domingo, 3 de mayo de 2015

Impuesto a la herencia

Como en casa estamos en plan de recortar gastos, desde hace un tiempo ya no recibimos el diario todos los días, sino solamente los fines de semana. Me impresiona notar cómo se (des)acostumbra uno a las cosas. Porque antes era muy notoria la sensación de ausencia cuando –digamos, un feriado– no estaba el diario para hojear a la hora de mi desayuno. Algo faltaba, y producía una sensación incómoda. Ahora, en cambio, le doy mucha menos bola, y a veces directamente no lo abro hasta la noche de ese sábado o domingo, hasta que esté al pedo en la cocina, picoteando algo.
Así fue cómo, en una hojeada tardía, caí en un artículo de un ex economista de Carrió (antes de que Carrió se transformara en esto que es ahora), un tal Rubén Lo Vuolo, sobre la situación impositiva en el país. El chabón dice algunas cosas con las cuales no se puede estar en desacuerdo, nada dice de otras con las que acordaría (ni una palabra sobre reducir la alícuota de un impuesto tan regresivo como el IVA, por ejemplo), y finalmente me hace estallar de ira cuando el muy pelotudo, o sorete, propone, amparándose en una cita de Piketty, un impuesto a la herencia.
Vivimos en un país donde el acceso a la vivienda propia es casi imposible, aunque tengas trabajo y tu trabajo sea en blanco, aunque ganes 12 lucas en blanco; donde el único modo de poder alcanzar el techo propio es que se mueran tus viejos para, con la herencia –y si sos hijo único–, llegar, por fin, a comprarte algo. A los 36. O a los 42. O a los 50.
En ese contexto aparece el muñeco este, siguiendo la línea marcada por Scioli (que promovió un impuesto de esta índole en la provincia que gobierna), reclamando, con pretensiones de progresismo, que se graven las herencias. Habla de la concentración de la riqueza, de que se subsidia a las familias de altos ingresos, y más palabrerío bienpensante.
Sin embargo, en la realidad, en su aplicación bonaerense, el monto no imponible es irrisorio. Después de la actualización que hicieron –que ya lleva un par de años sin modificarse y que fácilmente puede estar en camino de emular lo que sucede con el impuesto a las ganancias–, si sos heredero forzoso, comenzás a pagar a partir de recibir 250000 mangos (el 4% del total, que se paga siempre, más 5000 pesos en este tramo inicial de la escala).
Porque, como todos sabemos, 20000 dólares es una re fortuna. Sos un Ricardo Fort con esa guita, te comprás dos propiedades y el Rolls Royce…
Como siempre sucede, al menos en este país de mierda, cada impuesto es manipulable en orden a incrementar los ingresos que produce, como si el Estado fuese un yonki que necesita una dosis cada vez mayor. Entonces, el impuesto al cheque sigue vigente catorce años después de ser implementado por Cavallo. Y ya sabemos qué sucede con el impuesto a las ganancias y la deliberada desactualización del mínimo no imponible.
Por lo demás, el nuevo Código Civil, pactado con quien fue el jefe de la oposición y en unos lustros será San Francisco de Buenos Aires, amplía de 20 a 33 el porcentaje que se puede testar en beneficio de quienes no son herederos determinados por ley. Y como ese porcentaje sólo afecta la parte de los hijos –y no la del cónyuge, cuya mitad permanece intacta–, estos pueden quedar aún más lejos del departamento propio.
En su argumentación, Lo Vuolo dice que lo recaudado por impuestos sobre ingresos y rentas es muy bajo. Yo les preguntaría a los que pagan ganancias qué opinan de esa afirmación. Por ejemplo, a los apretados pasajeros cuya conversación escuchaba en el 341 que tomé la otra vez en Polvorines a las siete de la tarde les preguntaría, ya que uno de ellos paga ganancias y el otro se salva porque las horas extras se las garpan en negro.
Agrega que los impuestos sobre la propiedad recaudan muy poco, y yo, intuitivamente, diría que lo que se gasta es mucho. Sobre todo –y más allá de la que se chorearen–, que gastan mucho en pelotudeces. En subsidiar a los hijos de mil putas que tienen uno, dos, tres aires acondicionados por departamento, y que lo encienden aunque haga 22 grados. En pagar múltiples lameculos, lamebotas y brancatellis; en la construcción de la proceritud billikenesca de Grosman, en el Fútbol para Todos o en los múltiples pagos de la ANSeS, que incluyen tantísimos planes, muchos de ellos de asignación cuestionable, o las compensaciones a las víctimas de la violencia estatal y a sus descendientes (que casi no abarca a los perseguidos por el peronismo, pues su fecha de corte, oportunísima, es el 16 de junio de 1955).
Y no sé en qué mierda gastó Scioli la guita del impuesto a la herencia, pero seguro que no en prevenir las inundaciones en La Plata.
Para eso Lo Vuolo quiere un impuesto a la herencia… Un pelotudo así sólo se compara en estos días con el candidato del FIT Del Corro, que, subido al tren de pegarle al malo maloso de Macri, habla del problema de la vivienda en la ciudad y únicamente se refiere a urbanizar las villas.
Me cago en las villas, pelotudo. Me cago en las villas (donde no pagan la luz, que se la pagamos todos) y en tu bienpensar, Patricio Del Corro. ¡Hablá del problema de la vivienda en las clases medias, la concha trosca de tu madre! De paso, pediles a Gutiérrez, a Katopodis y a los demás intendentes del conurbano que urbanicen las villas. ¿O solo la CABA tiene que urbanizarlas? Y pensá en cuántos nuevos asentamientos florecerán justo al lado de las villas urbanizadas, con habitantes que, apoyados por gargantas poderosas y apuntando a la culpa clasemediera, reclamarán que se urbanicen estos nuevos asentamientos…
Me corrijo. Hay otros que rankean así de alto en la pelotudez: Lozano y los suyos, que también se limitan a hablar de urbanizar las villas, y, sobre todo, los que hicieron ese aviso que veo pegado en las calles, el que habla de lo maravilloso de este gobierno municipal, que da créditos para que uno pueda… ¡alquilar! No para comprarse una casa, ¡para alquilar están dando créditos…! Bah, no sé si son pelotudos o sincericidas. Porque, según veo, para alquilar un depto de un ambiente, tres lucas por mes, tenés que tener, además de la garantía, diez o doce lucas para arrancar.
(En la infinita serie de volantes que se entregan por las calles porteñas en este tiempo preelectoral, recibo uno del FIT donde desarrollan la pelotudez expuesta por Del Corro, donde coinciden con el PRO respecto de la garantía estatal a los inquilinos, donde proponen un Banco Ciudad cuyo directorio sea electo por organizaciones populares –sí, son pelotudos de verdad, y profundamente– y donde nada dicen de poder comprarse un departamento, el cual, dicho sea de paso, tendrá, como todos, paredes finitas y un hacinamiento apenas más disimulado que el de una villa).
Así, la profundización de medidas cuyo fin es alejar a la gente de la posibilidad de ser propietario no me resulta casual. No me sale creer que no se dieron cuenta de eso. Quizá sea un exceso de conspiranoia, pero sospecho que en algún lugar se tomó la decisión de que esta generación –y seguramente las que vienen–, cuando le llegue el tiempo de jubilarse, en veinte o treinta años, no tenga, por pagos en negro, sumas no remunerativas, etc., los aportes correspondientes (y aun si los tuviera, que no cobre de modo acorde con ellos) ni tampoco tenga un techo propio.

