lunes, 31 de agosto de 2020

Fantasmagoría

Una rubia en Goyena les propone a sus amigos hacer una parada estratégica en Bélgica. Conoce a la birrería de Centenera por su nombre y le gustan las rimas esdrújulas.
Una repartidora de Pedidos Ya se detiene en el semáforo de la bicisenda de Valle y aprovecha para decirle a alguien en el teléfono que después de entregar este pedido llega. La escucho y pienso en que un domingo a la noche hay alguien esperándola. Aparte de los que pidieron el delivery, claro.
Una de mis dentistas le responde a su colega y flamante compañera la pregunta sobre su vocación mientras trabaja en mi boca. Le dice que siempre quiso ser médica, pero que no se animó a anotarse en Medicina; que hizo el CBC de Derecho porque sus viejos trabajan en el Poder Judicial (dice eso, no dice "son abogados"), y que, mientras tanto, una amiga le consiguió laburo en un consultorio odontológico; que se enganchó con eso, y se cambió de carrera. Y que cuando cursó Cirugía supo que esa iba a ser su especialidad.
Caminando por las calles preencierro para hacer el mismo recorrido que hice alguna vez con alguien y traerme de nuevo algo de aquel momento, corriendo por la calle durante el encierro gracias a la dádiva que nos permiten los Amos que nos cuidan, con la boca abierta y anestesiada, las palabras que registro no están dirigidas a mí.
Y las que digo solo pueden surgir en diálogos que suceden en mi cabeza, como un mix entre la producción de una neuroquímica con la que busco mantener activas ciertas zonas cerebrales y la práctica de algunas palabras para que salgan fluidas si llega la chance. Que casi nunca llega.
A la dentista algo pude decirle cuando nos volvimos a ver después de la importante discrepancia sobre la exodoncia de unos de mis terceros molares superiores. "No lo sabés, pero esta semana estuve hablando mucho con vos". "Yo no me enteré", dijo, y me cayó bien la respuesta, aunque podría haber tenido un toque más de swing en los músculos faciales para darme la certeza de que estábamos en la misma frecuencia o para que yo me guardara esa risa con todas las otras risas suyas que tengo en la memoria.
Mientras este post madura como el nocaut en borradores, finalmente tengo en las manos los primeros ejemplares de un objeto producido autogestivamente. La gente a la que fantaseé con mostrárselo está en mi cabeza, hablo allí con ellos a partir de cosas que conversamos en la realidad; pero cuando saco las palabras de ese ámbito y les escribo, solo una persona responde.
Después, empieza a cosquillearme la nariz de un modo desconocido, y, otra vez, la tercera o cuarta en la doscientoscuarentena, voy a oler vinagre. Esta vez no percibo bien su aroma. Estoy perdiendo el olfato. Y siento un poco caliente el cuerpo, y no confío en el termómetro digital chino, y me empiezo a preocupar bastante. Ya lo dijo la viceministra que no quiere que nos riamos: todo resfrío es covid hasta que se pruebe lo contrario.
Cuando me despierto una madrugada y las piernas me duelen y me pesan, cuando me despierto una tarde por un dolor intenso en la nariz, cuando esa madrugada me temblequean las piernas, me preocupo más. No tengo a quién decírselo, no quiero decirlo en casa, no quiero contagiar a nadie ni quiero que me hinchen las pelotas con reproches, ni que me insistan para que tome la "medicación" que publicita Claudio María Domínguez. Ni terminar en el leprosario de Costa Salguero. Pero de algún modo tengo que sacarlo de mí, para pedir consejo o simplemente para existir.
Y, de nuevo, les escribo a algunas personas, haciendo el ajuste entre lo que pasa en mi cabeza cuando las traigo a ella -cuando recuerdo algún gesto, alguna palabra, alguna mirada que me dieron- y el mundo real. Chequeo los puntos de contacto con la realidad, y me parece que están bien. Pero no: en el mundo real, cuando las papas empiezan a tomar temperatura, la gente a la que sentía más cercana no responde. (La única respuesta es la de alguien a quien no le conozco la cara, alguien a quien le escribí porque un familiar se pescó el bicho chino. PD: gracias).
A una de esas personas le pedí específicamente que, si no tenía tiempo para responderme o si le daba "fiaca" (usé esa palabra que resucitaron los milenials como ella cuando les da vergüenza decir "paja", y seguramente la usé como una forma de producir un poco más de dopamina), me mandara una carita. Ni eso. Ni una puta carita.
Gracias por tanto desprecio.
Me puedo morir, literalmente, que no les importa. Ni a la persona que más sabe de mí, ni a la persona a la que más veces vi en estos años, y que tuvo un par de gestos inequívocos de afecto hacia mí les importa lo que me pasa. Todo lo generado al traerlas a mi cabeza, todo ese recurso para sentirme en contacto se revela inútil. Es una fantasmagoría que lleva siete años en un caso, más de cuatro en el otro.
Las cosas con las que uno intenta sentirse atado al mundo, atarse al mundo, no son tales. Nada externo me ata.

