sábado, 31 de enero de 2015

Corriendo por la bicisenda

¿De qué sirven los aniversarios? Los cumpleaños, los aniversarios de difuntos, los años nuevos, los hoy-hace-tantos-días/semanas/meses que…, los aniversarios de casados, los números redondos, las celebraciones… Insignificancias, si la presencia se renueva y se reafirma con frecuencia. Pero si eso no está sucediendo, son la ilusión a la que nos agarramos para que el vínculo se reanude.
El año pasado mi cumpleaños cayó en domingo, y a la tarde salí a caminar para escapar de la murga que tous les dimanches viene a joder a la plaza de enfrente. Sin decidirlo conscientemente, terminé más o menos cerca de la Biblioteca Nacional, y, como recordaba que allí queda uno de los pocos teléfonos públicos sobrevivientes, se transformó en mi destino para ver si alguien me había llamado, si alguien quería verme. El teléfono, que en su display dice aceptar sólo números gratuitos, rechaza mi llamado al 0800 del contestador. Insisto una vez más, conteniendo la respiración pues el homeless que yace en la vereda, a unos metros, huele a mierda de días; pero es inútil: no me puedo comunicar.
Sigo caminando por la zona, y descarto ir a Paseo Alcorta a usar sus teléfonos públicos (no era para tanto, quise mentirme: y me creí). Me acerco a Libertador para mi entretenimiento de relevar las zapatillas de los que corren por ahí, y cuando miro de nuevo la hora, se hicieron casi las 8. Tal vez por el influjo de Asicslandia, se me ocurre que deberíamos ganar las veredas, tan desoladas, tan empinadas, de la calle Gelly y Obes para entrenar cuestas. Y se me ocurre también que puedo volverme a casa corriendo por las bicisendas.
Eso hago. Sobrevivo a los autos discípulos de Hitler que gasean a los ciclistas en las avenidas. Llego a las calles con poco tránsito, donde, de pronto, el ritmo de los pasos rebotando en la calzada se/me acerca al trance. Un trance que, sin embargo, no permite distracciones porque cambia el semáforo, porque hay peatones que cruzan por la mitad de la cuadra, porque vienen ciclistas en sentido inverso (y yo voy corriendo por el carril de contramano, ya que el otro tiene una pendiente imposible).
El momento en que agarraste velocidad crucero y los pasos tienen un ritmo perfecto e incesante que parece no demandar esfuerzo, cuando el entorno calla, permite encontrarse con el sonido de las zapas contra el asfalto, pac pac pac pac pac pac pac… Requiere atención y dura poco, como cuando logro agarrar la línea del bajo en algún recital, pero, si ocurre, ese equilibrio exacto entre esfuerzo y respuesta, entre abstracción y atención al entorno, permite ser consciente de cuando (de cómo) el suelo te agarra y te suelta en las medidas justas. Después te agitás, el paso se descompone, apretás fuerte las llaves que llevás en la mano, y pensar en cuánto falta acapara casi toda la atención.
Finalmente, llego a casa, y ahí me doy cuenta de que no era por Asicslandia ni por tener puestas las de correr que volví corriendo. Antes de bañarme, antes de tomar agua, lo primero que hago es agarrar el teléfono y ver si llamó alguien. Pero no, “usted no ha recibido ningún mensaje nuevo”.

El Sarmiento era de otro mundo (en febrero de 2012)

