viernes, 22 de agosto de 2008

Revalam

Camino por calles que llevo más de 16 años sin pisar. Pendiente de los perros, de los ratis, de los rochos, voy por la que corre junto a la vía. Pese a la paranoia, que me hace mirar para todos lados, y a la oscuridad –a la luz que no los ilumina– puedo percibir los árboles, que supongo pinos, altísimos, y los grillos suburbanos.
Cuando paso por la estación, veo su nombre desde la vereda. Desde allí se lee al revés. El del andén de enfrente, que debería leerse al derecho, no se ve: o lo tapa la estación, o pasa el tren, o me distrae la marcha pidiendo se gu ri da se gu ri da.
Me pregunto por qué fui: si únicamente porque se cumplen 17 años de que allí superé mi pánico invalidante o por/para otra cosa. Lo que entiendo es que en un lugar profundo de mí soy la misma persona de entonces.
Y me digo que sólo volveré el día que haya construido algo.
El día que pueda verlo al derecho.

11:39 ST 4°6

Doce menos veinte del mediodía del jueves. Llueve incansablemente y las sonoras ráfagas de viento hacen imaginar el ofri, ya no en la calle, sino a un metro, en el patio.
Y yo NO tengo que salir a la calle.
Y me encanta.
(Aunque el repiqueteo de pasos sobre mi cabeza me recuerda esa presencia funesta alterando el aire que me rodea y me impide disfrutar plenamente de la que quizá sea la última vez que podré no salir a la calle en esas condiciones).

Vértigo

Tengo vértigo. Me paralizan las alturas, en especial si no hay barandas altas, muy altas, de preferencia tan altas que formen un techo; en especial si los escalones carecen de la parte vertical entre peldaño y peldaño (que se llama contrahuella).
Sin embargo, no tuve ese desasosiego inmanejable cuando viajé en avión. Pero para cruzar el puente peatonal sobre la costanera… ¡me tenían que arrastrar! El mismo temor irracional lo padecí en el puente que cruza la 9 de Julio a la altura de Cochabamba, o en el que está sobre las vías del Sarmiento, a la altura de Bustamante (pero no en el de Billinghurst, ni en el de Mario Bravo, ni en otros como estos).
Incluso me he propuesto cruzarlos, y lo logré; pero sufrí tanto que la próxima vez elegí dar un rodeo, como siempre.
Supongo que el origen de esta fobia se remonta a cuando visitaba el departamento de mi abuela, que vivía en un noveno piso a la calle. Calculo que me habrán dicho: “Si salís al balcón, te vas a caer”, o alguna otra de esas amenazas que se les hacen a los niños y que los trauman de por vida.

8.8.91

El 78 llegó justo cuando me había bajado del otro bondi y aún no comenzaba a buscar dónde paraba. Tomé el que tenía que tomar (un 1114, interno 17), el del “cartel de Boca”, o azul o amarillo (el rojo no), y cuando cruzó un túnel, el único túnel que cruza, me bajé.
Apenas me asomé por la esquina, vi la torre de la antena, y supe que era ahí.
Después, no fue ahí, como no fue en ningún lugar.
Pero ese día fue importante.

A esta hora matan a las vacas

A esta hora matan a las vacas.
Enfiladas en el brete final,
para ellas no habrá una nueva madrugada.
Palpitan el mazazo, el golpazo: lo ven venir.

Retumban al caer
y ese sismo vacuno signa la zona.
Se atiborra con sus almas
ya sin cuerpo

y su energía
no se disipa:
se acumula
y pesa en la atmósfera.
Como el cadmio, como el cromo,
como el plomo
en el arroyo,
en el aire, en el suelo.
En las miradas.

A cualquier hora matan a la gente.
Y entonces los ojos se afilan,
buscan prever la bala,
el auto, el cuchillo.
Pero rápidamente se agotan,
y adormilan la realidad
en la hipnosis
de la tele y de la cumbia,
en el piercing en el bozo, en la ceja, en la nariz,
en el pelo teñido de amarillo huevo,
en el celular.

Más allá, resignifican la palabra barrio.
Por acá, La Paz es una paradoja.

El paso del tiempo en un pastillero

Hoy terminé de tomar los treinta comprimidos vitamínicos que me recetó el médico, a razón de uno por día. El frasquito naranja, su tapa con una torre Eiffel sobre una bandera ¿holandesa?, ¿luxemburguesa? (con los colores de Francia dispuestos equivocadamente), el algodón que los cubre, esa esperanzadora repetición nocturna solo sobrevivirán en este post.
El incesante vaciamiento, cada día una pastilla naranja menos, marca, impiadoso, el paso del tiempo. Fue ayer, hace un mes y medio, cuando me tomé el bondi en un largo viaje, como ayer, hace nueve años, la otra vez que mi cuerpo y mi cabeza no soportaron y me desarmaron la vida. De nuevo, como entonces, recurriendo a limosnas médicas, a favores y buenas voluntades carentes de empatía.
Lo venía palpitando. La necesidad de suspender el tiempo hasta que algo parezca mejorar hizo que dejara de tomarlas cuando quedaban una o dos; pero fue previsiblemente inútil. Empecinados en pantomimas y simulaciones, nos parece que el tiempo no pasa, pero en realidad no para.
No para, y me deja atrás, en el mismo lugar. Sólo que mucho más angustiado. Y sigo hecho mierda, sin recuperar mi peso ni mi energía, mal descansado, agotado por estos vecinos de mierda, cánceres caminantes, que avasallan y golpean con cada partícula de aire que desplazan.
(Si no digo vencido es porque no me van a vencer).
Fue ayer, hace cuatro meses, cuando quise contarlo, y sólo tuve hasta ahí. Y me angustié tanto que lloré. Igual, las lágrimas son un fetiche: la angustia corrosiva, con o sin llanto, me está socavando.
Ahora lo publico porque junté algunas palabras. Es lo único que cambió.

