Yo, que llevo demasiado tiempo esperando, sé que no pasan más de cinco minutos sin que aparezca alguien para atender; y se lo comento para que aguarde sin intranquilizarse. Efectivamente, a la brevedad viene un médico y le explica dónde queda la guardia pediátrica.
Mi situación, y la amansadora, y los niños, y sus padres, y los celulares, y los borrachos, y los lúmpenes, y los perros sueltos quitan lucidez, y recién en el camino de vuelta a casa me doy cuenta de la otra cosa que tendría que haber hecho. Tendría que haberle dicho al cobani, en voz bien alta, para que lo notaran todos los otros zombis que también esperaban, que era un maleducado del orto, un miserable, un descortés, un sorete. Un policía.
A las tres horas de espera me acerco al mostrador, donde no hay nadie, para decirles que me voy, que me tachen de la lista, que no espero más, que es una vergüenza la –no– atención. Cuando aparece alguien, es alguien distinto: una cara nueva, dos caras nuevas. Un tipo y una mina, y dos pendejas más atrás, y flasheo con que pueden ser los fucking profesionales psi.
¡Lo son! La señora mira el libro de guardia comenzando por el final y llama al clon del Máquina, que había llegado después que yo. Le hago notar que estoy antes, mucho antes. Parecen no entender, y tras un momento de incertidumbre, el presunto profesional, de guardapolvo blanco, unos cincuenta años, cabellera rala y encanecida como su barba, y anteojos, dice que me va a atender a mí, y que la mina se vaya con el Máquina.
Pasamos, junto con una de las chicas, a un consultorio. No hace referencia alguna a la enorme demora, se sienta en una butaca, y yo me siento en una banqueta de plástico. Más atrás, en una butaca que está sobre una tarima, la chica comienza a tomar apuntes. Nadie me dice quién es ni por qué anota. El señor no se presenta, no dice si es psicólogo, psiquiatra o un disfrazado.
Me pregunta el nombre, la edad, la dirección, pero no los anota en el libro que está sobre el escritorio, sino en un papel doblado. Le pregunto si es necesario que le dé mi dirección, y no me dice taxativamente que sí, sino que ellos toman esos datos. Entonces le miento: le doy otra dirección y le digo que vivo en un segundo piso. Más adelante me voy a pisar y voy a revelar torpemente mi mentira. Pero no me importa.
Me pregunta por qué fui. Le cuento. Le digo que hay una cosa de estos días, pero que viene de hace dos años. Le hago un racconto de mi peripecia con los vecinos, con los ruidos, con los médicos, con la medicación, con los diagnósticos (y los no diagnósticos), con los 1000 mangos que me gasté en médicos, análisis, remedios… Le digo que me siento cansado por no poder dormir bien, que no puedo coger, correr, sentirme lúcido, que no puedo laburar, que no podría estudiar, que el sopor en los ojos no deja de pesarme, que el día anterior pasó algo que me movilizó especialmente, pero que, más allá de eso, la vida de mis vecinos (escucharlos pelear, hablar por teléfono en el balcón, coger, jugar a la pelota en el living, caminar estrepitosamente, golpear el ténder, cerrar la ventana como si fuese un deporte olímpico, obligarme a escuchar a Luis Miguel) es el alienante soundtrack de mi vida este último tiempo.
Y que me gusta estar despierto de noche y dormir hasta el mediodía. Veo que la chica toma nota de esas palabras, de que preferiría dormir de 4 a 13, y él empieza a descalificar mis argumentos. Dice que hay algo de rebeldía adolescente en eso, y luego sumará a esa idea el hecho de que escuche coger a los vecinos (eso es adolescente para él, pero no lo es escucharlos discutir en el balcón, por ejemplo), mi predilección por las prostitutas (¡cómo si fuésemos adolescentes la mayoría de los consumidores de prostitución!) y que viva con mi madre y trabaje en casa (¡cómo si fuera sencillo conseguir laburo, más en estas circunstancias!, ¡cómo si fuese sencillo tener el ingreso necesario para vivir solo!).
Retoma el tema de las putas y me pregunta si me enamoro de ellas. Es la tercera vez, creo, que un psi me pregunta lo mismo. No, no me enamoro: la pasé bien y quiero verla de nuevo. Así de simple. Y no entro en detalles acerca de lo que es pasarla bien…
En un momento me dice que eso es una guardia, y me da a entender que mi relato no corresponde a una atención en ese lugar, sino que es más propio de una psicoterapia. Y dice la frase célebre: “Más que afuera los ruidos están en tu cabeza”. Le respondo que venga a casa. Con un decibelímetro.