En un recorrido sin sentido por la web llegué hasta un blog oficialista en el cual se comentaba un viaje en el Sarmiento y se afirmaba que era una lástima tener que bajarse de un tren nuevo con pasajeros sentados, aire acondicionado y el partido (de Fútbol para Todos, claro) en televisores LED. Otros blogueros del endogámico mundo K comentaban dando su entusiasmada aprobación al posteo. Para uno era muy bonito, para otro estaba buenísimo y parecía de otro mundo. En febrero de 2012. Diez días antes del múltiple homicidio.
Elegí no dejarle un mensaje puteándolo al forro que escribió eso porque desconté que vendría la mini horda que se publicita endogámicamente en sus blogrolls a usar la palabreja “opo” y a argumentar falazmente. Pero de algún modo quería sacarme el asombro y la indignación ante semejante mierda, propia de defensores de Jaime, Schiavi y Kirchner (sí, Él también, Él es ellos). Porque algunos quedan aún hoy, y, cual negadores patológicos, o miserables arrastrados repetidores de la versión cuasioficial, hablan de que fue un atentado, como si los motormen del Sarmiento fueran parte de una célula yihadista o algo así.
Tan esforzados en vincular con ese “atentado” a Sobrero y su agrupación no alineada con el Gobierno, se olvidan no sólo de cómo andaba el Sarmiento: se olvidan del Mitre y sus descarrilamientos frecuentes en Palermo, del tren que siguió de largo en la estación Buenos Aires del Belgrano Sur, del choque del San Martín en San Miguel, del estado de total abandono de los ramales diésel del Mitre y del Sarmiento… Estas lacras son de la misma laya de quienes agitaban con la foto de un cura dándole la comunión a Videla, pretendiendo que el cura era Bergoglio, a sabiendas de que no era.
La construcción de realidades, a la que son tan afectos, revela cómo consideran a la gente: meras marionetas de su conveniencia que, cuando crean y repitan su verso, los harán subir en el escalafón de hijos de puta remunerados por el Estado. Y qué sentido le dan al discurso y la comunicación: la palabra como medio para ocupar lugares, no importa su pertinencia o su veracidad, en la búsqueda sistemática de la imposición de la propia voz, el autoensalzamiento, la exculpación y la justificación de todo lo hecho (salvo las pocas veces en que les bajan la línea de que es insosteniblemente obsceno justificarse), y la descalificación del otro, que muchas veces se manifiesta en el deseo de suprimirlo.
Una de esas realidades se trató de construir cuando el Estado, a través de sus voceros y su oligopolio informativo, procuró instalar la idea del maquinista epiléptico y, luego, la del maquinista borracho: recuerdo claramente a las ratas Paulo Kablan, Andrés Klipphan y Claudio Zin agitándola en C5N, leyendo con tono de superprimicia el “resultado de las pericias” que confirmaban la presencia de rastros de alcohol en la sangre del maquinista. No conformes con eso, agregaban que la extracción de sangre se había realizado varias horas después del choque, de lo cual deducían que a las 8:31 estaba aún más borracho.
Esa insistencia patológica en la construcción de realidades comienza, se sabe, en la propia presidente. En lo referido a este hecho, luego del múltiple homicidio reapareció, tras varios días de silencio, en un acto multitudinario. Además de “vamos por todo”, entonces dijo: “No esperen de mí actos demagógicos, y menos aún ante la muerte. Con la muerte no”. A los tres o cuatro días, la que no hace demagogia con la muerte presentó en un acto televisado a una supuesta militante de su partido, que supuestamente viajaba en el tren de la masacre.
La chica apareció ante las cámaras con una remera de una organización oficialista mientras la presidente usaba sus particularmente despreciables diminutivos y le restaba toda trascendencia al choque: ni una palabra sobre los muertos o sus familias. Sólo la militante, una excusa para criticar a ciertos medios, y una frase reveladora: “Bajó pensando que era un golpe más”.
Por cierto, curiosa lógica la de los militantes de La Schiavi: fue un sabotaje, pero, en vez de denunciarlo, el Estado ¡cambió los trenes!
Otros oficialistas, un poco más rescatados, hablan maravillas de Randazzo, poniendo distancia de la gestión de Jaime y Schiavi y su connivencia con los Cirigliano. Lástima que Randazzo, como ministro de Transporte (¿o es sólo ministro de Pasaportes y Documentos Biométricos?), siga permitiendo aún hoy las truchadas del grupo Plaza, que acorta el recorrido de sus líneas de colectivos 136, 153 y 163, perjudicando a decenas de miles de personas, o que presta servicio en la línea 104 con menos de cinco coches (a veces, con dos coches).
¿El Estado kirchnerista haciendo la vista gorda ante las irregularidades del grupo Cirigliano? Mmmm… Me suena… Tu cara me suena, Randy: hacés lo mismo que Schiavi y Jaime.
Y no sólo con Plaza. El ente de contralor brilla por su ausencia también a la hora de controlar a la nueva empresa favorita del gobierno, el grupo misionero Zbikoski, que crece a ritmo llamativo y acumula más y más líneas de colectivos en Capital y el Gran Buenos Aires, como sucedió con Plaza (y con Dota) en los 90 y en los 2000.
Ni te cuento si esta empresa se hace cargo de las líneas de Ecotrans, como se rumorea… Bueno, si eso se da, sería un nuevo negocio entre Zbikoski y Cirigliano, apañado por el ministro de Transporte. Pues ya hicieron uno, con los trenes del Tren de los Pueblos Libres, ese fracaso descomunal que la presidente y sus funcionarios de Transporte le otorgaron al grupo Cirigliano para unir Pilar con la ciudad uruguaya de Paso de los Toros. Y que circuló menos de seis meses…
Ahora, el mes pasado, comenzó a prestarse un servicio ferroviario entre Posadas y la ciudad paraguaya de Encarnación, cuya concesión se otorgó directamente, es decir, sin licitación… La beneficiada fue una empresa del grupo Zbikoski, y los coches que usa son los mismos del tren a Uruguay, vendidos oportunamente por TBA, la empresa del grupo Cirigliano, a los Zbikoski antes de que se declarara la quiebra de TBA. Randazzo da el okey. Y el subsidio, claro. Y entre tantas firmas se le escapa otra, la que manda a empapelar la ciudad con su imagen de precandidato, violando la ley al respecto, sancionada durante este gobierno.
En los blogs y las cuentas de Twitter que responden al oficialismo, el tema del transporte había mutado en la caza del trosko ferroviario, nuevo objetivo de las acusaciones del Gobierno y de sus militantes, e iba quedando desplazado por la justificación de la ley de autoamnistía –que no tiene la forma de 1983, sino la de elección al Parlasur– o, quizá, por la preparación del próximo: denostar al futuro gobierno por la inevitable devaluación que deberá realizar, consecuencia del enorme atraso cambiario (Olga Bulat les recomienda “si su inversión es de acá a un año, compren dólares si pueden”), y por los aumentos que deberá autorizar en los servicios públicos. Cultivando el Menem style, le dejarán al que llegue una bomba de tiempo. Y cuando explote, o trate de desactivarla, estarán listos para reírse y criticar.
(Uh, me dicen por cucaracha que el agua ya aumentó un 400%… La luz no, ese aumento lo postergan, ese es muy sensible para la clase media aireacondicionada).
Pero a veces todo queda atrás rápida e inesperadamente, y los negadores de la inflación, los que le echan la culpa de los cortes de luz a Edesur, los puteadores de opos, troskos y tibios, de pronto se transformaron en expertos en seguridad e inteligencia. Tan rápido queda atrás todo que Olga Bulat hoy abre el diario y se entera de que va a tener que cambiarse el apellido…

martes, 23 de diciembre de 2014

El sonido de estar acompañado

Es la calle, de noche, y dejo de alimentar el motor del diálogo. Quiero concentrarme en el silencio perfecto de la madrugada, donde se integra, paso a paso, el rítmico toc toc toc de tus tacos.
Mucho no te va, parece, porque rápidamente preguntás "¿qué pasa?". Como un sordomudo vocacional, como un telépata falto de confianza, con un gesto y un par de ademanes trato de decirte que escuches. La vibración distinta del aire, el sonido de estar acompañado no son las palabras.
Te agarro la mano, cierro los ojos y los próximos pasos los doy a ciegas, caminando despacio para estirar el momento.
El toc toc toc se hace más fuerte, hasta que me despierta, y me doy cuenta de que un pájaro picotea con fuerza el toldo del patio.

