¿Un poco de metesaca sin forro o coger con forro pero después tragarse la leche (o chupar una concha)?
¿Eh?
miércoles, 29 de octubre de 2014
Por Palermo Chico
Salí de casa a la hora prevista. Un patrullero en la esquina y otros a mitad de cuadra, justo en la parte de la manzana opuesta a mi casa, hicieron que me acercara. Tres pibes corte turro sentados en la vereda, rodeados de canas; señora vecina asomada a las rejas de su casa… Mirando desde la vereda de enfrente, no supe qué pasó, pero esa vueltita hizo que se me escapara justo el colectivo, y el siguiente tardó mucho en llegar, y tuve que correr por Palermo Chico para llegar en hora al Malba.
Aún agitadx, le pregunto al de la entrada por el espectáculo. Busco en mi memoria el lugar del auditorio donde te vi aquella noche, tan atareada con las luces y una escalera… No lo encuentro. Vuelvo, pregunto en el mostrador cercano, y luego en el de informes: me dicen, sin muchas certezas, que es "ahí abajo", "una intervención". Abajo es entrada gratuita, arriba no, "arriba es otro precio"…
O sea, no es en el bonito auditorio de hace cuatro años, es en un espacio donde hay una ¿instalación? de arte moderno, con, por ejemplo, unas zapatillas Converse All Star viejas sobre unos ladrillos cementados. Las zapas están aseguradas con alambres, no sé si como parte de la obra de arte o para que no se las afanen.
La señorita T está parada entre dos banderas que también forman parte de la exposición. Sus mástiles salen de la pared a 45º, y, entre ambos, ella, con su campera rosa y amarilla y su capucha, quieta como una estatua de esas nuevas, realistas, de epoxi, tipo la de Olmedo. Daría para que fuera una estatua y que después apareciera ella en persona. Pero no: veo que respira, que se balancea levemente.
Recorro la muestra, un espacio de 13 x 6, digamos. Simulo interés, simulo leer las ¿explicaciones? de las obras, que están pegadas en la pared. Habrá unas diez personas, tal vez todos estén simulando, o tal vez sea the only one que fue especialmente a ver a T. De pronto, como a los diez minutos, da un par de pasos hacia adelante y larga con el de las torres gemelas. Habrá unas quince personas en ese momento, que se acercan, pero no mucho: creo que nadie se ubica a menos de dos metros y medio de ella.
Los dedos de su mano derecha son su motor. En cada video de un recital que veo, en cada solo, quiero que la cámara muestre la mano izquierda del guitarrista, de Blackmore soleando en Highway Star. De Tálata soleando el aire con su mano derecha. Mueve los dedos y cada movimiento corresponde a una ráfaga de palabras, como si las disparara desde teclas invisibles. Ya se sacó la capucha, manchada de rouge, o de sangre, y cuando termina y hace un leve gesto que indica el final, la aplauden sonoramente.
Camina sola hacia otro sector, junto a la reproducción de un Apolo coronando a nosequién, micropene el de ese Apolo desnudo, y se queda parada junto al cuadro, que no es un cuadro, sino un papel pegado, más o menos de 2 x 1,5, cuya explicación se jacta de que el artista "roba" obras de internet para intervenirlas. Oh, ¡un ladrón!, ¡un ladrón!, ¡qué artemoderno…!
En el camino abraza a una mina como si la conociera. La conoce, es seguro. Yo sigo girando para hacer tiempo porque entiendo que habrá más T. Una mina joven de trajecito monitorea todo. No sé si es del lugar, si es parte de la instalación (ja), pero está mirando, claramente, todo. Nos está mirando. Me está mirando.
Junto al Apolo hay una manga como esas de los lavaderos de autos, apoyada horizontalmente en el suelo. Un ventilador le da cuerpo y permite ver que dice "Solidaridad" en rojo sobre fondo blanco. Allí la Silvina Luna del spoken word ataca de nuevo, más breve que la anterior, quiere saber si la mujer que es será algún día…
Otra vez, aplausos al terminar. La gente sigue circulando, no me parece que nadie se haya quedado especialmente. No me parece que nadie haya ido especialmente. "Silvina" descompone el personaje y mira algo en su celular, que ocupa todo el bolsillo trasero de su jean rosa.
¿Se puede sacar fotos? Nadie saca fotos. Y yo hago lo que hacen todos. Ni siquiera esa mina con una cámara cuya lente es pornográficamente larga y gruesa fotea. Me tienta sacar una de querusa para vos, pero mi querusa y mi cámara son poco efectivas.
Veo que una cincuentona se sienta en un banco de madera y, cuando se levanta, con la certeza de que uno puede sentarse, de que no es parte de la instalación, aprovecho para sentarme yo, simulando, como cuando saco fotos en la calle, que tengo un celular en vez de una cámara.
La artista comienza a girar alrededor de un pequeño pedestal coronado por un cubo transparente dentro del cual se expone un Iphone, o similar. Gira y gira con pasos afectados, y al fin saco la foto.
Se detiene y arranca con el de la lengua rolinga, el de cogimos y manchamos las sábanas. Dice coger en el ámbito aséptico del Malba, mientras me acerco, nos acercamos, somos pocos esta vez, menos de diez, y más lejos una madre lidia con su niño de ¿dos años? que llora porque quiere los auriculares de esa "obra" que consiste en un plasma que reproduce textos y que se completa con audio por auriculares, y algunos no dan pelota y siguen mirando las obras y sus explicaciones.
Otra obra tiene audio sin auriculares, sonido al aire, un tipo hablando de fondo mientras se proyecta no sé qué cosa contra la pared. Y su voz, la de Tálata, en ese ámbito de mala acústica, con el murmullo de fondo de esa grabación que formaba parte de la instalación –pierde ritmo la respiración cuando la rima se vuelve obsesión y no podés mantenerla más de tres veces–, con el niño llorando, con la monitoreadora que se acerca, sin intervenir, a la madre y al niño (y a la hermana del niño, que no llora, porque es un poco más grande), con voces en otros acentos, en otros idiomas (Parlez vous français, madame?), su voz, digo, se pierde un poco.
Y, digámoslo, la chica no incendia el lugar, no es Rafeef Ziadah, ponele.
Nuevamente, no nos acercamos mucho. ¿Cuál es la distancia a la que da acercarse sin pasar por sordo, por avasallante, por ciego, por invasor de T.u campo energético (y artístico)?
Nadie aplaude esta vez cuando termina. Varios segundos después, una mina más o menos joven ensaya dos o tres aplausos que no tienen onda expansiva. Yo sigo girando, la señorita monitor se sentó en una silla frente al recinto. Ahora simulo interés por el techo del Malba, un deslumbramiento ficticio ante la arquitectura de ese edificio tan moderno, cuyo fin es que pase el tiempo y llegue el nuevo poema. Miro hacia arriba y los de seguridad miran hacia abajo junto a la baranda del primer piso, junto a la baranda del segundo piso.
T habla con un chabón, parece que lo conoce. Hablan como si fueran conocidos. Tarda en volver a atacar. ¿Los neo fans podemos acercarnos?, ¿podemos hablarte? ¿O solo tus amigos? ¿Son tus amigos? ¿Los que te comentamos los videos podemos, o interrumpimos la insTalatación? Conozco una chica que está fascinada con vos, ella me pasó el dato de tu existencia… ¿Sos torta? ¿Sos bi? ¿El jugador de Vélez era el Rifle Pandolfi?
Nop.
Mi estado de ansiedad vence. Me hincho las bolas del lugar, y me voy.
A la vuelta, a Paseo Alcorta, porque se supone que allí venden zapatillas Asics, esas que se supone que son buenas para correr, y que no consigo ni en los lugares donde el sitio de Asics dice que venden. Subo por la escalera mecánica del shopping, y lo primero que aparece ante mi vista es uno de seguridad, mirando hacia abajo desde la desembocadura de la escalera, con un handy en la mano y un saco como de secundario privado que tiene el logo de la empresa bordado en el bolsillo.
Recorro los tres pisos, ahogándome cada vez más con el olor a shopping, que es una mezcla de aire procesado y muestras de perfumes repetidas en cada piso y maquillajes y voces en otros idiomas, con otros acentos. Un aire pesado, caliente y noventoso. ¡Hasta teléfonos públicos hay!
Un niño llora mucho y llama la atención de uno de seguridad, que mira hacia el lugar y da dos pasos acercándose, pero no más. Esas son las cosas que llaman la atención de la seguridad de Paseo Alcorta (?). Y en cada piso, junto a la baranda, otro de seguridad mira, hacia adelante, o hacia abajo, y otro camina handy en mano. Tres pisos y un local de Adidas y uno de Nike, pero no uno de Asics, ni uno multimarca, donde, entre otras marcas, vendan Asics.
También de ahí me hincho las bolas y me voy, descubriendo en cada piso lo difícil que me resulta acertarle al escalón de la escalera mecánica cuando bajo. No así cuando subo: cuando subo es el vértigo, y entonces me encorvo y miro hacia abajo, para no ver a los costados. Recién en el último piso, y prestándole mucha atención, logro acertar el escalón del descenso más o menos bien y sin temor a caerme. Pero agarrándome con las dos manos de las barandas en el momento de acceder a la escalera.
Vuelvo a casa. Caminando. Estaciona un Mini Cooper cuatro puertas frente al shopping con una rubia en el asiento del acompañante, rubia de anteojos oscuros, mientras viene caminando en dirección a mí un morocho con pañuelo palestino y una botella malamente disimulada dentro en una bolsa verde. Cara ajena al barrio, pienso. Pero el barrio también tiene ese paredón suburbano frente al shopping y a la plaza que está junto al museo.