miércoles, 29 de julio de 2020

La Tormenta




La pendeja está sentada en la cama. Ya está desnuda. Los chabones todavía están vestidos y de pie. Uno manipula con carpa el celular tratando de obtener intuitivamente un buen encuadre. El otro está un par de metros a su derecha y habla con la piba, pero no se escucha qué dice. De pronto, ella se levanta. Se le ven un par de tatuajes en su cuerpo fibroso y compacto. Sale de cuadro por el lado opuesto de la cabecera, y el video termina ahí, en menos de treinta segundos. Lo suficiente como para despertarme un gran entusiasmo (?).
Alguien pasó su nombre antes de que lo borraran, aunque todavía Xvideos no se había puesto la gorra como se la puso últimamente, y entonces la googleé, la encontré y le escribí por fb para ver si había alguna forma de contactarla, cuánto cobraba, etc. Después de varios mensajes -los primeros, más moderados; los últimos, con ofertas explícitas-, logré destacarme en su bandeja de entrada, a la cual presumo desbordante, y me contestó. Me contestó pensando que era otra persona, un conocido de ella: "Deja de romper las pelotas emi".
Le respondo que no soy Emi, trato de sostener el diálogo y en eso digo "si no, me conformaré mirando las fotos de tus abdominales". Su respuesta rebosa violencia, una violencia más sutil que la que desata en el ring, pero también más cruel: "Te vas a tener que conformar con eso". No solo dice no: lo disfruta y me lo refriega por la cara: nunca vas a disfrutar de esto, ni por cinco lucas (del año pasado).
Me hizo recordar una vieja entrevista televisiva a Andrea Rincón, que incluía acompañarla en un día de trabajo, o algo así. En un momento pasaban frente a una obra en construcción, lo que constituyó una inmejorable oportunidad para hacer participar a los obreros en la nota de color, y ella aprovechó la ocasión para burlarse diciéndoles "es lo más cerca que van a estar de algo así" mientras señalaba su carrocería. Porque Andrea es re nacional y popular para las declaraciones, pero no coge con albañiles, coge con los que le pagan la fafa o la operación de culo (o, ahora, el curso de modales).
Me hizo recordar ese video, que no encontré en la web, y también me hizo recordar situaciones personales en las que gente se regodeó en el desprecio: esto no lo vas a tener. Sea un tiempo de intimidad corporal o sea una palabra, para vos no hay. El "llamame que si estoy te atiendo" cuando ya decidiste no atenderme más, el permitirle a alguien que te dé un gesto de cariño delante mío -el mismo gesto que un momento después me vas a denegar-, el verso de lo importante que es hablar mientras me erradicás del terreno de la palabra.
Es moneda corriente encontrar gente que rechaza y que se regodea en el poder que da el rechazo. En el caso de esta piba, todo hace más ruido porque ella se pone en un terreno democrático y objetivo, como es el de la mercancía, lo cual da a entender en las fotos semi en bolas -más bien, en la producción de esas fotos- que sube a su Insta. Pero cuando uno junta la plata y la contacta, sin avisar te mete subjetividad y te dice "tu plata no vale". Casi como el boletero del subte que no me acepta las monedas de cincuenta centavos cuando voy a cargar la Sube.
La pregunta es cómo acceder. Sobre todo, si las posibilidades de acceso suelen estar cerradas, si no se abren con la naturalidad con la que se le abren a casi cualquiera. En los lugares subjetivos no se puede, en los lugares objetivos tampoco se puede, tratar de tornar objetivos algunos lugares subjetivos no funciona...
Si La Tormenta cobra por coger, ¿queda mal que le ofrezca plata? (Y si no queda mal, ¿por qué me rechaza? ¿No es más fácil decir "es poca plata"?). Si un reikista cobra por poner sus manos cerca de otra persona, ¿queda mal ofrecerle plata a alguien que se dedica a otra actividad para que me agarre la mano? (Sí, supongo que queda mal, porque nunca lo hice... aunque alguna vez, medio fuera de contexto, se me escapó un "te pago").
Si mirarte me hace producir mucha dopamina, ¿me dejás que te mire? Si nunca vas a acabar conmigo, ¿me dejás que esté en el lugar mientras acabás con otro? ¿Me mirás? (ahí veo que uno de los mensajes que le mandé a la piba esta decía "mirame"). ¿Me ponés tu cara cerca de la mía? ¿Me respirás cerca? ¿Cuál es el límite de energía que te pinta hacerme llegar? ¿Vamos hasta ese lugar? ¿Dónde no querés porque el tiempo y los cuerpos son finitos y con todos no se puede, o porque se cruza el límite de tu incomodidad, y dónde no querés porque buscás que sea visible e incontestable tu poder?
Tal vez haya que hacer algunas de estas preguntas y forzar la situación para que quede claro si el rechazo es porque algo no te gusta, porque te gusta y no querés que te guste o porque el poder te satisface más que cualquier otra cosa, incluso más que el placer físico. Forzar la situación para que seas otra Brisa, para que me niegues lo que me haría bien, aun en la escasa medida de lo asequible. Con la mayoría de la gente sería una situación chirriante, incluso para mí lo sería, pero nunca falta alguien que disfruta diciendo que no, que mejor sin mí. Igual, diciéndomelo o sin decírmelo, lo tengo claro. El mundo funciona sin mí. Funciona mejor sin mí.