Digámoslo claramente


Gracias por mi castigo, amo.


El BDSM es una mierda.
Por más chamuyo que inventen, por más que insistan con el latiguillo de “sano, seguro y consensuado”… Un carajo sano es algo que te lastima. Que te hace sangrar o te provoca dolor. Para mencionar únicamente elementos objetivos, y no hablar de cuestiones psicológicas.
En cada palabra, en cada pantomima del maltrato, en cada latigazo o en cada chirlo –como, según Freud, sucede con cada chiste–, subyace, y emerge, tu verdadera faz. Con cada encierro en una caja metálica con barrotes, con cada atadura en posiciones dolorosamente antinaturales, con cada forma de sometimiento, sonríen desde el más allá todos los verdugos de la historia. (Y con los dispositivos eléctricos sonríen los Lugones Jr., y los Etchecolatz, los Contreras y los Mitrione, para hablar sólo de los más cercanos).
Me cago largamente, con un soruyo de 22 centímetros continuos, en el BDSM, en quienes lo practican y, especialmente, en quienes pretenden darle un barniz teórico usando palabras como “filosofía” o “comunidad”. En los que, desde el pedestal que ocupan los esclarecidos que se permiten estas sofisticaciones, hablan del significado del collar; en los que identifican con la evolución el hecho de que “solo nuestra especie inflige el dolor a un semejante por placer, aunque no más sea en un juego sexual”, en los que interpretan arbitrariamente pasajes de “La dialéctica del amo y el esclavo”, en los que se regodean en la pertenencia usando –despectivamente– la palabra "vainilla" y dicen: "Sabemos, también, que más de un vainilla se horrorizaría ante la sola idea de un spank, leve, amistoso".
Y particularmente en la dominante que declara: “Me encanta ahorcar con una mano mientras pego cachetazos con la otra…”, pero que, como es muy cuidadosa, y quiere que nos enteremos para que no la juzguemos mal, aclara que toma el recaudo de apretar el cuello donde supuestamente es menos peligroso, en el costado, y no adelante.
La otra vez tuve la intuición de que el BDSM es la versión sexual del MMA. O viceversa, no sé. Como sea, dos mierdas cuyo auge tal vez sean reflejo, o emergente, o manifestación, de algo que sucede en estos tiempos. Yirando por el zapping, la otra noche encontré a una excitadísima Paloma Fabrykant comentando un combate de MMA definido por sumisión. Y allí, en esa palabra, encontré una clave.
Ambas prácticas comparten esa palabra, sumisión, y lo que implica: el disfrute de la violencia, el regodeo en la brutalidad y en la falta de metáforas, la búsqueda de la imposición, de someter al otro, de degradarlo y desintegrarlo hasta que sea una cosa, una (casi) nada que pide piedad. La cual se le concederá porque no somos psicópatas, sino cultores del "sano, seguro y consensuado". De modo similar a los torturadores que picanean con un médico al lado porque ellos también tienen un límite.

Su sumisa es sumamente bella y aún más cuando la torturan.Mis Felicitaciones!!

Excelente foto y tortura!


(Para evitar el riesgo de que me cierren el blog puse estas fotos a título ilustrativo, y no otras de usuarios del mismo sitio en las que se ven tetas amoratadas con los pezones atravesados por agujas de sacar sangre, esos mismos pezones sangrando, o penes y escrotos atados y estrangulados).