Ficciones

Cuestión que boludeando en yopmail encontré la forma de entrar a un par de cuentas de un sitio web “para hacer amigos”. Novedad, aburrimiento y exceso de incomunicación concurrieron para que mandara algunos mensajes, y así me puse a “charlar” con una chica cuyas fotos la mostraban muy bonita –de las más bonitas y sugerentes del sitio, sin duda– y que en su perfil manifestaba interés por las charlas calientes.
Creo que fue la única que me respondió un mensaje, y pese a que no estábamos on line simultáneamente, la “conversación” algo fructificó, hasta que, de la nada, mandó un “¿no ves?, la cagás”. Cuando le pregunté por qué decía eso, y antes de que me respondiera, si es que iba a hacerlo, si es que no era un ejercicio de crueldad y capricho de chica linda, apareció el usuario original de la cuenta, a la que yo creía abandonada (como abandonada estaba la de otro sitio similar a la que accedí de igual forma), hizo un par de acotaciones, la chica no entendió lo que sucedía y terminó la conversación con un “insulto” que revelaba su edad: “Sos un virgen”.
Me hice una cuenta propia, traté vanamente de retomar las charlas calientes con Melanie, y enseguida la realidad unánime de mi nueva inexistencia (construida esta vez por gente que no responde mi mensaje, por gente que no lee mi mensaje, por gente que no mira mi perfil) aniquiló cualquier expectativa.
Y cuando, por fin, un diálogo logra comenzar, pronto languidece chirriando al agotarse el tema que le dio vida sin que pueda descubrir una nueva veta. Y cuando resulta el truco de responderles con una frase de la misma canción a quienes ponen un verso de un tema ricotero en su perfil, rápidamente no sé qué más decir.
Tú: ven a mi casa suburbana (?)
dana_26: y dond queda eso jajaja
Tú: bueno, de suburbana, nada, queda en capital, y no es casa, sino depto, pero bueno, es lo que hay, jajaja
dana_26: ok
Tú: lo único que puedo ofrecer es la colección de los redondos en cd… eso sí, jajja y algun casete pirata…
dana_26: ahh mira vos jaj..
Tú: bueno, la de los doors también, pero, bue, nada que no se encuentre en youtube (donde, por cierto, hay tremedos piratas de los Redóndos)…
Tú: así que debería intentar otra cosa, algo que no se encuentre en youtube, ni en la web en general (?)
La consecuencia es una sensación de colapso Pokemón convulsivo multicolor doloroso mucho más apabullante y desoladora que todas las veces en que me acribillan a silencios. No es la falta de respuesta, parecida a atravesar infinitamente una nada que de tan reiterada oblitera la posibilidad de imaginar o de recordar que puede haber algo distinto; no es eso porque su capacidad de daño está casi anestesiada por la repetición. (Casi: a veces explota como un jackpot y pega mal).
No es eso: es el señor Asperger, o quien sea, haciéndose presente y reventándome en la cara mis incapacidades. Mis discapacidades. Sociales. (Este gobierno que tanto subsidia, ¿no subsidia a los discapacitados sociales? Militemos eso, compañerxs).
Supongo que azuzado por la necesidad y la posibilidad de otras palabras, y también para ver cómo era el asunto del otro lado, me hice una cuenta nueva, una con nombre de mujer y las fotos de una vecina muy bonita. En esa ficción, Sofía era una chica heteroflexible, recién flexibilizada, con ganas de profundizar su escasa experiencia lesbiana.
Aunque en su perfil decía estar buscando mujeres, recibió cientos de mensajes masculinos, desde un “hola” o un “hola linda” hasta algunos ingeniosos (holaa.!? quieres ser mi qmiga!? :33 Al responder Este Mensaje Usted Recibira Un Besito Gratis!! RESPONDE Y COMPRUEBALOO!!) y, claro, era previsible, otros más groseros. O el de quien sólo decía "nos faceamos?", o el de leonelsolo: "hola te escribo algo sobre mi soy buena persona me gusta la jda como a todos tengo 18 y salgo aveses no tengo todo lo materia pero se como querer me gustaria conoserte aver si pasa algo. quisiera primero de todo ser tu amigo hay te mado la solicitud si me aseptas". (A ese le contesté y traté de tirarle una buena).
Sofía pronto entró en contacto con el grupete lésbico del sitio (en el cual de seguro hay varios hombres) y descubrió esa llamativa afinidad interfemenina por la cual alcanza con una pasada por el perfil de una mina para que esa mina, no lesbiana, le pida “amistad”. Amistad cuyo otorgamiento no redunda ni en un mensaje. Esa misma inexplicable lógica de manada femenina lleva a chicas hetero a aceptar como amigas a minas explícitamente lesbianas cuando, en cambio, jamás tendrían como amigo virtual a un tipo que podría querer volteárselas con las mismas ganas de sus amigas tortas.
Una noche, la primera noche de esa cuenta femenina, terminamos chateando con una de estas chicas lesbianas muchas muchas horas, una larguísima charla que terminó en sexo virtual por escrito y, sobre todo, con muchos besos y abrazos y hasta algunos te amo, palabras que en ese momento fluían con naturalidad y cuadraban perfectamente en el juego que llevábamos adelante, haciéndolo un poco más parecido a lo real. Nada parecía desubicado, ni las guarradas ni las palabras cariñosas, ni cuando Paula le firmó la concha con su lengua a Sofía ni cuando le aclaró que "lo digo en serio, no es para joder, me llegas mucho". Ni cuando Sofía dijo que le gustaban "tu concha y tu boca y tu panza, y tu risa, aunque no la conozco", ni cuando Paula le contestó: "Ay, piba…".
Esa mañana, antes de irme a dormir, repasé las palabras dichas y me sobrevino una intensa angustia que estuvo cerca de expresarse en lágrimas. Onda que lo que tengo para decir puede ser bienvenido y aceptado, puede realimentarse, puede dar un buen rato, podría dar lugar a algo más, pero sólo si soy otra, una rubia linda de ojos claros. Ella logra fácilmente una aceptación que siendo quien soy es inimaginable, insoñable, imposible. Es una mariposa que sale de la escafandra para descubrirse atrapada en una escafandra un par de talles más grande.
Unos días más tarde se me dio por googlear las fotos de su perfil y dos más, que subió solo para que las viera Sofía, y que borró de inmediato. Una de ellas, donde no se ve la cara, aparece en un sitio de fisicoculturistas rusos desde hace un año y medio, y la otra, una de las que siempre son la imagen de Paula y sus pétreos abdominales, aparece como foto de perfil de un foro subida por una tal Natalia hace cuatro años.

La banda que no le gusta a nadie

A nadie que yo conozca.
¡Pero a mí sí!

Gente alrededor

Mientras me ajusto, cada vez con más dificultad, los tapones en los oídos (los agujeros se agrandan, los tapones se gastan, los más cómodos no se consiguen), logro salirme del acostumbramiento y me pregunto cuándo mierda podré dormir como una persona normal, sin tapones, sin las posiciones dolorosas y antinaturales que debo adoptar para que no se me salgan… ¿Cómo era apoyar la cabeza en la almohada durmiendo de costado?
Trato de reconciliar el sueño en una de tantas despertadas y noto con apabullante angustia que el niño del departamento de arriba no fue a la guardería. No está solo, claro: se oye alguna voz adulta a través de los tapones, pero esa voz no lo rescata del quilombo que hace, arrastrando sillas y arrojando cosas al suelo, que es mi techo.
La angustia se acrecienta cuando recuerdo que estamos a mediados de diciembre, que esta es la última semana escolar y que luego habrá que aguantarlo acá, con los adultos que lo cuiden y con sus medio hermanos cuando les toque pasar varios días seguidos con su padre. Y también a los niños ya no tan niños del departamento de más arriba, el boludo de 16 que llora y patalea y putea cuando pierde con la Play, su hermana y sus amigas con sus agudísimas risitas púberes…
Mientras, todo el día lo vivo con un dolor que ya no se limita al cuello, a la primera vértebra, sino que ha crecido en intensidad y en superficie: sube por la nuca y, sobre todo, baja por la columna, se abre hacia la derecha, punzante en la espalda, y me hunde la cabeza en el cuello, me la hunde torcida como la tapa de un tacho mal puesta.
Y en algunos de esos momentos pienso en el poema que transcribo abajo, y en algo que escribí hace años sobre el mismo tema, y en ¡cuánto me gustaría escribir así! Con ese ritmo, esas imágenes, esas palabras distintas y esa bronca manejada, tan lejanas de mi mentar la muerte, de mi desear la muerte (todos los veranos anhelo que terminen como los Pomar, pero mi deseo nunca se impone).

Vecinito.
A vos que le das duro y parejo al auto que estas reformando
exactamente enfrente de mi casa en planta baja
precisamente justamente en la ventana que da a mi cama.
A vos, que como un frasco de malas decisiones estás hace
dos semanas arreglando lo inarreglable,
quiero decirte:

Quizás sea hora de dejarlo ir.
Quizás sea hora de que me dejes
dormir un domingo a la tarde.

¿Sabés dónde podés poner
tu voz moral en forma de amoladora,
esa que dice que por las tardes no se duerme?
En el capot, vecinito.
O en el baúl del rastrojero
que intentas con tanto ahínco reparar.

Si lo conseguís,
y creo que hablo por toda la cuadra
al decir que lo dudo mucho,
deseo de corazón que se te quede
en la General Paz en algún carril central
un viernes a las siete de la tarde.
Que se destruya en ese mismo lugar
que carga con el nombre de aquello
que no me estarías dejando alcanzar.