En la plaza hay unos pájaros, como zorzales, pero negros, o de un azul casi negro, que nunca vi. Trato de sacarles una foto, pero, obviamente, se escapan cuando me acerco mucho. Y el zoom de mi cámara tiene poca nitidez.
Me doy vuelta para retomar mi camino y en el medio de la plaza veo un inconfundible rosa y amarillo. No es la tapa de Rockas Vivas, es Tálata Rodríguez junto con cuatro o cinco tipos, uno de los cuales se cambia la remera, otro de los cuales es el mismo que estaba en el Malba, ese con el que hablaba.
Por un momento temo que alguno me reconozca por mi campera desteñida, o por cómo camino, o por lo que sea, y comente "mirá, esx estaba en el museo". ¿Es timidez o es paranoia? O es ese recuerdo del CBC, de cuando me crucé con unas minas dos veces casi seguidas en dos escaleras distintas de Puan y se rieron de mí.
(Volviendo, me meto en Alto Palermo, y veo más o menos los mismos negocios, las mismas marcas. Y se huelen los mismos olores. Pero, por supuesto, tampoco encuentro Asics. Sólo noto un leve cambio: los de seguridad no tienen saco con escudo bordado, sino campera de tela de avión).
Ah, recién fui a Once y aledaños. En la plaza vi otro de esos pájaros azules casi negros. Y finalmente encontré las Asics. El modelo supuestamente más apropiado para alguien que pisa como yo cuesta… 2156 mangos. Todavía me dura la depresión.
Aún agitadx, le pregunto al de la entrada por el espectáculo. Busco en mi memoria el lugar del auditorio donde te vi aquella noche, tan atareada con las luces y una escalera… No lo encuentro. Vuelvo, pregunto en el mostrador cercano, y luego en el de informes: me dicen, sin muchas certezas, que es "ahí abajo", "una intervención". Abajo es entrada gratuita, arriba no, "arriba es otro precio"…
O sea, no es en el bonito auditorio de hace cuatro años, es en un espacio donde hay una ¿instalación? de arte moderno, con, por ejemplo, unas zapatillas Converse All Star viejas sobre unos ladrillos cementados. Las zapas están aseguradas con alambres, no sé si como parte de la obra de arte o para que no se las afanen.
La señorita T está parada entre dos banderas que también forman parte de la exposición. Sus mástiles salen de la pared a 45º, y, entre ambos, ella, con su campera rosa y amarilla y su capucha, quieta como una estatua de esas nuevas, realistas, de epoxi, tipo la de Olmedo. Daría para que fuera una estatua y que después apareciera ella en persona. Pero no: veo que respira, que se balancea levemente.
Recorro la muestra, un espacio de 13 x 6, digamos. Simulo interés, simulo leer las ¿explicaciones? de las obras, que están pegadas en la pared. Habrá unas diez personas, tal vez todos estén simulando, o tal vez sea the only one que fue especialmente a ver a T. De pronto, como a los diez minutos, da un par de pasos hacia adelante y larga con el de las torres gemelas. Habrá unas quince personas en ese momento, que se acercan, pero no mucho: creo que nadie se ubica a menos de dos metros y medio de ella.
Los dedos de su mano derecha son su motor. En cada video de un recital que veo, en cada solo, quiero que la cámara muestre la mano izquierda del guitarrista, de Blackmore soleando en Highway Star. De Tálata soleando el aire con su mano derecha. Mueve los dedos y cada movimiento corresponde a una ráfaga de palabras, como si las disparara desde teclas invisibles. Ya se sacó la capucha, manchada de rouge, o de sangre, y cuando termina y hace un leve gesto que indica el final, la aplauden sonoramente.
Camina sola hacia otro sector, junto a la reproducción de un Apolo coronando a nosequién, micropene el de ese Apolo desnudo, y se queda parada junto al cuadro, que no es un cuadro, sino un papel pegado, más o menos de 2 x 1,5, cuya explicación se jacta de que el artista "roba" obras de internet para intervenirlas. Oh, ¡un ladrón!, ¡un ladrón!, ¡qué artemoderno…!
En el camino abraza a una mina como si la conociera. La conoce, es seguro. Yo sigo girando para hacer tiempo porque entiendo que habrá más T. Una mina joven de trajecito monitorea todo. No sé si es del lugar, si es parte de la instalación (ja), pero está mirando, claramente, todo. Nos está mirando. Me está mirando.
Junto al Apolo hay una manga como esas de los lavaderos de autos, apoyada horizontalmente en el suelo. Un ventilador le da cuerpo y permite ver que dice "Solidaridad" en rojo sobre fondo blanco. Allí la Silvina Luna del spoken word ataca de nuevo, más breve que la anterior, quiere saber si la mujer que es será algún día…
Otra vez, aplausos al terminar. La gente sigue circulando, no me parece que nadie se haya quedado especialmente. No me parece que nadie haya ido especialmente. "Silvina" descompone el personaje y mira algo en su celular, que ocupa todo el bolsillo trasero de su jean rosa.
¿Se puede sacar fotos? Nadie saca fotos. Y yo hago lo que hacen todos. Ni siquiera esa mina con una cámara cuya lente es pornográficamente larga y gruesa fotea. Me tienta sacar una de querusa para vos, pero mi querusa y mi cámara son poco efectivas.
Veo que una cincuentona se sienta en un banco de madera y, cuando se levanta, con la certeza de que uno puede sentarse, de que no es parte de la instalación, aprovecho para sentarme yo, simulando, como cuando saco fotos en la calle, que tengo un celular en vez de una cámara.
La artista comienza a girar alrededor de un pequeño pedestal coronado por un cubo transparente dentro del cual se expone un Iphone, o similar. Gira y gira con pasos afectados, y al fin saco la foto.
Se detiene y arranca con el de la lengua rolinga, el de cogimos y manchamos las sábanas. Dice coger en el ámbito aséptico del Malba, mientras me acerco, nos acercamos, somos pocos esta vez, menos de diez, y más lejos una madre lidia con su niño de ¿dos años? que llora porque quiere los auriculares de esa "obra" que consiste en un plasma que reproduce textos y que se completa con audio por auriculares, y algunos no dan pelota y siguen mirando las obras y sus explicaciones.
Otra obra tiene audio sin auriculares, sonido al aire, un tipo hablando de fondo mientras se proyecta no sé qué cosa contra la pared. Y su voz, la de Tálata, en ese ámbito de mala acústica, con el murmullo de fondo de esa grabación que formaba parte de la instalación –pierde ritmo la respiración cuando la rima se vuelve obsesión y no podés mantenerla más de tres veces–, con el niño llorando, con la monitoreadora que se acerca, sin intervenir, a la madre y al niño (y a la hermana del niño, que no llora, porque es un poco más grande), con voces en otros acentos, en otros idiomas (Parlez vous français, madame?), su voz, digo, se pierde un poco.
Y, digámoslo, la chica no incendia el lugar, no es Rafeef Ziadah, ponele.
Nuevamente, no nos acercamos mucho. ¿Cuál es la distancia a la que da acercarse sin pasar por sordo, por avasallante, por ciego, por invasor de T.u campo energético (y artístico)?
Nadie aplaude esta vez cuando termina. Varios segundos después, una mina más o menos joven ensaya dos o tres aplausos que no tienen onda expansiva. Yo sigo girando, la señorita monitor se sentó en una silla frente al recinto. Ahora simulo interés por el techo del Malba, un deslumbramiento ficticio ante la arquitectura de ese edificio tan moderno, cuyo fin es que pase el tiempo y llegue el nuevo poema. Miro hacia arriba y los de seguridad miran hacia abajo junto a la baranda del primer piso, junto a la baranda del segundo piso.
T habla con un chabón, parece que lo conoce. Hablan como si fueran conocidos. Tarda en volver a atacar. ¿Los neo fans podemos acercarnos?, ¿podemos hablarte? ¿O solo tus amigos? ¿Son tus amigos? ¿Los que te comentamos los videos podemos, o interrumpimos la insTalatación? Conozco una chica que está fascinada con vos, ella me pasó el dato de tu existencia… ¿Sos torta? ¿Sos bi? ¿El jugador de Vélez era el Rifle Pandolfi?
Nop.
Mi estado de ansiedad vence. Me hincho las bolas del lugar, y me voy.
A la vuelta, a Paseo Alcorta, porque se supone que allí venden zapatillas Asics, esas que se supone que son buenas para correr, y que no consigo ni en los lugares donde el sitio de Asics dice que venden. Subo por la escalera mecánica del shopping, y lo primero que aparece ante mi vista es uno de seguridad, mirando hacia abajo desde la desembocadura de la escalera, con un handy en la mano y un saco como de secundario privado que tiene el logo de la empresa bordado en el bolsillo.
Recorro los tres pisos, ahogándome cada vez más con el olor a shopping, que es una mezcla de aire procesado y muestras de perfumes repetidas en cada piso y maquillajes y voces en otros idiomas, con otros acentos. Un aire pesado, caliente y noventoso. ¡Hasta teléfonos públicos hay!
Un niño llora mucho y llama la atención de uno de seguridad, que mira hacia el lugar y da dos pasos acercándose, pero no más. Esas son las cosas que llaman la atención de la seguridad de Paseo Alcorta (?). Y en cada piso, junto a la baranda, otro de seguridad mira, hacia adelante, o hacia abajo, y otro camina handy en mano. Tres pisos y un local de Adidas y uno de Nike, pero no uno de Asics, ni uno multimarca, donde, entre otras marcas, vendan Asics.
