domingo, 31 de mayo de 2009

Autoantología semestral y pajera (III)

Psicólogos (I) * ¿Mala praxis o mera pelotudez?
Congreso, domingo a la tarde
Feliz Navidad
En esa esquina
Déjà vu
Deseo
Vivienda social (Bereterbide y sus apologistas)
Juan Carlos Pelotudo (h)
Injerto de tiempo
Sin reservas
Para Lo
La ciudad de los perros
Twitteando desde el bondi
Matemáticas (II)
Alta voz

Cómo funciona la cabeza de la gente
Bonaerense TV
Cicatrices por segunda

Matemáticas (I)

Paso por canal Encuentro y paro en el programa de Paenza. Las matemáticas no son lo mío –y no sé si puedo decir de algo que sea lo mío–, el programa me parece tan abstracto como ellas y Paenza me cae mal porque fue quien le acercó a Grondona la versión perfeccionada del sistema de promedios, cuyo único fin es evitar que los equipos grandes desciendan. Justo antes de que mi dedo gordo le baje el pulgar, plantea el siguiente problema. Tenemos que tomar una decisión y podemos consultar a dos personas. Sabemos que una de ellas acierta la mitad de las veces y que la otra se equivoca en nueve de cada diez ocasiones. ¡Qué boludo!, pienso. Le preguntás al que se equivoca y hacés lo contrario. Ampulosamente explica de nuevo el problema, da un vasto circunloquio, y dice lo que yo había respondido desde mi sillón de televidente. Y parece que necesita explicar por qué. Y vuelve a dar las razones por las que hay que preguntarle al que se equivoca, como si fuesen muy abstrusas, y dice que eso es el pensamiento lateral, o algo vinculado con él. Y me levanta la autoestima.

Penas

Atravieso Baseland, y en una cuadra veo tres grupetes de personas, en otros tantos umbrales, anestesiadas y humeantes. Como si allí terminara la lobreguez, el panorama no es tan sombrío cruzando la calle.
De un garaje sale corriendo un niño pequeño, y su padre le dice que se detenga, que no corra. El chico, que está afianzando su autonomía motriz, no le da mucha bola, y continúa su carrera, liberado, por fin, del auto que los devuelve a casa el domingo a la noche.
El señor, grandote y de jogging, insiste, y su esposa, alta, fea y grasamente clasemediera para vestir, aparece en escena, saliendo del garaje una vez que ya lo crucé, y desde detrás de mí lo instiga: “No le digas ‘¿querés que te pegue?’. Pegale un chirlo”.
Hasta que escuché esa orden no había notado su presencia, y entonces fue cuando la encontré con la mirada, que buscaba descubrir a la bestia imperativa. Al volver la vista al frente, veo al grandote de jogging obedeciendo a su esposa. Lo agarra al nene, que queda de pie, con la cara a la altura de los muslos de su padre, y se inclina para pegarle una nalgada más simbólica que dolorosa.
El niño comienza a llorar intensamente. Se acuclilla y se niega a andar. De la nada, estos pelotudos crearon una situación de violencia, angustia y dolor. De lo normal, una oportunidad para ejercitar su poder patológico sobre un indefenso. Lo alzan para cruzar la calle, y otra vez llora y se empaca cuando lo depositan en la vereda. El padre le muestra un juguete, un camioncito, como una zanahoria a un burro. Tratan de caminar, tomándolo uno de cada mano, pero al final el sumiso golpeador lo vuelve a alzar y lo lleva a upa.
Ellos doblan en la esquina, rumbo a su depto, y yo sigo mi derrota exhausta y soñolienta hasta mi casa. Entonces me reconozco a favor de la pena de muerte. A pelotudos como estos habría que matarlos. Lisa y llanamente. Habría que erradicarlos de la faz de la Tierra. Sin más. Sin grandes operatorias que industrialicen la justicia. A mano limpia, con un adoquín, con un machete. O, mejor, a distancia, sin entrar en contacto, sin que se enteren. De un tiro por la espalda, con un láser que los pulverice.
Habría que matarlos por pelotudos, por imbéciles, por tener hijos para maltratarlos, para sumirlos en su mierda automotriz clasemediera sin ver que las criaturas tienen sus tiempos y sus necesidades, entre ellas correr. Y habría que matarlos por condenar a sus hijos a la pena de vida. No a cualquier vida, lo que ya sería un castigo funesto, sino a una vida con ellos, donde reproducirán su lógica y se transformarán en nuevos seres clasemedieros. A una vida donde la violencia, aunque sea simbólica, es no sólo una respuesta, sino la primera y casi automática respuesta. A una vida donde los objetos son los que dan satisfacción y calman la angustia, la pena y el dolor. A una vida donde los primeros productores de angustias y penas son los mismos padres.