No se lo conté a nadie

Ayer fui a la óptica. (A propósito: en el camino vi cíbers que están cobrando 75 centavos los 15 minutos…). A la hora de pagar, miré todos los Rocas que tuve que sacar de la billetera, y hasta la chica, de empatía y verborragia profesionales, dijo “pusiste una cara…”. “No sabés cómo me duele”, le contesté, y traté de consolidar el diálogo diciéndole que aún no me habían pagado, pero tuve que intentarlo tres veces porque ella ya iba por el capítulo siguiente del manual del vendedor.
Por teléfono me dijeron que estos lentes son el nuevo modelo y duran un mes, y “te los dejamos al precio de los viejos, que duran quince días, y además los van a discontinuar y quedan pocos en stock”. Cuando llego, la chica me dice que la gente suele descartarlos a los 20 o 25 días, pero que no me los deje puestos mientras duermo. Recién en casa miro la cajita, y dice “8.7 - 14”, igual que los otros…
A la vuelta me agarró el diluvio. En Once, justo antes de que se largara, parecía una peli de efectos especiales: sobre la plaza, cerrada por reparaciones, con menos luces, y las paradas de colectivos semivacías, veía cómo se desperdigaban los rayos por un cielo violeta oscuro sin tener que alzar la vista.
Al cruzar Rivadavia noté que las suelas de las zapas, lo que queda de ellas, reanudaron su desprendimiento: ahora, atrás a la izquierda, y calculo que dieron sus hurras tras casi 11 años de acompañarme. (Y Adidas las reemplazó por otras que son una garcha de incómodas y cuestan mucho más).
Cuando el agua y el viento se me hicieron fragosos, me guarecí, junto a una trabajadora sexual (cuyos cromosomas no pude identificar a simple vista), bajo el toldo de una pizzería. Rápidamente, ella siguió su rumbo, tal vez para subirse a un auto que paró allí.
Yo esperé, aunque la cosa no mejoraba. Tras un par de cambios de semáforos, el agua empezó a acercarse a los cordones, y entonces decidí seguir mi rumbo, temeroso de que la incipiente inundación se consolidara. Mala decisión.
A las tres cuadras, oigo un ruido distinto: el reflejo me lleva a mirar a mi alrededor, a donde lo sentí, y en una vereda sin baldosas de ese barrio mugriento lleno de peruanos veo desparramados el folleto de los lentes, las revistas de Farmacity que le había juntado a mi encarnación cartonera y las cajitas de los lentes. Y el neceser azul con el limpiador. Y el seguro.
La bolsita de cartón se desfondó, y me quedé con ella en la mano, vacía. Rescaté los lentes, de pedo reparé en el limpiador –al que no había registrado porque fue un “obsequio”–, y los papeles quedaron en el piso. Decí que ellos tienen copia del seguro. Ya empapado de las rodillas para abajo, proseguí mi camino luego de acomodar lo recuperado en los bolsillos.
Un par de cuadras después el diluvio se hizo lluvia leve. Ya no daba tomar un bondi, ni mucho menos un taxi, y seguí a patas los kilómetros que me faltaban. En todo ese trayecto nadie me vio; tampoco cuando llegué a casa.
Tal vez esta sea una de las cosas buenas de un blog. Que no tenés que joder a la gente que te rodea contándole estas pelotudeces, pero a la vez podés decirlas, lo que a veces es ¿casi? una necesidad, por nimias que sean.

Aspiradoras Kirchner

Hablábamos la otra vez del hijo presidencial y protodirigente político, Máximo “Aspiradora” Kirchner.
Bueno, parece que es cuestión de familia, porque ya van varias veces que veo a Jorge Asís insinuar las razones del desencajamiento del ex presidente en el último acto “en defensa de la democracia”.

Mantra

Estaré.
Estaré donde salga el Sol.
Beberé.
Beberé la luz de todos los colores cantando.

Un diálogo tipo Jay Sherman

-Señor, la función terminó.
-Ya lo sé; pero no tengo a dónde ir.

-¿Por qué no tenés celular?
-Porque no tengo con quién hablar.

22:51 19°2

La noche del sábado está hermosa, más linda que de costumbre, y yo, exhausta, me tengo que ir a dormir porque los vecinos de mierda no me dejaron descansar en todo el puto día. Desde las 7 a. m. su presencia ominosa e invasiva en mi casa, en mí. Pasé 18 horas en la cama, no sé si entre todos los pedacitos pude juntar 8 horas de sueño, cada intento de siesta se frustró y tengo un agotamiento atroz.
Soretes mal cagados.

Baldazos de angustia

Ya cayó la noche en esas veredas que caminé mil veces, en la calle San José, en la zona de las zapaterías y los restoranes. Pasa un 102. Hay muchas luces, en el bondi, en la calle, en los negocios.
Me esfuerzo por que sea la última noche de remera, y siento que algo se desploma sobre mí y me obnubila. Tanto que pierdo el sentido de la angustia, y sigo andando: se oscurece la calle llegando a Belgrano; el olor a meo de gato en la cuadra siguiente ha sido reemplazado por un edificio nuevo, y doblando la esquina me acerco al cyber de la mamá –y el papá– de Martina…
Que no está más.

sábado, 9 de agosto de 2008

Acción farmacológica

El fármaco potencia el efecto inhibidor presináptico y postsináptico del ácido gamma-aminobutírico en el sistema nervioso central. De este modo, se atenúa la excitación excesiva mediante retroacciones negativas sin que sean afectadas otras actividades neuronales fisiológicas.

