martes, 29 de septiembre de 2015

"El candidato bisiesto" y otras intuiciones

Varias veces en los últimos años, escuché o leí a clérigos y fieles del FIT criticando a Luis Zamora por quitarle votos a la "verdadera oposición de izquierda". El personalismo, la limitación territorial, la falta de presencia en conflictos sociales y sindicatos y, sobre todo, el oportunismo del que aparece cada dos años y obstaculiza el crecimiento de la construcción real de poder popular son los temas recurrentes de la crítica, que a veces llega a la burla lamentable.
Es justo decir que no son solo ellos quienes piensan que Zamora le resta votos al FIT. También lo hacen aquellos que desde su mirada turística de la izquierda sostienen que debe ir unida a las elecciones disolviendo o enmascarando sus diferencias programáticas, estratégicas, etc., en aras de logros que no serán más que una nota de color en los medios. Y muchas veces incluyen en su fantasía a seudoizquierdas y centroizquierdas que, a la primera oferta, pactarán con el oficialismo.
Si vemos los resultados de la última elección porteña, podríamos invertir esa temeraria afirmación y decir que el FIT le sacó votos a AyL, ya que Zamora obtuvo casi un 28% más de votos que la candidata del Frente (3,94% contra 3,09%). Y si, en vez de saber que es una chicana, lo dijéramos en serio, seríamos tan tontos como los que repiten aquella acusación.
Pocas veces tuve la oportunidad de mostrar mi discrepancia respecto de esa idea. Y ciertamente nunca tuve ocasión de notar que mi argumentación resonara en mi interlocutor, fuera este real o virtual. Pero lo que trataba de decirles, además de mostrarles un poco del fastidio que me produce su esclarecido saber, es que AyL y el FIT no comparten electorado de modo significativo. Que los votantes de Zamora no son troscos ortodoxos, acérrimos e insufribles, sino una mezcla de desencantados del sistema, horizontalistas utópicos, cierta izquierda no dogmática o ex dogmática, algo de voto bronca y mucho de reconocimiento a la trayectoria del candidato. Y que buena parte de ellos, quizá la mayoría, no creen en la lucha de clases.
Finalmente, tengo datos duros para sostener mi intuición. En las últimas elecciones primarias, AyL presentó una lista corta, con candidatos a diputados nacionales por la ciudad de Buenos Aires (y a la payasada esa del Parlasur), pero sin candidato presidencial. El FIT, en cambio, presentó lista completa. Para presidente, sin la competencia de AyL, el Frente sacó 4,55%. Para diputado, con la competencia de AyL, obtuvo 4,24 %, mientras que Zamora logró el 2,93% de los votos positivos. Es decir, una escasa pérdida de votos, apenas 0,3 puntos porcentuales, la cual me permite sustentar fácticamente mi afirmación.
Mientras, los egocéntricos enojados que quieren ser la única alternativa verdadera para que su auto-verso auto-épico les cierre perfectamente se asombran de que "sin campaña" saque los mismos votos que el Frente, y no se lo perdonan. Tal vez porque no soportan la evidencia de que empapelar la ciudad, hacer actos con proliferación de banderas y cantitos con megáfono y demás formas de su militancia evangélico-marketinera para hacer notar su presencia, no son la llave ni la clave de nada, salvo de la autocomplacencia.
Y cuando dejan de putearlo y le piden "unidad", lo hacen para… lograr objetivos del FIT, no de Zamora. Para darle otro atractivo a su kioskito electoral, que cruje cada vez que alguien pone el dedo en la llaga de las diferencias entre ambos integrantes principales, que es tan evidente en cada ninguneo a los de "la otra lista", y al que sólo mantienen para asegurarse presencia mediática y el curro de los mandatos a medias.
Dicho esto, y como obsequio, les dejo dos intuiciones cuya comprobación sólo el tiempo permitirá: que Del Caño sacará más votos que Stolbizer y que el próximo presidente, sea Scioli o Macri, no llega a 2019.

lunes, 27 de julio de 2015

Feriados

Con el argumento de favorecer el turismo interno, desde hace varios años, tal vez veinte, las vacaciones de invierno se postergaron para hacerlas caer en las dos últimas semanas de julio. De ese modo, el segundo cuatrimestre de los ciclos lectivos es más corto que el primero. Más aún si consideramos que las dos últimas semanas de clases de diciembre son la nada misma.
Más o menos para la misma época se comenzó con la práctica de correr algunos feriados a los días lunes. Así, las materias que se cursan en el segundo cuatrimestre tienen menos clases que las del primero, y las de los lunes tienen dos o tres o hasta cuatro clases menos que las de otros días. Para favorecer el turismo, claro…
Durante el gobierno de Menem se reestableció el feriado religioso del 8 de diciembre, no sé si por presión del llamativamente poderoso lobby turístico o para congraciarse con la Iglesia. Como sea, en época de recuperatorios, te quita una clase y te parte al medio.
Y durante este gobierno, que mantuvo la conmemoración de la Inmaculada Concepción (un mero caso de coito inter femora), se crearon más feriados, se repusieron otros y, para coronar la fiesta, se inventó la payasada de los feriados puente.
Además, se crearon feriados por única vez para recordar los bicentenarios de las batallas de Salta y de Tucumán. Curiosamente, no se declaró feriado el día del bicentenario de la batalla de San Lorenzo. Bueno, "curiosamente" no: no lo hicieron feriado porque el gobierno de Santa Fe es de otro signo político y no quisieron darle tanta entidad al acto conmemorativo, al que la presidente no asistió.
Están bárbaros los feriados, sobre todo si uno tiene una lógica adolescente. Pura algarabía para los que tienen laburo fijo y en blanco, y para aquellos que cobran del Estado. En cambio, en la otra parte del mundo, tres o cuatro días seguidos sin trabajar, o con menos clientes, te hacen un agujero.
Los comerciantes que tienen que ganarse el mango by theirselves han comenzado a abrir sus negocios los días feriados, sobre todo en esa seguidilla absurda de 24 de marzo, 2 de abril y Semana Santa. En cambio, los empleados, generalmente en negro, que laburan por día no tienen esa posibilidad, y deben joderse sin más.
Del mismo modo que debemos jodernos cuando todo se posterga "por el fin de semana largo", pedir un turno con el médico, vender algo o entregar un trabajo (y cobrarlo)… Y cuando en vez de ir al dentista el lunes hay que ir el miércoles y vivir cuatro días con el diente flojo, te dan ganas de mandar a los creadores de feriados a las conchas de sus respectivas madres.
Luego de esta introducción, voy al punto: me encantaría saber la opinión de los (pre)candidatos presidenciales sobre este tema, leve, es cierto, pero, finalmente, revelador. ¿Cuántos y cuáles feriados dejarían?
O, dicho de otro modo, ¿seguirán siendo siervos del turismo y de la Iglesia, y promotores de la vagancia?