No vas a lograr conmoverme:
tu registro ajeno es nulo
y sos malo.

Claro, acá no es uno que arregla el baúl de su Rastrojero (ey, hubo pocos Rastrojero con baúl). Son muchos. Demasiados. El botellero con parlante, por ejemplo, que pasa a las nueve de la mañana, incluso los fines de semana, voceando su interés por lavarropas, colchones y televisores viejos, o el huevero con parlante, que pasa un rato después, ofreciendo docenas de huevos de campo. Pasan lentamente, varias veces, en busca de algún cliente, porque, claro, pobrecitos, están trabajando… La contaminación sonora es una anécdota, una sutileza, una queja de personas acomodadas e insensibles como yo.
El vecino fumador no sé si tiene registro de su alrededor o si simplemente es un adicto perdido obnubilado por la necesidad de nicotina. O si es un pelotudo. Bueno, algún registro del entorno tiene porque a la esposa le molesta el humo del cigarrillo, y entonces fuma en el balcón. Lástima que su balcón está a dos metros de mi cabeza, y cuando su humo llega a mi pieza, o a mi living, tengo que cerrar las ventanas, aunque haga 33 grados y la corriente de aire sea mi única fuente de fresco. Y cuando tengo tos –y seguro que escucha mi tos– y sigue fumando, estoy muy cerca de convencerme de que es un pelotudo. O un sorete.
Un sábado a la noche hay reunión en su casa, con invitados que incluyen niños, y termina pasada la una y media. Los escucho a través de mis tapones de silicona, que amortiguan un poco el sonido, pero no lo suficiente como para alcanzar el sueño. Por eso sé que a las nueve del domingo ya se levantaron: sus pasos, la persiana subida con fuerza, algo que se cae, el nene que juega y tira cosas al piso; si están sus hermanos, tres pibes corriendo, o haciendo goles que no sacuden las redes del arco, sino las rejas del balcón… Eso porque se acostaron tarde: si no, quizá desde las ocho ya estarían marcando el ritmo del fin de semana.
Y el viernes siguiente lo mismo, desde las seis y pico, cuando él se levantó, hasta que se vayan las visitas, cerca de las dos, es imposible adivinar cuándo habrá un rato de calma, rato insuficiente para recuperar el sueño perdido desde tan temprano. Y si hubiera podido recuperarlo, me habría levantado de esa siesta a cualquier hora, y mi ritmo circadiano, como tantas veces, se habría ido al carajo.
Por suerte, la mayoría de los sábados y domingos se van a almorzar a la casa de sus muchos familiares, ya que cuando se quedan, no importa que sea la hora de la siesta, no importa que uno quiera salir, que haya salido, que no quiera que le golpeen la cabeza…
Otro sábado, tocaba Gabo eléctrico en Plasma. Y yo quería ir. Pero me despertaron a la mañana, antes de que mi cuerpo hubiera pagado su deuda de sueño. Y no la pudo garpar en todo el día. Ya había archivado mis ganas de recital, y los niños seguían corriendo, y yo seguía con la cabeza y el cuerpo a merced de sus sonidos. Pegué un par de gritos, golpeé la pared un par de veces, y finalmente salí al patio a ver qué pasaba.
Apenas me asomé, el sujeto me vio, me preguntó qué pasaba, y en la sorpresa apenas atiné a decirle "estamos un poco exaltados". Su respuesta incluyó los sintagmas "es sábado", "los chicos están jugando", "campeón", "qué querés que haga". Agregué, impotente, "el exaltado debo ser yo", y me contestó, canchero, "sí". Tendría que haberle hecho tragar su canchereada de balcón (ese balcón donde sale a llorar cuando las cosas le van mal), pero mide 1,85, y me la tuve que comer, y todavía la tengo adentro, hace más de dos años que la tengo adentro.
(Por cierto, es sábado… ¿y qué? Yo me levantaba los sábados a los seis de la mañana para ir a la facultad. Y los días de examen a veces iba sin dormir y recuperaba durmiendo a la tarde. Imposible con vos y tu familia. Pero eso, y cualquier otra posibilidad que no sea la tuya, está fuera del alcance de tu mente).
Claro que esos argumentos no corren cuando el que no soporta a su hijo es él y, mostrando la hilacha de su enorme violencia apenas contenida, amenaza con pegarle una trompada a un niño de tres o cuatro años porque no se duerme. Ni cuando los chicos rompen a pelotazos las plantas del balcón provocando el enojo de ella. A ver, vecina: tres niños, macetas, una pelota, nadie que los rescate… ¿qué final esperabas?
Es casi gracioso notar cómo la mina que le picaba los sesos con el tema de tener un hijo (y, si no, iba a tener uno ella sola), y se los picaba hablando en un volumen que me hacía partícipe de la cuestión, le grita al nene porque no sé qué hace cuando ella "se siente mal". ¿Y yo qué? ¿Qué onda cuando yo me siento mal? Ah, cierto, eso no cuenta.
Deseó tanto un hijo y termina diciéndole "no hay mandarina, hay manzana; ¿no querés manzana?, comé caca, entonces" o dejándolo con la niñera negra cabeza que ponía a Canosa hablando del pete de Florencia Peña (sí, la escuchaba desde acá, como la escuchaba, obviamente, todas las veces que salía ¡a cantar y a hacer palmas en el balcón!). Por más amor que quieran demostrar, en los momentos reveladores se nota que ellos no lo bancan y que el nene no los banca a ellos. Así, a veces el pibe le pega al padre, lo cual lo enfurece a él, o le dice a la madre que se vaya a trabajar.
Ellos también son de los que imponen su voluntad a fuerza de amoladoras. Un sábado, desde las 9 y hasta las 18, mazazos de demolición, taladros, amoladoras y demás sinfonía para agrandar el placar. 25 bolsas de escombros en la vereda y un sábado arruinado por un placar. Mucha ropa tienen, parece. Y nada de consideración.
Después están los vecinos que tienen mal instalado el aire acondicionado, el cual gotea a toda hora, como en una tortura oriental, y a cualquier temperatura, porque lo encienden aunque haga 23 grados. En especial, de noche, cuando no se ve desde qué piso cae la gota. Gotas y ruido y su contribución al calor, pero, claro, esa parte del mundo queda afuera, inexistente en la burbuja climatizada que se construyen gracias al consumismo y los subsidios que alienta el gobierno.