También de ahí me hincho las bolas y me voy, descubriendo en cada piso lo difícil que me resulta acertarle al escalón de la escalera mecánica cuando bajo. No así cuando subo: cuando subo es el vértigo, y entonces me encorvo y miro hacia abajo, para no ver a los costados. Recién en el último piso, y prestándole mucha atención, logro acertar el escalón del descenso más o menos bien y sin temor a caerme. Pero agarrándome con las dos manos de las barandas en el momento de acceder a la escalera.
Vuelvo a casa. Caminando. Estaciona un Mini Cooper cuatro puertas frente al shopping con una rubia en el asiento del acompañante, rubia de anteojos oscuros, mientras viene caminando en dirección a mí un morocho con pañuelo palestino y una botella malamente disimulada dentro en una bolsa verde. Cara ajena al barrio, pienso. Pero el barrio también tiene ese paredón suburbano frente al shopping y a la plaza que está junto al museo.
En la plaza hay unos pájaros, como zorzales, pero negros, o de un azul casi negro, que nunca vi. Trato de sacarles una foto, pero, obviamente, se escapan cuando me acerco mucho. Y el zoom de mi cámara tiene poca nitidez.
Me doy vuelta para retomar mi camino y en el medio de la plaza veo un inconfundible rosa y amarillo. No es la tapa de Rockas Vivas, es Tálata Rodríguez junto con cuatro o cinco tipos, uno de los cuales se cambia la remera, otro de los cuales es el mismo que estaba en el Malba, ese con el que hablaba.
Por un momento temo que alguno me reconozca por mi campera desteñida, o por cómo camino, o por lo que sea, y comente "mirá, esx estaba en el museo". ¿Es timidez o es paranoia? O es ese recuerdo del CBC, de cuando me crucé con unas minas dos veces casi seguidas en dos escaleras distintas de Puan y se rieron de mí.
(Volviendo, me meto en Alto Palermo, y veo más o menos los mismos negocios, las mismas marcas. Y se huelen los mismos olores. Pero, por supuesto, tampoco encuentro Asics. Sólo noto un leve cambio: los de seguridad no tienen saco con escudo bordado, sino campera de tela de avión).
Ah, recién fui a Once y aledaños. En la plaza vi otro de esos pájaros azules casi negros. Y finalmente encontré las Asics. El modelo supuestamente más apropiado para alguien que pisa como yo cuesta… 2156 mangos. Todavía me dura la depresión.
Llamé y me cortaron
Está el tema ese de Billordo que dice "Llamaron y cortaron", sobre el que se pueden hacer algunas observaciones quizá demasiado literales: cómo sabe que los que llamaban eran quien él dice (sí, ya sé, identificador de llamadas… ja), por qué solo lo llaman tipos, qué relación hay entre esos llamados y la persona que lo dejó, por qué llaman y cortan…
En especial, sobre esto último, ya que en casos así, de intentos de comunicación en situaciones (¿casi?) irremontables, más que recibir llamados que cortan, soy yo quien llama y, presa de la duda –sobre qué decir ya, a estas alturas, o para qué–, balbuceo con la boca seca de orfandad, o me desmorono ante la primera palabra que recibo y en la que encuentro un tono hostil o ajeno, seguramente inexorable, seguramente previsto.
Tanto que a veces soy yo quien levanta el teléfono y no se anima a llamar, quien pasa por donde está el teléfono y decide no levantarlo para evitar esa sensación horrible de sentirse a punto de molestar, o de invadir, o de intentar acercarse a un lugar donde ya no serás bienvenido, a un lugar del que quedé irremediablemente afuera. Lo cual era obvio para una parte de la propia percepción y será aún más patente cuando la conversación termine y el peso de esa realidad confirmada sea aplastante.
Y otras veces soy yo quien corta, cuando en la cabeza, de repente, desaparecen las palabras que instaron a ese llamado, o cuando se derrumba el sentido que ellas parecían cobrar. Seguro que alguna vez llamé y corté por algo así.
Pero las más de las veces soy yo quien llama y son ellos los que cortan al escuchar mi voz. El contestador automático no entró, el identificador de llamadas falló, el reflejo de responder al ring prevaleció sobre el recuerdo de evitarme –porque soy un monstruo al que mejor evitar, parece–, y la respuesta fue cortar. Llamé y me cortaron. Más de una vez. Llamé y fue una mierda.
Sin embargo, donde quería detenerme es en la parte en que los amigos lo citan en un bar y le dicen que ya no quieren ser sus amigos. Quiero detenerme allí pues me dispara una pregunta que cala hondo en mi pasado. Y en mi presente, que suele no ser otra cosa que la repetición de mi pasado. ¿Es mejor que te lo digan o, en cambio, es preferible que la relación se termine sin aviso, yéndose en fade, en llamados y mails sin respuesta?
La primera sensación es que ambas cosas son una mierda. Como que llamen y corten, como que no llamen, como que prefieran jugar al truco o ir a marchas con carteles que dicen "ningún pibx nace heterosexual" (hay que ser muy pelotudx para levantar un cartel con esa frase) en lugar de interactuar conmigo, como que siempre encuentren allí o en cualquier lado algo mejor que en mí. Siempre.
Si lo pienso, si hago el esfuerzo de razonarlo, preferiré que me lo digan: conlleva cierto respeto, cierta consideración, expresar las cosas claramente cuando suceden. Implica tomarse un tiempo para juntar las palabras, para afrontar el momento tal vez incómodo de decirlas, aunque, como los (ex) amigos de Billordo, después se vayan rápido, sin dar explicaciones, sin que haya tiempo para pedirlas. Y sin pagar la cuenta del bar…
Porque claro que sería mejor una explicación plausible además del anuncio. Pero, incluso sin ella, al menos te ahorran atravesar ese tiempo nebuloso de incertidumbre en que es evidente la merma radical de la comunicación, y uno, desorientado, o negador, trata de recomponer el vínculo golpeando una puerta que ya no te van a abrir, que no quieren abrirte más. Y que a veces tampoco cierran de manera explícita, regodeándose, por el contrario, en la mentira del "llamame, que si estoy te atiendo", o agitando la ilusión con un "me gustaría ir a ver a Dancing un jueves con vos" o ejercitando esa mezcla de verdad y eufemismo que es el "si te necesitamos, te llamamos". O apostando a que les salga muy barato, a que su indiferencia desintegre mis intentos de acercamiento mientras me van transformando en un ser molesto que "no sé para qué llama" y que así da aún más razones para evitarlo.
Como replicantes de Videla, te (¡me!) desaparecen, y uno ya no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo: está desaparecido. Bah, uno, ellos, lo que había, lo que dijeron que iban a hacer y no hicieron (y uno se quedó esperando), todo desaparecido… Y sin saber por qué o desde cuándo.
(Obvio que sería mucho mejor agarrarlo a tiempo, hablarlo antes, mientras se deteriora, como logré intentar aquella noche en que volví a verme con una persona tras un largo interregno, catorce meses, ja, y pude decirle "pasó algo acá, ¿qué pasó con/en todo este tiempo?", y mencioné como ejemplo la tarde en que, tras seis años, volví a ver a mi padre, cuando me dijo de trabajar con él. Toqué el timbre del lugar ese, y mi viejo salió a abrirme, y me dio la mano en la puerta, y entré, y nunca se tocó el tema de ese tiempo. Ni él ni yo. Ni esa vez ni nunca. "No quiero repetir eso", le dije a esta persona, y no voy a decir lo que me respondió porque no hay cita textual y no quiero tergiversarla, pero la explicación quedó en ridículo cuando la semana siguiente comenzó otro largo interregno, que quizá ya no sea interregno, y que dura hasta hoy, apenas interrumpido el día posterior a una muerte).
De ceñirme a la teoría, valoraré a quien lo dice, a quien da por terminada la amistad, la relación, lo que sea que hubiéramos construido, en un acto explícito e inequívoco. Al rato de ese hipotético gesto, no obstante, cuando se reacomode un poco la cabeza tras el shock, será evidente que no hay nadie, ni nada, salvo la recurrente desconexión, el renovado fracaso de una relación que no prospera, la repetida confirmación de que soy una mierda, y entonces todo es una mierda, lo hayan dicho o no.
Más mierda aún cuando me acuerdo de la única persona que tuvo esa deferencia conmigo, el que dijo con tono de fastidio "no more, no llames más" una tarde en que lo llamé por teléfono, luego de superar el titubeo frente al aparato, la duda sobre si lo llamo o no y para qué, porque está claro que esa búsqueda, la de reeditar la empatía, la comunicación o el cariño explicitado, nunca llegará a destino por una movida mía.
Este boludo, que solía decirme que me gustaba dar lástima, alguna vez me dejó esperando en el teléfono porque estaba jugando al truco, lo cual, obviamente, era más importante que yo. Y otra vez, tratando de hacerme sentir mal, me instó a hacer algo, porque, claro, yo no hago nada. Estoy al pedo. Boludeo. Molesto.
Previsiblemente, era algo en su beneficio: ir a ayudar en el arreglo del techo de chapa de su casa suburbana, porque ¡pobrecitos los pobres!… Oh, las cosas útiles, esas son las cosas importantes, no buscar un lugar, o tratar de construirlo en el medio de la nada en que crecí, sino el extraño mix entre materialidad y espiritualidad barrial que se inventan algunos.
El forro este –que desacreditaba mi pelo largo porque en su adolescencia, cuando tomaron un colegio, en el 73, ellos también tenían el pelo largo, más largo que el mío–, un pelotudo peronista que a su perro le había puesto de nombre Megafón mucho antes del revisionismo K, un necrófilo que buscaba una mujer que fuera su Evita, aquella tarde me preguntó si curtía (sic), me maltrató a su modo, y, con tono ofuscado, remató su sermón diciendo que "estoy en un llonsi de ruedas". No pretendía darme una noticia, pues ya lo sabía, ni dar lástima, porque eso me estaba reservado a mí, ja. Tal vez sólo quisiera decirme que lo mío era insignificante y latoso, que lo realmente groso era lo suyo y que en esa grosez no había espacio para mí.