(Me dicen por línea privada que es una pregunta excesivamente retórica. Okey: pregúntele a Scioli, entonces, si planea hacer una versión nacional del impuesto a la herencia que aplica en la provincia).

miércoles, 24 de junio de 2015

Poco placentero



En un video tipo National Geographic sobre las tribus menos contactadas de la Amazonia aparece un indio con la camiseta de Central.
Bajo un cielo de lianas posa para el hombre blanco con su báculo en la mano y la publicidad de Paladini bien grande en el pecho.
Voy a mirar de nuevo el video, no para ahondar en esta inesperada manifestación de la conquista. Voy a mirarlo de nuevo, atentamente, para ver si descubro a algún indio tarareando “Poco placentero”.

No me digas “hola”

Entre tantas cosas que se escribieron sobre la convocatoria del 3 de junio y el eslogan “Ni una menos”, di con un post de una tal Silvina Giaganti sobre las consecuencias de la masificación del reclamo. En el artículo menciona tres anécdotas personales: la de un exhibicionista que se bajó los pantalones delante de ella y de una amiga, niñas de 11 o 12 años; la del colectivero que durante dos cuadras, y aprovechando que iba vacío, dio rienda suelta a una verborragia desubicada hacia ella y su novia cuando eran unas quinceañeras, lo cual se repite frecuentemente en los tipos que les ofrecen compañía o se interesan por supuestas carencias cuando ella y sus sucesivas novias van de la mano por la calle.
Y una última, absurda, anécdota que mezcla todo y revela la confusión que tienen algunas en sus ideas. Y su acuciante necesidad de demostrar que pueden pararse de manos. Transcribo:

Escena 3: Febrero de 2015. Monserrat. Es miércoles y trabajo de 8 a 12 en Avellaneda y de 15 a 22 en Moreno. 11 horas de clase, 7 colectivos y todavía falta cocinarme y bajar a Poxi un rato. Hace calor y eso me pone contenta. Me bajo del 39 a las 12 de la noche a una cuadra de casa después de haber salido 7 menos cuarto de la mañana. Cuatro tipos en la esquina sentados en el cordón de la vereda, dos parados, y una máquina de esas pavimentadoras parada en la calle. Paso caminando hasta que uno tira: “Hola, ¿cómo estas?”. Yo: “¿Sos del barrio que me conoces y me saludas?”. El tipo: “Si”. Yo: “No, no sos del barrio yo no te conozco y no tenés derecho a saludarme”. Uno sentado: “Uhhhh”. El tipo: “Yo te saludo todo lo que quiero”. Yo: “No, te equivocas, no me saludas ‘todo lo que queres’”. El tipo: “Si”. Yo: “No, si querés anda a saludar a tu esposa o a tus hijas”. El tipo, que a esa altura no se había llevado de arriba el inicio de la no consentida charla concluye: “Yo te saludo todo lo que quiero y si no te gusta es porque sos una loca de mierda”.
Estas son algunas muestras gratis de la consecuencia de que algunos hombres crean que las mujeres llevan un subtexto que los invita a invadir el espacio vital de la calle o de otros lugares públicos para empezar a decir cualquier cosa.
(…)
A veces hay que decirle al otro que te parece que hay algo que no está haciendo bien. Y vuelvo a pensar en la discusión con el tipo de la escena 3 y en lo que se habrá quedado pensando luego de mi embate. Y qué pasaría si se lo vuelven a decir un par de veces más.


Entre el asombro y cierto enojo por la condena a la comunicación, opté por seguir su sugerencia, la de decirle al otro que hay algo que no me parece bien, y, apenas terminado de leerlo, dejé un comentario en el blog, el cual me advirtió que quedaba “pendiente de moderación”. Transcribo:

Que triste la boludez esa de que uno no puede saludar, no puede hablar. ¿Que gilada tienen en la cabeza las personas que piensan así?
¿Te insultó? ¿Te propuso llenarte el culo de leche? ¿Te amenazó? ¿Te invitó a salir, siquiera?
No. Te saludó. Hola. Buscó una comunicación. A la cual vos tratás de dotar de un aire amenazante señalando que eran muchos, que había elementos de trabajo cerca…
Andá a un psicólogo y hacete ver tus miedos.
O decí claramente que eran morochos, que estaban dados vuelta, que no-se-que que te dio miedo. Pero “hola”… Hacete ver, de nuevo.
Para colmo de tu ridiculez, lo mandás a un lugar patriarcal, conservador y heteronormativo: das por sentado que tiene esposa e hijas.
Ridículas como vos también son las que trataron de ampliar el espectro de consignas respecto de esta marcha diciendo que si uno va de putas o va de levante a un boliche no podía adherir a la marcha.
Tal vez quieran que seamos ascetas, tal vez han decidido llevar el vera-bergoglismo al extremo… Ganémonos el cielo con la castidad, no sé.
Sos una pobre mina tratando de demostrar poder. Lo explicitás en esa frase. “El tipo, que a esa altura no se había llevado de arriba el inicio de la no consentida charla…”.
Dame un ejemplo de charla consentida, por favor. ¿Cómo se contacta uno con un desconocido? O tal vez pretendas que sólo vivamos entre direcciones, como decían Los Pillos. La calle, mero espacio de tránsito e incomunicación. Todos desconectados, o conectados con perros, mascotas.

Ah. Vos eras la misma que bancaba a Grondona (Julio Humberto, mafioso de tu barrio) diciendo que si un tipo de 82 años puede con todos los demás, punto para el tipo. Bastante triste también esta otra forma tuya de ensalzar el poder. El poder de un tipo siniestro.