(Y cuando logro descubrir quién es y le digo, el tipo dice que no es él, que no puede ser. Tiene que venir el portero a mirar, y después decírselo, para que el vecino considere creíble mi versión).
Y los que tiran basura para abajo, desde puchos encendidos hasta toallitas íntimas, desde fósforos hasta comida. (Pero nunca plata). Los que tiran un baldazo, estén regando o baldeando el balcón, a las 8 de la mañana, a cualquier hora… Quizá para ellos no exista la gravedad, y piensen que las cosas se desintegran cuando salen de su alcance visual. O quizá les chupe un huevo. O quizá ni eso.
Pero el que claramente tiene registro de su alrededor es la otra lacra de arriba. Ese disfruta jodiendo a sus vecinos: pone la música bien fuerte y sale al balcón a gritar "al que no le gusta, que se tape los oídos". Y no lo grita porque sí, me lo grita a mí, que alguna vez me quejé inútilmente a la administración por su música y sus puteadas y su violencia familiar, la cual me obliga a presenciar hace años.
Este mismo abusador (físico y/o psicológico) de niños (¿te acordás de cuando tu hija se escondía bajo la cama? Me enteré porque le gritabas "salí de abajo de la cama", y ella decía "no me toques": no decía "no me pegues", decía "no me toques") sale al balcón un domingo a las tres de la tarde a gritar un gol de su equipo como si estuviera en el medio de la popular, puteando a mansalva y mencionando culos rotos y demás linduras.
Le grito que se calle y, también, alguna opinión sobre su calidad humana, y me escucha. Y me grita, como le grita a su hijo, "¿qué dijiste?". Un rato después, cuando su equipo de mierda hace otro gol, lo festeja gritando más fuerte, y agrega "¿no te gusta?, chupame los huevos" delante de su madre, de su esposa y de sus hijos. Y delante de la gente que pudiera haber estado en mi casa esa tarde de Día de la Madre.
Detalle: no tiene 23 años. Tiene 52.
"No la quiero oír hablar más. Maleducada de mierda, andate a tu habitación. Que se vaya porque la mato", puede decir sobre su hija. O puede gritarle a su hijo: "Hablá más despacio, pajarón, es una falta de respeto", después de haber puesto él mismo la música al palo a las ocho y cuarto de la mañana, como lo hizo durante años, y hasta que se cansó, declarándose el dios inclemente de esta parte del edificio, el que dictamina cuándo se puede dormir, quién puede dormir, y siempre a salvo de las imprecaciones de los mortales. Como cuando yo tenía 39º4 de fiebre, cortesía de una intensa enfermedad infectocontagiosa, y la larva esta ponía Sandro a todo volumen un domingo a la tarde. Mi madre fue a tocarle el timbre, el tipo miró por la mirilla, no abrió y no bajó el volumen.
En la reunión de consorcio se transforma y dice "tenemos que ser solidarios, no tenemos que dejar abierta la puerta del ascensor", y es tan sensato y amable que hasta logra que acepten al administrador que él propone… luego de haber apurado a la mina de la administración anterior con que "tenemos contactos", y lograr finalmente que ese administrador renunciara. Y luego de haberse peleado a gritos con el que lo reemplazó.
Después está quien toca el saxo a las cuatro de la mañana, los que juegan al fútbol en la plaza durante la madrugada, los que usan la plaza para reunirse y cantar a los gritos, los que la usan para beber junto a sus autos con las puertas abiertas y el estéreo con la cumbia astillando el silencio o con el bombo del punchi punchi golpeando el aire, los que se agarran a piñas y nos traen las sirenas de los patrulleros…
Y no olvidemos a la maltratadora de niños del otro depto, esa clase de gente que no sé cómo es propietaria. La veo, con las zapatillas como chancletas, en la puerta de entrada; la oigo gritándole a su hija de un año, preguntándole "¿sos loca?", diciéndole que no joda o su palabra preferida, "mañera". La nena de un año es una mañera. O una loca. Y ella es una hija de mil putas que la hace llorar a gritos todos los días, como si la torturara, porque esa criatura llora como si le apagaran puchos en la piel. Y cuando llora de madrugada, parece que nadie se levanta a ver qué le pasa, porque sigue llorando y ni una voz adulta se oye.
Una tarde escuché gritos en el patio. Una niña –su otra hija– gritaba repetidamente y entre sollozos "¡quiero salir!". Es raro que nadie más haya escuchado, pues, buscando la fuente del sonido, llegué a la planta baja, a la puerta del ascensor, y desde ahí se oían los gritos de la nena. Finalmente, dejó de gritar –es decir, la liberó del encierro que le había impuesto– antes de que mi llamado al 137 prosperara.
Estos soretes, que también tienen la manguerita del aire acondicionado apuntando directo a mi patio, un día que no tenían luz mandaron al portero porque querían pasar un cable para su heladera. ¡De acá!…
Sí, claro, me gustaría decirlo mejor, me gustaría no ser tan lúgubre, no verlo como algo de vida o muerte. Pero se me hace imposible. No puedo cagarlos a trompadas, no puedo ponerlos en evidencia, no puedo denunciarlos, no encuentro forma de mandársela a guardar, de imponerme en el terreno que ellos marcan. De que no me ganen siempre, al menos…
Mi madre sigue cagándose en esto y, conchuda manipuladora, las únicas cosas que propone son las que le convienen a ella, pero nunca aquellas que me interesan a mí: básicamente, vender esta casa de mierda. Ella miente, o dice verdades a medias, reza, pone papelitos en el freezer, quema otros en un cenicero, y afirma: "Todo se va ordenando en su ritmo y forma. El Universo es maravilloso, va manifestando de la mejor forma lo mejor. Ya estoy aprendiendo a ser paciente y me adapto a sus ritmos".
Y cuando paso por un edificio y veo más o menos lo mismo, o su probabilidad, en forma de niños, de perros o de gente que termina su reunión de madrugada, me digo "edificios nunca más" y pienso en que, cuando me mude, viviré en una casa. Pero cuando paso por una calle de casas bajas, por Numancia y Escribano, y miro las terrazas, la gente y las parrillas en las terrazas, se me estruja el alma, y pienso en que no sé qué es peor, casa o edificio.
Sí, ya sé, un pozo. Un pocillo hondirijillo.

miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Qué es más riesgoso?

¿Un poco de metesaca sin forro o coger con forro pero después tragarse la leche (o chupar una concha)?
¿Eh?

Por Palermo Chico

Salí de casa a la hora prevista. Un patrullero en la esquina y otros a mitad de cuadra, justo en la parte de la manzana opuesta a mi casa, hicieron que me acercara. Tres pibes corte turro sentados en la vereda, rodeados de canas; señora vecina asomada a las rejas de su casa… Mirando desde la vereda de enfrente, no supe qué pasó, pero esa vueltita hizo que se me escapara justo el colectivo, y el siguiente tardó mucho en llegar, y tuve que correr por Palermo Chico para llegar en hora al Malba.
Aún agitadx, le pregunto al de la entrada por el espectáculo. Busco en mi memoria el lugar del auditorio donde te vi aquella noche, tan atareada con las luces y una escalera… No lo encuentro. Vuelvo, pregunto en el mostrador cercano, y luego en el de informes: me dicen, sin muchas certezas, que es "ahí abajo", "una intervención". Abajo es entrada gratuita, arriba no, "arriba es otro precio"…
O sea, no es en el bonito auditorio de hace cuatro años, es en un espacio donde hay una ¿instalación? de arte moderno, con, por ejemplo, unas zapatillas Converse All Star viejas sobre unos ladrillos cementados. Las zapas están aseguradas con alambres, no sé si como parte de la obra de arte o para que no se las afanen.
La señorita T está parada entre dos banderas que también forman parte de la exposición. Sus mástiles salen de la pared a 45º, y, entre ambos, ella, con su campera rosa y amarilla y su capucha, quieta como una estatua de esas nuevas, realistas, de epoxi, tipo la de Olmedo. Daría para que fuera una estatua y que después apareciera ella en persona. Pero no: veo que respira, que se balancea levemente.
Recorro la muestra, un espacio de 13 x 6, digamos. Simulo interés, simulo leer las ¿explicaciones? de las obras, que están pegadas en la pared. Habrá unas diez personas, tal vez todos estén simulando, o tal vez sea the only one que fue especialmente a ver a T. De pronto, como a los diez minutos, da un par de pasos hacia adelante y larga con el de las torres gemelas. Habrá unas quince personas en ese momento, que se acercan, pero no mucho: creo que nadie se ubica a menos de dos metros y medio de ella.
Los dedos de su mano derecha son su motor. En cada video de un recital que veo, en cada solo, quiero que la cámara muestre la mano izquierda del guitarrista, de Blackmore soleando en Highway Star. De Tálata soleando el aire con su mano derecha. Mueve los dedos y cada movimiento corresponde a una ráfaga de palabras, como si las disparara desde teclas invisibles. Ya se sacó la capucha, manchada de rouge, o de sangre, y cuando termina y hace un leve gesto que indica el final, la aplauden sonoramente.
Camina sola hacia otro sector, junto a la reproducción de un Apolo coronando a nosequién, micropene el de ese Apolo desnudo, y se queda parada junto al cuadro, que no es un cuadro, sino un papel pegado, más o menos de 2 x 1,5, cuya explicación se jacta de que el artista "roba" obras de internet para intervenirlas. Oh, ¡un ladrón!, ¡un ladrón!, ¡qué artemoderno…!
En el camino abraza a una mina como si la conociera. La conoce, es seguro. Yo sigo girando para hacer tiempo porque entiendo que habrá más T. Una mina joven de trajecito monitorea todo. No sé si es del lugar, si es parte de la instalación (ja), pero está mirando, claramente, todo. Nos está mirando. Me está mirando.
Junto al Apolo hay una manga como esas de los lavaderos de autos, apoyada horizontalmente en el suelo. Un ventilador le da cuerpo y permite ver que dice "Solidaridad" en rojo sobre fondo blanco. Allí la Silvina Luna del spoken word ataca de nuevo, más breve que la anterior, quiere saber si la mujer que es será algún día…
Otra vez, aplausos al terminar. La gente sigue circulando, no me parece que nadie se haya quedado especialmente. No me parece que nadie haya ido especialmente. "Silvina" descompone el personaje y mira algo en su celular, que ocupa todo el bolsillo trasero de su jean rosa.
¿Se puede sacar fotos? Nadie saca fotos. Y yo hago lo que hacen todos. Ni siquiera esa mina con una cámara cuya lente es pornográficamente larga y gruesa fotea. Me tienta sacar una de querusa para vos, pero mi querusa y mi cámara son poco efectivas.
Veo que una cincuentona se sienta en un banco de madera y, cuando se levanta, con la certeza de que uno puede sentarse, de que no es parte de la instalación, aprovecho para sentarme yo, simulando, como cuando saco fotos en la calle, que tengo un celular en vez de una cámara.
La artista comienza a girar alrededor de un pequeño pedestal coronado por un cubo transparente dentro del cual se expone un Iphone, o similar. Gira y gira con pasos afectados, y al fin saco la foto.
Se detiene y arranca con el de la lengua rolinga, el de cogimos y manchamos las sábanas. Dice coger en el ámbito aséptico del Malba, mientras me acerco, nos acercamos, somos pocos esta vez, menos de diez, y más lejos una madre lidia con su niño de ¿dos años? que llora porque quiere los auriculares de esa "obra" que consiste en un plasma que reproduce textos y que se completa con audio por auriculares, y algunos no dan pelota y siguen mirando las obras y sus explicaciones.
Otra obra tiene audio sin auriculares, sonido al aire, un tipo hablando de fondo mientras se proyecta no sé qué cosa contra la pared. Y su voz, la de Tálata, en ese ámbito de mala acústica, con el murmullo de fondo de esa grabación que formaba parte de la instalación –pierde ritmo la respiración cuando la rima se vuelve obsesión y no podés mantenerla más de tres veces–, con el niño llorando, con la monitoreadora que se acerca, sin intervenir, a la madre y al niño (y a la hermana del niño, que no llora, porque es un poco más grande), con voces en otros acentos, en otros idiomas (Parlez vous français, madame?), su voz, digo, se pierde un poco.
Y, digámoslo, la chica no incendia el lugar, no es Rafeef Ziadah, ponele.
Nuevamente, no nos acercamos mucho. ¿Cuál es la distancia a la que da acercarse sin pasar por sordo, por avasallante, por ciego, por invasor de T.u campo energético (y artístico)?
Nadie aplaude esta vez cuando termina. Varios segundos después, una mina más o menos joven ensaya dos o tres aplausos que no tienen onda expansiva. Yo sigo girando, la señorita monitor se sentó en una silla frente al recinto. Ahora simulo interés por el techo del Malba, un deslumbramiento ficticio ante la arquitectura de ese edificio tan moderno, cuyo fin es que pase el tiempo y llegue el nuevo poema. Miro hacia arriba y los de seguridad miran hacia abajo junto a la baranda del primer piso, junto a la baranda del segundo piso.
T habla con un chabón, parece que lo conoce. Hablan como si fueran conocidos. Tarda en volver a atacar. ¿Los neo fans podemos acercarnos?, ¿podemos hablarte? ¿O solo tus amigos? ¿Son tus amigos? ¿Los que te comentamos los videos podemos, o interrumpimos la insTalatación? Conozco una chica que está fascinada con vos, ella me pasó el dato de tu existencia… ¿Sos torta? ¿Sos bi? ¿El jugador de Vélez era el Rifle Pandolfi?
Nop.
Mi estado de ansiedad vence. Me hincho las bolas del lugar, y me voy.
A la vuelta, a Paseo Alcorta, porque se supone que allí venden zapatillas Asics, esas que se supone que son buenas para correr, y que no consigo ni en los lugares donde el sitio de Asics dice que venden. Subo por la escalera mecánica del shopping, y lo primero que aparece ante mi vista es uno de seguridad, mirando hacia abajo desde la desembocadura de la escalera, con un handy en la mano y un saco como de secundario privado que tiene el logo de la empresa bordado en el bolsillo.
Recorro los tres pisos, ahogándome cada vez más con el olor a shopping, que es una mezcla de aire procesado y muestras de perfumes repetidas en cada piso y maquillajes y voces en otros idiomas, con otros acentos. Un aire pesado, caliente y noventoso. ¡Hasta teléfonos públicos hay!
Un niño llora mucho y llama la atención de uno de seguridad, que mira hacia el lugar y da dos pasos acercándose, pero no más. Esas son las cosas que llaman la atención de la seguridad de Paseo Alcorta (?). Y en cada piso, junto a la baranda, otro de seguridad mira, hacia adelante, o hacia abajo, y otro camina handy en mano. Tres pisos y un local de Adidas y uno de Nike, pero no uno de Asics, ni uno multimarca, donde, entre otras marcas, vendan Asics.
También de ahí me hincho las bolas y me voy, descubriendo en cada piso lo difícil que me resulta acertarle al escalón de la escalera mecánica cuando bajo. No así cuando subo: cuando subo es el vértigo, y entonces me encorvo y miro hacia abajo, para no ver a los costados. Recién en el último piso, y prestándole mucha atención, logro acertar el escalón del descenso más o menos bien y sin temor a caerme. Pero agarrándome con las dos manos de las barandas en el momento de acceder a la escalera.
Vuelvo a casa. Caminando. Estaciona un Mini Cooper cuatro puertas frente al shopping con una rubia en el asiento del acompañante, rubia de anteojos oscuros, mientras viene caminando en dirección a mí un morocho con pañuelo palestino y una botella malamente disimulada dentro en una bolsa verde. Cara ajena al barrio, pienso. Pero el barrio también tiene ese paredón suburbano frente al shopping y a la plaza que está junto al museo.
En la plaza hay unos pájaros, como zorzales, pero negros, o de un azul casi negro, que nunca vi. Trato de sacarles una foto, pero, obviamente, se escapan cuando me acerco mucho. Y el zoom de mi cámara tiene poca nitidez.
Me doy vuelta para retomar mi camino y en el medio de la plaza veo un inconfundible rosa y amarillo. No es la tapa de Rockas Vivas, es Tálata Rodríguez junto con cuatro o cinco tipos, uno de los cuales se cambia la remera, otro de los cuales es el mismo que estaba en el Malba, ese con el que hablaba.
Por un momento temo que alguno me reconozca por mi campera desteñida, o por cómo camino, o por lo que sea, y comente "mirá, esx estaba en el museo". ¿Es timidez o es paranoia? O es ese recuerdo del CBC, de cuando me crucé con unas minas dos veces casi seguidas en dos escaleras distintas de Puan y se rieron de mí.
(Volviendo, me meto en Alto Palermo, y veo más o menos los mismos negocios, las mismas marcas. Y se huelen los mismos olores. Pero, por supuesto, tampoco encuentro Asics. Sólo noto un leve cambio: los de seguridad no tienen saco con escudo bordado, sino campera de tela de avión).
Ah, recién fui a Once y aledaños. En la plaza vi otro de esos pájaros azules casi negros. Y finalmente encontré las Asics. El modelo supuestamente más apropiado para alguien que pisa como yo cuesta… 2156 mangos. Todavía me dura la depresión.