Los vericuetos de la web me devuelven ahora su nombre y su imagen junto a la gilada dolinesca sensiblera que le gustaba cultivar, publicadas bajo un encabezado que resalta el mucho amor con el que están escritas. Luego de agradecer la lectura, se rectifica para instarnos a leerlas porque "necesito el laburo". Traté de dejarle un comentario para preguntarle si eso no era dar lástima, pero el formulario de la página no funcionaba.
El mismo entramado de bits me muestra también las palabras repetidas y los éxitos de otros conocidos a la hora de renovar con ellas sus relaciones, lo que pone de manifiesto cuán intercambiables les resultan las personas. Esas mismas palabras aplicables a unos, a otros, a otros más… "Queridísimos exalumnos" vale para todos. Incluso para aquellos a los que no querías. Quizá porque no querés a nadie, y solo simulás. Quizá porque para ustedes somos la escenografía que adorna, según convenga, la puesta en escena de su vida. Hoy pinta poner esto acá, mañana me aburre o me molesta y lo descarto en una caja, en un desván, en el silencio. Pero, claro, la persona que posiblemente tenga Asperger, la que tiene dificultades para registrar a los otros, soy yo…
Los veo diciendo lo mismo, porque –ya lo dijo alguien– el público se renueva, y pienso en el próximo incauto al que engatusará la negrera y estafadora que sigue prenseando al multiprocesado político-empresario nac&pop. O en el siguiente idiota que se conmoverá con el verso de la chica pobrecita que no puede acabar con su pareja desconsiderada, que no la entiende y que se toma toda la merca en vez de guardarle un poco.
Cuánto me gustaría poder decirles, con una claridad que nunca alcanzo (que es inalcanzable, porque las versiones de la realidad que se imponen siempre son las de los otros, nunca las mías): "Ey, descubrí tu juego: lo que vos hacías era esto y esto, para que yo y/o los demás quedáramos en tal situación. Eso era lo profundo, la matriz de tu manipulación, y lo que siempre cuento son meras anécdotas, las diversas formas que iba tomando".
¡Y cuánto me gustaría poder exponer esas mentiras, esas palabras repetidas! Que todos sepan que "este salame" y el otro salame fuimos salames por creerle a la chorra esa cuando dijo que nos iba a pagar. Decirles a sus contactos de FB, por ejemplo, cuán garca, estafadora y mitómana es, y que no pueda mentir más, que tenga que inventarse otro modus operandi para estafar trabajadores.
Cortar de alguna forma esta dinámica donde siempre me derrotan en silencio. Donde en silencio me condenan al silencio. Sacarme ese peso no solo yo en mi mirada, sino en la de ellos. No solo que se enteren, pues les chuparía un huevo, sino que no les resulte gratis forrearme o despreciarme. Y no tener más pesadillas, como las que hoy me dejaron como consecuencia un aturdimiento que continúa aunque me levanté hace varias horas.
No sé si buscando más palabras para, diez años después, mandar un mail que creo lúcido y que al rato me parece pura gilada, o puteando por escrito, con treinta años de demora, a un maestro del colegio. O si acuchill… quiero decir, escupiéndoles la cara. O si haciendo un blog que se llame gentedemierda.blogspot.com, donde cuente estas y otras historias con nombres reales y fotos de las personas referidas… Lo postearía desde mi casa, desde mi IP, y una vez posteado les mandaría por FB el link, ja. Para que tengan. Capaz.
En especial, sobre esto último, ya que en casos así, de intentos de comunicación en situaciones (¿casi?) irremontables, más que recibir llamados que cortan, soy yo quien llama y, presa de la duda –sobre qué decir ya, a estas alturas, o para qué–, balbuceo con la boca seca de orfandad, o me desmorono ante la primera palabra que recibo y en la que encuentro un tono hostil o ajeno, seguramente inexorable, seguramente previsto.
Tanto que a veces soy yo quien levanta el teléfono y no se anima a llamar, quien pasa por donde está el teléfono y decide no levantarlo para evitar esa sensación horrible de sentirse a punto de molestar, o de invadir, o de intentar acercarse a un lugar donde ya no serás bienvenido, a un lugar del que quedé irremediablemente afuera. Lo cual era obvio para una parte de la propia percepción y será aún más patente cuando la conversación termine y el peso de esa realidad confirmada sea aplastante.
Y otras veces soy yo quien corta, cuando en la cabeza, de repente, desaparecen las palabras que instaron a ese llamado, o cuando se derrumba el sentido que ellas parecían cobrar. Seguro que alguna vez llamé y corté por algo así.
Pero las más de las veces soy yo quien llama y son ellos los que cortan al escuchar mi voz. El contestador automático no entró, el identificador de llamadas falló, el reflejo de responder al ring prevaleció sobre el recuerdo de evitarme –porque soy un monstruo al que mejor evitar, parece–, y la respuesta fue cortar. Llamé y me cortaron. Más de una vez. Llamé y fue una mierda.
Sin embargo, donde quería detenerme es en la parte en que los amigos lo citan en un bar y le dicen que ya no quieren ser sus amigos. Quiero detenerme allí pues me dispara una pregunta que cala hondo en mi pasado. Y en mi presente, que suele no ser otra cosa que la repetición de mi pasado. ¿Es mejor que te lo digan o, en cambio, es preferible que la relación se termine sin aviso, yéndose en fade, en llamados y mails sin respuesta?
La primera sensación es que ambas cosas son una mierda. Como que llamen y corten, como que no llamen, como que prefieran jugar al truco o ir a marchas con carteles que dicen "ningún pibx nace heterosexual" (hay que ser muy pelotudx para levantar un cartel con esa frase) en lugar de interactuar conmigo, como que siempre encuentren allí o en cualquier lado algo mejor que en mí. Siempre.
Si lo pienso, si hago el esfuerzo de razonarlo, preferiré que me lo digan: conlleva cierto respeto, cierta consideración, expresar las cosas claramente cuando suceden. Implica tomarse un tiempo para juntar las palabras, para afrontar el momento tal vez incómodo de decirlas, aunque, como los (ex) amigos de Billordo, después se vayan rápido, sin dar explicaciones, sin que haya tiempo para pedirlas. Y sin pagar la cuenta del bar…
Porque claro que sería mejor una explicación plausible además del anuncio. Pero, incluso sin ella, al menos te ahorran atravesar ese tiempo nebuloso de incertidumbre en que es evidente la merma radical de la comunicación, y uno, desorientado, o negador, trata de recomponer el vínculo golpeando una puerta que ya no te van a abrir, que no quieren abrirte más. Y que a veces tampoco cierran de manera explícita, regodeándose, por el contrario, en la mentira del "llamame, que si estoy te atiendo", o agitando la ilusión con un "me gustaría ir a ver a Dancing un jueves con vos" o ejercitando esa mezcla de verdad y eufemismo que es el "si te necesitamos, te llamamos". O apostando a que les salga muy barato, a que su indiferencia desintegre mis intentos de acercamiento mientras me van transformando en un ser molesto que "no sé para qué llama" y que así da aún más razones para evitarlo.
Como replicantes de Videla, te (¡me!) desaparecen, y uno ya no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo: está desaparecido. Bah, uno, ellos, lo que había, lo que dijeron que iban a hacer y no hicieron (y uno se quedó esperando), todo desaparecido… Y sin saber por qué o desde cuándo.
(Obvio que sería mucho mejor agarrarlo a tiempo, hablarlo antes, mientras se deteriora, como logré intentar aquella noche en que volví a verme con una persona tras un largo interregno, catorce meses, ja, y pude decirle "pasó algo acá, ¿qué pasó con/en todo este tiempo?", y mencioné como ejemplo la tarde en que, tras seis años, volví a ver a mi padre, cuando me dijo de trabajar con él. Toqué el timbre del lugar ese, y mi viejo salió a abrirme, y me dio la mano en la puerta, y entré, y nunca se tocó el tema de ese tiempo. Ni él ni yo. Ni esa vez ni nunca. "No quiero repetir eso", le dije a esta persona, y no voy a decir lo que me respondió porque no hay cita textual y no quiero tergiversarla, pero la explicación quedó en ridículo cuando la semana siguiente comenzó otro largo interregno, que quizá ya no sea interregno, y que dura hasta hoy, apenas interrumpido el día posterior a una muerte).
De ceñirme a la teoría, valoraré a quien lo dice, a quien da por terminada la amistad, la relación, lo que sea que hubiéramos construido, en un acto explícito e inequívoco. Al rato de ese hipotético gesto, no obstante, cuando se reacomode un poco la cabeza tras el shock, será evidente que no hay nadie, ni nada, salvo la recurrente desconexión, el renovado fracaso de una relación que no prospera, la repetida confirmación de que soy una mierda, y entonces todo es una mierda, lo hayan dicho o no.
Más mierda aún cuando me acuerdo de la única persona que tuvo esa deferencia conmigo, el que dijo con tono de fastidio "no more, no llames más" una tarde en que lo llamé por teléfono, luego de superar el titubeo frente al aparato, la duda sobre si lo llamo o no y para qué, porque está claro que esa búsqueda, la de reeditar la empatía, la comunicación o el cariño explicitado, nunca llegará a destino por una movida mía.