La referencia a Grondona remite a otro artículo de esta chica, leído ya no sé dónde, en el que hacía una suerte de elegía de su gris localidad conurbana y del gran prócer surgida de ella, Julio Grondona, de quien decía esa frase: “Si un tipo de 82 años puede con todos los demás, punto para el tipo”.
Onda que si un exhibicionista o un abusador puede exhibirse o abusar durante 82 años, bien por él, porque nunca lo agarraron: banquémoslo, y que nos caigan simpáticas su impunidad y su capacidad de extorsión. Y si es un chorro, un socio de Videla, de Menem, de Kirchner, de todos los gobiernos, un encubridor de asesinos, un tipo que ayudó a robarle el fútbol a la gente común, banquémoslo porque pudo hacerlo hasta el día de su muerte.
Mi comentario, como intuí cuando apareció la advertencia de la moderación, no fue publicado. Nadie lo leyó, no existió, no quedó huella de su eliminación, no estuvo ni muerto ni vivo… Si estos endogámicos integrantes de cierta intelectualidad no fueran unos desaparecedores del disenso y de la crítica, podría haberse dado un intercambio. Podría haberle dicho que el ejercicio del poder por parte de algunos miserables, en general poseedores de un escaso poder, no tiene que ver con el género, con el sexo, con las clases sociales, sino con ese mismo poder usado como revancha de no sé qué retorcidas cuestiones que carga cada uno y que quiere hacerle cargar al otro.
Le habría hablado de la violencia contra los niños, mucho más difundida y más evidente que la violencia contra las mujeres, como puede verse en cualquier vereda, en cualquier plaza, en la puerta de cualquier colegio o enfrente de cualquier kiosco. Y a veces también en los medios, cuando deciden publicar los asesinatos de niños por parte de sus padres, sus madres, sus padrastros o sus madrastras. O cuando un ¿humorista? le dice a una nena de cinco años que le muestre la bombacha.
Y, parafraseando a las idiotas que hablan de enseñar a “no violar”, como si todos los hombres fuesen psicópatas violadores en potencia (deberían saber, pobres tontas, que a un psicópata no alcanza con “enseñarle” voluntaristamente a no violar), aprovecharía para decir que a las madres y los padres (y los abuelos y abuelas) hay que enseñarles a no pegarles a los niños. Y a no maltratarlos psicológicamente. (Y, de paso, que a los dueños o directores de jardines de infantes hay que enseñarles a elegir bien los maestros de música y de gimnasia).
Podría haberle preguntado si se les planta de igual modo a las viejas (y los viejos) que en la cola del súper te dan charla, seguramente para no morir de inanición comunicativa. Una charla no pedida, no consentida, que invade mi espacio vital y me consume energías, y de la cual no puedo librarme con la excusa de boludear con el teléfono, pues no tengo. ¿Les dirá algo a las viejas de la cola del Rapipago o su cuestión es solo con los hombres?
O podría haberle pedido algún tip sobre cómo reaccionar ante las muchas personas que indisimuladamente se ríen de mí en la calle, o ante los que, en el mismo escenario, hacen espontáneas referencias a mi aspecto. O ante quienes cruzan la calle para evitar compartir la vereda conmigo. Esas van aún más allá, a esas no les molestaría un “hola”, no les molestaría que les hablase: les molesta que yo esté.
Capaz que un día me toca una situación así con alguna de esas minas que toman clases de defensa personal, como la poeta psiquiátrica que busca sexo con menores en sitios de contactos, esas cultoras de la violencia que se justifican con la idea de la autodefensa, y, en vez de cruzar la calle, me caga a palos o me tira gas pimienta. En nombre de las mujeres que no demuestran miedo y se hacen respetar.
Giaganti propone decirle al otro que te parece que hay algo que no está haciendo bien. Pero cuando se lo dicen a ella, parece que no se lo banca, que prefiere regodearse con el logro de su embate. Y con el uso de la palabra “embate”. Habría que ver qué le pasa si le vuelven a decir un par de veces que está hablando boludeces. Seguramente no lo note, atareada en la autosatisfacción que le producirán los cientos de likes en Facebook y los tuits elogiosos que recibió por su post.
Por lo demás, la paternalista repetición del eslogan y su masificación no vuelven marginal la violencia, como afirma ella. Menos aún cuando conocidas participantes de la marcha siguen usando lenguaje machista y heteropatriarcal, y hablan de romper el orto y de que alguien no se va a poder sentar. Menos aún cuando la que usa esa terminología es una profesional (de la salud mental) que se quiere hacer la popular, o la marginal (porque tal vez para ella sean la misma cosa), y dice gato, gorra, a la gilada ni cabida y tomate el palo.
En esa confusión, en la misma confusión que tiene Giaganti, a la que un “hola” le parece violento, lo que termina marginándose y estigmatizándose es un rejunte incoherente donde son casi lo mismo un golpe, un beso dado a la fuerza, una interpelación grosera en la calle, un intento de levante en un boliche o una relación sexual consentida entre adultos determinada explícitamente por el dinero. Pero no la violencia machista de la que son víctimas los hombres. Ni la violencia de género ejercida por mujeres, que siguen su trayecto de estrellas –o asteroides– televisivas sin que las alcance la condena social (ni la condena penal, como a esa impune alumna de una universidad pampeana que ayudó a violar a un compañero con diversos objetos).

Encuentro con el diablo


Y es mi ilusión volver a verla,
y así poder mandarla a la mierda.