Llamé y me cortaron

Está el tema ese de Billordo que dice "Llamaron y cortaron", sobre el que se pueden hacer algunas observaciones quizá demasiado literales: cómo sabe que los que llamaban eran quien él dice (sí, ya sé, identificador de llamadas… ja), por qué solo lo llaman tipos, qué relación hay entre esos llamados y la persona que lo dejó, por qué llaman y cortan…
En especial, sobre esto último, ya que en casos así, de intentos de comunicación en situaciones (¿casi?) irremontables, más que recibir llamados que cortan, soy yo quien llama y, presa de la duda –sobre qué decir ya, a estas alturas, o para qué–, balbuceo con la boca seca de orfandad, o me desmorono ante la primera palabra que recibo y en la que encuentro un tono hostil o ajeno, seguramente inexorable, seguramente previsto.
Tanto que a veces soy yo quien levanta el teléfono y no se anima a llamar, quien pasa por donde está el teléfono y decide no levantarlo para evitar esa sensación horrible de sentirse a punto de molestar, o de invadir, o de intentar acercarse a un lugar donde ya no serás bienvenido, a un lugar del que quedé irremediablemente afuera. Lo cual era obvio para una parte de la propia percepción y será aún más patente cuando la conversación termine y el peso de esa realidad confirmada sea aplastante.
Y otras veces soy yo quien corta, cuando en la cabeza, de repente, desaparecen las palabras que instaron a ese llamado, o cuando se derrumba el sentido que ellas parecían cobrar. Seguro que alguna vez llamé y corté por algo así.
Pero las más de las veces soy yo quien llama y son ellos los que cortan al escuchar mi voz. El contestador automático no entró, el identificador de llamadas falló, el reflejo de responder al ring prevaleció sobre el recuerdo de evitarme –porque soy un monstruo al que mejor evitar, parece–, y la respuesta fue cortar. Llamé y me cortaron. Más de una vez. Llamé y fue una mierda.
Sin embargo, donde quería detenerme es en la parte en que los amigos lo citan en un bar y le dicen que ya no quieren ser sus amigos. Quiero detenerme allí pues me dispara una pregunta que cala hondo en mi pasado. Y en mi presente, que suele no ser otra cosa que la repetición de mi pasado. ¿Es mejor que te lo digan o, en cambio, es preferible que la relación se termine sin aviso, yéndose en fade, en llamados y mails sin respuesta?
La primera sensación es que ambas cosas son una mierda. Como que llamen y corten, como que no llamen, como que prefieran jugar al truco o ir a marchas con carteles que dicen "ningún pibx nace heterosexual" (hay que ser muy pelotudx para levantar un cartel con esa frase) en lugar de interactuar conmigo, como que siempre encuentren allí o en cualquier lado algo mejor que en mí. Siempre.
Si lo pienso, si hago el esfuerzo de razonarlo, preferiré que me lo digan: conlleva cierto respeto, cierta consideración, expresar las cosas claramente cuando suceden. Implica tomarse un tiempo para juntar las palabras, para afrontar el momento tal vez incómodo de decirlas, aunque, como los (ex) amigos de Billordo, después se vayan rápido, sin dar explicaciones, sin que haya tiempo para pedirlas. Y sin pagar la cuenta del bar…
Porque claro que sería mejor una explicación plausible además del anuncio. Pero, incluso sin ella, al menos te ahorran atravesar ese tiempo nebuloso de incertidumbre en que es evidente la merma radical de la comunicación, y uno, desorientado, o negador, trata de recomponer el vínculo golpeando una puerta que ya no te van a abrir, que no quieren abrirte más. Y que a veces tampoco cierran de manera explícita, regodeándose, por el contrario, en la mentira del "llamame, que si estoy te atiendo", o agitando la ilusión con un "me gustaría ir a ver a Dancing un jueves con vos" o ejercitando esa mezcla de verdad y eufemismo que es el "si te necesitamos, te llamamos". O apostando a que les salga muy barato, a que su indiferencia desintegre mis intentos de acercamiento mientras me van transformando en un ser molesto que "no sé para qué llama" y que así da aún más razones para evitarlo.
Como replicantes de Videla, te (¡me!) desaparecen, y uno ya no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo: está desaparecido. Bah, uno, ellos, lo que había, lo que dijeron que iban a hacer y no hicieron (y uno se quedó esperando), todo desaparecido… Y sin saber por qué o desde cuándo.
(Obvio que sería mucho mejor agarrarlo a tiempo, hablarlo antes, mientras se deteriora, como logré intentar aquella noche en que volví a verme con una persona tras un largo interregno, catorce meses, ja, y pude decirle "pasó algo acá, ¿qué pasó con/en todo este tiempo?", y mencioné como ejemplo la tarde en que, tras seis años, volví a ver a mi padre, cuando me dijo de trabajar con él. Toqué el timbre del lugar ese, y mi viejo salió a abrirme, y me dio la mano en la puerta, y entré, y nunca se tocó el tema de ese tiempo. Ni él ni yo. Ni esa vez ni nunca. "No quiero repetir eso", le dije a esta persona, y no voy a decir lo que me respondió porque no hay cita textual y no quiero tergiversarla, pero la explicación quedó en ridículo cuando la semana siguiente comenzó otro largo interregno, que quizá ya no sea interregno, y que dura hasta hoy, apenas interrumpido el día posterior a una muerte).
De ceñirme a la teoría, valoraré a quien lo dice, a quien da por terminada la amistad, la relación, lo que sea que hubiéramos construido, en un acto explícito e inequívoco. Al rato de ese hipotético gesto, no obstante, cuando se reacomode un poco la cabeza tras el shock, será evidente que no hay nadie, ni nada, salvo la recurrente desconexión, el renovado fracaso de una relación que no prospera, la repetida confirmación de que soy una mierda, y entonces todo es una mierda, lo hayan dicho o no.