Aislamiento obligatorio

Cada vez salgo menos de la cama, y, como no tengo tele en mi habitación, cada vez veo menos tele. Podríamos dejar de pagar el cable -igual que el teléfono fijo-, si, total, la mayoría del contenido audiovisual que consumimos está en Youtube... Pero esta vez estoy comiendo frente al televisor, y aparece una entrevista a la encuestadora Mariel Fornoni en la cual menciona que más del 80% de la gente está a favor de la cientocuarentena, pero que un número similar admite haber violado el aislamiento.
Supongo que para mitigar el tedio, me sale preguntarme qué habría dicho yo si me encuestaran. Obviamente una respuesta militante, un me cago en la prohibición de correr cuando está claro que correr no contagia, alguna referencia a los objetivos inalcanzables que pusieron para acceder a la "fase 5", cosas así. Pero como los tiempos televisivos no permiten que la señora se extienda sobre el asunto, no puedo saber cuáles eran las preguntas de la encuesta ni imaginar mis respuestas concretas a ellas.
Mis ínfimos quebrantamientos del DNU fueron las tres o cuatro o cinco veces que salí a correr con la bolsa de las compras bajo el brazo y el barbijo en la pera, la vez que me tomé dos colectivos sin pedir el permiso para ir a sacarme una radiografía y la vez que me tomé otro colectivo sin permiso para ir a lo de la dentista porque se me había hecho tarde para ir caminando. No sé si cuenta la media docena de veces que habré salido a caminar. Nada más.
Me vino a la mente el tiempo en que dejé el colegio, en mi temprana adolescencia, y mi familia se dio cuenta de que sin esa obligación no salía a la calle. Algo así me pasa cuando se me vuelve gigante lo banal y prescindible de cada cosa que me saca de aquí. Ellos deberían de haberse dado cuenta antes, mientras aún iba al colegio, de que no salía a la calle, salvo, justamente, para ir al colegio. Yo sé de antes que las veces que salgo forman parte de lo que la persona que más supo de mí llamó "las cosas que te inventás para no reventar". Pero cuando sucede el quiebre del statu quo y todo queda en tan bestial evidencia, cuando no tenés nada y tampoco tenés la forma de disimular esa nada, algo queda girando en vacío.
Los contactos estrechos que traté de entablar antes de que el virus circulara como circula ahora me enfrentaron al fracaso de la falta de respuesta en un teléfono tras otro (¿para qué mierda publicás tus servicios si cuando uno te llama no atendés?). El domingo que quise ir a correr anticipando el levantamiento de la prohibición marketinera y gestual que dispuso el gobierno de científicos, secundado por el intendente arrastrado y trepador, dormí mal y estaba sin energía, y no pude aprovechar el clima razonablemente agradable. Las ganas de ir a sacar fotos -esa forma de intentar existir en otro lado; en otro lado de la web, porque mi existencia es solo de bits- se van diluyendo. Y nada más. No tengo más.
Creo que la encuesta no hablaba de romper la cuarentena por trabajar, sino sólo por ver a familiares y amigos. Como no tengo trabajo fijo, una tarde voy a ver si están abiertos los depósitos donde a veces vendo papeles viejos para sumar un ingreso: están todos cerrados. No sé dónde mierda venden los cartoneros que últimamente han reaparecido, pero donde yo suelo vender todos los negocios tienen las persianas bajas. Tampoco eso puedo.
Mientras escribo este párrafo, los fascistas de cotillón a los que todos acatan (o simulan acatar) amenazan con prohibir las reuniones por el Día del Amigo, con caerles "con todo el peso de la ley" a quienes se reúnan por esta fecha. Otra prohibición más que no puedo romper porque no tengo cómo. Y qué bueno que el encierro comenzó después del 14 de febrero, si no capaz que amenazaban con perseguir a los que querían celebrar cogiendo. Es obvio que en esa fecha tampoco habría podido romper la prohibición. Es casi igual de obvio que tampoco podré romperla si la extienden hasta el próximo San Valentín.
No sé cuáles son las prohibiciones o regulaciones vigentes al día de hoy respecto de la actividad inmobiliaria, pero es lo mismo. Hace seis años que se murió mi viejo, hace más de dos que resolvió la sucesión, y seguimos acá. Nunca dimos ni un paso para salir (bueno, yo traté de dar alguno, pero me deprimí muchísimo). Y sigo en esta casa de mierda, en esta vida de mierda, rehén del muerto y de la viva hasta que tenga 80 años. De tanto no poder, ya perdí la capacidad de imaginar lo más elemental de cómo podría ser esa mudanza con la que fantaseo desde 1993. Ya es tarde. Hace tiempo que es tarde, pero cada vez es más notorio.
Todos los días iguales, veinte días esperando un mail que no llega, una semana esperando un mensaje por el mismo asunto que tampoco llega, el mail de la dentista que tampoco llega, y ya pasó un mes. Hecha la recorrida por esos sitios, podría darle fast forward a la vida hasta el día siguiente. Cuando se repetiría el ciclo. Y cuando llegue alguno de esos mensajes, ya, a esta altura, ninguno de ellos me va a llevar al lugar que yo quería.
Sigue creciendo la cuenta mental que a veces, antes de todo esto, sacaba cuando me caía la ficha de que llevaba muchos días sin hablar con (casi) nadie, (casi) sin salir a la calle: "en la última semana hablé con una persona, dos personas, cero persona, cero persona, tres personas, una persona, una persona". Teniendo en cuenta que vivo con una persona, las otras suelen ser el portero o un vecino que me cruzo en la entrada del edificio, alguien que en la calle me pregunta cómo llegar a una dirección, la cajera del supermercado: casi siempre ese tipo de diálogos.
Pero ahora la cuenta lleva meses de una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, una persona, cero persona, una persona, dos personas, una persona, una persona, una persona, una persona, cuatro personas (¡fui al dentista!), una persona.
¿Cuál es el límite, hasta dónde tolero? ¿Cuáles serán las consecuencias de tolerar? De tolerar esto nuevo, y también lo de siempre.
No sé qué quería decir, aparte de la mera descripción. Tal vez eso, que la obligatoriedad lo hace más notorio. O tal vez no haya más que la mera descripción. Un registro de estas formas de la exclusión. El encierro es homogéneo, irrompible, no estatal.

domingo, 5 de julio de 2020

Un cover de Patricio Foglia

no quedaron fotos
de nosotros dos juntos
pero todavía estamos
en los escalones sucios
frente a la plaza del Congreso
la tarde del vendedor
insistente de Hecho en Buenos Aires,
como si el tiempo se hubiese detenido
y fuera posible conservar
un poco de esa luz todavía.                      