Los ojos entrecerrados para evitar el efecto Pokemón de los leds blancos, azules y acrobáticos del estacionamiento, y, de pronto, tomando forma paso a paso, como si el tiempo hubiera vuelto atrás quince años, un personaje de este blog, es decir, alguien que dejó una huella en mi vida. Parada en la esquina, esperando el verde del semáforo, con el mismo pelo atado, la misma postura, el mismo rictus…
Era aquella profesora del secundario, linda, carismática y exigente, que supo ganarse mi confianza y mi afecto, los cuales supuse recíprocos, pues en un momento me dio su teléfono y luego me invitó a cenar a su casa un par de veces. En el marco de esa confianza, me insistió para que fuera a un psicólogo. No a cualquiera: a su primo, una eminencia…
Tiempo antes, en alguna de las largas charlas telefónicas que teníamos, me había preguntado sobre mi orientación sexual. La pregunta no me hizo ruido porque, claro, la confianza… Y porque la vi como una suerte de comprobación de que éramos adultos y podíamos hablar de todo sin mayores inconvenientes. No me hizo ruido, pero recuerdo en qué lugar de mi casa estaba cuando me lo preguntó… No me hizo ruido hasta años después, cuando la eminencia salió en la tapa de los diarios por cogerse (y/o ser cogido por) adolescentes.
La miré bien, buscando una certeza que ya tenía, probé mentalmente la frase inicial para que me saliera sin trabarme, me acerqué y antes de que pudiera reaccionar le pregunté si seguía mandando a sus alumnos a la casa de un abusador de menores. Repetí la pregunta, poniendo énfasis y seguramente más volumen en “abusador de menores” para ubicar, si era necesario, a algún transeúnte próximo que quisiera intervenir en defensa de una pobre señora increpada.
Abandonó la esquina antes de mi cuarto signo de interrogación, caminando entre la gente sin darse vuelta, mientras yo insistía, yendo detrás de ella y matizando la pregunta con otra similar, cuya respuesta, de existir, no podría considerar: “¿Sabías que era un abusador de menores cuando me dijiste de ir a verlo?”.
Paró un taxi y se subió sin mirarme, mientras le repetía mis preguntas a una distancia que, bien leída, mostraba que no iba a llevar la cosa más allá. El tachero le ganó con lo justo al semáforo, evitándome tener que decidir si seguía con mi andanada bi-question junto a la ventanilla durante todo el tiempo que estuviera en rojo, y entonces retomé mi rumbo a un paso firme que no le diera tiempo a nadie para tenerme a mano y preguntarme qué onda.
Como aquella noche en el departamento de la eminencia no hubo un explícito lanzamiento de galgos, sino apenas unas rispideces y una incomodidad que no distaron de las vividas ante algunos de sus colegas, como sólo empecé a hacerme esas preguntas luego de conocer el hecho por los medios, este asunto no es lo que más me interpela en relación con ella.
Si algún deus ex máchina me revelara cuál fue su propósito aquella vez, si me enterara de que otros alumnos recibieron sugerencias similares, evidente, inexorable, violentamente, cambiaría mi posicionamiento frente a esto. Como nada de eso ha sucedido (aún), entiendo que esta explosión más o menos medida se debió a otra cosa. A una lista de maltratos, que bien podría llamar humillaciones, pues así las siento cada vez que pienso en ellas, lo cual, afortunadamente, no ocurre muy a menudo.
De un día para otro y sin decirme por qué, dejó de atenderme el teléfono. Pero no me dijo que no la llamara más. Sabiendo que era mentira, decía “llamame, que si estoy te atiendo”, transformándome así en un ser molesto que llamaba varias veces porque “bueno, veo que ahora no estás: te llamo en un rato a ver si llegaste”.
Si no querés más diálogo, tratá de tener un argumento razonable. Tus ganas pueden serlo. Aunque preferiría algo más elaborado, claro. Más comprensible que una azarosa realineación de neuronas. Y, como sea, decímelo: para respetarme y porque, si me decís “no llames más”, me ponés a mí en un lugar donde, de seguir haciéndolo, quedo en offside. Es cierto, hay gente a la que no le interesa el offside. Pero no es mi caso. Estaba claro que no era mi caso.
Podés no querer ver más a alguien, pero si en ese camino decidís humillarlo, jugar con su necesidad de comunicación, mentirle mirándolo a los ojos y regodearte sine díe en el maltrato, hasta ganarle por cansancio (qué idea patética esa, qué nula consideración por el otro revela), sos una perversa mierda. Sobre todo si sabés que la otra reacción posible ante la humillación continua –la violencia– no va a suceder.
En esas charlas alguna vez surgió, quizá en un contexto que le permitió una nueva alusión a su virginidad treintañera, el tema del amor, de si yo me enamoraba de ella. ¡Cómo me gustaría poder recordar claramente si, como me parece, ese amor del que hablamos era en una sola dirección! Pues, de ser así, no tuve la lucidez para decirle que podía ser al revés. O recíproco. Recuerdo, en cambio, con toda precisión el lugar de mi casa donde estaba cuando hablamos por teléfono esa noche. Y recuerdo con la misma precisión que dijo “lo hablaríamos”.
Una profesora amiga de ella fue por la respuesta más fácil, de telenovela de la tarde, y me dijo, mezclando la explicación con la condena, que I was in love with her. No sé si era su visión personal o si me estaba transmitiendo la visión de ella. Sí sé que es algo incomprobable y, según entiendo, alejado de la realidad.
Como sea, no hablamos un carajo. La única vez que me dijo algo sobre la distancia que impuso fue “sos una esponja”. Y pese a que mil cosas de mí me harían ruido si pudiera repasar ese tiempo como en un video, decir que era una esponja es no ver ni un poquito todo lo que yo quería –¡necesitaba!– dar.
También me había dicho que seis meses antes de que terminaran las clases iba a hincharme las pelotas para que tomara una decisión respecto de qué seguir estudiando. Pero llegó ese tiempo y no dijo nada. Ni una onda tiró sobre qué carrera podría ser. Mucho menos la de cursar en UBA XXI. Ni siquiera la de pasarme textos de Sociedad y Estado, materia que ella daba en el CBC. Sólo silencio de su parte, y más desamparo de mi lado, que no tenía a quién mierda preguntarle nada acerca de esos mundos desconocidos.
El año siguiente le dejé mil mensajes pidiéndole las fotos del acto de fin de curso que ella había sacado con su cámara. Finalmente, tras ocho o diez meses, me las hizo llegar. Sólo dos de ellas, una de las cuales es una panorámica del salón en la que se me ve de casualidad, a un costado, como estuve toda esa noche, en un margen.
No me las alcanzó a mi trabajo, que quedaba a una cuadra del colegio. No las pasó por debajo de la puerta. Mucho menos me propuso vernos. Eligió esas dos fotos –y eligió quedarse con otras en las que aparezco, por ejemplo la que sacó cuando recibí el diploma– y las mandó por correo. Una certificada que recibí sorpresivamente en mi laburo, cuyo sobre contenía dos fotos y una hoja en blanco. Un garzo marrón y espeso, amasado en los fondos de la garganta después de una gripe de invierno y disparado en un ojo, deslizándose pesadamente mejilla abajo, habría sido menos insultante que esa hoja en blanco.
La última de estas basureadas fue cuando, unos años más tarde, retomó la comunicación con aquella profesora telenovelera, de la que se había hecho muy amiga en el colegio y con la que yo mantenía un intercambio epistolar y telefónico más o menos frecuente desde que se había ido a vivir al exterior. Bueno, esa es la versión oficial: ahora me cae la ficha de que quizá se mantenían en contacto, pero sin decírmelo, y esto fue una puesta en escena.
Cuando pasó a integrar la lista de contactos de nuestra amiga genovesa, vi su dirección en el campo CC de un mail y le escribí para mencionarle algunas de estas cosas y “la mezcla de dolor y mucha bronca” que me producían. No me contestó. En cambio, se lo reenvió a nuestra amiga común, la cual me cagó a puteadas, me dijo que yo le daba lástima y me amenazó con no darme más bola si se enteraba de que había vuelto a escribirle.
¿Qué odio profundo motivó tanto desprecio? Porque sólo un intenso y profundo odio puede explicármelo. Y ¿cómo pueden surgir ese odio y ese desprecio en alguien que tuvo gestos de afecto e interés? ¿O todo fue una ilusión óptica, un holograma, un fraude, una patología complicada de su parte?