Lo indecible

Cuando volví del baño ella ya estaba en bolas. Mientras (yo) me desvestía, me dijo que necesitaba atenderse y que le daba mucho morbo jalar de la pija que después iba a chupar.
Esas palabras tuvieron en mí más poder que una sobredosis del viagra ultimate, y entonces me indicó que me parara junto a esa suerte de escritorio, de modo que si se caía algo, quedara en el mueble y no llegara al piso. Sacó el pelpa de su cartera, y una tarjeta, y con habilidad de noches peinó su línea sobre mi verga. Vi claramente en sus ojos las llamas del nitrógeno inyectado en su tapa de cilindros, las vi porque sabe petear mirándote a los ojos, porque sabe que se petea con la boca, y no con las manos.
Se engulló mi poronga de un saque, justamente, y si quedaba algún gránulo de merca sobre ella, se lo incorporó por la mucosa bucal. Cuando estuve a punto de caramelo, lo supo y, sin dejar de chuparla, manoteó el forro, me lo puso y me preguntó por dónde quería.
“¡Por atrás, mi amor! ¡Por atrás!”. Se puso en cuatro, se ensalivó el ojete con la mano derecha y formó esa figura que conocen las geómetras de la cama: las piernas formando un ángulo de noventa grados en las rodillas, y el torso, inclinado hacia delante, doblado a cuarenta y cinco grados en la cintura.
Apoyé la pija y sentí el más sutil de los placeres, el del esfínter cediendo al cuidado pero incesante empuje del macho. Cuando ya estaba bastante adentro, me encaramé sobre su grupa, le apliqué la toma manubrio y empecé a pasar cambios: primera, segunda, tercera, mantengamos la tercera un rato antes de poner cuarta…
Me llené las manos con sus tetas, pero pronto se revelaron insuficientes para todo lo que quería asir: agarrarle la mano, apretarle las gomas, pajearle el clítoris, pegarle en las nalgas, agarrarla por las plantas de los pies, acariciarle la cabeza… Le indiqué que se pajeara mientras vencía a pijazos la resistencia que ella oponía endureciendo sus caderas. Le pegué un par de chirlos, y me pidió que le pegara fuerte. Al final, no sé dónde hacía más fuerza, si bombeándola o descargando mi mano derecha sobre su nalga de ese lado. Ella se amasaba las tetas contra las sábanas y se apretaba los pezones, mirándome de reojo, llena de vicio.
Cambié la pierna de apoyo y ahí sí puse quinta, intimado por los movimientos de su pelvis y sus gemidos; luego tuve que bajar unos cambios para respirar y volver a acelerar, y le di hasta que sentí llegar el orgasmo desde el temblor en mis pantorrillas, aferrado a sus hombros. Subió, subió, hasta que mi elaborado relámpago seminal le llenó el orto de leche. (Bueno, disculpen la metonimia: llenó el forro de leche).
Saqué la pija, ligeramente coronado de heces el látex, y con las piernas temblando enfilé para el baño y tiré el rofo en el inodoro; escupí la saliva apelmazada por el esfuerzo, me lavé las manos, me refresqué, y volví a la habitación con una sonrisa agradecida e incrédula.
Ella ya se estaba vistiendo, y en sus ojos encontré otro brillo; en su rictus, esa media sonrisa con la que algunos togas disimulan y juegan a que aquí no pasó nada extraordinario. Como los boxeadores que sonríen porque sintieron el golpe. Esa sensación incomprobable, pero que la experiencia me ha regalado un par de veces como para reconocerla con una satisfacción extra, es, también, incompartible. Se dicen tantas cosas hechizas en esas situaciones que tal vez las reales sean del orden de lo indecible, de lo sobreentendido.
En el palier me crucé con el chabón que llegaba. Mi cara, mi lenguaje corporal le dieron la certeza de que no iba a tirar la guita.

Yo lo intenté

¡23 min x reloj! UFF…
Demasiado gasto de energía para nada.
Silencios varios.
Sobre este lugar: “Revolver mierda…”. “Bueno, también para ver la mierda de otro modo”. (Sí, como las imágenes esas, simétricas, que te muestran para que veas algo: yo nunca vi nada).
-Quizá la facultad no sea para vos.
-Pero para vos, sí (…) Además, eso es lo que dice un patovica.
-No: él dice “no quiero que sea para vos”. Un bar irlandés a las 7 p. m. no sería para ninguno de los dos, no nos sentiríamos cómodos. (No digo que yo tampoco me sentiría cómodo donde no dejan entrar a alguien).
Ejemplo de la mesa (que no entiendo).
“No es lo mismo para mí no sentirse cómodo que que no sea para mí”.
Silencio y… “lo dejamos acá”.
FUCK

Mentiras habituales de los sionistas (II)

“Israel es la única democracia de Oriente Medio”
Esta invención tal vez tenga una explicación: quizá se deba a la ceguera de los sionistas, que no pueden ver más allá de la frontera, o del muro racista que han erigido violando la legalidad internacional (salvo cuando más allá de la frontera o del muro están sus asentamientos ilegales).
Si pudieran ver, notarían que la única democracia bajo ocupación en el mundo está allí, es la del estado nonato de Palestina. Y verían que sus legisladores son secuestrados por el Estado ocupante; su presidente legítimo, sitiado hasta la muerte; su población, humillada y hambreada; sus instituciones, obliteradas, y las luchas intestinas, fogoneadas de acuerdo con la vieja sentencia “divide y reinarás”.
Por lo demás, las elecciones presidenciales, en las que triunfaron los candidatos Arafat y Abbas, tanto como las legislativas, donde se impuso el movimiento Hamas, todas realizadas bajo la ocupación sionista, fueron ejemplos de transparencia según los comentarios unánimes de los observadores internacionales.