Crossroads

Crecí leyendo El Gráfico. No me lo compraban siempre, sino sólo a veces, algunos años más que otros. Si pongo nombres propios, será fácil -y desolador para mí- ubicarlos temporalmente. Como sea, los ordeno y veo que de algún año hay muchos y de otros, muy pocos. No sé si yo pedía que me lo compraran, si era una decisión de mi padre o mi madre comprarlo, y, en ambos casos, también desconozco el motivo.
Con los años, sí, mi viejo sumó al encargo del diario diario (es decir, de todos los días) El Gráfico cada martes. Y así tengo la colección completa de, digamos, ocho años. Algún día esos ejemplares también pasarán por Mercado Libre.
Como sea, era una forma de asomarme a un mundo que sólo conocía por la radio, un mundo extraño y, a la vez, cautivante, quizá por ser la única forma de traer algo de afuera a mi niñez. En ese entonces no había televisor en casa y todo era tan desconocido que cuando los relatores decían "cuadro chico" y "área chica" yo no comprendía que hablaban de lo mismo, y si dibujaba una cancha hacía cuatro rectángulos junto a cada arco: el área chica, el cuadro chico, el área grande, el cuadro grande...
Parte importante de aquella fascinación primitiva era dada por la síntesis de la fecha que ocupaba dos páginas contiguas de la revista. Incluía las formaciones de cada equipo (con los años agregaron a los suplentes que no ingresaban), el puntaje de cada jugador, el calificativo del partido (¿qué era mejor en la escala: "mediocre" o "discreto"?), una brevísima reseña y la foto de la figura del match en la parte inferior.
A veces las recortaba y armaba partidos en mi cama, que tenían una bolita como pelota y a mí como relator. A veces hacía lo mismo con las figuritas que coleccionaba (como la tarde del día del terremoto), a veces con las cartas del Tope & Quartet.
Después hubo tele, después hubo partidos de Primera televisados en directo; después, el descubrimiento de poner la tele con el volumen en cero y escuchar la radio. En ese trayecto, en algún momento de mi niñez ya pubertad, se me ocurrió hacer algo parecido a la síntesis de El Gráfico. Veía el partido, anotaba la formación, calificaba a los jugadores, anotaba las jugadas de riesgo, y, si la memoria no falla, también escribía la reseña. No quedó ninguna de ellas, a las que, creo recordar, tipeaba en el dorso de los recibos de un talonario en desuso. Si las encontrara, las subiría acá, como hice con algunas crónicas que encontré de las carreras de Palermo o San Isidro que, unos años después, pasaban los domingos en canal 11.
Lo que es seguro es que, para ser bien preciso con el puntaje, para no dejarme llevar por una jugada, por un gol o un buen momento de un player en un partido luego de haber pasado un largo rato sumido en la intrascendencia, calificaba a cada jugador dos veces por tiempo, y al final sacaba el promedio de las cuatro calificaciones.
Así hasta que una vez el comentarista Ricardo Ruiz, un cuatro de copas que laburaba con Víctor Hugo, un rancio peronista que todavía, viejo y soberbio, trata de seguir vigente como chupamedias de la AFA, dijo, como al pasar, y para quejarse de lo malo que le resultaba el cotejo, algo así como que "nadie que sepa de fútbol puede decir que hubo una situación de gol". Y yo había anotado más de una, no recuerdo cuántas, tal vez dos o tres. Fue tan drástico, tan terminante, que en ese momento, al que recuerdo aún hoy, más de una vida después, primero me sentí para el orto y de inmediato decidí abandonar este entretenimiento. Y tal vez muy pronto haya tirado los recibos con las síntesis al dorso, tal vez por eso no haya quedado ni una.

Crecí escuchando música. El rock también era algo lejano, tan lejano como deseable, como una promesa imprecisa... Leo Rivas en Radio Colonia pasaba de todo, desde el dúo Mocedades hasta "Pedro Navaja", e incluso rock, incluso La Biblia de Vox Dei (cuyo casete me compraron mis padres, y, tiempo más tarde, en un ataque de anticlericalismo, le taché con birome todas los nombres religiosos que tenía), el primer casete (Dynasty de Kiss), MPPM (si aclaro la sigla, habrá, de nuevo, una referencia temporal abrumadora), el nombre Barón Rojo, algún compañero de colegio desafinando "Mal romance", el programa de Badía en la FM de Rivadavia y la primera vez que escuché "Smoke on the water". Casetes de mala calidad, cintas cortadas pegadas con cinta scotch, cosas así. (El radiograbador portátil en la mesa de luz, en el mismo punto del espacio donde ahora pongo mi mano, tocando el aire).
Crecimos con esa música, nos daban forma esos sonidos y lo que creíamos ser escuchándolos. Después descubrí a Julio Guichet, que pasaba material rarísimo sin pisar las canciones, llegaron las radios de baja potencia, los TDK se hicieron accesibles, conocí a la gente de la radio suburbana esa, y entonces compraba vinilos así tenía algo para llevar, algo que justificara mi ida allá. Por fin, los compacts, con su promesa de perfección y eternidad: miles de dólares gastados, tal vez miles de kilómetros caminados recorriendo disquerías.