Hace poco descubrí el Facebook del colegio, el cual está a su cargo, y me dejó el sabor amargo de los vómitos que no se consuman. Fotos de diversas promociones –no de la mía– con epígrafes intercambiables: “queridísimos”, “inolvidables”, “recordados”… Todos iguales, igual de vacíos, pueden ir acá o allá, en el álbum de la promoción 97 o en el de la 2004. Tan iguales como lo fuimos en el discurso que leyó aquella noche del diploma, cuando nos nombró uno por uno y todos éramos esforzados, estudiosos y buenos, incluso quienes eran unos mediocres, según me decía, o la que hizo mucho para que yo dejara el colegio.
Esas palabras me produjeron un profundo desencanto que le hice saber apenas terminó el acto sin ver que tenía lógica su encomiosa defensa de aquella turra manipuladora y mentirosa, pero siempre hábil para dejar una buena imagen. Tenía lógica porque, salvo el garche y la merca, era como ella.
Leo ahora sus palabras positivas sobre algún docente miserable y desagradecido, del que me hablaba pestes; sus elogios para la soreta de la directora, a la cual también le daba con un caño… Y veo, de golpe, que lo suyo era una puta agitación. Cebarme respecto de esa gente, con la que había un recíproco rechazo, no sé para qué, no sé con qué beneficio para ella, salvo el de ejercitar su yo titiritero. Porque, de mi parte, y aunque me saliera muy fácil y me resultara casi irresistible, no había demasiado rédito en subirme a una moto cuya consecuencia era seguir ganándome enemigos entre directivos, docentes y alumnos. Únicamente alimentar mi ego de poder decir “fui el mejor que pude ser”, pura gilada autocomplaciente que en concreto no sirvió de nada…
El Facebook ese es una comprobación de que nunca fuimos personas para ella. Sólo ocasionales ocupantes de un lugar que nunca podríamos dejar, excepto cuando llegara la fecha de vencimiento que nos había puesto sin que lo supiéramos. Momento en el que, como todo producto vencido, seríamos desechados. Y reemplazados por otros.
Lo más triste no es eso. Lo más frustrante no es el caminito chino de las mentiras, la reducción a la nada, la contribución a que uno sea un ser molesto… Ni advertir recién ahora que me mintió hasta el último día, hasta esa noche del acto en que nos entregó a cada uno, como recuerdo, una fotocopia de un texto de Galeano. En la mía puso “hasta siempre, en otro lugar y otras circunstancias”. Una mentira, una innecesaria mentira, pues ya había decidido que era “hasta nunca”. Una mentira necesaria únicamente para satisfacer una compulsión similar a la de los cleptómanos.
Lo triste y frustrante es no haber podido salir de esa dinámica por mi propia acción. Porque dejó de mentirme cuando dejó de hablarme: ¡qué cagada dejar de tenerla adentro (gratis, sin que al otro le haya costado nada) simplemente porque el otro se aburrió de ponértela, no porque vos te la hayas podido sacar!
Ni la posibilidad de cortarlo por uno mismo ni la de ponerlo en evidencia ante los demás… Porque ante ellos, ante nuestra amiga común, ante el de la cupé verde que la pasaba a buscar todas las noches como un guardaespaldas (¿qué le habrá dicho de mí para que el forro ese actuara así?), ante cualquiera… ¿qué relato prevalecería? ¿El mío o el de ella?
El diablo, sin embargo, no fue ese. Fue enfrentarme al recuerdo de lo que prometían aquellos años de pelos largos y notas altas. Si Facebook o un semáforo me reencontrara con otros personajes de ese tiempo, no podría cobrarme sus agresiones como me las cobré esta vez. No podría preguntarle a la merquera psicópata por qué mandó a todos sus novios a amenazarme, incluyendo a uno que me siguió varias cuadras por un camino que yo nunca hacía. Ni podría apurar tan sobradamente al arrastrado profesor que, para tratar de disimular su propia incapacidad, mentía respecto de la colega que le había conseguido el laburo, pelado cuyo pobre placer era redondearme la nota para abajo y hacérmelo notar.
Qué bueno, entonces, que tuve esta excusa para putearla aun sin puteadas, porque con los demás no habría un tema que resuene, y rápido, en tres palabras, “abusador de menores”. Qué bueno haber podido lanzar este fuck you aunque no fuera posible mencionar cada una de estas cosas, muy viejas, es cierto, pero que mantienen la entidad de las que quedaron atragantadas, y que se reactualizan cuando suceden, pareciera que inevitables en mi circularidad irrompible, otras similares.
Y qué bueno que no hubo una conversación con preguntas como “¿qué estás haciendo?”, “¿qué es de tu vida?”, “¿qué hiciste estos años?”, que expondrían todo lo que no pude, la distancia atroz entre lo que parecía que podía ser y lo que soy.

domingo, 3 de mayo de 2015

Impuesto a la herencia

Como en casa estamos en plan de recortar gastos, desde hace un tiempo ya no recibimos el diario todos los días, sino solamente los fines de semana. Me impresiona notar cómo se (des)acostumbra uno a las cosas. Porque antes era muy notoria la sensación de ausencia cuando –digamos, un feriado– no estaba el diario para hojear a la hora de mi desayuno. Algo faltaba, y producía una sensación incómoda. Ahora, en cambio, le doy mucha menos bola, y a veces directamente no lo abro hasta la noche de ese sábado o domingo, hasta que esté al pedo en la cocina, picoteando algo.
Así fue cómo, en una hojeada tardía, caí en un artículo de un ex economista de Carrió (antes de que Carrió se transformara en esto que es ahora), un tal Rubén Lo Vuolo, sobre la situación impositiva en el país. El chabón dice algunas cosas con las cuales no se puede estar en desacuerdo, nada dice de otras con las que acordaría (ni una palabra sobre reducir la alícuota de un impuesto tan regresivo como el IVA, por ejemplo), y finalmente me hace estallar de ira cuando el muy pelotudo, o sorete, propone, amparándose en una cita de Piketty, un impuesto a la herencia.
Vivimos en un país donde el acceso a la vivienda propia es casi imposible, aunque tengas trabajo y tu trabajo sea en blanco, aunque ganes 12 lucas en blanco; donde el único modo de poder alcanzar el techo propio es que se mueran tus viejos para, con la herencia –y si sos hijo único–, llegar, por fin, a comprarte algo. A los 36. O a los 42. O a los 50.
En ese contexto aparece el muñeco este, siguiendo la línea marcada por Scioli (que promovió un impuesto de esta índole en la provincia que gobierna), reclamando, con pretensiones de progresismo, que se graven las herencias. Habla de la concentración de la riqueza, de que se subsidia a las familias de altos ingresos, y más palabrerío bienpensante.
Sin embargo, en la realidad, en su aplicación bonaerense, el monto no imponible es irrisorio. Después de la actualización que hicieron –que ya lleva un par de años sin modificarse y que fácilmente puede estar en camino de emular lo que sucede con el impuesto a las ganancias–, si sos heredero forzoso, comenzás a pagar a partir de recibir 250000 mangos (el 4% del total, que se paga siempre, más 5000 pesos en este tramo inicial de la escala).
Porque, como todos sabemos, 20000 dólares es una re fortuna. Sos un Ricardo Fort con esa guita, te comprás dos propiedades y el Rolls Royce…
Como siempre sucede, al menos en este país de mierda, cada impuesto es manipulable en orden a incrementar los ingresos que produce, como si el Estado fuese un yonki que necesita una dosis cada vez mayor. Entonces, el impuesto al cheque sigue vigente catorce años después de ser implementado por Cavallo. Y ya sabemos qué sucede con el impuesto a las ganancias y la deliberada desactualización del mínimo no imponible.
Por lo demás, el nuevo Código Civil, pactado con quien fue el jefe de la oposición y en unos lustros será San Francisco de Buenos Aires, amplía de 20 a 33 el porcentaje que se puede testar en beneficio de quienes no son herederos determinados por ley. Y como ese porcentaje sólo afecta la parte de los hijos –y no la del cónyuge, cuya mitad permanece intacta–, estos pueden quedar aún más lejos del departamento propio.
En su argumentación, Lo Vuolo dice que lo recaudado por impuestos sobre ingresos y rentas es muy bajo. Yo les preguntaría a los que pagan ganancias qué opinan de esa afirmación. Por ejemplo, a los apretados pasajeros cuya conversación escuchaba en el 341 que tomé la otra vez en Polvorines a las siete de la tarde les preguntaría, ya que uno de ellos paga ganancias y el otro se salva porque las horas extras se las garpan en negro.
Agrega que los impuestos sobre la propiedad recaudan muy poco, y yo, intuitivamente, diría que lo que se gasta es mucho. Sobre todo –y más allá de la que se chorearen–, que gastan mucho en pelotudeces. En subsidiar a los hijos de mil putas que tienen uno, dos, tres aires acondicionados por departamento, y que lo encienden aunque haga 22 grados. En pagar múltiples lameculos, lamebotas y brancatellis; en la construcción de la proceritud billikenesca de Grosman, en el Fútbol para Todos o en los múltiples pagos de la ANSeS, que incluyen tantísimos planes, muchos de ellos de asignación cuestionable, o las compensaciones a las víctimas de la violencia estatal y a sus descendientes (que casi no abarca a los perseguidos por el peronismo, pues su fecha de corte, oportunísima, es el 16 de junio de 1955).
Y no sé en qué mierda gastó Scioli la guita del impuesto a la herencia, pero seguro que no en prevenir las inundaciones en La Plata.
Para eso Lo Vuolo quiere un impuesto a la herencia… Un pelotudo así sólo se compara en estos días con el candidato del FIT Del Corro, que, subido al tren de pegarle al malo maloso de Macri, habla del problema de la vivienda en la ciudad y únicamente se refiere a urbanizar las villas.
Me cago en las villas, pelotudo. Me cago en las villas (donde no pagan la luz, que se la pagamos todos) y en tu bienpensar, Patricio Del Corro. ¡Hablá del problema de la vivienda en las clases medias, la concha trosca de tu madre! De paso, pediles a Gutiérrez, a Katopodis y a los demás intendentes del conurbano que urbanicen las villas. ¿O solo la CABA tiene que urbanizarlas? Y pensá en cuántos nuevos asentamientos florecerán justo al lado de las villas urbanizadas, con habitantes que, apoyados por gargantas poderosas y apuntando a la culpa clasemediera, reclamarán que se urbanicen estos nuevos asentamientos…
Me corrijo. Hay otros que rankean así de alto en la pelotudez: Lozano y los suyos, que también se limitan a hablar de urbanizar las villas, y, sobre todo, los que hicieron ese aviso que veo pegado en las calles, el que habla de lo maravilloso de este gobierno municipal, que da créditos para que uno pueda… ¡alquilar! No para comprarse una casa, ¡para alquilar están dando créditos…! Bah, no sé si son pelotudos o sincericidas. Porque, según veo, para alquilar un depto de un ambiente, tres lucas por mes, tenés que tener, además de la garantía, diez o doce lucas para arrancar.
(En la infinita serie de volantes que se entregan por las calles porteñas en este tiempo preelectoral, recibo uno del FIT donde desarrollan la pelotudez expuesta por Del Corro, donde coinciden con el PRO respecto de la garantía estatal a los inquilinos, donde proponen un Banco Ciudad cuyo directorio sea electo por organizaciones populares –sí, son pelotudos de verdad, y profundamente– y donde nada dicen de poder comprarse un departamento, el cual, dicho sea de paso, tendrá, como todos, paredes finitas y un hacinamiento apenas más disimulado que el de una villa).
Así, la profundización de medidas cuyo fin es alejar a la gente de la posibilidad de ser propietario no me resulta casual. No me sale creer que no se dieron cuenta de eso. Quizá sea un exceso de conspiranoia, pero sospecho que en algún lugar se tomó la decisión de que esta generación –y seguramente las que vienen–, cuando le llegue el tiempo de jubilarse, en veinte o treinta años, no tenga, por pagos en negro, sumas no remunerativas, etc., los aportes correspondientes (y aun si los tuviera, que no cobre de modo acorde con ellos) ni tampoco tenga un techo propio.