Ojo si sos solterón y consumís pornografía

A raíz de la imputación que recae en el reconocido psicólogo Jorge Corsi, los patéticos presentadores de noticieros, y los no menos patéticos movileros, y los aún más patéticos productores, dieron rienda suelta a su ser, sea natural, sea adquirido en esos ámbitos donde es inevitable.
Asi, Guillermo Andino, justamente Guillermo Andino, le preguntaba a un profesor de la UBA-Psico si el hecho de que Corsi viviera con sus padres a los 60 años podría dar pistas acerca de su perversión.
Y otro nabo, anoté el nombre, Javier Díaz, de Telefé, contaba su epopeya periodística: cual Sherlock Holmes, recorrió los videoclubes de la zona cercana a la casa de Corsi hasta hallar aquel del cual el psicólogo era socio.
Y, según su versión, allí averiguó que solía alquilar películas de Woody Allen, pero que las dos últimas que había alquilado eran dos porno, cuyas carátulas mostraron en un acto de periodismo de investigación que los acerca al Pulitzer como nunca antes: una de temática anal heterosexual, y la otra no alcancé a distinguirla.

Paro de colectivos de 22 a 5

Y esas noches el silencio fue más constante.

Pobres putitas patéticas

Veía a Jessica Cirio decir que su ojete vale 100 lucas, no para garcharlo, sino para ponerlo en una publicidad. Y además de pensar en cómo serán los soretes que salen de él, si tienen otra forma u otro olor, sentía vergüenza ajena, y repulsa, y un poco de lástima por esta mina cuando la escuchaba. La lástima se me iba al pensar en las 100 lucas, pero veía cómo decía una cosa, y al rato la contraria: que tengo celulitis, que no, que no tengo; que tal cosa sí, no, que no… Chiche Gelblung la gastaba onda La Noticia Rebelde, y ella, con esa manera de hablar de tontita aprendiente, para la cual aprender es repetir lo que le dicen que diga, soltaba sonrisas en forma de “¡ay!”, y miraba todo el tiempo para el costado, a sus asistentes, managers, quien fuere, buscando su asenso, que le dijeran qué decir.
Esa artificialidad patética demolía cualquier atisbo de interés sexual pajero.
Y recordaba a Luisana Lopilato, bien aprendida, bien previsible, bien repetidora de ese discurso vacío y monótono; tan boluda como la Jelinek, pero resguardada por sus manejadores y por la prensa que responde a sus manejadores. Ahora la Barbie evangélica ya sabe que en invierno hace frío.
Y la veía a Pampita, contoneándose, esforzada y afectadamente, en el programa del sorete del caño, con una remera con la lengua stone y un flequillo presuntamente rolinga. El musicalizador pone Satisfaction, y la pobre, ¿en un gesto que ella creerá “stone”?, como un perro pavloviano, antes de bailar en el caño, comienza a contorsionarse y retorcerse haciendo mohínes, olvidando esperar que el conductor le dé el pie, dando-me una profunda lástima.
Y después hace el gran esfuerzo de mostrar sus tetas, pero no sus pezones, y me la imagino siendo convencida por asistentes, productores, managers, Dottos y Tinellis para mostrar un poco más, que si no lo hacés, te quedás afuera y te perdés la promoción, y bla bla…
Aquí, en cambio, sí me late la vena jeropa cuando pone la espalda paralela al suelo, agarrándose del caño con las manos mientras mueve alternadamente sus piernas extendidas y los gloriosos cantos que las coronan; ahora sí daban ganas de tomar carrera y embestirla, y llevarla puesta hasta la pared más próxima.
Y una vez satisfecha esa pulsión, con la garompa aun desvaneciéndose en su ojete, le preguntaría “¿vale la pena esto, Caro?”.

El diario de los K

Se repite a menudo, como si efectivamente hubiese ocurrido, y la verdad es que no lo sé, que los colaboradores del presidente Yrigoyen le imprimían ediciones apócrifas de los diarios en las que abundaban las buenas noticias.
Cuando escucho a los Kirchner, en cambio, pienso que son ellos mismos los que imprimen sus diarios falsos. Alguien podrá argüir que se trata de la declaración obligada del político, especialmente la de quien está a cargo del Ejecutivo. Sin embargo, la narración que hacen de la realidad, cuyo súmmum fue la conferencia de prensa de la presidente, me hace pensar que se trata de otra cosa: me parece que ellos lo imprimen, ellos lo leen, ellos se lo creen, y actúan en consecuencia.

Inexorabilidad

Camino, despacio, hasta el baño;
sé que la desgracia está sobre nosotros,
no ahora, tampoco el año próximo,
todavía somos jóvenes, pero eso
se pierde enseguida.
No tenemos nada, pienso,
mientras me lavo la cara,
ni un oficio, ni una herencia,
ni una casa de sólida piedra.