El otro día un youtuber más analizador que reaccionador de canciones pasó el link de un test online para evaluar algunas capacidades musicales, algo así como un IQ musical. La prueba consta de tres partes: en una te ponen una docena de pares de clips de audio con gente cantando y tenés que decir cuál desafina; en otra, algo similar con melodías, para identificar cuál se va de rango, y la última se centra en el ritmo, cuál de los clips está fuera de tempo.
Hice la prueba, la hice con auriculares, como recomendaba la página, para que saliera mejor. Pasé unos veinte o veinticinco minutos de mi vida allí, y, como a medida que vas respondiendo te dice si lo hiciste bien o mal, no me pareció que fuese tan un desastre, calculé que estaría por la mitad de la tabla. Pero no. Saqué un puntaje que me dejó en el 15% peor de los que hacen el test. Y mi ánimo se disolvió.
Comprobé, otra vez, que soy la nada. Eso es lo que soy, nada: una fantasía que va en paralelo a la realidad y, que tarde o temprano, en el crossroads, se choca con ella de un modo salvaje, aunque todo el tiempo todos lo intuyen y seguramente sólo sucede con los que disimulan bien. Como cuando la persona que te gusta dice "mi novio", como cuando encontrás una foto en el stalkeo y caés en que nunca vas a sacarte una así, como cuando todo viene dentro de cierta normalidad y de pronto alguien hace un comentario sobre mi carencia de teléfono celular, y en el tono de media palabra sabés que te están bardeando. Como cuando de tanto stalkear llegás a su Pinterest y ves que el título de una de las cinco o seis categorías que tiene es "bebé".
No sé si voy a volver a escuchar música, seguro que no lo haré con el entusiasmo de antes. Algo está roto, y yo -siempre- estoy afuera.

Relación extraña

Hablabas de la mañana en que te echaron del colegio por ir con un tatuaje de los Guns en la cara. Te acordaste de la piba que se suicidó porque los viejos no la dejaron ir al recital, dijiste su nombre con la naturalidad y la certeza que yo podría usar cuando menciono a un nueve de mi equipo en los tempranos 90.
Era Corrientes, pasando Callao -vereda norte- y comentaste algo de mi aliento a barritas de cereal sabor manzana, esas que yo venía comiendo para mantener mi glucemia en condiciones.
Esperando el semáforo frente a la estación, antes de cruzar la última calle, no sé cómo -quiero creer que te pedí permiso-, te di un beso en el esternón. Fue lo más cerca que esa noche mi boca estuvo de la tuya. Así de extraña era la relación que teníamos.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Run, baby, run

En los cuarenta y seis días que lleva la ex-cuarentena, a la cual algunos integrantes de la infectologocracia que nos gobierna quieren transformar en setentena o centena, salí a caminar como mucho media de docena de veces. Perdí la cuenta, pero por ahí anda. Dar una vuelta más o menos larga, más o menos corta, con la bolsa de las compras (el salvoconducto de este tiempo) en la mano. Y ahora también con el barbijo, que me sofoca y, sobre todo, no me deja hablar conmigo en voz alta, cosa que suelo necesitar porque no tengo con quién hablar, y que se hace difícil en casa cuando vivís con otra persona.
Esta vez, como muuuuuuchas veces, venía durmiendo mal. Esta vez sé que eran tres días seguidos en los que me desvelaba y no podía retomar el sueño, y me quedaba todo el día con esa sensación de mediasombra derretida en los ojos. Y sientiéndome un poco mejor en la madrugada, cuando todos se calman, lo que hace que me acueste tarde y que logre dormirme cada vez más tarde, y me levante aún más tarde, en un ciclo irrompible y desmoralizante. Esta vez dormí menos de lo que suponía necesario para sentirme bien y, sin embargo, me sentí bien.
La cama tira, chupa y te atrapa. Y esa nochecita salí sólo porque me había dicho muchas veces de salir, porque si no me quedaba. Agarré la bolsa, y cuando pasé por la plaza donde a veces corro, fantaseé con empezar a correr. Me demoré un poco en la esquina, esperando que la gente que iba por la vereda de enfrente terminara de alejarse, que nadie de los que estaban en el chino mirara para mi lado, y cuando iba a arrancar, en el fondo de esa cuadra, reconozco la campera celeste de un policía doblando la esquina, andando en bicicleta por la vereda.
Carrera suspendida.
Doblé, me alejé sin rumbo, y al llegar a la avenida casi vacía dudé sobre si tenía luz para cruzar o no. Creo que sí, pero se me ocurrió esperar unos segundos, hasta que la luz del semáforo peatonal quedara quieta en rojo, para cruzar corriendo. Todo el running al que podemos aspirar en este tiempo.
Seguí caminando, doblé, seguí siguiendo, y, al volver por la calle que bordea la autopista, fantaseé con correr una cuadrita, pero recordé que suele haber policías en la bajada de la AU. Así que no.
En vez de doblar en busca de la bajada, seguí derecho, llegué a la avenida, y esta vez la desolación hizo irrefrenable el deseo.
Corrí una cuadra, paré en la esquina, corrí otra más, y lo mismo en la tercera, cuando terminó de pasar un idiota que caminaba despacio mirando su celular. En la cuarta cuadra me acordé de las casas tomadas que hay frente al playón de los camiones, y que suele haber un policía de consigna enfrente, como controlando la cosa. Entonces, dejé de correr antes de la mitad de cuadra, justo cuando, a lo lejos, en el edificio de la esquina, vi salir una mujer joven.
Listo, terminó la carrera, algo de sudor y una sonrisa. Vuelvo a casa. Camino una cuadra, la (otra) avenida, y solo faltaba la cuadra en subida para llegar a la esquina de casa. Miro, no hay nadie, vuelvo a mirar. Vamos.
Una más.
En la esquina hay más movimiento, gente con perros, el chino a lo lejos, el garaje. Enough. (El forro de mierda de arriba, que me saluda con tono seco: andá a caretear educación a otro lado, violento).
Antes de bañarme, pude correr dos cuadras más, esta vez sin parar. Y la dopamina que liberaba cuando llegué a ducharme era total. ¿Cómo sería la vida así? Sintiéndome bien después de dormir, después de correr, después de coger. Me hizo acordar a aquella vez, por Guido y Callao, luego de ver a cierta persona con la que logré acabar cuando parecía que no, y volvía caminando bajo la luz nocturna de la avenida con la vibración del orgasmo todavía en el cuerpo.
¿Cómo será que eso pase tan frecuentemente como para que sea parte de la cotidianidad, de lo dado, casi tan esperable como respirar? ¿Cómo será poder hacer que eso suceda? ¿Cómo sería la vida con eso?
Las otras veces que últimamente salí a correr, a escondidas, como si estuviera por cruzar el muro de Berlín, corrí más, pero no tuve la sensación pletórica de esta vez. Ni esto puedo hacer que pase seguido.