Remata diciendo que trate de empezar durmiendo cuando duermen los vecinos de arriba, las cinco o seis horas que suelen dormir. Ahí me saco. Por un instante veo todo negro, pero puedo devolvérsela, pese al cansancio y las horas de espera, y le digo que me está proponiendo que viva al ritmo de ellos. No se hace cargo, o yo estoy tan sacado que no lo registro. Habla de que los que trabajan de noche necesitan “higiene” para poder descansar de día: creo que se refiere a un lugar higiénico, creo que habla de eso, creo que quiere decir silencioso, apropiado para el descanso.
Vuelve a bajar de manera asquerosamente explícita su ideología, y comenta que en general se rinde más durmiendo de noche. No me da tiempo a responderle (nunca lo hace, y la sensación es la de que no importa lo que yo diga) que yo rindo más de noche, y que, además, antes que el rendimiento, está mi placer, y que me da mucho más placer estar despierto de noche que de día. Que en la noche los demás se apagan, y puedo ser yo sin sus vibraciones, que me acerco a mi centro y puedo leer, escribir, pensar, escuchar el silencio, sentirlo en el cuerpo.
No hay margen para decir eso, no lo hay para decir casi nada. No sin que me corte, no sin que mis palabras le resulten irrelevantes o dignas de descalificación, de un ninguneo lleno de soberbia y moralina.
Después, o antes, hablamos del cansancio. Y me dice que para dormir hay que cansarse. No entiende que ya estoy cansado por no poder dormir... No entiende que tengo tanta adrenalina para vencer el cansancio que no puedo dormir. No entiende cuando le digo que no puedo coger, y me pregunta si no se me para (tal vez eso le pase a él, no sé).
Tengo que explicarle varias veces, y no entiende, que si estás cansado no podés correr el bondi igual que si no estás cansado. Cuando le digo que el cansancio no me deja levantar más de 80 o 90 pulsaciones, me dice que no cree que tenga un problema cardíaco, que camine, que trate de moverme, que en todo caso debería hacerme una ergometría. Y cuando le digo que camino, que a 80 pulsaciones puedo funcionar, pero a más no, cambia de tema.
Finalmente, me dice que voy a tener que hacer el esfuerzo de estar un día sin dormir para organizarme y recuperar el sueño. ¡Ey, tengo 21 días sin dormir bien, y no puedo bajar la adrenalina! ¡Tengo el sueño cortado y no hay Poxi-ran que lo pegue! ¿¿No entendés eso, pedazo de nabo??
Habiendo pasado casi media hora, concluye diciéndome que soy una persona inteligente, pero que planteo las cosas como si no tuvieran solución y que es una lástima que deje pasar el tiempo. Se incorpora y da por terminada la entrevista. Con el picaporte en la mano me dice que haga psicoterapia y que me olvide del diagnóstico de pánico que me dio aquel clínico. Y dice que no me va a medicar.
Ni siquiera me sugiere un lugar donde comenzar el tratamiento, no me dice si en ese hospital o en otro hay un servicio de psicopatología, no me dice nada. Su lenguaje corporal me echa, y ni siquiera puedo decirle que cuando hice un tratamiento psicológico en el hospital público pasaron más de dos meses entre el día de la admisión y el comienzo del tratamiento.
Al día siguiente, en la misma situación, emprendí la travesía hasta el Alvear. La espera fue de apenas 1,45 hs…. Lo primero que hizo el tipo fue presentarse: “Soy el doctor Tal”. Me tomó los datos, incluyendo dirección y DNI, que, de nuevo, fueron anotados en un papelito suelto, y no me basureó: ejercitó algo de empatía, me dio un diagnóstico, medicación para zafar el momento (criminales dos miligramos de Rivotril que no pienso tomar, porque con 0,5 ya me arrastro por la vida [¡ey!, ¿no debería haberme recetado un genérico?]), y me indicó dónde hacer el tratamiento. Y me dio una notita para presentar cuando vaya a hacer el trámite de admisión… ¡a las tres de la madrugada!