Más mierda aún cuando me acuerdo de la única persona que tuvo esa deferencia conmigo, el que dijo con tono de fastidio "no more, no llames más" una tarde en que lo llamé por teléfono, luego de superar el titubeo frente al aparato, la duda sobre si lo llamo o no y para qué, porque está claro que esa búsqueda, la de reeditar la empatía, la comunicación o el cariño explicitado, nunca llegará a destino por una movida mía.
Este boludo, que solía decirme que me gustaba dar lástima, alguna vez me dejó esperando en el teléfono porque estaba jugando al truco, lo cual, obviamente, era más importante que yo. Y otra vez, tratando de hacerme sentir mal, me instó a hacer algo, porque, claro, yo no hago nada. Estoy al pedo. Boludeo. Molesto.
Previsiblemente, era algo en su beneficio: ir a ayudar en el arreglo del techo de chapa de su casa suburbana, porque ¡pobrecitos los pobres!… Oh, las cosas útiles, esas son las cosas importantes, no buscar un lugar, o tratar de construirlo en el medio de la nada en que crecí, sino el extraño mix entre materialidad y espiritualidad barrial que se inventan algunos.
El forro este –que desacreditaba mi pelo largo porque en su adolescencia, cuando tomaron un colegio, en el 73, ellos también tenían el pelo largo, más largo que el mío–, un pelotudo peronista que a su perro le había puesto de nombre Megafón mucho antes del revisionismo K, un necrófilo que buscaba una mujer que fuera su Evita, aquella tarde me preguntó si curtía (sic), me maltrató a su modo, y, con tono ofuscado, remató su sermón diciendo que "estoy en un llonsi de ruedas". No pretendía darme una noticia, pues ya lo sabía, ni dar lástima, porque eso me estaba reservado a mí, ja. Tal vez sólo quisiera decirme que lo mío era insignificante y latoso, que lo realmente groso era lo suyo y que en esa grosez no había espacio para mí.
Los vericuetos de la web me devuelven ahora su nombre y su imagen junto a la gilada dolinesca sensiblera que le gustaba cultivar, publicadas bajo un encabezado que resalta el mucho amor con el que están escritas. Luego de agradecer la lectura, se rectifica para instarnos a leerlas porque "necesito el laburo". Traté de dejarle un comentario para preguntarle si eso no era dar lástima, pero el formulario de la página no funcionaba.
El mismo entramado de bits me muestra también las palabras repetidas y los éxitos de otros conocidos a la hora de renovar con ellas sus relaciones, lo que pone de manifiesto cuán intercambiables les resultan las personas. Esas mismas palabras aplicables a unos, a otros, a otros más… "Queridísimos exalumnos" vale para todos. Incluso para aquellos a los que no querías. Quizá porque no querés a nadie, y solo simulás. Quizá porque para ustedes somos la escenografía que adorna, según convenga, la puesta en escena de su vida. Hoy pinta poner esto acá, mañana me aburre o me molesta y lo descarto en una caja, en un desván, en el silencio. Pero, claro, la persona que posiblemente tenga Asperger, la que tiene dificultades para registrar a los otros, soy yo…
Los veo diciendo lo mismo, porque –ya lo dijo alguien– el público se renueva, y pienso en el próximo incauto al que engatusará la negrera y estafadora que sigue prenseando al multiprocesado político-empresario nac&pop. O en el siguiente idiota que se conmoverá con el verso de la chica pobrecita que no puede acabar con su pareja desconsiderada, que no la entiende y que se toma toda la merca en vez de guardarle un poco.
Cuánto me gustaría poder decirles, con una claridad que nunca alcanzo (que es inalcanzable, porque las versiones de la realidad que se imponen siempre son las de los otros, nunca las mías): "Ey, descubrí tu juego: lo que vos hacías era esto y esto, para que yo y/o los demás quedáramos en tal situación. Eso era lo profundo, la matriz de tu manipulación, y lo que siempre cuento son meras anécdotas, las diversas formas que iba tomando".
¡Y cuánto me gustaría poder exponer esas mentiras, esas palabras repetidas! Que todos sepan que "este salame" y el otro salame fuimos salames por creerle a la chorra esa cuando dijo que nos iba a pagar. Decirles a sus contactos de FB, por ejemplo, cuán garca, estafadora y mitómana es, y que no pueda mentir más, que tenga que inventarse otro modus operandi para estafar trabajadores.
Cortar de alguna forma esta dinámica donde siempre me derrotan en silencio. Donde en silencio me condenan al silencio. Sacarme ese peso no solo yo en mi mirada, sino en la de ellos. No solo que se enteren, pues les chuparía un huevo, sino que no les resulte gratis forrearme o despreciarme. Y no tener más pesadillas, como las que hoy me dejaron como consecuencia un aturdimiento que continúa aunque me levanté hace varias horas.
No sé si buscando más palabras para, diez años después, mandar un mail que creo lúcido y que al rato me parece pura gilada, o puteando por escrito, con treinta años de demora, a un maestro del colegio. O si acuchill… quiero decir, escupiéndoles la cara. O si haciendo un blog que se llame gentedemierda.blogspot.com, donde cuente estas y otras historias con nombres reales y fotos de las personas referidas… Lo postearía desde mi casa, desde mi IP, y una vez posteado les mandaría por FB el link, ja. Para que tengan. Capaz.

Jazmines

De nuevo es octubre y de nuevo florecen los jazmines de mi jardín. Por un mes y medio o dos filtrarán su perfume en subrepticias ráfagas que circulan por el patio y a veces llegan a mi pieza.
Es la última vez, supongo, el último octubre que estaré acá. Y pienso en que nunca pude compartirlo con nadie. Aunque lo intenté (las veces que pude, que fueron muchas menos de las veces que lo deseé).
Así también será la muerte, seguramente. Con certeza sobre la fecha de llegada o no, llegará, y veré que nunca nadie habrá querido compartir nada conmigo.