(Fabián Casas * Fragmento de “Mientras me lavo la cara”)

Esa sí que tenía la manija

Me fijé en Altosex, y las chicas que más me gustaron fueron Sol y Jenny, atractivas pese a que las caras estaban pixeladas. Además, el mobiliario que se veía le daba pinta de lugar real. Había alguna otra foto tentadora, pero que las dos estuviesen en el mismo privado aumentaba las chances de encontrar a una de ellas.
Llamo, y la 840 me dice que están las 24 horas, que hay un plantel de 15 señoritas, que puedo pasar sin compromiso a conocerlas… Me da la dirección, Ibarrola 6703, en pleno Liniers, a dos cuadras de Rivadavia, y me pasa unos precios interesantes: desde $25 un bucal hasta $50 la hora, completo con participaciones libres. Obviamente, cuando la limosna es grande, hasta el ciego desconfía; pero, debido a que la leche ocupaba gran parte de mi cerebro, desestimé el riesgo. Aunque surgió la primera inquietud: si hay quince chicas y publican dos, es para ahorrar en publicidad o es porque las otras trece son unos bagres.
Decido pasar a ver. Llego tipo 7 de la tarde y me encuentro con que la entrada es una gran reja con un cartelito de madera donde está pintado el número. La reja estaba abierta, y dos metros hacia adentro hay un gran vidrio, tipo vidriera de local, con una puerta, también de vidrio, y toda una especie de local vacío con una escalera al fondo. Mamita, dije, qué raro. Desde afuera, mirando hacia arriba, se ve que la construcción es todo cemento, como una fábrica abandonada, y que las ventanas están tapiadas desde adentro.
Ya en el lugar, jugado y sin fichas, no existía la opción “recular”. Toco el timbre y aparece la 840 con la que seguramente había hablado: una rubia teñida, gordita, bastante desaliñada, y fea, que no venía a abrir con una llave, ¡sino con una manija! Quiero decir: traía la manija para ponerla y abrir. En un momento de lucidez pensé: “Si me quiero ir de acá solo, estoy al horno porque de adentro no voy a poder abrir”. Pero ya les dije que había cruzado el punto de no retorno.
Subo. Subimos. El lugar por dentro está arruinado; ella dice que lo están refaccionando, pero realmente es tétrico. Paredes húmedas, cemento a la vista sin pintar, habitaciones con puertas de madera que no cierran y simplemente están entornadas.
La mina me pregunta qué quiero hacer. Le digo que vi el aviso y le hablo de Jenny y Sol. “Ellas salieron a hacer un domicilio; pero hay otras chicas muy lindas. Andá a la habitación 2 y esperá ahí, que van a ir viniendo las chicas”. Entro a la habitación y ahí sí la leche se diluyó de golpe, y me di cuenta de que la cosa no venía muy bien. No sé qué fue primero, o si fue simultáneo, pero mi deseo y mi pene se encogieron, y noté que la sangre tampoco irrigaba la piel, porque me sentí pálido. Pieza totalmente oscura, sin ventanas, paredes pintadas de rojo, bombita roja tenue, colchón sobre el piso, sin sábana ni nada, parte de las paredes despintadas y rajadas, piso de cemento –sobra decir que estaba más que sucio– y un tacho de basura. Nada que ver con el escenario de las fotos, más luminoso y con muebles…
Yo no veía ni la hora en mi reloj, menos iba a poder apreciar a las señoritas. Si me mandaban un hombre con peluca, pasaba. Bien, me quedo esperando a las chicas, y empiezan a tardar, lo cual a mí no me gustaba nada. ¿Tienen esa sensación de cuando vas a un bar y pedís un tostado, y tardan porque fueron a comprar el jamón al almacén de la vuelta…? Pero en un lugar tétrico, cuasi abandonado, y sin que nadie supiera que yo estaba ahí. Empezás a pensar: acá entran dos patovas, me afanan todo, me hacen la carretilla y ¿qué hago? Bueno, esa era mi sensación.
De repente entra una mina, se presenta, me da un beso y sale. Como les dije antes, imposible analizar con cuál me iba a quedar porque no se veía nada. Así pasaron cinco chicas, y luego vuelve la primera y me pregunta a cuál elijo. Yo le contesto que a ella; creo que me sonrió y me dice: “Me tenés que pagar antes. Son $30 los 20 minutos, $40 la media hora y $60 la hora”, lo cual obviamente distaba de lo que me habían dicho: típica inflación de privado.
Entonces fue cuando cometí el peor error. (Ya había cometido varios: el primero, entrar). Exigiendo mis derechos como consumidor, mando a llamar a la 840, la cual no solo viene, sino que viene acompañada de un nene, un nene grande, grandote. Yo estaba medio caliente de enojado, pero al ver al nene como que me cagué un poquito; es más: creo que me manché un poco el calzón. La señora me encara y me pregunta cuál es el problema, y le digo que lo que me habían dicho por teléfono no era lo que me acababa de decir la señorita, a lo cual me contesta textualmente: “Mirá, conmigo no hablaste, así que no sé lo que te dijeron por teléfono. (pausa de 3 segundos). ¿Por cuál te decidiste?”.
De manera muy correcta y con los mejores modales que aprendí en mi vida, traté de explicarle que no quería pasar con ninguna y que además sólo tenía $25 y no me alcanzaba ni para lo mínimo, a lo que me responde: “¿Estás seguro que sólo tenés $25?” (todo esto con el patova atrás, que parecía un gorila de pecho plateado que parado delante de la puerta no dejaba entrar ni la luz).
Con mejores modales incluso que los aplicados anteriormente, le digo que bueno, que me voy a fijar. ¿Cuál era el problema? Que yo sabía que tenía más, pero con la poca luz no la iba a poder caretear e iba a tener que abrir bien la billetera para saber qué sacaba, y era obvio que ellos iban a notar que había más billetes de los que decía tener. Pero otra no me quedaba porque la 840 insistía con qué mina iba a pasar y cuánto me iba a quedar. Entonces le digo que voy a pasar con la que ya había elegido, sólo 20 minutos; y cuando manoteo un billete, porque preferí manotear antes que abrir y que ellos vieran, tengo tanta mala leche que saco uno de 50.
Trascartón, la mina, sin comentar nada sobre lo que yo había dicho de que no me alcanzaba, me pregunta si tengo profiláctico, y le digo que no, ¡y no saben lo caros que están los forros ahí! Me dice: “Bueno, son 30 más 5 de preservativo: 35. Cuando salís, te doy el vuelto”. Ahí sale la 840 con el gorila, que nunca dijo nada: parecía un goruta mudo de un capítulo del superagente 86 que transcurre en un castillo, una noche de lluvia.
Hasta que vino el gato pasaron otros diez minutos de amansadora. Y la cabeza ya te empieza a dar vueltas mal: en un momento pensé en llamar al 911 y denunciar que estaba ahí; pero al toque me cayó la ficha de que iban a derivar la denuncia a la comisaría de la zona, la cual, obviamente, debe estar arreglada, e iba a ser peor porque iba a venir el patrullero, y me iban a coger de parado ahí y encima después en la comisaría.
Al final, aparece la mina, servilletas en mano, y un forro; se desviste, mucho olor, tal vez porque la falta de luz potencia el sentido del olfato. Me dice “acostate”, me pone el forro y me la entra chupar mecánicamente. De coger, ni las ganas me quedaban, así que nunca se me paró, aunque trabajaba con la boca y después a paja limpia. Al rato, ¿quince minutos?, la mina se acordó de mí para decirme que se había acabado el tiempo.
Salí, por suerte la 840 tenía mis 15 pesos de vuelto preparados y me los dio. Debo reconocer que no se los hubiera pedido: mi única meta era llegar a la puerta de salida. La mina bajó conmigo, y con la manija, me abrió, y salí mirando el piso y pensando en que al final era más práctico relojear a alguna boliviana por ahí y hacerme una paja en casa.