Este boludo, que solía decirme que me gustaba dar lástima, alguna vez me dejó esperando en el teléfono porque estaba jugando al truco, lo cual, obviamente, era más importante que yo. Y otra vez, tratando de hacerme sentir mal, me instó a hacer algo, porque, claro, yo no hago nada. Estoy al pedo. Boludeo. Molesto.
Previsiblemente, era algo en su beneficio: ir a ayudar en el arreglo del techo de chapa de su casa suburbana, porque ¡pobrecitos los pobres!… Oh, las cosas útiles, esas son las cosas importantes, no buscar un lugar, o tratar de construirlo en el medio de la nada en que crecí, sino el extraño mix entre materialidad y espiritualidad barrial que se inventan algunos.
El forro este –que desacreditaba mi pelo largo porque en su adolescencia, cuando tomaron un colegio, en el 73, ellos también tenían el pelo largo, más largo que el mío–, un pelotudo peronista que a su perro le había puesto de nombre Megafón mucho antes del revisionismo K, un necrófilo que buscaba una mujer que fuera su Evita, aquella tarde me preguntó si curtía (sic), me maltrató a su modo, y, con tono ofuscado, remató su sermón diciendo que "estoy en un llonsi de ruedas". No pretendía darme una noticia, pues ya lo sabía, ni dar lástima, porque eso me estaba reservado a mí, ja. Tal vez sólo quisiera decirme que lo mío era insignificante y latoso, que lo realmente groso era lo suyo y que en esa grosez no había espacio para mí.
Los vericuetos de la web me devuelven ahora su nombre y su imagen junto a la gilada dolinesca sensiblera que le gustaba cultivar, publicadas bajo un encabezado que resalta el mucho amor con el que están escritas. Luego de agradecer la lectura, se rectifica para instarnos a leerlas porque "necesito el laburo". Traté de dejarle un comentario para preguntarle si eso no era dar lástima, pero el formulario de la página no funcionaba.
El mismo entramado de bits me muestra también las palabras repetidas y los éxitos de otros conocidos a la hora de renovar con ellas sus relaciones, lo que pone de manifiesto cuán intercambiables les resultan las personas. Esas mismas palabras aplicables a unos, a otros, a otros más… "Queridísimos exalumnos" vale para todos. Incluso para aquellos a los que no querías. Quizá porque no querés a nadie, y solo simulás. Quizá porque para ustedes somos la escenografía que adorna, según convenga, la puesta en escena de su vida. Hoy pinta poner esto acá, mañana me aburre o me molesta y lo descarto en una caja, en un desván, en el silencio. Pero, claro, la persona que posiblemente tenga Asperger, la que tiene dificultades para registrar a los otros, soy yo…
Los veo diciendo lo mismo, porque –ya lo dijo alguien– el público se renueva, y pienso en el próximo incauto al que engatusará la negrera y estafadora que sigue prenseando al multiprocesado político-empresario nac&pop. O en el siguiente idiota que se conmoverá con el verso de la chica pobrecita que no puede acabar con su pareja desconsiderada, que no la entiende y que se toma toda la merca en vez de guardarle un poco.
Cuánto me gustaría poder decirles, con una claridad que nunca alcanzo (que es inalcanzable, porque las versiones de la realidad que se imponen siempre son las de los otros, nunca las mías): "Ey, descubrí tu juego: lo que vos hacías era esto y esto, para que yo y/o los demás quedáramos en tal situación. Eso era lo profundo, la matriz de tu manipulación, y lo que siempre cuento son meras anécdotas, las diversas formas que iba tomando".
¡Y cuánto me gustaría poder exponer esas mentiras, esas palabras repetidas! Que todos sepan que "este salame" y el otro salame fuimos salames por creerle a la chorra esa cuando dijo que nos iba a pagar. Decirles a sus contactos de FB, por ejemplo, cuán garca, estafadora y mitómana es, y que no pueda mentir más, que tenga que inventarse otro modus operandi para estafar trabajadores.
Cortar de alguna forma esta dinámica donde siempre me derrotan en silencio. Donde en silencio me condenan al silencio. Sacarme ese peso no solo yo en mi mirada, sino en la de ellos. No solo que se enteren, pues les chuparía un huevo, sino que no les resulte gratis forrearme o despreciarme. Y no tener más pesadillas, como las que hoy me dejaron como consecuencia un aturdimiento que continúa aunque me levanté hace varias horas.
No sé si buscando más palabras para, diez años después, mandar un mail que creo lúcido y que al rato me parece pura gilada, o puteando por escrito, con treinta años de demora, a un maestro del colegio. O si acuchill… quiero decir, escupiéndoles la cara. O si haciendo un blog que se llame gentedemierda.blogspot.com, donde cuente estas y otras historias con nombres reales y fotos de las personas referidas… Lo postearía desde mi casa, desde mi IP, y una vez posteado les mandaría por FB el link, ja. Para que tengan. Capaz.
Jazmines
De nuevo es octubre y de nuevo florecen los jazmines de mi jardín. Por un mes y medio o dos filtrarán su perfume en subrepticias ráfagas que circulan por el patio y a veces llegan a mi pieza.
Es la última vez, supongo, el último octubre que estaré acá. Y pienso en que nunca pude compartirlo con nadie. Aunque lo intenté (las veces que pude, que fueron muchas menos de las veces que lo deseé).
Así también será la muerte, seguramente. Con certeza sobre la fecha de llegada o no, llegará, y veré que nunca nadie habrá querido compartir nada conmigo.
Es la última vez, supongo, el último octubre que estaré acá. Y pienso en que nunca pude compartirlo con nadie. Aunque lo intenté (las veces que pude, que fueron muchas menos de las veces que lo deseé).
Así también será la muerte, seguramente. Con certeza sobre la fecha de llegada o no, llegará, y veré que nunca nadie habrá querido compartir nada conmigo.
miércoles, 23 de julio de 2014
Déjà vu (II) * An endless loop
Las olas retornan a la playa en su loop infinto.
Tan infinito como el ciclo del día y la noche
o el de los bombardeos israelíes.
Qana 1996, Qana 2006.
Plomo Fundido 2008, Margen Protector 2014.
Playa de Gaza 2006, playa de Gaza 2014.
Las olas retornan a la playa
y se llevan la arena ensangrentada.
Pronto, deberán hacerlo de nuevo.
*****
Junio de 2006
Haithem Ali Eisa Ghalya, 5 meses.
Hanadi Ali Eisa Ghalya, 18 meses.
Sabrin Ali Eisa Ghalya, 4 años.
Ilham Ali Eisa Ghalya, 15 años.
Alia Ali Eisa Ghalya, 17 años.
Julio de 2014
Ahed Bakr, 10 años.
Zakaria Bakr, 10 años.
Mohammed Bakr, 11 años.
Ismail Bakr, 9 años.
Déjà vu
Tan infinito como el ciclo del día y la noche
o el de los bombardeos israelíes.
Qana 1996, Qana 2006.
Plomo Fundido 2008, Margen Protector 2014.
Playa de Gaza 2006, playa de Gaza 2014.
Las olas retornan a la playa
y se llevan la arena ensangrentada.
Pronto, deberán hacerlo de nuevo.
*****
Junio de 2006
Haithem Ali Eisa Ghalya, 5 meses.
Hanadi Ali Eisa Ghalya, 18 meses.
Sabrin Ali Eisa Ghalya, 4 años.
Ilham Ali Eisa Ghalya, 15 años.
Alia Ali Eisa Ghalya, 17 años.
Julio de 2014
Ahed Bakr, 10 años.
Zakaria Bakr, 10 años.
Mohammed Bakr, 11 años.
Ismail Bakr, 9 años.
Déjà vu
sábado, 14 de junio de 2014
No sé, fijate… (looking for some respect)
O hacelo vos y decime tu puntaje.
El test de espectroautista.info donde saqué 44 puntos ("Muy alto: la media de las personas con síndrome de Asperger o autismo de alto funcionamiento es de 35"), no lo pongo. Ese no…
Sobre el Page Rank y otras cosas
Con un poco de tiempo sobrante en el cyber, la otra vez que actualicé el blog aproveché para chusmear las estadísticas. Previsiblemente, todos los que llegan a través de un buscador llegan a través de Google. No tan previsible es que más de un 90% de la gente googlea logueada en Gmail o habiendo iniciado sesión en Chrome, etc., de modo que le deja su historial de búsqueda al monopolio de Mountain View. (Me corrijo: las búsquedas sobre las que Google no provee datos ahora también incluyen algunas que se hacen sin estar logueado).
La mayor sorpresa, sin embargo, fue cuando usé un proxy para loguearme con una cuenta distinta de esta porque no quería dejar la misma IP en las dos cuentas. Me volví vieja buscando un proxy no transparente ya que todos los que usaba, al probar en ipaddress, me decían que estaba usando un proxy, que su IP era equis y que mi IP original era zeta.
Finalmente, di con uno que pasó la prueba de cual-es-mi-ip, y me logueé en esa otra cuenta de Gmail. Cuál no fue mi sorpresa cuando, sin premeditarlo, hice clic abajo a la derecha, en "actividad reciente", y me anoticié de que para Gmail (y entiendo que también para todos los sitios de Google) el proxy no existía. La IP que ellos registraban era la original del cyber, y no la del proxy que tanto me costó conseguir.
Así que esa (vieja) forma de encontrar un resquicio anónimo en la web no sirve más. Si alguien sugiere alguna otra, bienvenida. (Tor no cuenta porque al usar una IP de, ponele, Dinamarca, no te deja abrir la cuenta presumiendo "tráfico inusual").
Volviendo a las estadísticas, supe que los posts más visitados son el de los cien mejores blues, el de la arquitecta Iris Cantante, el de la cajeta de Vanucci e incluso el de Andrés Klipphan. Y el de las equivalencias sobre los números de zapatillas. Todos posts cuyos títulos parecen ser atractivos para el algoritmo de Google.