Se me rompieron las zapas (V)

Mi madre me considera una persona muy influenciable. Bah, mi madre frecuentemente me considera casi deficiente, siempre con esa mirada despreciativa que se le escapa y contamina a toda la gente con la que habla de mí.
Recuerdo, así, su frase “no sé quién te llena la cabeza”, dicha cuando propuse la venta del departamento para acceder a mi parte e irme de acá, porque, claro, eso no se me puede ocurrir a mí… Y sonrío de costado cuando noto que la persona a la que aludía es la misma que tenía predilección por las zapatillas negras, la misma que hizo un par de comentarios risueños sobre mis zapatillas blancas.
En 2009 pude no comprarme zapas, rompiendo la serie de un par por año, pero a comienzos de 2010, un tiempo en que trataba con frecuencia a esa persona, fue necesario un par nuevo, pues las Nike blancas pintadas de amarillo y verde se habían roto, y sólo me quedaban dos pares bastante destartalados y uno para correr, para destruirse corriendo.
Influencia o no, consideré la compra de unas zapatillas negras. (Después de usarlas puedo decir que tienen la ventaja de disimular la mugre mucho más que las blancas. En ocasiones que requieren zapatillas limpias, unas zapas blancas solo son usables si están recién lavadas, o casi. Y, en ese caso, el blanco resalta mucho, más de lo que me gusta). Definido el color, orienté la búsqueda hacia unas de cuero o similar, como las viejas Adidas que tanto me duraron o estas Nike, procurando impermeabilidad los días de lluvia y un firme ajuste del pie.
Al final, volví a decidirme por Reebok. Las más atractivas, negras con vivos violetas, sólo estaban hasta el número 40. Así que no hubo opción, y debí quedarme con las otras que me habían gustado, negras, con el logo y una parte de la media suela trasera en plateado, discretas y bonitas. Tras un par de peripecias, que incluyeron la necesidad de cambiarlas por unas un número más chico y la idea de llevar una cinta métrica para tener certeza del tamaño a la hora de hacer el cambio, una tarde de fines de febrero de 2010 las pagué 239 pe.
No eran de cuero, sino que tenían un revestimiento plástico, lo cual parecía propicio para cumplir el requisito de la impermeabilidad, y pronto se revelaron bastante calurosas. Pero estaban razonablemente bien. Y sumaba puntos lo fácil que era pegarles una ligera limpiada exterior con un papel húmedo. Las usé alternando con las otras, y su vida transcurrió, como la mía, sin mayores novedades. Hasta que una tarde, creo que en diciembre del año siguiente, quise cerrar la puerta del patio con el pie y agarré el saliente inferior de la puerta con el borde interno a la altura del dedo gordo. El contacto fue tan áspero que miré la zapatilla, y descubrí, con un desolado asombro, que estaba rota.
Repensando y repasando la situación, me surge una duda significativa sobre si se rompieron en esa acción o si ya estaban rotas de antes. Porque las roturas posteriores, similares, no pueden achacarse a un contacto ríspido con una arista rigurosa, y entonces pienso en su mala calidad, en la enorme fragilidad de la unión entre ese revestimiento y la suela o la ínfima media suela en la parte anterior del pie.
Un par de meses después las usé para ir a la médica, una tarde en que me agarró la lluvia al salir del consultorio. Tuve toda la precaución de caminar despacio y atento las dos cuadras que me separaban de la estación, pero ya en la mitad de ese breve recorrido se me habían empapado –y ensuciado– las medias y los pies de un modo tan excesivo como incomprensible. Porque no agarré de lleno ningún charco ni una de esas baldosas flojas que te hacen putear mientras sentís el agua escurriendo de la media y de la plantilla al paso siguiente.
Seguí usándolas, pero cada vez menos. No los días de lluvia, no cuando tenía ganas de dejar de lado mi look remendado. Hasta que una vez, supongo que poco después de aquel anochecer médico, las miré de cerca, tal vez sin los lentes, y noté un grado de destrucción asombroso: una estaba rota de ambos lados y la otra tenía roturas similares de un solo lado. Además, la suela de una de ellas se había horadado, quedado un creciente agujero a la altura del nacimiento de los dedos medios.
No me quedó otra que decidir no usarlas más, salvo para ir a correr. Que se desintegraran haciendo pasadas por la recta del fondo de la plaza, eludiendo distraídos que caminan con el celular y los auriculares o haciendo steeplechase para esquivar la caca de los perros que pasean y el meo de los humanos que viven allí.
Luego de unas pocas veces, sucedió, pero no exactamente de esa manera. Una tarde de agosto, al volver de la plaza, con las piernas pesadas de cansancio, pisé mal en la pronunciada pendiente que corona la esquina. Pisé frenando con la parte anterior del pie, y ahí fue el crac definitivo. Las dos cuadras que faltaban hasta mi casa fueron las últimas que caminé con ellas.