Lo cagaron a Pigna

Uno de estos domingos (18 de mayo), en su columna dominical del clarinete, “Felipe Pigna. Historiador” recordó diversas revueltas populares de fines de los 60, entre ellas el Cordobazo, con el título “Obreros y estudiantes, codo a codo”.
En su versión, Pigna dice que “los trabajadores de las dos CGT cordobesas”, entre cuyos líderes “se destacaba el dirigente clasista René Salamanca”, convocaron a un paro activo con movilización que fue el puntapié inicial de la revuelta.
También habla de la “estrecha relación entre los estudiantes y los obreros de las grandes fábricas instaladas en el cordón industrial, ya que en aquellos años muchos trabajadores estudiaban en la Universidad de Córdoba”, y de que los estudiantes se sumaron de inmediato a la medida de fuerza.
Entre otras pignas, Felipe asegura que “el saldo fue de veinte manifestantes muertos y cientos de detenidos, entre ellos los líderes sindicales”.
Al domingo siguiente, el mismo diario publicó un artículo de una página firmado por Carlos Sacchetto, un periodista cordobés, donde lo hace de goma al nuevo Félix Moon, rebatiendo, sin mencionarlo (para no cagarle el negocio a Felipe, que también es el del diario), sus dichos.
Cito: “Sobre la base de hechos que tuvieron una gran repercusión política, se construyeron mitos, se crearon leyendas y se torcieron realidades, muchas veces para adecuarlas a la conveniencia ideológica de quien narrara la historia. La necesidad de forzar interpretaciones, la falta de investigación seria y en algunos casos la ausencia de honestidad intelectual fueron adornando con fantasías la verdad histórica”. ¡Piña de chanes!
Entre otros mentises, Sacchetto afirma que es falso que el Cordobazo se generara de manera espontánea con “la unidad en la lucha” de obreros, estudiantes y el resto del pueblo cordobés. Sostiene que los dirigentes planificaron detalladamente la marcha y cómo proceder ante la represión, y niega que Salamanca haya estado entre ellos. Es más: según su relato, SITRAC y SITRAM tenían conducciones propatronales que no habían adherido al paro.
En otro párrafo, asegura que no se trató de un enfrentamiento armado entre manifestantes y fuerzas represivas, ya que las columnas de obreros y los estudiantes que se sumaron no llevaban armas de fuego (solo bombas molotov), y que recién por la noche aparecieron algunos francotiradores.
Por último, los veinte muertos de Pigna son solo cuatro para Sacchetto, quien dice haber registrado él mismo, como cronista de Radio Universidad, los muertos, heridos, detenidos y daños. Y que los muertos fueron cuatro. Y que seguían siendo cuatro cuando, dos años después, con otro colega, preparó un especial conmemoratorio que lo llevó a consultar incluso la nómina de defunciones en el Registro Civil de Córdoba.
Tampoco pondría las manos en el fuego por este tipo, pero cuando los fabricantes de best sellers, onda Bucay, Piglia, etc., quedan en evidencia, cuando alguien dice que el rey de las ventas está desnudo, siento cierta alegría.

Macri cagón

Mucho hablar del espacio público, pero bien que arrugaste frente a los "padres de Cromañón", que siguen usurpando la calle Mitre.
Y lo seguirán haciendo si el juicio no tiene el único fallo que ellos aceptan.

Traidor

Lo veía al ex montonero Kunkel decirle “traidor hijo de puta” a Solá en la Honorable Cámara de Diputados de la Nación y no podía no recordar cómo terminaban los “traidores” en otra época, en la que quieren reimplantar estos ex muchachos.