Sin embargo, otros con títulos que considero igual de atractivos no tienen esa suerte en el Page Rank. En especial dos a los que les tengo particular aprecio y que presentan temas que presumí interesantes. Uno es el de los poemas de Rafeef Ziadah, la poderosa poeta y performer palestina, en el cual no solo reproduzco los dos poemas más conocidos de ella, de los cuales hay versión castellana en la web, sino algunos otros de los que esta es la única traducción a nuestro idioma conocida en internet.
Incluso le cambié el título al post, que originalmente se llamaba "Salvaje", como uno de esos poemas, y ahora, por un tiempo nada más, se llama "Poemas de Rafeef Ziadah en español". Pero el cambio de título fue tan vano a la hora de seducir al buscador como lo había sido esa misma frase escrita en blanco sobre fondo blanco en el cuerpo del post.
El otro es el que habla de Jorge Corsi, el psicólogo especialista en abuso de menores que, de tanto especializarse, terminó siendo él mismo un abusador (o, quizá, el abusador de menores que, de tanto abusar, terminó siendo un especialista en abuso…), y de Natalia "La Pepa" Gaitán, esa chica cordobesa asesinada por el padrastro de su novia menor de edad que es reivindicada por militroskas y militortas como ícono de no sé qué mierda cuando en realidad era una basura de persona. Porque no sólo se cogía a una menor de edad sin consentimiento de los padres, sino que se aprovechó de la conflictiva situación familiar de la menor para llevársela a vivir con ella. Y se aprovechó también de otra posición de privilegio, la de ser hija de una mina que tenía un comedor.
Gaitán era, también, alguien que, mientras estaba en pareja con la menor y convivía con ella, dormía en la misma cama con su "amiga íntima" (y tal vez con la menor, pero nadie en el juicio se interesó en eso), la cual, a su vez, seducía a la hermana menor de la menor, que tenía 14 años. Y era una golpeadora que cagaba a palos a su novia anterior (y tal vez también a la menor, pero nadie en el juicio se interesó en eso cuando ella declaró que Gaitán le pegaba a aquella novia hasta dejarle la cara morada) y una persona violenta que cultivaba la violencia física –tanto que hacía vale todo– y solía dirimir sus disputas a trompadas.
Ese apego por la violencia es reivindicado por la abogada de la querella, quien dijo: "Si Torres (el padrastro) se iba a las manos con la Pepa, perdía". De ser eso cierto, encuentro bastante lógico que haya usado un arma de fuego. Habría que explicarle a la abogada esta que la pólvora no la inventó un grandote, ni un forzudo: la inventó un petiso podrido de que lo cagaran a trompadas.
Y todas esas conductas de Gaitán son reivindicadas por lxs militontxs y las militortas que necesitan un mártir para que sus reclamos tengan mayor repercusión. No importa si su mártir es una persona impresentable e indefendible, como lo era Gaitán. Entonces, callan todo este pasado y cada año van sumando un nuevo eslogan para reinventarlo. A la mentira inicial, "fusilada por lesbiana" (desarticulada en el juicio, donde todos coincidieron en que tanto Gaitán como su novia anterior y su amiga íntima eran bienvenidas en la casa de la menor y del padrastro), fueron agregando lo de "militante social" y lo de "lesbiana visible". Este último, un patético eufemismo por superchonga, o por marimacho, pareciera pretender que todas las lesbianas visibles son algo así como un tipo con concha. Bastante discriminador, me parece… Lesbiana visible para mí es Paula Maffia, por ejemplo, y no necesita masculinizarse ni un poquito.
Más bien, veo que Gaitán era una de esas personas nefastas con personalidades casi psicopáticas que uno a veces tiene la desgracia de cruzarse, dispuestas a imponer su voluntad a como dé lugar y sin reconocer límites, lo cual en este caso incluía explícitamente la violencia física. Gente así, bien muerta está.
Me encantaría que esos dos posts tuvieran más visitas, que sean más los que conozcan a Rafeef Ziadah, y sobre todo a través de mí, ja ja, y que sean menos los que ensalcen a esta abusadora de menores y golpeadora convertida en heroína (militante social no: ¡embambinadora!) sin haber escuchado los audios del juicio y sólo repitiendo las boludeces hagiográficas de Marta Dillon y otras forras similares, como esa que escribió "fusilada por la fálica escopeta del padrastro". Porque, de tan idiotas, además de censurar comentarios en los blogs "militantes por la diversidad", capaz que un día terminan defendiendo a Corsi. O a Grassi (o a Marshall Meyer, que también los religiosos judíos abusan de menores).
Volviendo al tema original, descubrí otra cosa: Bing (sí, hay algo que se llama Bing, aunque nadie lo use) ha quitado el resultado de mi blog cuando uno busca sobre la arquitecta Cantante. No explica la razón, pero parece factible que alguien haya pedido que lo bloquearan. Si fue así, amigos, no entendieron nada. Y sale voto positivo para Google, que no bloqueó, pues supongo que también se lo habrán pedido.
La mayor sorpresa, sin embargo, fue cuando usé un proxy para loguearme con una cuenta distinta de esta porque no quería dejar la misma IP en las dos cuentas. Me volví vieja buscando un proxy no transparente ya que todos los que usaba, al probar en ipaddress, me decían que estaba usando un proxy, que su IP era equis y que mi IP original era zeta.
Finalmente, di con uno que pasó la prueba de cual-es-mi-ip, y me logueé en esa otra cuenta de Gmail. Cuál no fue mi sorpresa cuando, sin premeditarlo, hice clic abajo a la derecha, en "actividad reciente", y me anoticié de que para Gmail (y entiendo que también para todos los sitios de Google) el proxy no existía. La IP que ellos registraban era la original del cyber, y no la del proxy que tanto me costó conseguir.
Así que esa (vieja) forma de encontrar un resquicio anónimo en la web no sirve más. Si alguien sugiere alguna otra, bienvenida. (Tor no cuenta porque al usar una IP de, ponele, Dinamarca, no te deja abrir la cuenta presumiendo "tráfico inusual").
Volviendo a las estadísticas, supe que los posts más visitados son el de los cien mejores blues, el de la arquitecta Iris Cantante, el de la cajeta de Vanucci e incluso el de Andrés Klipphan. Y el de las equivalencias sobre los números de zapatillas. Todos posts cuyos títulos parecen ser atractivos para el algoritmo de Google.
Sin embargo, otros con títulos que considero igual de atractivos no tienen esa suerte en el Page Rank. En especial dos a los que les tengo particular aprecio y que presentan temas que presumí interesantes. Uno es el de los poemas de Rafeef Ziadah, la poderosa poeta y performer palestina, en el cual no solo reproduzco los dos poemas más conocidos de ella, de los cuales hay versión castellana en la web, sino algunos otros de los que esta es la única traducción a nuestro idioma conocida en internet.
Incluso le cambié el título al post, que originalmente se llamaba "Salvaje", como uno de esos poemas, y ahora, por un tiempo nada más, se llama "Poemas de Rafeef Ziadah en español". Pero el cambio de título fue tan vano a la hora de seducir al buscador como lo había sido esa misma frase escrita en blanco sobre fondo blanco en el cuerpo del post.
El otro es el que habla de Jorge Corsi, el psicólogo especialista en abuso de menores que, de tanto especializarse, terminó siendo él mismo un abusador (o, quizá, el abusador de menores que, de tanto abusar, terminó siendo un especialista en abuso…), y de Natalia "La Pepa" Gaitán, esa chica cordobesa asesinada por el padrastro de su novia menor de edad que es reivindicada por militroskas y militortas como ícono de no sé qué mierda cuando en realidad era una basura de persona. Porque no sólo se cogía a una menor de edad sin consentimiento de los padres, sino que se aprovechó de la conflictiva situación familiar de la menor para llevársela a vivir con ella. Y se aprovechó también de otra posición de privilegio, la de ser hija de una mina que tenía un comedor.
Gaitán era, también, alguien que, mientras estaba en pareja con la menor y convivía con ella, dormía en la misma cama con su "amiga íntima" (y tal vez con la menor, pero nadie en el juicio se interesó en eso), la cual, a su vez, seducía a la hermana menor de la menor, que tenía 14 años. Y era una golpeadora que cagaba a palos a su novia anterior (y tal vez también a la menor, pero nadie en el juicio se interesó en eso cuando ella declaró que Gaitán le pegaba a aquella novia hasta dejarle la cara morada) y una persona violenta que cultivaba la violencia física –tanto que hacía vale todo– y solía dirimir sus disputas a trompadas.
Ese apego por la violencia es reivindicado por la abogada de la querella, quien dijo: "Si Torres (el padrastro) se iba a las manos con la Pepa, perdía". De ser eso cierto, encuentro bastante lógico que haya usado un arma de fuego. Habría que explicarle a la abogada esta que la pólvora no la inventó un grandote, ni un forzudo: la inventó un petiso podrido de que lo cagaran a trompadas.
Y todas esas conductas de Gaitán son reivindicadas por lxs militontxs y las militortas que necesitan un mártir para que sus reclamos tengan mayor repercusión. No importa si su mártir es una persona impresentable e indefendible, como lo era Gaitán. Entonces, callan todo este pasado y cada año van sumando un nuevo eslogan para reinventarlo. A la mentira inicial, "fusilada por lesbiana" (desarticulada en el juicio, donde todos coincidieron en que tanto Gaitán como su novia anterior y su amiga íntima eran bienvenidas en la casa de la menor y del padrastro), fueron agregando lo de "militante social" y lo de "lesbiana visible". Este último, un patético eufemismo por superchonga, o por marimacho, pareciera pretender que todas las lesbianas visibles son algo así como un tipo con concha. Bastante discriminador, me parece… Lesbiana visible para mí es Paula Maffia, por ejemplo, y no necesita masculinizarse ni un poquito.