Juntos a la par

Venía de no poder comprar dólares, aunque me quedaba la mitad del cupo mensual; maldiciendo, después de la caminata y la espera, a esta clase dirigente que nos quiere pobres, y procesando lo que me había dicho el de la casa de cambio, que incluso giró la pantalla para que yo viera la prueba de mi suspensión decretada por la autoridad monetaria, aunque no vi nada porque mi miopía es enorme. Los muy mierdas ponen reglas, hasta 200 dólares por mes, y ellos mismos las quiebran cuando no me dejan comprar lo que desde su Poder permiten, impidiéndome que trate de proteger los ahorros que me quedan. Porque, como todos sabemos, nuestra plata vale solo si ellos dejan que valga.
Antes de llegar a Florida, mi visión periférica reparó un instante en esa chica atractiva, cuya ropa, que apenas recuerdo, sin precisión, como un trajecito y, con más certeza, una pollera, hacía juego con el color té con leche del edificio del banco. Unos pasos más y estaba a su lado. Entonces, me dirigió la palabra: teléfono en mano, me preguntó si sabía cómo llegar al "Palacio San Miguel". Busqué rápido en mi cabeza y así de rápido supe que nunca lo había oído nombrar. Se lo dije, y una neurona extra, quizá por ver el teléfono y asociarlo con la posibilidad de buscar en internet, sumó las palabras inesperadas y decisivas: "Pero, si sabés la dirección, te puedo decir".
Me respondió que quedaba en Bartolomé Mitre y Suipacha, y, en efecto, pude indicarle el camino: derecho por esta hasta Suipacha, "serán dos o tres cuadras", y ahí una a la izquierda. Nunca me acuerdo de cuál es Suipacha y cuál Esmeralda, pero mirando los carteles no te podés perder. Ella siguió su camino, y yo también, a paso más lento.
Creo que no era tan linda de cara, aunque tenía bastante producción, una inversión en uñas y pelo negro full de peluquería. Lo más llamativo, sin embargo, fue la absoluta naturalidad con que construyó el diálogo, más rescatable porque a veces me pasa eso de ver a gente que notoriamente está buscando un lugar y aun así evita dirigirme la palabra. Ni siquiera en el momento posterior a cuando le dije que no sabía sentí el ruido de frustración que sería esperable.
El semáforo la detuvo al llegar a Diagonal Norte y me permitió alcanzarla de nuevo. Quedé dos o tres metros a su izquierda, y desde allí, acercándome un poco y levantando la voz otro tanto, le señalé la calle que asomaba detrás de la plazoleta seca y triangular con el monumento y le dije, "esta no, la otra". En la cuarta relectura de este texto me viene la imagen de que estaba, de nuevo, mirando el teléfono. Algo de incertidumbre percibí en su rostro, en sus palabras (que no recuerdo) o en su lenguaje corporal, y entendí que lo inequívoco sería llegar a esa calle y entonces sí indicarle "tenés que doblar en la próxima".
Se lanzó a cruzar la avenida y la imité, mientras hablábamos. De pronto, desde su lado se nos vino encima una sombra con motor, algo que solo puedo referir como un vehículo, porque no sé si era auto, moto o colectivo, y tuvimos que correr. En el devenir del diálogo, y con los varios segundos en los que no pasaba nadie, no me había dado cuenta de que estábamos cruzando mal, aunque, digamos todo, la ubicación de los semáforos en esa esquina oblicua es muy poco intuitiva.
Los metros de la plaza seca fueron los últimos que compartimos: aproveché los leds del estacionamiento que se veían a lo lejos, antes de la siguiente esquina, para darle la indicación definitiva y doblé a la izquierda en Esmeralda (tengo que mirar el mapa para acertar el nombre). Mi idea era doblar a la derecha en Mitre y así coincidir de nuevo con ella en la esquina que era su destino: quería ver, como cada vez que me preguntan una dirección, si mis indicaciones fueron útiles. A unos metros de la esquina del "palacio", me detuve, esperando que apareciera en mi campo visual sin entrar yo en el de ella. Pero no apareció nunca. Pasaron tal vez un par de minutos, se hizo obvio que no iba a aparecer, y me asomé a la esquina, con la ilusión, quizá, de verla, cerca, hablando con alguien, con quien se iba a encontrar. Eso no sucedió.
No creo que haya caminado más rápido que yo, porque le metí algo de velocidad a mi paso; tal vez fuera a un lugar cercano y el "palacio" sólo fuese una referencia. No lo sé. Como tampoco sé con qué palabras me despedí. Lo único cierto es que por primera vez en años crucé una calle mirando a alguien, hablando con alguien.
La fugacísima imagen de ella corriendo, recortada en un fondo quemado por el sol que encandilaba desde el obelisco, quedó impresa como la que sobrevive en la pantalla de una tele vieja cuando se corta la luz. La de los dos juntos tengo que reconstruirla en mi cabeza. Solo la vieron las cámaras de seguridad, que todo lo registran, pero que no pudieron cargar esa imagen con todas las demás que tienen de mí. No me reconocieron.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Había pensado varias respuestas para cuando llegara tu mail diciéndome, como el año pasado, “feliz cumpleaños”