Llegué, las desarmé, saqué las plantillas para usarlas, quizá, en algunas de las Reebok más viejas, que tienen las suyas lógicamente gastadas. Guardé los cordones intactos para reemplazar los de unas de esas Reebok, que tenían las puntas pegadas con cinta scotch. Volví a asombrarme con lo destrozadas que estaban, no sólo en los costados delanteros, sino también en la punta, donde la suela literalmente se había desintegrado, y la media suela, rota de lado a lado, permitía que la plantilla asomara por el agujero resultante.
Las guardé bajo la cama con la intención de usarlas si pintaba mi pieza, así no corría el riesgo de chorrear de pintura otras zapas en mejores condiciones. Pasaron más de dos años de eso, dos años y medio, y nunca pinté. Y el lugar de “zapatillas para usar en situaciones donde es probable que se ensucien” pasó a ser ocupado por las primeras Reebok que me compré, a las cuales ya no da pegarles por enésima vez la suela con Poxiran.
Un día noté la inutilidad de tenerlas debajo de la cama (donde estuvieron un tiempo similar al que habían estado operativas), y las rescaté de ese limbo. Las enjuagué un poco para quitarles la pelusa acumulada y las miré un rato largo, reencontrándome con sus formas, con sus texturas y con los recuerdos que me traían.
Es aplastante notar el paso del tiempo. En general, siempre, y en especial al reencontrarse con cosas de la cotidianeidad, como esta. Ver o tocar (u oler) nuevamente, y tras un cierto lapso, algo que en su momento fue cosa de todos los días activa regiones cerebrales con una intensidad tal que me paraliza unos instantes. Y su consecuencia de aturdimiento permanece y me condiciona por un buen (mal) rato.
Tan apabullante como notar que perdí la noción del paso del tiempo. Desde comienzos de 2011 perdí esa noción. Creo. Desde el tiempo en que no guardo en un Word los posts que publico para releerlos y hacerles algún pequeño retoque si es necesario, por poner una arbitraria referencia temporal.
Demoré, como demoro todo, unos días el momento de tirarlas, pero pronto me decidí a hacerlo. De a una por vez, así su presencia postergada me ayuda a escribir este post de despedida. Y cumpliendo ese ritual absurdo de dejarlas en la calle, pero no donde se dejaban las bolsas de basura del edificio, ni en el contenedor que el GCBA puso junto a nuestra vereda y que ahora no sé dónde está porque los vecinos van moviéndolo ya que nadie lo quiere en su puerta. No allí, sino en alguna calle que haya caminado el día que las compré.
Esa tarde caminé varias cuadras con la zapatilla en la mano rumbo a su despedida. Sentí de nuevo su textura, los relieves del revestimiento, el entramado de la parte superior de la lengüeta, la mullida y sorprendentemente intacta parte que rodea el talón, creo que sentí también algunos momentos del tiempo en que era cotidiano –y, de tan cotidiano, irrelevante– tocarla.
Me impresiona mucho la memoria táctil: las toco, toco la parte de tela del contrafuerte, y es un viaje en el tiempo. Miro los círculos que sobreviven en el dibujo de la suela y me acuerdo de ese recital al que fui, de salir de casa con las zapas casi nuevas y, a los pocos pasos, en la oscuridad de la vereda, sentir que pisé caca de perro y comprobarlo mirando la suela; y tener que volver para cambiármelas. Se me hace presente la sucesión de veranos intrascendentes que vinieron después mientras la aprieto fuerte como queriendo agarrar así de fuerte el tiempo.
Finalmente, la posé sobre la parte superior de uno de esos tachos de basura nuevos y grises, en una esquina más o menos cercana, y seguí caminando no me acuerdo a dónde. Si es que iba a algún lado, que creo que no. Un rato después, volviendo a casa, me desvié una cuadra de mi camino para pasar de nuevo por esa esquina, a ver si la veía una vez más, como vi a aquella Nike una noche que la dejé en la esquina de acá atrás, como volví y vi a la otra en la plaza donde la dejé, en esa plaza a la que me acompañó algún mediodía grato.
Allí estaba, tirada en la vereda, de costado, como si alguien la hubiera tomado del lugar donde la dejé para llevársela y rápidamente la hubiera desechado por irrecuperable. La puse sobre su suela con el pie, me quedé mirándola mientras esperaba a que cambiara el semáforo, y cuando se puso en verde seguí mi camino. La miré por última vez, apoyada sobre esa vereda que transitó tantas veces, y la imagen fue que le faltaba yo. Me vi a mí caminando por ahí, capaz que con alguna expectativa, o con alguna compañía, por esa calle, por la esquina de la gomería. Y me pregunté dónde quedó esa que era yo hace cuatro o cinco años.