Más bien, veo que Gaitán era una de esas personas nefastas con personalidades casi psicopáticas que uno a veces tiene la desgracia de cruzarse, dispuestas a imponer su voluntad a como dé lugar y sin reconocer límites, lo cual en este caso incluía explícitamente la violencia física. Gente así, bien muerta está.
Me encantaría que esos dos posts tuvieran más visitas, que sean más los que conozcan a Rafeef Ziadah, y sobre todo a través de mí, ja ja, y que sean menos los que ensalcen a esta abusadora de menores y golpeadora convertida en heroína (militante social no: ¡embambinadora!) sin haber escuchado los audios del juicio y sólo repitiendo las boludeces hagiográficas de Marta Dillon y otras forras similares, como esa que escribió "fusilada por la fálica escopeta del padrastro". Porque, de tan idiotas, además de censurar comentarios en los blogs "militantes por la diversidad", capaz que un día terminan defendiendo a Corsi. O a Grassi (o a Marshall Meyer, que también los religiosos judíos abusan de menores).
Volviendo al tema original, descubrí otra cosa: Bing (sí, hay algo que se llama Bing, aunque nadie lo use) ha quitado el resultado de mi blog cuando uno busca sobre la arquitecta Cantante. No explica la razón, pero parece factible que alguien haya pedido que lo bloquearan. Si fue así, amigos, no entendieron nada. Y sale voto positivo para Google, que no bloqueó, pues supongo que también se lo habrán pedido.
Nada placentero
Oculto en el ascensor
pude comenzar el día
continuando un sueño
poco placentero.
Luego en la calle,
a la sensación:
muchos de ellos
entre direcciones,
guardando secretos
poco placenteros.
Gente haciendo colas sin final,
imitaciones diversas,
viaja sola y triste a trabajar
sacrificando el tiempo,
viviendo momentos
poco placenteros.
Poco placenteros.
Viviendo momentos poco placenteros.
Viviendo momentos poco placenteros.
(Los Pillos * Poco placentero)
pude comenzar el día
continuando un sueño
poco placentero.
Luego en la calle,
a la sensación:
muchos de ellos
entre direcciones,
guardando secretos
poco placenteros.
Gente haciendo colas sin final,
imitaciones diversas,
viaja sola y triste a trabajar
sacrificando el tiempo,
viviendo momentos
poco placenteros.
Poco placenteros.
Viviendo momentos poco placenteros.
Viviendo momentos poco placenteros.
(Los Pillos * Poco placentero)
Brancatellis del rock
Desde hace varios años, y en consonancia con muchos otros sectores de la sociedad, unos cuantos músicos viven de la inagotable teta del Estado. Esto se manifiesta sobre todo en la realización de conciertos gratuitos –bienvenidos si el artista nos gusta, pues las entradas de los recitales son cada vez más caras–, los cuales, sospecho a veces, son la mayor fuente de ingresos de algunos de ellos.
Hay una especie de elenco estable de músicos que suelen tocar gratis, solos o en festivales organizados por diversos organismos estatales, y en cuanto atañe al rock esa selección está capitaneada por Lito Vitale y sus homenajes. Si hay algo que me parece incompatible con el rock es la idea de homenaje, pero, bue…
Alguno hasta se sentó a la mesa de 678 y, antes o después de Barone, dijo: "Más allá de las adversidades, que siempre están, gracias a Néstor 3000000 de jubilados pudieron tener una jubilación sin antes haberla tenido, y entre esas personas está mi vieja, que ahora no está viva. (…) Ante eso no hay adversidad que me pueda cambiar de idea".
Ante la muerte de un familiar, difícil pedir un análisis racional, pero resulta bastante micro y autorreferencial la mirada del cantante de la ceja depilada, que valora una acción de gobierno únicamente según cómo lo favorezca o no. Mirada sesgada que deja en silencio al sinnúmero de jubilados cuyos haberes fueron mal liquidados y que, cuando ganaron el juicio que debieron iniciar para cobrar lo que les correspondía, se encontraron con la apelación del gobierno, que apuesta a que se mueran mientras pasan, lentamente, los tiempos judiciales.
Muchísimo más que esa aparición televisiva, lo que realmente me sorprendió fue ver a la banda independiente que hacía su caminito al costado del mundo tocar auspiciada por el Estado nacional en Plaza de Mayo, en ese acto que contó con la presencia de la presidente que baila y de la ministra de Cultura y Prostitución, Moria Casán. Sí, aquella noche de los saqueos y los muertos y la pantalla dividida…
No los convencía ni el demócrata ni el fascista, y ni siquiera eran anarquistas. Pero ahora son oficialistas. Sorprendente.
Bueno, capaz que veo todo (más bien, mucho: trato de no caer en la tentación de los absolutos) al revés. Pero me llena de asombro que una banda cuyo mayor capital, casi el único, era la "credibilidad", jactarse de seguir siendo los mismos de siempre, termine como bufón bien pago del Estado, ante el cual corona su actuación cambiándole la letra a una canción para sumarse –¡tarde!– a la militancia pueril. Dicen "claringrilla" como el multitudinario evasor, el dios que trae inversiones y por eso justifica exenciones impositivas (casi como Chevron), vejete deslumbrado con la reivindicación falaz de sus años mozos, dijo, en un inédito acto de contracultura televisada, "seis siete ocho".
Otra sorpresa –apenas menor que la anterior, habida cuenta de, por ejemplo, su aparición en el programa televisivo de Jorge Coscia y de un par de gastados comentarios antimacristas que le escuché– fue la aparición del cantante que solía cantar usando una remera con la A anarquista en el show con el que se celebró la Revolución. Lo que siempre conocimos como Revolución de Mayo y que desde el canal estatal se renombró, subrepticiamente, como Revolución.
El mismo cantante al que no le salían los covers, que no los podía hacer carne, logró encarnar sendas canciones ajenas en sus dos apariciones de esta índole. De todos modos, más que esto me llamó la atención ver al cantante anarquista festejando la Patria, festejando el Estado, festejando a este gobierno, experto en adueñarse de festejos, símbolos y palabras. Porque si sería un acto militante darle un beso a Coscia, si todo es un acto político militante, como sostiene, lo es especialmente participar de las celebraciones grosmanescas.
Así, un cantante que suele tutear la belleza y que tiene un discurso bastante más elaborado y complejo que el de sus vecinos termina participando de un acto partidario al que pretende presentarse como una celebración "de todos". Termina en un lugar con fuegos artificiales, locutores de tono épico y discurso de Billiken revisionista. Desconcertante.
Hay una especie de elenco estable de músicos que suelen tocar gratis, solos o en festivales organizados por diversos organismos estatales, y en cuanto atañe al rock esa selección está capitaneada por Lito Vitale y sus homenajes. Si hay algo que me parece incompatible con el rock es la idea de homenaje, pero, bue…
Alguno hasta se sentó a la mesa de 678 y, antes o después de Barone, dijo: "Más allá de las adversidades, que siempre están, gracias a Néstor 3000000 de jubilados pudieron tener una jubilación sin antes haberla tenido, y entre esas personas está mi vieja, que ahora no está viva. (…) Ante eso no hay adversidad que me pueda cambiar de idea".
Ante la muerte de un familiar, difícil pedir un análisis racional, pero resulta bastante micro y autorreferencial la mirada del cantante de la ceja depilada, que valora una acción de gobierno únicamente según cómo lo favorezca o no. Mirada sesgada que deja en silencio al sinnúmero de jubilados cuyos haberes fueron mal liquidados y que, cuando ganaron el juicio que debieron iniciar para cobrar lo que les correspondía, se encontraron con la apelación del gobierno, que apuesta a que se mueran mientras pasan, lentamente, los tiempos judiciales.
Muchísimo más que esa aparición televisiva, lo que realmente me sorprendió fue ver a la banda independiente que hacía su caminito al costado del mundo tocar auspiciada por el Estado nacional en Plaza de Mayo, en ese acto que contó con la presencia de la presidente que baila y de la ministra de Cultura y Prostitución, Moria Casán. Sí, aquella noche de los saqueos y los muertos y la pantalla dividida…
No los convencía ni el demócrata ni el fascista, y ni siquiera eran anarquistas. Pero ahora son oficialistas. Sorprendente.
Bueno, capaz que veo todo (más bien, mucho: trato de no caer en la tentación de los absolutos) al revés. Pero me llena de asombro que una banda cuyo mayor capital, casi el único, era la "credibilidad", jactarse de seguir siendo los mismos de siempre, termine como bufón bien pago del Estado, ante el cual corona su actuación cambiándole la letra a una canción para sumarse –¡tarde!– a la militancia pueril. Dicen "claringrilla" como el multitudinario evasor, el dios que trae inversiones y por eso justifica exenciones impositivas (casi como Chevron), vejete deslumbrado con la reivindicación falaz de sus años mozos, dijo, en un inédito acto de contracultura televisada, "seis siete ocho".
Otra sorpresa –apenas menor que la anterior, habida cuenta de, por ejemplo, su aparición en el programa televisivo de Jorge Coscia y de un par de gastados comentarios antimacristas que le escuché– fue la aparición del cantante que solía cantar usando una remera con la A anarquista en el show con el que se celebró la Revolución. Lo que siempre conocimos como Revolución de Mayo y que desde el canal estatal se renombró, subrepticiamente, como Revolución.