Digámoslo claramente


Gracias por mi castigo, amo.


El BDSM es una mierda.
Por más chamuyo que inventen, por más que insistan con el latiguillo de “sano, seguro y consensuado”… Un carajo sano es algo que te lastima. Que te hace sangrar o te provoca dolor. Para mencionar únicamente elementos objetivos, y no hablar de cuestiones psicológicas.
En cada palabra, en cada pantomima del maltrato, en cada latigazo o en cada chirlo –como, según Freud, sucede con cada chiste–, subyace, y emerge, tu verdadera faz. Con cada encierro en una caja metálica con barrotes, con cada atadura en posiciones dolorosamente antinaturales, con cada forma de sometimiento, sonríen desde el más allá todos los verdugos de la historia. (Y con los dispositivos eléctricos sonríen los Lugones Jr., y los Etchecolatz, los Contreras y los Mitrione, para hablar sólo de los más cercanos).
Me cago largamente, con un soruyo de 22 centímetros continuos, en el BDSM, en quienes lo practican y, especialmente, en quienes pretenden darle un barniz teórico usando palabras como “filosofía” o “comunidad”. En los que, desde el pedestal que ocupan los esclarecidos que se permiten estas sofisticaciones, hablan del significado del collar; en los que identifican con la evolución el hecho de que “solo nuestra especie inflige el dolor a un semejante por placer, aunque no más sea en un juego sexual”, en los que interpretan arbitrariamente pasajes de “La dialéctica del amo y el esclavo”, en los que se regodean en la pertenencia usando –despectivamente– la palabra "vainilla" y dicen: "Sabemos, también, que más de un vainilla se horrorizaría ante la sola idea de un spank, leve, amistoso".
Y particularmente en la dominante que declara: “Me encanta ahorcar con una mano mientras pego cachetazos con la otra…”, pero que, como es muy cuidadosa, y quiere que nos enteremos para que no la juzguemos mal, aclara que toma el recaudo de apretar el cuello donde supuestamente es menos peligroso, en el costado, y no adelante.
La otra vez tuve la intuición de que el BDSM es la versión sexual del MMA. O viceversa, no sé. Como sea, dos mierdas cuyo auge tal vez sean reflejo, o emergente, o manifestación, de algo que sucede en estos tiempos. Yirando por el zapping, la otra noche encontré a una excitadísima Paloma Fabrykant comentando un combate de MMA definido por sumisión. Y allí, en esa palabra, encontré una clave.
Ambas prácticas comparten esa palabra, sumisión, y lo que implica: el disfrute de la violencia, el regodeo en la brutalidad y en la falta de metáforas, la búsqueda de la imposición, de someter al otro, de degradarlo y desintegrarlo hasta que sea una cosa, una (casi) nada que pide piedad. La cual se le concederá porque no somos psicópatas, sino cultores del "sano, seguro y consensuado". De modo similar a los torturadores que picanean con un médico al lado porque ellos también tienen un límite.

Su sumisa es sumamente bella y aún más cuando la torturan.Mis Felicitaciones!!

Excelente foto y tortura!


(Para evitar el riesgo de que me cierren el blog puse estas fotos a título ilustrativo, y no otras de usuarios del mismo sitio en las que se ven tetas amoratadas con los pezones atravesados por agujas de sacar sangre, esos mismos pezones sangrando, o penes y escrotos atados y estrangulados).