Give up

Si me cuesta tanto encontrar palabras, será que esa forma de comunicarme no es lo mío.
Si me cuesta tanto conectar, será que vine con el módem fallado de fábrica (entendiendo por fábrica no sólo el nacimiento, sino también la niñez).
Si me cuesta tanto arrancar, será que no hay a dónde ir.
Si me cuesta tanto que alguien deje un comment como el que me gustaría en algún post específico, en dos o tres, será que mis ilusiones respecto de ellos eran tan desviadas como fantasear con tener una carrera en el mundo del porno.
Si me cuesta tanto bajar de peso (si en vez de bajar, subo), será que debería dejar de intentarlo, y de pesarme a diario en la farmacia, y vivir a pan y pizza, que es más placentero.
Si me cuesta tanto coger, será que todxs se dan cuenta fácilmente de que no la van a pasar bien conmigo. (O que los mandatos de esta familia antigarche se impusieron pese a mis intentos en contrario).
Si me cuesta tanto que alguien quiera ir conmigo a ver a Dancing, será que mi sino es ir sin compañía y volver siempre sin compañía.
Si me cuesta tanto encontrar un médico que entienda y resuelva alguno de mis asuntos con la salud, será que eso ya no sucederá, y deberé asumir mis discapacidades como permanentes.
Si me cuesta tanto vengarme de los miserables que me mintieron, me maltrataron, me forrearon, me usaron y me desaparecieron, será que merezco sus humillaciones por no haber sabido desmarcarme, por ser invisible y no poder cobrárselas.
Si me cuesta tanto la vida, será que vivir tampoco es lo mío.