El mismo cantante al que no le salían los covers, que no los podía hacer carne, logró encarnar sendas canciones ajenas en sus dos apariciones de esta índole. De todos modos, más que esto me llamó la atención ver al cantante anarquista festejando la Patria, festejando el Estado, festejando a este gobierno, experto en adueñarse de festejos, símbolos y palabras. Porque si sería un acto militante darle un beso a Coscia, si todo es un acto político militante, como sostiene, lo es especialmente participar de las celebraciones grosmanescas.
Así, un cantante que suele tutear la belleza y que tiene un discurso bastante más elaborado y complejo que el de sus vecinos termina participando de un acto partidario al que pretende presentarse como una celebración "de todos". Termina en un lugar con fuegos artificiales, locutores de tono épico y discurso de Billiken revisionista. Desconcertante.
Lo que los demás quieren cuando ellos quieren
Dedicado a todos los que me stalkean, acá y en otros lugares.
Si ya saben dónde vivo, vengan a casa cuando quieran. Vengan y chúpenmela.
"El cónyuge supérstite retira su parte, su 50%, y el otro 50% se reparte entre los herederos", explicó el abogado. Porque, nos enteramos ahora, hay otro heredero, extrafamiliar (o casi: un integrante de la familia extendida y anómala que supieron construir), instituido como tal en un testamento escrito sólo con palabras técnicas, evidentemente dictadas por un profesional. Con palabras técnicas y sin ninguna explicación.
Dios no explica. Ejecuta su voluntad desde el más allá, fuera del alcance de reproches, preguntas o puteadas. Ejecuta su voluntad desde el más allá, y los que quedamos acá nos la tenemos que fumar mientras vemos cómo el titiritero de vidas ajenas continúa su labor post mórtem.
Finalmente, mi madre tuvo razón. Había un testamento. Yo, la verdad, pensé que no. Que, por su manera de ser, a mi viejo algo se le tendría que haber escapado: un comentario, una broma, una alusión. Pero no. Grandes actores ambos, él y su cuidador, mantuvieron el secreto durante cuatro años.
Cuatro años en los que siguió sacándome cosas (objetos, de esos que "van a ser tuyos", sobre los cuales dispuso cuando y como quiso, y sin avisarme; laburos, que les dio a otros, etc.), en los que realizó lo que ahora se revela como una puesta en escena retorcida, o perversa, eso de pedirme permiso para donar algunos de los objetos que "iban a ser míos" a cierto lugar. Y yo, sin margen para esquivar su insistencia de moribundo, y sin considerarlos demasiado valiosos (y sin lograr que él registrara mi repetida mención de su poca utilidad), me conformé pensando "bue, ahora pide permiso, ahora me considera"…
Cuatro años de una ficción construida por él y por el beneficiario, que se hacía el pobrecito, preocupadísimo por la guita que le había prestado el año pasado a mi viejo, como si no tuviera el reaseguro de una herencia. No lo olvidemos, el muchacho llegó a esta casa de su mano para hacer unas reparaciones y rápidamente se transformó en el amante y luego novio de mi madre: "¿Querés que sea tu nuevo papá?", preguntó una noche, sentado en el borde de esta misma cama en la que escribo.
Igual, no sé por qué me hago drama, si mi viejo me regaló medio depto y me malvendió la otra mitad… ¡Ah, no, pará!: ese era el analfabeto con el que vivió en los 90.
Bue, me dejó un auto. (No: me dicen por cucaracha que ese era el taxista).
Ah, pero me dejó libros escritos por él como ghost writer y firmados por mí, muchos contactos, una editorial y los derechos sobre los libros que publicó en ella. ¿Qué no? Que no, no, no, no, que ese era el que se llevaba, con o sin su anuencia, los objetos que "van a ser tuyos".
Y los diccionarios extranjeros, el diccionario de cubanismos de Pichardo… "Cuando yo me muera, no los vendas por dos pesos". Imposible venderlos, porque yo tuve que hacer la lista de esos diccionarios para que con ellos le pagara al lugar ese una deuda de la que le advertí durante meses sin que me diera bola. (Y alguna vez, años después, cuando mencioné el tema, lo desestimó porque "eran libros muy raros, no se los ibas a poder vender a nadie").
Ya sé: ¡el departamento en Necochea! Uh, cierto que no lo compraron, que no sé qué hicieron con esa guita, con esa idea, con eso…
Bueno, el otro departamento… "Le va a quedar un departamento", respondió, cuando alguien le preguntó sobre ciertos gastos –que no recuerdo y que le parecían dispendiosos– e hizo referencia a mí. "Le va a quedar un departamento", dijo él, como diciendo "onda que ya es bastante". Pero no. Me va a quedar menos que un departamento (de cincuenta años en un monobloc).
¿La mitad de la jubilación mal liquidada? No. Ese fue un bonus para el beneficiario. Y la otra mitad fue para mi madre. Y a mí, de paso, ni me avisaron.
¿Y la ciudadanía europea?… Nah. No demostró interés, y yo tampoco supe cómo llevar adelante el trámite, y quedó en nada.
Al menos, está el seguro de vida que estaba pagando y que me hizo firmar con tanta alharaca. Ah. Cierto. Dejó de pagarlo. Y no me dijo.
En realidad, la mayor herencia que me deja, la verdadera, es esta inmensa bola de odio, que me demandará años y fortunas de terapia manejar y que espero que no termine enfermándome. Inocente, imaginé que iba a quedar un torbellino difuso de partículas que se podría ir disolviendo quién sabe cuándo. Pero no: queda una montaña enorme de odio sólido y negro. Porque ese es el legado que eligió dejarme: un odio gigante. No un padre que tuvo hijos para hacer lo que había que hacer, no una relación intrincada, profesional, rota no sé cuándo… Quiso ser para mí un padre definitivamente sumergido en un océano infinito de mierda, uno que te caga desde el más allá. Uno que te caga acá, solapadamente, y que recién lo manifiesta cuando ya no está, y a través de otro, o del abogado del otro, en Tribunales.
La verdad, no creí que me odiara y/o despreciara tanto. Porque es conmigo el asunto, porque afectó sólo mi parte, no la de mi madre. Ni siquiera el gesto paliativo de cagarnos equitativamente… Nop.
Algo así sólo puede hacerse en una telenovela mexicana o como manifestación de un enorme odio y/o desprecio hacia alguien, mucho mayor que el odio que algunos despistados podrían suponer de mi parte hacia él. Porque, claro, seguro que muchos de esos algunos, o todos, tienen no sé qué versión de las cosas –y los que tienen la mía a veces la interpretan de un modo que me sorprende–, y porque a muchos o a todos seguro que no les dejé una buena imagen no yendo al velatorio. Ni al sanatorio…
En cambio, ellos, el asistente, el cuidador, tan sociables, tan afables, tan presentes… Estuvieron hasta el último minuto, fue su elegido, vivió más gracias a él (esto último seguramente es cierto, dicho sea de paso).
Pienso en desde cuándo me odió así. En ese desprecio, del que tengo dos recuerdos chirriantes: uno, de hace relativamente poco, unos diez años, cuando se le había ocurrido publicar una edición bilingüe de cierto texto, y yo, que atendía al traductor, hice una observación, la cual desestimó con una explicación referida al ablativo absoluto y con un corolario que me asombró porque revelaba cómo la había tomado: "A papá mono con bananas verdes". El otro fue en mi niñez: de visita en Montevideo, sentado en la cama del hotel, frente a mí, su pene se liberó del calzoncillo anatómico, y nunca supe si fue casualidad o un acto de exhibicionismo para marcar terreno. (Y no puedo no pensar en cuántas otras cosas similares habrán sucedido en mi niñez, cosas de esas que no se recuerdan, ni en cuánto habrán contribuido para que yo sea esto que soy).
Tal vez porque yo siempre busco dejar un buen recuerdo, porque lo único que queda son los recuerdos, me asombran muchísimo sus ganas de hacerse odiar y el radical desinterés respecto de cómo lo recordaré. Lo mismo me pasa con algunas personas que pasaron por mi vida y desaparecieron con la voluntad de acertarme el garzo pútrido de su inesperado desprecio en el medio de la cara mediante un silencio que se tornó tan imperturbable como ofensivo ante mis preguntas y mis intentos de comunicación. A una de esas personas que se revelaron como abyectas mierdas más de una vez le escribí o le dije en el contestador que me hacía acordar a mi padre, a una frase que mi padre dijo una vez: "Con Migo no se puede hablar". Su respuesta fue similar a la que me daría el muerto si le preguntara algo: un silencio de tumba.
No los entiendo a ellos ni tampoco entiendo a mi padre. Tal vez porque no me imaginé que podía ser tan hijo de puta, porque no pensé que se podía cagar así en una persona, que se podía cagar así a los hijos. Supongo que algunas cosas se explican sólo por una patología jodida, por algo perverso. Como este "mirá lo que te hice sin que vos puedas hacer nada, nunca; mirá cómo te lo hice que vos no te enteraste, nunca, hasta que yo quise".
Mientras, mi madre maneja las cosas y los tiempos a su antojo, sin que yo pueda o sepa hacer nada: porque tiene que "pensar en su futuro" calla algunas, deforma otras y… me regala ropa (horrible). Y yo siempre soy un títere de los demás, del muerto, de la viva, del beneficiario, de los vecinos que me imponen su ritmo circadiano y su vibración hostil y, lo más triste, de los que me conocen a través mío, que aparecen, agitan, generan cariño, desaparecen inexplicadamente (o habiendo dicho "lo que yo quiero cuando yo quiero", frase que también ejecutan quienes no la dicen) y me condenan a un destierro que me interroga sobre qué soy para recibir ese trato.
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