Podría decirte sos una genia, pero te lo dije el año pasado.
Podría mandarte un emoji de corazón, pero puede malinterpretarse y no da, yo qué sé…
Podría mandarte un emoji de abrazo, pero no lo encuentro en el gmail. (Aparte, nunca nos dimos un abrazo).
Podría mandarte una foto de mi mano para que hagamos un high five virtual (para que me mandes una tuya…).
Podría intentar mandarte la fórmula de mi neuroquímica cuando abrí el gmail y lo vi, pero no tengo manera: no sé si alguien inventó la forma, ni siquiera tengo diagnóstico por imágenes, nunca me hice una RMN (y el EEG no muestra nada).
Podría seguir buscando alternativas, pero sería darle más y más a la producción (y consumo) de dopamina, y no quiero quedar pegado (?).
Como sea, se festeja como un gol. Como festejó el Chapu Braña aquel gol del Máquina contra Defensa, agitando brazo y puño cerrado mirando a la hinchada contra los carteles de publicidad *buscar y adjuntar imagen*.
Como sea, gracias.

Pero no me escribiste.

viernes, 20 de diciembre de 2019

¿Yo iba a ser esto?

Si no me enfermaba, si hace veinte años no aparecían esos casi desmayos que me compelieron a abandonar la facultad y rompieron la vida que tenía, ¿yo iba a terminar siendo algo de esto? Seguramente no, seguramente habría dejado porque no me daba la nafta académica, como presagiaban las notas, que venían en escalera descendente. O como me reveló sin que nadie se enterara el blanco total que tenía a la hora de hacer aquel práctico –gracias a dios, individual– para la materia de Fernández. Justo a tiempo se me ocurrió un posible tema, cuando estaba a punto de sarasear temeraria, casi extravagantemente, sobre la división del trabajo en el lugar donde laburaba.
Pero si eso no sucedía, si mi salud no se convertía en un escollo insalvable –o si algún médico, finalmente, descubría qué carajo me pasa, por qué me pasa y cómo se soluciona–, y si se me organizaban las neuronas y descifraba la lógica de ese lugar, ¿iba a adquirir ese tono pedante, ese dialecto abstruso? ¿Iban a pegárseme su aspecto y sus modismos? ¿Iba a pasar de pseudoácrata a admirador de la máquina estatal por definición, que es el peronismo? ¿Iba a reivindicar a sus líderes y lideresas? ¿Iba a reivindicar líderes y lideresas? ¿Iba a insinuar –aun después del juicio– que lo de Once no fue un accidente? ¿Iba a tomar café o mate en el aula? ¿Iba a asombrarme de que fuera del micromundo de gente con la que compartís "ciertos valores y ciertas lecturas" hay personas muy diversas?
Cuando estaba terminando, con varios años de demora, el secundario, y habida cuenta de los resultados que tuve allí, era obvio, para todos, que debía seguir estudiando. Nunca estuvo en discusión eso. Y quizá debió haberlo estado. Pero ni chance tuve de cuestionarme semejante idea ajena. La compré con todos sus moños y envoltorios de colores: "Recuperar el tiempo perdido".
Como en la frase "animémonos y vayan", todos lo daban por sentado, pero nadie dijo nada concreto sobre las cosas concretas de ese futuro abstracto al que me incitaban. Tampoco me tiraron una mínima onda sobre qué seguir estudiando, ni siquiera la docente que me dijo que iba hacerlo. Pese a que daba clases en el CBC, no se le pasó por la cabeza avisarme que, mientras terminaba el colegio, tal vez durante el último cuatrimestre, podía cursar alguna materia en UBA XXI para, otra vez, recuperar tiempo. O, si se le ocurrió, prefirió dejarlo pasar y no ablandar la distancia que decidió imponer cuando le dije que mi visita al psicólogo que me había recomendado fue inútil e incómoda.
Aunque, admitámoslo, cada experiencia es única, y no sé qué palabras deberían haberme dicho para que no escribiera esto ahora.
La única que mencionó algo fue la soreta hijadeputa de la directora, aquella noche de marzo o abril en que fui a buscar, finalmente, el papelito de los desvelos: no el "diploma" que nos habían dado en el acto de fin de curso, pura utilería, sino el real one, el título en papel estatal. Y la muy conchuda, que me odiaba y que, por mi aspecto (y por su resentimiento), me privó de algunos reconocimientos, dijo "no es lo mismo esto que la facultad". Más que las palabras textuales, lo que imprimió fue el tono tiramierda que usó, porque no lo hizo para ayudar, sino para desalentar, para decir un "no vas a poder" al que sólo le faltó ser coronado por la risa de Nelson Muntz.