Mentiras habituales de los sionistas (I)

“Israel construyó un vergel en un desierto”
Ante todo, no era un desierto: había gente. Había palestinos, musulmanes y cristianos, y había hebreos. Y tal vez hubiera otra gente, integrantes de otras minorías, que la historia habitual no registra. Es curioso que para la misma época en que Herlz acuñó su falaz frase “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” Julio Argentino Roca encabezara la conquista de un desierto… donde también había gente.
Y lo que Israel construyó y desarrolló lo hizo gracias al dinero que le regala EE. UU. Muchos miserables racistas suelen remarcar que “un paisito”, como llaman a la potencia ocupante, tenga tal desarrollo tecnológico, sugiriendo algún tipo de superioridad innata de los hebreos.
Omiten, maliciosamente, que la mayor producción tecnológica que tienen estos países se debe fundamentalmente a su posición sojuzgadora: el imperio y sus gendarmes expolian a las colonias, sostienen gobiernos corruptos que les son útiles y viven a sus costillas, manteniéndolas oprimidas e impidiendo su desarrollo. (Cuando Iraq quiso desarrollarse tecnológicamente, la entidad sionista lo bombardeó; cuando Irán quiere desarrollarse tecnológicamente, las amenazas de ataques son cotidianas).

Shotgun Blues

Every night I go to sleep,
The blues fall down like rain.
Every night I go to sleep,
The blues fall down like rain.
Taking pills, cheap whiskey,
Just to try to ease the pain.

Well, it's hard to gamble
When you lose every bet.
Hard to save money
When you're twenty years in debt.

The blues is falling,
Falling down on me like rain.
I'm gonna take a shotgun now, people,
And disconnect my brain…

I made some mistakes,
Had some bad breaks.
Now my mind don't work,
And my whole body aches.

The blues is falling,
Falling down on me like rain.
My life is like water:
Just swirling down the drain.

Well, I try to standing up,
I keep on falling down…
Try to standing up,
Keep on falling down…
Everywhere I go
The bluuuuues… is all around!

(D. & R. Walsh * ¡Los Blues Brothers!)

Newton y Galileo (descubriendo Bs. As.)

Mil veces había pasado por Las Heras y Pueyrredón con el colectivo. Yendo hacia plaza Italia, por una ventanilla del lado derecho, todas esas mil veces vi una amplia calle empedrada, en subida, abierta como una bisectriz hacia el norte. (La habré buscado en la Filcar, porque tenía en mi cabeza que se llamaba Gelly y Obes).
La cosa es que el otro día andaba cerca, con tiempo y energía, y fui a caminar esa calle, a ser un personaje visible desde cualquiera de los bondis que pasan por ahí. Ya había anochecido, y doblé a la izquierda, de Las Heras, por donde venía, hacia Gelly y Obes. Apenas comenzada la calle está el único negocio que encontré, una tienda de electrodomésticos, berretas, según me pareció. Avancé por la oscura vereda, casi intransitada. Los autos se estacionan a 45° a lo largo de toda la calle, y también en la esquina. Es difícil cruzar pasando entre ellos, tratando de intuirlos por la poca iluminación que no traspasa completamente el follaje de algunos árboles. Los edificios no son supernuevos, en general, ni superfastuosos, pero denotan un cierto nivel, tal vez pasado de moda, propio de otra época.
En la oscuridad, y por la traza irregular que lleva la calle a un incierto final, decidí abandonar mi periplo descubridor aun cuando sabía que Pueyrredón estaba “para allá”. En la confluencia de varias calles de destinos radiales, elijo una, que empieza junto a otra, dejando un ángulo breve de vereda donde se levanta un edificio pomposo. A la izquierda hay un palacete, tipo embajada; pero esa calle, Newton, es un callejón sin salida. Me doy cuenta al toque, pego medio vuelta y opto por la que está al lado. “Guido” indica el cartel. Dos bloques de cemento dispuestos en la calzada se divisan a lo lejos y me hacen temer que se trate de otra calle sin salida, aunque no acabo de confirmarlo. Un auto me supera, zigzaguea entre los bloques y estaciona junto a un edificio: el conductor habla algo con el portero, mete marcha atrás sonoramente, y lo pierdo de vista.
A la altura de ese edificio se ve una balaustrada, que parece conformar una terraza. No termino de descular qué hay delante de mí hasta que estoy casi encima de ella… Allí noto que ¡la calle termina en una escalera! Y continúa más abajo.
Desde la terraza se ve el movimiento de Pueyrredón a unos pocos metros, y a la vez tan lejano, tan ajeno. Esas manzanas me hacen recordar la Reserva Ecológica, con la ciudad ahí, al alcance de algunos sentidos, pero con otros incapaces de percibirla. Bajo las escaleras, doblo a la derecha por la paralela de Pueyrredón, Agote, y me dirijo al punto de inicio.
Apenas antes de llegar a él, en otra calle de traza anómala, un Dodge Coronado estacionado ante el portón del garaje de un edificio parece salido de una película de Sofovich de los años 70; me acerco y le veo algunos detalles de pintura que la noche y la penumbra disimulan…
Ahora sí agarro Las Heras y vuelvo a la ciudad continente.