Se me rompieron las zapas (V)

Mi madre me considera una persona muy influenciable. Bah, mi madre frecuentemente me considera casi deficiente, siempre con esa mirada despreciativa que se le escapa y contamina a toda la gente con la que habla de mí.
Recuerdo, así, su frase “no sé quién te llena la cabeza”, dicha cuando propuse la venta del departamento para acceder a mi parte e irme de acá, porque, claro, eso no se me puede ocurrir a mí… Y sonrío de costado cuando noto que la persona a la que aludía es la misma que tenía predilección por las zapatillas negras, la misma que hizo un par de comentarios risueños sobre mis zapatillas blancas.
En 2009 pude no comprarme zapas, rompiendo la serie de un par por año, pero a comienzos de 2010, un tiempo en que trataba con frecuencia a esa persona, fue necesario un par nuevo, pues las Nike blancas pintadas de amarillo y verde se habían roto, y sólo me quedaban dos pares bastante destartalados y uno para correr, para destruirse corriendo.
Influencia o no, consideré la compra de unas zapatillas negras. (Después de usarlas puedo decir que tienen la ventaja de disimular la mugre mucho más que las blancas. En ocasiones que requieren zapatillas limpias, unas zapas blancas solo son usables si están recién lavadas, o casi. Y, en ese caso, el blanco resalta mucho, más de lo que me gusta). Definido el color, orienté la búsqueda hacia unas de cuero o similar, como las viejas Adidas que tanto me duraron o estas Nike, procurando impermeabilidad los días de lluvia y un firme ajuste del pie.
Al final, volví a decidirme por Reebok. Las más atractivas, negras con vivos violetas, sólo estaban hasta el número 40. Así que no hubo opción, y debí quedarme con las otras que me habían gustado, negras, con el logo y una parte de la media suela trasera en plateado, discretas y bonitas. Tras un par de peripecias, que incluyeron la necesidad de cambiarlas por unas un número más chico y la idea de llevar una cinta métrica para tener certeza del tamaño a la hora de hacer el cambio, una tarde de fines de febrero de 2010 las pagué 239 pe.
No eran de cuero, sino que tenían un revestimiento plástico, lo cual parecía propicio para cumplir el requisito de la impermeabilidad, y pronto se revelaron bastante calurosas. Pero estaban razonablemente bien. Y sumaba puntos lo fácil que era pegarles una ligera limpiada exterior con un papel húmedo. Las usé alternando con las otras, y su vida transcurrió, como la mía, sin mayores novedades. Hasta que una tarde, creo que en diciembre del año siguiente, quise cerrar la puerta del patio con el pie y agarré el saliente inferior de la puerta con el borde interno a la altura del dedo gordo. El contacto fue tan áspero que miré la zapatilla, y descubrí, con un desolado asombro, que estaba rota.
Repensando y repasando la situación, me surge una duda significativa sobre si se rompieron en esa acción o si ya estaban rotas de antes. Porque las roturas posteriores, similares, no pueden achacarse a un contacto ríspido con una arista rigurosa, y entonces pienso en su mala calidad, en la enorme fragilidad de la unión entre ese revestimiento y la suela o la ínfima media suela en la parte anterior del pie.
Un par de meses después las usé para ir a la médica, una tarde en que me agarró la lluvia al salir del consultorio. Tuve toda la precaución de caminar despacio y atento las dos cuadras que me separaban de la estación, pero ya en la mitad de ese breve recorrido se me habían empapado –y ensuciado– las medias y los pies de un modo tan excesivo como incomprensible. Porque no agarré de lleno ningún charco ni una de esas baldosas flojas que te hacen putear mientras sentís el agua escurriendo de la media y de la plantilla al paso siguiente.
Seguí usándolas, pero cada vez menos. No los días de lluvia, no cuando tenía ganas de dejar de lado mi look remendado. Hasta que una vez, supongo que poco después de aquel anochecer médico, las miré de cerca, tal vez sin los lentes, y noté un grado de destrucción asombroso: una estaba rota de ambos lados y la otra tenía roturas similares de un solo lado. Además, la suela de una de ellas se había horadado, quedado un creciente agujero a la altura del nacimiento de los dedos medios.
No me quedó otra que decidir no usarlas más, salvo para ir a correr. Que se desintegraran haciendo pasadas por la recta del fondo de la plaza, eludiendo distraídos que caminan con el celular y los auriculares o haciendo steeplechase para esquivar la caca de los perros que pasean y el meo de los humanos que viven allí.
Luego de unas pocas veces, sucedió, pero no exactamente de esa manera. Una tarde de agosto, al volver de la plaza, con las piernas pesadas de cansancio, pisé mal en la pronunciada pendiente que corona la esquina. Pisé frenando con la parte anterior del pie, y ahí fue el crac definitivo. Las dos cuadras que faltaban hasta mi casa fueron las últimas que caminé con ellas.
Llegué, las desarmé, saqué las plantillas para usarlas, quizá, en algunas de las Reebok más viejas, que tienen las suyas lógicamente gastadas. Guardé los cordones intactos para reemplazar los de unas de esas Reebok, que tenían las puntas pegadas con cinta scotch. Volví a asombrarme con lo destrozadas que estaban, no sólo en los costados delanteros, sino también en la punta, donde la suela literalmente se había desintegrado, y la media suela, rota de lado a lado, permitía que la plantilla asomara por el agujero resultante.
Las guardé bajo la cama con la intención de usarlas si pintaba mi pieza, así no corría el riesgo de chorrear de pintura otras zapas en mejores condiciones. Pasaron más de dos años de eso, dos años y medio, y nunca pinté. Y el lugar de “zapatillas para usar en situaciones donde es probable que se ensucien” pasó a ser ocupado por las primeras Reebok que me compré, a las cuales ya no da pegarles por enésima vez la suela con Poxiran.
Un día noté la inutilidad de tenerlas debajo de la cama (donde estuvieron un tiempo similar al que habían estado operativas), y las rescaté de ese limbo. Las enjuagué un poco para quitarles la pelusa acumulada y las miré un rato largo, reencontrándome con sus formas, con sus texturas y con los recuerdos que me traían.
Es aplastante notar el paso del tiempo. En general, siempre, y en especial al reencontrarse con cosas de la cotidianeidad, como esta. Ver o tocar (u oler) nuevamente, y tras un cierto lapso, algo que en su momento fue cosa de todos los días activa regiones cerebrales con una intensidad tal que me paraliza unos instantes. Y su consecuencia de aturdimiento permanece y me condiciona por un buen (mal) rato.
Tan apabullante como notar que perdí la noción del paso del tiempo. Desde comienzos de 2011 perdí esa noción. Creo. Desde el tiempo en que no guardo en un Word los posts que publico para releerlos y hacerles algún pequeño retoque si es necesario, por poner una arbitraria referencia temporal.
Demoré, como demoro todo, unos días el momento de tirarlas, pero pronto me decidí a hacerlo. De a una por vez, así su presencia postergada me ayuda a escribir este post de despedida. Y cumpliendo ese ritual absurdo de dejarlas en la calle, pero no donde se dejaban las bolsas de basura del edificio, ni en el contenedor que el GCBA puso junto a nuestra vereda y que ahora no sé dónde está porque los vecinos van moviéndolo ya que nadie lo quiere en su puerta. No allí, sino en alguna calle que haya caminado el día que las compré.
Esa tarde caminé varias cuadras con la zapatilla en la mano rumbo a su despedida. Sentí de nuevo su textura, los relieves del revestimiento, el entramado de la parte superior de la lengüeta, la mullida y sorprendentemente intacta parte que rodea el talón, creo que sentí también algunos momentos del tiempo en que era cotidiano –y, de tan cotidiano, irrelevante– tocarla.
Me impresiona mucho la memoria táctil: las toco, toco la parte de tela del contrafuerte, y es un viaje en el tiempo. Miro los círculos que sobreviven en el dibujo de la suela y me acuerdo de ese recital al que fui, de salir de casa con las zapas casi nuevas y, a los pocos pasos, en la oscuridad de la vereda, sentir que pisé caca de perro y comprobarlo mirando la suela; y tener que volver para cambiármelas. Se me hace presente la sucesión de veranos intrascendentes que vinieron después mientras la aprieto fuerte como queriendo agarrar así de fuerte el tiempo.
Finalmente, la posé sobre la parte superior de uno de esos tachos de basura nuevos y grises, en una esquina más o menos cercana, y seguí caminando no me acuerdo a dónde. Si es que iba a algún lado, que creo que no. Un rato después, volviendo a casa, me desvié una cuadra de mi camino para pasar de nuevo por esa esquina, a ver si la veía una vez más, como vi a aquella Nike una noche que la dejé en la esquina de acá atrás, como volví y vi a la otra en la plaza donde la dejé, en esa plaza a la que me acompañó algún mediodía grato.
Allí estaba, tirada en la vereda, de costado, como si alguien la hubiera tomado del lugar donde la dejé para llevársela y rápidamente la hubiera desechado por irrecuperable. La puse sobre su suela con el pie, me quedé mirándola mientras esperaba a que cambiara el semáforo, y cuando se puso en verde seguí mi camino. La miré por última vez, apoyada sobre esa vereda que transitó tantas veces, y la imagen fue que le faltaba yo. Me vi a mí caminando por ahí, capaz que con alguna expectativa, o con alguna compañía, por esa calle, por la esquina de la gomería. Y me pregunté dónde quedó esa que era yo hace cuatro o cinco años.