sábado, 7 de marzo de 2015

Etiquetas

Siempre rehusé etiquetar los posteos de este blog, agrupándolos temáticamente, pues me gustaba la idea de que el azar (más bien, san Google) trajera a la gente acá y que el mismo azar la hiciera llegar a algún post que le gustara.
Porque en este blog seguro que hay algunos posts que te gustarían. Y muchos otros que no. Y otros que ni fu ni fa; que, si venís dulce por dos o tres que te gustaron, capaz zafan, pero que si venís de abandonar la lectura de otros dos o tres en el primer párrafo, serán la piedra de toque para que hagas el clic de despedida.
Sin embargo, estos días, en los que estaba releyendo para ver si mis palabras me inspiraban a decir-me algo, y también para no repetir palabras, terminé entreteniéndome en esta selección.
Puede ser un intento de recuperar para mí alguna frase gustosa (“una púa de piedra y plomo”), alguna idea, algún recuerdo. Puede ser un mensaje para Google, que prioriza algunos posts (el de las zapatillas Olympikus, el de los cien mejores blues) y deja de lado otros, a los cuales les deseo más visitas, como el de Rafeef Ziadah, el dedicado al despreciable Fernando Savater o el que reproduce un fragmento de “Maestros antiguos”.
O puede servir como muestra e introducción –¡cómo tentación!– para alguien que llega acá y se encuentra con un post puteando a Randazzo, con otro que habla de running o no sé con qué, y tal vez por medio segundo se pregunte de qué va este blog.
Bueno. Va de muchas cosas. Por ejemplo, de estas. (También va de perros, de colibríes, de edificios, de recitales, de (anti) zoofagia. Y de canciones, que si estuviéramos en los 80 me tentaría a sacar un disco con las que posteé, como hacían algunos programas de TV).

Zapatillas
Se me rompieron las zapas (IV), Niñxs (otro post sobre zapatillas)
Despedidas
Un mail viejo, Despedidas (II) * De nuevo
¿Poemas?
Cualquier excusa es buena, Yo voy por escalera
Poemas
Plaza 9 de Julio, Posadas,  Nada más queda
Gente de mierda
Traidora, Conviviendo con un psicópata
Trabajos
Corriendo, Lejos
Yo estudiante
“Los 12 años más felices de mi vida”, El cumple de la Tana, Un buen recuerdo de la fuck
Yo peatón
Semáforo, Injerto de tiempo
Incorrección política
Señalética necrofílica, Natalia Gaitán y Jorge Corsi
Vecinos de mierda
Empastillado, Juan Carlos Pelotudo (h), Valeria… naaa
Encarnación cartonera
Bajó el cartón, Conozco la ley
Palestina
Sionistas = Nazis, Un pueblo gozoso de sangre israelí
Asperger
Hablando por fonética, Autoestima de titanio
Outside
No integro la vida de nadie, Felicidades
Sustancias
Mala transa, La fiscal Mónica Cuñarro se parte de buena
Niños
Penas, Niño buscando comunicación
Besos
Beso, Beso
Familia
Feliz Navidad,  Fucking manipuladores
Homo mediaticus
Lic. Lozano, Mogólicos
Reino vegetal
Jazmín, Eucaliptus
Médicos
Drogas más fuertes, dosis más grandes, Fibroscopio+blog
Trolas
Lo indecible, Sin clientes no hay trata
(No) dormir
Un mes, Sueño recurrente
Favoritos del público
La colorada, Ataque de adolescencia


Tal vez dure poco, tal vez lo borre cuando vuelva a postear, sobre las zapas que se me rompieron o sobre la superioridad moral que creen tener algunxs militontxs, sobre los volanteros de los prostíbulos de Tribunales o sobre los docentes que te dan apuntes escritos por ellos que resultan incomprensibles debido a su enemistad manifiesta con la sintaxis. Veremos.

sábado, 31 de enero de 2015

Corriendo por la bicisenda

¿De qué sirven los aniversarios? Los cumpleaños, los aniversarios de difuntos, los años nuevos, los hoy-hace-tantos-días/semanas/meses que…, los aniversarios de casados, los números redondos, las celebraciones… Insignificancias, si la presencia se renueva y se reafirma con frecuencia. Pero si eso no está sucediendo, son la ilusión a la que nos agarramos para que el vínculo se reanude.
El año pasado mi cumpleaños cayó en domingo, y a la tarde salí a caminar para escapar de la murga que tous les dimanches viene a joder a la plaza de enfrente. Sin decidirlo conscientemente, terminé más o menos cerca de la Biblioteca Nacional, y, como recordaba que allí queda uno de los pocos teléfonos públicos sobrevivientes, se transformó en mi destino para ver si alguien me había llamado, si alguien quería verme. El teléfono, que en su display dice aceptar sólo números gratuitos, rechaza mi llamado al 0800 del contestador. Insisto una vez más, conteniendo la respiración pues el homeless que yace en la vereda, a unos metros, huele a mierda de días; pero es inútil: no me puedo comunicar.
Sigo caminando por la zona, y descarto ir a Paseo Alcorta a usar sus teléfonos públicos (no era para tanto, quise mentirme: y me creí). Me acerco a Libertador para mi entretenimiento de relevar las zapatillas de los que corren por ahí, y cuando miro de nuevo la hora, se hicieron casi las 8. Tal vez por el influjo de Asicslandia, se me ocurre que deberíamos ganar las veredas, tan desoladas, tan empinadas, de la calle Gelly y Obes para entrenar cuestas. Y se me ocurre también que puedo volverme a casa corriendo por las bicisendas.
Eso hago. Sobrevivo a los autos discípulos de Hitler que gasean a los ciclistas en las avenidas. Llego a las calles con poco tránsito, donde, de pronto, el ritmo de los pasos rebotando en la calzada se/me acerca al trance. Un trance que, sin embargo, no permite distracciones porque cambia el semáforo, porque hay peatones que cruzan por la mitad de la cuadra, porque vienen ciclistas en sentido inverso (y yo voy corriendo por el carril de contramano, ya que el otro tiene una pendiente imposible).
El momento en que agarraste velocidad crucero y los pasos tienen un ritmo perfecto e incesante que parece no demandar esfuerzo, cuando el entorno calla, permite encontrarse con el sonido de las zapas contra el asfalto, pac pac pac pac pac pac pac… Requiere atención y dura poco, como cuando logro agarrar la línea del bajo en algún recital, pero, si ocurre, ese equilibrio exacto entre esfuerzo y respuesta, entre abstracción y atención al entorno, permite ser consciente de cuando (de cómo) el suelo te agarra y te suelta en las medidas justas. Después te agitás, el paso se descompone, apretás fuerte las llaves que llevás en la mano, y pensar en cuánto falta acapara casi toda la atención.
Finalmente, llego a casa, y ahí me doy cuenta de que no era por Asicslandia ni por tener puestas las de correr que volví corriendo. Antes de bañarme, antes de tomar agua, lo primero que hago es agarrar el teléfono y ver si llamó alguien. Pero no, “usted no ha recibido ningún mensaje nuevo”.