Con más adrenalina que glóbulos rojos en la sangre, tan verborrágico que el tipo me lo hace notar señalando que necesito hablar (sip, necesito contarte dos años en media hora, a ver si se te ocurre algo mejor que clonazepam para solucionar esta garcha), con la frustración de estar a merced de miradas –y opiniones profesionales– tan disímiles y, por ende, poco confiables; habiendo dormido 5 horas y teniendo acumulado todo el cansancio que tenía, salí y me caminé los 10 km de vuelta hasta mi casa.
Degustación de helados
Esto tal vez ya exista en alguna heladería fashion, pero donde soy cliente no es así…
Cuando compro helado, generalmente llevo un cuarto kilo; y alguna vez que no tenía ganas de prepararme la cena, me compré medio kilo y lo comí en dos tandas.
La cosa es que si pedís un cuarto, podés elegir dos o tres sabores; y si pedís medio kilo, cuatro. Y a veces no da probar cómo es un sabor arriesgándote a arruinar un tercio o un cuarto de lo que comprás, que ya bastante caro está. O simplemente no tenés ganas de comer tanto de un gusto, sino sólo un toque, un par de cucharadas. (Eso lo noto cuando queda una sombra de un gusto que no pedí porque la cuchara del heladero rozó el balde de al lado).
Por ejemplo: jamás me compraría un helado de menta, pero ese toquecito del otro día estaba bien para variar. Si ofrecieran una suerte de degustación, y así, en vez de tres sabores, por cada cuarto kilo se pudieran pedir seis u ocho, posta que pediría menta.
Pero nunca nada con crema…
Cuando compro helado, generalmente llevo un cuarto kilo; y alguna vez que no tenía ganas de prepararme la cena, me compré medio kilo y lo comí en dos tandas.
La cosa es que si pedís un cuarto, podés elegir dos o tres sabores; y si pedís medio kilo, cuatro. Y a veces no da probar cómo es un sabor arriesgándote a arruinar un tercio o un cuarto de lo que comprás, que ya bastante caro está. O simplemente no tenés ganas de comer tanto de un gusto, sino sólo un toque, un par de cucharadas. (Eso lo noto cuando queda una sombra de un gusto que no pedí porque la cuchara del heladero rozó el balde de al lado).
Por ejemplo: jamás me compraría un helado de menta, pero ese toquecito del otro día estaba bien para variar. Si ofrecieran una suerte de degustación, y así, en vez de tres sabores, por cada cuarto kilo se pudieran pedir seis u ocho, posta que pediría menta.
Pero nunca nada con crema…
La paradoja de Rivaldo

Cuando se me rompe el ritmo del sueño y no lo puedo pegar de ninguna forma –y cuando no se rompe tan intensamente, pero flamea igual–, vivo cansada y me arrastro por la vida, agotada y somnolienta. Los médicos, entonces, recurren a Rivaldo para devolverle un poco de cohesión a mi dormir.
El problema es que si lo tomo, aunque duerma y recomponga un poco la unidad del sueño, me levanto cansada; y el cansancio no se me va en todo el día, como si el efecto de la droga fuese una onda expansiva que no termina de pasar. Y si no lo tomo, no duermo más que pedacitos, y también malvivo mis días fatigada, exhausta, de-molida.
Seguramente eso sucede porque el fucking clonazepam no es la solución. Porque yo no tengo problemas que lo requieran, salvo cuando los demás me avasallan y me someten a su arbitrio, cuando me despojan de mi decisión y me obligan a vivir a su ritmo.
La putita droga hace efecto por un rato, y me deja turulata, noqueada, como un animal apaleado. Durante un tiempo mi cabeza se calma, y hasta puedo dormir sin tantas despertadas, y si el sueño se interrumpe, lo recobro relativamente rápido.
Pero al despertar, aún semidormida, aún cansada y poco lúcida, se revuelve sobre sí y trata de ponerse de pie y recomenzar la búsqueda de ideas+palabras+hechos que le den una paz propia, generada por la descarga justa de neurotransmisores. Que la lleven allí, que la creen, que disparen en alguien ideas+hechos+palabras que den paz.
Así, hoy dormí 11 horas, pero sigo somnolienta; con un peso en los ojos y un velo en la mente, con la capacidad de juicio, el pensamiento y las destrezas motoras alteradas, con las ondas cerebrales que dispara la búsqueda semisepultadas bajo la cobertura benzodiazepínica, haciendo que lo intenten con más tenacidad.
Mientras, me hago adicta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)