(Más que todo, de esa noche imprimió la única despedida que pude tener. No de alguna persona: de una pared. Cuando terminó el breve trámite y el forzado intercambio de palabras, apoyé mi mano en la pared amarillo clarito, en la parte que estaba entre la puerta de la dirección y la del aula chica de tercer año, y le dije "gracias". No sé si en voz alta o no. Pero se lo dije. Y le dejé la última brizna de toda la inmensa energía que puse allí).
Bueno, ella y un taxista, que, una vez, mientras rodábamos por Callao rumbo a Marcelo T (para que yo llegara tarde, pero no tanto, esas noches en que salía a las siete de mi laburo y tenía que estar a las siete en la facultad, esfuerzo vano para la cátedra de mierda de Klimovsky, que me ponía ausente porque solo tomaban asistencia al comenzar la clase, y no al terminar, pese a que el aula se vaciaba descaradamente en las narices del viejo), me preguntó a qué se dedican los sociólogos. Y le respondí no sé qué boludez sobre hacer encuestas, porque, la verdad, ni yo sabía bien qué hacen, ni nunca me lo había preguntado. Ni tenía a quién preguntárselo.
Lo que nos dio ese colegio no servía demasiado si uno quería seguir estudiando "en serio". Apenas llegamos a ver, y mal, matemática de tercero, cortesía de la gorda pachorra con espíritu de empleada municipal que teníamos en esa materia. Así que, de movida, quedaba fuera de alcance toda la parte del mundo vinculada con esos saberes. La "especialización en informática" era lisa y llanamente un fraude, y también obligaba a descartar lo relacionado con esa área. Y, lo veo ahora, si yendo todos los días, tres horas y media por día, durante tres años, no alcanzaba para estar en condiciones reales de seguir estudiando, ni quiero imaginarme la estafa que serán el plan Fines y otros inventos similares de este siglo.
Entiendo que es parte del azar, que en otro lugar podría haber tenido una mejor formación en esas materias, y no tener a la de Historia o a la de Sociología, que nos hicieron leer textos con los que me reencontré en el CBC o en la carrera de grado. Pero es el azar que me tocó.
Pagar nunca estuvo entre las alternativas porque también me comí el versito de la educación pública. Y, sobre todo, porque ni en pedo iba a poner plata en algo a lo que no le tenía nada de confianza respecto de cómo iba a salir. En su momento, en una noche de octubre en un kiosco de Corrientes, hasta me compré el ladrillo aquel que era la Guía del Estudiante, pero el talismán no funcionó, y finalmente elegí al tuntún, más por un programa de radio que escuchaba que por cualquier otra cosa. Creo que eran de otra carrera, aunque nunca me quedó del todo claro eso: como sea, era la única ventana que renovaba el aire de mi como siempre estrechísimo mundo.
Y, también, para asegurarme de que la elección y el futuro al que apuntaba no tuvieran nada que ver con el trabajo que tenía, el cual formaba parte de la hasta hoy (¡¿hasta cuándo?!) irrompible telaraña familiar.
Aposté y perdí. Como casi siempre. Lo único bueno que me llevo de mi paso por la Universidad BovinA es poder no creerles ni un ápice de su supuesto espíritu inclusivo cuando los veo, hoy como entonces, protestando contra "el ajuste". Puro desprecio encontré en ese lugar, y exclusión y rechazo a cada paso. Y soberbia e invisibilidad, esas palabras que usaba entonces para expresar concisamente, con ellas dos juntas, mi experiencia allí, tanto en el trato con docentes y alumnos como en el institucional burocrático.
Cada una de las decenas de veces que en este tiempo pasé por la puerta para ir a la otra facultad –a esa donde me atiendo– o durante el camino se me aparecieron en la memoria vestigios de quien fui, de los pasos que di en esas veredas, pero nunca pude encontrar el vórtex que me permita viajar en el tiempo y decirle a mi yo de hace 20+ años que no se meta ahí. Que haga un curso, no sé, de plomería. Pero que ahí no.
(Y, de paso, avisarle, para que no se gaste tanta plata en CDs, que en unos años va a poder escuchar toda esa música y mucha más en Youtube (y preguntarle, como un taxista sin auto ni merca, que ¿para qué?, si ese lenguaje siempre le/me va a ser ajeno). Y, sobre todo, que no les crea a algunas personas, ni a los que hablan por la radio ni a los que mienten mirando a los ojos).
Y si en algunos años encontrara la forma de hablarle a quien soy, o a cualesquiera de quienes fui, les diría algo que sé desde los catorce años. Que *inserte lo que sea* es al pedo, que no vale la pena, que no hay lugar para mí acá.