De cómo un comment se transformó en un post

Tus descripciones hacen parecer a Buenos Aires taaan Buenos Aires, que me parecen fotografías de cámara moderna.Abrazo de Post (esa es nueva)
Maxy

Pensar en nada

Nuevamente, mis vecinos han roto el ritmo de mi sueño. Mi cuerpo genera tanta adrenalina para vencer el cansancio producto del mal dormir que cuando hay calma no logra bajar, y sólo puede garpar la deuda del sueño con un pago mínimo en forma de siesta: duermo 3 ó 4 horas y me despierto en el medio de la noche, y, aunque hay silencio, no puedo dormir.
Doy vueltas para acá, doy vueltas para allá, gasto las sábanas y el colchón girando en vano. Fantaseo con mil formas de matarlos, se me ocurren veinte pelotudeces para escribir aquí, hasta que 3 ó 4 horas después, cerca de las 6, puedo dormirme, para recomenzar el círculo de las despertadas violentas y angustiosas un par de horas más tarde.
En el medio de la madrugada me apremia ver que el tiempo pasa, y la posibilidad del descanso se me escapa sin que pueda aprovecharla. Me obligo inútilmente a dormir, trato de pensar en nada, que no sé qué es, salvo una canción; trato de apagar los ruidos de mi cabeza y de concentrarme en los sonidos de la noche. El rumor de la ciudad es un fondo sobre el que resalta de vez en cuando un pelotudo con escape deportivo. Sopla el viento, y se mecen las plantas y la media sombra del vecino. Se oye una sirena; al rato, otra. Ahí para un bondi en el semáforo. Una sirena más, un rato después. Parece que hay muchas emergencias esta noche.
En vez de contar ovejas, cuento los movimientos del minutero del despertador: cada ocho segundos rompe la suspensión del tiempo, y avanza. Recuerdo el recorrido del 127, me imagino manejándolo: nunca llego a Urquiza, pero no porque me duerma, sino porque no puedo mantener la concentración. La cabeza se me escapa en otra dirección. Vuelvo a contar: 45 avances son seis minutos, antes de eso tengo que dormirme.
De pronto, el teléfono de la vecina suena.
¿Estaba durmiendo o estaba despierto? No, no puedo haber estado pensando en Cormillot; tiene que haber sido un sueño, tengo que haber dormido. Bien.

Periodistas

Cuando entrás en una redacción y es tu primera experiencia, todo el tiempo estás pagando derecho de piso: desde escribir las notas sin firma más pelotudas sobre la reproducción de las amebas termoplásticas hasta que todo el tiempo todos estén mirándote de reojo, como esos obsesivos que chequean a cada rato si cerraron el gas. Bueno, así, pero a ver cómo hacés las cosas. Incluso los que tienen buena onda y tratan de ayudarte te hacen sentir para el orto, agobiándote con la falta de naturalidad, como si estuviesen tendiendo la red porque están seguros de que te vas a caer.
La cosa es que cada cosa se magnifica, cada error se multiplica, y los no errores también son errores. Y 35 líneas con pirámide invertida, y el título no me gusta, no tiene punch; y tus oraciones son muy largas, con muchos enlaces; y el editor te corrige el estilo, pero a él nadie le corrige la ortografía. Etcétera.
La otra vez (lo googleé), en el clarinete, una tal Daniela Kozak, que firma sus notas y le ponen su dirección de mail, escribe sobre la falta de gasoil y su consecuencia, la disminución del número de colectivos que circulan en Buenos Aires y sus alrededores. Y la chica va a plaza Constitución (bah, eso dice) y cuenta que allí “se veían largas colas en las paradas de algunas líneas. Alrededor de las 18.30, mucha gente esperaba el 92, que une La Boca con San Justo”.
Es imposible que mucha gente esperara el 92 en Plaza; más aún: es imposible que alguien lo esperara allí ¡porque el 92 no pasa por Constitución! Ni por La Boca, ni por San Justo (¡ese es el colectivo 46!, que ni siquiera tiene el mismo color). Y encima pone estas palabras en boca de un usuario: “Generalmente, en hora pico el 92 llega cada 7 minutos, y ahora están pasando con suerte cada 15 –explicó Ceferino Gómez, un pasajero–. Por eso se acumuló tanta gente en la parada. Dicen que tardan más porque hay menos colectivos”.
No te digo que te sepas todas las líneas de colectivos; además, si laburás en Clarín, te pagarán lo suficiente como para viajar en taxi. Pero… ¡estás hablando de algo que no existe! ¡Y estás poniendo un “testimonio” de algo que no existe! ¿O sólo será una muestra del género “ficción periodística”?
Otra más: ahora la imbécil se llama Nora Sánchez. Escribe sobre el colectivero asesinado en La Matanza, y dice, y repite, que era chofer de la línea 196. El problema es que la 196 no existe. El tipo manejaba en la 96, y si la chica esta tampoco sabe cómo verificar el dato, bien podría haber visto la foto del bondi, donde dice “96”.
Ya sé que es un error boludo, pero excandece la falta de rigor, la liviandad, la incapacidad de investigar algo tan sencillo: si no pueden consultar la Guía T, o el sitio xcolectivo, o el fucking Google, man, qué queda para cuando hablan de cosas más grosas, o se mandan sesudas opiniones y análisis y la puta madre que los parió…
Si yo me equivoco en eso, cuando salte el error, me van a bardear y me van a verduguear, en joda y en serio. Y ya estás corriendo de atrás, ya tenés que remontar: y seriedad, información, chequeo, responsabilidad (rosquillas con jalea), datos, fuentes (mmmm… rosquillas). En cambio, si ya pisaste un par de escalones, estas cosas son meras anécdotas. Y si sos mujer, mucho más; y si estás más o menos buena, ¡ni te cuento!

¡¿Qué pasó ahora?!

Primer mensaje nuevo: mensaje de uno uno cuatro tres…