El Sarmiento era de otro mundo (en febrero de 2012)

En un recorrido sin sentido por la web llegué hasta un blog oficialista en el cual se comentaba un viaje en el Sarmiento y se afirmaba que era una lástima tener que bajarse de un tren nuevo con pasajeros sentados, aire acondicionado y el partido (de Fútbol para Todos, claro) en televisores LED. Otros blogueros del endogámico mundo K comentaban dando su entusiasmada aprobación al posteo. Para uno era muy bonito, para otro estaba buenísimo y parecía de otro mundo. En febrero de 2012. Diez días antes del múltiple homicidio.
Elegí no dejarle un mensaje puteándolo al forro que escribió eso porque desconté que vendría la mini horda que se publicita endogámicamente en sus blogrolls a usar la palabreja “opo” y a argumentar falazmente. Pero de algún modo quería sacarme el asombro y la indignación ante semejante mierda, propia de defensores de Jaime, Schiavi y Kirchner (sí, Él también, Él es ellos). Porque algunos quedan aún hoy, y, cual negadores patológicos, o miserables arrastrados repetidores de la versión cuasioficial, hablan de que fue un atentado, como si los motormen del Sarmiento fueran parte de una célula yihadista o algo así.
Tan esforzados en vincular con ese “atentado” a Sobrero y su agrupación no alineada con el Gobierno, se olvidan no sólo de cómo andaba el Sarmiento: se olvidan del Mitre y sus descarrilamientos frecuentes en Palermo, del tren que siguió de largo en la estación Buenos Aires del Belgrano Sur, del choque del San Martín en San Miguel, del estado de total abandono de los ramales diésel del Mitre y del Sarmiento… Estas lacras son de la misma laya de quienes agitaban con la foto de un cura dándole la comunión a Videla, pretendiendo que el cura era Bergoglio, a sabiendas de que no era.
La construcción de realidades, a la que son tan afectos, revela cómo consideran a la gente: meras marionetas de su conveniencia que, cuando crean y repitan su verso, los harán subir en el escalafón de hijos de puta remunerados por el Estado. Y qué sentido le dan al discurso y la comunicación: la palabra como medio para ocupar lugares, no importa su pertinencia o su veracidad, en la búsqueda sistemática de la imposición de la propia voz, el autoensalzamiento, la exculpación y la justificación de todo lo hecho (salvo las pocas veces en que les bajan la línea de que es insosteniblemente obsceno justificarse), y la descalificación del otro, que muchas veces se manifiesta en el deseo de suprimirlo.
Una de esas realidades se trató de construir cuando el Estado, a través de sus voceros y su oligopolio informativo, procuró instalar la idea del maquinista epiléptico y, luego, la del maquinista borracho: recuerdo claramente a las ratas Paulo Kablan, Andrés Klipphan y Claudio Zin agitándola en C5N, leyendo con tono de superprimicia el “resultado de las pericias” que confirmaban la presencia de rastros de alcohol en la sangre del maquinista. No conformes con eso, agregaban que la extracción de sangre se había realizado varias horas después del choque, de lo cual deducían que a las 8:31 estaba aún más borracho.
Esa insistencia patológica en la construcción de realidades comienza, se sabe, en la propia presidente. En lo referido a este hecho, luego del múltiple homicidio reapareció, tras varios días de silencio, en un acto multitudinario. Además de “vamos por todo”, entonces dijo: “No esperen de mí actos demagógicos, y menos aún ante la muerte. Con la muerte no”. A los tres o cuatro días, la que no hace demagogia con la muerte presentó en un acto televisado a una supuesta militante de su partido, que supuestamente viajaba en el tren de la masacre.
La chica apareció ante las cámaras con una remera de una organización oficialista mientras la presidente usaba sus particularmente despreciables diminutivos y le restaba toda trascendencia al choque: ni una palabra sobre los muertos o sus familias. Sólo la militante, una excusa para criticar a ciertos medios, y una frase reveladora: “Bajó pensando que era un golpe más”.
Por cierto, curiosa lógica la de los militantes de La Schiavi: fue un sabotaje, pero, en vez de denunciarlo, el Estado ¡cambió los trenes!
Otros oficialistas, un poco más rescatados, hablan maravillas de Randazzo, poniendo distancia de la gestión de Jaime y Schiavi y su connivencia con los Cirigliano. Lástima que Randazzo, como ministro de Transporte (¿o es sólo ministro de Pasaportes y Documentos Biométricos?), siga permitiendo aún hoy las truchadas del grupo Plaza, que acorta el recorrido de sus líneas de colectivos 136, 153 y 163, perjudicando a decenas de miles de personas, o que presta servicio en la línea 104 con menos de cinco coches (a veces, con dos coches).
¿El Estado kirchnerista haciendo la vista gorda ante las irregularidades del grupo Cirigliano? Mmmm… Me suena… Tu cara me suena, Randy: hacés lo mismo que Schiavi y Jaime.
Y no sólo con Plaza. El ente de contralor brilla por su ausencia también a la hora de controlar a la nueva empresa favorita del gobierno, el grupo misionero Zbikoski, que crece a ritmo llamativo y acumula más y más líneas de colectivos en Capital y el Gran Buenos Aires, como sucedió con Plaza (y con Dota) en los 90 y en los 2000.
Ni te cuento si esta empresa se hace cargo de las líneas de Ecotrans, como se rumorea… Bueno, si eso se da, sería un nuevo negocio entre Zbikoski y Cirigliano, apañado por el ministro de Transporte. Pues ya hicieron uno, con los trenes del Tren de los Pueblos Libres, ese fracaso descomunal que la presidente y sus funcionarios de Transporte le otorgaron al grupo Cirigliano para unir Pilar con la ciudad uruguaya de Paso de los Toros. Y que circuló menos de seis meses…
Ahora, el mes pasado, comenzó a prestarse un servicio ferroviario entre Posadas y la ciudad paraguaya de Encarnación, cuya concesión se otorgó directamente, es decir, sin licitación… La beneficiada fue una empresa del grupo Zbikoski, y los coches que usa son los mismos del tren a Uruguay, vendidos oportunamente por TBA, la empresa del grupo Cirigliano, a los Zbikoski antes de que se declarara la quiebra de TBA. Randazzo da el okey. Y el subsidio, claro. Y entre tantas firmas se le escapa otra, la que manda a empapelar la ciudad con su imagen de precandidato, violando la ley al respecto, sancionada durante este gobierno.
En los blogs y las cuentas de Twitter que responden al oficialismo, el tema del transporte había mutado en la caza del trosko ferroviario, nuevo objetivo de las acusaciones del Gobierno y de sus militantes, e iba quedando desplazado por la justificación de la ley de autoamnistía –que no tiene la forma de 1983, sino la de elección al Parlasur– o, quizá, por la preparación del próximo: denostar al futuro gobierno por la inevitable devaluación que deberá realizar, consecuencia del enorme atraso cambiario (Olga Bulat les recomienda “si su inversión es de acá a un año, compren dólares si pueden”), y por los aumentos que deberá autorizar en los servicios públicos. Cultivando el Menem style, le dejarán al que llegue una bomba de tiempo. Y cuando explote, o trate de desactivarla, estarán listos para reírse y criticar.
(Uh, me dicen por cucaracha que el agua ya aumentó un 400%… La luz no, ese aumento lo postergan, ese es muy sensible para la clase media aireacondicionada).
Pero a veces todo queda atrás rápida e inesperadamente, y los negadores de la inflación, los que le echan la culpa de los cortes de luz a Edesur, los puteadores de opos, troskos y tibios, de pronto se transformaron en expertos en seguridad e inteligencia. Tan rápido queda atrás todo que Olga Bulat hoy abre el diario y se entera de que va a tener que cambiarse el apellido…