Give up

Si me cuesta tanto encontrar palabras, será que esa forma de comunicarme no es lo mío.
Si me cuesta tanto conectar, será que vine con el módem fallado de fábrica (entendiendo por fábrica no sólo el nacimiento, sino también la niñez).
Si me cuesta tanto arrancar, será que no hay a dónde ir.
Si me cuesta tanto que alguien deje un comment como el que me gustaría en algún post específico, en dos o tres, será que mis ilusiones respecto de ellos eran tan desviadas como fantasear con tener una carrera en el mundo del porno.
Si me cuesta tanto bajar de peso (si en vez de bajar, subo), será que debería dejar de intentarlo, y de pesarme a diario en la farmacia, y vivir a pan y pizza, que es más placentero.
Si me cuesta tanto coger, será que todxs se dan cuenta fácilmente de que no la van a pasar bien conmigo. (O que los mandatos de esta familia antigarche se impusieron pese a mis intentos en contrario).
Si me cuesta tanto que alguien quiera ir conmigo a ver a Dancing, será que mi sino es ir sin compañía y volver siempre sin compañía.
Si me cuesta tanto encontrar un médico que entienda y resuelva alguno de mis asuntos con la salud, será que eso ya no sucederá, y deberé asumir mis discapacidades como permanentes.
Si me cuesta tanto vengarme de los miserables que me mintieron, me maltrataron, me forrearon, me usaron y me desaparecieron, será que merezco sus humillaciones por no haber sabido desmarcarme, por ser invisible y no poder cobrárselas.
Si me cuesta tanto la vida, será que vivir tampoco es lo mío.

sábado, 7 de marzo de 2015

Etiquetas

Siempre rehusé etiquetar los posteos de este blog, agrupándolos temáticamente, pues me gustaba la idea de que el azar (más bien, san Google) trajera a la gente acá y que el mismo azar la hiciera llegar a algún post que le gustara.
Porque en este blog seguro que hay algunos posts que te gustarían. Y muchos otros que no. Y otros que ni fu ni fa; que, si venís dulce por dos o tres que te gustaron, capaz zafan, pero que si venís de abandonar la lectura de otros dos o tres en el primer párrafo, serán la piedra de toque para que hagas el clic de despedida.
Sin embargo, estos días, en los que estaba releyendo para ver si mis palabras me inspiraban a decir-me algo, y también para no repetir palabras, terminé entreteniéndome en esta selección.
Puede ser un intento de recuperar para mí alguna frase gustosa (“una púa de piedra y plomo”), alguna idea, algún recuerdo. Puede ser un mensaje para Google, que prioriza algunos posts (el de las zapatillas Olympikus, el de los cien mejores blues) y deja de lado otros, a los cuales les deseo más visitas, como el de Rafeef Ziadah, el dedicado al despreciable Fernando Savater o el que reproduce un fragmento de “Maestros antiguos”.
O puede servir como muestra e introducción –¡cómo tentación!– para alguien que llega acá y se encuentra con un post puteando a Randazzo, con otro que habla de running o no sé con qué, y tal vez por medio segundo se pregunte de qué va este blog.
Bueno. Va de muchas cosas. Por ejemplo, de estas. (También va de perros, de colibríes, de edificios, de recitales, de (anti) zoofagia. Y de canciones, que si estuviéramos en los 80 me tentaría a sacar un disco con las que posteé, como hacían algunos programas de TV).

Zapatillas
Se me rompieron las zapas (IV), Niñxs (otro post sobre zapatillas)
Despedidas
Un mail viejo, Despedidas (II) * De nuevo
¿Poemas?
Cualquier excusa es buena, Yo voy por escalera
Poemas
Plaza 9 de Julio, PosadasNada más queda
Gente de mierda
Traidora, Conviviendo con un psicópata
Trabajos
Corriendo, Lejos
Yo estudiante
“Los 12 años más felices de mi vida”, El cumple de la Tana, Un buen recuerdo de la fuck
Yo peatón
Semáforo, Injerto de tiempo
Incorrección política
Señalética necrofílica, Natalia Gaitán y Jorge Corsi
Vecinos de mierda
Empastillado, Juan Carlos Pelotudo (h), Valeria… naaa
Encarnación cartonera
Bajó el cartón, Conozco la ley
Palestina
Sionistas = Nazis, Un pueblo gozoso de sangre israelí
Asperger
Hablando por fonética, Autoestima de titanio
Outside
No integro la vida de nadie, Felicidades
Sustancias
Mala transa, La fiscal Mónica Cuñarro se parte de buena
Niños
Penas, Niño buscando comunicación
Besos
Beso, Beso
Familia
Feliz NavidadFucking manipuladores
Homo mediaticus
Lic. Lozano, Mogólicos
Reino vegetal
Jazmín, Eucaliptus
Médicos
Drogas más fuertes, dosis más grandes, Fibroscopio+blog
Trolas
Lo indecible, Sin clientes no hay trata
(No) dormir
Un mes, Sueño recurrente
Favoritos del público
La colorada, Ataque de adolescencia


Tal vez dure poco, tal vez lo borre cuando vuelva a postear, sobre las zapas que se me rompieron o sobre la superioridad moral que creen tener algunxs militontxs, sobre los volanteros de los prostíbulos de Tribunales o sobre los docentes que te dan apuntes escritos por ellos que resultan incomprensibles debido a su enemistad manifiesta con la sintaxis. Veremos.