Festejo

Nelson: Te felicito, Simpson. Acepto que sabes conducir.
Bart: Lero, lero… Lero, lero…
Marge: Bart, recuerda que también hay malos ganadores.
Bart: Nunca he ganado antes, y quizá no vuelva a hacerlo. Lero, lero… Lero, lero…

Pintada dicotómica y nocturna

tiempo jaula

                                     no tiempo          llave 
                                                 dilema
                                               confusión
                                                  fusión
                                        pija           concha

Semáforo

Espero para cruzar en Colombres y Rivadavia. También espera una pareja que se besa y se manosea concienzudamente.
El chabón le mete las manos en el orto a la chica, le amasa las nalgas a través de su larga pollera mientras ríen e intercambian saliva, y ambos disfrutan sus cuerpos y las miradas ajenas.
Cambia el semáforo. El 132 articulado se detiene, y yo vuelvo a zigzaguear en busca de las últimas vetas de sol que se forman entre los edificios. Ese es todo el placer al que tengo acceso.

Esh imposhible, esh imposhible…

No puedo decir las cosas.
No puedo escribirlas acá porque me denuncian, o me pinta la paranoia extrema, y al final va a ser para quilombo.
No puedo pelearme con todo el mundo. Con todos los desconsiderados del mundo. Con todos los desconsiderados de los alrededores de mi mundo.
No puedo cagarlos a palos.
No puedo partirles un fierro en la cabeza, ni puedo prenderles fuego la casa, ni puedo pegarles tres balazos por la espalda.
No puedo dormir. (Y cuando duermo, sueño banda de boludeces).
No puedo descansar, ni puedo coger.
No puedo laburar, ni puedo estudiar.
No puedo esto, no puedo lo otro.
Mis viejos me pelotudean.
Nadie me da bola. No en los términos que necesito.
Nadie es quien yo necesito que sea. Yo tampoco.
Es imposible vivir así.
Por algún lado va a explotar.

Polisemia

–¿Voy bien para Constitución por acá?
–Ehhh… ¿Para la calle, para la plaza o para el barrio?

Tengo el síndrome de Alf



Necesito comerme un gato.


Hace más de cuatro meses que no toco otra piel (salvo esa tarde en que las cosas salieron mal). Y no logro recuperar la mínima capacidad pulmonar, mental, cardíaca, espiritual, etc., para acometer la empresa.
Encima, parece que los hados se divierten a mi costa. No puedo coger porque estoy reventado por la falta de descanso, y una parte de eso se debe a los que no me dejan dormir cuando garchan sobre mi cabeza a 140 ppm (pijazos por minuto). Los conté, no me acuerdo si el domingo a las 5.30 a. m., el mismo domingo a las 7.15 p. m. o el lunes a las 11.55 p. m.
Los lunes él se levanta, como todos los días hábiles, a las 5.30 a. m. y me despierta con sus pasos de plantígrado y su ímpetu para subir la persiana. Como ya sé que lunes y miércoles vuelve tarde, lo espero. Así no me despierta cuando sube la persiana –de nuevo– para fumarse un puchito en el balcón, cuando habla a los gritos, cuando discute con la novia…
Entro a mi pieza y descubro que, más de dieciocho horas después, el macho hipervital tiene energías para coger. Esta vez no sólo me hace oír el traqueteo de la cama, que delata sus cambios de ritmo, como ocurre siempre, sino que me permite saber cuándo está por acabar.
Los gemidos de ella me informaron que tuvo su orgasmo. El tableteo de la cama se intensifica, y sé que ahora puedo apagar la luz y acomodarme para dormir. Restan unas pocas embestidas a toda marcha, que se coronan con el sonido gutural, casi vomitado, que acompaña la eyaculación.

domingo, 17 de mayo de 2009

Matemáticas (II)

El vecinito insufrible está haciendo la tarea junto con su madre malhumorada. Mientras, a la hora de la siesta del sábado, trato de recuperar una parte de las horas de sueño y de descanso que me robaron todos mis vecinos el fin de semana largo. La eterna crispación que irradian lo hace imposible.
Aparentemente está aprendiendo las raíces cuadradas, o eso intuyo en sus voces deformadas por la irritación. Me dan ganas de asomarme a la ventana y decirle: “Los radicandos son 36, 49, 64, 81, 100, 121, 144, 169, el de 14 no me acuerdo, 225, 256, la puta que te parió, morite, la concha de tu madre”.
Giro en la cama como un pollo en el espiedo, porque sé que estoy en el horno y no me voy a poder dormir: me robaron otro día, otra noche, otra tarde de sol, una de las últimas que quedan. En un momento se me conectan dos neuronas y descubro que si al radicando de 13, es decir, a 169, le sumo 13, y le sumo 14, tengo el radicando de 14, que es 196.
Lo pruebo con una más fácil: 81 + 9 + 10 = 100. Me aseguro con otro ejemplo: 100 + 10 + 11 = 121. Y con el siguiente: 121 + 11 + 12 = 144.
Y mi hallazgo permite que una sonrisa venza brevemente a mi agobio y mi somnolencia.