martes, 23 de diciembre de 2014

El sonido de estar acompañado

Es la calle, de noche, y dejo de alimentar el motor del diálogo. Quiero concentrarme en el silencio perfecto de la madrugada, donde se integra, paso a paso, el rítmico toc toc toc de tus tacos.
Mucho no te va, parece, porque rápidamente preguntás "¿qué pasa?". Como un sordomudo vocacional, como un telépata falto de confianza, con un gesto y un par de ademanes trato de decirte que escuches. La vibración distinta del aire, el sonido de estar acompañado no son las palabras.
Te agarro la mano, cierro los ojos y los próximos pasos los doy a ciegas, caminando despacio para estirar el momento.
El toc toc toc se hace más fuerte, hasta que me despierta, y me doy cuenta de que un pájaro picotea con fuerza el toldo del patio.

Ficciones

Cuestión que boludeando en yopmail encontré la forma de entrar a un par de cuentas de un sitio web “para hacer amigos”. Novedad, aburrimiento y exceso de incomunicación concurrieron para que mandara algunos mensajes, y así me puse a “charlar” con una chica cuyas fotos la mostraban muy bonita –de las más bonitas y sugerentes del sitio, sin duda– y que en su perfil manifestaba interés por las charlas calientes.
Creo que fue la única que me respondió un mensaje, y pese a que no estábamos on line simultáneamente, la “conversación” algo fructificó, hasta que, de la nada, mandó un “¿no ves?, la cagás”. Cuando le pregunté por qué decía eso, y antes de que me respondiera, si es que iba a hacerlo, si es que no era un ejercicio de crueldad y capricho de chica linda, apareció el usuario original de la cuenta, a la que yo creía abandonada (como abandonada estaba la de otro sitio similar a la que accedí de igual forma), hizo un par de acotaciones, la chica no entendió lo que sucedía y terminó la conversación con un “insulto” que revelaba su edad: “Sos un virgen”.
Me hice una cuenta propia, traté vanamente de retomar las charlas calientes con Melanie, y enseguida la realidad unánime de mi nueva inexistencia (construida esta vez por gente que no responde mi mensaje, por gente que no lee mi mensaje, por gente que no mira mi perfil) aniquiló cualquier expectativa.
Y cuando, por fin, un diálogo logra comenzar, pronto languidece chirriando al agotarse el tema que le dio vida sin que pueda descubrir una nueva veta. Y cuando resulta el truco de responderles con una frase de la misma canción a quienes ponen un verso de un tema ricotero en su perfil, rápidamente no sé qué más decir.
Tú: ven a mi casa suburbana (?)
dana_26: y dond queda eso jajaja
Tú: bueno, de suburbana, nada, queda en capital, y no es casa, sino depto, pero bueno, es lo que hay, jajaja
dana_26: ok
Tú: lo único que puedo ofrecer es la colección de los redondos en cd… eso sí, jajja y algun casete pirata…
dana_26: ahh mira vos jaj..
Tú: bueno, la de los doors también, pero, bue, nada que no se encuentre en youtube (donde, por cierto, hay tremedos piratas de los Redóndos)…
Tú: así que debería intentar otra cosa, algo que no se encuentre en youtube, ni en la web en general (?)
La consecuencia es una sensación de colapso Pokemón convulsivo multicolor doloroso mucho más apabullante y desoladora que todas las veces en que me acribillan a silencios. No es la falta de respuesta, parecida a atravesar infinitamente una nada que de tan reiterada oblitera la posibilidad de imaginar o de recordar que puede haber algo distinto; no es eso porque su capacidad de daño está casi anestesiada por la repetición. (Casi: a veces explota como un jackpot y pega mal).
No es eso: es el señor Asperger, o quien sea, haciéndose presente y reventándome en la cara mis incapacidades. Mis discapacidades. Sociales. (Este gobierno que tanto subsidia, ¿no subsidia a los discapacitados sociales? Militemos eso, compañerxs).
Supongo que azuzado por la necesidad y la posibilidad de otras palabras, y también para ver cómo era el asunto del otro lado, me hice una cuenta nueva, una con nombre de mujer y las fotos de una vecina muy bonita. En esa ficción, Sofía era una chica heteroflexible, recién flexibilizada, con ganas de profundizar su escasa experiencia lesbiana.
Aunque en su perfil decía estar buscando mujeres, recibió cientos de mensajes masculinos, desde un “hola” o un “hola linda” hasta algunos ingeniosos (holaa.!? quieres ser mi qmiga!? :33 Al responder Este Mensaje Usted Recibira Un Besito Gratis!! RESPONDE Y COMPRUEBALOO!!) y, claro, era previsible, otros más groseros. O el de quien sólo decía "nos faceamos?", o el de leonelsolo: "hola te escribo algo sobre mi soy buena persona me gusta la jda como a todos tengo 18 y salgo aveses no tengo todo lo materia pero se como querer me gustaria conoserte aver si pasa algo. quisiera primero de todo ser tu amigo hay te mado la solicitud si me aseptas". (A ese le contesté y traté de tirarle una buena).
Sofía pronto entró en contacto con el grupete lésbico del sitio (en el cual de seguro hay varios hombres) y descubrió esa llamativa afinidad interfemenina por la cual alcanza con una pasada por el perfil de una mina para que esa mina, no lesbiana, le pida “amistad”. Amistad cuyo otorgamiento no redunda ni en un mensaje. Esa misma inexplicable lógica de manada femenina lleva a chicas hetero a aceptar como amigas a minas explícitamente lesbianas cuando, en cambio, jamás tendrían como amigo virtual a un tipo que podría querer volteárselas con las mismas ganas de sus amigas tortas.
Una noche, la primera noche de esa cuenta femenina, terminamos chateando con una de estas chicas lesbianas muchas muchas horas, una larguísima charla que terminó en sexo virtual por escrito y, sobre todo, con muchos besos y abrazos y hasta algunos te amo, palabras que en ese momento fluían con naturalidad y cuadraban perfectamente en el juego que llevábamos adelante, haciéndolo un poco más parecido a lo real. Nada parecía desubicado, ni las guarradas ni las palabras cariñosas, ni cuando Paula le firmó la concha con su lengua a Sofía ni cuando le aclaró que "lo digo en serio, no es para joder, me llegas mucho". Ni cuando Sofía dijo que le gustaban "tu concha y tu boca y tu panza, y tu risa, aunque no la conozco", ni cuando Paula le contestó: "Ay, piba…".
Esa mañana, antes de irme a dormir, repasé las palabras dichas y me sobrevino una intensa angustia que estuvo cerca de expresarse en lágrimas. Onda que lo que tengo para decir puede ser bienvenido y aceptado, puede realimentarse, puede dar un buen rato, podría dar lugar a algo más, pero sólo si soy otra, una rubia linda de ojos claros. Ella logra fácilmente una aceptación que siendo quien soy es inimaginable, insoñable, imposible. Es una mariposa que sale de la escafandra para descubrirse atrapada en una escafandra un par de talles más grande.
Unos días más tarde se me dio por googlear las fotos de su perfil y dos más, que subió solo para que las viera Sofía, y que borró de inmediato. Una de ellas, donde no se ve la cara, aparece en un sitio de fisicoculturistas rusos desde hace un año y medio, y la otra, una de las que siempre son la imagen de Paula y sus pétreos abdominales, aparece como foto de perfil de un foro subida por una tal Natalia hace cuatro años.

La banda que no le gusta a nadie

A nadie que yo conozca.
¡Pero a mí sí!